—He visto… —Ruby comenzó en tono ominoso. Regina le dio un codazo en las costillas que ella esquivó limpiamente.

—Vale —refunfuñó—. Es Regina la que quiere que lo haga, pero intuyo que te encontrarás en más dificultades si soy yo quien te da la sorpresa.

Caminábamos hacia el coche después de clase y yo no tenía la menor idea de a qué se refería.

—¿Y por qué no me lo dices en cristiano? —requerí.

—No te comportes como una niña. Sin rabietas, ¿eh?

—Creo que me estás asustando.

—Tú…, bueno, todos nosotros, vamos a tener una fiesta de graduación. Nada del otro mundo ni que deba preocuparte lo más mínimo, pero he visto que te iba a dar un ataque si intentaba hacer una fiesta sorpresa —ella bailoteó de un lado a otro mientras Regina intentaba atraparla para despeinarla—. Y Regina ha dicho que te lo debía decir, pero no será nada, te lo prometo.

Suspiré profundamente.

—¿Serviría de algo que intentara discutir?

—En absoluto.

—De acuerdo, Ruby. Iré, y odiaré cada minuto que esté allí, lo prometo.

—¡Así me gusta! A propósito, a mí me encanta mi regalo. No debías haberte molestado.

—¡Ruby, pero si no lo tengo!

—Oh, ya lo sé, pero lo tendrás.

Espoleada por el pánico, me devané los sesos e intenté recordar si había decidido alguna vez comprarle algo para la graduación. Debía de haber sido así para que ella lo hubiera podido ver.

—Sorprendente —intervino Regina—. ¿Cómo algo tan pequeño puede ser tan insoportable?

Ruby se echó a reír.

—Es un talento natural.

—¿No podrías haber esperado unas cuantas semanas para decírmelo? —pregunté enfurruñada—. Ahora estaré preocupada mucho más tiempo.

Ruby me frunció el ceño.

—Emma —dijo con lentitud—, ¿tú sabes qué día es hoy?

—¿Lunes?

Puso los ojos en blanco.

—Sí, lunes… Estamos a día cuatro.

Me tomó del codo, me hizo dar media vuelta y me dejó frente a un gran póster amarillo pegado en la puerta del gimnasio. Allí, en marcadas letras negras, estaba la fecha de la graduación. Faltaba una semana exacta a contar desde ese día.

—¿Estamos a cuatro? ¿A cuatro de junio? ¿Estás segura?

Nadie contestó. Ruby sacudió la cabeza con pesar, simulando decepción, y Regina enarcó las cejas.

—¡No puede ser! Pero ¿cómo es posible?

Intenté contar hacia atrás los días en mi cabeza, pero era incapaz de comprender cómo habían transcurrido tan deprisa.

De pronto, no sentí las piernas. Parecía que alguien me las hubiera cortado. Sin saber cómo, en la vorágine de aquellas semanas de tensión y ansiedad, en medio de toda mi obsesión por el tiempo…, el tiempo había desaparecido. Había perdido mi momento para revisarlo todo y hacer planes. Se me había pasado el tiempo.

Y no estaba preparada.

No sabía cómo hacer frente a todo aquello. No sabía cómo despedirme de David y de Mary Margaret, de Graham. No sabía cómo afrontar el hecho de dejar de ser humana.

Sabía exactamente lo que quería, pero de repente, me daba terror conseguirlo.

En teoría, ansiaba, a veces con entusiasmo, que llegara la ocasión de cambiar la mortalidad por la inmortalidad. Después de todo, era la clave para permanecer con Regina para siempre. Por mi parte estaba el hecho de que enemigos conocidos y desconocidos pretendían darme caza. Convenía que no me quedara mirando, indefensa y deliciosa, a la espera de que me capturase cualquiera de ellos.

En teoría, todo esto tenía sentido…

… pero en la práctica, ser humana era toda la experiencia que yo tenía. El futuro que se extendía a partir del cambio se me antojaba como un enorme abismo oscuro del cual no sabría nada hasta que saltara dentro de él.

Este simple dato, la fecha de ese día, tan obvia que probablemente había estado reprimiéndola de forma inconsciente, se había convertido en el momento límite que había estado esperando con impaciencia, pero a la vez, era una cita con el escuadrón de fusilamiento.

