Clavé los ojos en él durante más de un minuto sin saber qué decir. No se me ocurría nada.
La seriedad abandonó su cara cuando vio mi expresión de estupefacción.
—Vale —dijo mientras sonreía—. Eso es todo.
—Graham, yo… —sentí como si algo se me pegara a la garganta. Intenté aclarármela—. Yo no puedo… Quiero decir, yo no… Debo irme.
Me volví, pero él me aferró por los hombros y me hizo girar.
—No, espera. Eso ya lo sé, Emma, pero mira… Respóndeme a esto, ¿vale? ¿Quieres que me vaya y no volver a verme? Contesta con sinceridad.
Era difícil concentrarse en esa pregunta, así que me tomé un minuto antes de responder.
—No, no quiero eso —admití al fin.
Graham esbozó otra gran sonrisa.
—Pero yo no te quiero cerca de mí por la misma razón que tú a mí —objeté.
—En tal caso, dime exactamente por qué me quieres a tu alrededor.
Me lo pensé con cuidado.
—Te echo de menos cuando no estás. Cuando tú eres feliz —puntualicé—, me haces feliz, pero podría decir lo mismo de David.Eres como de la familia, y te quiero, pero no estoy enamorada de ti.
Él asintió sin inmutarse.
—Pero deseas que no me vaya de tu vida.
—Así es.
Suspiré. Era inasequible al desaliento.
—Entonces, me quedaré por ahí.
—Lo tuyo es masoquismo —refunfuñé.
—Sí.
Acarició mi mejilla derecha con las yemas de los dedos. Aparté su mano de un manotazo.
—¿Crees que podrías comportarte por lo menos un poquito mejor? —pregunté, irritada.
—No. Tú decides, Emma. Puedes tenerme como soy, con mi mala conducta incluida, o nada…
Le miré fijamente, frustrada.
—Eres mezquino.
—Y tú también.
Eso me detuvo un poco y retrocedí un paso sin querer. Él tenía razón. Si yo no fuera mezquina ni egoísta, le diría que no quería que fuéramos amigos y que se alejara. Me equivocaba al intentar mantener la amistad cuando eso iba a herirle. No sabía qué hacía allí, pero de pronto estuve segura de que mi presencia no era conveniente.
—Tienes razón —susurré.
Él se rió.
—Te perdono. Intenta no enfadarte mucho conmigo. En los últimos tiempos, he decidido que no voy a arrojar la toalla. Lo cierto es que esto de las causas perdidas tiene algo irresistible.
—Graham, la amo —miré fijamente a sus ojos en un intento de que me tomara en serio—. Ella es mi vida.
—También me quieres a mí —me recordó. Alzó la mano cuando empecé a protestar—. Sé que no de la misma manera, pero ella no es toda tu vida, ya no. Quizá lo fue una vez, pero se marchó, y ahora tiene que enfrentarse a la consecuencia de esa elección: yo.
Sacudí la cabeza.
—Eres imposible.
De pronto, se puso serio y situó su mano debajo de mi barbilla. La sujetó con firmeza para que no pudiera evitar su resuelta mirada.
—Estaré aquí, luchando por ti, hasta que tu corazón deje de latir, Emma —me aseguró—. No olvides que tienes otras opciones.
—Pero yo no las quiero —disentí mientras procuraba, sin éxito alguno, liberar mi barbilla—, y los latidos de mi corazón están contados, Graham. El tiempo casi se ha acabado.
Entornó los ojos.
—Razón de más para luchar, y luchar duro ahora que aún puedo —susurró.
Todavía sostuvo con fuerza mi mentón, apretaba con tanta fuerza que me hacía daño. Entonces, de repente, vi la resolución en sus ojos y quise oponerme, pero ya era demasiado tarde.
