Capítulo 5

Draco nunca lo admitiría en voz alta, pero pensaba que era divertido tener a Harry en casa. El hombre en realidad podía mantener una conversación decente y no era tan estúpido como Draco pensaba. Había hablado con él acerca de política y Harry había logrado mantener esa particular conversación. Claro, no podía aportar una opinión sobre diversos temas de política, pero sí argumentos decentes. Y era bueno con los niños.

Scorpius adoraba a Harry. Lo seguía a todas partes y le exigía un beso de buenos días y otro de buenas noches. Le pedía que le cargara y abrazara constantemente. Harry lo hacía la mayoría de las veces, ya que le divertía, pero había momentos en los que se negaba a darle un abrazo porque necesitaba pasar más tiempo con su ahijado también.

Harry pasó una gran cantidad de tiempo volando con Teddy, ya que era algo que al niño le encantaba hacer. Cada vez que Harry había ido a volar con su ahijado, Draco se había dado cuenta de que Scorpius se sentaba junto a la ventaba que daba al jardín y esperaba con una mueca en su rostro hasta que Harry aterrizaba en el suelo de nuevo.

Por ahora, Draco se preguntaba a sí mismo seriamente si su hijo estaba obsesionado con Harry. Pero no dijo nada al respecto, ya que Scorpius se comportó bien todo el fin de semana, a diferencia de otros, donde tenía rabietas.

Era domingo por la mañana cuando algo sucedió.

Estaban todos desayunando, cuando Scorpius preguntó de repente:

—¿Harry, te gusta papá?

Harry le miró confundido y casi se atragantó con el café.

—¿Disculpa?

Teddy frunció el ceño.

—¿Te gusta papá? —repitió Scorpius sonriendo.

Harry miró a Draco, quien estaba sonriendo, el muy cabrón.

—Euhm, supongo que sí. Nos llevamos bien ahora y puede ser agradable si quiere.

—¡Oye! —dijo Draco, ofendido—. Yo siempre soy agradable.

Harry puso los ojos en blanco.

Scorpius les miró inocentemente.

—Entonces tienes que darle un besito a papá.

Harry lo miró sorprendido, mientras que Draco sólo parpadeaba.

—¿Qué? Scorpius, no puedo hacer eso —protestó Harry.

—¿Por qué no? —le preguntó Scorpius, sinceramente confundido—. A mamá también le gustó papá durante un tiempo y ella le daba un beso todos los días. Tú has dicho que te gusta papá, así que tienes que darle un beso también.

Harry se frotó los ojos, mientras que Teddy dejaba de comer para ver qué sucedería.

—Scorpius, tu papá y yo no nos gustamos de la misma forma en la que lo hacía él con tu mamá. Así que no voy a darle un beso, porque nos gustamos de otra manera.

—¡Pero te gusta papá! ¿O has mentido? —El labio inferior de Scorpius comenzó a temblar. A Harry tenía que gustarle su papá, así podrían ser una familia.

Harry suspiró.

—No, Scorpius, no mentí.

—¡Entonces debes darle un beso!

Harry volteó hacia Draco, desesperado.

—Draco, dile algo a tu hijo, por favor. Explícale por qué no podemos darnos un beso.

Draco, que no gustaba de ver a su hijo disgustado y montando una escena, simplemente se encogió de hombros.

—Una vez que se le mete una idea en la cabeza, no podrás hacerlo desistir. Podemos sentarnos aquí por horas, tratando de hacerle entender que nos gustamos, pero no lo suficiente como para darnos un beso y que por ahora no hay nada más. Es mejor si nos damos un beso rápido, entonces dejará de hablar de ello.

—Pero no quiero darte un beso —se quejó Harry y puso mala cara.

Draco puso los ojos en blanco.

—Por el amor a Merlín, Potter. Es sólo un maldito beso. Lo hacemos rápido y se acabó.

Harry resopló.

