Digimon no me pertenece

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Ya no escribo, hago cosas.

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LA DEL TREN EN HORA PUNTA Y LOS ZAPATITOS NUEVOS

Es hora punta. Nunca le ha gustado tomar el tren en hora punta, ni tan siquiera cuando era estudiante universitaria y por fuerza era su día a día. Hace años que lo evita, sobre todo si va con sus hijos. Sin embargo, hoy se le ha hecho más tarde de lo que le gustaría y debe apurar al tren que coincide con la salida del trabajo de la mayoría de los oficinistas y de algún que otro estudiante de secundaria rezagado.

—Dame los zapatitos y agárrate a mi brazo.

La pequeña niega, aferrando el paquete contra su pecho. Se desequilibra de un lado a otro por el paso de tantas personas. Nadie repara en algo tan pequeño como ella. No es momento de discutir y Sora lo sabe. Coloca al bebé que carga en el pecho en una posición más cómoda, así como sube todo lo posible al hombro el bolso que lleva colgando y arrastra a su hija de la cabeza hasta que queda pegada a su pierna. Entran al tren prácticamente las últimas, quedando cerca de la puerta. Está apretado, es verano y el ambiente está cargado. Se sujeta con tres dedos a una barra, aunque en realidad no sería necesaria sujeción alguna pues le resultaría imposible caer con tanta gente. El bebé empieza a gimotear de nuevo. Sora sisea buscándole el rostro que esconde en su pecho. Para cuando el tren se pone en marcha el gimoteo del bebé ya es un escandaloso llanto que no pasa desapercibido

—Tiene pupita en el brazo —explica la niña al que le pueda interesar.

Algunos hombres miran con mala cara y resoplan hastiados, otros son más indiferentes y no apartan las miradas de sus teléfonos, y hay algunos, pocos pero los hay, que observan la escena con una mueca de agrado. Quizá pensando o esperando que sus hijos aún estén despiertos cuando lleguen a casa y así puedan ver por unos minutos sus sonrisas.

—Le clavaron una aguja así de grande —sigue la niña, colocando el paquete entre sus piernas para poder gesticular con los brazos.

Pierde el agarre que mantenía al brazo de su madre, se desequilibra pero como era de esperar no cae. Choca contra uno de aquellos hombres. Uno de los de mirada indiferente. Sora apresura a disculparse y arrastrar a su hija a su lado. También quiere recoger el paquete pero la niña lo toma como si fuera asunto de vida o muerte.

—No, yo llevo mis zapatitos.

Sora suspira, tratando de calmar a su bebé. Los zapatitos. Los dichosos zapatitos son los culpables de que haya tenido que tomar tren tan colapsado. De lo contrario habría tomado un tren mucho más ligero a media tarde que fue cuando salió de la consulta del pediatra donde Yuujou había recibido una de sus vacunas. No obstante, al ir también con su hija, creyó como buena idea aprovechar para comprarle algo de ropa, zapatos en realidad. Tenía la sensación de que el pie le crecía increíblemente rápido. Nunca imaginó que esto le llevara tanto tiempo. Nunca imaginó que su pequeña hija fuera tan indecisa cuando se trataba de zapatos.

El bebé llora cada vez más fuerte. Su carita está roja por la desesperación y su pataleo se vuelve a cada segundo más violento, tanto que Sora recibe varios manotazos y patadas. Empieza a escuchar murmullos de desaprobación que le hacen bajar la cabeza. Pero es difícil intentar calmar al bebé cuando tiene que luchar con no caerse y con que su hija no caiga también, ni pierda sus valiosos zapatitos. Le susurra, le mece. Al menos Aiko ya está quieta entre sus piernas, mirando con aprensión a su hermanito. Empieza a sentir angustia. El bolso se desliza de su hombro y por mucho que lo intenta le es imposible levantarlo. Ya está resignada a dejarlo caer cuando de repente lo nota más ligero. Algo o alguien se lo está recogiendo. Creyendo que de nuevo ha causado una molestia se vuelve dispuesta a disculparse, pero le sorprende encontrarse con una jovial sonrisa.

—Siéntese aquí, estará más cómoda.

