Digimon no me pertenece

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Ya no escribo, hago cosas.

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DE EXALTACIÓN DEL ANILLO Y TODAS ESAS COSAS

Eres incapaz de recordar cuando fue la primera vez que lo viste, aunque tú estás convencida de que lo recuerdas. De lo que no eres consciente es de que forma parte de esos fragmentos difusos que se unen y se idealizan o se desvirtúan, según la ocasión, llamados memorias; recuerdos. No es excusa que pertenezcan a tu infancia. Una vez en el pasado, lo vivido ya es subjetivo, por lo que ya está más sujeto a la imaginación que a la realidad.

De lo que recuerdas, o crees recordar, es de la sensación de tenerlo en tu mano. Era grande, brillante, una joya en todo su significado. Abrías la cajita lacada, te gustaba el ave naranja (de fuego) dibujada en ella, y desparramabas a tu alrededor todo su valioso contenido. Era de tu madre, podría decirse que era la cajita de sus tesoros; joyas… aunque tu madre nunca fue de ostentosas joyas por lo que el contenido de la cajita no era muy amplio. No recuerdas lo que había más allá de aquel anillo. Entonces no te percataste pero tu mente de niña ya lo denominó para siempre como el anillo definitivo. Tampoco sabías entonces cual era el emblema de su sello. A ti te gustaba o no, pero sí te llamaba poderosamente la atención, la que más de todas las joyas.

—Sora, ¿qué estás haciendo?

Tu madre recogió sus joyas, también la que resguardabas en tu pequeña mano, colocándolas en el interior de la cajita lacada que quedó alzada en el armario, lejos de tu alcance. Ella tomó tu mano (solo necesitó dos dedos para hacerlo), y te sonrió.

—Eres muy pequeña para jugar con estas cosas.

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La siguiente vez que lo viste ya sabías de que se trataba, no porque te lo hubieran explicado, tampoco hacía falta. Ahora conocías que era un sello, con un blasón, el de tu familia: los Takenouchi. Con su tradición, iemoto y todas esas cosas. No te impresionó esta vez o fingiste que no te impresionaba porque son esos recuerdos oscuros en los que no te entendías con tu madre. Sin embargo en tu mente, ahora ya consciente, se renombró fuertemente como el anillo definitivo. Aunque ignorabas por qué ya que tampoco es que fuera especialmente bonito. Era tosco, no te gustaba como quedaba en el fino dedo de tu madre. Resaltaba, eso sí, pero no parecía una joya.

Tu madre estaba muy elegante aquella vez (no recuerdas a que se debía, quizá ni lo sabías, seguro que sí, pero harías como si no te importara). Tu madre representaba todo lo que era ese anillo; con tu apellido, tu tradición, iemoto y todas esas cosas. Tú lo rechazabas entonces o hacías como si lo rechazaras porque de lo contrario ese anillo no habría sido el definitivo. No habrías deseado verlo algún día en tu dedo, acompañado de emotivas palabras, de un abrazo, de un sentimiento.

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Yamato solía llevar joyas a veces; anillos para ser más exactos (complementos los denominaría él). Quedaría idílico decir que fuiste consciente de ello la primera vez que te tomó de la mano pero sería una burda mentira. La primera vez que te tomó de la mano y varias siguientes tu mano estaba enguantada. Incluso aquella vez que apresuró a tomarla antes de que te colocaras los guantes al salir de la escuela. Él; ansioso de contacto (llamémoslo exaltación del primer amor), tú; inocente y sudorosa, te soltaste de ella para colocarte tu dichoso guante y entonces sí volver a tomarla. Él; decepcionado, sonreía. Tú; enamorada, sonreías más sin entender lo que ocultaba su sonrisa.

No tuviste que esperar demasiado para percatarte de las joyas; anillos (complementos los denominaría él), que llevaba en su mano. En primavera más o menos, con el despertar de las mariquitas de su letargo. Tú decidiste por fin guardar los guantes en el armario, también el uniforme escolar durante las vacaciones y por tanto las restricciones que este conllevaba. Las joyas; anillos (complementos los denominaría él), podían circular libremente entre los dedos y fue entonces, con manos ya menos sudorosas (a pesar de que el sol empezaba a estar más presente), cuando al fin te diste cuenta de su existencia.

Tenía una cajita, no era lacada ni tenía dibujo de ningún ave naranja. Era de metal y no tenía tapa y aunque había tenido el dudoso buen gusto de cubrirla con pegatinas de bandas de música aún se veía el rótulo de la marca de la conserva que una vez llenó su interior. Nunca te habría llamado la atención semejante caja, (nunca podría calificarse como joyero) de no ser porque Yamato echó sus joyas; anillos (complementos los denominaría él), a su interior. Fue después de uno de vuestros paseos. Podría ser la primera vez que te invitó a cenar a su casa pero puede que no lo fuera, de todas para ti lo será porque así resulta más fácil ubicarlo en tu memoria.

No puedes recordar lo que pasó por tu cabeza, quizá tengas un impulso enfermizo a desparramar joyeros o en este caso latas de conserva reconvertidas, solo recuerdas la risa incrédula de Yamato, apoyado en la puerta en una de sus increíbles poses, viendo como rebuscabas en su lata que no joyero y sacabas los anillos (complementos los denominaría él).

—¿Qué haces?

Probablemente no respondiste nada. ¿Qué podías responder encontrándote en tan controvertida situación? Era tu novio de apenas tres meses y ya te habías dado la licencia de rebuscar por sus cosas en una de las primeras veces que te invitaba a su habitación. Aunque te aliviaba ver su sonrisa, (siempre te alivia y él lo sabe), seguías sintiéndolo como un momento delicado, de esos que podían estropear una relación inocente, adolescente.

Nerviosa, jugueteabas con un anillo ancho, de acero, adornado con runas nórdicas. Ya habías sacado otros dos. Sin embargo, al contrario que tu madre, Yamato tomó la cajita y la volcó en el escritorio. Por un instante te horrorizó que guardara sus joyas; anillos (complementos los denominaría él), en un vertedero semejante. Y aunque te emocionó ver que todavía conservaba la entrada de vuestro primer cine juntos (llamémoslo exaltación del primer amor parte II), te decepcionó que compartiera caja de conservas con elementos tan dispares y absurdos como púas, gomas, ticktes de conciertos, resguardos de ropa, caramelos… y anillos por supuesto (complementos los denominaría él). Hasta tres sacó que colocó en el piso frente a ti.

Tú los miraste, dejando entonces el que manoseabas al lado de los otros. Él quedó a tu lado, tan cerca que te mareaba. ¡Estabas acostumbrada a que fuera tu amigo no tu novio! Te sonrió y tú seguro que te sentiste idiota porque siempre te sentías idiota aunque tú te recuerdes más dignamente.

