—Ha debido de ser la fiesta más larga de la historia universal —me quejé de camino a casa.

Regina no parecía estar en desacuerdo.

—Venga, ya ha terminado —me animó mientras me acariciaba el brazo con dulzura…

… ya que ahora era la única que necesitaba mimos. Regina estaba bien, así como toda su familia.

Todos me habían tranquilizado. Ruby se había acercado para darme unas palmadas de afecto mientras lanzaba una mirada elocuente a Jefferson, y éste no paró hasta que sentí un flujo de paz a mi alrededor, Cora me besó en la frente y me prometió que todo iba a ir bien, Killian se echó a reír escandalosamente y se quejó de que yo fuera la única a la que me permitieran pelear con hombres lobo… La solución de Graham los había dejado a todos relajados, casi eufóricos después de las interminables semanas de tensión. La confianza había reemplazado a la duda y la fiesta había concluido con un toque de verdadera celebración…

… salvo para mí.

Ya era bastante malo que los Mills pelearan por mi causa. Me costaba mucho aceptarlo. Era más de lo que podía soportar, pero…

… ¿también Graham? No, ni él ni los tontorrones de sus hermanos, la mayoría más jóvenes que yo. No eran más que descomunales niños muy cachas que se metían en líos como quien va de excursión a la playa. Mi seguridad no podía ponerles en peligro también a ellos. Estaba desquiciada de los nervios y se notaba. No sabía cuánto tiempo iba a resistir la tentación de empezar a gritar.

—Esta noche vas a llevarme contigo —susurré para mantener mi voz bajo control.

—Estás agotada, Emma.

—¿Crees que seré capaz de dormir?

Frunció el ceño.

—Esto va a ser una prueba. No estoy segura de que la cooperación… sea posible. No quiero que te pongas en medio.

Como si eso no me fuera a preocupar aún más…

—Recurriré a Graham si tú no me llevas.

Entrecerró los ojos. Aquello era un golpe bajo y yo lo sabía, pero no iba a aceptar de modo alguno que me dejara atrás.

Siguió sin responder cuando llegamos a mi casa. Las luces del cuarto de estar estaban encendidas.

—Te veo arriba —murmuré.

Entré de puntillas por la puerta principal y me fui al cuarto de estar, donde dormía David, despatarrado encima del sofá demasiado pequeño. Roncaba con una intensidad equiparable a la de una motosierra.

Le sacudí el hombro enérgicamente.

—¡Papá! ¡David! —él refunfuñó sin abrir los ojos todavía—. Ya he vuelto. Te vas a hacer daño en la espalda como sigas durmiendo en esa postura. Vamos, es hora de moverse.

Mi padre siguió sin despegar los párpados aun después de que le sacudiera varias veces, pero al fin me las arreglé para que se levantara. Le ayudé a llegar a su cama, donde se derrumbó encima de las mantas y, sin desvestirse, comenzó a roncar otra vez.

En esas condiciones, no era probable que se pusiera a buscarme demasiado pronto.

Regina esperó en mi habitación a que me lavara la cara y cambiara la ropa de la fiesta por unos vaqueros y una blusa de franela. Me observó con gesto mohíno desde la mecedora mientras colgaba en una percha del armario el jersey que me había regalado Ruby.

Tomé su mano y le dije:

—Ven aquí.

Luego, la atraje a la cama y la empujé encima de ella antes de acurrucarme junto a su cuerpo. Quizás ella estaba en lo cierto y yo estaba tan hecha polvo que me dormiría enseguida, pero no permitiría que se escabullera sin mí.

Me arropó con el edredón y me sujetó con fuerza.

—Relájate, por favor.

—Claro.

—Esto va a salir bien, Emma, lo presiento.

Apreté los dientes con fuerza.

Regina seguía irradiando alivio. A nadie, salvo a mí, le preocupaba que resultaran heridos Graham y sus amigos, y menos aún a los Mills.

Ella sabía que estaba a punto de dormirme.

—Escúchame, Emma, esto va a ser fácil. Vamos a pillar por sorpresa a los neófitos, que no tienen ni idea de la presencia de los licántropos. He visto cómo actúan en grupo, según recuerda Jefferson, y de veras creo que las técnicas de caza de los lobos van a funcionar con mucha limpieza. Una vez que estén divididos y sorprendidos, ya no van a ser rival para el resto de nosotros. Alguno, incluso, podría quedarse fuera. No sería necesario que participáramos todos —añadió para quitarle hierro.

—Claro, va a ser coser y cantar —murmuré en tono apagado.

—Calla, ya verás como sí —me acarició la mejilla—. No te preocupes ahora.

Comenzó a tararear mi nana pero, por una vez, no me calmó.

Iban a resultar heridas personas a quienes yo quería, bueno, en realidad, eran vampiros y licántropos, pero aun así los quería. Y aquello sería por mi causa. Otra vez. Deseé poder fijar mi mala suerte con algo más de precisión. Sentía ganas de salir y gritar al cielo: «Soy yo a quien queréis, aquí, aquí. Sólo a mí».

Me devané los sesos para hallar un camino en el que pudiera hacer eso: obligar a que mi mala suerte se centrara exclusivamente en mi persona. No iba a ser fácil y tendría que aguardar el momento oportuno.

No logré conciliar el sueño. Los minutos transcurrieron con rapidez y, para mi sorpresa, seguía en tensión y despierta cuando Regina nos incorporó a las dos para que estuviéramos sentadas.

—¿Estás segura de que no prefieres quedarte a dormir?

Le dirigí una mirada envenenada.

Suspiró y me alzó en brazos antes de salir por la ventana de un salto.

Echó a trotar por el silencioso bosque en sombras conmigo a su espalda y enseguida sentí su júbilo. Corría igual que cuando lo hacía sólo para nuestra propia diversión, nada más que para sentir el soplo del viento en el pelo. Era el tipo de actividad que me hubiera hecho feliz en tiempos menos angustiosos.