La joven de la sonrisa, que lleva un uniforme escolar de secundaria, le señala un sitio. Un chico con un uniforme a juego se levanta para dejarle más espacio. Sora no valora en ese momento cuando se intercambiaron los papeles, tan solo puede agradecer. Aiko, modosa, da las gracias también no sin antes revelarles la vital información de que su hermanito tiene pupa en el brazo por una aguja gigante. La chica ríe, más discreto pero el chico también parece divertido escuchando tan dulce anécdota. Cuando Sora está acomodada le devuelve el bolso, dejándolo junto a ella. Aiko queda muy pegada a su madre también, tanto que alguno de los dos jóvenes podría volver a tomar asiento. No lo hacen. Sora vuelve a agradecer su amabilidad y ellos, ahora de pie entre oficinistas cansados y sudorosos, se pierden en sí mismos. Sora queda mirándolos unos segundos. Sonríe nostálgica, ahora sí, siendo consciente de ese cambio de papeles. No parece que tengan más edad que cuando Yamato y ella comenzaron su relación. Le parece increíble, cuando se para a meditarlo, cosa que no es a menudo, que ya veinte años la separan de esos jóvenes. De ese tiempo.

Por la cercanía de sus gestos, la forma de mirarse y sonreírse y, sobre todo, porque están en un tren repleto pero parece que van solos, Sora no duda de que están en una relación. Les desea suerte en una última mirada, mientras regresa también a sí misma y al papel que le corresponde en la actualidad.

Desabrocha el portabebés y cambia de postura a Yuujou, quedando ahora totalmente sentado en su regazo. Sigue llorando. Besa su cabeza con esos finos cabellos pelirrojos y le acaricia las patitas desnudas. Del bolso saca un biberón con zumo y se lo ofrece. El nene lo rechaza a primeras pero finalmente Sora consigue que abra la boca y succione. El niño alza las manos para sujetarlo. Al terminar Sora le limpia alrededor de la boquita y el bebé, con los ojos llorosos, vuelve a gimotear. Está unos minutos debatiéndose entre romper en llanto otra vez o no. Finalmente parece que se calma. Se lleva la mano a la boca y succiona mientras mira a su alrededor.

—Mira cariño, ¿que digimon es ese? —susurra Sora. Casualmente el joven de antes lleva un Tokomon dormido en su cabeza.

El niño señala y balbucea.

—Tokomon —contesta su hermana. Yuujou queda mirándola—. ¿Y ese? —señala ahora Aiko a un Betamon que acompaña a uno de los oficinistas.

El balbuceo del niño se parece al anterior.

—Betamon —contesta esta vez su madre. El bebé la mira intensamente por unos segundos, luego regresa su escasa atención a su hermana que ha sacado del bolso de su madre el teléfono.

Un digimon aparece en la pantalla.

—¿Qué digimon es?

El pequeño balbucea y Aiko señala el nombre de entre los recuadros. Es un juego infantil para aprender digimon. Le enseña varios más. El balbuceo del bebé se intensifica cuando ve digimon conocidos como Gabumon, Piyomon o Pyocomon y ríe y aplaude cuando ve a Punimon, el digimon que duerme siempre a su lado.

Sora contempla la escena con ternura. Suspira un poco más relajada.

—Es To-no-sa-ma-Ge-ko-mon —dice la niña, con un poco de dificultad. Sora ríe.

—No le pongas digimon tan difíciles.

—Yo sé decirlo —dice la niña orgullosa, repitiéndolo mejor que la vez anterior.

—¿Y escribirlo? —Aiko aprieta los labios, Sora toma el teléfono y cambia de aplicación. Ahora es una de escritura— Venga, escríbelo.

Le cuesta. Sora mira de reojo. El bebé en cambio mira con toda su atención los movimientos y gestos de su hermana. Ya no hay rastro de lloros. Se anuncia la próxima estación, aún le quedan varias más, pero bastante gente se apea, entre ellos los jóvenes que le cedieron el sitio. El chico posa la mano sobre la cintura de ella suavemente, en un dulce acto de protección al salir entre tanta gente. Sora sonríe y se sonroja al sentirse descubierta cuando la chica se voltea para despedirse con la mano. La despide con timidez, pero se siente ridícula al advertir que el efusivo saludo va dedicado a su pequeña, a la cual tiene que dar un toque para que salude de vuelta. Lo hace con tanto brío que la estudiante abandona el transporte todavía riendo. Aiko regresa al teléfono, hace un par de movimientos más con el dedo y le coloca la pantalla a su madre en la cara.