—Elige uno.

No respondiste seguramente, ¿recuerdas eso de que te sentías idiota?, pues en realidad también actuabas de forma idiota.

—Te lo regalo.

Y te tenía que explicar las cosas muuuuy lentamente. Bien, quizá esté un poco exagerado, pero es un truco legítimo de los recuerdos para quedar mejor grabados en las memorias.

Nunca te habían regalado un anillo, nunca habías tenido un anillo. No obstante, por insistencia de Yamato, o porque te parecía divertido, o porque de verdad querías un anillo del chico del que estabas enamorada, te los fuiste probando.

—Me van enormes.

—Prueba este.

Reíste cuando te tendió un pequeño anillo.

—¿Es del meñique?

—Creí que quedaría bien al tocar el bajo.

La mano imitó la posición, por el gesto que hizo entendiste que no resultó. Lo que a ti te resultó fue gracioso, aunque hablando del anillo en sí también te iba grande en el meñique y pequeño en los demás.

—¿Tan gruesos tienes los dedos?

Le tomaste la mano, comparándola con la tuya.

—No es que tenga los dedos gruesos es más bien que mi mano es más grande que la tuya, ¿ves? —Juntasteis las palmas. Sus dedos largos sobresalían de los tuyos— Es normal que mis huesos sean también más grandes.

No, no tenía los dedos gruesos, eran proporcionados a sus manos que te tocaban con suavidad (con electricidad). Sus dedos se veían perfectos entrelazados con los tuyos. Sonreíste, mirando los anillos.

—Está bien así, de todas formas en la escuela no está permitido llevar complementos y en el tenis tampoco puedo llevarlos.

Tú; enamorada que seguías, viste esta vez que algo estuvo mal para Yamato. No te percataste del todo de su decepción pero sí lo suficiente para no limitarte a sonreír embobada. Tímida e inocente quisiste reconfortarlo (de lo que fuera que le había decepcionado), con un beso. En la mejilla, por supuesto, era tu dulce novio de tres meses de todas formas. Al encontrarte con su mirada el beso fue en los labios, por supuesto (llamémoslo exaltación del primer amor parte III).

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Tiempo después Yamato, más relajado, no buscaba tan ansiosamente tu mano. Tú, más relajada también, buscabas su mano con naturalidad. Muchas veces la encontrabas en el bolsillo de su cazadora. Entonces la entrelazabas, la sacabas, sonreías y la soltabas. Cuando volvías a verla en el bolsillo volvías a repetir el proceso. A veces insistías hasta que se resignara a sacar la mano y quedara tomada con la tuya, o tú te rendías y quedabas enganchada a su brazo un rato. A veces, simplemente, caminabais sin tocaros. No era tampoco una gran necesidad tocaros las manos en público, de hecho prefiráis tocaros los labios en privado.

Fue una de aquellas veces en las que tu mano quedó atrapada en su cazadora, sí, porque a veces Yamato te la retenía y aceleraba el paso y tú debías correr con la mano en su bolsillo durante metros. Lo recuerdas como algo divertido aunque en realidad lo sentías bochornoso. La gente os quedaba mirando extrañados y tú acababas roja; por la carrera y por la vergüenza. En cualquier caso, esa vez no llegó a producirse porque cuando Yamato retuvo tu mano, palpó tus dedos y en seguida lo notó. Se detuvo, sacó tu mano y lo miró.

—¿Y eso?

No entendiste su tono de inmediato. Se lo enseñaste satisfecha.

—Lo compré el otro día cuando salí con las chicas, ¿te gusta?

No era un gran anillo, no tenía ningún valor, pero llevaba inscrito un kanji que te hizo comprarlo sin pensarlo. Era como predestinado, aunque en realidad era bastante común encontrar el kanji que significa amor en un anillo; joya (complementos los denominaría él). No obstante era más interesante creer que era predestinado.

Yamato lo observó por todos los ángulos. Lo llevabas en el dedo corazón porque en el anular te quedaba grande. Era tu primer anillo.

—Está bien.

Sus manos regresaron al bolsillo de su cazadora y tú, que cada vez entendías más las sonrisas de tu novio, supiste que algo, no podría decirse que le molestara (no contigo desde luego), pero sí le turbaba. No era grave, en absoluto, nunca lo recordarías como un gran drama. Además, eras feliz porque llevabas tu anillo predestinado.

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No tuviste muchos más anillos en tu adolescencia y sí los tuviste tampoco fueron tan especiales como para ser mencionados. Entonces llegó él. El anillo que tú creíste que llevarías, amarías y recordarías toda la vida. Fue Yamato quien propuso comprarlos, deseoso de regalarte un anillo. ¡Por fin entendías sus sonrisas y decepciones! La ocasión la sentía perfecta pues conmemoraría la primera vez que os habíais besado más de lo habitual, tocado más de lo habitual… en fin, eso sí lo recuerdas, decir que a la perfección sería de nuevo una burda mentira. Lo recuerdas con ternura y cariño y con el tiempo se ha transformado, como no, en un idílico recuerdo.

Volvía a tomar tu mano ansiosamente por la calle e incluso te robó (aunque en realidad era regaló) más de un beso en el metro de camino a la tienda de Ginza (llamémoslo exaltación del romanticismo). Y aunque ahora lo recuerdas como algo un poco vergonzoso en ese momento no lo sentiste así ni mucho menos. Tú también estabas imbuida por esa exaltación y por eso, comprar un anillo a juego te parecía la idea más fascinante del mundo.

Hizo una mueca de apuro cuando los elegisteis, y más cuando tú llevaste la mano a la cartera. No lo habíais hablado, pero era obvio que él, en exaltación absoluta del romanticismo, había querido pagarlos.

—Si juntamos el dinero podemos comprar esos otros que son más bonitos.

Como lo conocías tratabas de convencerlo con argumentos razonables, aunque él esta vez se resistía.

—¿Podré regalarte un anillo alguna vez?

Te pareció adorable, obvio. Había querido regalarte un anillo desde que era tu novio de tres meses, y aún siendo tu novio por dos años no había podido lograrlo. Sonreíste, resistiéndote a besarlo. La dependienta estaba a escasos metros, mirándoos. Habría sido demasiado, incluso con la excusa de la exaltación del romanticismo.

—Puedes regalármelo, pero déjame a mí regalarte el tuyo.

—Siento como si estuviera haciendo trampa.

Aún refunfuñaba pero ya estaba convencido. Los anillos (sí, a este al fin lo llamó anillo) que os podíais permitir juntos lucían mejor en vuestros dedos que los que podía permitirse él solo.

