En apenas un par de días partía rumbo a Nueva York. Por fin, ya no podía ni debía demorarse más. La joven rubia se retorció las manos, pensativa, en la parte de atrás del elegante vehículo, mientras miraba concentrada por la ventanilla. Aún podía escuchar la voz de Eleanor resonar en sus oídos. Algo no iba bien, lo presentía … no sabía qué era, pero lo sentía en cada poro de su piel. ¡Oh, Terry! Solo esperaba que estuviera bien, que no le hubiera sucedido nada …
La culpabilidad volvía a atormentarla. No debió marcharse, no debió hacerlo, ¿por qué le hizo caso, maldita sea?
Respiró profundamente e intentó calmarse. De nada servía ya lamentarse. Se frotó los ojos delicadamente con los dedos de las manos, rememorando las líneas del rostro amado. Estaba agotada, extenuada. No recordaba cuando se había sentido así … tal vez nunca. Sentía que le faltaba energía, que le fallaban las fuerzas.
Parpadeó rápidamente intentando ahuyentar las lágrimas y se irguió en el asiento. No quería que Andy pensase que le sucedía algo, el pobre bastante tenía ya con la alocada y temperamental familia Andrew. Además, en ese momento se dirigía a una celebración, un gran motivo de alegría, un acontecimiento feliz.
Aunque antes debía pasarse por el hospital a saludar a Annie y recoger a Archie.
Annie y el bebé se estaban recuperando favorablemente, y aunque aún deberían estar un tiempo en el hospital, ya no dudaba de que Archie cuidaría de ellos. Los dejaba en buenas manos. No sabía qué era lo que había producido el cambio en su primo, pero desde el nacimiento del bebé - vaya, aun no podía llamarle por su nombre, esperaba que sus padres ahora por fin le dijeran como debía llamarle – Archie estaba diferente. Más sereno, más centrado … parecía haberse aplacado esa especie de ira que lo carcomía por dentro.
Y el pobre Albert continuaba solucionando negocios y tratando los problemas de la familia, apenas teniendo un momento para estar juntos. Sabía lo mucho que echaba de menos a Patty y a los gemelos, y solo esperaba que pronto pudieran volver a estar juntos.
El estado de la tía Elroy era crítico, ya no le quedaba mucho tiempo. Pero no se atrevía a ir a verla … sabía que nunca había sido de su agrado, y no quería importunarla, pero … bueno, quisiera poder despedirse de ella …
- Señora, estamos llegando.
Ya habían entrado en el recinto del hospital.
La habitación resplandecía de luz con los rayos de sol de finales de abril, pero la joven morena solo tenía ojos para el precioso bebé que tenía entre sus brazos.
No podía dejar de mirarlo, su hermoso bebé … le robó el corazón en el mismo instante en que oyó su suave llanto … y cuando pudo ver sus ojos … Dios, se le paró el corazón.
Entonces la joven madre levantó la vista de esa hermosa carita y cerró los ojos, apoyando la cabeza en la almohada. ¿Qué había pensado Archie? ¿Qué había sentido? Lo notaba cambiado … sí, estaba más … más cordial, más accesible … ¿era cierto? ¿Podría amar al niño?
Al entreabrir los párpados, la luz hirió sus ojos azules y parpadeó rápidamente suspirando. El bebé se agitó en sus brazos y ella bajó la cabeza para volver a mirarlo. Aquel era su hijo … sería su único hijo. Ya no podría volver a ser madre … ya no podría darle un hijo a su esposo. Esa era una buena razón para abandonarla y quitarle el bebé …
¡Basta, Annie! Te estás precipitando, no va a suceder nada de eso …
Meneó la cabeza, intentado desechar esos desagradables pensamientos de su mente.
Ya se encontraba cada vez mejor, aunque aún muy cansada, con anemia, debido a la gran cantidad de sangre perdida … pero lo más importante era que el pequeño cada día estaba más fuerte …
Oh, Matt … estarías orgulloso … no, Annie, no hagas eso …
No, no debía hacer eso … se mordió el labio y respiró profundamente.
La puerta de la habitación se abrió de pronto y la joven dio un pequeño respingo, asustando al bebé, quien comenzó a gimotear suavemente. Archie entró en su campo de visión, fresco y elegante … hermoso y atractivo en el marco de su innegable belleza Andrew.
- Hola. – Su sonrisa parecía sincera, agradable. - ¿Cómo te encuentras? – Se acercó, besándola en la mejilla, y enseguida mirando al pequeño.
- Bien, gracias.
- ¿Ya ha comido? ¿Qué le ha pasado? – Le hizo una carantoña al bebé, mientras Annie se lo ofrecía.
