Música en la noche

Capítulo 2: Presencias no deseadas

Nadie se prestaba a ser útil; desde hacía varios días de lo único que era sabedor eran de las quejas de todo un grupo de directivos los cuales eran perfectamente conscientes del mal que podría hacer a la ópera el consentir tantísimo a una soprano caprichosa.

Ejercía mi influencia habitual sobre cada uno de los respectivos puestos, presionando con más fuerza en unos que en otros, y todavía había varios que se resistían, teniendo que gastar en ellos dos cuartillas de papel en vez de una.

Estuve a punto de tropezar con solo la oscuridad, agarrándome a las paredes del corredor por el que transcurría con enfado, gruñendo en voz baja por el susto y el dolor que sufrían ahora mis manos raspadas. El mal genio no sería mi guía el día de hoy, por ello me dispuse a tomar varios alientos antes de encaminarme hacia la zona donde aguardaba todo el grupo de cantantes y bailarines antes de entrar al escenario, deseoso de oír lo nuevo que tuviesen que decir; ya acudiría a mi palco a ver el espectáculo si me era posible.

Aquel era una marea de personas cuando llegué, arrastrándose unos a otros en casi silencio, solo percibiéndose murmullos a la altura de las camisas, no queriendo molestar a lo que había detrás del telón. En algunas ocasiones se emocionaban demasiado, gritando por la excitación de pavonearse frente al público, pero tras unas charlas serias, terminaron acatando los nuevos mandatos.

La compañía de la ópera se iría a la ruina de no ser por mí.

Observé al grupo de bailarinas que llevaba Antoinette; bien vestidas y ordenadas, con los mismos aires que cuando conocí a la mujer, con la misma juventud que mostraban ellas en sus facciones emocionadas. Sentí movérseme los labios en un pequeño tirón de lo que supuse que era una sonrisa, recordando aquellos años tiernos y felices, mucho más fáciles antes de tornarse todos de un color negro salvaje.

Permití que me vagasen los ojos hasta su hija, Meg, con el pelo preciosamente recogido, alzando mejor así las facciones de su rostro. La dichosa Meg, que había tenido la osadía de ser enviada por su madre a advertirme de que su nueva protegida había llegado y que no debería ser molestada, o que mi hogar desaparecería con un chasquido de dedos.

Agudicé el oído para escucharlas hablar de lo que fuese que les llamase la atención, inclinándome sobre la falsa pared con emoción.

—Espero que le guste —murmuró una de las gemelas pelirrojas con lo que creí que era preocupación, continuándola su hermana con una emoción contraria.

—Estoy segura de que le encantará. Tiene en su rostro unos aires tan buenos y amables, aunque saliésemos a hacer el ridículo, ¡estoy segura de que nos aplaudiría! —fantaseó otra de las jóvenes, haciéndola bajar la voz las demás cuando la alzó más de lo necesario.

—Me gusta su nariz —habló más adelante una chica procedente del coro, consiguiendo que el grupo riese.

—Christine es muy buena —asintió Meg—, pero a veces pareciera demasiado triste, ¿no os parece? —Todas asintieron como gallinas—. Espero que si se queda aquí le brillen los ojos de otra forma.

La dichosa Christine Daaé. La gran esperada. Una especie de esperanza para los más jóvenes para conseguir su amistad.

Fui capaz de estudiar más atentamente a la niña mientras Meg, y la pequeña Gisèle Mérimée, le enseñaban la ópera. Todas las esquinas y recovecos fueron mostrados entre habladurías y risas, haciéndome dudar de que pudiese disfrutar de ninguna forma de la creación donde se encontraba ahora viviendo. Ella, por el contrario, era toda atención hacia las bailarinas, sonriendo a cada cosa que decían, sin una pizca de absoluta personalidad.