De un modo lejano, percibí cómo Regina me abría la puerta del coche, cómo Ruby parloteaba desde el asiento trasero y cómo golpeteaba la lluvia contra el cristal delantero. Ella pareció darse cuenta de que sólo estaba allí en cuerpo y no intentó hacerme salir de mi abstracción. O quizá lo hizo y yo no me di cuenta.

Terminamos en casa al final del trayecto. Regina me condujo al sofá y se sentó junto a mí mientras yo contemplaba por la ventana la tarde gris de llovizna e intentaba descubrir cuándo se había esfumado mi resolución. ¿Por qué sentía tanto pánico?

Sabía que la fecha final se acercaba, ¿por qué me asustaba ahora que ya había llegado?

No sé cuánto tiempo me dejó mirar hacia la ventana en silencio, pero la lluvia desaparecía en la oscuridad cuando al final la situación la superó, puso sus manos frías sobre mis mejillas y fijó sus ojos dorados en los míos.

—¿Quieres hacer el favor de decirme lo que estás pensando antes de que me vuelva loca? —¿qué le podía decir, que era una cobarde? Busqué las palabras adecuadas. Ella insistió—: Tienes los labios blancos, habla de una vez, Emma.

Exhalé una gran cantidad de aire. ¿Cuánto tiempo había estado conteniendo la respiración?

—La fecha me ha pillado con la guardia baja —susurré—. Eso es todo.

Ella esperó, con la cara llena de preocupación y escepticismo.

Intenté explicarme.

—No estoy segura de qué hacer ni de qué le voy a decir a David ni qué… ni cómo… —la voz se me quebró.

—Entonces, ¿todo esto no es por la fiesta?

Torcí el rostro.

—No, pero gracias por recordármelo.

La lluvia repiqueteaba con más fuerza en el tejado mientras ella intentaba leer mi rostro.

—No estás preparada —murmuró.

—Sí lo estoy —mentí de manera automática, una reacción refleja. Estaba segura de que ella sabría lo que ocultaba, así que inspiré profundamente y le dije la verdad—. Debo estarlo.

—No debes estar de ninguna manera.

Sentí cómo el pánico ascendía a la superficie de mis ojos mientras musitaba los motivos.

—Mérida , Marian, Jekyll, quienquiera que hubiera estado en mi habitación…

—Razón de más para esperar.

—¡Eso no tiene sentido, Regina!

Apretó las manos con más fuerza contra mi rostro y habló con deliberada lentitud.

—Emma. Ninguno de nosotros tuvo ninguna oportunidad. Ya has visto lo que ocurrió…, especialmente a Zelena. Todos hemos luchado para reconciliarnos con algo que no podemos controlar. No voy a dejar que suceda del mismo modo en tu caso. Tú has de tener tu oportunidad de escoger.

—Yo ya he efectuado mi elección.

—Tú crees que has de pasar por todo esto porque pende una espada sobre tu cabeza. Ya nos ocuparemos de los problemas y yo cuidaré de ti —juró—. Cuando haya pasado todo y no exista nadie que te obligue a hacerlo, entonces podrás decidir si quieres unirte a mí, si aún lo deseas, pero no por miedo. No permitiré que nada te fuerce a hacerlo.

—Henry me lo prometió —cuchicheé, llevándole la contraria por costumbre—. Después de la graduación.

—No hasta que estés preparada —repuso con voz segura—. Y desde luego, no mientras te sientas amenazada.

No contesté. No tenía fuerzas para discutirle; en ese momento, no parecía encontrar por ningún lado mi resolución.

—Venga, venga —me besó la frente—. No hay de qué preocuparse.

Me eché a reír con una risa temblorosa.

—Nada salvo una sentencia inminente.

—Confía en mí.

—Ya lo hago.

Siguió observando mi cara, esperando que me tranquilizara.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

Me mordí el labio mientras me lo pensaba y luego le pregunté algo distinto de lo que me preocupaba.

—¿Qué le voy a regalar a Ruby para su graduación?

Se rió por lo bajo.

—Según Ruby, parece como si fueses a comprar entradas para un concierto para nosotras dos.