- Hace un rato. Es que se ha asustado cuando has entrado a la habitación, estaba adormilado …
Archie cogió al niño en brazos y se acercó al ventanal, hablándole suavemente, con una ternura infinita. Annie no pudo evitar el escozor de las lágrimas ante la escena … mientras la culpabilidad volvía a molestarla. Sabía que Archie no se merecía nada de aquello, sabía que era un buen hombre … y que sería un buen padre.
- ¿Seguro que estás bien? – La joven parpadeó, sorprendida, asintiendo y observando cómo él volvía a mirar al niño. – Es precioso … - Annie tragó con fuerza para mitigar el nudo que tenía en la garganta. Si no hubieran perdido a su hijo … si la primera vez hubiera sobrevivido el bebé … tal vez, tal vez no hubieran sucedido la mitad de las cosas … pero tampoco hubiera conocido a Matt … ni hubiera superado su trauma. – Tiene unos ojos muy especiales … - La joven alzó la cabeza bruscamente, sorprendida. Su corazón acaba de empezar a dar saltos dentro del pecho. Entonces se encontró con los ojos avellana en la distancia. – Son los ojos de su padre, ¿cierto? – Asintió, sin poder proferir palabra. Vió cómo Archie cerraba un momento los ojos y volvía a mirarla fijamente. – Voy a intentarlo, Annie. Voy a amar y proteger a este niño, mi hijo – enfatizó la palabra – hasta el fin de mis días. Él no conocerá nada más. Yo seré siempre su padre, ¿lo comprendes? – Annie se quedó sin aire unos segundos. - ¿Lo comprendes, Annie?
- Lo comprendo. Lo dejaste muy claro.
- Me alegro. Y respecto a nosotros … - suspiró – sé que algo se ha roto y tal vez no pueda recuperarse … pero por mi parte al menos, voy a intentar ser un esposo devoto, cortés y amable. Intentaré que no vuelvas a tener queja de mí … y espero lo mismo por tu parte.
Dios, sentía unas inmensas ganas de llorar, llorar y no detenerse durante horas. ¿Adónde habían llegado? ¿Cómo habían podido acabar así? Pero Archie tenía razón, como siempre, eso era lo que debían hacer.
De pronto, la puerta del dormitorio dio paso a Candy con una gran sonrisa iluminando su rostro y un gran ramo de rosas en los brazos.
- ¡Hola, familia! – La rubia se acercó a la cama, plantándole a Annie un gran beso en la mejilla. - ¿Cómo estás, querida? – Se giró hacia Archie. - ¿Y cómo está mi querido sobrino? Anda, déjame cogerlo … - Su primo le entregó gustosamente el bebé, viendo cómo la joven lo acunaba y arrullaba con ternura. - Pero que precioso eres … mi pequeño … - entonces alzó la cabeza y los miró con reproche. – Bueno, a ver, ¿os habéis decidido ya? ¿O es que el pobre va a seguir sin nombre hasta que me vaya?
Archie y Annie se echaron a reír al unísono, y entonces, la joven morena miró interrogante a su esposo, al tiempo que este asentía sonriendo.
- Candy, te presento a Kyle Alistair Cornwell.- Candy abrió la boca sorprendida y enseguida rió feliz.
- ¡Oh, es un nombre precioso! – Volvió a mirar al gorjeante bebé. – Hola, Kyle Alistair, tienes un nombre precioso …precioso … - quedó un momento en silencio, acariciando la suave mejilla, y recordando por unos instantes la alegre y hermosa sonrisa del joven soñador que había cedido el nombre a su sobrino. Tragó con fuerza al darse cuenta de que el matrimonio la observaba e intentó sonreír - … tan precioso como tú.
Continuaron conversando sobre el niño, sobre Annie y sobre cosas menos trascendentales, hasta que llegó la enfermera para llevarse al pequeño, y Archie consultaba su reloj de bolsillo.
- Debemos marcharnos, Candy, si queremos llegar a tiempo.
- Oh, me encantaría poder acompañaros … - susurró la joven madre compungida – me alegro tanto por George …
Candy se acercó a la cama, abrazando a su amiga, y Archie hizo lo propio, besándola en la mejilla. Entonces, de pronto, la joven agarró a Archie por las solapas de la chaqueta, haciendo que el joven se tensara involuntariamente y contuviera el aliento.
- ¿Vendrás después? – Los ojos de ambos se encontraron, y de pronto, Archie sintió una enorme tristeza … aquellos hermosos ojos azules lo miraban suplicantes, cargados de miedo, de incertidumbre … y de soledad. Mentiría si dijera que no la comprendía. Ambos inmersos en aquella situación imposible, y al final, necesitándose desesperadamente … sonaba hasta algo inverosímil, ridículo …
- ¿Quieres que venga? – Susurró, y ella asintió, tragando saliva.