—N…
Estampó sus labios sobre los míos, silenciando mi protesta, mientras me sujetaba la nuca con la mano libre, imposibilitando cualquier intento de fuga. Me besó con ira y violencia. Empujé contra su pecho sin que él pareciera notarlo. A pesar de la rabia, sus labios eran dulces y se amoldaron a los míos con una nueva calidez.
Le agarré por la cara para apartarle, pero fue en vano otra vez. En esta ocasión sí pareció darse cuenta de mi rechazo, y le exasperó. Sus labios consiguieron abrirse paso entre los míos y pude sentir su aliento abrasador en la boca.
Actué por instinto. Dejé caer los brazos a los costados y me quedé inmóvil, con los ojos abiertos, sin luchar ni sentir, a la espera de que se detuviera.
Funcionó. Se esfumó la cólera y él se echó hacia atrás para mirarme. Presionó dulcemente sus labios contra los míos de nuevo, una, dos, tres veces. Fingí ser una estatua y esperé.
Al final, soltó mi rostro y se alejó.
—¿Ya has terminado? —le pregunté con voz inexpresiva.
—Sí.
Suspiró y cerró los ojos.
Eché el brazo hacia atrás y tomé impulso para propinarle un puñetazo en la boca con toda la fuerza de la que era capaz.
Se oyó un crujido.
—Ay, ay, ay —chillé mientras saltaba como una posesa con la mano pegada al pecho.
Estaba segura de que me la había roto.
Graham me miró atónito.
—¿Estás bien?
—No, caray… ¡Me has roto la mano!
—Emma, tú te has roto la mano. Ahora, deja de bailotear por ahí y permíteme echar un vistazo.
—¡No me toques! ¡Me voy a casa ahora mismo!
—Iré a por el coche —repuso con calma. Ni siquiera tenía colorada la mandíbula, como ocurre en las películas. Qué triste.
—No, gracias —siseé—. Prefiero ir a pie.
Me volví hacia el camino. Estaba a pocos kilómetros de la divisoria. Ruby me vería en cuanto me alejara de él y enviaría a alguien a recogerme.
—Déjame llevarte a casa —insistió Graham.
Increíblemente, tuvo el descaro de pasarme el brazo por la cintura.
Me alejé con brusquedad de él y gruñí:
—Vale, hazlo. Ardo en deseos de ver qué te hace Regina. Espero que te parta el cuello, maldito imbécil, prepotente y avasallador.
Graham puso los ojos en blanco y caminó conmigo hasta el lado del copiloto para ayudarme a entrar. Se había puesto a silbar cuando entró por la puerta del conductor.
—Pero… ¿no te he hecho nada de daño? —inquirí, furiosa y sorprendida.
—¿Estás de guasa? Jamás habría pensado que me habías dado un puñetazo si no te hubieras puesto a gritar. Quizá no sea de piedra, pero no soy tan blando.
—Te odio, Graham Black.
—Eso es bueno. El odio es un sentimiento ardiente.
—Yo te voy a dar ardor —repuse con un hilo de voz—. Asesinato, la última pasión del crimen.
—Venga, vamos —contestó, todo jubiloso y como si estuviera a punto de ponerse a silbar de nuevo—. Ha tenido que ser mejor que besar a una piedra.
—Ni a eso se ha parecido —repuse con frialdad.
Frunció los labios.
—Eso dices tú.
—Lo que es.
Eso pareció molestarle durante unos instantes, pero enseguida se animó.
—Lo que pasa es que estás enfadada. No tengo ninguna experiencia en esta clase de cosas, pero a mí me ha parecido increíble.
—Puaj —me quejé.
—Esta noche te vas a acordar. Cuando ella crea que duermes, tú vas a estar sopesando tus opciones.
—Si me acuerdo de ti esta noche, será sólo porque tenga una asquerosa pesadilla.
Redujo la velocidad del coche a un paso de tortuga y se volvió a mirarme con ojos abiertos y ávidos.