—¿Quieren algún grabado?

La dependienta os lo propuso y tú lo pensaste aunque elevaría el precio y posiblemente deberías cambiar otra vez de modelo. Además, no se te ocurrió en el momento que podías grabar. ¿La fecha? Demasiado bochornoso, tu exaltación del romanticismo no llegaba a tanto. ¿Vuestros nombres? Demasiado ¿típico? Además, no estabas segura si era lo correcto para anillos que todavía no eran alianzas.

Te esfuerzas en recordar en que fue decisión tuya pero en realidad fue Yamato quien negó la proposición. Con una sonrisa, que tú supiste que escondía algo, pero no te importó. (Llamémoslo exaltación del romanticismo parte enésima)

El anillo te ajustaba bastante bien en el anular de la mano derecha, que como diestra, la tienes un poco más desarrollada. Te hizo feliz comprobar que a Yamato le ajustaba también en el mismo dedo. Para poder tomar tu mano del anillo con su mano del anillo decidió pasar la mano por tu hombro donde tú la pudieras agarrar. Vuestros dedos entrelazados con ambos anillos eran el culmen de la exaltación del romanticismo.

Los miraste durante todo el camino en donde él te volvió a robar (aunque en realidad era regalar) más de un beso. En esos momentos estabas convencida de que jamás te lo quitarías, aunque la verdad era que a la mañana siguiente deberías hacerlo. Las normas de la secundaria superior no diferían en eso de las de la inferior. Pero entonces el día siguiente parecía tan lejano que no valoraste algo tan obvio. Jamás te desprenderías de ese anillo.

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Aquel día, cuando lo volviste a ver, llevabas tu anillo de la exaltación del romanticismo junto con el uniforme escolar en lo que hasta ese día habría sido una absoluta anomalía, pero teniendo en cuenta la insignia conmemorativa de la solapa, eso ya no te importaba. Había sido tu ceremonia de fin de la escuela, habías sido aceptada en la universidad elegida, ya no te importaban las normas (llamémoslo exaltación de la juventud).

Regresaste a casa más pronto de lo que te hubiera gustado. Creíste que eras sigilosa pero tu madre apartó la vista de su libro desde el minuto uno en que abriste la puerta. Escuchó vuestros cuchicheos, vuestras risas, vuestros besos y vuestra eterna despedida porque no querías despedirte realmente. Era otra anomalía despedirse esa noche pero no siempre salían las cosas como se planeaban, por mucha exaltación de la juventud que estuvieras viviendo.

Tu madre se quitó las gafas (no recuerdas cuando empezó a necesitarlas para leer pero entonces ya las empleaba), te enfocó y entraste tímidamente tras desparramar torpemente los zapatos en el genkan. Había poca luz, la suficiente para leer o para admirar las fotografías de aquel libro. Los libros de tu padre normalmente eran densos, los de tu madre vistosos, al igual que las fotos que ella tomaba y que tú después dibujabas y coloreabas dándole ese toque subjetivo a la realidad.

Te dio ternura ver a tu padre dormido a su lado. Tú lo grabarías en tu mente difusa con la cabeza apoyada en su regazo. Estaba tapado con una manta. Piyomon también estaba acurrucada cerca. Pensante que tu padre era esa clase de personas a las que no te puedes resistir colocar una mantita encima.

Saludaste. Tu aspecto poco tenía que ver con el último que habían visto en la sobria ceremonia escolar. Aún conservabas la insignia conmemorativa en el pecho pero estaba bastante torcida. Habías perdido el lazo del uniforme lo que hacía que tu escote estuviera bastante descubierto. En la muñeca, bien atada con varias vueltas, lucía la corbata del uniforme escolar masculino (la corbata de Yamato obviamente), que a falta de segundo botón que regalar cumplió la tradición con esa prenda. Hasta tu falda estaba unos centímetros más arriba de lo habitual y eso que tú, habitualmente, tampoco es que la llevaras lo que se dice larga.

—Creí que te quedarías con Yamato-kun.

Te sonrojaste sobre el rojo que ya traías. Era el plan pero que tu madre lo dijera abiertamente se hacía extraño. Aunque también era bastante conveniente que pese a lo estricta que siempre había parecido ser, fuera una madre que entendió la importancia de vivir cada etapa de la vida con plenitud. Nunca hizo dramas artificiales e innecesarios.

—El papá de Yamato cogió un fuerte catarro.

—Ya me pareció que tosía bastante en la ceremonia.

—Yamato está cuidándolo, no habría sido apropiado que me quedara a dormir.

—Mañana le llevaré un caldo.

—Eres tan buena mamá, eres la mejor.

Puedas recordar el momento con todo el cariño que quieras pero la realidad es que fue vergonzoso. Tu madre te miraba incrédula, como reías mientras acariciabas a Piyomon que, mimosa como era, ya se había levantado a saludarte. Hacías gestos con retardo y casi te caíste sobre tu padre, que aún dormitaba, cuando te sentaste sobre tus piernas de la forma correcta, por supuesto. Ante tu madre era la única manera, no importaba el estado ni el momento.

—¿Estás bebida?

La miraste tratando de quedar lo más sobria posible. Era imposible con tu rostro.

—No… un poco… un poquito.

Y lo representaste, minimizándolo todo lo posible.

—Sora, que hayas acabado la escuela y vayas a ser universitaria no te da licencia aún para tomar. Te faltan dos años para eso, ¿eres consciente?

Sí, tu madre era estricta con las normas. Estaba bien quedarse en casa de tu novio a pasar la noche, no había norma que lo impidiera, pero si había una norma que dictaba la edad de consumo de alcohol, entonces debía ser cumplida.

Tienes la sensación de que estaba enfadada aunque en realidad su expresión era tan divertida que te apena no poder recordarla.

—Estoy bien mamá, solo fue un poquito. ¿A qué estoy bien Piyomon?

—Yo te veo bien. Estás muy graciosa.

La abrazaste y quedó en tu regazo. No entendías lo de graciosa pero solo querías abrazar a Piyomon porque era casi imposible tener a Piyomon cerca y no querer abrazarla. Si te hubieras visto te habrías dado cuenta de que tus mofletes rojos y tus ojos achispados podían ser la causa de tu gracioso estado.

Tu madre permaneció en silencio un rato. Horas eternas, (en realidad apenas un minuto pero siempre añade tensión exagerar en estos casos). Viste tu alrededor. Había un par de vasitos de sake. La señalaste indignada.

—Bebieron sake, ¿y me sermonea a mí que bebí una cervecita?