No era excesivamente complicado ya que para escribir a los digimon se utiliza el silabario katakana, quizá el más sencillo de su idioma. Aún así debe corregir un par de errores en los trazos.

—Escribe tu nombre.

—Es fácil —sonríe la niña confiada.

—Los kanji —dice Sora.

Ríe al ver la expresión de apuro de su nena. Arquea las cejas en un gesto lastimoso. A fin de cuentas recién ha empezado a aprender los silabarios y kanji de pocos trazos.

—Es muy difícil —se frustra y Sora se apiada de ella.

La atrae más hacia sí para de esa forma tener acceso al teléfono y poder hacer los trazos en la pantalla. Toma el dedo de su hija y los hace con él. La cara de la niña es de absoluta concentración mientras repite en voz alta cada trazo. Hasta trece en el primer kanji. El segundo, de solo tres, ya lo hace ella sola. Sonríe a su madre al verlo en pantalla.

Después de un rato entreteniéndose con el teléfono lo guarda y vuelve a rebuscar en el bolso de su madre. Sora, que había quedado un poco adormecida, da un respingo cuando su bebé se revuelve balbuceando con fuerza. Mira hacia donde estira su manita y resopla.

—Era para después de cenar.

La niña ha sacado los dos caramelos que consiguieron de la pediatra. Ha desenvuelto uno y está a punto de llevárselo a la boca pero se ha detenido por las palabras de su madre, no obstante al mirarla sabe que no la va a detener ya. Tiende el otro a su hermanito que apresura a cogerlo del palo. Aplasta el celofán con la otra mano, mientras lo agita. Sora se lo quita llevándose el berrinche de su hijo que queda calmado al sentir el caramelo ya descubierto entrando en su boca. Sostiene el palo con la manita, o cree que lo hace porque es Sora la que lo mantiene.

—¿Qué vamos a cenar mamá? —pregunta la niña, asomando el palo de su boca, mientras balancea las piernas que le cuelgan. El paquete de sus zapatitos queda en su regazo.

Hace repaso mental de lo que hay en la nevera. Nota algo pegajoso en la mejilla y se da cuenta de que es el caramelo de Yuujou que lo ha perdido de su boca mientras miraba los zapatos de un señor. Cuando cree que ya ha visto todo lo interesante que tenía que ver en esos zapatos su mano busca la paleta agarrándola de la parte del caramelo. Se pringa y queda pegado. Sora lo despega y lo devuelve a su boca, mientras lleva la otra mano a buscar por su bolso una toallita. Hace todo mecánicamente mientras su mente sigue divagando por su cocina.

—Pidamos hamburguesas o ramen o…

—Ya comimos ayer. Hoy cocinaremos —corta el intento de su hija.

Tiende a echar mano de comida para llevar más a menudo de lo que le gustaría. Sobre todo cuando está sola con los niños, por ello se ha autoimpuesto que eso no se produzca más de un día a la semana.

—¿Tamagoyaki? —propone la niña.

Sora no lo rechaza de inmediato. Tiene huevos de sobra y es fácil y rápido de preparar, lo que lo hace asequible para las horas tardías a las que va a llegar a casa. Y lo mejor de todo es que los niños lo comen sin problemas, incluso Yuujou que recién empieza a comer variedad y está demostrando que no es tan buen comedor como su hermana. Es una buena opción de cena cuando se siente tan cansada como hoy.

—Está bien —accede, como si el favor fuera para su hija que aprieta los puños dichosa.

—¿Dibujarás a Pyocomon?

Obviamente el tamagoyaki de sus hijos siempre tiene que tener un dibujito con la salsa. Por un momento se arrepiente de haber empezado a hacerlo cuando Aiko era una bebé, pero entonces le parecía divertido, encantador, y era una madre primeriza que pensaba que siempre tendría ganas de hacer dibujos con la salsa sobre el tamagoyaki de su bebé. No es algo que pueda dejar de hacer ya y en realidad, aunque a veces le resulte engorroso, no es algo que quiera dejar de hacer tan pronto. Disfrutar de los ojos entusiasmados de sus hijos al ver algo tan simple es algo de lo que quiere disfrutar mucho más tiempo.

—Si me ayudas a cocinar… —negocia Sora. La niña asiente encantada, otra vez pensando que la victoria es suya.