Su familia ya le aguardaba cuando llegamos al gran claro. Hablaban con despreocupación y tranquilidad. El retumbo de la risa de Killian resonaba de forma ocasional por el espacio abierto. Regina me dejó en el suelo y caminamos hacia ellos cogidas de la mano.

Era una oscura noche sin luna, oculta detrás de las nubes, por lo que pasó más de un minuto antes de que me diera cuenta de que estábamos en el claro donde los Mills jugaban al béisbol. Fue en aquel mismo paraje donde hacía más de un año James y su aquelarre habían interrumpido la primera de aquellas desenfadadas veladas. Se me hacía raro volver allí, como si aquella reunión estuviera incompleta hasta que estuvieran con nosotros James, Facilier y Mérida. Aquella secuencia de acontecimientos no iba a repetirse. Quizá todo se había alterado ahora que James y Facilier no iban a volver. Sí, alguien había cambiado su forma de actuar. ¿Era posible que los Vulturis hubieran alterado sus tradicionales procedimientos de intervención?

Yo albergaba serias dudas.

Mérida siempre me había parecido una fuerza de la naturaleza. Se asemejaba a un huracán que avanzaba hacia la costa en línea recta, implacable e inevitable, pero predecible. Quizá fuera un error considerarla una criatura tan limitada; lo más probable es que fuera capaz de adaptarse.

—¿Sabes lo que pienso? —le pregunté a Regina.

Ella se rió.

—No —contestó. Estuve a punto de sonreír—. ¿Qué piensas?

—Todos los cabos están anudados entre sí, no sólo dos, sino los tres.

—No te sigo.

—Han pasado tres cosas malas desde tu regreso —las enfaticé enumerándolas con los dedos—. Los neófitos de Seattle, el desconocido de mi cuarto y la primera de todas: Mérida vino a por mí.

Entrecerró los ojos. Daba la impresión de haber pensado en ello.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque estoy de acuerdo con Jefferson, los Vulturis adoran sus reglas y, además, de todos modos, habrían hecho un trabajo más fino —y porque ya habría muerto si ése hubiera sido su deseo, añadí en mi fuero interno—. ¿Recuerdas cuando rastreaste a Mérida el año pasado?

—Sí —frunció el ceño—. No se me dio demasiado bien.

—Ruby me dijo que estuviste en Seattle. ¿La seguiste hasta allí?

Frunció las cejas hasta el punto de que ambas casi se rozaron.

—Sí. Um..

—Ahí lo tienes. Se le pudo ocurrir la idea en esa ciudad, pero ella no sabe realmente cómo hacerlo de modo correcto, por eso los neófitos están fuera de control.

Regina sacudió la cabeza.

—Sólo Gold conoce con exactitud el funcionamiento de la presciencia de Ruby.

—Gold es quien mejor lo sabe, pero ¿acaso no la conocen bastante bien Elsa, Indrid y el resto de vuestros amigos de Denali? Facilier vivió con ellas durante mucho tiempo, y si mantuvo con Mérida una relación en términos lo bastante cordiales como para hacerle favores, ¿por qué no le iba a contar cuanto sabía?

Regina mantuvo el ceño fruncido.

—No fue ella quien entró en tu cuarto.

—¿Y no ha podido trabar nuevas amistades? Piensa en ello, si es Mérida quien se encuentra detrás del asunto de Seattle, está haciendo un montón de nuevos amigos, los está creando.

Su frente se pobló de arrugas que delataban la concentración con que sopesaba mis palabras.

—Um… Es posible —contestó al fin—. Sigo creyendo más viable la hipótesis de los Vulturis, pero tu teoría tiene un punto a su favor: la personalidad de Mérida. Tu conjetura encaja a la perfección con su forma de ser. Ha demostrado un notable instinto de supervivencia desde el principio. Quizá sea un talento natural. En cualquier caso, con este plan, ella no tendría que arriesgarse ante ninguno de nosotros, permanecería en la retaguardia y dejaría que los neófitos causaran estragos aquí. Tampoco correría grave peligro frente a los Vulturis. Es posible incluso que cuente con nuestra participación. Aunque su tropa ganase, no lo haría sin sufrir graves pérdidas, con lo cual sobrevivirían pocos neófitos en condiciones de testificar contra ella. De hecho —continuó pensando para sí misma—, apuesto a que ella ha planeado eliminar a los posibles supervivientes… Aun así, ha de tener algún amiguito un poco más maduro, no un converso reciente, capaz de dejar con vida a tu padre…

Examinó el lugar con el ceño torcido y luego, de pronto, salió de su ensueño y me sonrió.

—No hay duda de que es perfectamente posible, pero hemos de estar preparados para cualquier contingencia hasta estar seguros. Hoy estás de lo más perspicaz —añadió—. Es impresionante.

Suspiró.

—Quizá sea una simple reacción refleja a este lugar. Tengo la sensación de tenerla tan cerca que creo que me está mirando en este mismo momento.

La idea la hizo apretar los dientes.

—Jamás te tocará, Emma.

A pesar de sus palabras, recorrió atentamente con la mirada los oscuros árboles del bosque. Una extraña expresión pobló su rostro mientras escrutaba las sombras. Retiró los carnosos labios rojos hasta dejar los dientes al descubierto y en sus ojos ardió una luz extraña, algo similar a una fiera e indómita esperanza.

—Aun así, no les daré ocasión de estar tan cerca —murmuró— ni a Mérida ni a quienquiera que pretenda hacerte daño. Tendrán que pasar por encima de mi cadáver. Esta vez acabaré con ella personalmente.

