Música en la noche

Capítulo 4: Una musa involuntaria

A veces me reprendía por no mantener un seguimiento del tiempo. Los minutos se transformaban en horas, las horas en días, y los días sorprendentemente en meses. El no salir de debajo de la ópera terminaba por confundirme. Yo mismo me obligaba a sacar la cabeza de mi escondrijo —al menos— una vez por semana, observando así el mundo por encima de mí, cerciorándome de que el Apocalipsis no había caído sobre la tierra y me lo estaba perdiendo.

En ocasiones era más que duro salir, casi siempre los domingos, pues estaría demasiado ensimismado en mis propios asuntos; en otras era deliciosamente fácil, teniendo que acudir al mercado de madrugada para comprar lo que necesitase, o cuando debía recoger mi salario mensual, o si debía de asustar alguna corista que no me hiciese caso.

Ver el amanecer hoy me había hecho sentir como un ciudadano más, arrancando de una barra de pan la corteza todavía caliente, llevándomela a la boca aunque quemase, observando los rayos de sol colarse entre las nubes y colorear las calles de París.

El muchacho que solía hacerme los recados se había alegrado al verme —sorprendentemente—, y yo había estado dichoso de darle unas monedas de más cuando terminó, agradeciéndomelo él efusivamente.

El paseo a la ópera fue fácil, y la mañana fue una maravilla mientras dejaba que mi imaginación se estirase sobre unos lienzos que mantenía inacabados, ¡pero que fueron perfectamente terminados a la hora de comer!

Había pasado el tiempo; por supuesto fui a ver al Daroga, e incluso le llevé los dichosos planos que necesitaba, dándome órdenes para que hiciese más, el despreciable hombre, pues hube aceptado a varios ricos que no dudaban en pagar por tener casas ostentosas.

Tuve que resignarme a hacer lo que me dijo, ganándome una lista, y varias miradas odiosas, sobre lo necesario y el tiempo tenía para finalizarlo. Me prometí que en esta ocasión no superaría el plazo acordado. Al menos eso intentaría.

No obstante, las noches eran más desagradables. Algunas de las antiguas pesadillas que había sufrido al llegar al país me atacaban de nuevo, obligándome a levantarme entre gritos de horror, creyendo que todavía me encontraba en Persia, temiendo por poder morir en cualquier instante, con la droga en mis venas tornándome vulnerable a cualquiera que se me acercase. Y peor aún: siendo un peligro si no la tenía.

Asombrosamente, los primeros días en aquella tierra alejada de la mano de cualquier ser racional habían sido excitantes y novedosos, brillando ante mis ojos nuevas paletas de colores que deseaba alcanzar con los dedos.

Qué poco tardaría todo en convertirse en un horror; un horror que ahora parecía tan lejano.

Me estremecí en mi asiento, sacando de la cabeza aquellos pensamientos. No era el momento para dichas reflexiones. Se había incorporado madeimoselle Daaé al alto coro, y hoy sería su día para lucirse. Estaba seguro que necesitaban caras bonitas encima del escenario, y aunque la chica no se quejaba y tenía sonrisas tontas para todos, no pareció agradarla el estar allí.

Los primeros días en los cuales se vio obligada a trabajar en los ensayos generales, solo fue un horror. Era un puro saco de nervios, temblando y restregándose las manos contra las telas de su falda, tropezando con la mitad del elenco cada vez que podía, volviéndose colorada por la vergüenza que eso le producía.

No pude dejar de reírme en aquellos momentos, con algo de crueldad a decir verdad. Se podría decir que estaba satisfecho por su pesar.

Al menos la niña pareció entender lo que le escribí —aun aparentemente habiéndose molestado—, no saliendo a deshoras. O eso creía, pues estuve tremendamente ocupado, y por las noches era cuando la inspiración mejor me golpeaba, no molestándome en subir a ver. Mantenía cierta esperanza con que el susto que la di hubiese funcionado.

Me llevé una mano al pelo, ahuecándolo. Tendría que comprobarlo de todas formas. No podía permitir burlas de ningún tipo.

La había visto en otros momentos, sin embargo, y el que más se quedó en mi mente fue la tarde que acudió a la capilla de la ópera. Tuve la suerte de encontrarla tras despedirse de unos tramoyistas jóvenes, teniendo el rostro cansado a pesar de sus gestos amables. El ritmo de sus pies me había parecido interesante, y sin buscar ninguna excusa más, la seguí, terminando en esa habitación tan sagrada para algunos. Nunca me había gustado la vidriera que mantenía oculto el interior, con un ángel en ella, contemplando.

La cruz me era incómoda colgada desde lo alto de una de las paredes de piedra, y todos los objetos que había encima de una pequeña mesa eran el más puro simbolismo de tristeza y poca resignación a la muerte. Como si alguien fuese a ayudarnos cuando esta llegara. Como si llorar tanto pudiese revivir al fallecido.

