Ruby me dejó en casa a la mañana siguiente para seguir con la farsa de la fiesta de pijamas. No iba a pasar mucho tiempo antes de que apareciera Regina, que oficialmente regresaba de su excursión. Empezaba a estar hasta el gorro de tantos fingimientos. No iba a echar de menos aquella parte de mi vida humana.

David echó un vistazo a través de la ventana de la fachada cuando me oyó cerrar con fuerza la puerta del coche. Saludó con los brazos a Ruby y luego se dirigió a la entrada para recibirme.

—¿Te has divertido? —inquirió mi padre.

—Sí, ha estado bien, ha sido… muy divertido. Metí mis cosas dentro de la casa y las dejé todas al pie de la escalera para dirigirme a la cocina en busca de un tentempié.

—Tienes un mensaje —me avisó David, detrás de mí.

El bloc de notas del teléfono estaba sobre la encimera de la cocina, apoyado en una cacerola a fin de que se viera fácilmente.

Te ha telefoneado Graham, había escrito David.

Me contó que no pretendía decir lo que dijo y que lo lamentaba mucho. Quiere que le llames. Sé amable y dale un respiro. Parecía alterado.

Hice un mohín. Era infrecuente que mi padre expresara su opinión acerca de mis mensajes.

Graham podía estar agitado, pero saldría adelante. No quería hablar con él. Lo último que había sabido es que las llamadas del otro lado no eran bien recibidas. Si Graham me quería muerta, sería mejor que se fuera acostumbrando al silencio.

Perdí el apetito, di media vuelta y me fui a guardar mis bártulos.

—¿No vas a llamar a Graham? —Inquirió David, que me observaba recogerlos apoyado en la pared del cuarto de estar.

—No.

Empecé a subir las escaleras.

—Ésa no es forma de comportarse, Emma —me sermoneó—. El perdón es sagrado.

—Métete en tus asuntos —murmuré lo bastante bajo para que no pudiera oírme.

Sabía que se estaba amontonando la ropa sucia, por lo que después de cepillarme los dientes y guardar la pasta dentífrica, eché mis prendas al cesto de la ropa y deshice la cama de mi padre. Amontoné sus sábanas en lo alto de las escaleras y fui a por las mías.

Me detuve junto a la cama y ladeé la cabeza.

¿Dónde estaba mi almohada? Me giré en círculo, recorriendo la estancia con la vista, sin descubrir ni rastro de ella. Fue entonces cuando me percaté del excesivo orden que reinaba en mi habitación. ¿Acaso no estaba mi sudadera gris arrugada al pie de la cama? Y habría jurado que había dejado un par de calcetines sucios detrás de la mecedora, junto a la blusa roja que me había probado hacía dos días antes de decidir que era demasiado elegante para ir al instituto y dejarla encima del brazo de la mecedora. Di otra vuelta alrededor. El cesto de la ropa no estaba vacío, pero tampoco lleno a rebosar, tal y como yo creía.

¿Habría lavado la ropa David? No le pegaba nada.

—¿Has empezado a hacer la colada?

—Esto…, no —contestó a voz en grito. Parecía avergonzado—. ¿Querías que la hiciera?

—No, me encargo yo. ¿Has buscado algo en mi cuarto?

—No, ¿por qué?

—No encuentro… una camiseta…

—Ni siquiera he entrado.

Entonces caí en la cuenta de que Ruby había entrado en busca de mi pijama. No me había dado cuenta de que se había llevado mi almohada, probablemente porque había evitado la cama. Daba la impresión de que había ido limpiando mientras pasaba. Me avergoncé de mi desorden.

Esa blusa roja no estaba sucia, de modo que me encaminé al cesto de la ropa para sacarla.

Esperaba encontrarla en la parte de arriba del montón, pero no se hallaba allí. Rebusqué toda la pila sin localizarla. Sabía que me estaba poniendo paranoica, pero todo apuntaba a que había perdido una prenda, quizás incluso más de una. En el cesto no había ni la mitad de la ropa que tendría que haber.

Deshice la cama, tomé las sábanas y me dirigí al armario del lavadero, cogiendo las de David al pasar. La lavadora estaba vacía. Revisé la secadora, aún con la esperanza de encontrar una carga de ropa lavada por obra y gracia de Ruby. No había nada. Puse cara de pocos amigos, perpleja.

—¿Has encontrado lo que estabas buscando? —preguntó mi padre a gritos.

—Todavía no.

