El sol estaba tan oculto entre las nubes que no había forma de decir si se había puesto o no. Me encontraba bastante desorientada después de un vuelo tan largo, como si fuéramos hacia el oeste, a la caza del sol, que a pesar de todo parecía inmóvil en el cielo; por extraño que pudiera parecer, el tiempo estaba inestable. Me tomó por sorpresa el momento en que el bosque cedió paso a los primeros edificios, señal de que ya estábamos cerca de casa.

—Llevas mucho tiempo callada —observó Regina—. ¿Te has mareado en el avión?

—No, me encuentro bien.

—¿Te ha entristecido la despedida?

—Creo que estoy más aliviada que triste.

Alzó una ceja. Sabía que era inútil e innecesario, por mucho que odiara admitirlo, pedirle que mantuviera los ojos fijos en la carretera.

—Mary Margaret es bastante más… perceptiva que David en muchos sentidos. Me estaba poniendo nerviosa.

Regina se rió.

—Tu madre tiene una mente muy interesante: casi infantil, pero muy perspicaz. Ve las cosas de modo diferente a los demás.

Perspicaz. Era una buena definición de mi madre, al menos cuando prestaba atención a las cosas. La mayor parte del tiempo Mary Margaret estaba tan apabullada por lo que sucedía en su propia vida que apenas se daba cuenta de mucho más, pero este fin de semana me había dedicado toda su atención.

Phil estaba ocupado, ya que el equipo de béisbol del instituto que entrenaba había llegado a las rondas finales y el estar a solas con Regina y conmigo había intensificado el interés de Mary Margaret. Comenzó a observar tan pronto como nos abrazó y se pasaron los grititos de alegría; y mientras observaba, sus grandes ojos esmeralda primero habían mostrado perplejidad, y luego interés.

Esa mañana nos habíamos ido a dar un paseo por la playa. Quería enseñarme todas las cosas bonitas del lugar donde se encontraba su nuevo hogar, aún con la esperanza de que el sol consiguiera atraerme fuera de Forks. También quería hablar conmigo a solas y esto le facilitaba las cosas. Regina se había inventado un trabajo del instituto para tener una excusa que le permitiera quedarse dentro de la casa durante el día.

Reviví la conversación en mi mente…

Mary Margaret y yo deambulamos por la acera, procurando mantenernos al amparo de las sombras de las escasas palmeras. Aunque era temprano el calor resultaba abrasador. El aire estaba tan impregnado de humedad que el simple hecho de inspirar y exhalar el aire estaba suponiendo un esfuerzo para mis pulmones.

—¿Emma? —me preguntó mi madre, mirando a lo lejos, sobre la arena, a las olas que rompían suavemente mientras hablaba.

—¿Qué pasa, mamá?

Ella suspiró al tiempo que evitaba mi mirada.

—Me preocupa…

—¿Qué es lo que va mal? —pregunté, repentinamente ansiosa—. ¿En qué puedo ayudarte?

—No soy yo —sacudió la cabeza—. Me preocupáis tú… y Regina.

Mary Margaret me miró por fin, con una expresión de disculpa en el rostro.

—Oh —susurré, fijando los ojos en una pareja que corría y que nos sobrepasó en ese momento, empapados en sudor.

—Vais mucho más en serio de lo que pensaba —continuó ella.

Fruncí el ceño, revisando con rapidez en mi mente los dos últimos días. Regina y yo apenas nos habíamos tocado, al menos delante de ella. Me pregunté si Mary Margaret también me iba soltar un sermón sobre la responsabilidad. No me importaba que fuera del mismo modo que con David, porque no me avergonzaba hablar del tema con mi madre. Después de todo, había sido yo la que le había soltado a ella el mismo sermón una y otra vez durante los últimos diez años.

—Hay algo… extraño en cómo estáis juntas —murmuró ella, con la frente fruncida sobre sus ojos preocupados—. Te mira de una manera… tan… protectora. Es como si estuviera dispuesta a interponerse delante de una bala para salvarte o algo parecido.

Me reí, aunque aún no me sentía capaz de enfrentarme a su mirada.

—¿Y eso es algo malo?

—No —ella volvió a fruncir el ceño mientras luchaba para encontrar las palabras apropiadas—. Simplemente es diferente. Ella siente algo muy intenso por ti… y muy delicado. Me da la impresión de no comprender del todo vuestra relación. Es como si me perdiera algún secreto.

—Creo que estás imaginando cosas, mamá —respondí con rapidez, luchando por hablarle con total naturalidad a pesar de que se me había revuelto el estómago. Había olvidado cuántas cosas era capaz de ver mi madre. Había algo en su comprensión sencilla del mundo que prescindía de todo lo accesorio para ir directa a la verdad. Antes, esto no había sido nunca un problema.

Hasta ahora, no había existido jamás un secreto que no pudiera contarle.

—Y no es sólo ella—apretó los labios en un ademán defensivo—. Me gustaría que vieras la manera en que te mueves a su alrededor.

—¿Qué quieres decir?

—La manera en que andas, como si ella fuera el centro del mundo para ti y ni siquiera te dieras cuenta. Cuando ella se desplaza, aunque sea sólo un poco, tú ajustas automáticamente tu posición a la suya. Es como si fuerais imanes, o la fuerza de la gravedad. Eres su satélite… o algo así. Nunca había visto nada igual.