—Piensa en cómo sería, Emma, sólo eso —me instó con voz dulce y entusiasta—. No tendrías que cambiar en nada por mi causa, sabes que a David le haría feliz que me eligieras a mí y yo podría protegerte tan bien como tu vampira, quizás incluso mejor… Además, yo te haría feliz, Emma. Hay muchas cosas que ella no puede darte y yo sí. Apuesto a que ella ni siquiera puede besar igual que yo por miedo a herirte, y yo nunca, nunca lo haría, Emma.
Alcé mi mano rota.
Él suspiró.
—Eso no es culpa mía. Deberías haberlo sabido mejor.
—No puedo ser feliz sin ella, Graham.
—Jamás lo has intentado —refutó él—. Cuando te dejó, te aferraste a su ausencia en cuerpo y alma. Podrías ser feliz si la dejaras. Lo serías conmigo.
—No quiero ser feliz con nadie que no sea ella—insistí.
—Nunca podrás estar tan segura de ella como de mí. Te abandonó una vez y quizá lo haga de nuevo.
—No lo hará —repuse entre dientes. El dolor del recuerdo me mordió como un latigazo y me llevó a querer devolver el golpe—. Tú me dejaste una vez —le recordé con voz fría. Me refería a las semanas en que se ocultó de mí y en las palabras que me dijo en los bosques cercanos a su casa.
—No fue así —replicó con vehemencia—. Ellos me dijeron que no podía decírtelo, que no era seguro para ti que estuviéramos juntos, pero ¡jamás te dejé, jamás! Solía merodear por tu casa de noche, igual que ahora, para asegurarme de que estabas bien.
No estaba dispuesta a permitir que me hiciera sentir mal por eso en aquel momento.
—Llévame a casa. Me duele la mano.
Suspiró y volvió a conducir a velocidad normal, sin perder de vista la carretera.
—Tú sólo piensa en ello, Emma.
—No —repuse con obstinación.
—Lo harás esta noche, y yo estaré pensando en ti igual que tú en mí.
—Como te dije, sólo si sufro una pesadilla.
Me sonrió abiertamente.
—Me devolviste el beso.
Respiré de forma entrecortada, cerré los puños sin pensar y la mano herida me hizo reaccionar con un siseo de dolor.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—No te devolví el beso.
—Creo que soy capaz de establecer la diferencia.
—Es obvio que no. No te devolví el beso, intenté que me soltaras de una maldita vez, idiota.
Soltó una risotada gutural.
—¡Qué susceptible! Yo diría que estás demasiado a la defensiva.
Respiré hondo. No tenía sentido discutir con él. Iba a deformar mis palabras. Me concentré en la mano e intenté estirar los dedos a fin de determinar dónde estaba la rotura. Sentí en los nudillos fuertes punzadas de dolor. Gemí.
—Lamento de verdad lo de tu mano —dijo Graham; casi parecía sincero—. Usa un bate de béisbol o una palanca de hierro la próxima vez que quieras pegarme, ¿vale?
—No creas que se me va a olvidar —murmuré.
No comprendí adonde íbamos hasta que estuvimos en mi calle.
—¿Por qué me traes aquí?
Me miró sin comprender.
—Creí que me habías dicho que te trajera a casa.
—Puaj. Supongo que no puedes llevarme a casa de Regina, ¿verdad? —le reproché mientras rechinaba los dientes con frustración.
El dolor le crispó las facciones. Vi que le afectaba más que cualquier otra cosa que pudiera decir.
—Ésta es tu casa, Emma —repuso en voz baja.
—Ya, pero ¿vive aquí algún doctor? —pregunté mientras alzaba la mano otra vez.
—Ah —se quedó pensando casi un minuto antes de añadir—: Te llevaré al hospital, o lo puede hacer David.
—No quiero ir al hospital. Es embarazoso e innecesario.
Dejó que el vehículo avanzara al ralentí enfrente de la casa sin dejar de pensar, con gesto de indecisión. El coche patrulla de David estaba aparcado en la entrada.