- Así podrás contarme todo lo sucedido …
- De acuerdo … - volvió a besarla en la mejilla y salió tras Candy al pasillo. Notaba su corazón latir en las sienes … iba a ser complicado, muy complicado …
Se percató de que Candy lo observaba frunciendo el ceño e intentó formar una máscara impenetrable en su rostro.
- ¿Todo bien, primo?
- Claro que sí. – Sonrió y le ofreció el brazo.
Enseguida montaron ambos en el coche que Andy dirigió a las afueras de la ciudad. Iban con el tiempo justo.
- ¿Cuánto tiempo han dicho los médicos que deberán quedarse Annie y el bebé en el hospital?
- Annie al menos unas cuatro semanas más, hasta que se recupere un poco y sus niveles de sangre vuelvan a la normalidad. El pequeño deberá estar un poco más. Es muy fuerte … - sonrió y Candy le apretó la mano. Se miraron a los ojos. – Es muy importante que pueda respirar por sí mismo … de todas formas, Albert me ha dicho que se pondrá en contacto con la clínica de Washington, y traerá a un par de especialistas para que se hagan cargo del niño …
- Oh, eso es estupendo …
- Sí, lo es.
- ¿Y tú? Es decir, ibas a …
- No puedo dejarlos en este momento …
- Pero Archie …
- Voy a recuperarme, Candy, ya no voy a hacer más el imbécil … - La miró fijamente, con determinación. Hablaba completamente en serio. Ella sonrió con su hermosa sonrisa que iluminaba el corazón.
- Te quiero, Archie. – El joven se sorprendió tanto que notó cómo sus mejillas se sonrojaban. Candy se echó a reír. – Por favor, no te sorprendas tanto. Sé que no te lo digo muy a menudo, pero … eres un gran hombre, te quiero mucho … y sé que lograrás ser feliz. – Archie tragó con fuerza el nudo que se había formado en su garganta.
- Lamento que tengas que marcharte … pero lo comprendo.
- Estamos llegando.
Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo ante las palabras de Andy, observando que ya había varias personas apostadas ante la pequeña ermita de piedra a la que se dirigían.
Vieron cómo Albert los saludaba con la mano y se volvía hacia George, palmeándole el brazo.
- Ya solo queda la novia. – Susurró sonriendo. Y George le correspondió con una agitada y nerviosa mueca. Albert sintió ganas de reír, ya que nunca lo había visto así.
Pero no podía evitar estar tan sumamente feliz de poder participar en esa ceremonia … no conocía a nadie que se lo mereciera más que ese hombre que tenía delante. Cuando hacía unos días había ido a su despacho a informarle tímidamente de sus intenciones de desposar a Mary, no había podido evitar soltar una alborozada carcajada y comenzar a prepararlo todo.
Los novios querían una ceremonia privada y discreta, tal y como ellos eran, con apenas unos pocos invitados. Los únicos de la familia que iban a asistir al acontecimiento eran Archie, Candy, el tío Robert y el propio Albert.
Observó al tío Robert charlar con un familiar de la novia a pocos pasos y se disculpó con George para ir a hablar con él.
- Tío Robert.
- Wiiliam, ¿esos son Archibald y Candice? – Hizo un gesto con la mano. – Justo a tiempo.
- Ni siquiera he tenido un momento para preguntarte …
- ¿Los niños? Preciosos. ¿Tu encantadora esposa? Encantadora, como siempre. – Sonrió Robert mientras Albert le correspondía, agradecido. – Ha quedado bajo el cuidado de Marjorie y de la señora Dalton, no te preocupes. – El joven frunció el ceño.
- No sé muy bien cuando podré volver a Washington, dadas las circunstancias …
- Sí, lo sé. Ni yo tampoco. Hemos de solucionar muchas cosas … y Elroy … - chasqueó la lengua y meneó la cabeza con pesadumbre – pero, eh, hoy es un buen día, ¿verdad? Por fin se nos casa el bueno de George.
Y cómo si de una señal se tratara, justo poco después de haber descendido Archie y Candy del vehículo Andrew, otro automóvil enfiló la avenida de entrada a la ermita y todos pudieron apreciar cómo la encantadora y ruborizada novia descendía del vehículo para unirse al amor de su vida.
- Vuelve a contarme cómo estaba Mary vestida … - suplicaba la morena mientras Candy se echaba a reír.
- Vamos, Annie, ya te lo he contado. – cogió al pequeño de brazos de su madre y lo besó en la pequeña frente. Se está adormilando. Observó la dulce carita y suspiró.
- Sucederá antes de lo que crees …
- ¿El qué? – La rubia levantó la vista sorprendida hacia Annie. Ella la miraba con ternura.