Cerró la boca y miró hacia el suelo.

—No me lo digas —le contesté en broma, forzando una sonrisa—. Estás leyendo novelas de misterio otra vez, ¿a que sí? ¿O es ciencia-ficción esta vez?

Mary Margaret enrojeció adquiriendo un delicado color rosado.

—Eso no tiene nada que ver.

—¿Has encontrado algún título bueno?

—Bueno, sí, había uno, pero eso no importa ahora. En realidad, estamos hablando de ti.

—No deberías salirte de la novela romántica, mamá. Ya sabes que enseguida te pones a flipar.

Las comisuras de sus labios se elevaron.

—Estoy diciendo tonterías, ¿verdad?

No pude contestarle durante menos de un segundo. Mary Margaret era tan influenciable. Algunas veces eso estaba bien, porque no todas sus ideas eran prácticas, pero me dolía ver lo rápidamente que se había visto arrastrada por mi contemporización, sobre todo teniendo en cuenta que esta vez tenía más razón que un santo.

Levantó la mirada y yo controlé mi expresión.

—Quizá no sean tonterías, tal vez sea porque soy madre —se echó a reír e hizo un gesto que abarcaba las arenas blancas y el agua azul—. ¿Y todo esto no basta para conseguir que vuelvas con la tonta de tu madre?

Me pasé la mano con dramatismo por la frente y después fingí retorcerme el pelo para escurrir el sudor.

—Terminas acostumbrándote a la humedad —me prometió.

—También a la lluvia —contraataqué.

Me dio un codazo juguetón y me cogió la mano mientras regresábamos a su coche.

Dejando a un lado su preocupación por mí, parecía bastante feliz. Contenta. Todavía miraba a Phil con ojos enamorados y eso me consolaba. Seguramente su vida era plena y satisfactoria. Seguramente no me echaba tanto de menos, incluso ahora…

Los dedos helados de Regina se deslizaron por mi mejilla. Le devolví la mirada, parpadeando de vuelta al presente. Se inclinó sobre mí y me besó la frente.

—Hemos llegado a casa, Bella Durmiente. Hora de despertarse.

Nos habíamos parado delante de la casa de David, que había aparcado el coche patrulla en la entrada y mantenía encendida la luz del porche. Mientras observaba la entrada, vi cómo se alzaba la cortina en la ventana del salón, proyectando una línea de luz amarilla sobre el oscuro césped

Suspiré. Sin duda, David estaba esperando para abalanzarse sobre mí .

Regina debía de estar pensando lo mismo, porque su expresión se había vuelto rígida y sus ojos parecían lejanos cuando me abrió la puerta.

—¿Pinta mal la cosa?

—David no se va a poner difícil —me prometió Regina con voz neutra, sin mostrar el más ligero atisbo de humor—. Te ha echado de menos.

Entorné los ojos, llenos de dudas. Si ése era el caso, ¿por qué Regina estaba en tensión, como si se aproximara una batalla?

Mi bolsa era pequeña, pero ella insistió en llevarla hasta dentro. Papá nos abrió la puerta.

—¡Bienvenida a casa, hija! —gritó David como si realmente lo pensara—. ¿Qué tal te ha ido por Jacksonville?

—Húmedo. Y lleno de bichos.

—¿Y no te ha vendido Mary Margaret las excelencias de la Universidad de Florida?

—Lo ha intentado, pero francamente, prefiero beber agua antes que respirarla.

Los ojos de David se deslizaron de hito en hito hacia Regina.

—¿Te lo has pasado bien?

—Sí —contestó con voz serena—. Mary Margaret ha sido muy hospitalaria.

—Esto…, hum, vale. Me alegro de que te divirtieras —David apartó la mirada de Regina y me abrazó de forma inesperada.

—Impresionante —le susurré al oído.

Rompió a reír con una risa sorda.

—Realmente te he echado de menos, Emma. Cuando no estás, la comida es asquerosa.

—Ahora lo pillo —le contesté mientras soltaba su abrazo.

—¿Podrías llamar a Graham lo primero de todo? Lleva fastidiándome cada cinco minutos desde las seis de la mañana. Le he prometido que haría que le llamaras antes de que te pusieras a deshacer la maleta.

No tuve que mirar a Regina para advertir la rigidez de su postura o la frialdad de su expresión. Así que ésta era la causa de su tensión.

—¿Graham desea hablar conmigo?

—Con toda su alma, diría yo. No ha querido decirme de qué iba la cosa, sólo me ha dicho que es importante.

El teléfono volvió a sonar, estridente y acuciante.

—Será él otra vez, me apuesto la próxima paga —murmuró David.

—Ya lo cojo yo —dije mientras me apresuraba hacia la cocina.

Regina me siguió mientras David desaparecía en el salón.

Agarré el auricular en mitad de un pitido y me volví para permanecer de cara a la pared.

—¿Diga?

—Has regresado —dijo Graham.

