Música en la noche

Capítulo 5: Irracionalidad

Madame Carlotta era una mujer insoportable. Tuve la gran suerte de verla llegar a la ópera la primera vez, jugando ya con los antiguos operarios, quienes no se atrevían a negar nada a la maravillosa diva exigente, además de varios cantantes de los cuales sí fui capaz de deshacerme.

No era muy diferente a lo que sucedía el día de hoy, en realidad.

Recordaba varias ocasiones en las que sus demandas fueron inflexibles y absurdas; comida y bebida en todas las esquinas de su camerino, que nadie le tocase en ninguna obra, y la mejor de todas: el día en el cual quería tener la ópera para ella sola y unos supuestos amigos.

Lo mejor de todo aquello fue el cómo arruiné cada cosa con mucha meticulosidad y cuidado. No podía expresar de ninguna forma la satisfacción que sentía al evocar cada engaño creado. Era una lástima que en la actualidad no fuese como años atrás, dedicándole tanto tiempo como gustase a las tonterías de un grupo de personas que parecían temerme. Quizá no gastase tanto tiempo, pero aun tenía cosas que controlar, o que arreglar, para el caso.

Había un conjunto de poleas que no hacían nada más que incordiar en las actuaciones, si es que no llegaban a descolgarse, dejando caer varios de los contrapesos cuando no era el momento, generando un caos terrible a los tramoyistas.

Al final de la función, habiendo estado esperando desde arriba a que eso sucediese, me dispuse a descender a donde se encontraba todo el aparatejo que movía los fondos y los telones, vigilando que no quedase nadie que pudiese reconocerme.

Me movía como una sombra, dejando que la conocida oscuridad me cubriese y abrazase. De manera melancólica tendía a pensar que era una de mis grandes amigas.

Ja.

La capa me cubría, y en el caso de que alguien me viese, muy seguramente pensarían que se trataba de una prenda olvidada de los hombres que allí trabajaban. Todas las luces estaban bajo mis pies, pudiendo diferenciar lo que hacía con las manos, estudiando con curiosidad el por qué aquel dichoso objeto se desprendía cuando lo deseaba.

Lo que más me costaba razonar era el por qué demonios no habían encargado ya uno nuevo, si esto llevaba ocurriendo desde hacía meses.

Di un bufido, clavando la rodilla contraria a la que mantenía contra las maderas, buscando una posición más cómoda sobre la dura tabla de madera.

No era consciente del tiempo que llevaba allí, habiéndome olvidado incluso de escrutar de vez en cuando mi espalda, por si cualquiera se atrevía a molestarme. Lo que me sacó del ensimismamiento fue un grito terrible que me perforó los oídos, obligándome a ponerme en pie de un rápido movimiento, lo cual solo consiguió agitar la tabla donde me encontraba, teniéndome que agarrar a las cuerdas cercanas para no caer y partirme el cuello.

Sabía perfectamente de quien era ese berrido, y estaba más que seguro que estaba a punto de dar una exhibición a todos los trabajadores.

Por un momento, dudé si continuar haciendo el arreglo, pero mis ganas de saber las causas de tal follón consiguieron que me olvidase de lo demás, estirándoseme en los labios una sonrisa encantada, siguiendo como un demonio a los hombres y mujeres que iban detrás de La Carlotta, la cual llevaba una tela en la mano. Quedó en el punto justo donde varios pasillos de camerinos compartidos se cruzaban, saliendo todavía más personas de cada rincón, con la misma curiosidad que yo tenía.

Me recliné contra uno de los postes de madera, cruzándome de brazos, hallándome justo en el medio. Un círculo se había creado alrededor de la supuesta diva, estallando en un mar de palabras que bailaban del italiano al francés. El resto de miembros allí presentes únicamente murmuraban por lo bajo mientras esta acusaba a alguien haberle entregado roto lo que tenía sujeto, tirándolo al suelo con ira.