Suspiré.
—Vete a casa, Graham.
Me bajé torpemente del Volkswagen para dirigirme a la casa. Detrás de mí, el motor se apagó y estaba menos sorprendida que enojada cuando descubrí a Graham otra vez a mi lado.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Ponerme un poco de hielo en la mano, telefonear a Regina para pedirle que venga a recogerme y me lleve a casa de Henry para que me cure la mano. Luego, si sigues aquí, iré en busca de una palanca.
No contestó. Abrió la puerta de la entrada y la mantuvo abierta para permitirme pasar.
Caminamos en silencio mientras pasábamos delante del cuarto de estar, donde David estaba repantigado en el sofá.
—Hola, chicos —saludó, inclinándose hacia delante—. Cuánto me alegra verte por aquí, Graham.
—Hola, David —le contestó Graham con tranquilidad y desparpajo.
Caminé sin decir ni mu hacia la cocina.
—¿Qué tripa se le ha roto? —quiso saber mi padre. Escuché cómo Graham le contestaba:
—Cree que se ha roto la mano.
Me dirigí al congelador y saqué una cubitera.
—¿Cómo se lo ha hecho?
Pensé que David debería divertirse menos y preocuparse más como padre.
Graham se rió.
—Me pegó.
David también se carcajeó. Torcí el gesto mientras golpeaba la cubitera contra el borde del fregadero. Los cubitos de hielo se desparramaron dentro de la pila. Agarré un puñado con la mano sana, los puse sobre la encimera y los envolví con un paño de cocina.
—¿Por qué te pegó?
—Por besarla —admitió Graham sin avergonzarse.
—Bien hecho, chaval —le felicitó David.
Apreté los dientes, me dirigí al teléfono fijo y llamé al móvil de Regina.
—¿Emma? —respondió a la primera llamada. Parecía más que aliviada, estaba encantada. Oí de fondo el motor del Mercedes, lo cual significaba que ya estaba en el coche. Estupendo—. Te dejaste aquí el móvil. Lo siento. ¿Te ha llevado Graham a casa?
—Sí —refunfuñé—. ¿Puedes venir a buscarme, por favor?
—Voy de camino —respondió ella de inmediato—. ¿Qué ocurre?
—Quiero que Henry me examine la mano. Creo que me la he roto.
Se hizo el silencio en la habitación contigua. Me pregunté cuánto tardaría Graham en salir por pies. Sonreí torvamente al imaginar su inquietud.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Regina con voz apagada.
—Golpee a Graham—admití.
—Bien —dijo Regina con voz siniestra—, aunque lamento que te hayas hecho daño.
Solté una risotada. Ella sonaba tan complacida como lo había estado David hacía unos instantes.
—Desearía haberle causado algún daño —suspiré, frustrada—. No le hice ni pizca.
—Eso tiene arreglo —sugirió.
—Esperaba que contestaras eso.
Hubo una leve pausa y ella, ahora con más precaución, continuó:
—No es propio de ti. ¿Qué te ha hecho?
—Me besó —gruñí.
Al otro lado de la línea sólo se oyó el sonido de un motor al acelerar.
David volvió a hablar en la otra habitación.
—Quizá deberías irte, Graham —sugirió.
—Creo que voy a quedarme por aquí si no te importa.
—Allá tú —murmuró mi padre.
Finalmente, Regina habló de nuevo.
—¿Sigue ahí ese perro?
—Sí.
—Voy a doblar la esquina —anunció, amenazadora, y colgó.
Escuché el sonido de su coche acelerando por la carretera mientras estaba colgando el teléfono, sonriente. Los frenos chirriaron con estrépito cuando apareció de sopetón delante de la casa. Fui hacia la puerta.
—¿Cómo está tu mano? —preguntó David cuando pasé por delante. Parecía muy violento, pero Graham, apoltronado a su lado en el sofá, se hallaba muy a gusto.