—Bien—miró al rubio y se levantó. Caminó alrededor de la mesa y se inclinó para darle un casto beso en la mejilla a Draco. Luego miró a Scorpius.

—¿Estás feliz ahora?—le preguntó.

Scorpius negó con la cabeza.

—No, lo has hecho mal. Tienes que darle un beso en la boca a papá.

Harry se quedó blanco y Draco palideció también.

—¿Q…qué? ¡Definitivamente, no voy hacer eso! —protestó Harry, y dio un paso hacia atrás, negando con la cabeza.

Scorpius hizo un mohín.

—¿Por qué no? Si te gusta papá, tienes que darle un beso en los labios. Mamá lo hacía.

—Sí, pero tu madre lo hacía porque le gustaba mucho tu papá. Tu padre no me gusta tanto —Harry trató de razonar con el niño de seis años.

Fue un error decir eso.

Los ojos de Scorpius se aguaron y sollozó, su labio inferior temblando más. A Harry no le gustaba su papá. ¡Pero tenía que gustarle! ¡Tenía que gustarle papá y así podrían formar una familia!

—Oh, al diablo con todo —murmuró Draco y se levantó. Odiaba ver a su hijo de esa manera y si un beso en la boca lo haría feliz —Draco no tenía ni idea de por qué estaría pidiendo eso—, entonces lo haría. Gracias a Merlín, Harry al menos era atractivo.

Harry observó con cautela al ver a Draco avanzar hacia él y sus ojos se agrandaron cuando Draco se inclinó. El bastardo seguía siendo unos cuantos centímetros más alto que él.

Los ojos de Teddy casi salen de sus órbitas cuando vio a Draco presionar sus labios en la boca de su padrino y besarlo con fuerza.

Scorpius chilló cuando vio que su padre y Harry se besaban y aplaudió.

Después de diez segundos, Harry empujó a Draco y discretamente se limpió la boca.

—No tenías que hacerlo durante tanto tiempo —murmuró, mirando fijamente al rubio frente a él.

Draco le miró con calma.

—No te has muerto ¿verdad? Además, creo que hay cosas peores que besarme —sonrió.

—No es muy probable —murmuró Harry, y volvió a su asiento.

Draco se sentó también.

—Así que, Scorpius, ¿fue ese beso lo suficientemente bueno?

Scorpius asintió alegremente.

—Sí, ahora os vais a besar todos los días. Tú y mamá también lo hacíais.

Harry gruñó y con un ruido sordo, dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Voy a ser tan feliz cuando me vaya de aquí —murmuró bajo su respiración. Besar a Malfoy todos los días sería una completa pesadilla. Ya era bastante haberle dado un beso en ese momento, ¡ni hablar de hacerlo todos los días! No importaba si era guapo y besaba bien; ¡Harry Potter no era gay y nunca querría a Draco Malfoy de esa manera!

Teddy miró bajo sus pestañas al niño justo frente a él y frunció el ceño. ¿A que estaba jugando? ¿Por qué quería que Draco y su padrino se besaran? ¡Eran dos chicos! El hecho de que a su padrino tal vez le gustase Draco, no significaba que tuviese que darle un beso. Besarse en la boca era algo que sólo las parejas hacían. Teddy podía tener nueve años, pero sabía que besarse en la boca cuando dos personas sólo eran amigos, era algo que no se hacía. Tal vez un beso en la mejilla, claro. Pero, ¿en la boca? No. Sólo lo harían si estuviesen enamorados el uno del otro. ¡Y su Prongslet y Draco no estaban enamorados! Harry no era gay, a él le gustaban las chicas. Aunque Teddy no podía entender por qué a su padrino le gustaban las chicas. Las chicas eran asquerosas. Tenían piojos. Pero Teddy suponía que era cosa de adultos el que le gustasen.