Su áspera voz familiar me hizo sentir una intensa añoranza. Mil recuerdos asaltaron mi mente, mezclándose entre sí: una playa rocosa sembrada de maderas que flotaban a la deriva, un garaje fabricado con plásticos, refrescos calientes en una bolsa de papel, una habitación diminuta con un raído canapé, igualmente pequeño. El júbilo brillando en sus grises ojos hundidos, el calor febril de su mano grande en torno a la mía, el relampagueo de sus dientes blancos contra su piel oscura, su rostro distendiéndose en esa amplia sonrisa que había sido siempre como la llave de una puerta secreta, donde sólo tienen acceso los espíritus afines.

Sentí una especie de anhelo por la persona y el lugar que me habían protegido a lo largo de mi noche más oscura.

Me aclaré el nudo que tenía en la garganta.

—Sí —contesté.

—¿Por qué no me has llamado? —exigió Graham.

Su tono malhumorado me enfadó al instante.

—Porque llevo en casa exactamente cuatro segundos y tu llamada interrumpió el momento en que David me estaba diciendo que habías telefoneado.

—Oh. Lo siento.

—Ya. Y dime, ¿por qué agobias a mi padre?

—Necesito hablar contigo.

—Seguro, pero eso ya lo tengo claro. Sigue.

Hubo una corta pausa.

—¿Vas a ir a clase mañana?

Torcí el gesto, incapaz de ver adonde quería ir a parar.

—Claro que iré, ¿por qué no iba a hacerlo?

—Ni idea. Sólo era curiosidad.

Otra pausa.

—¿Y de qué quieres hablar, Graham?

Él dudó.

—Supongo que de nada especial. Sólo… quería oír tu voz.

—Sí…, lo entiendo… Me alegra tanto que me hayas llamado, Graham. Yo… —pero no sabía qué más decir. Me gustaría haberle dicho que me iba de camino a La Push en ese momento, pero no podía.

—He de irme —soltó de pronto.

—¿Qué?

—Te llamaré pronto, ¿vale?

—Pero Graham…

Ya había colgado. Escuché el tono de escucha con incredulidad.

—Qué cortante —murmuré.

—¿Va todo bien? —preguntó Regina con voz baja y cautelosa.

Me volví lentamente para encararla. Su expresión era totalmente tranquila e inescrutable.

—No lo sé. Me pregunto de qué va esto —no tenía sentido que Graham hubiera estado incordiando a David todo el día sólo para preguntarme si iba a ir a la escuela. Y si quería escuchar mi voz, ¿por qué había colgado tan pronto?

—Tú tienes más probabilidades de acertar en esto que yo —comentó Regina, con la sombra de una sonrisa tirando de la comisura de su labio.

—Aja —susurré. Era cierto. Conocía a Graham a fondo. Seguro que sus razones no serían tan complicadas de entender.

Con mis pensamientos a kilómetros de distancia como a unos veintitrés kilómetros siguiendo la carretera hacia La Push, comencé a reunir los ingredientes necesarios en el frigorífico para prepararle la cena a David. Regina se retrepó contra la encimera y yo era apenas consciente de cómo clavaba los ojos en mi rostro, pero estaba demasiado inquieta para preocuparme también por lo que pudiera ver en ellos.

Lo del instituto tenía pinta de ser la clave del asunto. Eso era en realidad lo único que Graham había preguntado. Y él debía de estar buscando una respuesta a algo, o no habría molestado a David de forma tan persistente.

Sin embargo, ¿por qué le iba a preocupar mi asistencia a clase? Intenté abordar el tema de una manera lógica. Así que, si yo hubiera faltado al día siguiente al instituto, ¿qué problema hubiera supuesto eso desde el punto de vista de Graham? David se había mostrado molesto porque yo perdiera un día de clase tan cerca de los finales, pero le había convencido de que un viernes no iba a suponer un estorbo en mis estudios. A Graham eso le daba exactamente igual. Mi cerebro no parecía estar dispuesto a colaborar con ninguna aportación especialmente brillante. Quizás era que pasaba por alto alguna pieza vital de información.

¿Qué podría haber ocurrido en los últimos tres días que fuera tan importante como para que Graham interrumpiera su negativa a contestar a mis llamadas y le hiciera ponerse en contacto conmigo? ¿Qué diferencia habían supuesto esos tres días?

Me quedé helada en mitad de la cocina. El paquete de hamburguesas congeladas que llevaba se deslizó entre mis manos aturdidas. Tardé un largo segundo en evitar el golpe que se hubieran dado contra el suelo.

Regina lo cogió y lo arrojó a la encimera. Sus brazos me rodearon rápidamente y pegó los labios a mi oído.

—¿Qué es lo que va mal?

Sacudí la cabeza, aturdida.

Tres días podrían cambiarlo todo.

¿No había estado yo pensando acerca de la imposibilidad de acudir al instituto por no poder estar cerca de la gente después de haber atravesado los dolorosos tres días de la conversión? Esos tres días me liberarían de la mortalidad, de modo que podría compartir la eternidad con Regina, una conversión que me haría prisionera definitivamente de mi propia sed.

¿Le había dicho David a Marco que había desaparecido durante tres días? ¿Había Marco llegado por sí mismo a la conclusión evidente? ¿Lo que me había estado preguntando Graham realmente era si todavía continuaba siendo humana? ¿Estaba asegurándose, en realidad, de que el tratado con los hombres lobo no se hubiera roto, y de que ninguno de los Mills se hubiera atrevido a morder a un humano…? Morder, no matar…

Pero ¿es que él creía honradamente que yo volvería a casa si ése fuera el caso?