- Pronto podrás acunar a tu propio hijo …
- ¿Tú crees? – Sonrió con tristeza.
- Claro que sí. – La rubia se encogió de hombros.
- ¿Dónde está Archie?
- Ha ido a traerme unas cosas … - La rubia observó a su amiga con fijeza.
- Parece que todo va algo mejor, ¿no es así? – Vio como los ojos azules de Annie se oscurecían un poco.
- Sí, supongo que sí …
- Annie …
- No, está bien, todo irá bien … - La morena suspiró y acarició la mejilla del bebé. – Sé parece tanto … - Candy alzó la cabeza, pero su amiga ya no la miraba.
- Aún es pronto …
- Tiene sus ojos.
Entonces la puerta se abrió dando paso a Archie y el momento se desvaneció.
Archie entró jovial, saludando y dejando ordenadamente las cosas que había traído sobre la mesita de la entrada, para enseguida arrebatarle el niño a su prima de los brazos, arrullándolo. Ambas amigas se miraron y la morena meneó la cabeza, poniendo los ojos en blanco.
Candy se echó a reír, acercándose a la cama para abrazarla. Aspiró su olor mientras la joven la apretaba contra sí unos instantes.
- No quiero … - pero calló, abatida.
- Lo sé … - Candy se separó un poco para poder ver sus ojos llenos de lágrimas y sonrió. – Todo irá bien. Seguiremos en contacto. Y antes de que nos demos cuenta, volveremos a estar juntas, ¿de acuerdo? – Annie tragó con fuerza, intentando guardar la compostura, pero sendos lagrimones rodaron por su rostro. Candy se los secó suavemente y la besó en la mejilla.
Entonces se acercó a Archie, intentando disipar el nudo que tenía atenazando su garganta, y besó la cabecita del bebé, alzando la vista para toparse con los ojos avellana, cargados de tristeza.
- ¿Cuándo volveremos a verte? – Susurró su primo.
- No lo sé, Archie. – Le acarició la mejilla. – Tú cuida de ellos, ¿de acuerdo? – Se le quebró la voz y carraspeó, alejándose hacia la puerta y volviendo la vista hacia la habitación, observando a sus queridos amigos. – Hasta pronto.
Ni siquiera esperó su respuesta. Oyó los sollozos de Annie mientras se alejaba por el pasillo sin volver la vista atrás. Tuvo que parpadear para despejar los ojos cubiertos de lágrimas.
La enfermera le hizo un gesto para que se acercara a ella y el joven se alejó de ese lecho cubierto de máquinas, por lo cual casi se sintió agradecido, ya que todo aquello estaba acabando con su energía. No soportaba verla así.
- ¿Va a quedarse unos minutos, Sr. Andrew?
- Sí.
- Estupendo. Voy a salir un momento de la estancia, enseguida vuelvo, ¿de acuerdo?
Asintió, volviendo la vista hacia el menudo cuerpo de la tía, atado a unas cuantas maquinas que controlaban la actividad de su cuerpo, y una mascarilla de oxígeno que la ayudaba a respirar. El médico había dado órdenes estrictas de no dejarla sola ni un segundo, y Albert comprendía que la enfermera al menos necesitase de unos minutos para atender sus propias necesidades.
El consejo estaba a la expectativa. Todos esperaban el fatal desenlace de un momento a otro. La gran Emilia Elroy, la matriarca de los Andrew, la infatigable e indestructible mujer, se moría. Todos los Andrew habían dejado a un lado sus respectivas obligaciones, y se habían reunido en torno a ella para despedirse. Era lo menos que podían hacer ante una mujer que había dedicado toda su vida a la familia.
Fue duro hablar con Patty e intentar explicarle que tardaría un tiempo en poder volver a Washington, dadas las circunstancias. Lo más importante era la increíble evolución de los gemelos. Patty le había comunicado que tal vez en un par de meses se podría comenzar a hablar de traslado.
Albert se alegraba mucho de que el bebé de Archie y Annie estuviera bien y fuera a salir adelante. Sabía que su sobrino hablaba en serio al decir que iba a ir a la residencia a comenzar el tratamiento, pero también sabía que en ese momento Archie estaba donde debía estar. Albert rezaba repetidas veces porque ese bebé fuera el bálsamo que calmara las cicatrices del joven matrimonio. Ambos merecían ser felices, vivir la experiencia de una familia unida y entregada. Bastante sufrimiento habían soportado ya en los últimos meses.
Por otro lado, tuvo que obligar a George a llevarse a Mary al menos el fin de semana para que pudieran disfrutar de sus primeras horas juntos como marido y mujer. Más adelante ya se encargaría él de que disfrutaran de una merecida luna de miel.