La vehemente ferocidad de su voz me hizo estremecer y estreché sus dedos con los míos aún con más energía deseando tener suficiente fuerza para mantener enlazadas nuestras manos para siempre.

Nos encontrábamos muy cerca de su familia ya, y fue entonces cuando me percaté por vez primera de que Ruby no parecía compartir el optimismo de los demás. Permanecía en un aparte, mirando a Jefferson, que la estrechaba entre sus brazos, como si le necesitara para entrar en calor. Fruncía los labios en un mohín de contrariedad.

—¿Qué le pasa a Ruby? —pregunté con un hilo de voz.

Regina volvió a reír para sí entre dientes.

—No puede ver nada ahora que los licántropos están de camino. Esa «ceguera» le produce malestar.

A pesar de ser el miembro de los Mills más alejado de nosotros, ella oyó su cuchicheo, alzó los ojos y le sacó la lengua. Regina se rió otra vez.

—Hola, Regina —le saludó Killian—; hola, Emma, ¿te va a dejar participar en las prácticas?

Mi novia regañó a su hermano.

—Killian, por favor, no le des ideas.

—¿Cuándo llegan nuestros invitados? —le preguntó Henry a Regina.

Ésta se concentró durante unos instantes y suspiró.

—Estarán aquí dentro de minuto y medio, pero voy a tener que oficiar de traductora, ya que no confían en nosotros lo bastante como para usar su forma humana.

Henry asintió.

—Resulta duro para ellos. Les agradezco que vengan.

Miré a Regina con ojos entrecerrados.

—¿Vienen como lobos?

Ella asintió, mostrándose cauta ante mi reacción. Tragué saliva al recordar las dos veces en que había visto a Graham en su forma lobuna. La primera fue en el prado, con Facilier, y la segunda en el sendero del bosque cuando Paul se había enfadado conmigo… Ambos recuerdos eran aterradores.

Los ojos de Regina centellearon de un modo anómalo, como si se le acabara de ocurrir algo que tampoco fuera placentero. No tuve tiempo de estudiarla a fondo, ya que se volvió a toda prisa hacia Henry y los demás.

—Preparaos, estarán a la que salta.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Ruby.

—Silencio —le advirtió; luego, la miró de pasada cuando dirigía la vista en dirección a la oscuridad.

De pronto, el círculo informal de los Mills se estiró hasta forma una línea flexible en cuya punta estaban Jefferson y Killian. Supe que a Regina le habría gustado acompañarlos por la forma en que permanecía inclinada a mi lado. Estreché su mano con más fuerza.

Entrecerré los ojos para estudiar el bosque, pero no vi nada.

—Maldita sea —masculló Killian en voz baja—, ¿habíais visto algo así?

Cora y Zelena intercambiaron una mirada. Ambas tenían los ojos desorbitados por la sorpresa.

—¿Qué pasa? —susurré lo más bajito posible—. No veo nada.

—La manada ha crecido —me susurró Regina al oído.

¿Por qué se sorprendían? ¿Acaso no les había dicho yo que Quil se había unido al grupo? Agucé la vista para distinguir a los seis lobos en la penumbra. Finalmente, algo titiló en la oscuridad, y eran sus ojos, aunque a mayor altura de lo esperado. Había olvidado su talla. Eran altos como caballos, sin un gramo de grasa, todo pelaje y músculo, y unos dientes como cuchillas, imposibles de pasar por alto.

Sólo lograba verles los ojos. Mientras escrutaba las sombras en un intento de distinguirlos mejor, caí en la cuenta de que había más de seis pares de ojos delante de nosotros. Uno, dos, tres… Conté mentalmente los pares de pupilas a toda prisa. Dos veces.

Eran diez.

—Fascinante —murmuró Regina en un susurro apenas audible.

Henry avanzó un paso con deliberada lentitud. Fue un gesto lleno de cautela, destinado a insuflar tranquilidad.

—Bienvenidos —saludó a los lobos, aún invisibles.

—Gracias —contestó Regina con un tono extraño y sin gracia. Entonces, comprendí de inmediato que las palabras procedían de Sam.

Estudié los ojos relucientes situados en el centro de la línea de pupilas; brillaban a mayor altura que el resto. Seguía siendo imposible distinguir la figura negra del lobo gigante en la oscuridad.

Regina volvió a hablar con la misma voz distante, reproduciendo las palabras de Sam.

—Venimos a oír y escuchar, pero nada más. Nuestro autodominio no nos permite rebasar ese límite.

—Es más que suficiente —respondió Henry—. Mi hijo Jefferson goza de experiencia en este asunto —prosiguió, haciendo un gesto hacia la posición de Jefferson, que estaba tenso y alerta—. Él nos va a enseñar cómo luchar, cómo derrotarlos. Estoy seguro de que podréis aplicar esos conocimientos a vuestro propio estilo de caza.

—Los atacantes… ¿son diferentes a vosotros? —preguntó Sam por mediación de Regina.

Henry asintió.

—Todos ellos han sido transformados hace poco, apenas llevan unos meses en esta nueva vida. En cierto modo, son niños. Carecen de habilidad y estrategia, sólo tienen fuerza bruta. Esta noche son veinte, diez para vosotros y otros diez para nosotros. No debería ser difícil. Quizá disminuya su número. Los neófitos suelen luchar entre ellos.

Un ruido sordo recorrió la imprecisa línea lobuna. Era un gruñido bajo, un refunfuño, pero lograba transmitir una sensación de euforia.

—Estamos dispuestos a encargarnos de más de los que nos corresponden si fuera necesario —tradujo Regina, en esta ocasión habló con tono menos indiferente.

Henry sonrió.

—Ya veremos cómo se da la cosa.

—¿Sabéis el lugar y el momento de su llegada?

—Cruzarán las montañas dentro de cuatro días, a última hora de la mañana. Ruby nos ayudará a interceptarlos cuando se aproximen.