Volví escaleras arriba para registrar debajo de la cama, donde no había más que pelusas. Comencé a rebuscar en mi tocador. Quizá lo había dejado allí y luego lo había olvidado.

—Llaman a la puerta —me informó David desde el sofá cuando pasé dando saltitos.

—Voy, no te vayas a herniar, papá.

Abrí la puerta con una gran sonrisa en mi cara.

Regina tenía dilatados sus dorados ojos, bufaba por la nariz fruncía los labios, dejando los dientes al descubierto.

—¿Regina? —Mi voz se agudizó a causa de la sorpresa cuando entendí el significado de su expresión—. ¿Qué pa…?

—Concédeme dos segundos —puso un dedo en mis labios y agregó en voz baja—: No te muevas.

Permanecí inmóvil en el umbral y ella… desapareció. Se movió a tal velocidad que mi padre ni siquiera la vio pasar.

Estuvo de vuelta antes de que lograra recobrar la compostura y contar hasta dos. Me rodeó la cintura con el brazo y me condujo enseguida a la cocina. Recorrió la habitación rápidamente con la mirada y me sostuvo contra su cuerpo como si me estuviera protegiendo de algo. Eché un vistazo al sofá. David nos ignoraba de forma intencionada.

—Alguien ha estado aquí —me dijo al oído después de haberme conducido al fondo de la cocina. Hablaba con voz forzada. Era difícil oírle por encima del centrifugado de la lavadora.

—Te juro que ningún licántropo… —empecé a decir.

—No es uno de ellos —me interrumpió de inmediato al tiempo que negaba con la cabeza—, sino uno de los nuestros.

El tono de su voz dejaba claro que no se refería a un miembro de su familia.

La sangre me huyó del rostro.

—¿Mérida? —inquirí con voz entrecortada.

—No reconozco el aroma.

—Uno de los Vulturis —aventuré.

—Es muy probable.

—¿Cuándo?

—No hace mucho, esta mañana de madrugada, mientras David dormía. Por ese motivo creo que deben de ser ellos, y quienquiera que sea no le ha tocado, por lo que debían perseguir otro fin.

—Buscarme.

No me contestó, mas su cuerpo estaba inmóvil como una estatua.

—¿Qué estáis cuchicheando vosotros dos ahí dentro? —preguntó mi padre con recelo mientras doblaba la esquina llevando un cuenco vacío de palomitas.

Sentí un mareo. Un vampiro había venido a buscarme dentro de la casa mientras dormía allí mi padre. El pánico me abrumó hasta el punto de dejarme sin habla. Fui incapaz de responder. Sólo pude mirarle horrorizada.

La expresión de David cambió y de pronto esbozó una sonrisa.

—Si estáis teniendo una pelea…, bueno, no os voy a interrumpir.

Sin dejar de sonreír, depositó el cuenco en el fregadero y se marchó de la estancia con aire despreocupado.

—Vámonos —me instó Regina con determinación.

—Pero… ¿y David?

El miedo me atenazaba el pecho, dificultándome aún más la respiración.

Ella caviló durante unos segundos, y luego sacó el móvil.

—Killian —dijo entre dientes. Comenzó a hablar tan deprisa que no pude distinguir las palabras. Terminó de hablar al medio minuto; luego, comenzó a arrastrarme hacia la salida.

—Killian y Jefferson están de camino —me informó al sentir mi resistencia—. Van a peinar los bosques. Tu padre estará a salvo.

Entonces, demasiado aterrada para pensar con claridad, la dejé que me arrastrara junto a ella.

El gesto de suficiencia de David se convirtió en una mueca de confusión cuando se encontraron nuestras miradas, pero Regina me sacó por la puerta antes de que papá lograra articular una palabra.

—¿Adonde vamos? —no era capaz de hablar en voz alta ni aun cuando entramos en el coche.

—Vamos a hablar con Ruby —me contestó con su volumen de voz normal, pero con un tono sombrío.

—¿Crees que ha podido ver algo?

Entrecerró los ojos y mantuvo la vista fija en la carretera.

—Quizá.

Nos estaban aguardando, alertados por la llamada de Regina. Andar por la casa era como caminar por un museo donde todos estaban quietos como estatuas en diferentes poses que reflejaban la tensión.

—¿Qué sucede? —quiso saber Regina en cuanto traspasamos la puerta.

Me sorprendió verle con los puños cerrados de ira. Fulminó con la mirada a Ruby, que permaneció con los brazos cruzados fuertemente sujetos contra el pecho. Sólo movió los labios al responder:

—No tengo la menor idea. No vi nada.