—Somos tus padres, tenemos más que edad legal. Además, es una ocasión especial, celebrábamos por ti.

Escuchar eso te hizo sonreír. Te ruborizaste mientras te regodeabas en sus palabras. Debió encontrarte altamente cómica por tus muecas y expresiones porque lo que sí sientes muy vivo en tu memoria es el sonido de su risa. La intentó ocultar pero lo apreciaste. Entonces se levantó.

—Ven aquí.

Te costó un poco, pero lograste ponerte en pie sin caerte y manteniendo a tu compañera entre tus brazos. Fue un gran mérito para una persona un poquito bebida. La abrazaste con Piyomon en medio que se encontraba más que feliz en esa posición. Tu madre, obviamente se sorprendió, pero no te quitó ni mucho menos. De hecho te aceptó el abrazo. De verdad te encontraba de lo más tierna y divertida.

—No era eso, pero gracias.

Al sonrojo del alcohol se unió el de la vergüenza al separarte.

—Disculpa.

—No me pidas disculpas por abrazarme. Ven aquí.

Y ahora sí entendiste que lo que quería era que la acompañaras a la habitación. Observaste sus movimientos al principio borrosos que fueron tomando nitidez conforme ibas siendo consciente de lo que estaba haciendo. La cajita lacada con un ave dibujada (de fuego) estaba entre sus manos.

—Es un fénix mamá —señalaste en un inesperado trance. Piyomon se había deslizado de tus brazos—, ¿crees que fue predestinado?

—Es una figura muy común en la mitología japonesa. No es raro que adorne este tipo de cajas, ¿no crees?

Sí, era lógico pero a veces la lógica estaba sobrevalorada, sobre todo cuando se trataba de los recuerdos. Para ti que tu madre tuviera una caja con el pájaro de fuego en el que luego tú montaste siempre se sentiría como algo predestinado.

La abrió y tú te agachaste hacia Piyomon porque solo recordabas un objeto de esa cajita. El anillo definitivo sería tuyo: con sus emotivas palabras, su abrazo, su sentimiento.

—Es posible que ahora llore Piyomon, pero no te preocupes es de felicidad.

—Está bien Sora, diferencio tus lágrimas de felicidad.

Cuando volviste la vista a tu madre la caja ya estaba cerrada, apenas un brillo habías distinguido en su interior. El anillo permanecía sin ser liberado y tu madre se acercaba a ti con una pulsera. Era sencilla; con florecidas de plata engarzadas. Te pareció linda nada más verla. ¿Siempre había estado en esa cajita?, ¿cómo era que no la recordabas? Maldijiste los dichosos recuerdos selectivos y deformados de la niñez.

Iba a ponértela pero tú ofreciste la muñeca de la corbata, ella rio un poco demasiado fuerte como para ser ella y te tomó la otra mano. La del anillo de la exaltación del romanticismo.

—No tienes por qué llevarla, pero me gustaría regalártela —lo decía mientras te la ataba. Por supuesto que querías llevarla—, mi madre me la regaló cuando terminé la escuela, ¿te gusta?

Ni sabes cuando las lágrimas ya habían hecho un descarado surco en tus mejillas sonrosadas. Por supuesto que te gustaba. La abrazaste ni sabes por cuanto tiempo. Ella solo reía, disfrutando de tu abrazo. Disfrutando de ti.

—La llevaré siempre mamá, muchas gracias.

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Solías llevar la pulsera de florecitas plateadas muestra de la exaltación de la juventud (aunque para ti era muestra del amor de tu madre) bastante a menudo. Esa tarde la llevabas. Los que estaban desnudos desde hacía algunos años eran tus dedos. Ni sabrías decir dónde quedó el anillo que siempre amarías y siempre llevarías como exaltación del romanticismo. Posiblemente estuviera en una de tus cajitas de cosas valiosas pero no esenciales. No estaba en tu actual vivienda así que seguramente aún permaneciese en casa de tus padres.

Observabas el conjunto que acababas de comprar. Ibas a probártelo cuando lo escuchaste entrar y correr la puerta.

—¡Detente!, ¡ya!

Y quedaron sus dedos, que lentamente desaparecieron.

—¿Es algo de la boda?

—¡Sí!

Te colocaste la ropa rápidamente, recogiendo el conjunto que quedó guardado en tu cajón de la ropa interior. Curiosamente, aunque no fuera un recuerdo como tal, más una anécdota de tu inconsciencia, pero Yamato no solía tocar ese cajón. No era como si no lavara y guardara tu ropa interior si la encontraba en una colada, pero es que era realmente difícil encontrar tu ropa interior en una colada común así como tampoco era normal encontrar su ropa interior. Nunca te planteaste seriamente que en esos años cada uno se cuidaba de lavar su propia ropa íntima. Era algo que sucedía, pasando totalmente desapercibido.

En cualquier caso, sí, era ropa interior lo que custodiabas tan celosamente esa tarde. Ropa íntima para una noche especial (llamémoslo exaltación del matrimonio).

No te importaba que Yamato viera tu kimono nupcial, aunque lo estabas elaborando en casa de tus padres para mayor comodidad. Sabías que lo que le impresionaría era verte a ti con él y eso sí que lo vería solo ese día. No obstante con un conjunto íntimo, aunque obviamente la esperada reacción se sucediera cuando te lo viera puesto, perdería el maravilloso factor sorpresa si ya sabía de que se trataba. No podías permitir tal cosa.

Cuando al fin le dejaste entrar, husmeó a su alrededor como un perro sabueso en busca de una pista. La única que encontró fue en tu rostro. Sonrió y tú conocías ya demasiado bien esa sonrisa.

—Estás sonrojada, así que es algo pervertido, ¿verdad?

No respondiste, o si lo hiciste no fue algo digno de ser recordado de modo que lo suprimiste de tu memoria. Lo dejaremos en que hubo una pequeña amenaza con que jamás lo disfrutaría si insistía, a la que Yamato, por supuesto, accedió sumiso e impaciente. Muuuuy impaciente.

Lo importante de ese día, lo que lo hace permanecer y formar parte de tus idílicos recuerdos fue que sacó un estuche del bolsillo trasero de su pantalón.

—Ya los recogí.

Tu enfado, frustración o lo que fuera que sentías por no haberte podido probar el conjunto se disipó de inmediato. Fuiste a tomar la cajita pero Yamato elevó el brazo lejos de tu alcance. Viste otra vez su sonrisa, su ceja alzada, su mirada, que ya conocías bien. Muuuuy bien.

—¿Qué me das a cambio?

Lo retaste con la mirada. Saltaste un par de veces para atraparlo pero dejaste de hacerlo porque para Yamato era un premio la visión de tus pechos rebotando frente a su rostro. Finalmente te rendiste.