—¡Eso era! —me sentí tan aliviada que casi sonreí—. El concierto de Tacoma. Vi un anuncio en el periódico la semana pasada y pensé que sería algo que le gustaría, ya que dijiste que era un buen CD.

—Es una gran idea. Gracias.

—Espero que no estén agotadas.

—Es la intención lo que cuenta. Debías de saberlo.

Suspiré.

—Había algo más que querías preguntarme —continuó ella.

Fruncí el ceño.

—Pues sí que hilas fino tú.

—Tengo un montón de práctica leyendo tus expresiones. Pregúntame.

Cerré los ojos y me recliné contra ella, escondiendo mi rostro contra su pecho.

—Tú no quieres que yo sea vampiro.

—No, no quiero —repuso con suavidad, y entonces esperó un poco—, pero ésa no es la cuestión —apuntó después de un momento.

—Bueno, me preocupaba saber… cómo te sentías respecto a ese asunto.

—¿Estás preocupada? —resaltó la palabra con sorpresa.

—¿Me dirás la verdad? La verdad completa, sin tener en cuenta mis sentimientos. Ella dudó durante un minuto.

—Si respondo a tu pregunta, ¿me explicarás entonces por qué lo preguntas?

Asentí, con el rostro aún escondido. Inspiró profundamente antes de responder.

—Podrías hacerlo mucho mejor, Emma. Ya sé que tú crees que tengo alma, pero yo no estoy del todo convencida, y arriesgar la tuya… —sacudió la cabeza muy despacio—. Para mí, permitir eso, dejar que te conviertas en lo que yo soy, simplemente para no perderte nunca, es el acto más egoísta que puedo imaginar. En lo que a mí se refiere, es lo que más deseo en el mundo, pero deseo mucho más para ti. Rendirme a eso me hace sentirme como una criminal. Es la cosa más egoísta que haré nunca, incluso si vivo para siempre.

»Es más, si hubiera alguna forma de convertirme en humana para estar contigo, no importa su precio, lo pagaría feliz.

Me quedé sentada allí, muy quieta, absorbiendo todo eso.

Regina pensaba que estaba siendo egoísta.

Sentí cómo la sonrisa se extendía lentamente por mi rostro.

—Así que… no es que temas que no te guste lo mismo cuando sea diferente, es decir, cuando no sea suave, cálida y no huela igual. ¿Realmente querrás quedarte conmigo sin importarte en lo que me convierta?

Ella soltó el aire de un golpe.

—¿Lo que te preocupa es que no me gustaras luego? —inquirió. Entonces, antes de que pudiera contestar, empezó a reír—. Emma, para ser una persona bastante intuitiva, a veces puedes resultar de un obtuso…

Sabía que ella pensaría que era una tontería, pero yo me sentí aliviada. Si ella realmente me quería podría soportar cualquier cosa… de algún modo. De pronto, la palabra «egoísta» me pareció una palabra hermosa.

—No creo que te des cuenta de lo fácil que sería para mí, Emma —me dijo con un cierto eco de humor aún en su voz—, sobre todo porque no tendría que estar concentrada todo el tiempo para no matarte. Desde luego, habrá cosas que echaré de menos. El color verde de tus ojos o está por ejemplo…

Me miró a los ojos mientras me acariciaba la mejilla y sentí cómo la sangre se apresuraba a colorear mi piel. Se rió amablemente.

—Y el latido de tu corazón —continuó, más seria pero aún sonriendo un poco—. Lo considero el sonido más maravilloso del mundo. Estoy tan sintonizada con él, que juraría que puedo oírlo desde kilómetros de distancia. Pero nada de eso importa. Esto —dijo, tomando mi rostro entre sus manos—. Tú. Eso es lo que yo quiero. Siempre serás mi Emma, sólo que un poquito más duradera.

Suspiré y dejé que mis ojos se cerraran satisfechos, descansando allí, entre sus manos.

—Y ahora, ¿me contestarás una pregunta tú a mí? ¿La verdad completa, sin tener en cuenta mis sentimientos? —preguntó.

—Claro —le contesté sin dudar, con los ojos bien abiertos por la sorpresa. ¿Qué querría saber ahora?

