La tienda de campaña se estremeció bajo el azote del viento, y yo con ella.

El termómetro caía en picado. Una gelidez punzante atravesaba el saco de dormir y la chaqueta, estaba helada a pesar de hallarme completamente vestida, incluso con las botas de montaña anudadas. ¿Cómo podía hacer tanto frío? ¿Cómo podía seguir bajando la temperatura? Tendría que parar alguna vez, ¿no?

—¿Qu-ué hooora es? —me esforcé en pronunciar las palabras, una tarea casi imposible con aquel castañeteo de dientes.

—Las dos —contestó Regina, sentada lo más lejos posible de mí…

… en aquel espacio tan exiguo, temerosa casi de respirar cerca, teniendo en cuenta lo helada que estaba. El interior de la tienda estaba demasiado oscuro para que distinguiera su rostro con claridad, pero su voz sonaba desesperada por la preocupación, la indecisión y el chasco.

—Quizá.

—No, estoy bbbien, la werdad. No qqquiero salir ffuera.

Ya había intentado convencerme al menos una docena de veces de que saliéramos pitando de allí, pero a mí me aterrorizaba la perspectiva de abandonar el refugio. Si ya hacía frío en la tienda, donde me encontraba a resguardo del viento rugiente, podía imaginarme lo horrible que sería si saliéramos corriendo al exterior.

Y además daría al traste con todos los esfuerzos hechos durante la tarde. ¿Tendríamos tiempo suficiente para recuperarnos cuando pasara la tormenta? ¿Y si no se acababa? Era ilógico moverse ahora. Podía sobrevivir a toda una noche de tiritona.

Me preocupaba que se hubiera perdido el rastro que había dejado, pero ella me prometió que los monstruos que venían lo encontrarían con facilidad.

—¿Qué puedo hacer yo? —me dijo, en tono de súplica.

Yo me limité a sacudir la cabeza.

En el exterior, bajo la nieve, Graham aullaba de frustración.

—Vwete dee aquí —le ordené de nuevo.

—Sólo está preocupado por ti —me tradujo Regina—. Se encuentra bien. Su cuerpo está preparado para capear esto.

—E-e-e-e-e.

Quise decirle que aun así debía marcharse, pero la idea se me quedó enganchada entre los dientes.

Me esforcé, y estuve a punto de despellejarme la lengua en el intento. Al menos, Graham sí parecía estar bien equipado para la nieve, mejor incluso que el resto de su manada, ya que su piel cobriza era más gruesa y greñuda. Me pregunté a qué se debería eso.

Graham volvió a gimotear, en tonos muy agudos, un lamento que crispaba los nervios.

—¿Qué quieres que haga? —Gruñó Regina, demasiado nerviosa ya para andarse con delicadezas—. ¿Que la saque con la que está cayendo? No sé en qué puedes ser tú útil. ¿Por qué no vas por ahí a buscarte un sitio más caliente o lo que sea?

—Estoy bbbieenn —protesté.

A juzgar por el gruñido de Regina y el enmudecimiento del aullido que sonaba fuera de la carpa no había conseguido convencer a nadie. El viento zarandeó la tienda con fuerza y yo me estremecí a su ritmo.

Un aullido repentino desgarró el rugido del viento y me cubrí los oídos para no escuchar el ruido. Regina puso mala cara.

—Eso apenas va a servir de nada —masculló—, y es la peor idea que he oído en mi vida —añadió en voz más alta.

—Mejor que cualquier cosa que se te haya ocurrido a ti, seguro —repuso Graham; me llevé una gran sorpresa al oír su voz humana—. «¿Por qué no vas por ahí a buscarte un sitio más caliente?». —Remedó entre refunfuños—. ¿Qué te crees que soy? ¿Un san Bernardo?

Oí el zumbido de la cremallera de la entrada de la carpa al abrirse.

Graham la descorrió lo menos que pudo, pero le fue imposible penetrar en la tienda sin que por la pequeña abertura se colara el aire glacial y unos cuantos copos de nieve, que cayeron al piso de lona. Me agité de una forma tan violenta que el temblor se transformó en una convulsión en toda regla.

—Esto no me gusta nada —masculló Regina mientras Graham volvía a cerrar la cremallera de la entrada—. Limítate a darle el abrigo y sal de aquí.

Mis ojos se habían adaptado lo suficiente para poder distinguir las formas. Vi que Graham traía el anorak que había estado colgado de un árbol al lado de la tienda.

Intenté preguntar que de qué estaban hablando, pero todo lo que salió de mis labios fue «qqquuqqquu», ya que el temblequeo me hacía tartamudear de forma descontrolada.