Y su pequeña Candy, su amiga, su hermana … se marchaba ... se marchaba … y no sabía cuándo volvería a verla. No sabía qué tristezas o alegrías le iban a deparar los próximos meses … y le dolía el corazón constatar que no podría estar con ella, que no podría acompañarla en esa nueva, y probablemente dura, etapa. Pero así debía ser. Ojalá encontrara la felicidad … su pequeña Candy … Dios sabía que bien la merecía …
Giró la cabeza hacia el sonido de la puerta al abrirse y observó cómo la enfermera volvía a entrar a la estancia y se acercaba a él.
- Señor Andrew, la señora Grandchester está fuera, y me ha pedido que le diga que desea hablar con usted.- El joven rubio se lo agradeció, saliendo de la habitación.
Candy le sonrió en cuanto lo vio salir, aunque con una sonrisa triste, apagada. Albert la besó en la mejilla.
- Hola, querida, ¿vienes del hospital?
- Así es.
- ¿Cómo están Annie y el niño?
- Mucho mejor. – Le rodeó los hombros con el brazo y se encaminaron al comedor, donde Watters ya había dispuesto el servicio de café. - ¿Dónde están todos? – Candy miró alrededor, algo sorprendida. – Últimamente esta casa está siempre llena de gente. – Albert rio suavemente.
- Es cierto, pero milagrosamente, estamos solos, - le guiñó un ojo – y estoy encantado de que así sea.
Se sentaron ante la mesita en sendos butacones y se sonrieron mutuamente, comenzando casi al unísono a prepararse la merienda.
- Quisiera verla, Albert, - susurró Candy al cabo de un momento, mientras el joven levantaba la vista sorprendido – ¿lo crees prudente? ¿Sería … sería correcto que lo hiciera?
- Bueno … no veo por qué no … - musitó Albert, algo confuso – pero he de prevenirte, querida, que tal vez ni siquiera sea consciente de tu presencia … - ella asintió con tristeza.
- Me gustaría … me gustaría despedirme. – entonces fue Albert el que asintió.
- Iremos en cuanto terminemos el café.
Candy entró a la estancia en semi penumbra al tiempo que la enfermera se levantaba de su sillón al lado de la cama y le sonreía.
- La dejaré a solas unos minutos.
La joven asintió, acercándose lentamente al lecho. El cuerpo que se hallaba tumbado en él era tan pequeño … no parecía el de la Tía Elroy. Apenas la reconocía cubierta por tantas máquinas y mascarillas … y entonces constató asombrada que se hallaba ante el cuerpo de una anciana. Sí, la Tía Elroy era una anciana que estaba muy enferma. Y su corazón no pudo evitar dulcificarse ante aquella situación. Sabía de sobra cómo la había tratado siempre, sabía de sobra que incluso la había odiado y había hecho lo posible por alejarla de los Andrew, y sobre todo de Albert, pero … ahora todo eso ya carecía de importancia.
- Tía … - susurró suavemente. No esperaba obtener respuesta.
Observó cómo su pecho subía y bajaba lentamente. Solo se escuchaba el ruido de las máquinas en la estancia y su eléctrica respiración, ayudada por la mascarilla. La anciana tenía los ojos cerrados, parecía dormir.
- Tía Elroy, soy Candy … - volvió a susurrar – solo quería decirte adiós … - acercó tímidamente sus dedos a la inerte mano posada en el blanco colchón del lecho, y acarició con delicadeza la desgastada piel, cogiendo al final sus dedos gastados entre los suyos. – Sé que nunca nos hemos entendido tú y yo … o más bien, sí, creo que en el fondo nos hemos entendido, pero cada una debía actuar de acuerdo con lo que creía que era lo correcto … aunque lamento que fuera así. – Sonrió parpadeando al notar que tenía húmedos los ojos. – Me marcho … y creo que ya no volveremos a vernos … - carraspeó – quería decirte que siento mucho haberte causado dolor, si alguna vez lo hice, no fue intencionadamente … amé a Anthony de corazón, fue el primer amor de mi vida … y ojalá hubiera podido cambiarme por él, y amo a Albert, es un hombre maravilloso que me salvó de un destino incierto, cruel … - se secó la lágrima que había comenzado a rodar por su mejilla y notó que le temblaban los dedos – ellos son tu familia, tus chicos, a los que sé que has amado con todo tu corazón … al igual que yo … y por ello te estoy agradecida, tía, gracias. Espero que si algún día volvemos a encontrarnos en algún lugar mejor, fuera de esta tierra, podamos sonreírnos y darnos otra oportunidad. Adiós, tía … - Y cuando iba a soltar sus dedos gastados, notó un leve apretón en los suyos, suave … pero firme.