Ella recitó las palabras muy despacio.

—No quieres ser mi esposa.

De pronto, mi corazón se detuvo; después, rompió a latir desaforadamente. Sentí un sudor frío en la parte de atrás del cuello y las manos se me quedaron heladas.

Ella esperó, observando y evaluando mi reacción.

—Eso no es una pregunta —susurré al final.

Ella bajó la mirada, y sus pestañas proyectaron largas sombras sobre sus pómulos. Dejó caer las manos de mi rostro para cogerme la helada mano izquierda. Jugó con mis dedos mientras hablaba.

—Me preocupa cómo te sientes al respecto.

Intenté tragar saliva.

—De todas formas, no es una pregunta —insistí.

—Por favor, Emma.

—¿La verdad? —inquirí formando las palabras con los labios.

—Claro. Podré soportarla, sea lo que sea.

Inspiré muy hondo.

—Te vas a reír de mí.

Sus ojos llamearon en mi dirección, sorprendidos.

—¿Reírme? No puedo imaginar por qué.

—Verás —murmuré, y después suspiré. Mi cara pasó del blanco al escarlata, ardiendo repentinamente del disgusto—. ¡Vale, está bien! Estoy segura de que esto te va a sonar como una especie de chiste, pero ¡es la verdad! Es sólo que… me da… tanta vergüenza —le confesé y escondí el rostro en su cuello otra vez.

Se hizo una gran pausa.

—No te sigo.

Eché la cabeza hacia atrás y la miré. El pudor me hizo lanzarme, ponerme beligerante.

—No quiero ser una de esas chicas, Regina. ¡De esas que se casan justo al acabar el instituto, como una paleta de pueblo que se queda alucinada por su novia! ¿Sabes lo que van a pensar los demás? ¿Te das cuenta de en qué siglo estamos? ¡La gente ya no se casa a los dieciocho! ¡Al menos no la gente lista, responsable y madura! ¡No quiero ser una chica de esas! Yo no soy así… —la voz se me apagó y fue perdiendo fuerza.

El rostro de Regina era imposible de leer mientras pensaba en mi respuesta.

—¿Eso es todo? —preguntó finalmente.

Yo parpadeé.

—¿Es que te parece poco?

—No es que estés más entusiasmada por ser… inmortal que por mí.

Y entonces, aunque había predicho que ella se reiría de mí, fui yo la que tuvo el ataque de risa histérica.

—¡Regina! —Jadeé entre paroxismos de risitas—. ¡Anda! ¡Yo siempre… pensé… que tú eras mucho más… lista que yo!

Me cogió entre sus brazos y sentí que se estaba riendo conmigo.

—Regina —repetí, haciendo un pequeño esfuerzo para hablar con absoluta claridad—. No tengo ningún interés en vivir para siempre si no es contigo. No querría ni siquiera vivir un día más si no es contigo.

—Bueno, es un alivio —comentó.

—Aunque… eso no cambia nada.

—Ya, pero es estupendo saberlo, de todos modos. Y ahora veo tu punto de vista, Emma, ya lo creo que sí, pero me gustaría mucho que intentaras ver las cosas desde el mío.

Ya estaba más tranquila, así que asentí y luché por no fruncir el ceño.

Sus ojos dorados se volvieron hipnóticos al clavarse en los míos.

—Ya ves, Emma, yo nunca he sido una chica «de esas»; ya que una mujer en mi mundo. Iba buscando el amor y los hijos, pero yo, qué va, estaba demasiado entusiasmada con la perspectiva de convertirme en soldado, aunque en aquella época solo podría haber sido enfermera. No pensaba en otra cosa que en esa imagen idealizada de la gloria de la guerra que nos vendían entonces los eventuales reclutadores, pero si yo hubiera encontrado… —efectuó una pausa y ladeó la cabeza—. Iba a decir que si hubiera encontrado a alguien, pero eso no sería cierto, si te hubiera encontrado a ti, no tengo ninguna duda de lo que hubiera hecho. Yo era de esa clase de chicas que tan pronto como hubiera descubierto que tú eras lo que yo buscaba me habría arrodillado ante ti y habría intentado por todos los medios asegurarme tu mano, aunque por esos años lo nuestro fuera escandaloso, ilegal y estuviera prohibido. Te hubiera querido para toda la eternidad, incluso aunque la palabra no tuviera entonces las mismas connotaciones que ahora.