—¿Cómo es eso posible? —bufó ella.

—Regina —la llamé, en señal de reprobación. No me gustaba que se dirigiera a Ruby de ese modo.

Henry intervino con ademán tranquilizador.

—Su don no es una ciencia exacta, Regina.

—Estaba en la habitación de Emma. Quizá aún esté ahí, Ruby, esperándola.

—Eso lo habría visto.

Ella alzó los brazos, exasperada.

—¿De veras? ¿Estás segura?

—Ya me tienes vigilando las decisiones de los Vulturis, el regreso de Mérida y todos y cada uno de los pasos de Emma —respondió Ruby con frialdad—, ¿quieres añadir otra cosa? ¿Quieres que vele por David? ¿O también he de atender la habitación de Emma, y la casa, y por qué no toda la calle? Regina, enseguida se me va escapar algo, se crearán fisuras si intento abarcarlo todo.

—Da la impresión de que eso ya ha sucedido —le espetó Regina.

—No había nada que ver porque ella jamás ha estado en peligro.

—Si estabas vigilando lo que ocurre en Italia, ¿por qué no les has visto enviar…?

—Dudo que sean ellos —porfió Ruby—. Lo habría visto.

—¿Quién más habría dejado vivo a David? —Me estremecí.

—No lo sé —admitió Ruby.

—Muy útil.

—Para ya, Regina —le pedí con un hilo de voz.

Se volvió hacia mí con el rostro aún lívido y los dientes apretados. Me lanzó una mirada envenenada, y luego, de pronto, espiró. Abrió los ojos y relajó la mandíbula.

—Tienes razón, Emma. Lo siento —miró a Ruby—. Perdóname. No está bien que haya descargado mi frustración en ti.

—Lo entiendo —le aseguró—. A mí tampoco me hace feliz esta situación.

Regina respiró hondo.

—Vale, examinemos esto desde un punto de vista lógico. ¿Cuáles son las alternativas?

Todos parecieron relajarse al mismo tiempo. Ruby se calmó y se reclinó contra el respaldo del sofá. Henry se acercó a ella con paso lento y la mirada ausente. Cora se sentó en el sofá y flexionó las piernas para ponerlas encima. Sólo Zelena permaneció inmóvil y de espaldas a nosotros mientras miraba por el muro de cristal.

Regina me arrastró hacia el sofá, donde me senté junto a Cora, que cambió de postura para rodearme con un brazo. Me apretó una mano con fuerza entre las suyas.

—¿Puede ser Mérida? —inquirió Henry.

—No. No conozco ese efluvio —Regina sacudió la cabeza—. Quizá sea un enviado de los Vulturis, alguien a quien no conocemos…

Ahora fue Ruby quien meneó la cabeza.

—Gold aún no le ha pedido a nadie que la busque. Eso sí lo veré. Lo estoy esperando.

Regina volvió la cabeza de inmediato.

—Vigilas una orden oficial.

—¿Crees que se trata de alguien actuando por cuenta propia? ¿Por qué?

—Quizá sea una idea de Jekyll —sugirió Regina , con el rostro tenso de nuevo.

—O de Marian—apostilló Ruby—. Ambos disponen de recursos para enviar a un desconocido…

—… y la motivación —Regina torció el gesto.

—Aun así, carece de sentido —repuso Cora—. Ruby habría visto a quienquiera que sea si pretendiera ir a por Emma. Él, o ella, no tiene intención de herirla; ni a ella ni a David, de hecho.

Me encogí al oír el nombre de mi padre.

—Todo va a acabar bien, Emma —me aseguró Cora mientras me alisaba el cabello.

—Entonces, ¿qué propósito persigue? —meditó Henry en voz alta.

—¿Verificar si aún soy humana? —aventuré.

—Es una opción —repuso Henry.

Zelena profirió un suspiro lo bastante fuerte como para que yo lo oyera. Continuaba inmóvil y con el rostro vuelto hacia la cocina con expectación. Por su parte, Regina parecía desanimada.

En ese momento, Killian atravesó la puerta de la cocina con Jefferson pisándole los talones.

—Se marchó hace varias horas, demasiadas —anunció Killian, decepcionado—. El rastro conducía al este y luego al sur. Desaparecía en un arcén donde le esperaba un coche.

—¡Qué mala suerte! —Murmuró Regina—. Habría sido estupendo que se hubiera dirigido al oeste. Esos perros habrían sido útiles por una vez.