Regina me sacudió.

—¿Emma? —me preguntó, ahora llena de auténtica ansiedad.

—Creo… creo que simplemente estaba haciendo una comprobación —mascullé entre dientes—. Quería asegurarse de que sigo siendo humana, a eso se refería.

Regina se puso rígida y un siseo ronco resonó en mi oído.

—Tendremos que irnos —susurré—. Antes. De ese modo no se romperá el tratado. Y nunca más podremos regresar.

Sus brazos se endurecieron a mi alrededor.

—Ya lo sé.

—Ejem —David se aclaró la garganta ruidosamente a nuestras espaldas.

Yo pegué un salto y después me liberé de los brazos de Regina, enrojeciendo. Regina se reclinó contra la encimera. Tenía los ojos entornados y pude ver reflejada en ellos la preocupación y la ira.

—Si no quieres hacer la cena, puedo llamar y pedir una pizza —insinuó David.

—No, está bien, ya he empezado.

—Vale —comentó él. Se acomodó contra el marco de la puerta con los brazos cruzados.

Suspiré y me puse a trabajar, intentando ignorar a mi audiencia.

—Si te pido que hagas algo, ¿confiarás en mí? —me preguntó Regina, con un deje afilado en su voz aterciopelada.

Casi habíamos llegado al instituto. Ella había estado relajada y bromeando hasta hacía apenas un momento; ahora, de pronto, tenía las manos aferradas al volante e intentaba controlar la fuerza para no romperlo en pedazos.

Clavé la mirada en su expresión llena de ansiedad, con los ojos distantes como si escuchara voces lejanas.

Mi pulso se desbocó en respuesta a su tensión, pero contesté con cuidado.

—Eso depende.

Metió el coche en el aparcamiento del instituto.

—Ya me temía que dirías eso.

—¿Qué deseas que haga, Regina?

—Quiero que te quedes en el coche —aparcó en su sitio habitual y apagó el motor mientras hablaba—. Quiero que esperes aquí hasta que regrese a por ti.

—Pero ¿por qué?

Fue entonces cuando le vi. Habría sido difícil no distinguirle sobresaliendo como lo hacía sobre el resto de los estudiantes, incluso aunque no hubiera estado reclinado contra su moto negra, aparcada de forma ilegal en la acera.

—Oh.

El rostro de Graham era la máscara tranquila que yo conocía tan bien. Era la cara que solía poner cuando estaba decidido a mantener sus emociones bajo control. Le hacía parecerse a Sam, el mayor de los licántropos, el líder de la manada de los quileute, pero Graham nunca podría imitar la serenidad perfecta de Sam.

Había olvidado cuánto me molestaba ese rostro. Había llegado a conocer a Sam bastante bien antes de que regresaran los Mills, incluso me gustaba, aunque nunca conseguía sacudirme el resentimiento que experimentaba cuando Graham imitaba la expresión de Sam. No era mi Graham cuando la llevaba puesta. Era la cara de un extraño.

—Anoche te precipitaste en llegar a una conclusión equivocada —murmuró Regina—. Te preguntó por el instituto porque sabía que yo estaría donde tú estuvieras. Buscaba un lugar seguro para hablar conmigo. Un escenario con testigos.

Así que yo había malinterpretado las razones de Graham para llamarme. El problema radicaba en la información faltante, por ejemplo por qué demonios querría Grahan hablar con Regina.

—No me voy a quedar en el coche —repuse.

Regina gruñó bajo.

—Claro que no. Bien, acabemos con esto de una vez.

El rostro de Graham se endureció conforme avanzábamos hacia él, con las manos unidas.

Noté también otros rostros, los de mis compañeros de clase. Me di cuenta de cómo sus ojos se dilataban al posarse sobre los dos metros del corpachón de Graham, cuya complexión musculosa era impropia de un chico de poco más de diecisiete años. Vi cómo aquellos ojos recorrían su ajustada camiseta negra de manga corta aunque el día era frío a pesar de la estación, sus vaqueros rasgados y manchados de grasa y la moto lacada en negro sobre la que se apoyaba. Las miradas no se detenían en su rostro, ya que había algo en su expresión que les hacía retirarlas con rapidez. También constaté la distancia que mantenían con él, una burbuja de espacio que nadie se atrevía a cruzar.

Con cierta sorpresa, me di cuenta de que Graham les parecía peligroso. Qué raro.

Regina se detuvo a unos cuantos metros de Graham. Tenía bien claro lo incómodo que le resultaba tenerme tan cerca de un licántropo. Retrasó ligeramente la mano y me echó hacia atrás para ocultarme a medias con su cuerpo.

—Podrías habernos llamado —comenzó Regina con una voz dura como el acero.

—Lo siento —contestó Graham, torciendo el gesto con desprecio—. No tengo sanguijuelas en mi agenda.

—También podríamos haber hablado cerca de casa de Emma —la mandíbula de Graham se contrajo y frunció el ceño sin contestar—. Éste no es el sitio apropiado, Graham. ¿Podríamos discutirlo luego?