Me dedicó de nuevo su sonrisa torcida.

La miré con los ojos abiertos de par en par hasta que se me secaron.

—Respira, Emma.

Me recordó, sonriente; y yo tomé aire.

—¿No lo ves, aunque sea un poquito, desde mi lado?

Y durante un segundo, pude. Me vi a mí misma con una falda larga y una blusa de cuello alto anudada con un gran lazo, y el pelo recogido sobre la cabeza. Vi a Regina de forma muy similar pero aún más elegante y con un ramo de margaritas, sentada a mi lado en el balancín de un porche.

Sacudí la cabeza y tragué. Estaba sufriendo un flash-back al estilo de Ana de las Tejas Verdes.

—La cosa es, Regina —repuse con voz temblorosa, eludiendo la pregunta—, que en mi mente, matrimonio y eternidad no son conceptos mutuamente exclusivos ni inclusivos. Y ya que por el momento estamos viviendo en mi mundo, quizá sea mejor que vayamos con los tiempos, no sé si sabes lo que quiero decir.

—Pero por otro lado —contraatacó ella—, pronto habrás dejado atrás estos tiempos. Así que, ¿por qué deben afectar tanto en tu decisión lo que, al fin y al cabo, son sólo las costumbres transitorias de una cultura local?

Apreté los labios.

—¿Te refieres a Roma?

Se rió de mí.

—No tienes que decir sí o no hoy, Emma, pero es bueno entender las dos posturas, ¿no crees?

—¿Así que tu condición…?

—Sigue en pie. Yo comprendo tu punto de vista, Emma, pero si quieres que sea yo quien te transforme…

—Chan cha cha chan, chan cha cha chan…

Tarareé la marcha nupcial entre dientes, aunque a mí me parecía más bien una especie de canto fúnebre.

El tiempo fluyó mucho más deprisa de lo previsto.

Pasé en blanco aquella noche, y de pronto había amanecido y la graduación me miraba a la cara de tú a tú. Se me había acumulado un montón de material pendiente para los exámenes finales y sabía que no me daría tiempo de hacer ni la mitad en los días restantes.

David ya se había ido cuando bajé a desayunar. Se había dejado el periódico en la mesa, lo cual me recordó que debía hacer algunas compras. Esperé que el anuncio del concierto todavía estuviera; necesitaba el número de teléfono para conseguir aquellas estúpidas entradas. No parecía un regalo fuera de lo común ahora que ya sabían que iba a hacérselo, aunque claro, intentar sorprender a Ruby no había sido una idea brillante.

Quería pasar las hojas para irme directamente a la sección de espectáculos, pero un titular en gruesos caracteres negros captó mi atención. Sentí un estremecimiento de miedo conforme me inclinaba para leer la historia de primera página.

SEATTLE ATERRORIZADA POR LOS ASESINATOS

Ha pasado menos de una década desde que la ciudad de Seattle fuera el territorio de caza del asesino en serie más prolífico de la historia de los Estados Unidos, Gary Ridgway, el Asesino de Río Verde, condenado por la muerte de 48 mujeres.

Ahora, una atribulada Seattle debe enfrentarse a la posibilidad de que podría estar albergando a un monstruo aún peor.

La policía no considera la reciente racha de crímenes y desapariciones como obra de un asesino en serie. Al menos, no todavía. Se muestran reacios a creer que semejante carnicería sea obra de un solo individuo. Este asesino —si es, de hecho, una sola persona— podría ser responsable de 39 homicidios y desapariciones sólo en los últimos tres meses. En comparación, la orgía de los 48 asesinatos perpetrados por Ridgway se dispersó en un periodo de 21 años. Si estas muertes fueran atribuidas a un solo hombre, entonces estaríamos hablando de la más violenta escalada de asesinatos en serie en la historia de los Estados Unidos.

La policía se inclina por la teoría de que se trata de bandas criminales dado el gran número de víctimas y el hecho de que no parece haber un patrón reconocible en la elección de las mismas.