Cora me frotó el hombro al notar mis temblores.

Jefferson miró a Henry.

—Ninguno de nosotros le identificamos, pero toma —le tendió algo verde y arrugado que Henry sostuvo delante de su cara. Mientras cambiaba de manos, vi que se trataba de una fronda de helecho—. Quizá conozcas el olor.

—No, no me resulta familiar —repuso el interpelado—. No es nadie que yo recuerde.

—Quizá nos equivoquemos y se trate de una simple coincidencia… —empezó Cora, pero se detuvo cuando vio las expresiones de incredulidad en los rostros de todos los demás—. No pretendo decir que sea casualidad el hecho de que un forastero elija visitar la casa de Emma al azar, pero sí que tal vez sea solamente un curioso. El lugar está impregnado por nuestras fragancias. ¿No se pudo preguntar qué nos arrastraba hasta allí?

—En tal caso, si sólo era un fisgón, ¿por qué no se limitó a venir aquí? —inquirió Killian.

—Tú lo harías —repuso Cora con una sonrisa de afecto—. La mayoría de nosotros no siempre actúa de forma directa. Nuestra familia es muy grande, él o ella podría asustarse, pero David no ha resultado herido. No tiene por qué ser un enemigo.

Un simple curioso. ¿Igual que James o Mérida? Al principio, sólo fueron unos cotillas. El simple recuerdo de Mérida me hizo estremecer, aunque en lo único que coincidían todos era en que no se trataba de ella. No en esta ocasión. Mérida se aferraba a su modelo obsesivo. Este invitado seguía otro patrón diferente; era otro, un forastero.

De forma paulatina empezaba a darme cuenta de la mayor implicación de los vampiros en este mundo, superior a lo que había llegado a pensar. ¿Cuántas veces se cruzaban sus caminos con los de los ciudadanos normales, totalmente ajenos a la realidad? ¿Cuántas muertes, calificadas como crímenes y accidentes, se debían a su sed? ¿Estaría muy concurrido aquel nuevo mundo cuando, al final, yo pasara a formar parte de él?

La perspectiva de mi nebuloso futuro me provocó un escalofrío en la espalda.

Los Mills ponderaron las palabras de Cora con diferentes expresiones. Tuve claro que Regina no aceptaba esa teoría y que Henry quería aceptarla a toda costa.

—No lo veo así —Ruby frunció los labios—. La sincronización fue demasiado precisa… El visitante se esforzó en no establecer contacto, casi como si supiera lo que yo iba a ver…

—Pudo tener otros motivos para evitar la comunicación —le recordó Cora.

—¿Importa quién sea en realidad? —pregunté—. ¿No basta la posibilidad de que alguien me esté buscando? No deberíamos esperar a la graduación.

—No, Emma —saltó Regina—. La cosa no pinta tan mal. Nos enteraremos si llegas a estar en verdadero peligro.

—Piensa en David —me recordó Henry—. Imagina lo mucho que le afectaría tu desaparición.

—¡Estoy pensando en él! ¡Él es quien me preocupa! ¿Qué habría sucedido si mi huésped de la pasada noche hubiera tenido sed? En cuanto estoy cerca de mi padre, él también se convierte en un objetivo. Si algo le ocurre, la culpa será mía y sólo mía.

—Ni mucho menos, Emma —intervino Cora, acariciándome el brazo de nuevo—. Y nada le va a suceder a David. Debemos proceder con más cuidado, sólo eso.

—¿Con más cuidado? —repliqué, incrédula.

—Todo va a acabar bien —me aseguró Ruby.

Regina me estrechó la mano con fuerza. Al estudiar todos aquellos hermosos semblantes, uno por uno, supe que nada de lo que yo dijera iba a hacerles cambiar de idea.

Hicimos en silencio el trayecto de vuelta a casa. Estaba frustrada. Continuaba siendo humana a pesar de que yo sabía que eso era un error.

—No vas a estar sola ni un segundo —me prometió Regina mientras me conducía al hogar de David—. Siempre habrá alguien cerca, Killian, Ruby, Jefferson.

Suspiré.

—Eso es ridículo. Van a aburrirse tanto que tendrán que matarme ellos mismos, aunque sólo sea por hacer algo.

Ella me dedicó una mirada envenenada.

—¡Qué graciosa, Emma!