—Vale, vale. Me pasaré por tu cripta cuando terminen las clases —bufó Graham—. ¿Qué tiene de malo hablar ahora?

Regina miró alrededor con intención y posó la mirada en aquellos testigos que se hallaban a distancia suficiente como para escuchar la conversación. Unos pocos remoloneaban en la acera con los ojos brillantes de expectación, exactamente igual que si esperasen una pelea que aliviara el tedio de otro lunes por la mañana. Vi cómo August le daba un ligero codazo a Austin Marks y ambos interrumpían su camino hacia el aula.

—Ya sé lo que has venido a decir —le recordó Regina a Graham en una voz tan baja que apenas pude oírla—-. Mensaje entregado. Considéranos advertidos.

Regina me miró durante un fugaz segundo con ojos preocupados.

—¿Avisados? —le pregunté sin comprender—. ¿De qué estás hablando?

—¿No se lo has dicho a ella? —Inquirió Graham, con los ojos dilatados por la sorpresa—. ¿Qué?, ¿acaso temes que se ponga de nuestra parte?

—Por favor, déjalo ya, Graham —intervino Regina, con voz calmada.

—¿Por qué? —la desafió Graham.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Qué es lo que no sé, Regina?

Ella se limitó a seguir mirando a Graham como si no me hubiera escuchado.

—¿Graham?

Graham alzó una ceja en mi dirección.

—¿No te ha dicho que ese… hermano gigante que tiene cruzó la línea el sábado por la noche? —preguntó, con un tono lleno de sarcasmo. Entonces, fijó la vista en Regina—. Paul estaba totalmente en su derecho de…

—¡Era tierra de nadie! —masculló Regina.

—¡No es así!

Graham estaba claramente echando humo. Le temblaban las manos. Sacudió la cabeza, e hizo dos inspiraciones profundas de aire.

—¿Killian y Paul? —susurré. Paul era el camarada más inestable de la manada de Graham. Él fue quien perdió el control aquel día en el bosque y el recuerdo de ese lobo gris gruñendo revivió repentinamente en mi mente—. ¿Qué pasó? ¿Es que se han enfrentado? —Mi voz se alzó con una nota de pánico—. ¿Por qué? ¿Está herido Paul?

—No hubo lucha —aclaró Regina con tranquilidad, sólo para mí—. Nadie salió herido. No te inquietes.

Graham nos miraba con gesto de incredulidad.

—No le has contado nada en absoluto, ¿a que no? ¿Ése es el modo en que la mantienes apartada? Por eso ella no sabe…

—Vete ya —Regina lo cortó a mitad de la frase y su rostro se volvió de repente amedrentador, realmente terrorífico. Durante un segundo pareció una… una vampira furiosa. Miró a Graham con una aversión abierta y sanguinaria.

Graham enarcó las cejas, pero no hizo ningún otro movimiento.

—¿Por qué no se lo has dicho?

Se enfrentaron el uno al otro en silencio durante un buen rato comenzaron a reunirse más estudiantes con August y Austin. Vi a Neal al lado de Ben, y el primero tenía una mano apoyada en el hombro de Ben, como si estuviera reteniéndole.

En aquel silencio mortal, todos los detalles encajaron súbitamente en un ramalazo de intuición. Algo que Regina no quería que supiera. Algo que Graham no me hubiera ocultado. Algo que había hecho que los Mills y los licántropos anduvieran juntos por los bosques en una proximidad peligrosa.

Algo que había hecho que Regina insistiera en que cruzara el país en avión.

Algo que Ruby había visto en una visión la semana pasada, una visión sobre la que Regina me había mentido. Algo que yo había estado esperando de todos modos. Algo que yo sabía que volvería a ocurrir, aunque deseara con todas mis fuerzas que no fuera así. ¿Es que nunca jamás se iba a terminar?

Escuché el rápido jadeo entrecortado del aire saliendo entre mis labios, pero no pude evitarlo. Parecía como si el edificio del instituto temblara, como si hubiera un terremoto, pero yo sabía que era sólo mi propio temblor el que causaba la ilusión.

—Ella ha vuelto a por mí —resollé con voz estrangulada.

Mérida nunca iba a rendirse hasta que yo estuviera muerta. Repetiría el mismo patrón una y otra vez fintar y escapar, fintar y escapar hasta que encontrara una brecha entre mis defensores.

Quizá tuviera suerte. Quizá los Vulturis vinieran primero a por mí, ya que ellos me matarían más rápido, por lo menos.

Regina me apretó contra su costado, posicionando su cuerpo de modo que ella seguía estando entre Graham y yo, y me acarició la cara con manos ansiosas.

—No pasa nada —me susurró—. No pasa nada. Nunca dejaré que se te acerque, no pasa nada.

Luego, se volvió y miró a Graham.

—¿Contesta esto a tu pregunta ?

—¿No crees que Emma tiene derecho a saberlo? —La retó Graham—. Es su vida.

Regina mantuvo su voz muy baja. Incluso August, que intentaba acercarse paso a paso, fue incapaz de oírle.

—¿Por qué debe tener miedo si nunca ha estado en peligro?

—Mejor asustada que ignorante.