Verdaderamente no había nada que me llamase la atención de ella. Era ciertamente mundana, no mucho más diferente a las mujeres de su edad; quizá con unos ojos oscuros un poco más grandes de lo normal y con expresión asustadiza. La única curiosidad que me pudo generar fue el ver esos ojos mientras estudiaba una de las esquinas talladas con rizos, clavándolos en los míos aun hallándome escondido. El corazón se me había acelerado en aquel momento —supongo que por el miedo a ser descubierto—, observando una enorme pena brillar en sus orbes castaños y demasiado grandes y caídos para considerarse bonitos. No tenía rasgos a destacar, mostrándose como otro desperdicio al que no dedicarle más de dos minutos de mí tiempo.

Resoplé para aclararme la mente, cambiando de aires para estudiar el lío perfecto que era el inicio de la obra, correteando de un lugar a otro sin ser visto y con el silencio de un verdadero fantasma. No había ninguna información útil en el ambiente que pudiese satisfacerme; ni un solo chismorreo o secreto con el que especular. Nadie era consciente de mi presencia, y aunque amaba crear el caos de vez en cuando, no sería buen augurio hacerlo ahora para que la maravillosa señorita Daaé se entristeciese por ver lo que sería Platea en sus peores días.

Pero todo el grupo de bailarinas, algunas partes del coro, e incluso más varones de los que quería ser consciente, se habían fijado en ella en los pocos días que llevaba entre las paredes de mi edificio, deseando agradarla y satisfacerla.

Curioso, sin duda.

Dejé que la obra transcurriese sin llegar a verla verdaderamente; tenía la mente en demasiados lugares como para poder seguir la aguda ópera más allá de los desperfectos que veía, rodando los ojos cuando era necesario. Pero no salió mal, y el público tenía la apariencia de estar satisfecho, por lo que con varios asentimientos finales decidí que lo mejor sería ocultarme en lo que era mi hogar por el resto de la noche.

Fui dando pequeños saltos, tarareando en mi mente lo que supuse sería una nueva melodía, y rogaba a las estrellas para poder completarla de una vez por todas, no únicamente teniéndola danzando de esquina a esquina en mi interior hasta que me ardiese la mente, deseando golpearme las sienes para hacerla callar.

Aquello podría ser comparado con una maldición.

No obstante, al encaminarme por una de las escaleras que daban directamente al lago, un sonido me paró. En particular unos pasos, no muy lejos de donde me encontraba. El chasqueo de la suela de los zapatos me era sumamente familiar, y de no ser porque sabía que serían tan insistentes como para llegar a las puertas de mi casa, habría decidido ignorarlos y continuar con mis propias distracciones.

Pero un Persa airado me esperaba dos esquinas más allá, aguardándole entre las sombras hasta que se encontrase de frente conmigo. Iba tarareando lo que supuse que era una de las arias de Platea, en un tono en cual yo no habría tenido valor para canturrear, y con tan poco cuidado y descuido, que estuvo a punto de chocar contra mi pecho y brazos cruzados, dando un grito que pude definir como femenino, teniendo que reír incluso cuando la máscara se me movía sobre los ojos y no me dejaba ver.

—Al menos no has soltado la linterna —me burlé, todavía entre carcajadas abiertas.

—¡Maldito seas! ¡Encima que tengo la molestia de venir a buscarte te mofas de mí! —Su piel se volvió un tono más oscuro, brillando la tez marrón de forma acaramelada, y en sus ojos verdes reconocí el resquicio de lo que era la rabia.

—¿Cuántas veces te he dicho que no intentes bajar?

—¿Y cuántas veces te he pedido que termines los dichosos planos de la casa de los Bianchi? Al principio con amables cartas, después con frases aduladoras; la agresividad comienza a nacer hoy, y si no tengo nada entre las manos dentro de un mes, te ataré a una mesa y colocaré un arma en tu coronilla para que trabajases.

Me chasquearon los dientes, alzándome todavía más si era posible, incómodo.

—No me llevo bien con las amenazas, Daroga —le hice saber, consiguiendo que la capa me cubriese por entero.