Cuando regresamos, David se puso de un humor excelente al ver, y malinterpretar, la tensión existente entre nosotras dos. Me vio improvisar cualquier cosa para darle de cenar muy pagado de sí mismo. Regina se había disculpado durante unos minutos para lo que supuse que sería alguna tarea de vigilancia, pero él esperó su regreso para entregarme los mensajes.

—Graham ha vuelto a llamar —dijo mi padre en cuanto Regina entró de la estancia. Mantuve el gesto inexpresivo mientras depositaba el plato delante de él.

—¿De verdad?

David frunció el ceño.

—Sé un poco comprensiva, Emma. Parecía bastante deprimido.

—¿Te paga Graham para que seas su relaciones públicas o te has presentado voluntario?

Mi padre refunfuñó de forma incoherente hasta que la comida silenció sus ininteligibles quejas, pero aunque no se diera cuenta, había dado en el blanco.

En aquel preciso momento, yo tenía la sensación de que mi vida era como una partida de dados. ¿En qué tirada me saldrían un par de unos? ¿Qué pasaría si me ocurriera algo a mí? Eso parecía peor que la falta leve de dejar a Graham sintiendo remordimientos por sus palabras.

En todo caso, no quería hablar con él mientras David merodeara por allí cerca para vigilar cada una de mis palabras con el fin de que no cometiera ningún desliz. Pensar en esto me hizo envidiar la relación existente entre Graham y Marco. ¡Qué fácil debe de ser no tener secretos para la persona con la que vives!

Por todo ello, iba a esperar al día siguiente. Al fin y al cabo, era poco probable que fuera a morirme esa noche y otras doce horas de culpabilidad no le iban a venir nada mal. Quizás incluso le convinieran.

Cuando Regina se marchó oficialmente por la noche, me pregunté quién estaría montando guardia bajo la tromba de agua que caía, vigilándonos a David y a mí. Me sentí culpable por Ruby o quienquiera que fuera, pero aun así sentí cierto consuelo. Debía admitir lo agradable que era saber que no estaba sola, y Regina regresó a hurtadillas en un tiempo récord.

Volvió a canturrear hasta que concilié el sueño y, consciente de su presencia incluso en la inconsciencia, dormí sin pesadillas.

A la mañana siguiente, mi padre salió a pescar con Mark, su ayudante en la comisaría, antes de que me hubiera levantado. Resolví pasar ese tiempo de libertad para ponerme guapa.

—Voy a perdonar a Graham —avisé a Regina después del desayuno.

—Estaba segura de que lo harías —contestó con una sonrisa fácil—. Guardarle rencor a alguien no figura entre tus muchos talentos.

Puse los ojos en blanco, pero estaba encantada de comprobar que realmente había dado por concluida toda la campaña contra los hombres lobo.

No miré la hora en el reloj hasta después de marcar el número, era temprano para llamar y me preocupó la posibilidad de despertar a Marco y a Graham, pero alguien descolgó antes del segundo pitido, por lo que no podía estar demasiado lejos del teléfono.

—¿Diga? —contestó una voz apagada.

—¿Graham?

—¡Emma, oh, Emma, cuánto lo siento! —exclamó a tanta velocidad que se atropellaban las palabras de la prisa que tenía por hablar—. Te juro que no quería decir eso. Me comporté como un necio. Estaba enfadado, pero eso no es excusa. Es lo más estúpido que he dicho en mi vida, y lo siento mucho. No te enfades conmigo, ¿vale? Por favor. Estoy dispuesto a una vida de servidumbre, a hacer todo lo que quieras, a cambio de tu perdón.

—No estoy enfadada. Te perdono.

—Gracias —resopló—. No puedo creerme que cometiera semejante estupidez.

—No te preocupes por eso. Estoy acostumbrada.

Él se rió a carcajadas, eufórico de alivio.

—Baja a verme —imploró—. Quiero compensarte.

Torcí el gesto.

—¿Cómo?

—Como tú quieras. Podemos hacer salto de acantilado —sugirió mientras reía de nuevo.

—Vaya, qué idea tan brillante.

—Te mantendré a salvo —prometió—. No me importa lo que quieras hacer.

Un vistazo al rostro de Regina me bastó para saber que no era el momento adecuado, a pesar de la calma de su expresión.

—Ahora mismo, no.

—A ella no le caigo muy bien, ¿verdad? —por una vez, su voz reflejaba más bochorno que resquemor.

—Ése no es el problema. Hay… Bueno, en este momento, tengo otro problema más preocupante que un exasperante licántropo adolescente.