Draco arqueó una ceja cuando escuchó lo que había dicho su hijo, y luego miró a Harry, quien había golpeado su cabeza contra la mesa. Resopló inaudiblemente y tomó un sorbo de su té. Su hijo estaba tramando algo, estaba seguro. Draco no tenía ni idea de lo que era.


Al día siguiente, ya era la hora de hacer una visita a Snape. Harry se sentía un poco nervioso. La última vez que había visto a su antiguo profesor, se estaba muriendo en la Casa de los Gritos y le había entregado algunos recuerdos. ¿Cómo iba a reaccionar Snape cuando viese a Harry? No era como si se pudiesen soportar. Se habían odiado cuando estaban en la escuela. Y allí estaba, preparándose para encontrarse con él y pedirle ayuda.

Harry se estremeció al pensar eso. Snape tendría un ataque de risa por eso —si el imbécil grasiento pudiese reír—.

—Harry, ¿estás listo? Antes de visitar a Severus, tenemos que llevar a Scorpius y Teddy a la escuela —gritó Draco desde abajo.

—¡Estoy listo! ¡Jesús! Cálmate, ¿quieres? —dijo Harry molesto y se puso su túnica. Llevaba una camisa azul oscuro y pantalón negro, su túnica también era negra. Calzaba botas de cuero de dragón negro. Agarró la bolsa con el frasco del veneno que había reunido junto con los resultados obtenidos por los otros expertos en pociones del Ministerio.

Cuando bajó las escaleras, vio a Teddy y a Scorpius esperando en la puerta, ambos con sus mochilas escolares. Como siempre, Teddy estaba frunciéndole el ceño a Scorpius, quien hacía lo posible por ignorar el gesto. Harry se preguntó por qué a Teddy parecía no agradarle Scorpius. Él siempre había congeniado muy bien con los niños más pequeños, así que ¿cuál era el problema con el joven Malfoy?

—¿Listos para irnos?—preguntó Harry y Draco apareció a su lado.

Llevaba una camisa de botones blanca y un pantalón negro y unos brillantes zapatos del mismo color. Toda la ropa de diseñador, por supuesto.

La mansión Malfoy no estaba muy lejos de la escuela, por lo que decidieron ir a pie, disfrutando del sol.

Todo el camino hacia la escuela, Scorpius estuvo hablando entusiasmado de lo que harían esa semana. Teddy simplemente guardó silencio y sostuvo la mano de Harry —algo que no había hecho durante años—.

Luego llegó el momento que Harry odiaba.

—Y cuando entremos a la escuela, tienes que besar a Harry, papá, porque eso también lo hacías con mamá —dijo Scorpius, totalmente en serio.

Harry negó con la cabeza.

—No, Scorpius, tu papá y yo no nos besaremos en la puerta de la escuela.

Scorpius hizo un mohín de nuevo. Draco vagamente pensó que tenía que hablar con su hijo por todas las escenas que estaba haciendo. Los Malfoy no hacían mohínes, incluso si no se salían con la suya.

—¿Por qué no?

—Porque la gente estará mirando y no les gustaría que tu padre me besase. Se enfadarían —explicó Harry. Estar enfadado sería un eufemismo. Si los otros padres viesen al hijo de un mortífago besando a su Salvador aunque fuese para evitar el berrinche de un niño, posiblemente maldecirían a Draco y saldría en todos los periódicos al día siguiente. Aunque Draco podría ser un completo imbécil a veces, tenía sus momentos buenos, y sería una pena si esa nueva amistad terminaba porque Draco acabase en el hospital.

—Oh —dijo Scorpius con los ojos muy abiertos. No entendía por qué la gente se iba a enojar si veían a su padre besando a Harry, pero no creía que Harry le fuese a mentir sobre eso. Entonces, ¿cómo iba a lograr que se besaran? La razón por la cual pedía que se besaran era muy sencilla: Scorpius, hacía unas semanas, había visto una película y en ella, aparecía un hombre que siempre besaba a una mujer para demostrarle que le gustaba. Al principio la dama no quería que el hombre la besara y ella siempre se enfadaba, pero al final se enamoró del hombre y dijo que una de las razones por las que lo había hecho era porque los besos del hombre la hacían flotar como si estuviera en las nubes. Así que Scorpius pensó que si su padre le daba muchos besos a Harry, se enamorarían pronto.