Desde Jack el Destripador a Ted Bundy, los objetivos de los asesinos en serie siempre han estado conectados entre sí por similitudes en edad, género, raza o una combinación de los tres elementos. Las víctimas de esta ola de crímenes van desde los 15 años de la brillante estudiante Amanda Reed, a los 67 del cartero retirado Ornar Jenks. Las muertes relacionadas incluyen a casi 18 mujeres y 21 hombres. Las víctimas pertenecen a razas diversas: caucasianos, afroamericanos, hispanos y asiáticos.

La selección parece efectuada al azar y el motivo no parece otro que el mismo asesinato en sí.

Entonces, ¿por qué no se descarta aún la idea del asesino en serie?

Hay suficientes similitudes en el modus operandi de los crímenes como para crear fundadas sospechas. Cada una de las víctimas fue quemada hasta el punto de ser necesario un examen dental para realizar las identificaciones. En este tipo de incendios suele utilizarse algún tipo de sustancia para acelerar el proceso, como gasolina o alcohol; sin embargo, no se han encontrado restos de ninguna de estas sustancias en el lugar de los hechos. Además, parece que todos los cuerpos han sido desechados de cualquier modo, sin intentar ocultarlos.

Aún más horripilante es el hecho de que, la mayoría de las víctimas, muestran evidencias de una violencia brutal. Lo más destacable es la aparición de huesos aplastados, al parecer como resultado de la aplicación de una presión tremenda. Según los forenses, dicha violencia fue ejercida antes del momento de la muerte, aunque es difícil estar seguro de estas conclusiones, considerando el estado de los restos.

Existe otra similitud que apunta a la posibilidad de un asesino en serie: no ha sido posible hallar ninguna pista en la investigación de los crímenes. Aparte de los restos en sí mismos, no se ha encontrado ni una huella ni la marca de un neumático ni un cabello extraño. No hay testigos ni ningún tipo de sospechoso en las desapariciones.

Además, también son dignas de análisis las desapariciones en sí mismas. Ninguna de las víctimas es lo que se podría haber considerado un objetivo fácil. No eran vagabundos sin techo, que se desvanecen con facilidad y de los que raramente se denuncian sus desapariciones. Las víctimas se han esfumado de sus hogares.

Desde la cuarta planta de un edificio de apartamentos e incluso desde un gimnasio y una celebración de boda. El caso más sorprendente es el del boxeador aficionado de 30 años Robert Walsh, que entró en el cine para ver una película con la chica con la que se había citado; pasados unos cuantos minutos de la sesión, la mujer se dio cuenta de que no se encontraba en su asiento. Su cuerpo se halló apenas tres horas más tarde, cuando los bomberos acudieron para apagar un incendio producido dentro de un contenedor de basuras, a unos treinta kilómetros de distancia de la sala cinematográfica.

Otro rasgo común en la serie de asesinatos: todas las víctimas desaparecieron durante la noche.

¿Y cuál es la característica más alarmante? La progresión. Seis de los homicidios se cometieron en el primer mes, once en el segundo. Sólo en los últimos diez días se han producido ya veintidós asesinatos. Y la policía no se encuentra más cerca de descubrir al responsable ahora, de lo que lo estaba cuando se halló el primer cuerpo carbonizado.

Las evidencias son contradictorias, los hechos espantosos. ¿Se trata de una nueva banda criminal o de un asesino en serie en estado de actividad salvaje? ¿O quizás es algo más que la policía no se atreve a imaginar?

Sólo hay un hecho irrefutable: algo terrible acecha en Seattle.

Me llevó tres intentos leer la última frase y me di cuenta de que el problema eran mis manos, que temblaban.

—¿Emma?

Tan concentrada como estaba, la voz de Regina, aunque tranquila y no del todo inesperada, me hizo jadear y darme la vuelta.

Permanecía apoyada en el marco de la puerta, con las cejas alzadas. Y de pronto estaba ya a mi lado, cogiéndome la mano.

—¿Te he sobresaltado? Lo siento, tendría que haber llamado.

—No, no —me apresuré a responder—. ¿Has visto esto? —le señalé el periódico.