Intenté mantener un tono jocoso, pero no le engañé, ya que inquirió:

—¿Qué ocurre?

—Esto…

No estaba segura de si debía decírselo. Regina alargó la mano para tomar el auricular. Estudié su rostro con cuidado. Parecía bastante tranquilo.

—¿Emma? —me preguntó Graham.

Regina suspiró y acercó aún más la mano tendida.

—¿Te importaría conversar con Regina? —le pregunté con cierta aprensión—. Quiere hablar contigo.

Se produjo una larga pausa.

—De acuerdo —aceptó Graham al final del intervalo—. Esto promete ser interesante.

Le entregué el teléfono a Regina con la esperanza de que interpretara correctamente mi mirada de advertencia.

—Hola, Graham —empezó ella con impecable amabilidad. Se hizo el silencio. Me mordí el labio, intentando adivinar la posible contestación de Graham—. Alguien ha estado aquí, alguien cuyo olor desconozco —le explicó Regina—. ¿Se ha encontrado tu manada con algo nuevo?

Hubo otra pausa mientras Regina asentía para sí misma, sin sorprenderse.

—He ahí el quid de la cuestión, Graham. No voy a perder de vista a Emma hasta que no me haya ocupado de esto. No es nada personal…

Entonces, Graham le interrumpió. Pude oír el zumbido de su voz a través del receptor. Fueran cuales fueran sus palabras, era más intensa que antes. Intenté descifrarlas sin éxito.

—Quizás estés en lo cierto —comenzó Regina, pero Graham siguió expresando su punto de vista. Al menos, ninguno de los dos parecía enfadado.

—Es una sugerencia interesante y estamos bien predispuestos a negociar si Sam se hace responsable.

Graham bajó el volumen de la voz. Empecé a morderme el pulgar mientras pretendía descifrar la expresión de Regina, cuya contestación fue:

—Gracias.

Entonces, Graham añadió algo más que provocó un gesto de sorpresa en el rostro de Regina, quien respondió a la inesperada propuesta.

—De hecho, había planeado ir sola y dejarla con los demás.

Mi amigo alzó un punto la voz. Me dio la impresión de que intentaba ser persuasivo.

—Voy a considerarlo con objetividad —le aseguró Regina—, con toda la objetividad de la que sea capaz.

Esta vez el intervalo de mutismo fue más breve.

—Eso no es ninguna mala idea. ¿Cuándo…? No, está bien. De todos modos, me gustaría tener la ocasión de rastrear la pista personalmente. Diez minutos… Pues claro —contestó Regina antes de ofrecerme el auricular—. ¿Emma?

Tomé el teléfono despacio, sintiéndome algo confusa.

—¿De qué va todo esto? —le pregunté a Graham, un poco picada. Sabía que era una niñería, pero me sentía excluida.

—Creo que es una tregua. Eh, hazme un favor —me propuso Graham—, procura convencer a tu chupasangres de que el lugar más seguro para ti, sobre todo en sus ausencias, es la reserva. Nosotros seremos capaces de enfrentarnos a cualquier cosa.

—¿Vas a intentar venderle esa moto?

—Sí. Tiene sentido. Además, lo mejor sería que David estuviera fuera de allí también tanto como pueda.

—Mete también a Marco en esa cuenta —admití. Odiaba poner a mi padre en el punto de mira que siempre había parecido centrado en mí—. ¿Qué más?

—Hemos hablado de un simple reajuste de fronteras para poder atrapar a cualquiera que merodee demasiado cerca de Forks. No sé si Sam tragará, pero hasta que esté por aquí, me mantendré ojo avizor.

—¿Qué quieres decir con eso de que vas a estar «ojo avizor»?

—Que no dispares si ves a un lobo rondar cerca de tu casa.

—Por descontado que no, aunque tú no vas a hacer nada… arriesgado…

Resopló.

—No seas tonta. Sé cuidar de mí mismo.

Suspiré.

—También he intentado convencerle de que te deje visitarme. Tiene prejuicios. No dejes que te suelte ninguna chorrada sobre la seguridad. Sabes igual que yo que aquí vas a estar a salvo.

—Lo tendré en cuenta.

—Nos vemos en breve —repuso Graham.

—¿Vas a subir hasta aquí?

—Aja. Voy a intentar percibir el olor de vuestro visitante para poderle rastrear por si acaso regresase.

—Graham, no me agrada nada la perspectiva de que te pongas a seguir la pista de…

—Vamos, Emma, por favor —me interrumpió. Graham se rió y luego colgó