—Entonces dame lo que quiero, o dime si tengo que mandar a otro arquitecto a la pobre familia, pues estoy cansado de tenerlos en la oficina cada día. —Se colocó mejor el cabello negro, pasándose los dedos para abrir las hebras—. También puedes hablar con ellos si te sientes animado, estoy seguro de que disfrutaras de sus exigencias más que yo.

Solté un bufido, llegando a apoyarme contra la fría piedra a mis espaldas.

—¡No me fuerces! Llevo un tiempo terriblemente largo fuera de cualquier tipo de iluminación o arrebato, y no tengo la capacidad de hacer dos cosas bien sin después tener que desecharlas.

El hombre delante de mí pareció extrañamente afligido, y de no ser porque observaba su sombra desde el rabillo del ojo, habría estado seguro de que me habría tratado de dar una palmada en el hombro; cosa la cual no habría recibido de buena gana.

—Erik, ¿hay algo en particular que te moleste?

—No —bufé, y no había mentiras en aquello—. Debe de tratarse de una fase; un periodo de tiempo molesto el cual terminará, estoy seguro.

Daroga frunció los labios, arrugando su perfecta nariz además.

—Bueno, ya sabes, estoy aquí para ayudarte si lo necesitas. —Estuve a punto de reírme de él, pero me calló con una mirada fría—. De todas formas pásate por mi casa el lunes, hay más cosas de las que tenemos que hablar y que has ido dejando por demasiado tiempo.

Le estudié con aversión, sin deseos de compartir horas en su compañía. Había pasado buenos momentos con él —aunque era algo que el hombre en sí nunca sabría—, pero actualmente mi humor no estaba para la poca educación que podía mostrarle, a él o a sus dos sirvientes para el caso, prefiriendo el escondite que era mi madriguera, sin nadie que me molestase de una vez por todas.

¿En qué momento pensé que sería bueno tener a alguien tan husmeador como un socio primordial para mis beneficios? Mas, ¿en quién podría confiar si no? En aquellos años había necesitado a cualquier persona para que me ayudase a manejar lo que era una de mis mayores aspiraciones, y que había dejado de lado al marchar al terreno maldito de Persia. Cuando apareció, aún con los primeros problemas que ello generó, fue como la salida del sol en una noche sin luna. A mi pesar, las cosas solían nublárseme, dejándome la decadencia que producían las nubes y el agua helada que derramaban.

Meses atrás había comparado el dolor de mi mente, o como otros dirían: del alma, como la pérdida de una extremidad, y temblaba cada vez que me daba cuenta del continuo sentimiento dentro de mí, sin poder comprenderlo, con más miedo que ganas de descubrir lo que verdaderamente era.

Podría ser la soledad, aunque no estaba verdaderamente solo. El anhelo de volver a ser un nómada, cosa que se había detenido tiempo atrás. La locura, que comenzaba a arañarme la mente con fuerza.

—Te estas volviendo viejo —me dije a mí mismo, observando al hombre frente a mí fruncir el ceño.

—¿Perdón?

Reconocí su presencia con un gruñido, apartándole de mi camino para mantenerle al frente.

—Voy a acompañarte fuera. No estoy interesado en que golpees una de las trampas y luego tenga que estar colocando todo en su lugar por tu desdichada falta de cuidado —protesté, dando ya largas zancadas a la oscuridad, escuchando sus propios pasos a mi espalda.

Tenía la increíble y repentina necesidad de que me diese el aire en el rostro; una ráfaga fría que me templase las ideas, y así quizá poder conseguir devolver a mi musa a su lugar. En mi cabeza se estaban formando ideas nuevas y extravagantes, melodías que creía abandonadas volvían a tomar forma, nuevos diseños que llevar al papel.

Pero prefería tomarlo con calma, despacio, obligándome a darles un par de vueltas a los mecanismos. A veces, actuar con intensidad no era una de las mejores opciones, y en aquel instante supuse que sería lo que evitaría. Me mantendría unas horas únicamente pensando, y cuando llegase a casa me lanzaría contra las plumas y los tinteros como tanto ansiaba.