Una estación más y casi todos los oficinistas ya han desaparecido. Apenas quedan personas en el tren; un chico con cascos escuchando música frente a ellas y un par de oficinistas con sus maletines que por fin pudieron sentarse. La parada de ellas es la siguiente. Aiko manosea su paquete y hace amago de desenvolverlo. Mira a su alrededor y levanta un poco la esquina del papel para ver la caja. Ansiosa, busca a su madre.

—¿Puedo probarme mis zapatitos?, no hay gente ya.

—En casa Ai-chan, nos bajamos en la próxima.

Desilusionada, pero la niña asiente. El bebé vuelve a balbucear con fuerza, tanto que deriva en llanto. Sora lo calma, dándose cuenta de que el caramelo ha desaparecido. Entero, con el palo.

—¿Te lo has tragado? —pregunta apurada.

Estaba convencida de que lo había estado sujetando todo el rato, pero ya no está en su mano. Abre la boca de su hijo e inspecciona. No ve nada atorado pero por si acaso mete los dedos, lo que hace que el bebé se revuelva y llore más. Mira a su alrededor angustiada buscando ayuda. Simplemente no sabe que hacer. No sabe si regresar al hospital o pedir que paren el tren o… se detiene al percatarse de los gestos del chico de enfrente indicándole el cabello. Lentamente se lleva la mano al pelo y ahí nota el caramelo pegado. Agradece con un gesto con la cabeza al joven sintiendo como se sonroja por la vergüenza. El joven vuelve a concentrarse en su música. Un Tsunomon está recostado a su lado.

Mientras sosiega a Yuujou balanceándolo con la pierna, consigue quitarse el caramelo del pelo. Nota como le queda pegajoso y se desespera porque deberá frotarlo a conciencia para limpiarlo, lo que significa que deberá retrasar más su hora de acostarse. Y realmente está agotada. Al ver el caramelo, la mano de Yuujou se estira a él y regresan los balbuceos sin lloros.

—Está lleno de pelos cariño —Sora intenta limpiarlo pero lo único que hace es mancharse los dedos.

—Hermanito, toma.

Yuujou se calma cuando agarra el caramelo de su hermana, al cual ya le queda poquito pero es suficiente para él. Sora sonríe orgullosa de su hija, quiere acariciarle la cabecita pero se contiene porque la pringaría de caramelo.

Lame unos segundos más, pero Yuujou ya se aburre del caramelo y busca recostarse en su madre para dormir. El caramelo regresa a Aiko que lo termina de una vez arrancándolo del palo. Antes de que Yuujou quede dormido, Sora lo acomoda y abrocha el portabebés a su pecho. Se cuelga también el bolso en el hombro. Ya están en su estación.

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—Cariño, venga que se nos va a hacer muy tarde.

Ha anochecido por completo. Apenas están a cien metros de su vivienda, pero parece que no avanzan. Sora tiene que ir a paso increíblemente lento y aún así Aiko siempre está a varios metros por detrás. Se vuelve por enésima vez y esta vez la encuentra ensimismada con el cielo.

—¡Cuantas estrellas mamá!

Sora alza la cabeza. No puede evitar contagiarse del entusiasmo de su hija. Una de las ventajas de alejarse del ajetreo de la ciudad es sin duda esta: el poder contemplar el firmamento en todo su esplendor. Intenta diferenciar alguna constelación del verano pero siempre pensó que no es muy buena para eso. A base de tanabatas junto a su novio el amante de las estrellas aprendió a encontrar a Altair y Vega y obviamente a Deneb porque es la que queda en el triángulo del verano, aunque no tiene implicación romántica alguna en la historia y por tanto al principio no era de su interés. Es capaz también de hallar la estrella polar en la osa menor y una vez que encuentra dicha constelación no le resulta difícil cuadrar la osa mayor cerca de esta. Viendo el cielo tan estrellado se da cuenta de que con un poco de tiempo y empeño lograría encontrar unas cuantas constelaciones más. No es consciente de cuando ha ido adquiriendo estos conocimientos, pero sabe que los ha aprendido con Yamato.

—¿En cual está papá?

Sora sonríe, haciendo un gesto a Aiko para que corra a su lado. Hoy se ve el río estrellado de la vía láctea. Quedan pocos días para que las grullas hagan un puente que permita a los amantes verse. Está segura de que no lloverá.

Cuando Aiko alcanza a su madre, esta pasa la mano por su hombro para invitarla a caminar. Mantienen la vista en las estrellas.