—Lo que hay que hacer por un anillo.

Te arrodillaste, bajaste la cremallera de su pantalón y… sí venciste, porque Yamato quedó más que impresionado y pudo ser fácilmente desequilibrado al tirar de su camisa. Conseguiste que quedara sentado a tu lado. Le regalaste un beso entre risas y quizá una promesa nocturna con la mirada. En fin, si hubo algo más formará parte de un recuerdo privado. Limitémoslo a que la cremallera volvió a ser subida y la cajita por fin estuvo a tu alcance.

La abrió y la impresionada ahora fuiste tú. Sabías el modelo, los habíais elegido juntos, así como habían sido pagados de la cuenta conjunta que tan conveniente resultaba para los gastos comunes. Ya no existía una obsesión por parte de Yamato por regalarte un anillo. Con los años había comprendido que era mejor hacerlo juntos. Todo juntos. Él ya te regalaba otras cosas de todas formas: su amor, cariño, atención… sí, y recuerdos privados.

Es posible que este recuerdo, idílico obviamente, no esté demasiado deformado porque ver esos anillos juntos aún te parece algo increíblemente extraordinario. Son como salidos de una fantasía. Tomaste el que creíste que era tuyo aunque a simple vista te pareció el más grande pero diste por hecho que era una especie de ilusión óptica. Este anillo debía quedar perfecto. Había sido hecho a medida de tu dedo anular de la mano izquierda donde siempre deseaste llevarlo. Y sí, es porque eres romántica y te gusta pensar en eso de la artería que va directa desde el corazón y aunque sabes que es una verdad a medias (obvio directa o indirectamente todas las arterias son irrigadas por el corazón, como te explicó Jou sin tú pedírselo. «Lo más cercano podría ser el meridiano del corazón en la medicina tradicional china, pero siento decepcionarte porque finaliza en el meñique, no en el anular», siguió él mientras tú apuras esa cerveza dentro de la legalidad). Prefieres quedarte con la quimera de que es así. La realidad exacta muchas veces está de más. Un vínculo a tu corazón y por tanto al corazón de la persona que amas, porque sí, echabas mano de la tradición China cuando te resultaba conveniente. Y la representación que hacían de cada dedo, donde el anular evidentemente representa a la pareja, te era más que conveniente para encajar tu fantasía.

Preparada al fin para tener ese vínculo de una manera física con Yamato tomaste el anillo. Era plateado porque siempre lo preferiste al dorado y el grabado de tu emblema, discreto y elegante, resplandeció con un color rojizo. Sabías que aleación de metales habían empleado para darle ese efecto porque te lo explicaron cuando los encargasteis pero nada de eso pasó por tu mente en ese instante. Te daba absolutamente igual como estuviera hecho. Solo sabías que era perfecto para ti. Para tu dedo del cual siempre ignorarías a conciencia que no tenía una arteria directa al corazón.

Perfecto hasta que te lo probaste y viste que te sobraba.

—Yamato, se equivocaron.

Te diste cuenta de que para él algo no encajaba. Tú no encajabas, en realidad tu acción. Él te tendió el otro anillo y tomo ese.

—Es que el tuyo es este —Lo tomaste dándote cuenta de que sí, era más pequeño como te había parecido cuando los viste juntos—. En las alianzas es común que se lleve el nombre de tu pareja así que…

Fue idea suya grabar los emblemas. Te pareció perfecta de inmediato, incluso te sentiste un poco mal porque no se te hubiera ocurrido a ti, aunque no es como si sentimiento tan mezquino formara parte de tus agradables recuerdos.

Observaste el anillo, en este el emblema de la amistad resplandecía igual de sutil pero con un color azulado. Miraste a Yamato. Estabas emocionada, seguro que a punto de llorar, aunque él todavía parecía apurado.

—¿No está bien así?

Te lo colocaste porque sabías que ahora sí era perfecto. Por supuesto quedó sin ningún problema en tu dedo anular de la mano izquierda. Nunca se te habría ocurrido lo de intercambiar los emblemas, por eso te sentiste dichosa de que a Yamato se le ocurriesen este tipo de cosas. No las expresaba pero las pensaba cuidadosamente. Fantaseaste con que quizá ya lo había estado considerando desde que te descubrió rebuscando entre sus anillos (complementos los denominaba entonces él), guardados en esa lata de conservas que no era joyero. Te recostaste junto a él que ya se había colocado también su alianza (porque esto es una alianza y así lo denominaría siempre él).

Como si hubiera estado preparado, aunque igual no fue exactamente así pero esto es un recuerdo y por ello los momentos encajan a la perfección, el ocaso hacía su majestuosa aparición por la ventana, entrando esos rayos anaranjados que resplandecieron en vuestras alianzas, las cuales alzasteis para que fueran bañadas con ese atardecer.

—Será un orgullo llevar tu emblema Yamato.

Él, ya satisfecho, te sonrió de vuelta. Tocó tu pelo con la mano izquierda, que ahora siempre sería la de vuestra unión (llamémoslo exaltación del matrimonio parte II). Nunca has llevado el pelo tan largo como entonces. En general, aunque te recreas en ensoñaciones, eres una persona práctica, lógica y realista. Así que prefieres el cabello más corto, más cómodo, pero… ¿cómo renunciar a un maravilloso recogido para poderlo recordar en el día de tu boda?

Desconocías si a él le gustaba más o menos, se limitaba a acariciarte y a sonreírte pero eso lo hacía siempre. El hombre que poco expresaba pero era detallista al extremo. Al que te unió el Digimundo y por eso llevarías vuestros emblemas intercambiados como el símbolo de vuestro enlace. Te perdiste en sus ojos, que relucían como el emblema en tu anillo y pensaste que él creería que tus ojos resplandecían como el emblema de su anillo. Te sentiste absolutamente predestinada a él y aunque sabías que a Yamato no le gustaba creer en el destino, soñaste con que no le importaría creer un poco en ello cuando se trataba de ti.

En ese aspecto, algo ventajoso de los recuerdos es que no están sujetos a la incertidumbre del presente. Conceptos intangibles pueden fluir sin restricciones llegando a una composición que tú sientas absolutamente certera. La eternidad, aquel atardecer, adquirió significado en la sonrisa de Yamato.

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Lo volviste a ver el día de tu ceremonia nupcial. Tu madre te ayudaba a colocarte el uchikake, mientras tú, nerviosa como estabas, solo podías pensar en algo tan absurdo como lo mucho que te agradecías a ti misma haber elegido el invierno para casarte. Estabas pasando un poco de calor, pero eran lo nervios sin duda. Por mucho que sudaras en tus recuerdos, tú seguías siendo una persona bastante friolera.