—Gracias por la información. Estaremos atentos.

Resonó un suspiro antes de que los ojos de la línea descendieran hasta el nivel del suelo casi al mismo tiempo.

Se hizo el silencio durante dos latidos de corazón, y luego Jefferson se adentró un paso en el espacio vacío entre los vampiros y los lobos. No me resultó difícil verle, ya que su piel refulgía en la oscuridad como los ojos de los licántropos. Jefferson lanzó una mirada de desconfianza a Regina, quien asintió. Entonces, les dio la espalda y suspiró con manifiesta incomodidad.

—Henry tiene razón —empezó Jefferson, dirigiéndose sólo a nosotros. Daba la impresión de que intentaba ignorar a la audiencia ubicada a sus espaldas—. Van a luchar como niños. Las dos cosas básicas que jamás debéis olvidar son: primera, no dejéis que os atrapen entre sus brazos, y segunda, no busquéis matarlos de frente, pues eso es algo para lo que todos están preparados. En cuanto vayáis a por ellos de costado y en continuo movimiento, van a quedar demasiado confusos para dar una réplica efectiva. ¿Killian?

El interpelado se adelantó un paso de la línea formada por los Mills con una ancha sonrisa.

Jefferson retrocedió hacia el extremo norte de la brecha entre los enemigos, ahora aliados. Hizo una señal a su hermano para que se adelantara.

—De acuerdo, que sea Killian el primero. Es el mejor ejemplo de ataque de un neófito.

Killian entornó los ojos y murmuró:

—Procuraré no romper nada.

Jefferson esbozó una ancha sonrisa.

—Con ello quiero decir que él confía en su fuerza. Su ataque es muy directo. Los neófitos tampoco van a intentar ninguna sutileza. Procuran matar por la vía rápida.

Jefferson retrocedió otros pocos pasos con el cuerpo en tensión.

—Vale, Killian… Intenta atraparme.

No conseguí ver a Jefferson. Se convirtió en un borrón cuando Killian cargó contra él como un oso, sonriente y sin dejar de gruñir. Era también muy rápido, por supuesto, pero no tanto como Jefferson, que parecía tener menos sustancia que un fantasma y se escurría de entre los dedos de su hermano cada vez que las manazas de Killian estaban a punto de atraparle. A mi lado, Regina se inclinaba hacia delante con la mirada fija en ellos y en el desarrollo de la pelea.

Entonces, Killian se quedó helado. Jefferson le había atrapado por detrás y tenía los colmillos a una pulgada de su garganta.

Killian empezó a maldecir.

Se levantó un apagado murmullo de reconocimiento entre los lobos, que no perdían detalle.

—Otra vez —insistió Killian, que había perdido su sonrisa.

—Eh, ahora me toca a mí —protestó Regina. La agarré con más fuerza.

—Aguarda un minuto —Jefferson sonrió mientras retrocedía—. Antes quiero demostrarle algo a Emma —le observé con ansiedad cuando le pidió por señas a Ruby que se adelantara—. Sé que te preocupas por ella —me explicó mientras Ruby entraba en el círculo con sus despreocupados andares de bailarina—. Deseo mostrarte por qué no es necesario.

Aunque sabía que Jefferson jamás permitiría que le sucediera nada malo a su compañera, seguía siendo duro mirar mientras él retrocedía antes de acuclillarse delante de ella. Ruby permaneció inmóvil. Parecía minúscula como una muñeca en comparación con Killian. Sonrió para sí misma. Jefferson se adelantó primero para luego deslizarse con sigilo hacia la izquierda.

Ella cerró los ojos.

El corazón me latió desbocado cuando vi a Jefferson acechar la posición de Ruby.

Él saltó y desapareció. De pronto, apareció junto a Ruby, que parecía no haberse movido.

Jefferson dio media vuelta y se lanzó de nuevo contra ella, sólo para caer en un ovillo detrás de Ruby, igual que la primera vez. Ella permaneció con los ojos cerrados y sin perder la sonrisa.

Entonces, la observé con mayor cuidado.

Ruby sí que se movía. Los ataques de Jefferson me habían despistado y yo lo había pasado por alto. Ella se adelantaba un pasito en el momento exacto en que el cuerpo de Jefferson salía disparado hacia la anterior posición de Ruby, que daba otro paso más mientras las manos engarfiadas del atacante silbaban al pasar por donde antes había estado su cintura.

Él la acosaba de cerca y ella comenzó a moverse más deprisa. ¡Estaba bailando! Se movía en espiral, se retorcía y se curvaba sobre sí misma. Mientras arremetía y la buscaba entre sus gráciles acrobacias, sin llegar a tocarla nunca, él se convertía en su pareja de baile, en una danza donde cada movimiento estaba coreografiado. Al final, Ruby se rió…

… apareció de la nada y se subió a la espalda de su compañero, con los labios pegados a su cuello.

—Te pillé —dijo ella antes de besar a Jefferson en la garganta.

Él rió entre dientes al tiempo que meneaba la cabeza.

—Eres un monstruito aterrador, de veras.

Los lobos farfullaron de nuevo. Esta vez el sonido reflejaba cautela.

—Les vendrá muy bien aprender un poco de respeto —murmuró Regina, divertida. Luego, en voz más alta, dijo—: Mi turno.

Me apretó la mano antes de marcharse. Ruby acudió para ocupar su lugar a mi lado.

—Hace frío, ¿eh? —me preguntó con una expresión engreída después de su exhibición.

—Mucho —admití sin apartar la vista de Regina, que se deslizaba sin hacer ruido hacia Jefferson con movimientos felinos y atentos, como los de un gato de los pantanos.

