Música en la noche

Capítulo 3: Obstinados sentimientos

Pateé con furia los corredores tras las paredes, gruñendo en mi fuero interno por no haber podido al final ver nada de la obra. ¡Un desperdicio de tarde!

Seguí a los gerentes mientras llamaban a cada uno de los directores con voces poderosas, haciéndoles saber que se reunirían en su gran despacho. No dudé ni un instante en dirigirme hacia allá, y tampoco me sorprendí al escuchar —estando ya todos reunidos— que se debería arreglar de forma total el telón y aparatejos rotos, pues era una molestia tener tales errores escenográficos en una ópera tan prestigiosa. Se debía rendir debidamente, no a medias.

En aquel momento estuve a punto de reír en voz alta por la ironía de la situación, pero preferí callar, volviendo a sentir el pañuelo fino entre mis dedos. Solo consiguió sacarme otra sonrisa cruel bajo la máscara.

Todo el mundo intentaba echar las culpas a Signoret, quien no hacía más que encogerse de hombros y rascarse la espesa barba, mascullando cosas de vez en cuando.

No llegué a entender bien lo que se suponía que habían conseguido como acuerdo, demasiado distraído en estudiar a cada una de las personas que allí se encontraban. Algunos vestían ropas demasiado coloridas, y otros demasiado sucias para mi gusto, pero eran competentes. Por eso mismo seguían donde estaban. Si no ya sabían en qué dirección irían los tiros. Sus voces eran como un coro suave, entre los ruidos de las respiraciones y los cambios de posición, rozándose unos contra otros.

Antoinette terminó siendo la primera en salir, con una inclinación perfecta de su espalda. Pero lo que pude ver en sus ojos solo consiguió ponerme nervioso, como si ahora liderase una cacería, caminando con pasos largos y lentos.

La seguí, más por curiosidad que por cualquier otra cosa. Últimamente tenía cambios de humor detestables, y menos sus pupilas, el resto de trabajadores de vez en cuando solían dejar escapar palabras crueles sobre la mujer. En más de una ocasión deseé que pudiese oírlos, para así defenderse como es debido. Pero en mi interior sabía que Ann tenía dos estados: el de dama enfurecida o señora cansada a la cual le afecta todo un poco más de lo normal.

No era la misma joven que una vez hube dejado para huir a Persia. La vida le había pulido el corazón que una vez tuvo de piedra, y aunque aún mantenía una coraza de pinchos para defenderse, pequeñas agujas a veces se le clavaban en lo más profundo, terminando por fatigarla.

En su lento paseo, dos veces la observé escrutar las esquinas por donde caminaba, terminando por llegar a su casa, no sin antes dirigirse a las escaleras para decir en voz alta:

—Erik, entra.

Astuto sin duda.

Con un suspiro aparecí a sus espaldas, como un ser terrorífico que fuese a devorarla. Pero lo único que conseguí de su parte fue una mirada criptica y el permiso de dejarme entrar tras ella. Sin palabras me acomodé, con la familiaridad debida, terminando por sentarme en el pequeño sofá frente a la chimenea. Con algo más de calma, pasé una pierna sobre la otra, esperando a lo que tendría que decirme; no me habría llamado si no era para nada.

No obstante, me atreví a cuestionarla:

—¿Me oíste detrás de ti?

Me entregó una copa de vino, teniendo ella otra menos cargada, poniendo los ojos en blanco. Admitiré que me alegró ver el resplandor de una sonrisa brillarle en las comisuras, a pesar de no estirarse del todo.

—Jamás se te escucha. —Tuve la impresión de que se burlaba.

—¿Entonces?

—Quizá sea un sexto sentido. —Se encogió de hombros—. También soy capaz de sentir cuándo Meg intenta hacer alguna tontería.

—Me alegro que compares mi modo de vida con las tonterías de tu hija.

—En ocasiones no tenéis ideas muy diferentes —rio, tomando un sorbo. Hice lo mismo, disfrutando de lo fuerte del sabor en mi boca—. Y por eso mismo te he llamado, para que me ilumines sobre una de tus ideas.

Su posición volvió a ser fría, escrutadora.

—¿De qué maravilla estamos hablando en esta ocasión?

No apreció mi mofa.

—Hay un agujero en el cuarto de Christine. Ella se ha dado cuenta. ¿En qué demonios estabas pensando?