Fui poco hablador con el Daroga, más allá de unos encogimientos de hombros y varias negaciones, dejándole al final en la puerta que daba a la salida de los trabajadores, amenazándome él de nuevo sobre lo que haría en el caso de que no apareciese por su casa el lunes.

Le habría sacado a patadas entonces, pero me arriesgaba a que diese la casualidad que me viesen con el ridículo hombre, y sería lo que nos faltase. Mas que había conseguido desprenderme de las habladurías que decían que la maestra de ballet y el Fantasma de la Ópera estaban unidos de alguna manera, teniendo que pedirle a Ann permiso cada vez que era el momento de escarmentarla, quejándome de pequeños detalles los cuales después me recordaría con maldad, detestando que contradijese su trabajo.

Gracias al cielo que era una mujer exigente, y tenía pocos fallos por no decir ninguno, quedando fácilmente excluida de regañinas. Pero no era como si fuese tampoco a permitir que viviese entre las nubes; si hacía algo mal tenía todo el derecho de decírselo. Con mejores palabras, por supuesto.

Regresando de nuevo a las sombras, me lancé entre los corredores, observando las personas que se movían a los otros lados. En ocasiones caminaba por los pasillos más claros, observando la luna agradar con su luz a cada pintura o escultura, dándole un aspecto encantado al lugar.

Cuando había sido un crío, todavía demasiado hundido en las fantasías de infancia, cualquier reflejo de luna me era tenebroso. No podía comprender ahora tales pensamientos, riéndome en voz alta ante la ironía de la situación, pues años después dicho astro sería quien me acompañaría en las peores noches, ayudándome a huir si se daba el caso, quedando yo tremendamente agradecido.

Lo mismo me ocurría con la oscuridad, y ahora no podía considerarme más que un ser que dependía de ella como si se tratase de agua o comida. El sol me era traicionero a pesar de su belleza; quemaba y daba dolor de cabeza. Nada bueno venía de él.

Vi, desde uno de los ventanales dirigidos al oeste, las pocas personas que se movían fuera; desde familias con niños a su cargo hasta hombres solitarios que corrían por las aceras. Los carros tirados por caballos se movían sin gracia de un lado a otro, y cuando terminaban de pasar, se genera un silencio placentero alrededor que me erizaba el vello de la nuca. No obstante, a la tercera ocasión que aquello sucedió no pude evitar dar un respingo, estudiando los caminos por los que podrían aparecer personas, sin decepcionarme mi desarrollado instinto, ocultándome detrás de la gran cortina con borlas que hacía más función decorativa que útil.

Desde mi izquierda escuché a lo que era un hombre canturrear, sin poder apreciar lo suficiente su tono de voz para saber de quién se trataba. No se introdujo en la galería donde me encontraba, pasando de largo mientras continuaba con sus distracciones.

Sacando el relojito que llevaba en el chaleco confirmé la hora de la que se trataba, haciendo una mueca por lo tarde que era, exasperado por que no se tomasen en serio mis mandatos y todavía hubiese gente paseando.

La noche era mía; debería poder correr por el Palais Garnier sin preocuparme sobre si alguien se mantendría todavía despierto, o al menos si caminaría por los mismos lugares que yo.

Estirándose sobre mis labios una sonrisa cruel, decidí dar a aquel hombre un escarmiento, trotando de nuevo a mis tinieblas para reconocerlo. Seguía sus pesados pasos y gruñidos, terminando por verle descender hasta la planta baja, sentándose en las escaleras finales. Encontrándome lejos de su posición, le estudié con repugnancia encender un cigarro y llevárselo a la boca, sacando sorprendentemente de la nada una botella de la que beber; di un gruñido por la detestable presencia de Buquet en la ópera.

Hablaba en voz alta, lo suficientemente ebrio como para no importarle ya si lo que hacía tenía sentido o no.