—No te quito el ojo de encima, Emma —me susurró de repente tan bajito que la oí a duras penas a pesar de tener los labios pegados a mi oído. Mi mirada osciló de su rostro a Regina, que estaba absorta contemplando a Jefferson. Ambos estaban haciendo amagos a medida que se acortaba la distancia entre ellos. Las facciones de Ruby tenían un tono de reproche—. Avisaré a Regina si decides llevar a la práctica tus planes —me amenazó—. Que te pongas en peligro no va a ayudar a nadie. ¿Acaso crees que algún neófito daría media vuelta si murieras? La lucha no cesaría ni por su parte ni por la nuestra. No puedes cambiar nada, así que pórtate bien, ¿vale?

Hice una mueca e intenté ignorarla.

—Te tengo vigilada —insistió.

Para ese momento, los dos contendientes se habían acercado el uno al otro y la lucha parecía ser más reñida que las anteriores. Jefferson contaba a su favor con la referencia de un siglo de combate y aunque intentaba actuar ciñéndose sólo a los dictados del instinto, el aprendizaje le guiaba una fracción antes de actuar. Regina era ligeramente más rápida, pero no estaba familiarizada con los movimientos de Jefferson. Proferían de modo constante instintivos gruñidos y se acercaban una y otra vez sin que ninguno fuera capaz de obtener una posición ventajosa. Como se movían demasiado deprisa para comprender lo que estaban haciendo, resultaba difícil de ver e imposible apartar la mirada. Los penetrantes ojos de los lobos atraían mi atención de vez en cuando. Tenía el presentimiento de que ellos se pispaban de todo aquello bastante más que yo, quizá más de lo conveniente.

Al final, Henry se aclaró la garganta, Jefferson se echó a reír y Regina se irguió, sonriéndole.

—Dejémoslo en empate —admitió Jefferson— y volvamos al trabajo.

Todos actuaron por turnos Henry, Zelena, Cora y luego Killian de nuevo. Entrecerré los ojos y me mantuve encogida cuando Jefferson atacó a Cora, cuyo enfrentamiento resultó ser el más difícil de ver. Después de cada uno, él ralentizaba sus movimientos, aunque no lo bastante para que yo los comprendiera, y daba nuevas instrucciones.

—¿Veis lo que estoy haciendo aquí? —preguntaba—. Eso es, justo así —los animaba—. Los costados, concentraos en los costados. No olvidéis cuál va a ser su objetivo. No dejéis de moveros.

Regina no se descuidaba ni un segundo en la vigilancia y escucha de aquello que los demás no podían ver.

Se me hizo difícil seguir la instrucción conforme los párpados me empezaron a pesar más y más. Las últimas noches no había dormido bien y, de todos modos, casi llevaba veinticuatro horas seguidas sin pegar ojo. Me apoyé sobre el costado de Regina y cerré los ojos.

—Estamos a punto de acabar —me avisó en un susurro.

Jefferson lo confirmó cuando se volvió hacia los lobos, por vez primera, con una expresión llena de incomodidad.

—Mañana seguiremos con la instrucción. Por favor, os invitamos a volver a venir para observar.

—Sí —respondió Regina con la fría voz de Sam—, aquí estaremos.

Entonces, Regina suspiró, me palmeó el brazo y se alejó de mí para volverse hacia su familia.

—La manada considera que les ayudaría el familiarizarse con nuestros efluvios para no cometer errores luego. Les sería más fácil si nos quedáramos quietos.

—No faltaría más —contestó Henry a Sam—. Lo que necesitéis.

Los lobos emitieron un gañido gutural y fúnebre mientras se incorporaban.

Olvidé la fatiga y abrí unos ojos como platos.

La intensa negrura de la noche empezaba a aclararse. El sol se escondía al otro lado de las montañas y todavía no alumbraba la línea del horizonte, pero ya iluminaba las nubes. Y de pronto, gracias a esa luminosidad, fue posible distinguir las formas y el color de las pelambreras cuando se acercaron los lobos.

Sam iba a la cabeza, por supuesto. Era increíblemente grande y negro como el carbón, un monstruo surgido de mis pesadillas en su sentido más literal. Después de que le viera a él y a los demás lobos en el prado, la camada había protagonizado algunos de mis peores delirios.

Era posible cuadrar aquella enormidad física con sus ojos ahora que podía verlos a todos, y parecían más de diez. La manada ofrecía un aspecto sobrecogedor.

Vi por el rabillo del ojo a Regina, que no me perdía de vista y evaluaba con atención mi reacción.

Sam se acercó a la posición de Henry, al frente de su familia, con el resto del grupo pegado a su cola. Jefferson se envaró, pero Killian, que estaba al otro lado de Henry, permanecía sonriente y relajado.

Sam olfateó a Henry. Me dio la impresión de que arrugaba el morro al hacerlo. Luego, se dirigió hacia Jefferson.

Recorrí las dos hileras de lobos con la mirada, convencida de poder identificar a los nuevos miembros de la manada. Había uno de color gris claro, mucho más pequeño que el resto, que tenía el pelaje del lomo erizado como muestra de disgusto. La pelambrera de otro era del color de la arena del desierto, tenía aspecto desgarbado y andares torpes en comparación con los del resto. Gimoteó por lo bajo cuando el avance de Sam le dejó solo entre Henry y Jefferson.

Posé los ojos en el lobo que iba detrás del líder. Tenía un pelaje marrón rojizo y era más grande que los demás, y en comparación, también más peludo. Era casi tan alto como Sam, el segundo de mayor tamaño del grupo. Su posición era despreocupada, con un descuido manifiesto, a diferencia del resto, que consideraban aquella experiencia toda una prueba.

El gran lobo de pelaje rojizo se percató de mi mirada y alzó los ojos para observarme con sus conocidos ojos grises.

Le devolví la mirada mientras intentaba asumir lo que ya sabía. Noté que mi rostro dejaba traslucir los sentimientos de fascinación y maravilla.