—El anorak es para mañana, ahora tiene demasiado frío para que pueda calentarse por sí misma. Está helada —se dejó caer al suelo junto a mí—. Dijiste que ella necesitaba un lugar más caliente y aquí estoy yo —Graham abrió los brazos todo lo que le permitió la anchura de la tienda. Como era habitual cuando corría en forma de lobo, sólo llevaba la ropa justa: unos pantalones, sin camiseta ni zapatos.

—Jjjjaakkee, ttteee vas a cccoonnggelar —intenté protestar.

—Lo dudo mucho —contestó él alegremente—. He conseguido alcanzar casi cuarenta y tres grados estos días, parezco una tostadora. Te voy a tener sudando en un pispas.

Regina rugió, pero Graham ni siquiera se volvió a mirarle. En lugar de eso, se acuclilló a mi lado y empezó a abrir la cremallera de mi saco de dormir.

La mano blanca, de uñas rojas de Regina aprisionó de repente el hombro de Graham, sujetándole, blanco níveo contra piel oscura. La mandíbula de Graham se cerró con un golpe audible, se le dilataron las aletas de la nariz y su cuerpo rehuyó el frío contacto. Los largos músculos de sus brazos se flexionaron automáticamente en respuesta.

—Quítame las manos de encima —gruñó entre dientes.

—Pues quítaselas tú a ella —respondió Regina con tono de odio.

—Nnnnooo luuuchéis —supliqué. Me sacudió otro estremecimiento. Parecía que se me iban a partir los dientes de lo fuerte que chocaban unos contra otros.

—Estoy seguro de que ella te agradecerá esto cuando los dedos se le pongan negros y se le caigan —repuso Graham con brusquedad.

Regina dudó, pero al final soltó a su rival y regresó a su posición en la esquina.

—Cuida lo que haces —advirtió con voz fría y aterradora.

Graham se rió entre dientes.

—Hazme un sitio, Emma —dijo mientras bajaba un poco más la cremallera.

Le miré indignada. Ahora entendía la virulenta reacción de Regina.

—N-n-n-no —intenté protestar.

—No seas estúpida —repuso, exasperado—. ¿Es que quieres dejar de tener diez dedos?

Embutió su cuerpo a la fuerza en el pequeño espacio disponible, forzando la cremallera a cerrarse a su espalda.

Y entonces tuve que cejar en mis objeciones, no tenía ganas de soltar ni una más. Estaba muy calentito. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo de manera cómoda y acogedora. El calor era irresistible, como el aire cuando has pasado sumergido demasiado tiempo. Se encogió cuando apreté con avidez mis dedos helados contra su piel.

—Ay, Emma, me estás congelando —se quejó.

—Lo ssssienttoo —tartamudeé.

—Intenta relajarte —me sugirió mientras otro estremecimiento me atravesaba con violencia—. Te caldearás en un minuto. Aunque claro, te calentarías mucho antes si te quitaras la ropa.

Regina gruñó de pronto.

—Era sólo un hecho constatable —se defendió Graham—. Cuestión de mera supervivencia, nada más.

—Ca-calla ya, Gra-Grahaam —repuse enfadada, aunque mi cuerpo no hizo amago de apartarse de él—. Nnnnadie nnnnecesssita to-todos los de-dedddos.

—No te preocupes por la chupasangres —sugirió Graham, pagado de sí mismo—. Únicamente está celosa.

—Claro que lo estoy —intervino Regina, cuya voz se había vuelto de nuevo de terciopelo, controlada, un murmullo musical en la oscuridad—. No tienes la más ligera idea de cuánto desearía hacer lo que estás haciendo por ella, perro.

—Así son las cosas en la vida —comentó Graham en tono ligero, aunque después se tornó amargo—. Al menos sabes que ella querría que fueras tú.

—Cierto —admitió Regina.

Los temblores fueron amainando y se volvieron soportables mientras ellos discutían.

—Ya —exclamó Graham, encantado—. ¿Te sientes mejor?

Al fin pude articular con claridad.

—Sí.

—Todavía tienes los labios azules —reflexionó Graham—. ¿Quieres que te los caliente también? Sólo tienes que pedirlo.

Regina suspiró profundamente.

—Compórtate —le susurré, apretando la cara contra su hombro.

Se encogió de nuevo cuando mi piel fría entró en contacto con la suya y yo sonreía con una cierta satisfacción vengativa.

Ya me había templado y me hallaba cómoda dentro del saco de dormir. El cuerpo de Graham parecía irradiar calor desde todos lados, quizá también porque había metido en el interior del saco su enorme corpachón. Me quité las botas en dos tirones y presioné los dedos de los pies sobre sus piernas. Dio un respingo, pero después ladeó la cabeza para apretar su mejilla cálida contra mi oreja entumecida.