—En la que sea necesario, cariño.

—¿Y cuando volverá?, quiero enseñarle mis zapatitos nuevos.

No es un tono en especial triste. Sora lo siente más demandante que triste.

No sabe que responder. No es como si de normal no supiera cuando regresa su esposo, así es cuando se trata de misiones programadas. No obstante, su esposo está en un programa especial de defensa y por ello, a veces, simplemente debe partir sin saber cuando regresará. Es posible que tarde incluso meses o es posible que esté de vuelta prácticamente el mismo día. Lleva casi dos semanas fuera esta vez.

Podría llegar a anticiparse a su regreso gracias a su aplicación de entradas y salidas de su nave, pero no es como si la utilizara especialmente. Quizá al principio, hasta que descubrió que lejos de tranquilizarla le producía más inquietud. Siempre prefirió esperar la llamada de Yamato. Llamada de un número conocido para ella: el teléfono de la Tierra. Ese al cual lleva comunicándose más de veinte años. A veces, ocurría que Piyomon la contactaba para avisar de la llegada antes incluso. Había adquirido el hábito de acompañar a Gabumon en su periodo de recuperación en el Digimundo. Era una forma tácita de dar intimidad a su compañera con Yamato. Con su familia.

Pero para que todo eso suceda, primero deben regresar.

—Cuando haya terminado su trabajo.

—¿Y cuando será eso?

El tono va perdiendo fuerza y exigencia aunque no llega a la tristeza ni al reclamo desesperado. Su hija entiende que su padre siempre regresa y eso es una tranquilidad para Sora.

«Ojalá lo supiera», quiere responder, pero obviamente no lo hace. Porque eso sería responder como mujer, incluso como esposa y ella ahora es madre y debe actuar como madre para que su hija pueda seguir confiando en su padre. Sonríe.

—Como no nos demos prisa no podrás probarte tus zapatitos.

La niña mira su paquete y a su mamá y sintiendo trágica la situación corre en dirección a casa. Sora, apurada por tan repentina carrera, le pide que vaya más despacio.

En ningún momento la perdió de vista, aunque cuando se reúne con ella ya está esperando en la puerta. Aiko le azuza para que abra, pero Sora mira a la casa antes de hacerlo. No hay luz y el jardín se escucha silencioso. No lo valoró en el momento pero creyó que el perrito había quedado en el jardín. Supone que estará dormido en su caseta aunque es extraño que no venga a saludar. Quizá quedó dentro de la casa y no lo recuerda.

Entran y la niña se precipita a quitarse los zapatos antes incluso de encender la luz. Ya se está abrochando los nuevos cuando Sora la prende. Lo primero que le llama la atención es ver grandes zapatos donde deberían estar los de su hija. Los de ella están obviamente, pero quedan desapercibidos tirados de malas maneras junto a esos mayores que sí están bien colocados. Son de Yamato. El perro, ahora sí, se acerca a lametear a Aiko y a recibir una caricia de Sora. La niña le enseña los zapatos como si pudiera dar su aprobación. Viene en forma de olfateo y un par de lametones.

Sora desabrocha el portabebés mientras intenta pensar si quedaron ahí esos zapatos. Le resulta extraño que lleven dos semanas y no le hayan llamado la atención hasta ahora. Ya ha sacado a Yuujou del portabebés cuando Aiko aparece con el perrito detrás.

—Está papá —Su tono es emocionado, pero curiosamente muy bajito. Se lleva el dedo a los labios—, pero no hagas ruido porque está dormidito.

Deja al bebé, se descalza y vuelve a tomar al pequeño que ahora está en un profundo sueño.

—¿Te has lavado las manos?

La niña resopla con nerviosismo porque quiere volver a donde su papá, pero obedece a su madre y entra primero al aseo de la entrada. Se sube a la banqueta que hace posible que llegue al grifo y la palangana.

—Y haz gárgaras también —recuerda Sora las normas de higiene. Se oye un sonido quejumbroso de la niña, pero Sora sonríe al escuchar después las gárgaras.

Se adentra con Yuujou en brazos y entonces nota el resplandor de la pantalla de la televisión. Ilumina un poco la habitación, lo justo para ver las piernas de Yamato sobresalir de la mesa. Las tiene desnudas por lo que Sora deduce que ya se habrá dado su baño y se habrá colocado las bermudas que utiliza en verano para estar cómodo en casa.