No permití que la sorpresa me atacase a ninguna parte del cuerpo, perfectamente acostumbrado a mostrar neutralidad. Pero, sin duda, me había quedado pasmado a punto de volver a beber del buen vino. Me llevó al menos un minuto contestar, con pensamientos estrafalarios de un lado a otro de mi cabeza.

—No esperaba que fueses a decirme algo así —comencé con cuidado. Estuvo a punto de cortarme, levantando la mano para que me escuchase antes de decir cualquier barbaridad—. Esa habitación era una forma rápida de huir por si me pillaban arriba. El 'agujero' se trataba de una pared corredera, ya sabes, como las demás. Pero no podía dejarla si alguien iba a vivir allí, por lo que la oculté con un espejo.

Se había relajado, no mirándome ahora como si fuese a apuñalarme en el momento en que me despistase. Mas, todavía estaba molesta.

—Debiste decírmelo. Cuando me preguntó la otra noche no supe que contestar.

—¿Cómo lo ha descubierto? No puede ser que lo haya abierto; eso no es contingente.

En mi mente daba vueltas a la posibilidad de haberme equivocado, cosa la cual detestaba, para ser sinceros. ¿Había estado tan distraído estos meses que una simple muchacha podría comenzar a caminar por los corredores que daban a mi casa sin caer en ninguna trampa? ¡Fallé en una estúpida puerta!

—No mencionó nada de haberlo abierto. Meg la tentó con descubrir cómo moverlo, pero ella no parecía interesada. Creo que le pareció extraño, más que nada.

—¡Parecer interesada! La niña esconde más cosas de las que crees, Ann. Tengo la impresión de que miente más que habla.

Frunció la frente, con conmoción.

—No la has estado vigilando, ¿verdad? —Se irguió a mi lado—. Además, ¿qué hay detrás del espejo?

Me reí con sequedad.

—No. No me dedico a mirar a jóvenes por agujeros —volví a reír, siendo consciente de lo absurdo que le había sonado aquello a ella también, a pesar de haberlo dicho en voz alta—. Hay un corredor, con otra pared movible. En el caso de que consiga traspasar la primera barrera, se encontrará con un pasillo largo nada más.

—¿Por qué dices entonces que miente? No creo que sea cierto. Ya te dije que era una buena mujer,..

—¿Eso crees? Entonces no sería ella la que estuvo en mi palco toda la función de la tarde. ¡He debido de ver mal! Mis ojos no son lo que eran.

Ann dejó caer los hombros, cruzándose de brazos, con la expresión asqueada por mi tono cansino.

—Déjate de ironías. ¿Por qué iba a estar ella allí?

—No soy yo quien la conoce tan bien —chasqueé—. Se llevó mis chocolates, por cierto —terminé murmurando con enfado.

Las palabras parecían hundirse cada vez más en su delicada mente, achicando los ojos cuando volvió a ser consciente de mi presencia, habiéndome ignorado durante unos segundos.

—No creo que haya sido con maldad. Ayer quedó fascinada con el rendimiento; su única intención habrá sido volver a disfrutarlo. —Se pasó una mano por el cabello, terminando por frotarse la cara—. Es muy joven, y lo único que está haciendo últimamente es vivir en esa habitación que le hemos dado, estudiando y solo sacando la cabeza para cosas tremendamente necesarias. Habrá actuado desde el aburrimiento.

—No siempre vas a poder resguardarla, ya sabes.

—Solo te pido que la comprendas. No eres consciente de lo mucho que ha aguantado esa joven. Ahora tiene posibilidades a las que aferrarse, y algo más de libertad, y seguramente quiera usarla.

—¿Y quién será la maravillosa persona que le cortará las alas? —me mofé, haciendo un gesto con la mano libre.

—Quizá ella sola llegue demasiado cerca del sol y termine por caer. Pero no pienses en forzar las cosas, querido —dijo, con un tono de advertencia en la voz—. Me ocuparé de hablar con ella mañana, y con el tiempo sabrá sobre ti y tus normas, terminando por acatarlas.

¡Bah!

—Es todo lo que vas a conseguir por el momento, Erik. Recuerda cómo eras tú hace años, y ten paciencia. A pesar de tus muchas virtudes, careces de ella.