Intenté recobrar la compostura, pero mis ojos estaban anegados de lágrimas. Podía imaginarla detrás de mis párpados, podía ver el rostro de Mérida, sus labios retraídos sobre los dientes, sus ojos carmesíes brillando con la obsesión de la venganza; ella responsabilizaba a Regina de la muerte de su amor, James, y no pararía hasta quitarle a ella también el suyo.

Regina restañó las lágrimas de mi mejilla con las yemas de los dedos.

—¿Realmente crees que herirla es mejor que protegerla? —murmuró.

—Ella es más fuerte de lo que crees —repuso Graham—. Y lo ha pasado bastante peor.

De repente el rostro de Graham cambió y fijó la mirada en Regina una expresión extraña, calculadora. Entornó los ojos como si estuviera intentando resolver un difícil problema de matemáticas en su mente.

Sentí que Regina se encogía. Alcé los ojos para verle las facciones, que se crisparon con un sentimiento que sólo podía ser dolor. Por un momento espantoso, recordé una tarde en Italia, en aquella macabra habitación de la torre de los Vulturis, donde Marian había torturado a Regina con aquel maligno don que poseía, quemándola simplemente con el poder de su mente…

El recuerdo me ayudó a recuperarme de mi inminente ataque de histeria y puso las cosas en perspectiva, ya que prefería que Mérida me matase cien veces antes que verla sufrir de ese modo otra vez.

—Qué divertido —comentó Graham, carcajeándose mientras observaba el rostro de Regina…

… que hizo otro gesto de dolor, pero consiguió suavizar su expresión con un pequeño esfuerzo, aunque no podía ocultar la agonía de sus ojos.

Miré fijamente, con los ojos bien abiertos, primero la mueca de Regina y luego el aire despectivo de Graham.

—¿Qué le estás haciendo? —inquirí.

—No es nada, Emma —me aseguró Regina en voz baja—. Sólo que Graham tiene muy buena memoria, eso es todo.

El aludido esbozó una gran sonrisa y Regina se estremeció de nuevo.

—¡Para ya! Sea lo que sea que estés haciendo.

—Vale, si tú quieres —Graham se encogió de hombros—. Aunque es culpa suya si no le gustan mis recuerdos.

Lo miré fijamente y él me devolvió una sonrisa despiadada, como un chiquillo pillado en falta haciendo algo que sabe que no debe hacer por alguien que sabe que no le castigará.

—El director viene de camino a echar a los merodeadores de la propiedad del instituto —me murmuró Regina—. Vete a clase de Lengua, Emma, no quiero que te veas implicada.

—Es un poco sobreprotectora, ¿a que sí? —comentó Graham, dirigiéndose sólo a mí—. Algo de agitación hace que la vida sea divertida. Déjame adivinar, ¿a que no tienes permiso para divertirte?

Regina lo fulminó con la mirada y sus labios se retrajeron levemente sobre sus dientes.

—Cierra el pico, Graham —le dije.

Él se echó a reír.

—Eso suena a negativa. Oye, si alguna vez quieres volver a vivir la vida, ven a verme. Todavía tengo tu moto en mi garaje.

Esta noticia me distrajo.

—Se supone que deberías haberla vendido. Le prometiste a David que lo harías.

Le supliqué a mi padre que se vendiera en atención a Graham. Después de todo, él había invertido semanas de trabajo en ambas motos y merecía algún tipo de compensación, ya que si hubiera sido por David, habría tirado la moto a un contenedor. Y probablemente después le habría prendido fuego.

—Ah, sí, claro. Como si yo pudiera hacer eso. Es tuya, no mía. De cualquier modo, la conservaré hasta que quieras que te la devuelva.

Un pequeño atisbo de la sonrisa que yo recordaba jugueteó con ligereza en las comisuras de sus labios.

—Graham…

Se inclinó hacia delante, con el rostro de repente lleno de interés, sin apenas sarcasmo.

—Creo que lo he estado haciendo mal hasta ahora, ya sabes, acerca de no volver a vernos como amigos. Quizá podríamos apañarnos, al menos por mi parte. Ven a visitarme algún día.

Me sentía plenamente consciente de Regina, con sus brazos todavía en torno a mi cuerpo, protegiéndome, e inmóvil como una piedra. Le lancé una mirada al rostro, que aún seguía tranquilo, paciente.

—Esto, yo… no sé, Graham.

Graham abandonó su fachada hostil por completo. Era casi como si hubiera olvidado que Regina estaba allí, o al menos como estuviera decidido a actuar así.

—Te echo de menos todos los días, Emma. Las cosas no son lo mismo sin ti.

—Ya lo sé y lo siento, Graham, yo sólo…

Él sacudió la cabeza y suspiró.

—Lo sé. Después de todo, no importa, ¿verdad? Supongo que sobreviviré o lo que sea. ¿A quién le hacen falta amigos? —hizo una mueca de dolor, intentando disimularla bajo un ligero barniz bravucón.

El sufrimiento de Graham siempre había disparado mi lado protector. No era racional del todo, ya que él difícilmente necesitaba el tipo de protección física que yo le pudiera proporcionar, pero mis brazos, atrapados con firmeza bajo los de Regina, ansiaban alcanzarle, para enredarse en torno a su cintura grande y cálida en una silenciosa promesa de aceptación y consuelo.

