Luego del anual exterminio, y de los acontecimientos extraños que unieron el destino del Radio Demon y la hija de Lucifer, el infierno parecia haber olvidado la ridícula actuación de la joven. Más no se daba por perdida en la causa que defendía y, con esmero y carisma, había logrado mantener a sus nuevos inquilinos fuera de problemas. Vaggie y ella habían tenido unas cuantas discusiones debido, en mayor parte, al Radio Demon y, aunque este fingía no oírlas, le fascinaba la idea de destruir la felicidad de cualquier ser que se cruzara en su camino. Angel Dust fue un poco mas difícil de complacer debido, no solo a su relación con un proxeneta demasiado posesivo, del que Charlie tuvo que salvar varias veces. Husk y Nifty eran los que menos preocupación le causaban a la, ya de por sí, agotada princesa infernal. El primero era feliz con una botella de alcohol, mientras que la segunda lo era con un nuevo trapo para lustrar.
La puerta de la entrada fue golpeada, una y otra vez hasta que Charlie, gritando, anunció que ella abriría. Puso su mejor sonrisa, alisó su camisa y acomodó sus tiradores mientras tarareaba una bonita canción que su madre solía cantarle. Los golpes en la puerta se volvieron a oír, más insistentes pero la joven no se inmutó, estaba segura de que nada bueno podía venir de unos golpes tan insistentes. Quitó el pestillo y, con un suspiro alentador, abrió la puerta. Lo primero que vió fue a un sujeto sonriente, con la cara pálida y las mejillas rojas, una sonrisa siniestra y amable a la vez, mostrando unos perfectos dientes afilados. Sus ojos eran hermosos, con la esclerótica roja y el iris de un profundo azul. Su cabellera rubia estaba peinada cuidadosamente hacia atrás y llevaba un sombrero de copa blanco, con una serpiente enroscada y una brillante manzana. Charlie jadeó, sin poder creer que, quien se encontraba frente a ella, era nada más ni nada menos que su amado y, en igual medida, temido padre.
— Charlotte— saludó, sin desprenderse de esa aterradora sonrisa. Charlie titubeó una sonrisa, un saludo y un gesto a pasar, el rey del infierno no se asombró por los detalles del lugar despues de todo, él mismo lo había desalojado. Su sonrisa se ensanchó al tejer una broma en su retorcida cabeza.— No menciones quién soy— murmuró y Charlie asintió. El primero en aparecer fue Angel Dust, la ex estrella porno estaba sentado cómodamente en el sofá del recibidor, con una paleta en la boca y con sus otros tres brazos jugando cartas contra Vaggie. Ambos levantaron la vista y Charlie silenció el terror de Vaggie.
— ¡Oh, querida! ¡¿Un nuevo ejemplar?!— sin mediar palabras, el demonio araña invadió el espacio personal de, quién creía, era un simple demonio cualquiera.— Hola guapo, ¿Quieres pasar un buen rato?— la sonrisa no abandonó el rostro del mayor, aunque sus ojos parecían condenar a aquél extraño sujeto.
— Eh, ¿Angel?— trató Charlie de captar su atención, aunque fue vilmente ignorada por el aludido.— ¡Oye, deja de coquetearle!— gritó furiosa mientras tomaba el saco de su padre y lo empujaba lejos del muchacho.
— Eso es ser mezquina, quieres a este churro solo para ti— murmuró dramáticamente mientras se llevaba dos manos al pecho y dos mas a la cabeza.— Primero Husk y ahora él, eres cruel— el hombre de traje blanco levantó una ceja, con la curiosidad y la ira latentes en la sonrisa.
— ¡Deja de decir boberías! ¿Que pensará el nuevo de nosotros?— exclamó Vaggie mientras mezclaba nuevamente las cartas.
— ¡Oh, aquí estás, pequeña Demon Belle!— la inconfundible voz del Radio Demon hizo suplicar a Charlie. Su padre y Alastor debían conocerse, ¿Verdad?— ¡Oh, hola! Lamento esto, pero necesito a la niña— y tomando el brazo de la joven, caminó a paso apresurado pero tranquilo.
— ¿Jugamos una partida de cartas?— ofreció, sentándose a un lado de Vaggie, quien repartió las cartas con un leve sentimiento de temor.
Alastor llevó a la joven princesa a la oficina que ella insistió en usar. Las palabras lo habían abandonado, no temia por él, jamás Lucifer le había impuesto miedo, sino respeto.
— Mon cherie, ¿Que hace tu padre aquí?— la pregunta salió con la sonrisa preocupada que solo Charlie parecía diferenciar. Está bajó la cabeza, contrariada. Finalmente negó, no tenía idea alguna.
— Supongo que me extrañaba, o quizás quería venir a ayudar...
— Oh querida, ¿Te he comentado lo mucho que me gusta tu inocencia? Eres un ángel disfrazado de demonio, dulzura— dicho eso comenzó a reír.— No, no, no, tu padre debe estar aquí para exterminarnos.
— ¡No digas eso! Estás tratando de ser mejor. No me sirve un redimido que habla mal de alguien a sus espaldas— Charlie se levantó del asiento, dispuesta a salir de ahí e ir con su padre pero un jalón en su muñeca se lo impidió. La joven volteó a verlo y, por primera vez, vió que Alastor no llevaba su sonrisa de siempre y hasta podía jurar que su rostro era de preocupación.
— No lo digo por tí, tu bien sabes lo peligroso que es el infierno y eres la proxima gobernante, muchos demonios tratarán de aprovecharse de tu inocencia— volvió a sonreír, quitando tensión a la situación. Agitando su mano la instó a irse con su padre y mostrarle los avances de Vaggie, Angel y él mismo. Charlie obedeció, sopesando fuertemente lo que el Radio Demon había dicho. Debía ser precavida pero, siglos y siglos en cautiverio la habían vuelto una soñadora y, con el tiempo, también una visionaria. Y siempre había contado con guardias, que luego fueron sustituidos por su pareja; jamás había pensado que ella era el blanco de cualquier ser que quisiera gobernar el infierno.
Ni bien llegó a la sala, la risa malvada de su padre la aterró, encontrándolo parado sobre la mesa, riendo a carcajadas y, a sus pies, Vaggie y Angel loriqueaban.
— ¿Quién eres que ganas cada puta jugada?— chilló Angel mientras arrojaba las cartas al fuego.— Eres un tramposo, ¡Dime como lo haces!— Charlie sonrió, mas tranquila, su padre y su amigo eran igual de idiotas.