Creé un plan maestro, decidiendo que saldría desde encima de las puertas del escenario con un salto, intentando asemejarme a un murciélago más que a un ser humano. Quizá así podría deshacerme del tramoyista de una vez por todas. No era alguien decente y, por lo que había oído y Ann me había hecho saber, disfrutaba demasiado acosando a las damas, habiendo sido avisada cada una de ellas para que le evitasen.

No se podía tener a alguien así en ninguna parte. Lástima que nunca le hubiesen pillado, y desgraciadamente hacía su trabajo como debía, recibiendo órdenes sin quejarse por parte de monsieur Signoret.

Estaba a punto de salir a la sala del escenario, cuando en la lejanía escuché de nuevo su voz, esta vez más clara y alta, pero aún sin poder intuir sus palabras.

Si se había unido alguien a su pequeña fiesta sería perfecto; dos mejor que uno.

No obstante, que equivocado estaba, pues quien parecía contestarle era una mujer, parando entonces en seco para apreciar lo que decían.

Escuchaba pasos alejándose.

—¿Es eso una invitación? —preguntó Buquet.

¿Acaso había colado a una prostituta en la ópera? Un viernes, además, teniendo que trabajar al día siguiente.

—¿Sólo va a contestarme con preguntas?

El corazón dejó de latirme, reconociendo aquella pequeña voz asustadiza. Nunca creí que pudiese sentir de nuevo la muerte morderme los talones, pero la sensación que me atravesó fue aquella misma, deshaciendo el camino por el que había venido con una velocidad que no recordaba.

—Si es lo que quieres, sí —se carcajeó el tramoyista.

Más pasos, unos vacilantes y otros violentos. Si le pasaba algo a madeimoselle Daaé, Antoinette nunca se lo perdonaría, y la dichosa mujer era bastante dramática a pesar de no tener ella la culpa.

Veía entre alguno de los huecos casi invisibles el dónde se encontraban, y aunque en mi cabeza se agitaba la idea de salir y golpear al hombre directamente sin ningún tipo de miramiento, dudaba acerca de si la niña temería mi presencia. Le habían avisado sobre la existencia de un fantasma, pero todavía estaba por confirmar si creería en tales patrañas o no.

No obstante, el hombre no cesaba de acercarse. No podía comprender lo que intentaba ella, pues le había llevado casi a su habitación. Dudaba que estuviese invitándole a nada, sobre todo cuando se dio la vuelta y pude ver de refilón sus ojos aterrorizados, alzando las manos con cuidado, como si así pudiese evitar su avance.

Y detrás de su cuerpo se hallaban las perfectas herramientas de incapacitación.

Choqué contra lo que creí que era una columna, pero la adrenalina en mis venas me dejó poco más que cavilar, colocándome de nuevo la máscara en el rostro para que cuando abriese los huecos detrás de los bustos, pudiese ver donde los lanzaba.

El último latigazo que me obligó a actuar fueron las palabras de la niña rogando. ¡Cuántas veces había escuchado cosas así! Y siempre me había tomado la molestia de entretenerme y ayudar, increíblemente, aun diciendo cada vez que podía que los vivos no me merecían, irónicamente.

Con una sacudida a la pared que tenía delante, y rogándole a las estrellas mi suerte, moví de un empujón la pequeña apertura, inclinando entonces todo el torso fuera para —con toda mi fuerza— lanzar una cabeza de mármol del que reconocí que era Brahms, quedando destrozada al estrellarse contra el suelo, sin conseguir dar al hombre.

Daaé solo gritó, siendo una buena distracción mientras volvía a esconderme y tomaba otra posición, aguardándolo a lo que sucedería a continuación, estudiando con meticulosidad los gestos de Buquet por las porosidades de la pared. Pero él no se rindió, desechando lo que tenía entre las manos para intentar lanzarse contra ella de nuevo, con lo que ahora creía que era ira en sus sangrientos ojos.

Sin vacilar hice la misma acción, demasiado sumido ya en mis propias respiraciones, esta vez arrojando a una dama por los aires, casi cayendo totalmente fuera del agujero por la violencia que usé, teniendo que agarrarme a los bordes para volver a esconderme.