Los brazos protectores de Regina se habían convertido en un encierro.

—Venga, a clase —una voz severa resonó a nuestras espaldas—. Póngase en marcha, señor Booth.

—Vete al colegio, Graham —susurré, nerviosa, en el momento en que reconocí la voz del director. Graham iba a la escuela de los quileute, pero podría verse envuelto en problemas por allanamiento de propiedad o algo así.

Regina me soltó, aunque me cogió la mano y continuó interponiendo su cuerpo entre nosotros.

El señor Greene avanzó a través del círculo de espectadores, con las cejas protuberantes como nubes ominosas de tormenta sobre sus ojos pequeños.

—¡He dicho que ya! —amenazó—. Castigaré a todo el que me encuentre aquí mirando cuando me dé la vuelta.

La concurrencia se disolvió antes de que hubiera terminado la frase.

—Ah, señorita Mills. ¿Qué ocurre aquí? ¿Algún problema?

—Ninguno, señor Greene. Íbamos ya de camino a clase.

—Excelente. Creo que no conozco a su amigo —el director volvió su mirada fulminante a Graham—. ¿Es usted un estudiante del centro?

Los ojos del señor Greene examinaron a Graham y vi cómo llegaba a la misma conclusión que todo el mundo: peligroso. Un chaval problemático.

—No —repuso Graham, con una sonrisita de suficiencia en sus labios.

—Entonces le sugiero que se marche de la propiedad de la escuela rápido, jovencito, antes de que llame a la policía.

La sonrisita de Graham se convirtió en una sonrisa en toda regla y supe que se estaba imaginando a David deteniéndole, pero su expresión era demasiado amarga, demasiado llena de burla para satisfacerme. Ésa no era la sonrisa que yo esperaba ver.

Graham respondió: «Sí, señor», y esbozó un saludo militar antes de montarse en su moto y patear el pedal de arranque en la misma acera. El motor rugió y luego las ruedas chirriaron cuando las hizo dar un giro cerrado. Graham se perdió de vista en cuestión de segundos.

El señor Greene rechinó los dientes mientras observaba la escena.

—Señorita Mills, espero que hable con su amigo para que no vuelva a invadir la propiedad privada.

—No es amigo mío, señor Greene, pero le haré llegar la advertencia.

El señor Greene apretó los labios. El expediente académico intachable de Regina y su trayectoria impecable jugaban claramente a su favor en la valoración del director respecto al incidente.

—Ya veo. Si tiene algún problema, estaré encantado de…

—No hay de qué preocuparse, señor Greene. No hay ningún problema.

—Espero que sea así. Bien, entonces, a clase. Usted también, señorita Swan.

Regina asintió y me empujó con rapidez hacia el edificio donde estaba el aula de Lengua.

—¿Te sientes bien como para ir a clase? —me susurró cuando dejamos atrás al director.

—Sí —murmuré en respuesta, aunque no estaba del todo segura de estar diciendo la verdad.

Aunque si me sentía o no bien, no era el tema más importante. Necesitaba hablar con Regina cuanto antes y la clase de Lengua no era el sitio ideal para la conversación que tenía en mente.

Pero no había muchas otras opciones mientras tuviéramos al señor Greene justo detrás de nosotros.

Llegamos al aula un poco tarde y nos sentamos rápidamente en nuestros sitios. El señor Berty estaba recitando un poema de Frost. Hizo caso omiso a nuestra entrada, con el fin de que no se rompiera el ritmo de la declamación.

Arranqué una página en blanco de mi libreta y comencé a escribir, con una caligrafía más ilegible de lo normal debido a mi nerviosismo.

¿Qué es lo que ha pasado? Y no me vengas con el rollo protector, por favor.

Le pasé la nota a Regina. Ella suspiró y comenzó a escribir. Le llevó menos tiempo que a mí, aunque rellenó un párrafo entero con su caligrafía personal antes de deslizarme el papel de vuelta.

Ruby vio regresar a Mérida. Te saque de la ciudad como simple precaución, aunque nunca hubo oportunidad de que se acercara a ti de ningún modo. Killian y Jefferson estuvieron a punto de atraparla, pero ella tiene un gran instinto para huir. Se escapó justo por la línea que marca la frontera con los licántropos de un modo tan preciso como si la hubiera visto en un mapa. Tampoco ayudó que las capacidades de Ruby se vieran anuladas por la implicación de los quileute. Para ser justo he de admitir que los quileute podían haberla atrapado también si no hubiéramos estado nosotros de por medio. El lobo gris grande pensó que Killian había traspasado la línea y se puso a la defensiva.

Desde luego, Zelena entró en acción y todo el mundo abandonó la casa para defender a sus compañeros.

Henry y Jefferson consiguieron calmar la situación antes de que se nos fuera de las manos. Pero para entonces, Mérida se había escapado. Eso es todo.

Fruncí el entrecejo ante lo que había escrito en la página. Todos ellos habían participado en el asunto, Killian, Jefferson, Ruby, Zelena y Henry. Quizás incluso hasta Cora, aunque ella no la había mencionado. Y además, Paul y el resto de la manda de los quileute. No hubiera sido difícil convertir aquello en una lucha encarnizada, que hubiera enfrentado a mi futura familia con mis viejos amigos. Y cualquiera de ellos podría haber salido herido. Supuse que los lobos habrían corrido más peligro, pero imaginarme a la delicada Ruby al lado de alguno de aquellos gigantes licántropos, luchando…

Me estremecí.

