Música en la noche

Capítulo 7: Al amparo de los que te conocen

La gente reía, comía y bebía, bailaban, se dedicaban a sus asuntos, inmersos en la festividad. Las mujeres brillaban luciendo la piel al aire; pies y vientres descalzos al compás de los instrumentos de percusión y aíre. Los hombres se deleitaban observándolas; los más atrevidos saliendo a danzar con ellas. O hacer el ridículo; eso siempre dependía de la cantidad que hubiesen ingerido antes de alcohol.

Yo no podía hacer más que mirar, de lejos, sin atreverme a cruzar las alfombras y telas que colgaban de las altas paredes. El viento que se colaba desde las ventanas me refrescaba la espalda, siendo la única caricia que me podía permitir en aquel lugar.

Acaricié los muros esculpidos que me escondían, como si se tratasen de los roces que le daría a alguna mujer dispuesta a tolerarme. Las pequeñas brechas en la pintura como arrugas, las grandes betas cinceladas como curvas. Clavaba las uñas con cierta insistencia, generando nuevos quiebres, nuevas marcas, señales que representaban mi paso por allí.

La envidia me corrompía; los celos me apuñalaban desde dentro.

Aquella música era indescriptible, creada para tentar a todo aquel que la escuchase. Susurraba palabras sedosas en todos los oídos. Me temblaban las piernas solo de escucharlas, secándome la boca y teniendo que cerrar las manos en puños.

Por eso mismo me marchaba. Siempre era igual. De grandes zancadas me lanzaba contra la ciudad dormida, oculto por la oscuridad, vigilado únicamente por la luna y sus estrellas. Dejaba atrás todo lo que creía hermoso, abandonaba un lugar salvaje para encontrar la tranquilidad que tanto añoraba. La noche me proporcionaba su propia música, su propia belleza desierta. El aire arrullando las esquinas de las calles, la tierra bajo mis pies, el crujido de todo lo que estaba vivo.

Vivo.

Había algo que no lo estaba. Lo presentía, era una seguridad. Como un clavo en la boca, o una aguja clavada en la sien. Me desestabilizaba, volviéndome torpe, tropezando a causa de los nervios repentinos. No sabía lo que ocurría, pero se trataba de algo terrible, horroroso.

Mis respiraciones se volvieron pesadas; crucé tres callejones casi sin pestañear, fundiéndose en negro dentro de mi memoria. Me temblaban las piernas, me ardía el pecho. Algo me ordenó que me mirase las manos, descubriendo entonces la sangre que goteaba entre los dedos. Eran unas manos que habían adquirido el don de masacrar sin apenas ensuciarse, ahora estaban cubiertas, y desprendían el hedor de la muerte.

Tuve que caerme; no hubo ningún golpe, o algún chasquido, o el sonido de un cuerpo mientras se desplomaba. Tampoco hubo dolor, el daño que reciben las piernas si te arrodillas con demasiada violencia. Fue como una transición. Fue algo que esperaba.

Algo se rompió en mi interior. Los pensamientos solo iban dirigidos a un lugar, un sitio que había dejado atrás, por necesidad, por lástima, por angustia. Pero todas las mentes guardan en sus rincones las peores cosas, y la mía no cesaba de abrir ese cajón cuando rogaba por calma.

Jamsheed. El hombre se encontraba entre mis brazos, con el rostro descompuesto: una mueca constante, los ojos desorbitados y la piel centelleando entre el rojo y el morado. De su cuello goteaba un líquido espeso que me encharcaba las ropas.

Intenté despertarlo, revivirlo. Le llamaba con la esperanza de que fuese a contestarme, de que frunciese el ceño, de que me golpease por todo lo que le había hecho sufrir.

Pero no era así. Continuaba muerto, inmóvil. El líquido ascendía y ascendía; ahora encerrado entre cuatro paredes oscuras no tenía forma de escapar. Tampoco quería hacerlo; habría dado mi vida por la suya, por la de su familia que tanto adoraba. Era yo el deforme, el monstruo, no él. No él. No él. ¡NO ÉL!