Una arruga le cruzó la frente.

—Todavía no he leído las noticias de hoy, pero sé que se está poniendo cada vez peor. Vamos a tener que hacer algo… enseguida.

Aquello no me gustó ni un pelo. Odiaba que ninguno de ellos asumiera riesgos, y quien o lo que fuera que se encontraba en Seattle estaba empezando a aterrorizarme de verdad. Aunque la idea de la llegada de los Vulturis me asustaba casi lo mismo.

—¿Qué dice Ruby?

—Ése es el problema —su ceño se acentuó—. No puede ver nada…, aunque hemos estado tomando decisiones una media docena de veces para ver qué pasa. Está perdiendo la confianza. Siente que se le escapan demasiadas cosas en estos días, que algo va mal, que quizás esté perdiendo el don de la visión.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Y eso puede suceder?

—¿Quién sabe? Nadie ha hecho jamás un estudio, pero la verdad es qué lo dudo. Estas cosas tienden a intensificarse con el tiempo. Mira a Gold y Marian.

—Entonces, ¿qué es lo que va mal?

—Creo que la profecía que se cumple por sí misma. Estamos esperando que Ruby vea algo para actuar, y ella no visualiza nada porque no lo haremos en realidad hasta que ella vea algo. Ése es el motivo por el que no nos ve. Quizá debamos actuar a ciegas.

Me estremecí.

—No.

—¿Tienes muchas ganas hoy de ir a clase? Sólo nos quedan un par de días para los exámenes finales y dudo que nos vayan a dar nada nuevo.

—Creo que puedo vivir un día sin el instituto. ¿Qué vamos a hacer?

—Vamos a hablar con Jefferson.

Otra vez Jefferson. Era extraño. En la familia Mills, Jefferson estaba siempre en el límite, participaba en las cosas sin ser nunca el centro de ellas. Había asumido sin palabras que en realidad estaba allí sólo por Ruby. Tenía la intuición de que seguiría a Ruby a donde fuera, pero que este estilo de vida no había sido decisión suya. El hecho de que estuviera menos comprometido con ello que los demás era probablemente la razón por la cual le costaba más asumirlo.

De cualquier modo, nunca había visto a Regina sentirse dependiente de Jefferson. Me pregunté otra vez qué quería decir cuando se refería a su «pericia». Realmente no es que supiera mucho sobre la historia de Jefferson, salvo que venía de algún lugar del sur antes de que Ruby le encontrara. Por alguna razón, Regina solía evitar cualquier pregunta sobre su hermano más reciente, y a mí siempre me había intimidado ese alto vampiro rubio, que tenía el aspecto perturbador de una estrella de cine, como para preguntarle directamente.

Cuando llegamos a casa de los Mills, nos encontramos con Henry, Cora y Jefferson viendo las noticias con mucho interés, aunque el sonido era tan bajo que me pareció casi ininteligible. Ruby estaba sentada en el último escalón de las enormes escaleras, con el rostro entre las manos y aspecto desanimado. Mientras entrábamos, Killian asomó por la puerta de la cocina, con un aspecto totalmente relajado. Nada alteraba jamás a Killian.

—Hola, Regina. ¿Qué? ¿Escaqueándote, Emma? —me dedicó su ancha sonrisa.

—Hemos sido las dos —le recordó Regina.

Killian se echó a reír.

—Ya, pero ella es la primera vez que va al instituto. Quizá se pierda algo.

Regina puso los ojos en blanco, pero, por lo demás, ignoró a su hermano favorito. Le entregó el periódico a Henry.

—¿Has visto que ahora están hablando de un asesino en serie? —preguntó.

Henry suspiró.

—Dos especialistas han debatido esa posibilidad en la CNN durante toda la mañana.

—No podemos dejar que esto continúe así.

—Pues vamos ya —intervino Killian, lleno de entusiasmo repentino—. Me muero de aburrimiento.

Un siseo bajó las escaleras desde el piso de arriba.

—Ella siempre tan pesimista —murmuró Killian para sí mismo.

Regina estuvo de acuerdo con él.

—Tendremos que ir en algún momento.

Zelena apareció por la parte superior de las escaleras y bajó despacio. Tenía una expresión serena, indiferente.