Desde mi nacimiento supe que Dios no era misericordioso, y que se había olvidado de la humanidad a pesar de lo mucho que le siguiesen. Da igual si le cambiaban el nombre, o si en vez de uno había cientos; la suerte era nuestra, el azar es lo que manda en nuestras vidas y debemos acatarlo todo con conformismo. No sirve de nada la revelación.

Mas, viendo a la dama encender una lúgubre vela, e inclinar el rostro para comenzar con lo que supuse que serían rezos, en mi corazón se prendió también una llama, la cual hizo que me preguntase por quién lloraba ella. Era demasiado joven para sufrir si ese era el caso. Siempre quise algo de misericordia para mí en mis años más infantiles; con la mente clara no podía desearle una maldad tan terrible como la pérdida o la soledad.

Parecía en paz allí, moviendo muy ligeramente los labios de vez en cuando. Podría ser simplemente un pequeño temblor, al igual que cuando se lanza una piedra al agua, y las ondas agitan con suavidad la tranquilidad que podía haber en el líquido. Su expresión se arrugaba con ligereza, para después desaparecer y quedar la misma finura que mostraba constantemente su rosada piel.

Me había fijado en que las marcas de cansancio que trajo al principio hubieron desaparecido cuanto más cómoda se volvía, y en aquel instante, creí incluso que se veía bonita, con las manos cruzadas frente a su pecho, con algunos rizos cayéndole sobre el rostro, hablándole a un ser celestial.

Estaba en paz, y eso mismo aparentó cuando se fue, con los pies más ligeros y los hombros destensados. Ojalá y sus ojos hubiesen mostrado tanta claridad, pues les recubrió una humedad rojiza que no pareció querer desaparecer rápidamente.

La niña me había inspirado a terminar las composiciones que tocó en el piano la noche en la que salió. Había sido capaz de crearlas sin detenerme, sin perder a la musa que tanto se divertía huyendo de mí. Se mantuvo a mi lado durante toda la noche, acompañándome con cuidado, tan suavemente.

Quedé sorprendido, y por ello, en ocasiones, buscaba a la dama, por si algún casual volvía a sugestionarme. Pero desde que debía bailar y cantar a la vez, empeoró, regresando la fatiga a todo su cuerpecito. Ann me hizo saber que su protegida no disfrutaba de la atención innecesaria; extraño sin duda, pues muchas personas temblaban de emoción al pensar en lucirse encima de un escenario, como si la cima del mundo se encontrase allí.

Por supuesto, se podía ver que era alguien tímido. Sus pasos lo indicaban a la perfección, y la poca iniciativa que parecía tener en general aclaraba cualquier tipo de duda.

Esperaba que al menos, en su debut, no se viese sin confianza y ligereza como en los ensayos, pues entonces sí se haría de notar, y estaba seguro de que eso era lo que menos deseaba.

Comenzó la obertura, y relajándome mucho más contra los asientos aterciopelados, dejé que el espectáculo fluyese ante mí, prestando atención de más a una dama que no se lo merecía.

~)}O{(~

Salió perfectamente decente. Todo el mundo hizo lo que debía y me encontré satisfecho al finalizar la segunda sesión. La niña parecía haber nacido allí encima, cambiando totalmente el registro corporal que usaba para dejarse llevar. Podría decirse que estaba disfrutando.

Bien por ella.

Me serví una copa de oporto, permitiendo que Bajtiar se subiese sobre mis piernas cuando me recosté contra el gran sofá, estudiando al otro gato a nuestro lado.

—¿Cuándo vas a entender que no debes traerla aquí? —le miré con enfado mientras me ignoraba y se enroscaba sobre mis pantalones, comenzando a ronronear cuando le pasé los dedos por el pelo largo del lomo.

¿Cómo el gato se había conseguido una amiga? Y lo peor: ¿cómo y por qué le enseñó en donde vivíamos?

Rodé los ojos de la escena bajo mi barbilla, arrastrando la mirada al libro que mantenía sobre la mesita de café. Me había resignado a leer un poco antes de marchar a dormir, ligeramente molesto durante la cena. Meg me había avisado que subiría a lo que ella llamaba su 'escondrijo' para beber con el resto de mujeres con las que se llevaba bien.

Como si tuviesen que esconderse para beber, ¡ja! No debían de saber tan si quiera lo que era emborracharse, pues entonces no decidirían ir tan arriba si después debían bajar de nuevo.

Llevé la vista al fuego, ignorando el color hermoso de las llamas para centrarme en los troncos que ardían, mostrándose cálidos marrones y negros, con una brillantez que hacía que se te templase el pecho. En aquel instante vinieron a mi cabeza un par de ojos castaños, llenos de alegría y emoción mientras pequeñas bailarinas los rodeaban, danzando a su alrededor, diciendo en voz alta alabanzas para la nueva que se había unido finalmente al grupo.

De manera inconsciente, insólitas notas musicales resonaban en el interior de mi cabeza, pero no me atrevería hasta el día siguiente a escribirlas sobre papel. Permitiría que me acariciasen para hacerme descansar en un mar de sábanas y mantas oscuras.

~~~OOO~~~

¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!