Tu recogido sin duda era espectacular. No era tradicional, así que quedaba antagónico al resto de tu vestimenta. Era un conjunto de trenzas de fantasía que te hacían sentir como una diosa nórdica del fuego. Sabías que nunca volverías a lucir algo semejante porque pronto regresarías a tu cómodo pelo corto y a tus cómodos recogidos más tradicionales, más acordes con tu trabajo y tu estilo, por eso estabas tan extasiada con él. Tanto que a punto estuviste de rebelarte contra la tradición del wataboshi. Tu padre, divertido, te amenazó con pintarte los cuernos que se supone que esa prenda debían ocultar. Te sentiste un poco frívola por querer rebelarte contra una tradición por lucir tu peinado jamás irrepetible. Además, solo sería el tiempo de la íntima ceremonia en el templo. Después, cuando te vistieras con el kimono de la recepción (el cual tampoco era del todo tradicional, ya que tú eres una innovadora), todo el mundo podría verlo y quedar impresionado.

¡Pero en realidad tú querías que hasta los dioses lo vieran!, aunque conllevase una reprimenda del sacerdote shinto.

Mientras divagabas irracionalmente probablemente producto de tus nervios, tu madre, muy cuidadosamente eso sí, ya te lo estaba colocando. Tu intento de rebeldía había sido aplacado por completo con un gorro gigante. Aunque al mirarte te sentiste linda también. Estaba bien que te viera así, de ese modo le impresionaría más tu peinado cuando lo desvelaras. El wataboshi equivaldría al peinado lo que el shiromoku a la lencería que tan atentamente habías preparado para esa noche. Te sonrojaste al pensarlo y sentiste aún más calor. Lo recuerdas como un momento de gran angustia, aunque seguramente no fue para tanto, pero estás convencida de que temiste que el sacerdote shinto no te casara en un estado tan poco puro como en el que te sentías.

Buscaste auxilio en tu madre y lo encontraste porque al momento te serenaste. Habías estado tan pendiente de ti misma que ni te habías percatado de ella. De inmediato pensaste que era la mujer más guapa del mundo, o por lo menos de la ceremonia, aunque mejor del mundo porque te gusta exagerar en tus memorias. Todo el mundo diría que la mujer más guapa de la ceremonia y del mundo (porque a la gente le gusta exagerar en las bodas) eras tú, pero tú no lo creerías. Para ti lo era ella.

Había tomado la cajita lacada con un ave naranja (de fuego) dibujada en ella y en tu mente relampagueó aquel fragmento de tu niñez. Entonces no lo preguntaste pero ahora sabías que posiblemente iba a acudir a una boda. No llevaba un kurotomesode radiante como el de hoy obviamente porque era imposible que fuera a una boda tan importante y tan cercana para ella como la de hoy. No obstante el kimono de aquella ocasión (irotomesode eras capaz de nombrarlo ahora por tu experiencia y tu amor a esa prenda) también lucía sus kamon. Entonces no te fijaste en ellos u olvidaste si te fijaste (que seguro que sí te fijaste), pero ahora sabías que ese mismo emblema luciría el sello del anillo que sacaba.

Brillante, grande, tosco... creíste que era el momento que habías esperado, aunque realmente no deseabas que lo fuera. Inconscientemente llevaste la mano con tu alianza discreta y a medida a tu pecho. Te sentiste frívola otra vez pero no querías llevar eso tan ostentoso y dorado en tu boda. Tras tenerlo en su mano, meditabunda, se lo colocó en el dedo corazón, porque era en el único dedo donde no bailaba, y sacó otro pequeño objeto. Culpable pero aliviada, ahora lo que te preguntabas era que más había en esa cajita. Tú solo podías recordar el anillo definitivo que ahora se acercaba desluciendo la delicada mano de tu madre. La sonrisa no le deslucía cuando vislumbraste ese pequeño broche. Era plateado y lo agradeciste, porque conjuntaba bien con el blanco nupcial, con la alianza de la exaltación del matrimonio y por supuesto con la mirada de tu prometido.

No es un recuerdo nítido pero quedará mejor decir que te pidió una especie de permiso con la mirada antes de colocártelo en tu amado kimono. Era una pequeña grulla.

—Tu padre me la obsequió el día de nuestra boda. Sobra decir todo el simbolismo que representa la grulla, ¿no?

Por tu mente pasaron como veloces diapositivas la cantidad de definiciones, fragmentos de libros, charlas y grabados en donde ese ave había hecho su aparición. La grulla era el ave eterna, el símbolo de Japón, el portador de fortuna y otorgador de deseos, el emblema de la paz desde los tiempos modernos y protector de la armonía y la familia desde los tiempos antiguos. Tu padre, aquel hombre ahogado en libros y estudios al que siempre querías arropar con una mantita cuando lo veías dormitar, había regalado ese pequeño pero significativo broche a tu madre cuando se convirtieron en esposos. Fabulaste con que para tu padre, tu madre fuese esa majestuosa grulla eterna portadora de felicidad.

—Lo que no sobra es desearte un feliz y próspero matrimonio, aunque estoy convencida de que lo tendrás.

Lo intentaste, lo intentaste, lo intentaste con todas tus fuerzas y aunque tú crees que lo lograste y las suprimiste lo cierto es que sí derramaste lágrimas.

—No llores o preocuparas a Yamato-kun —ella te secó con cuidado de no estropear tu maquillaje. El anillo definitivo rozó tu cara pero tú apenas lo notaste.

—No se preocupe, Yamato también sabe cuando llora de alegría, ¿verdad Sora?

Asentiste, aguantando finalmente y quedándote con ese heroico recuerdo. Porque aunque Piyomon (tu querida compañera que siempre alegraba tus recuerdos) tuviera razón, tú tenías una razón más superficial que tu madre sí había entendido. No debías estropear el maquillaje y revelar tus lágrimas o el sacerdote shinto te desaprobaría por ello.

Su mano, la del tosco anillo definitivo que no le quedaba bien tomó la tuya, la de la alianza que te quedaba perfecta.

—¿Lo llevarás puesto?

No te lo habías quitado desde aquel día.

—No es que en la ceremonia sea significativo el intercambio de alianzas, más bien es un añadido, ¿no?

Tu madre te dio la razón. La cada vez más popular costumbre de intercambio de alianzas había hecho que la ceremonia shinto les hiciera un hueco pero pasaba totalmente inadvertido, no era el eje principal de la ceremonia como en las occidentales que tan populares eran ya. Te diste cuenta entonces, observando tu anillo con esa sonrisa que tu recordarás (o imaginarás) como melancólica, que ella nunca intercambió alianzas. Recibió una grulla pero no una alianza.