El hocico de la criatura se abrió, dejando entrever los dientes. Habría sido una expresión aterradora de no ser por la lengua que colgaba a un lado, esbozando una sonrisa lobuna.

Solté una risilla.

La sonrisa de Graham se ensanchó, mostrando sus dientes afilados. Abandonó su lugar en la fila sin prestar atención a las miradas de la manada y pasó trotando junto a Regina y Ruby para detenerse a poco más de medio metro de mi posición. Permaneció allí quieto y lanzó una rápida mirada a Regina, que se mantenía inmóvil como una estatua y evaluaba mi reacción.

La criatura bajó las patas delanteras y agachó la cabeza a fin de que su cara no estuviera a mayor altura que la mía y poder mirarme a los ojos, sopesando mi respuesta de un modo muy similar al de Regina.

—¿Graham? —pregunté, sin aliento.

La réplica fue un sonido sordo y profundo, muy parecido a una risa desvergonzada.

Los dedos me temblaron levemente cuando extendí la mano para tocar el pelaje marrón de un lado de su cara. Graham cerró los ojos e inclinó su enorme cabeza en mi mano. Emitió un zumbido monocorde desde el fondo de la garganta.

La pelambrera era suave y áspera al mismo tiempo, y cálida al tacto. Me picó la curiosidad y hundí en ella los dedos para saber cómo era la textura, acariciando el cuello allí donde se oscurecía el color. No reparé en lo mucho que me había acercado hasta que de pronto, y sin aviso previo, me pasó la lengua por toda la cara, desde la barbilla hasta el nacimiento del cabello.

—¡Eh, Graham, bruto! —me quejé al tiempo que retrocedía de un salto y le propinaba un manotazo, tal y como hubiera hecho si hubiera estado en su forma humana.

Mientras se alejaba, soltó entre dientes un aullido ahogado; se estaba riendo de nuevo.

Fue en ese momento cuando me percaté de que nos estaban mirando todos, los licántropos y los vampiros. Los Mills parecían perplejos y en algunos casos incluso disgustados. Resultaba difícil descifrar los rostros de los lobos, pero me dio la impresión de que el de Sam reflejaba descontento.

Y cuestión aparte era Regina, que estaba con los nervios de punta y claramente decepcionada. Advertí que ella había esperado una reacción diferente por mi parte, como que saliera huyendo o que me pusiera a chillar.

Graham profirió otra vez esa risa descarada.

El resto de la manada había empezado a retroceder sin perder de vista a los Mills. Graham remoloneó a mi lado mientras observaba cómo se iban sus compañeros, hasta que los perdimos de vista en las profundidades del bosque. Sólo dos de ellos se rezagaron junto a los árboles, mirando a Jacob. Adoptaron una postura que irradiaba ansiedad.

Regina suspiró, ignoró a Graham y se acercó a mí para tomarme de la mano.

—¿Estás lista? —me preguntó.

Antes de que yo pudiera contestar, Regina se volvió hacia Graham y le habló.

—Todavía no he averiguado todos los detalles —respondió a la pregunta que el lobo le había formulado en su mente.

Graham refunfuñó con resentimiento.

—Es más complicado que todo eso —contestó Regina—. No te preocupes, me encargaré de que esté a salvo.

—¿De qué estáis hablando? —exigí saber.

—Sólo estamos discutiendo sobre estrategias.

Regina hizo oscilar su cabeza para mirarnos a Regina y a mí antes de saltar de repente en dirección al bosque. Mientras corría, veloz como una flecha, me percaté por vez primera del trozo de tela negra que llevaba en la pata trasera.

—¡Espera! —le llamé a voz en grito.

Extendí una mano para alcanzarle sin pensar, pero él se perdió entre los árboles en cuestión de segundos seguido por los otros dos lobos.

—¿Por qué se va? —le pregunté, molesta.

—Va a volver —repuso Regina, resignada—. Desea poder hablar por sí mismo.

Observé la linde del bosque por la que había desaparecido el lobo mientras me apoyaba en el costado de Regina. Estaba al borde del colapso, pero seguí luchando por mantenerme en pie.

Graham acudió al trote, pero esta vez no a cuatro patas, sino a dos piernas. Iba con el pecho desnudo y llevaba la melena enmarañada y alborotada. No vestía más atuendo que los pantalones cortos de color negro. Corría sobre el suelo helado con los pies descalzos y ahora acudía solo, aunque sospeché que sus amigos se mantenían ocultos entre los árboles.

Los Mills se habían situado en corrillo y hablaban en cuchicheos entre ellos. Aunque rehuyó a los vampiros, no tardó mucho en cruzar el campo.

—Vale, chupasangres —dijo Graham cuando se plantó a un metro escaso de nosotros; era obvio que retomaba la conversación que yo me había perdido—. ¿Por qué es tan complicado?

—He de sopesar todas las posibilidades —replicó Regina, sin inmutarse—. ¿Qué ocurre si te atrapan?

Graham resopló ante esa idea.

—Vale, entonces, ¿por qué no la dejamos a cubierto? De todos modos, Collin y Brady van a quedarse en retaguardia; estará a salvo con ellos.

Torcí el gesto.

—¿Habláis de mí?

—Sólo quiero saber qué planea hacer contigo durante la lucha —explicó Graham.

—¿Hacer conmigo?

—No puedes quedarte en Forks, Emma —me explicó Regina con voz apaciguadora—. Conocen tu paradero. ¿Qué ocurriría si alguno llegara a escabullirse?

Sentí un retortijón en el estómago y la sangre me huyó del rostro.

—¿David? —dije casi sin aliento.

—Estará con Marco —me aseguró Graham enseguida—. Si mi padre ha de cometer un asesinato para conseguir que vaya a la reserva, lo hará. Probablemente, no tendrá que llegar a eso. Será el sábado, ¿no? Hay partido.