Una de las contraltos apareció a su lado, y tuve que reprimir una risa al verla totalmente roja mientras le gruñía más de cerca. Si no comenzaban a alisarle el carácter, jamás podrían trabajar a gusto con ella. Y lo peor de todo era que yo no tenía grandes opciones para poder echarla. Muchas personas del público venían a verla particularmente a ella, y gran parte de lo que se ganaba en el Palais Garnier era por tener su cuerpo regordete en los carteles. Pero comprendía el por qué no meterse; los gerentes no eran de gran ayuda a la hora de las injusticias que tuviesen que ver con Giudicelli. Era más fácil huirla que confrontarla.

Me rechinaron los dientes.

No obstante, cualquier molestia que comenzase a crecerme en el pecho, fue olvidada al ver a mademoiselle Daaé salir de entre los cuerpos, con el aspecto todavía más joven si era posible. El pelo le caía en cascadas de rizos detrás de los hombros, y estos los mantenía rectos, y la barbilla ligeramente inclinada hacia arriba, con orgullo.

—Fui yo a quien mandaron recuperarlo, señora —habló, con un timbre exquisito, como si estuviese usando toda la fuerza de sus pulmones para decirle aquello al monstruo que tenía delante. Nunca antes me había molestado en oírla hablar verdaderamente, y me reprendí por la delicadeza que podría estar perdiéndome si la seguía ignorando.

Dicho monstruo dio dos pasos para acercarse más a ella, viéndose terriblemente empequeñecida la corista.

—Me acuerdo de ti. El pequeño gorrión. Rompiste mi falda —le acusó, y estoy seguro de que, si hubiese estado en el suelo, habría sentido un fuego encenderse, ardiendo entre ellas.

Daaé tuvo la osadía de recriminarle lo mal que estaba tratando la prenda, alegando que no la había roto, además, con la voz cada vez más seria y enfurecida. Lo poco que podía ver del total de su expresión era su frente lisa y cejas rectas, con una seriedad que repentinamente la hizo parecer vieja.

Algo se me clavó dentro; al igual que si mi corazón hubiese latido dos veces seguidas, obligándome a inclinarme. Era como si pudiese reconocer su forma; la severidad y formalidad con la que se estaba moviendo y hablando. Solo si te fijabas lo suficiente podrías reconocer el nerviosismo que la ocupaba, pero allí nadie era tan inteligente —o simplemente no se molestaban— en leer entre líneas las mentiras.

Asombrosamente, me recordaba a mí. Algo extraño, sin duda.

Ann se acercó a su protegida, con el bastón en alto, al igual que si se tratase de una espada en vez de simple madera, teniendo que atender entonces a los gerentes, que llegaban como si fuesen Moisés abriendo las aguas del río, agitándose violentamente para agarrar a la gallina que ponía los huevos de oro. No les dio tiempo a decir demasiado cuando volvió a gritar:

—¡LA NIÑA ROMPIÓ MI FALDA!

Y la niña supo contestar:

—¡YO NO ROMPÍ NADA!

Ohh. El silencio que se formó; que maravilloso fue. Al igual que cuando se llega al ojo de la tormenta, y se tuviese la sensación de que todo estaba salvado. Dejé que una risa siniestra se colase entre mis labios, como si se tratase del agua que avisa de nuevo de lo venidero. En el cuerpo de la maestra de ballet se podía percibir la tensión que se manifiesta con el deseo de querer golpear algo, resignándose a observar la prenda en el suelo, y muchos de los compañeros de Daaé tenían en sus expresiones el miedo que antecede a una barbaridad, alimentándose también con el hecho de saber que el Fantasma se encontraba cerca, viendo lo sucedido.

Asombrosamente Firmin y Mocharmin no discutieron con la dama más joven, resignándose a dedicarle miradas estupefactas y ofensivas, terminado por recorrerles una ola de miedo.

Fue una lástima que la diva desechase lo que se acababa de generar, pues entre lloriqueos tuvieron que sacarla de allí, siendo arrastrada y mimada por un séquito.

Todo volvió a su estado natural, y aquel alboroto quedó en nada enseguida, regresando cada uno a lo suyo, y el que no, se atrevió a animar a Daaé por su comportamiento.