Continuamos con la conversación hasta más tarde, terminando por cenar juntos. Eso me dejó una sensación caliente en el estómago, al igual que hacía tantos años. La compañía era algo fácil a lo que acostumbrarme y que en realidad me gustaba disfrutar. La buena conversación y el escuchar gente es una extrañeza cuando se vive a metros bajo tierra, y a pesar de considerarme solitario y huraño, la parte más humana dentro de mi pecho, se deleitaba cuando reía o hacía reír.

Pero, por supuesto, no se me olvidó lo que había decidido horas atrás, y tras recuperar el manto de la señorita que me había tenido enojado gran parte de la tarde, bajé a mi hogar casi corriendo. La decisión fue tomada incluso antes de salir del palco; solo tuve que disponer los utensilios en una zona del escritorio vacío y comenzar a escribir la que sería una carta perfectamente cordial para la nueva trabajadora en el edificio.

Tuve cuidado en la caligrafía, las curvas perfectas de las letras más redondeadas, ninguna mancha de tinta que ocupase la tablilla. Incluso cogí uno de los sellos menos feroces para marcar la cera.

Paciencia era lo que me pedía Ann, ¿no era así? Pues eso tendría. Y vería cuánto podía durarme.

Dormiría lo justo aquella noche, pues un plan mayor me esperaba con la salida del sol en el horizonte.

~)}O{(~

No sabía el tiempo que llevaba allí, tarareando una sonata tras otra, imaginándome el piano bajo mis dedos, moviéndolos al igual que si tocasen un instrumento invisible.

Había dispuesto la carta en el lugar perfecto de la sala; quitando de una de las mesas un gran número de lo que creía ser faldas, dispuse el sobre blanco sobre ella. Con algo de suerte la vería nada más abrir la puerta de su habitación, y estaba deseoso de observar su cara asustada.

Se merecía tal turbación.

Esperaba que hiciese caso de lo que la escribí. Fui claro y preciso; no me andaría con burlas a nadie. Si tenía algo de suerte terminaría siendo una dama asustadiza, como muchas de las que trabajaban en la ópera, resignándose a acatar las órdenes; si no estaba seguro de que Ann la haría entrar por el aro. Parecía una niña obediente, al fin y al cabo, y en mi interior deseaba que no se revolviese demasiado, para poder continuar en paz con mis propios asuntos.

Que viejo podía sentirme a veces.

Demasiado ensimismado en pensamientos abstractos, escuché girar la llave y a continuación la perilla de la puerta, percibiéndose un pequeño crujido que me estremeció el corazón de emoción. Me levanté de donde me hallaba sentado para poder mirar a través del agujero disponible, y lo que vi no me defraudó.

Tenía el rostro cansado y su pelo castaño parecía haber dejado de brillar a causa de mantenerlo empapado y recogido. Estaba distraída, no se podía negar, pues a pesar de mirar al frente, era al igual que si no viese nada. Gracias a un pequeño traspiés que dio con sus propios zapatos, su atención se volvió a la mesa, achicando los ojos para mirar en todas direcciones.

Había visto el sobre, y se atrevió a acercarse para cogerlo, continuando con su cautela. Mas, a pesar de que su expresión se veía como la de alguien preocupado, el temblor de sus dedos pudo confesarme enfado, o al menos creí que se trataba de eso, pues con un giro rápido sobre sí misma, se encerró en su aposento de un portazo.

Extrañamente fue como si se llevase toda luz y sonido con ella.

Sin dejar que me turbase, salí silenciosamente de mi escondite para depositar en el mismo lugar donde había encontrado la carta, el pañuelo negro que hubo olvidado.

Fue delicioso estudiar su expresión cuando lo encontró allí; incluso estuve a punto de estallar en carcajadas; carcajadas que se quedaron en el fondo de mi garganta mientras la veía encogerse ligeramente de hombros, dejar el paño en su cuarto y subir a la ópera, sin apariencia temerosa o acobardada.

¿Qué sería lo que estaba pensando?

~)}O{(~

La niña era una mentirosa; había mentido a Ann sobre haber salido, y la desdichada mujer no se atrevió a discutirla, diciéndome cuando la ataqué con palabras que no podía acusarla sin que nadie más la hubiese visto, que sería sospechoso. ¡Y lo peor de todo es que tenía razón! No parecía importarle demasiado tampoco que su protegida fuese una temeraria y jugase con fuego, así que sería yo quien le enseñase que podía quemarse.