Observó el rostro de la anciana en la almohada con tremenda sorpresa, pero no reflejaba ninguna emoción. Al cabo de unos segundos dejó de apretarle los dedos y la joven la soltó, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Albert vio cómo Candy salía de la habitación de la Tía, secándose los ojos, y se acercó a ella.
- ¿Todo bien, querida?
- Sí, todo bien. – Ella le sonrió, apretándole el brazo.
- ¿Cenarás hoy conmigo? – El hermoso rostro se nubló unos instantes, pero levantó la barbilla con firmeza e intentó sonreír.
- Me marcho en apenas dos horas, Bert.
- ¿Quéee? – Se echó hacia atrás. - ¿Qué estás diciendo? Pero …
- Tranquilízate, vamos … cambié los billetes ayer …
- ¿Por qué?
- Voy a coger el tren nocturno, he de llegar a Nueva York cuanto antes.
- Sí, lo sé, pero … - ella se abrazó a él. La notó temblar. – Pequeña …
- Bert, no puedo demorarlo más …
- Lo sé, lo sé … - el joven la apretó contra él, notando que los ojos se le llenaban de lágrimas. – Pero es que …
- Lo sé, lo sé, Albert … - alzó la vista y Albert se fundió en sus preciosos ojos arrasados en lágrimas.
- Nos veremos pronto. – afirmó contundente, mientras ella sonreía entre lágrimas. – Al menos, ¿me dejarás acompañarte a la estación?
El tren continuaba su marcha imparable hacia su destino. No se acostumbraba a viajar de noche, todo era más silencioso, y te daba más tiempo para pensar … lo que a veces no era bueno. Tenía demasiado en qué pensar … y no quería. Su aterrado corazón saltaba en el pecho, temiendo lo que pudiera encontrarse al llegar a Nueva York.
Hacía muchos días que no hablaba con Terry … y apenas había podido sacar nada en claro de Eleanor. Ya estaba cansada de sus evasivas y medias insinuaciones. No podía más.
Respiró profundamente y se pasó las manos por el cabello. Estaba nerviosa … iba a ser imposible conciliar el sueño. Se frotó los ojos y sonrió con tristeza al recordar el rostro de Albert, parado en el andén entre la gente, saludando con la mano. Su querido Bert … no sabía cuándo volvería a verle, no sabía cuándo volvería a Chicago … pero, ¡no! Tenía que mirar al futuro. Su prioridad ahora era su esposo.
Oh, Terry, ¿cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Por qué no quieres hablar conmigo? ¿O es que no puedes?
Abrió los ojos horrorizada por el hilo que estaban tomando sus pensamientos … Terry postrado en una cama, su rostro blanco como la nieve … ¡no! ¡Eso no era posible!
Se levantó del asiento y abrió ligeramente la ventana. Su compartimento era privado, por lo que estaba sola … sola con sus pensamientos.
Eleanor Baker casi corría, sin aliento, a través de los pasillos de la clínica Berenson, el corazón a punto de salírsele del pecho, esquivando nerviosamente a las personas con las que se cruzaba por el camino, y musitando en su cabeza una muda plegaria. Por favor, Dios mío, que esté bien, que ella esté bien …
Se había quedado paralizada de pánico cuando, estando en el teatro, haciendo unos arreglos con Robert para la obra que iban a estrenar conjuntamente en unos meses, la habían interrumpido diciendo que tenía una llamada urgente de la clínica Berenson. Robert había tenido que sujetarla del brazo, ya que al oír el nombre de la clínica su corazón había perdido un latido. ¿La clínica Berenson? Lo primero que le había venido a la cabeza era la imagen de su querido hijo, pálido e inerte postrado en una cama en algún hospital de Londres.
Las manos le temblaban tanto cuando cogió el auricular, que tuvo que respirar profundamente para calmarse.
- ¿Sí?
- ¿Eleanor Baker?
- Sí …
- Soy Jim Carter, uno de los doctores de Terrence …
- Sí, Jim, dime, ¿qué ha sucedido? ¿Está bien Terrence?
- No te llamo por Terrence, Eleanor …
- ¿Qué? No comprendo …
- Hará apenas un par de horas, Candy se ha presentado en la clínica buscando a su esposo …
- ¿Qué? ¿Candy? ¿Pero qué estás diciendo …?
- Escúchame, Eleanor, por favor … se ha alterado muchísimo cuando se ha enterado de que Terrence había partido a Inglaterra hacía unas semanas … y ha perdido el conocimiento.