Alcé el paquete con hielo para mostrárselo.
—Se está hinchando.
—Quizá deberías elegir rivales de tu propio tamaño —sugirió mi padre.
—Quizá —admití.
Me acerqué para abrir la puerta. Regina me estaba esperando.
—Déjame ver —murmuró.
Examinó mi mano con tanta delicadeza y cuidado que no me causó daño alguno. Tenía las manos tan frías como el hielo, y mi piel agradecía ese tacto gélido.
—Me parece que tienes razón en lo de la fractura —comentó—. Estoy orgullosa de ti. Debes de haber pegado con mucha fuerza.
—Le eché los restos, pero no parece haber bastado.
Suspiré.
Me besó la mano con suavidad.
—Yo me haré cargo —prometió.
—Graham —llamó Regina con voz sosegada y tranquila.
—Vamos, vamos —avisó David, a quien oí levantarse del sofá.
Graham llegó antes al vestíbulo y mucho más silenciosamente, pero David no le anduvo a la zaga. Y lo hizo con expresión atenta y ansiosa.
—No quiero ninguna pelea, ¿entendido? —habló mirando sólo a Regina—. Puedo ponerme la placa si eso consigue hacer que mi petición sea más oficial.
—Eso no va a ser necesario —replicó Regina con tono contenido.
—¿Por qué no me arrestas, papá? —sugerí—. Soy yo la que anda dando puñetazos.
David enarcó la ceja.
—¿Quieres presentar cargos, Graham?
—No —Graham esbozó una ancha sonrisa. Era incorregible—. Ya me lo cobraré en otro momento.
Regina hizo una mueca.
—¿En qué lugar de tu cuarto tienes el bate de béisbol, papá? Voy a tomarlo prestado un minuto.
David me miró sin alterarse.
—Basta, Emma.
—Vamos a ver a Henry para que le eche un vistazo a tu mano antes de que acabes en el calabozo —dijo Regina.
Me rodeó con el brazo y me condujo hacia la puerta.
—Vale —contesté.
Ahora que ella me acompañaba ya no estaba enfadada. Me sentí confortada y la mano me molestaba menos. Caminábamos por la acera cuando oí susurrar a David detrás de mí.
—¿Qué haces? ¿Estás loco?
—Dame un minuto, David —respondió Graham—. No te preocupes, enseguida vuelvo.
Volví la vista atrás para descubrir que Graham hacía ademán de seguirnos. Se detuvo lo justo para cerrar la puerta en las narices a mi padre, que estaba inquieto y sorprendido.
Al principio, Regina lo ignoró mientras me llevaba hasta el coche. Me ayudó a entrar, cerró la puerta y después se encaró con Graham en la acera, la diferencia de alturas no parecía intimidarla y Regina emitía un aura regia.
Me incliné para sacar el cuerpo por la ventanilla abierta. Podía ver a mi padre mirando a hurtadillas a través de las cortinas del salón.
La postura de Graham era despreocupada, con los brazos cruzados sobre el pecho, pero apretaba la mandíbula con fuerza.
Regina habló con voz tan pacífica y amable que confería a sus palabras un tono extrañamente amenazador.
—No voy a matarte ahora. Eso disgustaría a Emma.
—Um —rezongué.
Regina se giró con ligereza para dedicarme una fugaz sonrisa. Conservaba la calma.
—Mañana te preocuparía mí amor—dijo mientras me acariciaba la mejilla con los dedos; luego, se volvió hacia Graham—. Pero si alguna vez Emma vuelve con el menor daño, y no importa de quién sea la culpa, da lo mismo que ella se tropiece y caiga o que del cielo surja un meteorito y le acierte en la cabeza, vas a tener que correr el resto de tus días a tres patas. ¿Lo has entendido, perro?
Graham puso los ojos en blanco.
—¿Quién va a regresar? —musité.