Estuve siguiéndola gran parte de la tarde; hablaba con sus compañeras, todas ellas emocionadas de tener alguien nuevo que las escuchase. Era educada con todos, risueña y delicada, como si fuese necesario prestar atención a quien le dedicase unas oraciones para llamar su atención. La podría comparar con una madre, sonriendo a cada tontería creada por su hijo.

Estando a punto de darme por vencido y volver a mi palacio, vislumbré cómo se separaba de un pequeño grupo de bailarinas, caminando hasta colarse en una de las salas de disfraces para coger, sin ningún permiso, una capa oscura. Lo hacía todo con una naturalidad perfecta, no pareciendo nerviosa al actuar con decisión. Era buena sin duda, y me hacía cuestionarme si había robado en más ocasiones.

La cosa era que había vuelto a robar ropa, cosa la cual dije que cesase. La niña tenía un punto menos a su favor.

Algo dentro de mí me dijo con seguridad lo que iba a hacer, y qué poco equivocado estaba, pues cuando dieron las doce, pude verla cruzar con su quinqué la planta superior, caminando entre los tétricos y lúgubres pasillos. Me costaba seguir sus pasos entre sombras, y en más de una ocasión la perdí de vista, teniendo que rodear yo lo que ella cubría de manera recta.

Se iba deteniendo de cuando en cuando, mirando las pinturas de los techos y paredes, las columnas de mármol talladas, las lámparas con cientos de cristales. Admiraba cada una de las recónditas esquinas, paseaba sobre las alfombras con cuidado, como si se tratase de un jardín de flores en vez de simples telas. Caminaba sin miedo; aun habiendo sido atacada por el tramoyista, a pesar de haberla amenazado con mi escritura.

¿No era consciente de lo que ya había pasado? ¿Tendría que transformarme en su sombra protectora porque era una inconsciente? Ya lo había hecho una vez, no deseaba una segunda.

A pesar de todo, no podía dejar de mirarla, con el ceño fruncido. Otras personas habían paseado a esas horas por la ópera, pero ninguna antes había llamado mi atención como ella. Era extraño, y me hacía estar atento a todo, como si en cualquier momento fuese a desaparecer asombrosamente.

A veces dejaba volar sus dedos sobre los muros, sobre los grandes ventanales desde los cuales apenas se diferenciaba el exterior. Tocaba cada cosa con reverencia. El aire se le quedaba enganchado entre los pulmones cuando un extraño eco lejano se hacía presente por donde ella caminaba, y miraba por encima del hombro por si la hubiesen descubierto, con los ojos grandes y relucientes en su cara paliducha, con los pómulos marcados duramente a causa de la poca luz que llevaba con ella.

No me gustaba lo que hacía; al igual que si estuviese caminando a mi alrededor, siendo consciente de mi mirada, burlándose de mí. Era como si intentase entrar en mi interior. Pero aquello era imposible, ni si quiera me había visto, y lo poco que le habían hablado sobre el demonio que manejaba no le fue suficiente para acobardarla.

Con todo, no fui capaz de deducir sus intenciones, arrugando más la expresión cuando terminó por introducirse en la sala donde ensayaban los cantantes principales de la ópera. Me costó más de lo necesario encontrar un punto perfecto para seguirla con los ojos, y cuando eso fue posible, se encontraba cogiendo con alegría los tomos de las óperas que una vez se había realizado en el Palais Garnier. Mas, aquello no era lo que esperaba, pues se dejó caer contra uno de los asientos con desconsuelo, pasando las hojas frustrantemente.

¡Ah! Pero de todas formas se llevaba el cuero entre las manos, no sin antes dedicar a la nada unas cuantas escalas y ruidos absurdos del piano que allí habitaba.

Suspiré al verla emocionarse con el instrumento. Era descuidada, a dichas horas no se podía hacer lo que estaba haciendo. Cualquiera podría venir y comprobar qué estaba pasando; o podrían creer que el temible Fantasma de la Ópera se dedicaba a tocar ritmos con una sola mano.

Pero su ilusión era lo que hacía que no la atacase en un arrebato. Mostraba los dientes en una tierna sonrisa, e inclinaba el rostro a un lado, como si así pudiese escuchar mejor las atrocidades que estuviese creando.