Abrí los ojos a la realidad. La chimenea creaba sombras en las paredes, las mantas todavía me abrazaban con cuidado, habiéndose calentado desde que me tumbé para dormir en la cama. Giré el cuerpo, colocándome de lado para clavar el rostro contra las almohadas. Solo tenía que calmar las respiraciones, tranquilizar el corazón.

El silencio de mi hogar ayudaba. Bajtiar se encontraba a mis pies, pudiendo sentir su peso tranquilizador sobre mí. Los animales lo tienen mejor que nosotros.

Por pura curiosidad, llevé una de mis manos delante del rostro, cerciorándome de…

Cerré los ojos. Unas lágrimas traidoras sobresalieron, pero no me permitiría nada más.

Había sido una buena noche; más o menos. Tratándose del cumpleaños de uno de los hombres con verdadero potencial en la ópera, la actuación quedó olvidada incluso para mí, distrayéndome mientras observaba la celebración, los bailes e interacciones de los que participaban en la fiesta.

Como siempre, la envidia me había golpeado, pero ya no era con ira u odio, me resignaba a una simple tristeza, un cansancio que se me introducía en los huesos. Pero estaba satisfecho. Algunas de las respuestas que se daban entre los integrantes de la ópera eran de los más divertidas, convenientes. Un hombre no quería compartir un baile con una de las bailarinas; una mujer tropezaría para ser recogida entre dos jóvenes que después pelearon para saber quién era el más caballeroso.

Y la música… La música era exquisita. Sin miedo a ser juzgados tocaban mejor que en el más decente de sus días. Por supuesto se equivocarían, pero había algo especial en estos momentos. Con los pies golpeando el suelo al compás, trazando líneas que seguían en armonía, expresándose completamente con el cuerpo.

Fue hermoso y, como siempre, yo estaba excluido de todo ello.

~)}O{(~

Las conversaciones con personas interesantes me solían resultar satisfactorias. En la ópera pocas personas merecían la atención del Fantasma, pero monsieur Reyer, debía admitir, que es una de ellas. Hombre inteligente, con un buen sentido del humor y de la ironía. Y, sobre todo, cabe a destacar, no del tipo que hablaba cosas innecesarias con gente ignorante.

Llevaba siendo consciente del demonio que guardaba la ópera durante mucho tiempo, se podría decir que desde el segundo día en el que se puso a trabajar. Las personas sospechaban que tenían algún tipo de acuerdo con él, pero eran unos necios si se conformaban con aquello. Había algo más grande, el respeto mutuo y la necesidad de tener un buen espacio del que obtener dinero.

El caballero era consciente, además, de las locuras que ocupaban a madame Carlotta, tolerando solo lo justo de la Prima Donna y sus disparates. Aquello le podría haber costado el puesto por culpa de los estúpidos gerentes que gobernaban el edificio, pero con mi gran auxilio, se quedó donde estaba. Porque yo quería. Y no se daban más vueltas al asunto.

Habíamos charlado en la mañana, dentro del que era su despacho. Pequeños comentarios aquí a allá; ordenes que tenía que aceptar. Compartimos algunas risas también; muy breves, en realidad.

Ni media hora después, cada uno continuaba con sus quehaceres. Y yo me sentía satisfecho. Contento, incluso.

Meg hizo también una aparición antes de que empezase el espectáculo, por lo cual terminé yendo a su casa para tomar el té y algunas pastas de las que estaba segura que disfrutaría. Tuvo razón, por supuesto. Nuestros paladares no eran muy diferentes, aquello fue algo que aprendí cuando fue creciendo. Éramos ciertamente golosos. Ann no lo aprobaba del todo, alegando que en algún momento nos daría dolor de estómago. Era fácil encogerse de hombros y seguir charlando con la rubia.

—¿Has pensado ya qué obra vamos a hacer después de esta? —me preguntó, dándole grandes sorbos a la taza de porcelana.

—No —mentí. Por supuesto que lo había hecho—. Aún falta mucho —le hice saber, rodando los ojos cuando hizo un puchero. La ópera necesitaba volver a los clásicos; me apetecía volver a ver un clásico, en realidad. Era lo que estuve cavilando durante varias semanas, o puede que incluso más.

—Platea ya comienza a volverse aburrida.