Regina continuó como si no me hubiera oído.
—Te romperé la mandíbula si vuelves a besarla —prometió con voz suave, aterciopelada y muy seria.
—¿Y qué pasa si es ella quien quiere besarme? —inquirió Graham arrastrando las palabras con deje arrogante.
—¡Ja! —bufé.
—En tal caso, si es eso lo que quiere, no objetaré nada —Regina se encogió de hombros, imperturbable—. Quizá convendría que esperaras a que ella lo dijera en vez de confiar en tu interpretación del lenguaje corporal, pero… tú mismo, es tu cara.
Graham esbozó una sonrisa burlona.
—Lo está deseando —refunfuñé.
—Sí, así es —murmuró Regina.
—Bueno, ¿y por qué no te encargas de su mano en vez de estar hurgando en mi cabeza? —espetó Graham con irritación.
—Una cosa más —dijo Regina, hablando despacio—. Yo también voy a luchar por ella. Deberías saberlo. No doy nada por sentado y pelearé con doble intensidad que tú.
—Bien —gruñó—, no es bueno batir a alguien que se tumba a la bartola.
—Ella es mía —afirmó Regina en voz baja, repentinamente sombría, no tan contenida como antes—, y no dije que fuera a jugar limpio.
—Yo tampoco.
—Mucha suerte.
Graham asintió.
—Sí, tal vez gane el más humano.
—Eso suena bien, cachorrito.
Graham hizo una mueca durante unos instantes, pero enseguida recompuso el gesto y se inclinó esquivando a Regina para sonreírme. Yo le devolví una mirada llena de ira.
—Espero que te mejores pronto de la mano. Lamento de veras que estés herida.
De manera pueril, aparté el rostro.
No volví a alzar la mirada mientras Regina daba la vuelta al coche y se subía por el lado del conductor, por lo que no supe si Graham volvía a la casa o continuaba allí plantado, mirándome.
—¿Cómo estás? —preguntó mi novia mientras nos alejábamos.
—Irritada.
Rió entre dientes.
—Me refería a la mano.
Me encogí de hombros.
—La he tenido peor.
—Cierto —admitió, y frunció el ceño.
Regina rodeó la casa para entrar en el garaje, donde estaban Killian y Zelena, cuyas piernas perfectas, inconfundibles a pesar de estar ocultas por unos vaqueros, sobresalían de debajo del enorme Jeep de Kiian. Él se sentaba a su lado con un brazo extendido bajo el coche para orientarlo hacia ella. Necesité un momento para comprender que él desempeñaba las funciones de un gato hidráulico.
Killian nos observó con curiosidad cuando Regina me ayudo a salir del coche con mucho cuidado y concentró la mirada en la mano que yo acunaba contra el pecho. Esbozó una gran sonrisa.
—¿Te has vuelto a caer, Emma?
Lo fulminé con la mirada.
—No, Killian, le aticé un puñetazo en la cara a un hombre lobo.
El interpelado parpadeó y luego estalló en una sonora carcajada Regina me guió, pero cuando pasamos al lado de ambos, Zelena habló desde debajo del vehículo.
—Jefferson va a ganar la apuesta —anunció con petulancia.
La risa de Killian cesó en el acto y me estudió con ojos calculadores.
—¿Qué apuesta? —quise saber mientras me detenía.
—Deja que te lleve junto a Henry —me urgió Regina mientras clavaba los ojos en Killian y sacudía la cabeza de forma imperceptible.
—¿Qué apuesta? —me empeciné mientras me encaraba con Regina.
—Gracias, Zelena —murmuró mientras me sujetaba con más fuerza alrededor de la cintura y me conducía hacia la casa.
—Regina… —me quejé.
—Es infantil —se escabulló—. Killian y Jefferson siempre están apostando.
—Killian me lo dirá.
Intenté darme la vuelta, pero me sujetó con brazo de hierro.