Henry sacudía la cabeza.

—Esto me preocupa. Nunca nos hemos visto envueltos en este tipo de cosas. No es asunto nuestro, no somos los Vulturis.

—No quiero que los Vulturis deban aparecer por aquí —comentó Regina—. Eso nos concede mucho menos tiempo para actuar.

—Y todos esos pobres inocentes humanos de Seattle… —susurró Cora—. No está bien dejarlos morir de ese modo.

—Ya lo sé —Henry suspiró.

—Oh —intervino Regina de repente, volviendo ligeramente la cabeza para mirar a Jefferson—. No lo había pensado. Claro, tienes razón, ha de ser eso. Bueno, eso lo cambia todo.

No fui la única que la miró confundida, pero debí de ser la única que no la miró algo enojada.

—Creo que es mejor que se lo expliques a los demás —le dijo Regina a Jefferson—. ¿Cuál podría ser el propósito de todo esto? —Regina comenzó a pasearse de un lado a otro, mirando el suelo y perdida en sus pensamientos.

Yo no la había visto levantarse, pero Ruby estaba allí, a mi lado.

—¿De qué habla? —le preguntó a Jefferson—. ¿En qué estás pensando?

Jefferson no pareció contento de convertirse en el centro de atención. Dudó, intentando interpretar cada uno de los rostros que había en el salón, ya que todo el mundo se había movido para escuchar lo que tuviera que decir y entonces sus ojos se detuvieron en mí.

—Pareces confusa —me dijo, con su voz profunda y muy tranquila.

No era una pregunta. Jefferson sabía lo que yo sentía al igual que sabía lo que sentían todos los demás.

—Todos estamos confusos —gruñó Killian.

—Podrías darte el lujo de ser un poco más paciente —le contestó Jefferson—. Ella también debe entenderlo. Ahora es uno de nosotros.

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Especialmente por el poco contacto que había tenido con él a partir de que intentara matarme el día de mi cumpleaños. No me había dado cuenta de que pensara en mí de este modo.

—¿Cuánto es lo que sabes sobre mí, Emma? —inquirió.

Killian suspiró teatralmente y se dejó caer sobre el sofá para esperar con impaciencia exagerada.

—No mucho —admití.

Jefferson miró a Regina que levantó la mirada para encontrarse con la suya.

—No —respondió Regina a sus pensamientos—. Estoy segura de que entiendes por qué no le he contado esa historia, pero supongo que debería escucharla ahora.

Jefferson asintió pensativo y después empezó a enrollarse la manga de su jersey de color marfil sobre el brazo.

Le observé, curiosa y confusa, intentando entender el significado de sus actos. Sostuvo la muñeca bajo la lámpara que tenía al lado, muy cerca de la luz de la bombilla y pasó el dedo por una marca en relieve en forma de luna creciente que tenía sobre la piel pálida.

Me llevó un minuto comprender por qué la forma me resultaba tan familiar.

—Oh —exclamé, respirando hondo cuando me di cuenta—. Jefferson, tienes una cicatriz exactamente igual que la mía.

Alcé la mano, con la marca en forma de media luna más nítida contra mi piel de color crema que contra la suya, más parecida al alabastro.

Jefferson sonrió de forma imperceptible.

—Tengo un montón de cicatrices como la tuya, Emma.

El rostro de Jefferson era impenetrable cuando se arremangó la fina manga del jersey. Al principio, mis ojos no pudieron entender el sentido de la textura que tenía la piel allí. Había un montón de medias lunas curvadas que se atravesaban unas con otras formando un patrón, como si se tratara de plumas, que sólo eran visibles, al ser todas blancas, gracias a que el brillante resplandor de la lámpara hacía que destacaran ligeramente al proyectar pequeñas sombras delineando los contornos. Entonces comprendí que el diseño estaba formado por medias lunas individuales como la de mi muñeca.

Miré de nuevo mi pequeña cicatriz solitaria y recordé cómo había sufrido. Vi de nuevo la forma de los dientes de James, grabada para siempre en mi piel.

Entonces, tragué con dificultad el aire, y le miré.

—Jefferson, ¿qué fue lo que te pasó?