—¿Este sábado? —pregunté mientras la cabeza me daba vueltas. Me hallaba demasiado aturdida para controlar mis pensamientos desbocados. Miré a Regina y le dediqué un mohín—. ¡Mierda! Acabas de perderte tu regalo de graduación.

Ella se rió.

—Lo que vale es la intención —me recordó—. Puedes darle las entradas a quien quieras.

Enseguida se me ocurrió la solución.

—Belle y Ben —decidí de inmediato—. De ese modo, al menos estarán fuera del pueblo.

Regina me acarició la mejilla.

—No puedes evacuar a todos —repuso con voz gentil—. Ocultarte es una simple precaución, te lo aseguro. Ahora ya no tenemos problema. No son suficientes para mantenernos ocupados.

—¿Y qué ocurre con el plan de protegerla en La Push? —le interrumpió Graham con impaciencia.

—Ha ido y venido de allí demasiadas veces —explicó Regina—. El lugar está lleno de su rastro. Mi hermana sólo ha visto venir de caza a neófitos muy recientes, pero alguien más experimentado ha tenido que crearlos. Todo esto podría ser una maniobra de distracción por parte de quienquiera que sea, él… —Regina hizo una pausa para mirarme— o ella. Y aunque Ruby lo verá si decide venir a echar un vistazo por sí mismo, quizás en ese momento estemos demasiado ocupados. No puedo dejarla en ningún lugar que haya frecuentado. Ha de ser difícil de localizar, aunque sólo sea por si acaso. La posibilidad es remota, pero no voy a correr riesgos.

No aparté los ojos de Regina mientras se explicaba. Fruncí el ceño cada vez más. Me dio unas palmadas en el brazo.

—Me estoy pasando de precavida —me prometió.

Graham señaló al fondo del bosque, al este de nuestra posición, a la vasta extensión de las montañas Olympic.

—Bueno, ocúltala ahí —sugirió—. Hay un millón de escondrijos posibles y cualquiera de nosotros puede acudir en cuestión de minutos si fuera necesario.

Regina negó con la cabeza.

—El aroma de Emma es demasiado fuerte y el de nosotros dos juntas deja una pista inconfundible, y sería así incluso aunque yo la llevara en volandas. Nuestro rastro ya destaca entre los demás efluvios, y en conjunción con el de Emma, siempre llamaría la atención de los neófitos. No estamos seguros del camino exacto que van a seguir, ya que ni ellos mismos lo saben aún. Si hallan su olor antes de que nos encontremos con ellos…

Ambos hicieron una mueca de disgusto y fruncieron el ceño al mismo tiempo.

—Ya ves las dificultades.

—Tiene que haber una forma eficaz —murmuró Graham, que apretó los labios mientras contemplaba el bosque.

Di una cabezada y me incliné hacia delante. Regina rodeó mi cintura con un brazo y me acercó a ella para soportar mi peso.

—He de llevarte a casa… Estás agotada, y David va a despertarse enseguida.

—Espera un momento —pidió Graham mientras se volvía hacia nosotros—. Mi olor os disgusta, ¿no?

Le relucían los ojos.

—No es mala idea —Regina se adelantó dos pasos—. Es factible —se volvió hacia su familia y dijo a voz en grito—: ¿Qué te parece, Jefferson?

El interpelado alzó los ojos con curiosidad y retrocedió medio paso junto a Ruby, que volvía a estar descontenta.

—De acuerdo, Graham —Regina hizo un asentimiento de cabeza.

Graham se volvió hacia mí con una extraña mezcolanza de emociones en el rostro. Estaba claro que le entusiasmaba su nuevo plan, con independencia de en qué consistiera, pero seguía incómodo por la cercanía de sus aliados y al mismo tiempo enemigos. Luego, cuando él extendió los brazos hacia mí, me llegó el momento de preocuparme.

Regina respiró hondo.

—Vamos a ver si mi efluvio basta para ocultar tu aroma —explicó Graham.

Observé sus brazos extendidos con gesto de sospecha.

—Vas a tener que dejar que te lleve, Emma —me dijo Regina. Habló con calma, pero había una inconfundible nota soterrada de malestar en su voz.

Puse cara de pocos amigos.

Graham puso los ojos en blanco, se impacientó y se acercó para tomarme en brazos.

—No seas niña —murmuró mientras lo hacía.

Empero, y al igual que yo, lanzó una mirada a Regina, que permanecía serena y segura de sí misma. Entonces, le habló a su hermano Jefferson.

—El olor de Emma es mucho más fuerte que el mío… Se me ha ocurrido que tendríamos más posibilidades si lo intentaba alguien más.

Graham se alejó de ellos y se encaminó con paso veloz hacia el interior del bosque. Me mantuve en silencio cuando nos envolvió la oscuridad. Hice una mueca, pues me sentía incómoda en los brazos de Graham. Había demasiada intimidad entre nosotros. Seguramente, no era necesario que me sujetara con tanta fuerza, y no podía dejar de preguntarme qué significado tenía para él un abrazo que me hacía recordar mi última tarde en La Push, algo en lo que prefería no pensar. Me crucé de brazos, enfadada, cuando el cabestrillo de mi mano acentuó aquel recuerdo.

No nos alejamos demasiado. Describió un amplio círculo desde nuestro punto de partida, quizá la mitad de la longitud de un campo de fútbol, antes de regresar al claro desde una dirección diferente. Graham se dirigió hacia la posición donde nos esperaba Regina, que ahora estaba sola.

—Bájame.

—No quiero darte la ocasión de estropear el experimento —aminoró el paso y me sujetó con más fuerza.

—Eres un verdadero fastidio —me quejé entre dientes.

—Gracias.