No pensé que la niña pudiese tener ese tipo de humor. Era parecida a una serpiente, de aspecto inofensivo, como si por arrastrarse no pudiese alcanzarte. Pero, en general, sus mordeduras eran letales, clavándote los colmillos con una fuerza que asustaba, dejando de ser innocua para tornarse en un verdadero horror.

Una lástima que no mantuviese dicha energía siempre, prefiriendo pasar desapercibida, ocultándose con sus sonrisas y palabras conmovedoras. ¡Bah! Todo un desperdicio. Solo los que sabían mandar eran los que gobernaban; los otros eran gobernados.

Con esos pensamientos regresé a lo que estaba haciendo antes del escándalo. No había sido un día del todo desperdiciado, ciertamente.

~)}O{(~

Ya que me había molestado en revisar cada una de las cuerdas del movimiento de telones y decorados la noche anterior, decidí que era la semana idónea para seguir con una investigación exhaustiva acerca de cómo estaba todo colocado y sobre lo que se debería tirar o mantener.

Caminé por los pasillos que daban a las salas de útiles, la de los instrumentos, los disfraces, pelucas, tutús y zapatos, con un carboncillo redactando en papel lo que sería imprescindible y lo que no, teniendo que deshacernos de las cosas que ya solo estaban allí para molestar. E incluso, me atreví a adueñarme de un par de jarrones y candelabros que consideraba bonitos, decidiendo que nadie verdaderamente los echaría en falta por la cantidad de polvo que les cubría. En mi casa tendrían un mejor futuro, sin duda.

Una de mis cualidades favoritas era la que me hacía perder la noción del tiempo si estaba entretenido, y cuando me quise dar cuenta: no había personas por los pasillos de la ópera y la luz que se colaba del exterior era la única que acompañaba mi paseo. O al menos eso creía, pues al salir de una habitación llena de instrumentos de cuerda, Leila me seguía, rechinando en las baldosas del suelo sus largas uñas.

La estudié por encima del hombro, distraído por un libro que me había encontrado, leyendo sin comprender lo que ponía en su interior. Intentaba saber el por qué estaba allí; lo más seguro sería que cualquiera se lo hubiese olvidado, pero no reconocer el título me irritaba, decidiendo que podría inspeccionarlo para descubrir una nueva novela, porque eso era.

No obstante, la gata a mis espaldas deseaba llamar mi atención. Había conseguido que no entrase a los pasillos bajo el edificio —aunque estaba seguro que Bajtiar no tardaría en subir a buscarla y enseñarle el nuevo acceso—, y supuse que su intención de seguirme era conseguir llegar de nuevo a mi hogar.

Me di la vuelta al tercer maullido, estando a punto de patearla de no ser porque paró a un metro de mis pies. El listo animal. Se sentó con arrogancia, con sus ojos verdes y amarillos rasgados, con esa expresión de mal humor que le hacía fruncir siempre el ceño. Era al igual que si bajo su atenta mirada lo juzgase todo, y menos mal que se trataba de un gato, pues no habría soportado eso de cualquier ser humano común.

A veces era como si se burlase de mí por llevar la máscara en su sitio, y a pesar de comprobar que mi propio rostro no le espantaba —desgraciadamente—, todavía se me apretaba el estómago al tenerla delante con tanta seriedad.

Me estaba haciendo sentir nervioso. Tenía una repentina impresión de que las sombras me seguían, y eso consiguió que se me erizase la piel. Y todo por su culpa. Entonces, con una sonrisa cruel en los labios, y todavía viéndola chillar irracionalmente, sin pensarlo demasiado le lancé el libro, golpeándola de frente, corriendo entre bufidos por el pasillo que acabábamos de cruzar.

Me reí casi en silencio, volviendo a recuperar el tomo y estudiándolo por si se había dañado, todavía escrutando entre las páginas para intentar adivinar de qué diantres trataba.