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Resplandece en su mano alzada al cielo. Quiere hacer competencia con su cabello pero queda en una vergonzosa inferioridad. El rubio, que no dorado de su cabello sí te agrada. Sí es perfecto. En tu dedo anular, aquel que no tiene una conexión directa al corazón pero te da igual porque prefieres vivir con la creencia de que sí, permanece tu alianza, la que brilla como la mirada de tu esposo. Sostienes al bebé que ha dejado de llorar aunque no te has dado cuenta. Tu esposo, cerca de ti y de vuestro bebé hace lo que los padres se pasan haciendo más de la mitad del día: la colada. Hay ropa interior tuya, de tu niña, millones de pijamas de tu bebé… nunca lo llegaste a pensar porque es lo que tienen las acciones inconscientes, así que nunca lo reflexionarás pero sería curioso saber cuando la colada general empezó a incluir tu ropa interior y la de tu esposo, por supuesto.

Lo vuelves a ver. Brilla y un rayo sale de él. No real, evidentemente, pero así lo expresa tu hija en su narración. El rayo penetra en Gabumon que se hallaba muerto y lo resucita. Es un anillo mágico a fin de cuentas. Esbozas una sonrisa fugaz porque has pensado en el momento en el que WarGreymon regresó a la vida, o lo que es lo mismo cuando Yamato regresó a vuestro lado. A tu lado.

Cuando lo viste en la mano de tu hija, aquella mañana después de que Yamato la hubiera recogido de casa de tus padres, te alarmaste. Pudiera ser, (con lo trastito que es tu hija) que lo hubiera tomado sin permiso. En realidad era la única explicación posible para ti. Por eso, apresuraste a llamar a tu madre y descubriste que no lo había robado en un esparcimiento no consentido de la cajita lacada. El esparcimiento no consentido de la cajita lacada se produjo, sí, pero cuando tu madre la descubrió con la joya en la mano, Aiko simplemente hizo lo que tú jamás te atreviste a hacer: se lo pidió y lo obtuvo.

—Mamá, ¿estás entendiendo lo que estoy diciendo?, se supone que es un anillo importante, ¿no? Aiko solo va a jugar con él, es muy pequeña para tenerlo.

Ella rio y tú empezaste a desesperar. ¿Tan sencillo habría sido?

—Mejor ahí que en una caja.

—Pero si regalas todo lo que guardas en tu cajita al final quedará vacía.

—Mejor con personas que les dan valor que languideciendo en un caja. Ya la llenaré de nuevo, no te preocupes Sora.

Lo sentiste absurdo; la situación, a tu madre, la cajita lacada con un ave naranja (de fuego) dibujada en ella… de repente todas tus creencias (no todas obvio, pero nos gusta exagerar para que quede más emotivo) se estaban derrumbando. ¿Eso era todo?, ¿una cajita de la que regalar las joyas?, ¿que clase de joyero ere ese?, ¿sus joyas eran simplemente cosas?

Suspiraste, te tensaste y por fin (tras tu hija de cuatro años, un poco lamentable la verdad), pero te atreviste a preguntarlo.

—¿Alguna vez valoraste regalármelo? —Con palabras emotivas. Un abrazo. Un sentimiento.

El silencio fue del otro lado y agradeciste no ver su rostro porque a priori pensaste que se había enfadado, o molestado, o inquietado...

—¿Lo querías?

Tu madre seria y sobria de siempre había regresado. Arrastraba un deje de tristeza que ahora también eras capaz de apreciar.

—No es eso, pero… se supone que es el sello de la familia, ¿no?, con su tradición, su iemoto y todas esas cosas. ¿Es correcto que la joya de nuestros antepasados la tenga una niña de cuatro años que la usa de anillo mágico?

Habías aprendido a valorarlo. Todo lo que se supone que significaba ese sello; con su tradición, su iemoto y todas esas cosas. De lo que no te habías percatado era de que tu madre había aprendido a valorar otras cosas.

—Sora, si algo he aprendido de ti es que se puede llevar con orgullo y honor un apellido sin necesidad de estar atada a él. La verdad que siempre sentí ese anillo como una carga y por eso me resistí a regalártelo.

Ahí están tus emotivas palabras. Tu sentimiento. Falta tu abrazo para ya lo reclamarás la próxima vez que la veas. Tu anillo definitivo, mágico… y todas esas cosas era un peso, que tú, un pájaro libre y de fuego, no estabas destinada a portar. Además, siendo totalmente objetivos: era horroroso y te quedaría horrible.

¿Se sentiría ella liberada después de deshacerse de él? Deseaste que así fuera. Seguro que de alguna manera así era. Tu madre era una grulla a fin de cuentas. Tenía las alas más hermosas de la existencia.

—Mamá, ser abuela te ha ablandado.

Rio y tu reíste al otro lado.

—Y a ti ser madre te ha hecho más estricta.

Y ahí estás, estricta o no, contemplando esa joya en manos de tu hija. Otra joya que resplandece como tu mirada se aparece ante ti. Las manos de Yamato toman al bebé que por fin ha quedado dormido. Al contrario que tú que casi nunca te la quitas, pero a veces sí, porque a veces quieres sentirte tan libre que hasta sientes miedo, Yamato debe quitarse su alianza (así la denomina siempre él) a menudo. En su trabajo no puede portarla, da igual cuando está de misión o con entrenamientos. Debe estar en un lapso de trabajo muy tranquilo (aburrido de oficina lo denomina él) para llevar el anillo trabajando. Sin embargo, cuando tiene permisos sí suele llevarlo. No es que sea lo primero que hace al regresar ni mucho menos, tú tampoco lo permitirías. Primero debe regresar a tus brazos y luego ya que se coloque el anillo o lo que quiera (alianza lo denomina siempre él).

Lleva un tiempo llevándolo de continuo lo que significaba que lleva un tiempo a tu lado. El tiempo de su permiso de paternidad el cual ha decidido ampliar todo lo posible. Realmente a Yamato le encanta ser padre y actuar como padre.

Al regresar la vista al anillo definitivo, renombrado inconscientemente como anillo mágico de Aiko, te das cuenta de que ha desaparecido. Te levantas hacia el jardín y lo ves brillando en su mano al alto, mientras corre de un lado a otro junto a Pyocomon y su perrito (en realidad de Yamato). Escuchas el piar de los pájaros y queda como una adorable estampa digna de enmarcar en recuerdos verlos con las ramitas en los picos buscando su nido. La primavera incipiente siempre te inspira.