Escuchar los zapatos rápidos de la niña fue como vislumbrar agua tras muchos meses de sequía, siguiendo con vigorosidad sus faldas desde donde me encontraba, gruñendo a la vez que veía con resignación al tramoyista intentaba acompañarla con algo más de lentitud, sujetándose las costillas.

Y entonces otro hombre más apareció, saliendo desde la sala del escenario, y no pude hacer más que suspirar con satisfacción, dejándome caer contra la pared de piedra. No entendía qué era lo que decían, y tampoco me importaba. Siendo el caballero que era, Jacques Favre, todo estaba bien entonces. Tenía una familia decente a la que mantener, y se molestaba porque todo en su trabajo fuese como la seda. Se podría decir que nunca le habían hecho falta mis consejos, cosa la cual me satisfacía.

Además, tenía cierta adoración por el Fantasma.

Cuando quise volver prestar atención a lo que estaba pasando, la pareja alumbraba con una vela el estropicio que hube creado minutos atrás. El hombre intentaba consolar a la niña, diciéndole que hablaría con los gerentes sobre lo sucedido mientras ella se burlaba y le hacía saber que aparentemente estaban acostumbrados a ese tipo de cosas incorrectas, obligándome a tragar una carcajada iracunda que amenazaba con salirme desde lo profundo del pecho.

Lo que pareció romperla, dejando de sollozar brevemente para dedicar toda su atención al portero, fueron sus siguientes palabras:

—No es la primera vez que el Fantasma se enfada y lo paga con los objetos que le rodean. Quiero suponer que te ha ayudado a salir del lio; no me puedo imaginar hasta dónde habría llegado Buquet si no.

Se estremeció y sus ojos salieron disparados a todas direcciones, terminando por las zonas ahora vacías de la pared. Intentaba dar forma a lo que acababan de hacerle saber, sin tener la apariencia de creer nada. Favre se molestó en darle otra explicación acerca del espectro que gobernaba el Palais Garnier, y creí ver en las mejillas de chica una palidez casi amarillenta cubrirlas. Mas, para mi asombro, lo dejó pasar, sin discutir, dedicándome incluso unas palabras de agradecimiento, caminando después a la antigua habitación de decorados donde se escondía su aposento.

En verdad no se veía tan mal en el vestido que llevaba, dándole más el aspecto de una mujer que el de un simple infante intentando de una vez por todas llegar a ser una dama. ¿Se había molestado Ann o Meg en decirme su edad? No lo creía, o quizá sí, pero habría estado sumergido en mis propios pensamientos.

Cuando las dos presencias se fueron, y decidí que lo mejor sería volver a mi hogar de una vez por todas, al entrar, no habiéndome deshecho aun tan si quiera de la capa, me di cuenta de la emoción que me había recorrido por componer y diseñar se había perdido, regresando a mi interior una especie de cáscara hueca. Esa sensación pronto se convirtió en inquietud, y de la inquietud corrió al mal humor y la rabia, terminando por enfurruñarme contra los cojines del sillón de lectura que tanto apreciaba.

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Lo que no sabía era que aquellas dos sensaciones serían las que me acompañarían por el resto de la semana, o de los meses, para el caso.

La mañana siguiente al desastre de los bustos las cosas desfilaron con normalidad; monsieur Favre se molestó en declarar a los gerentes sobre lo ocurrido, quitándome a mí el peso de tener que ocuparme personalmente. Esos hombres no querrían volver a charlar conmigo, y esperaba que con lo sucedido dicha noche el tramoyista desapareciese de una vez por todas.

Era un sábado tranquilo, y no estaba demasiado interesado en ver el espectáculo temprano que se hacía en la ópera, dándome la oportunidad de retirarme a las teclas suaves del órgano en cuanto repuse los armarios de comida y conseguí varias botellas más de coñac. No obstante, en todo el camino de ida y vuelta a la superficie hubo varias cosas que me molestaron, y que no cesaban de pellizcarme las sienes, amargándome.