Suspiré.
—Han apostado sobre el número de veces que la pifias a lo largo del primer año.
—Vaya —hice un mohín que intentó ocultar mi repentino pánico al comprender el significado de la apuesta—. ¿Han apostado para ver a cuántas personas voy a matar?
—Sí —admitió él a regañadientes—. Zelena cree que tu temperamento da más posibilidades a Jefferson.
Me sentí un poco mejor.
—Jefferson apuesta fuerte.
—Se sentirá mejor si te cuesta habituarte. Está harto de ser el eslabón débil de la cadena.
—Claro, por supuesto que sí. Supongo que podría cometer unos pocos homicidios adicionales para que Jefferson se sintiera mejor. ¿Por qué no? —farfullé con voz inexpresiva y monótona. En mi mente ya podía ver los titulares de la prensa y las listas de nombres.
Me dio un apretón.
—No tienes que preocuparte de eso ahora. De hecho, no tienes que preocuparte de eso jamás si así lo deseas.
Proferí un gemido y Regina, impelida por la creencia de que era el dolor de la mano lo que me molestaba, me llevó más deprisa hacia la casa.
Tenía la mano rota, pero la fractura no era seria, sino una diminuta fisura en un nudillo. No quería que me enyesaran la mano y Henry dijo que bastaría un cabestrillo si prometía no quitármelo. Y así lo hice.
Regina llegó a creer que estaba inconsciente mientras Henry me ajustaba el cabestrillo a la mano con todo cuidado y expresó su preocupación en voz alta las pocas veces que sentí dolor, pero yo le aseguré que no se trataba de eso.
Como si no tuviera que preocuparme por una cosa más después de todo lo que llevaba encima.
Las historias acerca de vampiros recién convertidos que Jefferson nos había contado al narrarnos su pasado habían calado en mi mente y ahora arrojaban nueva luz con las noticias de la apuesta de Killian. Por curiosidad, me detuve a preguntarme qué se habrían apostado. ¿Qué premio puede interesar a quien ya lo tiene todo?
Siempre supe que iba a ser diferente. Albergaba la esperanza de convertirme en alguien fuerte, tal y como me decía Regina. Fuerte, rápida y, por encima de todo, guapa. Alguien capaz de estar junto a ella sin desentonar.
Había procurado no pensar demasiado en las restantes características que iba a tener. Salvaje. Sedienta de sangre. Quizá no sería capaz de contenerme a la hora de no matar gente, desconocidos que jamás me habían hecho daño alguno, como el creciente número de víctimas de Seattle, personas con familia, amigos y un futuro, personas con vidas. Y quizá yo fuera el monstruo que iba a arrebatárselas.
Pero podía arreglármelas con esa parte, la verdad, pues confiaba en Regina, confiaba en ella ciegamente, estaba segura de que no me dejaría hacer nada de lo que tuviera que arrepentirme. Sabía que ella me llevaría a cazar pingüinos a la Antártida si yo se lo pedía y que yo haría cualquier cosa para seguir siendo una buena persona, una «vampira buena». Me hubiera echado a reír como una tonta de no ser por aquella nueva preocupación.
¿Podía convertirme yo en algo parecido a los neófitos, a aquellas imágenes de pesadilla que Jefferson había dibujado en mi mente? ¿Y qué sería de todos a cuantos amaba si lo único que quería era matar gente?
Regina estaba demasiado obsesionada con que no me perdiera nada mientras era humana. Aquello solía resultarme bastante estúpido. No me preocupaba desaprovechar experiencias propias de los hombres. Mientras estuviera con ella, ¿qué más podía pedir?
Contemplé fijamente su rostro mientras ella vigilaba cómo Henry me sujetaba el cabestrillo. No había en este mundo nada a quien yo amara más que a ella. ¿Podía eso cambiar?
¿Había alguna experiencia humana a la que no estuviera dispuesta a renunciar?