—Todavía sigues haciendo uno de los pasos mal después del descanso —me quejé, viendo a su madre lanzarme cuchillos con los ojos. Meg se limitó a reír.

Sabía que no debía meterme en los asuntos de Antoinette, pero no podía resistirme a discutir con la muchacha.

—¿Solo te fijas en mí? —se burló.

—Es difícil no hacerlo cuando das un salto sin sentido mientras que todos tus compañeros se mueven a la derecha.

Aquello solo le provocó más risas y una regañina de su madre. Tenía razón, al fin y al cabo.

También disfrutaba de las charlas con Meg. No era tan interesante como un adulto, pero eso solo se lo podía achacar a la edad, su falta de experiencia en la vida. Mas, por lo general era abierta y sonriente, bromista, pero en el sentido más… dulce. Era como la deliciosa calma después de una tormenta.

En algunas ocasiones había venido a mí en busca de consejo; aquellas fueron situaciones extrañas. Era raro que no contase con su madre, la relación que tenían era tremendamente honesta, pero la joven consideraba que ciertos temas eran mejor no tratarlos con ella. Como si yo fuese el bueno en ellos. Me entraban carcajadas de solo contemplarlo.

Un ejemplo cercano fue cuando un joven le había roto el corazón. Sus ojos habían estado cegados de los comportamientos del que se suponía que era un caballero de blanca armadura. El tipo del bajo coro el cual no conseguía ascender al alto a pesar de tener realmente una buena voz. Yo había visto sus acciones, las decisiones que tomaba, el como dañaba. Y cuando me quise dar cuenta, Meg era una de las que lo sufrieron. Eran simples besos lo que compartieron, pero para ella, cuando se dio cuenta de todo el asunto, fue como si su mundo se hubiese roto.

Era temible verla llorar con fuerza, como si el hombre le hubiese destrozado, arrancado alguna de las extremidades. Estuvo mucho tiempo abrazándome, contándome todo lo que necesitaba sin darme tan si quiera un respiro para aclarar mis propios sentimientos. La había golpeado la espalda con suavidad, masajeado entre los omóplatos; hice pequeños sonidos para que supiese que estaba atento. Y cuando me permitió hablar, sus miedos y tristezas parecieron calmarse un poco. Debía de ser el tiempo el que curase ese tipo de daños, pero poder llorar sobre el chaleco de alguien también debía ayudar. Y ser escuchado.

En pocas ocasiones yo mismo había compartido tal íntima reacción con alguien, pero las veces que ocurrió, se podía decir que fue como si me quitasen un peso de encima.

Pero Meg no era alguien demasiado dramático o de desconsuelo fácil, y prefería de ella sus sonrisas antes que sus lágrimas. Me recordaba a una Antoinette más joven y risueña, sin los calvarios de una vida difícil.

Cuando me quise dar cuenta, me echaron de su hogar porque aparentemente fui una distracción y ahora tenían el tiempo justo para preparase para la actuación.

—Y yo todavía tengo que llegar al escenario —murmuré cuando la pared a mis espaldas volvió a su lugar sin un solo ruido.

El día de hoy vería el espectáculo desde arriba, escondido de los tramoyistas. Me gustaba cerciorarme de que todo seguía un curso normal y ordenado detrás de la obra en sí. Buenas salidas y entradas, colocaciones decentes, asistencia entre los trabajadores. El Palais Garnier no sería un circo de bestias que solo sabían comportarse sobre el tablado.

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Comportarse en escena era una cosa, pero otra muy diferente era el respetarse tras las bambalinas, y allí surgió un terrible problema. O al menos, yo creí que lo fue.

Todo era un desastre; demasiados objetos de por medio, nadie se podía desplazarse cómodamente, y cuando una de las piezas que hacían que los fondos se moviesen se rompió, entró el caos. Una masa de cuerpos revolucionó el suelo bajo mis pies, y yo solo me podía resignar a suspirar y poner los ojos en blanco.

No obstante, los tramoyistas eran hombres competentes, y se intentó buscar una solución rápidamente, pero, si por lo general ya era caótico el tener que moverse allá atrás, con aquello se convirtió en algo casi imposible.