Cuando me quise sentar frente al instrumento, lo único que pude hacer fue pensar, demasiado ensimismado como para crear nada musical.

Bajtiar apareció, lo que supuse que fue una hora después, frente a mis ojos distraídos, obligando a que me reclinase contra el pequeño respaldo de la banca, aceptando que se sentase sobre mis regazos. Ronroneaba tranquilo mientras se acomodaba entre mis huesos, terminando por dejarse caer de lado, estudiándome con su mirada azul. Moví los dedos sobre sus patas, apretándole las almohadillas rosadas para verle desplegar las uñas y volver a esconderlas.

No había visto a la señorita Daaé en mi paseo, y aquello me había molestado. Supuse que se encontraría bien. ¿Verdad? No quería que paranoias me acribillasen, y tampoco debía de sentir ningún tipo de lástima por la niña. Habría dormido hasta tarde, o simplemente no había coincidido con mi mirada curiosa.

Miré al gato de nuevo, quien ya estaba dormitando.

—¿Debería decirle a Ann lo sucedido? —le pregunté, esperando sinceramente una respuesta que no llegaría nunca.

Había sido una experiencia violenta, y no dudaba en que todo aquello le fuese a producir pesadillas. Solo Buquet sabía lo que quería hacer con la joven, y me rechinaban los dientes imaginando atrocidades. ¡Por esas razones no se debía estar hasta tarde! Aunque, sin lugar a dudas, si algo debía salir mal, sucedería, y no habría nada que lo pudiese detener.

"Quizá Ann ya lo sepa, o Meg" dijo una voz tranquila en mi cabeza. "Puede ser que esté con ellas, o que marchase fuera del edificio a pasar la mañana. No puede actuar todavía, tiene mucho tiempo libre."

Una falsa calma me acompañó el resto de horas hasta que aparecí en el mundo de arriba, tarareando melodías de Platea mientras paseaba de un lado a otro, vigilando la situación detrás del escenario en el transcurso de la obra. Las entradas al tablado eran difíciles en algunos lugares, pues objetos aleatorios se hallaban reclinados contra esquinas que debían de encontrarse vacías. De sitios aleatorios colgaban cuerdas innecesarias. La luz era demasiado baja para que los trabajadores se pudiesen mover rápido y sin matarse. Sería una buena lista la que tendría que hacer.

Me había olvidado de la niña perfectamente; incluso conseguí continuar con los planos que tanto me exigía el hombre persa, sintiéndome dichoso de poder retomar una de las aficiones de la que tanto disfrutaba durante un par de horas.

Cuando la ópera estaba casi a la mitad, decidí que era el momento ideal para ir a verla desde el palco, acudiendo al lugar con pasos largos y sin detenerme mucho más.

¡Oh, cuando llegué allí! Casualmente había encontrado a la niña que había estado molestando mis pensamientos. ¡Dentro del reducido espacio que era mío! Gracias al cielo que hube mirado antes de entrar, pues habría sido sin duda cómico ver su expresión mientras aparecía un ser de la nada vestido de negro y con una máscara; aunque mi sorpresa habría sido palpable también, creando una situación claramente incómoda.

Sentía el enfado recorrerme las extremidades, y estuve tentado a asustarla mientras la veía comer los dulces que había dejado allí para cuando regresase. Me definiría como alguien goloso, y que me robasen lo que tanto quería…

Clavé los dedos en la piedra. Solo podía ver entre sombras; se inclinaba hacia delante, emocionada al ver cómo bailaban y cantaban sus compañeros, siendo un lío de telas encima de la silla tapizada. Por un momento temí que pudiesen verla desde fuera, pero ella era consciente de que no debía de estar allí, pues de cuando en cuando se ocultaba, temerosa de las personas que había en la sala.

