— Oh, ¿enserio?— la risa burlona irritó aún más a la joven de un ojo. Alastor corrió con paciente gracia la lanza de su cuello, aquello tardaría en cicatrizar.— No es que me importe pero, ¿Que poderes crees que tengo? ¿Mal carácter? ¿Detestar hombres?— la observó de arriba a abajo, con una cínica sonrisa.— ¿Una simple lanza sagrada?— Vaggie retrocedió, avergonzada de ella y de su débil respuesta. Alastor se levantó, imponente frente a ella y palmeó su cabeza como si de un cachorro tonto se tratara.— Te recomiendo que pienses por Charlie, si verdaderamente estás aquí por ella...

La puerta se cerró tras él y Vaggie quedó sumergida en la oscuridad, parada frente a un gran espejo, viendo como sus ideas se deformaban junto a sus palabras y sentimientos.

— ¡Oh, querida mía!— Alastor captó la atención de la princesa, quien llevaba grandes papeles de un lado al otro. Mientras ella aun forcejeaba, él tarareaba una melodía de su época. Había disfrutado su vida, había sido estimulante; había hecho lo que quería hacer y había condenado a quién él deseara condenar. Una mirada negra y profunda cruzó por su mente al tiempo que se oía un jadeo seguido de un insulto de lo mas tierno. Charlotte Magne estaba en el suelo, rodeada de hojas y papeles que a él no le importaban en lo más mínimo. Se arrodilló hasta estar a su altura y río, río como cuando era humano mientras Charlie enrojecía y lo empujaba hasta tumbarlo. Pasando por alto el que ella lo tocara sin él permitírselo, la escena era de lo más dulce y pronto, el Radio Demon se vió sumergido en sus mas profundos y recónditos recuerdos.


Era enero de 1930, la caída en la bolsa de valores de 1929 había dejado viudas e hijos desolados y sin un centavo. El año había arrancado frío y triste, deprimente, salvo para Alastor; para él, un hombre de treinta años y de modales caballerosos y dulces, era solo otra depresión que pronto pasaría. New Orleans le daba noticias cada semana, asesinatos, robos, hurtos y el descubrimiento de un asesino en serie que solo podía hacer más jugoso su día a día. Cada mañana, al despertar, practicaba su siniestra sonrisa frente al espejo, para luego cambiarse, tomar su usual desayuno, su sombrero e ir por el tranvía hasta la gran ciudad. Era un apasionado del orden y cada cosa se repetía día a día. Hasta el fatídico momento en que su mirada se topó con ese par de negros diamantes.


— ¡Hey, ¿Estas bien?!— Charlie agitó la mano frente al Radio Demon, quién se había perdido más allá de ella. Su sonrisa se había vuelto una mueca extraña que comenzaba a incomodarla.— ¡Alastor!— llamó, preocupada. Él pareció reaccionar, convirtiendo su mueca en una sonrisa tranquilizadora, si eso era posible.

— Oh, dulzura. Lo lamento, hacía mucho que no recordaba mi vida— ensanchó su sonrisa con aparente facilidad mientras se cubría los ojos. El parecido era doloroso, incluso para él.— Si me disculpas, necesito estar un momento a solas— Charlie asintió, moviéndose y dándole paso a su huida; jamás creyó que algún Overlord podía actuar de forma tan extraña.

— Cosas suyas— se convenció mientras recogía los papeles en el suelo.


Casi corriendo por los pasillos, tratando de alejarse lo máximo de aquella muchacha, tropezó varias veces y casi termina encima de la pobre Nifty.

— Señor Alastor, aquella habitación ya está lista para ser usada, si eso desea— la mirada negra del demonio la alertó, aunque no lo demostró. Charlotte Magne iba a volver loco a su amo, y a tan solo unos días de haber llegado. Este murmuró algo parecido a un «Gracias» y volvió a trastabillar hasta la ansiada habitación. Una vez a salvo de aquellos profundos ojos infernales, se vió en la necesidad de calmar sus recuerdos. Aún era un Overlord infernal y aún era Alastor, un amante del control. Sabía que Charlie no debía conocer acerca del trato que él y su padre mantenían, si así fuera, la muchacha no le habría abierto la puerta del hotel aquella tarde. Entonces, ¿Por qué sus recuerdos se empeñaban en salir a flote con ella cerca? ¿Había algo que estaba pasando por alto?

Miró las paredes con recelo, el rojo de las mismas le traía viejos y poco agradables recuerdos. Él había muerto de forma ridícula en un lugar similar, donde ella lo hallaría y daría fin a su vida. Tomó su micrófono y dibujó varios símbolos, sobre las puertas y ventanas, debajo de la cama y el escritorio, dentro del ropero y de los cajones. Se sentó un momento, tratando de recuperar la respiración.

— ¿Fenómeno? Charlie me mandó a preguntar si estás bien— la rasposa voz de Ángel Dust lo alertó, pero finalmente respondió que todo estaba en perfecto orden.

Creía que sería sencillo ganarse el corazón de la princesa, para luego usar su dolor contra Lucifer y así obtener el poder de sembrar el terror que tanto ansiaba.


— Alastor, esto no está bien. Tomaré tu lugar, huye de aquí— él río y la tomó de los antebrazos, buscando acercarla a su cuerpo.

— Tesoro, estás tan condenada como yo. Déjame salvarte, concédeme esta última petición— ella negó, tomando su mano la llevo hasta su rosada mejilla. Alastor acarició aquello como si fuese porcelana de la más fina y frágil.


Pero esa porcelana no era frágil, era capaz de clavar un cuchillo hasta que el corazón dejará de latir, hasta que la sangre se secara en sus suaves manos y manchara su precioso vestido.

Él se sentía muy bien a su lado, quizás por eso ella se fue. Desapareció una mañana y jamás regresó, dejando destruido el corazón de un hombre que deseaba poseerla, de tenerla bajo suyo, gritando de placer y dolor al mismo tiempo.

Un fuerte estallido lo alertó, levantándose rápidamente y corriendo hacia la ventana. Allí estaba ella, imponente, observando al dúo frente a ella con paciente enojo, su camisa blanca y pulcra tenía restos de sangre y de sus garras se escurría aquel hermoso líquido, está lo lamió, como advertencia. El dúo de demonios se observó, sin distinguir bien si la excitación era del momento o por la muchacha en cuestión. Esta se abalanzó antes de que alguno pudiera pronunciar palabra, atravesandolos con sus afiladas garras negras, imponiendo el respeto que merecía. Alastor soltó lo que parecía ser un suspiro, el largo cabello rubio cubría la sonrisa de satisfacción que la joven portaba. Lucifer la observaba, sentado unos pasos por detrás, repleto de orgullo y satisfacción, sin borrar su siniestra sonrisa.