Jefferson y Ruby surgieron de la nada y se situaron junto a Regina. Graham dio un paso más y me dejó en el suelo a dos metros escasos de mi novia. Caminé hacia ella y le tomé de la mano sin volver la vista hacia Graham.

—¿Y bien? —quise saber.

—Siempre y cuando no toques nada, Emma, no imagino a nadie husmeando lo bastante cerca de esta pista como para distinguir tu aroma —respondió Jefferson, con una mueca—, que queda manifiestamente oculto.

—Un éxito concluyente —admitió Ruby sin dejar de arrugar la nariz.

—Eso me ha dado una idea…

—… que va a funcionar —apostilló Ruby con confianza.

—Bien pensado —coincidió Regina.

—¿Cómo soportas esto? —me preguntó Graham con un hilo de voz.

Regina ignoró al licántropo y me miró mientras me explicaba la idea.

—Vamos a dejar, bueno, tú vas a dejar una pista falsa hacia el claro. Los neófitos vienen de caza. Se entusiasmarán al captar tu esencia y haremos que vayan exactamente a donde nos interesa a nosotros. De ese modo, no tendremos que preocuparnos del tema. Ruby ya ha visto que el truco funciona. Se dividirán en dos grupos en cuanto descubran nuestro aroma en un intento de atraparnos entre dos fuegos. La mitad cruzará el bosque, allí es donde la visión cesa de pronto…

—¡Sí! —siseó Graham.

Regina le dedicó una sonrisa de sincera camaradería.

Me sentí fatal. ¿Cómo podían estar tan ansiosos? ¿Cómo iba a soportar que los dos se pusieran en peligro?

No podía…

… y no lo iba a hacer.

—Eso, ni se te ocurra —repuso de pronto Regina, disgustada.

Di un brinco, preocupada porque, de algún modo, hubiera conseguido enterarse de mi resolución, pero Regina no apartaba la vista de Jefferson.

—Lo sé, lo sé —se apresuró a responder éste—. En realidad, ni siquiera lo había considerado de verdad —Ruby le pisó el pie—. Emma los haría enloquecer si se quedara en el claro como cebo —le explicó a su compañera—. No serían capaces de concentrarse en otra cosa que no fuera ella, y eso nos daría la ocasión de barrerlos del mapa… —Regina le lanzó una mirada envenenada que le hizo desdecirse—. No podemos hacerlo, claro, es una de esas ideas peregrinas que se me ocurren: resultaría demasiado peligroso para ella —añadió enseguida, pero me miró por el rabillo del ojo, y su expresión era de lástima por la oportunidad desperdiciada.

—No podemos —zanjó Regina de modo terminante.

—Tienes razón —admitió Jefferson. Tomó la mano de Ruby y se volvió hacia los demás—. ¿Al mejor de tres? —oí cómo le preguntaba a ella cuando se iban para continuar practicando.

Graham le contempló irse con gesto de repugnancia.

—Jefferson considera cada movimiento desde una perspectiva puramente militar —dijo Regina en voz baja, saliendo en defensa de su hermano—. Sopesa todas las opciones… Es perfeccionismo, no crueldad.

El hombre lobo bufó.

Se había ensimismado tanto en urdir el plan que no se había percatado de lo mucho que se había acercado a Regina, situado ahora a un metro de ella. Yo estaba entre ambos y era capaz de sentir en el aire la tensión, similar a la estática; una carga muy incómoda.

Regina retomó el hilo del asunto.

—La traeré aquí el viernes por la tarde para dejar la pista falsa. Después, puedes reunirte con nosotros y conducirla a un lugar que conozco. Está totalmente apartado y es fácil de defender, da igual quién ataque. Yo llegaré allí siguiendo otra ruta alternativa.

—¿Y entonces, qué? ¿La dejamos allí con un móvil? —saltó Graham con tono de desaprobación.

—¿Se te ocurre algo mejor?

De pronto, Graham adoptó un gesto petulante.

—Lo cierto es que sí.

—Vaya… Bueno, perro, la verdad es que tu idea no está nada mal.

Graham se volvió hacia mí enseguida, como si estuviera dispuesto a representar el papel de chico bueno y mantenerme al tanto de la conversación.

—Estamos intentando convencer a Seth a fin de que se quede con los dos más jóvenes. Él también lo es, pero se muestra tozudo. Se me ha ocurrido una nueva tarea para él: hacerse cargo del móvil.

Intenté aparentar que le entendía, pero no engañé a nadie.

—Seth Clearwater estará en contacto con la manada mientras permanezca en forma lobuna, pero ¿no será la distancia un problema? —preguntó Regina, volviéndose hacia Graham.

—En absoluto.

—¿Cuatrocientos ochenta kilómetros? —Inquirió Regina, tras leerle la mente—. Es impresionante.

Graham volvió a desempeñar su papel de chico bueno.

—Es lo más lejos que hemos llegado a probar —me explicó.

Asentí distraídamente, ocupada en digerir que el joven Seth Clearwater ya se había convertido también en hombre lobo, una perspectiva que me impedía concentrarme. Aún veía su deslumbrante sonrisa, tan parecida a la de un Graham más joven. Tendría quince años a lo sumo, si es que los había cumplido. Su entusiasmo ante la fogata en la sesión del Consejo adquiría ahora un nuevo significado…

—Es una buena idea —Regina parecía reacia a admitir las bondades de la misma—. Me sentiría mucho más tranquila con Seth allí, aun cuando no fuera posible la comunicación inmediata. No sé si hubiera sido capaz de dejar sola a Emma, aunque pensar que hemos tenido que llegar a esto… ¡Confiar en licántropos!

—… o luchar con vampiros en vez de contra ellos —replicó Graham, remedando el mismo tono de repulsión.

—Bueno, al menos vas a luchar contra algunos —repuso Regina.

Graham sonrió.

—¿Por qué te crees que estamos aquí?