Fue entonces cuando percibí unos pasos, que procedían de unos pies veloces, y la brillantez de la luz que los acompañaba. Y no supe qué hacer inmediatamente. Hubo menos de un segundo que tuve que cavilar la posibilidad de enfrentarme a esa persona o huir, desechando la idea de que pudiese verme. Lo único que conseguiría aquello sería formar más historias entre esas paredes, y solo se debía hablar de mí cuando yo lo exigía, no por caprichos absurdos del destino.

Por ello comencé a correr, con zancadas largas y sin preocuparme en si eran sigilosas. Si tenía suerte no me vería, quizá únicamente los suficiente como para reconocer un borrón oscuro. La ira comenzaba a recorrerme las venas, y la mejor solución era el introducirme en una de las habitaciones que había en aquel pasillo, una en particular que descendía hasta el tercer piso y tenía la entrada a un pasadizo.

El hombre malvado dentro de mí gruñía para incitarme y darme la vuelta, sobre todo al escuchar que esa persona se atrevía a seguirme. Si la enfrentaba tendría que molestarme en acobardarle, ¿y si llegábamos a las manos?

No, no, no. Aquello no era una opción. No existía tal discusión. Punto y final.

Bajé las escaleras de tres en tres, casi cayendo al suelo de no ser por la puerta, que me permitió el lujo de lanzarme contra ella para detener la inercia de mi derrumbamiento. Choqué con algo que había en la sala, estando en completa oscuridad, maldiciendo por el dolor que me llevaría a mi escondrijo. Conseguí colarme en el agujero que abrí en la pared, llegando a inclinarme contra el muro de piedra frente a mí, jadeando.

Me había vuelto un débil; antiguamente una situación así no me habría asustado. ¡Asustado! Maldiciones, eso era lo que había sentido. Años atrás habría confrontado la situación frente a frente, con una seriedad casi asesina, calculando cualquier posibilidad que ese extraño pudiese decidir, además de tantear también mis propias cartas.

Estaba envejeciendo. Últimamente no hacía nada más que pensar en eso, sin embargo, una voz suave hizo que cualquier pesar despejase mis pensamientos, corriendo a colocarme en donde tenía disponible un pequeño saliente poroso para observar la sala, hinchándoseme el pecho al estudiar entrar a madeimoselle Daaé, con su quinqué habitual en una mano y la otra a la altura de la clavícula, como si así pudiese salvarse del monstruo que debiese de haber allí.

Tenía una expresión de asombro, casi de terror, escrutando cada una de las esquinas antes de abrir la puerta del todo y dejarse entrar en su totalidad, dudando todo su cuerpo si aquello era prudente.

Sin duda, la niña era valiente. Terriblemente valiente e insensata, además. Aun habiendo tenido tal problema con Buquet, todavía se atrevía a salir, como si nada. ¿Qué demonios creía? Yo no podía estar detrás de ella todos los días para vigilar su despreciable suerte. En algún momento algo malo le pasaría, y rogaba porque fuese en el exterior de la ópera. O no. Mejor no. Aquello no agradaría a Antoinette.

Estuve a punto de suspirar, pero terminé callando, vigilando lo que hacía para simplemente contenerme y no salir a zarandearla hasta que fuese consciente del peligro que corría.

Esta se agachó y agarró algo, moviéndolo de forma delicada en su manita libre. Aquello iba a mejor; ahora se había adueñado de mi novela, la cual no era mía en realidad. Pero yo la había encontrado primero. Mas, una repentina sonrisa, que me quemó la mente, creció en sus labios rosados, llevándose el objeto al pecho. Todo su idioma corporal había cambiado, y comparé aquello a cuando riegas una flor que esta sedienta, hidratándose y luciéndose mejor de lo que ya parecía.

Salió dando saltos, y fui capaz de escuchar desde su garganta una pequeña melodía, la cual se iba perdiendo junto a ella.

Por qué me recorrían sentimientos placenteros en aquel momento nunca lo sabría, pero repentinamente los dedos me picaban para que mantuviese una plumilla entre ellos. No para escribir sobre un pentagrama, ni para crear un hermoso palacio, sino para dibujar.

Extraño sin duda.

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¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!