Cuando vas en busca de tu hija, que ahora curiosea por la hierba, tú llevas algo en la mano. No es gran cosa pero quizá para tu hija signifique algo grandioso. Va a ser su primera cajita. La has hecho entrelazando ramitas y tiene una tapita oscilante. Con un retazo de tela y un poco de relleno has hecho un pequeño Pyocomon de agarrador. No la has pintado. La has dejado del color de las ramitas naturales, esperando que tu hija le dé el toque que ella quiera.

Sientes algo clavado en la planta del pie cuando estás a punto de alcanzarla. Quedas asombrada al verlo; tan grande y brillante sobre el césped. Te atrae aunque sea una carga, pero sorprendentemente ese ensimismamiento consecuencia de volver a reencontrar tus recuerdos solo dura unos instantes, porque rápidamente una preocupación se apodera de ti.

—¡Ai-chan!, ¡ven aquí ahora mismo! —De verdad eres una madre estricta.

Quedaría bonito decir y acorde con la historia del anillo definitivo, mágico, feo… lo que más te guste, que habías recreado en tu mente en infinidad de ocasiones la siguiente vez que pudieras tocarlo. Que lo observarías y apreciarías hasta el último detalle. Que te lo colocarías en el dedo y sentirías el poder de tu apellido, tradición, iemoto y todas esas cosas. A fin de cuentas, el tiempo en que lo tuviste en tu mano fue muy escaso a una edad tan tierna que siempre lo has idealizado. No obstante, cuando al fin está en tu mano por segunda vez ha sido sin ningún tipo de ceremonia. Lo has tomado y se lo muestras a tu hija que viene trotando con sus manitas juntas. Algo guarda pero no te fijas en ello. Hay algo más prioritario ahora.

—Tienes que ser más cuidadosa con esto, tu hermanito en poco tiempo ya gateará y será peligroso para él encontrar este tipo de cosas. Podría llevarlo a la boca y atragantarse, ¿entiendes?

Ves el rostro un poco asustado de tu hija y eres consciente de que has sonado demasiado agresiva, demasiado apocalíptica. Demasiado estricta. Suavizas tus facciones que producen efecto espejo en las de tu hija. Ella asiente entendiendo la regañina, pero ya se atreve a sonreír y entonces tú le muestras la cajita.

—¿Quieres guardarlo aquí cuando no lo estés usando?

Ríes por ver esos ojitos que brillan como los de Yamato (o como tu alianza que es lo mismo), abrirse desmesuradamente.

—Que bonita, parece un nido. —Introduces el anillo definitivo, mágico, de tus ancestros, con su sello, tradición… el nuevo juguete de tu hija para que engañarse, y ella parece conforme. Acerca sus manitas—. ¿Puedo guardar también las mariquitas?

Abre las manos y ves varias mariquitas recorriéndolas. Ríes por lo adorable que resulta. Es un recuerdo que quieres que perdure siempre. Le das un toque en la nariz.

—No puedes guardar las mariquitas aquí —hace un gesto de decepción y tú prosigues—, porque ningún ser vivo, ni el más pequeñito, ni el más grande, está hecho para estar encerrado —tuerce la cabeza, aún no está convencida. Dejas que una mariquita alcance tu dedo y susurras—: por eso todo tiene alas, aunque no se vean a simple vista.

Y queda idílico, pero así ocurre o así siempre lo recordarás: la mariquita de tu dedo sale volando y la siguen todas las que recorrían las manitas de tu hija, que queda asombrada, maravillada y convencida. Te mira como si fueras una diosa-maga-nórdica-del-fuego-la-naturaleza-y-las-mariquitas (y todo eso llevando el cabello más bien corto).

—¿Yo también tengo alas mamá?

—Claro que sí.

—¿Tan grandes como las de Garudamon?

Has tomado su manita (tan solo necesitas dos dedos para hacerlo) y caminas, ella ya porta su cajita en la otra mano. Pyocomon os sigue dando felices saltitos mientras suelta burbujas al aire que el perrito de Aiko (en realidad de Yamato) juega a atrapar. Ríes.

—No sé hija, las de Garudamon son muy grandes.

—¿Son las más grandes del mundo?

—Yo diría que sí.

Tú así siempre lo has sentido, sin duda alguna.

Queda callada unos segundos. También se ha detenido y ha soltado tu mano. Observa su cajita moviendo sus manitas ansiosa.

—¿Qué más puedo guardar dentro mami?

Te vuelves a ella y sin pensarlo la alzas en brazos. Te alegra ver que aún puedes hacerlo sin dificultad. La miras a los ojos, los ojos como los de Yamato (o como tu alianza que es lo mismo), pero que son propios de ella. La ves a ella sin duda alguna y a esa mariquita rezagada (heraldo de la primavera la denominó tu madre en alguna ocasión y te viene a la mente ahora), que se pierde entre su cabello. Sus ojos están descubriendo el mundo. Sus ojos te miran como si fueras lo más valioso de ese mundo.

—Lo que quieras hija. Puedes guardar, tirar, regalar... todo lo que quieras de esa cajita. Como si tiras la cajita misma. Eso significa tener alas, ¿entiendes?

Se supone que eres una madre estricta y lo eres o lo serás, pero siempre antepondrás la libertad de tus hijos. Sus alas pues es lo que más valoras en el mundo. Quizá tu hija aún es muy pequeña para entender estos conceptos pero te sientes feliz diciéndoselos. Ella te mira extrañada y vuelve a mirar la cajita. Su mundo es tan sencillo que cabe ahí dentro.

—La guardaré siempre mami, muchas gracias.

Sonríe y te abraza y tú besas su mejilla regordeta que se sonroja. Sonríe mimosa. Es cosquillosa como tú. Atesoras sus gestos, su risa, su tacto, su olor... En cuanto se haya vivido pasará a ser un recuerdo preso de la subjetividad, y tú ansías conservarlo lo más real posible. También será un recuerdo para ella y aunque tenga que recomponer los fragmentos de su memoria a base de imaginación, (o suposición) deseas que la sensación de haberlo vivido permanezca imperturbable en su corazón. Deseas llorar también, pero te aguantas. Lo haces porque tu hija aún es muy pequeña para entender eso de las lágrimas de felicidad y no quieres que nada pueda emborronar este recuerdo. Quieres que en el futuro le resulte lo más fácil posible recomponerlo, sentirlo.

Así que sonríes y sonríes y sonríes con todo tu amor.

No lo sabes, ni lo imaginas, pero algún día te contaré (y sin exagerar) que lo que tu hija guardó para siempre en esa cajita de ramitas primaverales fue la amada sonrisa de su mamá.

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