- Dios mío …
- Aún no ha despertado … estamos haciéndole pruebas … creo que es importante que vengas …
Y ahora corría, casi corría por el pasillo, con el corazón en la garganta, sin saber qué le había sucedido a aquella querida joven que era como un rayo de sol, que era quien había salvado a su hijo …
Una vez llegó al área del Dr. Carter, casi chocó con el mostrador de la entrada, retorciéndose las manos, nerviosa, pero Jim ya estaba allí, esperándola. Casi se abalanzó sobre él.
- Dos mío, ¿qué ha sucedido?
- ¿Sabías que Candy iba a volver a Nueva York?
- Sí … pero no sabía exactamente cuando …
- El impacto ha sido tremendo … no podía creerlo. Se ha desplomado en el suelo. – El médico parecía alarmado. – Le estamos haciendo todo tipo de pruebas … - sus ojos se encontraron – está embarazada, Eleanor … - la actriz sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y se llevó las manos a la garganta.
- Dios mío …
- Su estado no es el que debería ser … temo por la madre y por el feto …
Despertó de pronto, como si emergiera de un profundo agujero y saliera a la luz, tanto que se sobresaltó, abriendo los ojos de par en par.
- Ssssshhh, querida, tranquila, estoy aquí … - La joven parpadeó confusa, intentando enfocar la mirada en la persona que estaba a su lado.
- ¿Eleanor? – Susurró.
- Sí, querida. - Candy se incorporó un poco, frunciendo el ceño, mientras su suegra se acercaba más a ella, solícita. - ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? El médico vendrá enseguida …
- ¿Qué … qué ha pasado?
La actriz suspiró, echándose hacia atrás, e intentando mirar a los hermosos ojos de su nuera sin perder la compostura. La joven necesitaba respuestas, y ella debía dárselas.
- Te desmayaste … nos diste un buen susto … cuando … cuando te enteraste de que Terrence …
- ¡Terry! – Candy se incorporó bruscamente, sobresaltando a Eleanor. La cogió firmemente de la mano. - ¿Dónde está Terry, Eleanor? ¡Dímelo! Me han dicho que ha partido a Inglaterra … - Candy hablaba agitadamente – pero eso no es posible, Eleanor, él no puede, no debe …
- Candy … - la actriz intentó que volviera a tumbarse – escucha, debes calmarte …
- ¡No! – Vio cómo los ojos aguamarina se llenaban de lágrimas. – Eleanor, por favor, dime qué está pasando.
La actriz tragó con fuerza el nudo que tenía en la garganta y suspiró profundamente.
- Terrence se marchó a Inglaterra hace unas semanas … - la joven la miraba estupefacta, negando con la cabeza – hubo de acompañar a Richard para solucionar el tema de su renuncia a los derechos del ducado …
- Pero … pero, ¿por qué no me dijo nada? ¿Por qué no me esperó? Además … - la joven se llevó una mano al pecho, respirando agitadamente – él no está bien, no puede …
- Lo sé, lo sé, querida … - Eleanor se retorció las manos. – Tres médicos del equipo han ido con ellos en el viaje y velarán por Terrence durante su estancia en Inglaterra.
- No comprendo … - Candy cabeceaba, confusa, mirando a Eleanor con sus dolidos ojos aguamarina, y la actriz deseaba desfallecer. Se levantó de la silla, y sintió flaquear sus rodillas, pero hubo de respirar profundamente y sacar fuerzas para ir hasta su bolso y sacar una carta.
- Terrence me pidió que te diera esto … - le alargó la misiva – dijo que lo comprenderías …
¿Que lo comprendería? ¿Qué tenía que entender? Notaba su respiración entrecortada, aquel insoportable dolor en el pecho que la oprimía … se suponía que querían estar juntos, necesitaban estar juntos … se habían declarado su amor en Casa de Pony … afrontarían unidos cualquier situación … ¿qué debía comprender? Miraba a Eleanor con fijeza, anonadada … y vio como dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de la actriz, quien bajó la mano y dejó la carta encima del lecho, a su lado.
- Mi querida niña, yo …
- Por favor … - perdió la voz y carraspeó – por favor, necesito estar sola …
- Pero …
- Por favor …
Eleanor asintió, secándose las lágrimas y saliendo silenciosamente de la estancia.
Una vez sola, ni siquiera sollozó, continuó respirando agitada, mirando la oscuridad que se extendía tras la ventana. ¿Por qué? Era lo único que podía repetirse a sí misma una y otra vez. Se había marchado … la había dejado … ni siquiera una explicación … ¿una carta? Frunció el ceño, una maldita carta …
Notaba las lágrimas calientes rodar por sus mejillas, y las apartó furiosa. No podía creerlo, no otra vez … no podía más, él la había mirado a los ojos, le había dicho que la amaba … Dios, sus ojos … habían sido tan sinceros … ¿o no? Y después … imágenes fugaces pasaban raudas ante sus ojos, mientras la joven intentaba atarlas unas con otras buscando desesperadamente una razón …
Recordó su boda … los ojos azules de acero … sus susurros de amor mientras la poseía … sus promesas, sus planes … y después, la tragedia … cuando la miró como a una desconocida … cuando volvió a enamorarse de ella, a pesar de todo, por encima de todo … ¿por qué, Terry, maldita sea? Y entonces, abrió los ojos sorprendida. Todo había sido planeado, Su insistencia en que fuera a visitar a Albert y Patty … cómo se apartaba de ella cuando sufría sus ataques … ¿no era su amor como un faro imperturbable?
