Réalta Nua

En Shibuya nunca se veían las estrellas.

Al ser una ciudad comparada a Nueva York, el cielo nocturno era iluminado por luces artificiales provenientes de pantallas iluminadas en todo edificio y esquina, notoriamente frente a Shibuya109.

Llenándose de gente en el atardecer, Kouichi se sentía solo en la multitud. Nunca supo el por qué las aglomeraciones de personas lo hacían sentir solitud.

Tomando el tren para evitar el bullicio del 31 de diciembre, opta por ir a su lugar secreto.

Un sitio que, desde pequeño, su madre le enseñó. El mejor lugar para ver las flores en el cielo, que es como solía decirle a los fuegos artificiales de pequeño.

Fue en uno de esos años cuando conoció a otro niño que hacía lo mismo, salvo que venía solo.

Su silenciosa compañía no era mala.

Teniendo ya ocho años, Kouichi venía solo a verlas al su madre tener que cuidar de la salud de su abuela. Mientras iba dentro del tren y sucumbía a su raqueteo, se preguntaba si vería al niño de cabello castaño de nuevo ese día.

Solo una vez al año lo veía, después de todo y, sentía, que un lazo extraño se había formado entre ellos al presenciar aquél mágico espectáculo. Después de todo. Kouichi no sabía por qué en multitudes se sentía tan solo y con el alma rota. Sin embargo, el niño llenaba una fracción de luz en su corazón con una pasión comparada con el fuego por más que no intercambiaran palabra alguna.

Tal vez temían romper ese hilo que compartían.

O tal vez el chico era silencioso como él.

Muchos quizás sin respuesta.

Una vez el tren se detuvo en la estación, corrió hacia un parque para luego, escalar hasta lo más alto de una pequeña montaña hecha de la topografía local.

Ahí estaba el niño, sentado en la rama de un árbol meciendo sus pies.

Ambos con sombreros, Kouichi creyó que sus miradas se cruzaron por breves instantes.

Un pequeño ritual de todos los años. Su corazón latía un poco acelerado sin entender razones.

El cielo se fue oscureciendo, y las luces de la ciudad se perdían mientras que el contador hacia atrás empezaba con horas, luego minutos y de ahí segundos.

Las estrellas del año nuevo serían opacadas como siempre.

Siempre quiso dibujar un arcoíris en la oscuridad que aparece en ese breve segundo entre las 23:59 y las 00:00, y supuso que por eso le encantan los fuegos artificiales. Una manta para este planeta que está medio dormido, medio despierto, imaginando sus colores, diciéndole que era hora de girar nuevamente e iniciar algo nuevo.

Las flores en el cielo explotan arriba, colores vivos para encender el cielo negro. Cada una dibuja un patrón en el cielo, algo único e impresionante, que nunca se repetirá exactamente sin importar cuántos se enciendan y se envíen a su destino celestial.

El niño había bajado del árbol y agarra la mano de Kouichi, sus guantes verde oliva dentro de sus dedos desnudos. El aire tiene una tintura de pólvora, un olor que lo lleva de regreso a un pasado que desconocía.

—¡Las nuevas estrellas de este año son fantásticas!—el muchacho de tez morena había hablado, Kouichi percatándose que llevaba googles encima de su gorra.

Su voz lo transportó a otra dimensión, una en donde yacía en un sueño envuelto en mantas bajo el oscuro cielo.

—¿Estrellas? No se puede ver ninguna…

—¡Pero ahí mismo están, hacen boom!

Alzando ambos brazos todavía con la mano de Kouichi en la suya, el chico de cabello azabache casi se cae por los gestos exagerados del niño.

—Siempre las vi como flores pero jamás como estrellas.

—¿Flores? ¡Eres muy gracioso!—sonriente, se echa en el césped.

Al cálido apretón de manos irse, Kouichi se había quedado pensando. Pensando en por qué le gusta y a la vez dolía. ¿Por qué se sentía tan solo pero este niño lo llenaba de alguna forma?

Él hizo lo mismo, el espectáculo mágico siendo solo para ellos dos.

No obstante, en algún momento tuvo que acabar.

Kouichi se levantó, esperando llegar al último tren de camino a casa.

—¿Ya te vas? Es la primera vez que me armé de valor para hablarte, ¡no es justo!—inflando sus mofletes, hace un puchero.

—Siempre queda el siguiente año—sonrió.

Aquel gesto era inusual en Kouichi.

—¡Tienes razón!

Y él se fue, dejando a Takuya en soledad, viendo cómo el mar de gente que parecían puntitos en el horizonte se iba dispersando del centro de la ciudad.

—¡Me olvidé preguntarle su nombre!—se rasca la cabeza en frustración luego de sacarse la gorra con sus googles relucientes—. Bueno, como él dijo, tenemos el próximo año.

Salvo que no lo hubo.

Sucedieron tantas cosas que ambos olvidaron esos silencios y años viendo las flores y nuevas estrellas en el cielo. Kouichi descubrió la verdad de su familia, quitándole todos sus buenos recuerdos. Takuya se metió en otro mundo, el fútbol quitándole el tiempo y el tener que atender más deberes.

Jamás creyeron que esa aventura en el Mundo Digital los volvería a reunir de una inesperada manera.

Que Kouichi entendería que sentía las multitudes solitarias porque Kouji le hacía falta.

Fue por eso que cuando retornaron al mundo real y decidió ir a ese lugar, ahí estaba él, esperándolo.

—Ahora que lo pienso, nunca llegué a preguntar cómo te llamabas.

—¿Un poco tarde, no lo crees?

Carcajadas inundaron el cielo con el pitido de las explosiones, sus corazones volviéndose en uno solo.

Juntaron sus manos, formando una invisible promesa hacia un estable futuro que ambos formarían y, así, sanar heridas que el tiempo fue incapaz.


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Shibuya109: Es la tienda por departamento más grande de Shibuya siendo un edificio localizado al centro de la Estación de Shibuya siendo el corazón del Scramble Kousaten (Cruze de Shibuya).

Réalta Nua: significa "nuevas estrellas" en irlandés.

Nats, te dedico este pequeño… ¿drabble? ¿viñeta? Por ser tan paciente en escucharme y aconsejarme. Asimismo, por escuchar mis disparates para la historia del evento del foro. ¡Gracias por todo, espero te haya gustado! Es la primera vez que escribo romance de Frontier y bueno, perdón si malogré tu OTP…

A todos los demás, ¡gracias por leer!