Entonces tuvo una idea.

—¡Puedes besarle ahora! —chilló.

Harry se detuvo abruptamente.

—No, no podemos.

—¿Por qué no? No hay nadie aquí. Estamos solos —Scorpius mordió su labio inferior.

—Merlín, Harry, vamos a darnos un beso rápido, entonces todo habrá terminado y podremos seguir adelante. No me apetece estar aquí todo el día —dijo Draco molesto.

—Y a mí no me apetece besarte —Harry le miró enojado.

—Es una lástima —rápidamente, antes de que Harry pudiera reaccionar, Draco se inclinó y le dio un casto beso en la boca.

—Realmente te odio, Malfoy —murmuró Harry y se limpió la boca.

Draco puso los ojos en blanco.

—Sí, sí, vamos.

Finalmente llegaron a la escuela y los adultos se inclinaron para darle a cada niño un abrazo y un beso en la frente. Teddy no podía esperar a que el día acabara. Él y Prongslet iban a volver a su propia casa, lo que significaba que no tendría que pasar más tiempo con ese mocoso tan molesto, que siempre le quitaba la atención de Harry.

Harry tenía la sospecha de aparecer en los periódicos al día siguiente, ya que mucha gente lo había visto con Draco Malfoy llevando juntos a los niños al colegio, pero concluyó que se molestaría por ello luego. Ahora tenía que convencer a Snape primero —Que Merlín lo asistiera— para que lo ayudase en el caso.

Harry y Draco salieron de la calle y se metieron en un pequeño callejón.

—Bien, agarra mi brazo. Voy a aparecernos a los dos en la casa de Severus —le ordenó Draco.

—Esto no me gusta —murmuró Harry, pero, no obstante, se agarró al brazo de Draco.

Draco puso los ojos en blanco, pero no se molestó en decir nada. Cerró los ojos y se concentró en la vista de la terraza de Snape.

Después de cinco horribles segundos, en los que viajaron por una especie de tubo, acabaron frente a una cerca de color negro con árboles alrededor.

Harry miró hacia arriba y se quedó boquiabierto cuando vio el tamaño de la casa. Era casi tan grande como la de los Malfoy, por decir algo. Había enormes ventanales en el frente y, para su sorpresa, no había cortinas para obstruir la luz del sol. El jardín estaba lleno de muchas plantas (Harry supuso que eran para las pociones de Snape), aunque había también flores: lirios para ser exactos. Harry se mordió el labio cuando vio esas flores, ya que, obviamente, eran un recordatorio de su madre, Lily* Evans.

Caminaron por el sendero y llamaron a la puerta, que estaba pintada de color café. Por un momento todo quedó en silencio y no pasó nada. Entonces la puerta se abrió y allí estaba Severus Snape, maestro de pociones, ex-profesor, ex-mortífago, la pesadilla de todos los estudiantes, a excepción de los Slytherin, y un ex-espía. La persona que debía estar muerta, pero había sobrevivido milagrosamente.

Snape alzó una ceja cuando vio a Harry parado junto a Draco, pero esa fue la única señal de sorpresa que mostró al verle.

—Bueno, bueno, ¿a quién tenemos aquí? Qué sorpresa —su voz todavía sonaba sobria y oscura, pero no tan venenosa como había sido en los años en los que Harry había asistido a la escuela—. Adelante, tengo curiosidad del motivo de su visita, Potter —en la comisura de sus labios apareció una pequeña mueca.

Esa iba a ser una visita que Harry jamás olvidaría. De eso estaba seguro.