Música en la noche
Capítulo 6: Frustración
Recordaba todavía con verdadera emoción la primera vez que probé un dulce. Mi madre había sido piadosa aquel día; no sé cuánto tiempo llevaba sin probar bocado y parecía preocuparse. Ella me traería comida y yo la apartaría de mi vista en una absurda rebelión para que me dejase salir de lo que era mi habitación.
Hasta que trajo lo que después conocería como *cannelé. Creí que sería pan, pero su aspecto castaño me confundía; mucho más jugoso, blando. Y el olor era demasiado delicioso como para dejarlo esperar allí. Me dio tres; me comí uno cada día, escondiéndolos.
Había perdido una batalla, pero no la guerra con aquel avance.
Desde entonces, cuando de una vez por todas fui libre, tenía una gran afición por los dulces. La vainilla será siempre el sabor que me encandile; el chocolate y su amargura me hacían querer más; la nata siempre sería bien recibida con cualquier tipo de postre.
Nunca lo admitiría a nadie, pero estaba orgulloso de tener un libro de recetas con todo lo que descubrí en mis viajes, aprendiendo a cocinar cada una.
En la actualidad, solía hacer más uso de las tiendas de comestibles, así no tendría que mancharme yo; pero en el caso de que me apeteciese un raro dulce ruso, siempre tenía la posibilidad de hacerlo.
Había trabajado por algo que verdaderamente me gustaba, ¡no como la mujer que tenía bajo los pies, gruñendo como un jabalí por si alguien le rozaba el vestido! Madame Carlotta no cesaba de gritar —¿no se daría cuenta de que podría dañar su voz? — a cada uno de los bailarines, a veces en italiano, otras en francés. En mis labios se estiraban sonrisas crueles imaginando el cómo podría lanzarme desde mi posición para llegar junto a ella y asustarla, tirar de la ropa que vestía hasta romperla.
No sería algo terriblemente difícil; de no ser por las historias que correrían entonces, en realidad debería divertirme bastante.
El ensayo estaba siendo un desastre, pero aquello llegó a su punto final: la mayor de las bailarinas se acercó demasiado a la diva, dando una vuelta sobre sí misma, haciendo que esta se asustase y cayese. O al menos aquello fue lo que imaginé, pues los que estaban a su alrededor la cogieron, deteniendo su choque inminente.
Los directores se llevaron las manos a la cabeza, otros rieron junto a los que se encontraban sentados en las butacas, y se escucharon muchos suspiros antes de que la mujer regordeta volviese a hablar.
Ann fue una de las más inteligentes, llevándose a sus pupilas ya cansada de allí, cacareando una parrafada airada, levantando la voz con una seriedad que asustaba.
El resto de personas deseaban huir también. Lo podía ver en sus cuerpos, en los temblores impacientes que les removían.
Tuve que reírme, no comprendía el por qué se mantenían sin decir nada, educados y respetuosos, cuando estaba claro que las horas se estaban pasando sin la necesidad de ninguno de ellos, agonizando mientras veían al resto actuar.
Agaché la vista, concentrándome de nuevo en la conversación de Carlotta con el resto. Intentaban adularla, la mentían y consentían, y eso que allí no se encontraban los gerentes para rodearla con sus falsas palabras. Todos estaban fatigados con la mujer, pero aquello no era motivo para calumniar. Por eso mismo me decidí a hablar, poniéndome antes en pie:
—No tienen por qué mentirla. Es lo suficientemente inteligente como para saber cuándo ha de aceptar las cosas. — Si debía de alzar mucho más la voz, lo haría sin rechistar. Si tenía que ponerse un vestido el cual no le gustaba, se lo pondría sin mediar palabra. No podía haber más discusión sobre ese tipo de asuntos—. Su salario es pagado a causa de los clientes que vienen a verla, madame Carlotta. Por lo que debería de tener cuidado con lo que les ofrece, no vaya a ser que queden insatisfechos en la próxima actuación.
Con aquel final, me sujeté a tres cuerdas que mantenían contrapesos en cada uno de sus extremos. Saqué un pequeño puñal del gran bolsillo interno de la capa, cortándolos para dejar caer los sacos en el escenario. Con un chasquido ascendí un piso entero, deteniéndome bruscamente. No sería yo el que se quedase ahí para escuchar muchas más tonterías.
~)}O{(~
El drama era mi gran aliado junto a lo grotesco. No hay vida sin aquellas dos mitades. Aunque hubo más cosas, por supuesto, pero no dentro de mis… estándares. Entonces, fue por eso mismo que tan solo unas horas después de que la señorita Daaé me robase el libro, generé un plan para asustarla. O al menos darle una advertencia. Otra más, para el caso.
Cogí una de mis propias novelas, marqué varias frases que me habían molestado en algún momento —por tener, quizá, demasiada parecencia a mi propia existencia—, y lo dejé en el cuartucho donde la niña me vio desaparecer tan abruptamente.
Durante ese tiempo no pude más que reprenderme por el poco cuidado que tuve; casi atrapado por una joven demasiado entrometida. Me dolía la cabeza de solo pensarlo.
Mi instinto me decía que la niña terminaría regresando a aquel lugar, y no me faltó razón.