¿Le habían avisado de que el palco número cinco era del Fantasma de la Ópera? Quizá no, pero aquello no era tampoco una excusa. Si quería ver la ópera debería pagar como todo el mundo. Meg ya me había hecho saber —sin yo preguntar— que no tenía mucho dinero, pero no me apiadaría de ella, no cuando la estudiaba comerse una a una las delicias que tanto quería.

Fruncí el ceño. Podría generar un caos en realidad; usar voces diferentes, crear espejismos, sacar a la cría chillando de allí. Pero no sería sabio crear tal cosa, o eso era lo que me decía mi subconsciente. Podría castigarla yo mismo, ¿verdad? O dejarla en ridículo delante de todos. Las dos ideas me tentaban con fuerza. Sin embargo, la imagen de la maestra de ballet con el rostro contraído por el enfado me hizo sopesar aún más las cosas, terminando por poner los ojos en blanco y decantarme por la primera idea.

Viéndola saborear otro de los chocolates, me resigné a dar dos palmadas secas desde donde me encontraba. Daaé dio un pequeño salto en el asiento, irguiéndose, mirando a la izquierda con alarma. La luz que entraba del escenario me dio la oportunidad de apreciar en ella el fruncimiento de sus labios y de su pequeña nariz, creándosele arrugas en el ceño. Unas arrugas a las que quería ir y alisar con el dedo.

Curioso el sentimiento que me inundó.

Al volver a inclinar el rostro afuera, sin vacilación sacudí las manos de nuevo, queriendo estudiar otra vez su expresión. Mas, en esta ocasión se levantó de un salto, comenzando a colocar las cosas donde estaban con rapidez, moviéndose con un cuidado y sigilo que me sorprendieron. No era demasiado grande tampoco, por lo que supuse que no sería ruidosa, y tampoco tenía apariencia de torpe.

Se arrastró hasta la puerta, y vigilando antes si había alguien fuera, cuando se sintió segura salió.

Abrí la entrada de mi escondite, caminando directamente hacia donde acababa de salir la dama, echándome a un lado al ver sus cabellos castaños a través de la ventanita. Con dedos silenciosos cerré con llave el pomo, descubriendo de refilón que la persona al otro lado también lo había escuchado. Giró el rostro, escrutando el interior con las cejas fruncidas y lo que supuse que era el medio creciendo en sus iris.

Una sonrisa socarrona se me estiró en los labios cuando dejé que la cortinilla ocultase el interior del palco de una veloz sacudida, escuchando el grito de la niña mientras a mis espaldas crecían los aplausos que indicaban el final de la ópera.

Me di la vuelta con orgullo, colocándome mejor el sombrero sobre la cabeza. Pero aquella sensación desapareció en cuanto fui consciente de que la caja de bombones ya no estaba conmigo. Se la había llevado.

—¡Maldita sea! —gruñí por lo bajo, clavando el talón en el suelo.

Miré la estancia; si alguien un poco listo entraba le sería fácil reconocer que no había sido el Fantasma quien estuvo en el palco; todo estaba desordenado. La cortina derecha se había desecho de su nudo, ocultando parte del interior. La mesa estaba demasiado pegada al frente, y la silla que fue usada se inclinaba de manera extraña, no permitiendo ver nada del exterior. Incliné el rostro, advirtiendo algo más en esa silla, exactamente en el respaldo.

Escuchaba pasos en el exterior, gente saliendo ya de la sala para regresar al mundo corriente del que pertenecían, entre risas y voces demasiado altas. No creía que fuesen conscientes de nada más que de ellos mismos, y nadie podría entrar en el palco donde estaba, quedando entonces tranquilo y algo extasiado por mi descubrimiento. Con dedos vacilantes tomé lo que supuse que era un manto, de un color negro límpido, llegando a doblarlo de manera metódica para que no se arrugase.

Me burlé en mis adentros de la joven por haber dejado tal cosa allí. ¿De quién más sería si no?

Gracias a esto, Christine Daaé disfrutaría de la bienvenida que podría otorgarle el Fantasma de la Ópera.

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Un besazo y hasta el próximo capítulo!