En mi cabeza guardaba las notas, para poder colocarlas de mejor manera y que al menos lo que había dado a luz no quedase en ninguna parte, formándolo con belleza. Quizá esta noche podría componer algo…

De un estremecimiento, volviendo a la realidad que nos rodeaba, di dos palmadas sin cuestionármelo, y ella pareció entenderlo, pues con prisa recogió todo lo que llevaba con ella y se encaminó por el mismo lugar por el que había venido. Me alegraba al verla marchar de una vez, con pasos rápidos y casi totalmente silenciosos. A decir verdad el sonido de sus faldas al rozarse era casi embriagador.

Volví a palmear cuando su paso se desaceleró, y el ser dentro de mí —permitiéndole yo hacer lo que deseaba— creyó que sería una buena idea volver a avisarla.

Con zancadas más rápidas que las suyas me lancé a la pared de los bustos, llegando con las manos al mismo lugar. Un calor me cubría desde los pies hasta la cabeza. La ropa se había vuelto molesta repentinamente y supe que había perdido el sombrero cuando lo escuché golpear el suelo tras de mí.

Ya me molestaría en buscarlo.

Cuando percibí los pasos de la niña acercarse a donde me encontraba, con decisión di dos golpes más fuertes que los anteriores desde mi lado izquierdo. Aquellos ya no eran un aviso para que se marchara, sino una amenaza clara. Comenzaba a cansarme seriamente; podía haber llamado mi atención minutos atrás, pero no sería pretexto contra mí.

Corrí hasta uno de los agujeros de la derecha, sabiendo que si estiraba la mano desde allí podría coger uno de los bustos que todavía quedaba.

Sin miedo lo arrastré, e incluso deseé que pudiese ver mis dedos enguantados para ser todavía más horrible lo que se merecía. Estaba seguro de que la impresión que debió darle fue lo suficientemente fuerte como para querer correr de allí, sin darle opción a nada antes de hacer lo mismo dos veces más, con la buena suerte de encontrarse ella delante, pudiendo apreciar su pequeño cuerpo gracias a la luz que llevaba.

No podía verla, pero me conformaba con el sonido de sus respiraciones trabadas y los varios jadeos que dio. Incluso pensé que gritaría, ¿qué menos? Mas, cuando me dispuse a lanzar al suelo uno de los nuevos jarrones a modo de advertencia final, mis orejas escucharon el sonido de sus pasos lentos bajar las escaleras hacia la fea habitación de decorados, terminando por dar otro portazo como el de aquella mañana.

Si la hubiese tenido delante no habría dudado en coger su delicado cuello de cisne y estrangularla. Me daría igual lo sucedido con Antoinette o su hija, o el Daroga y sus lacayos. ¿Cómo se atrevía a jugar conmigo así? Las mujeres en general no representaban una molestia; solían ser tiernas y suaves, acatando lo que se les decía. Los hombres eran más quisquillosos, rebelándose hasta que al final comprendían. ¡No me dejaría humillar por el sexo débil!

El monstruo dentro de mí rogaba por ir a su cuarto, tirar la puerta abajo y presentarme. O mejor, romper el espejo con varios golpes, sin permitirla huir y tener que atenerse a las consecuencias.

Avisando a la niña de mis macabras intenciones, repentinamente el sonido de una llave cerrando lo que supuse que sería la entrada a donde se encontraba, me sacó de la ensoñación en la que me estaba induciendo.

Con horror me dejé caer contra la pared a mis espaldas, aterrorizado. No podía tener esos pensamientos. ¿Qué me estaba pasando? Me pasé las palmas sobre el pecho y el cuello, llegando bajo la máscara. No podía culparla de lo que hacía. Si no creía en fantasías no sería su culpa; no podía hacer una aberración solo por mi orgullo.

No tenía que dejar tomar el control a la bestia en mi interior.

Con un suspiro medroso, comencé a arrastrarme hacia la ratonera que consideraba un hogar. Debía distraerme por un par de horas.

~~~OOO~~~

Siempre he pensado que Erik debe lidiar con sus repentinos cambios de humor. Quiero ver si puedo continuar escribiendo sobre ellos más adelante, porque a veces las cosas que me gustan se me terminan por olvidar.

Espero que hayáis tenido una Navidades excepcionales!

Un besazo y hasta el próximo capítulo!