Me di cuenta de que la piel de Graham tenía un olor a madera, almizcleño, que era muy apropiado para el lugar donde nos encontrábamos, en mitad de un bosque. Resultaba estupendo. Me pregunté si los Mills y los quileute no estaban todo el día con esta monserga del olor simplemente por puro prejuicio, ya que para mí, todos ellos olían de forma magnífica.

La tormenta aullaba en el exterior como si fuera un animal atacando la tienda, pero ahora ya no me inquietaba. Graham estaba a salvo del frío, igual que yo. Además, estaba demasiado cansada para preocuparme por nada, fatigada de estar despierta hasta tan tarde y dolorida por los espasmos musculares. Mi cuerpo se relajó con lentitud mientras me descongelaba, parte por parte y después se quedó flojo.

—¿Graham? —Musité medio dormida—. ¿Puedo preguntarte algo? No estoy de broma ni nada parecido. «Es sólo curiosidad, nada más» —eran las mismas palabras que él había usado en mi cocina… No podía recordar ya cuánto tiempo hacía de eso.

—Claro —rió entre dientes al darse cuenta y recordar.

—¿Por qué tienes más pelo que los demás? No me contestes si te parece una grosería —no conocía qué reglas de etiqueta regían en la cultura lupina.

—Porque mi pelo es más largo —contestó, divertido. Al menos mi pregunta no le había ofendido. Sacudió la cabeza de forma que su pelo sin recoger, que ahora ya le llegaba hasta la barbilla, me golpeó la mejilla.

—Ah —me sorprendió, pero la verdad es que tenía sentido. Así que ése era el motivo por el cual ellos se rapaban al principio, cuando se unían a la manada—. ¿Por qué no te lo cortas? ¿Te gusta ir lleno de greñas?

Esta vez no me respondió enseguida, y Regina se rió a la sordina.

—Lo siento —intervine, haciendo un alto para bostezar—. No pretendía ser indiscreta. No tienes por qué contestarme.

Graham profirió un sonido enfurruñado.

—Bah, ella te lo va a contar de todos modos, así que mejor te lo digo yo… Me estaba dejando crecer el pelo porque… me parecía que a ti te gustaba más largo.

—Oh —me sentí incómoda—. Esto… yo… me gusta de las dos maneras, Graham. No tienes por qué molestarte.

Él se encogió de hombros.

—De todas formas ha venido muy bien esta noche, así que no te preocupes por eso.

No tenía nada más que decir. Se hizo un silencio prolongado en medio del cual los párpados me pesaban cada vez más y al final, agotada, cerré los ojos. El ritmo de mi respiración disminuyó hasta alcanzar una cadencia regular.

—Eso está bien, cielo, duerme —susurró Graham.

Yo suspiré, satisfecha, ya casi inconsciente.

—Seth está aquí —informó Regina a Graham con un hilo de voz; de pronto, comprendí el asunto de los aullidos.

—Perfecto. Ahora ya puedes estar al tanto de lo que pasa mientras yo cuido a tu novia por ti.

Regina no replicó, pero yo gruñí medio grogui.

—Déjala ya —mascullé entre dientes.

Todo se quedó tranquilo entonces, al menos dentro de la tienda. Fuera, el viento aullaba de forma enloquecedora al pasar entre los árboles. La estructura metálica vibraba de tal modo que resultaba imposible pegar ojo. Una racha de viento y nieve soplaba cada vez que estaba a punto de sumirme en la inconsciencia, zarandeando de forma repentina las varillas de sujeción. Me sentía fatal por el lobo, el chico que estaba allí fuera, quieto en la nieve.

Mi mente vagó mientras permanecía a la espera de conciliar el sueño. Aquel pequeño y cálido lugar me hacía recordar los primeros tiempos con Graham y cómo solían ser las cosas cuando él era mi sol de repuesto, la calidez que hacía que mereciera la pena vivir mi vida vacía. Ya había pasado mucho tiempo desde que pensara en Graham de ese modo, pero aquí estaba él de nuevo, proporcionándome su calor.

—¡Por favor! —Masculló Regina—. ¡Si no te importa…!

—¿Qué? —respondió Graham entre susurros, sorprendido.

—¿No crees que deberías intentar controlar tus pensamientos? —el bajo murmullo de Regina sonaba furioso.

—Nadie te ha dicho que escuches —cuchicheó Graham desafiante, aunque algo avergonzado—. Sal de mi cabeza.

—Ya me gustaría, ya. No tienes idea de a qué volumen suenan tus pequeñas fantasías. Es como si me las estuvieras gritando.

—Intentaré bajarlas de tono —repuso Graham con sarcasmo.