Deja el niño en su cojín y vuelve la cabeza hacia la cocina. Ha notado olor a comida y eso le extraña. Le extraña que no haya luz pero la cena esté preparada. Entra en la cocina y ríe al ver varios tamagoyaki sobre la encimera. Los platos están tapados con un film para que se mantengan calientes y sin bichos y el bote de salsa está colocado al lado. No hay dibujo aún. Aprovecha para lavarse las manos antes de regresar al salón, frotando con esmero sus dedos pegajosos. Recuerda que debe bañar a su bebé lo antes posible y también lavarse el pelo. Decide que lo mejor será tomar un baño juntos antes de la cena, antes incluso de despertar a Yamato. Mientras, escucha de fondo a su hija corretear con sus zapatos nuevos y piensa que ya está sobrepasando el tiempo estipulado de prueba en la casa.

Debería quitárselos y guardarlos o estropeará el tatami, pero al regresar al salón le es imposible exteriorizar su reprimenda. También olvida sus recientes planes de aseo a su bebé y a ella misma, porque la estampa que encuentra simplemente le hace olvidar toda la marabunta de pensamientos que la invaden a lo largo del día. Su hija mayor está sentada frente a su padre, admirándolo de una manera que hace que le invada una absoluta ternura, una descomunal emoción que eclipsa hasta el más nimio de sus pensamientos ordinarios. Se siente orgullosa de esa devoción. La siente propia. Contemplaría esa escena durante todas las horas de su vida y todavía seguiría sin ser capaz de explicar el sentimiento que desborda su pecho.

Tuerce la cabeza para cambiar de ángulo y poder ver el rostro de su esposo. Sonríe maravillada. Yamato está tumbado en el tatami, como Aiko describió, dormidito. Tan dormidito que podría confundir su cara con la angelical expresión que revela al dormir la misma Aiko.

Lentamente sus pensamientos vuelven a fluir, a encajar las piezas que componen tal escena. Supone que habrá regresado todavía con luz natural y que quedó dormido antes de que anocheciera por eso ninguna luz estaba prendida. Supone también, porque lo conoce, que no avisó porque a veces le gusta sorprender a su familia, sobre todo cuando son misiones de improvisto. Supone que al encontrar la casa vacía quiso que esa sorpresa conllevara la cena, pero que estaba demasiado cansado para cocinar algo demasiado elaborado. Y supone también, por la postura en la que duerme, por la televisión prendida sin apenas voz y por el juguete del perro cerca de donde descansa su mano, que intentó mantenerse despierto todo lo posible, pero que finalmente sucumbió.

Se acerca a él. Aiko la observa manteniendo la prudencial distancia. Le da pena despertarlo pero si sigue dormido con el brazo bajo la cabeza en esa postura tan incómoda sabe que al día siguiente se encontrará dolorido. Además, acaba de regresar de una misión del espacio y aunque los tiempos de recuperación son menores gracias a las ventajas de viajar entre digipuertas espaciales, su cuerpo debe amoldarse de nuevo a estar en casa. Otra conveniencia de vivir alejados del bullicio departamental de los distritos más céntricos y concurridos de Tokyo eran los metros conseguidos. Habían podido adecuar una estancia con los equipos necesarios para la recuperación de masa muscular que Yamato demandaba tras largas misiones en el espacio. De esa forma podía disfrutar tranquilamente en casa y con su familia del periodo de convalecencia. No era el caso esta vez, no necesitaría demasiada recuperación, pero para Sora su cuerpo siempre debía ser tratado con mimo al regresar, incluso si se trataba del viaje más insignificante. Ella siempre lo encontraba delgado, debilitado, necesitado de cuidados.

Se sienta sobre las rodillas a la altura de su cabeza y le acaricia dulcemente el cabello. Lo hace en un par de ocasiones hasta que escucha un leve gemido, entonces se detiene y observa como mueve la cabeza. Como abre los ojos lentamente para regalarle la más conmovedora sonrisa. Da la impresión de que él sigue en una ensoñación, pero es lo suficiente real para devolver la sonrisa y estirar la mano al cabello de su esposa.

Sus dedos quedan enganchados entre el pringue del caramelo pero él no lo aprecia. Él aprecia algo mucho más importante.

—Estoy en casa.

Y Sora ríe, sus ojos brillan, y cruza la vía láctea sin necesidad de puente de grullas.

—Bienvenido.

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