Estaba memorizando cada una de las cosas las cuales tendría que hacer saber a los gerentes para que, en el caso de que volviese a suceder, hubiese un sistema más ordenado de movimientos, cuando madame Carlotta se precipitó con pies rápidos al lugar donde tendría que esperar para salir a la siguiente escena, y allí justo se encontraba parte del alto coro, además de los bailarines.

Mademoiselle Daaé estaba demasiado cerca de la rechoncha mujer, y aunque se podía notar que la estaba evitando, intentando apartarse de su frente y sin intentar mirarla, no lo consiguió, pues cuando un hombre cruzó el espacio con una larga cuerda entre las manos, el grupo de personas la hizo caminar de espaldas, hasta chocar contra la diva, quien encontró la forma más absurda de acusarla.

Se dio la vuelta en un giro dramático, levantando la voz a pesar de encontrarse el espectáculo fluyendo al otro lado.

—¡ME PISASTE EL VESTIDO!

Si se lo había pisado o no, no era de verdadera importancia, incluso la joven intentó disculparse, sin aparentes deseos de discutir mucho más, prefiriendo parecer alguien dócil.

—Lo lamento, madame, no ha sido mi inten...

—¡NUNCA NADA ES DE TU INTENCIÓN, CRÍA! —la cortó ella, dando un paso más cerca de su pequeño cuerpo. Y entonces la joven se dio la vuelta, con la expresión llena de odio. Algo curioso, la verdad. No creí que pudiese tener una pizca de maldad; sí de ingenuidad, pero no de aquello que parecía rezumar actualmente.

Me incliné adelante, escondido entre varios telones que no se movían hasta el final de la obra. Dejé que las cuerdas me sujetasen las manos, encontrando seguridad en ellas, agachándome mucho más.

—¿Se lo he roto está vez? —Carlotta no esperaba aquello; pocas personas se dignaban a contestarla de dicha forma, y estuve a punto de reír en voz alta, pero me abstuve.

Pero ella sí rio, de manera cruel y asquerosa, y le dijo algo que no fui capaz de escuchar, para mi gran desgracia. Pero debió de ser horrible, porque a la niña se le descompuso el rostro, bajó los hombros y dio un paso atrás.

Me comenzó a hervir la sangre; podría no ser de mis favoritas, pero en el coro era alguien competente, y no quería que una mujer enloquecida asustase a los trabajadores.

Fue entonces cuando la música comenzó a sonar, empezando así la siguiente parte de la ópera. Y Christine Daaé lo hizo todo de manera mediocre.

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Al finalizar, había seguido los pasos de la pobre desilusionada; tan si quiera acudió a cenar, como era su costumbre, con las Giry.

Fue entonces cuando, poco después de verla desaparecer en su habitación, me lancé a mi hogar, recogiendo una carta que había escrito días atrás y redactando otra mucho más deprisa, sin molestarme en la caligrafía o el orden de las ideas que quería expresar.

Era una injusticia que Carlotta tratase así a las personas con las que estaba obligada a trabajar. Nadie tenía los mismos derechos que ella, nadie podía quejarse de ella, nadie podía decirle nada, ¿y así era como los trataba?

No fue la primera vez que alguien le molestaba, pero, curiosamente, nadie antes había llamado tanto mi atención, y creía firmemente que era el momento de buscar una solución a los problemas que generaba.

Una de las cartas era una reprimenda a Daaé por no aceptar las normas que le imponía yo, alguien sensato, por lo menos. La otra, un grito de comprensión.

Estaba a punto de salir cuando, mirando antes por encima del hombro, terminé caminando a la cocina, cogiendo algo de fruta de uno de los estantes donde se mantenía fresca.

Podía ser alguien amable cuando quería, aunque no lo mostrase demasiado.

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Con respecto al comienzo del capítulo, donde Erik tiene la pesadilla: casi siempre, cuando se escribe un despertar, generalmente son abrumadores. La persona se lanza fuera de la cama, desesperado y esas cosas. A mí me parece más terrorífico cuando abres los ojos y solo hay calma, con la respiración algo agitada, pero: silencio. Me da una sensación más creíble.

Un besazo y hasta el próximo capítulo!