Ascendí las ya conocidas escaleras, un pie tras otro, hasta llegar a la habitación. Me permití echar una mirada intranquila a través de las paredes, teniendo que encender una pequeña vela para poder conseguir tal cosa, y, claramente, la novela ya no se encontraba donde yo la había dejado. Sin embargo, había otra.
Por un momento creí que debía de tratarse de una trampa. Lo estudié todo antes de atreverme a salir. Busqué el más mínimo detalle el cual fuese a revelarme. Mis instintos siempre iban por delante; no dejaría que nadie me robase todo lo que conseguí en la ópera, el hogar tan cómodo que hube creado después de años y años de desprecio, crueldades e inmundicia.
No obstante, nada parecía fuera de lo normal, y con esa falsa seguridad, abrí el muro para tan pronto como puse un pie fuera, volver a introducirme, ahora con el tomo entre las manos.
Era el que me "quitó". Me lo estaba devolviendo.
Curioso, sin duda. Sobre todo, lo que estaba sintiendo. Una especie de calor en el pecho, floreciendo más y más, hasta llegarme a los dedos de las manos y la parte alta del pecho. No lo entendía; ni a ella ni a la emoción que me recorría.
Descendí de nuevo, demasiado incómodo para quedarme en el mundo de los vivos. El viaje fue algo más difícil; las distracciones no ayudaban a la oscura caminata. Fue, cuando terminé por chocar de frente contra una de las paredes, que tuve que centrarme. La niña solo estaba jugando, no había más que eso. Podría vigilarla, quizá le preguntase al resto de sus compañeras historias sobre el Fantasma de la Ópera; quizá era morbosa, buscando en las tinieblas. No era la primera vez que conocía a alguien así, pero por lo general sabía como actuar con ellos.
La primera vez que alguien se volcó sobre mí, decidí asustarlo, y el final fue satisfactorio. En otra ocasión, dos caballeros se divertían llamando a los demonios, cosa la cual también obtuvo fácil remedio. Caminatas a lo largo de la ópera de madrugada en pareja: un ser de aspecto chocante corriendo tras ellos. Todo sencillo. Hubo otros los cuales, simplemente, con una voz grave y varios aullidos, terminaron por adaptarse a mis normas.
Pero, para mi gran desgracia, Daaé no parecía ser tan simple. Y eso me atraía y repelía a la vez. Era al igual que un buen desafío, un rompecabezas. Había demasiado en juego. Toda una vida que adoraba y apreciaba. Cantidades indescriptibles de arte que se arruinarían si la joven decidía…, solo ella sabía el qué.
Lancé el libro contra los cojines de gran sofá frente al fuego. Bajtiar dio un salto por el repentino choque, quedando casi a su lado. Me dedicó, lo que yo suponía, que era una mirada amarga.
No me detuve a comprobarlo, pues lo que tiraba de mis entrañas era la necesidad de coger un carboncillo y continuar con lo que llevaba haciendo varias noches sin apenas detenerme. Crucé la puerta que separaba mi habitación del calor del salón, despojándome de las ropas que no necesitaba hasta quedarme simplemente con la camisa remangada.
Lo que tenía delante era pura inspiración. Había dibujos tanto viejos como nuevos. Animales, edificios, ventanales con vistas a paraísos… Mas, lo que actualmente cobraban vida, eran unos en los cuales aparecía la joven que tantos disgustos me estaba dando.
Una cosa era desconfiar de la niña, creer que era un ser mandado desde el infierno para molestarme, pero otra era no admitir que sus rasgos, expresiones, poses generales y maneras, me regalaban arrebatos irrefrenables de creatividad donde, hora tras hora, creaba bosquejos que después tomarían forma de pinturas, retratos.
Mis dedos se movían solos, sin apenas pensar. Veía formas sombras, espacios, y cuando quería darme cuenta, un par de ojos y nariz de punta redondeada me devolvían la mirada. Me gustaba captar su parte violenta; por ejemplo, la vez que discutió con madame Carlotta. Había algo en su porte; las mejillas se le afilaban y sus ojos se volvían casi gatunos, esperando a poder atacar. Pero también era un placer dibujarla cuando sonreía genuinamente; los labios se le arquearían por algún pensamiento que le hubiese cruzado la mente, alzaría ligeramente la barbilla, como queriéndole contar al cielo su broma personal, pero se mantendría callada, tímida.
Mi mente era una corriente continua. La calma que se obtiene al escuchar el agua atravesar la tierra, arrastrando consigo cualquier impureza. Una roca caería al río, con bordes afilados, dañada y, este, la haría rodar sin descanso, a un tiempo rítmico y pausado, hasta depositarla en un estanque, en esta ocasión pulida, elíptica y suave.
Detuve el movimiento de mi mano. ¿Cómo era posible que mis sentimientos fuesen de un lugar a otro con tan solo pensar en Christine Daaé? La niña se regodearía si fuese consciente de las discusiones interiores que tenía el Fantasma por su culpa.
Solté una pequeña carcajada. Todo era demasiado curioso y fuera de los límites que conocía para sentirme satisfecho con lo que estaba viviendo.
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*Cannelé: Dulce francés. Se trata de un pequeño bizcocho con forma cilíndrica, perfumado con ron y vainilla.
Un besazo, y hasta el próximo capítulo!