Cuidadosamente, borré todo el párrafo con la goma y entonces escribí en la parte superior:

¿Y qué pasa con David? Mérida podría haber ido a por él.

Regina estaba negando con la cabeza antes incluso de que terminara; resultaba obvio que intentaba quitar importancia al peligro que David podría haber corrido. Levantó una mano, pero yo la ignoré y continué escribiendo.

No puedes saber qué pasa por la mente de Mérida, sencillamente porque no estabas aquí. Florida fue una mala idea.

Me arrebató el papel de las manos:

No iba a dejarte marchar sola. Con la suerte que tienes, no habrían encontrado ni la caja negra.

Eso no era lo que yo quería decir en absoluto. Ni siquiera se me había ocurrido irme sin ella. Me refería a que habría sido mejor que nos hubiéramos quedado aquí las dos. Pero su respuesta me distrajo y me molestó un poco. Como si yo no pudiera volar a través del país sin provocar un accidente de avión. Muy divertida, claro.

Digamos que mi mala suerte hiciera caer el avión. ¿Qué es exactamente lo que tú hubieras podido hacer al respecto?

¿Por qué tendría que estrellarse?

Ahora intentaba disimular una sonrisa.

Los pilotos podrían estar borrachos.

Fácil. Pilotaría el avión.

Claro. Apreté los labios y lo intenté de nuevo.

Explotar los dos motores y caemos en una espiral mortal hacia el suelo.

Esperaría hasta que estuviéramos lo bastante cerca del suelo, te agarraría bien fuerte, le daría una patada a la pared y saltaría. Luego, correría de nuevo hacia la escena del accidente y nos tambalearíamos como las dos afortunadas supervivientes de la historia.

La miré sin palabras.

—¿Qué? —susurró. Sacudí la cabeza, intimidada.

—Nada —articulé las palabras sin pronunciarlas en voz alta. Di por terminada la desconcertante conversación y escribí sólo una línea más.

La próxima vez me lo contarás.

Sabía que habría otra vez. El esquema se repetiría hasta que alguien perdiera.

Regina me miró a los ojos durante un largo rato. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara, ya que la sentía fría, como si la sangre no hubiera regresado a mis mejillas. Todavía tenía las pestañas mojadas.

Suspiró y asintió sólo una vez.

Gracias.

El papel desapareció de mis manos. Levanté la mirada, parpadeando por la sorpresa, para encontrarme al señor Berty viniendo por el pasillo.

—¿Tiene algo ahí que tenga que darme, señorita Mills?

Regina alzó una mirada inocente y puso la hoja de papel encima de su carpeta.

—¿Mis notas? —preguntó, con un tono lleno de confusión.

EI señor Berty observó las anotaciones: una perfecta trascripción de su lección, sin duda, y se marchó con el ceño fruncido.

Más tarde, en clase de Cálculo, la única en la que no estaba con Regina, escuché el cotilleo.

—Apuesto a favor del indio grandote de ojos claros —decía alguien.

Miré a hurtadillas y vi a August, Neal, Austin y Ben con las cabezas inclinadas y juntas, conversando muy interesados.

—Vale —susurró Neal—. ¿Habéis visto el tamaño de ese chico, el tal Graham? Creo que habría podido con Mills - Neal parecía encantado con la idea.

—No lo creo —disintió Ben—. Por más que Regina sea una chica tiene algo. Siempre está tan… segura de sí misma. Me da la sensación de que más vale cuidarse de ella.

—Estoy con Ben —admitió August—. Además, si alguien se metiera con Regina, ya sabéis que aparecerían esos hermanos enormes que tiene…

—¿Habéis ido por La Push últimamente? —Preguntó Neal—. Kathryn y yo fuimos a la playa hace un par de semanas y creedme, los amigos de Graham son todos tan descomunales como él.

—Uf —intervino August—. Menos mal que esto ha terminado sin que la sangre llegara al río. Ojalá no averigüemos cómo podría haber acabado la cosa.

—Pues si hubiera leña, a mí no me importaría echar una ojeada —dijo Austin—. Quizá deberíamos ir a ver.

Neal esbozó una amplia sonrisa.

—¿Alguien está de humor para apostar?

—Diez por Graham —propuso Austin rápidamente.

—Diez a Mills —replicó August.

—Diez a Regina—imitó Ben.

—Apuesto por Graham—intervino Neal.

—Bueno, chicos, ¿y alguien sabe de qué iba el asunto? —Se preguntó Austin—. Eso podría afectar a las probabilidades.

—Puedo hacerme una idea —apuntó Neal, y entonces lanzó una mirada en mi dirección al mismo tiempo que Ben y August.

Leí de sus expresiones que ninguno se había dado cuenta de que estaba a una distancia en la que era fácil oírles. Todos apartaron la mirada con rapidez, removiendo los papeles en los pupitres.

—Mantengo mi apuesta por Graham —musitó Neal entre dientes.