Entonces, el dolor del pecho se extendió al resto de su cuerpo y gritó de desesperación. Tanto dolor, tantas desgracias todos aquellos meses … y de pronto, su marido se marchaba … la dejaba atrás … de nuevo …
Eleanor y el médico entraron en la estancia al oír el grito de la joven e intentaron que volviera a tumbarse.
- ¡Candy! Tranquilízate … ¡enfermera!
Tuvieron que administrarle un sedante para que durmiera.
Eleanor sollozaba, acariciando el suave cabello rubio de la joven dormida en la cama, cuando notó la mano del médico en su hombro.
- Necesita mucho reposo … tiene los niveles en sangre completamente alterados. Debe descansar, relajarse … - la actriz asintió.
- El bebé … es decir …
- Está bien … de momento. Pero debe cuidarse mucho, ¿de acuerdo?
El sol ya estaba alto en el cielo y la claridad iluminaba la estancia cuando volvió a abrir los ojos y fue consciente de nuevo de su cuerpo. Enseguida supo que la habían obligado a dormir … había perdido la serenidad, por un momento dejó de ser ella misma, hundiéndose en la desesperación …
Se incorporó en el lecho y miró alrededor, percatándose de que estaba sola en la habitación. Se sentó en el colchón y lentamente se puso en pie. Apenas un leve mareo que la hizo respirar profundamente varias veces y se estabilizó, caminando lentamente hacia la ventana.
Se sentía vacía, perdida … ella, que siempre había luchado por salir adelante, por ver el lado hermoso de las cosas … pero habían sucedido demasiadas cosas … demasiadas perdidas, demasiado dolor … y ahora … Terry se había marchado … y ella ya no podía más.
Acarició con el dedo el frío cristal de la ventana. En unos días cumpliría veinticuatro años. Hacía apenas un año se encontraba en la terraza de su habitación de Casa Andrew, junto con Albert, recordando a Terrence Grandchester y reavivando su dormido corazón con la esperanza de volver a verle. Y en apenas un año … se había casado con el amor de su vida, había sido más feliz que nunca … había perdido a su esposo, a su hijo … se habían vuelto a encontrar … y de nuevo, de nuevo …
- Buenos días, Candy. - La joven giró la cabeza a tiempo de ver cómo su suegra entraba a la habitación con una sonrisa y se acercaba a ella con un ramo de flores frescas. La besó en la mejilla. - ¿Cómo te encuentras?
La rubia le agradeció las flores con una apagada sonrisa y volvió la cabeza de nuevo a la ventana. La actriz frunció el ceño y procedió a quitarse el abrigo y los guantes, cerciorándose de que la carta de su hijo continuaba posada en la mesita de noche, sin abrir.
- ¿Qué es lo que me sucede, Eleanor? ¿Cuándo podré salir de aquí? – La actriz se mordió el labio, intentando desviar la mirada.
- Enseguida vendrá el médico y …
- No. – La joven se plantó ante ella e hizo que la mirara a los ojos. – Debes decírmelo.
- Querida … - la mujer intentaba tragarse las lágrimas – estás agotada, al borde de tus fuerzas … y debes cuidarte mucho, por tu bien y por el del … - calló, al tiempo que Candy abría los ojos desmesuradamente.
- ¿Qué …? Quieres decir … - inconscientemente, su mano se posó en su abdomen con suavidad, mientras Eleanor asentía, con los ojos brillantes de lágrimas. – Oh, Dios mío …
Un calor indescriptible inundó el cuerpo de Candy, mientras intentaba recuperar el aliento ante la noticia. ¿Iba a ser madre? ¡Dios mío, iba a ser madre!
- ¿Es cierto? – Susurró entre lágrimas, cogiendo las manos de Eleanor.
- Sí, querida …
- Dios mío …
Se tapó la boca con una mano mientras que la otra permanecía sobre su plano abdomen. Una luz cegadora al final del camino, destrozando la insondable oscuridad que la había embargado. Un hijo … ¡su hijo! Un bebé surgido del amor … a pesar de todo … y entonces, se echó a reír, se echó a reír de puro regocijo, abriendo los brazos y abrazando a su suegra.