Hubo una corta pausa en silencio.

—Sí —contestó Regina a un pensamiento no expresado en voz alta, con un murmullo tan bajo que casi no lo capté—. También estoy celosa de eso.

—Ya me lo imaginaba yo —susurró Graham, petulante—. Igualar las apuestas hace que el juego adquiera más interés, ¿no?

Regina se rió entre dientes.

—Sueña con ello si quieres.

—Ya sabes, Emma todavía podría cambiar de idea —le tentó Graham—. Eso, teniendo en cuenta todas las cosas que yo puedo hacer con ella y tú no, hasta podría darle una verdadera familia, hijos. Al menos, claro, sin matarla.

—Duérmete, Graham —masculló Regina—. Estás empezando a ponerme de los nervios.

—Sí, creo que lo haré. Aquí se está la mar de a gusto.

Regina no contestó.

Yo estaba ya demasiado ida como para pedirles que dejaran de hablar de mí como si no estuviera presente. La conversación había adquirido una cualidad casi onírica y no estaba segura de si estaba o no despierta del todo.

—Ojalá pudiera —repuso Regina después de un momento, contestando una pregunta que yo no había oído.

—Pero ¿serías sincera?

—Siempre puedes curiosear a ver qué pasa —el tonillo zumbón de Regina me hizo preguntarme si me estaba perdiendo algún chiste.

—Bien, tú ves dentro de mi cabeza. Déjame echar una miradita dentro de la tuya esta noche; eso sería justo —repuso Graham.

—Tu mente está llena de preguntas. ¿Cuáles quieres que conteste?

—Los celos… deben de estar comiéndote. No puedes estar tan segura de ti misma como parece. A menos que no tengas ningún tipo de sentimientos.

—Claro que sí —admitió Regina, y ya no parecía divertido en absoluto—. Justo en estos momentos lo estoy pasando tan mal que apenas puedo controlar la voz, pero de todos modos es mucho peor cuando no la acompaño, las veces en que ella está contigo y no puedo verla.

—¿Piensas en esto todo el tiempo? —Susurró Graham—. ¿No te resulta difícil concentrarte cuando ella no está?

—Sí y no —respondió Regina; parecía decidida a contestar con sinceridad—. Mi mente no funciona exactamente igual que la tuya. Puedo pensar en muchas cosas a la vez. Eso significa que puedo pensar siempre en ti y en si es contigo con quien está cuando parece tranquila y pensativa.

Ambos se quedaron callados durante un minuto.

—Sí, supongo que piensa en ti a menudo —murmuró Regina en respuesta a los pensamientos de Graham—, con más frecuencia de la que me gustaría. A Emma le preocupa que seas infeliz. Y no es que tú no lo sepas, ni tampoco que no lo uses de forma deliberada.

—Debo usar cuanto tenga a mano —contestó Graham en un bisbiseo—. Yo no cuento con tus ventajas, ventajas como la de saber que ella está enamorada de ti.

—Eso ayuda —comentó Regina con voz dulce.

Graham se puso desafiante.

—Pero Emma también me quiere a mí, ya lo sabes —Regina no contestó y Graham suspiró—. Aunque no lo sabe.

—No puedo decirte si llevas razón.

—¿Y eso te molesta? ¿Te gustaría ser capaz de saber también lo que ella piensa?

—Sí y no, otra vez. A ella le gusta más así, y aunque algunas veces me vuelve loca, prefiero que Emma sea feliz.

El viento intentaba arrancar la tienda, sacudiéndola como si hubiera un terremoto. Graham cerró sus brazos a mi alrededor, protegiéndome.

—Gracias —susurró Regina—. Aunque te suene raro, supongo que me alegro de que estés aquí, Graham.

—Si quieres decir que tanto como a mí me encantaría matarte, yo también estoy contento de que ella se haya calentado, ¿vale?

—Es una tregua algo incómoda, ¿no?

El murmullo de Graham se volvió repentinamente engreído.

—Ya sé que estás tan loca de celos como yo.

—Pero no soy tan estúpida como para hacer una bandera de ello, como tú. No ayuda mucho a tu caso, ya sabes.

—Tienes más paciencia que yo.

—Es posible. He tenido cien años de plazo para ejercitarla. Los cien años que llevo esperándola.

—Bueno, y… ¿en qué momento decidiste jugarte el punto de la chica buena llena de paciencia?

—Cuando me di cuenta del daño que le hacía verse obligada a elegir. En general no me es difícil ejercer este tipo de control. La mayoría de las veces soy capaz de sofocar… los sentimientos poco civilizados que siento por ti con bastante facilidad. Algunas veces ella cree ver en mi interior, pero no puedo estar segura de eso.

—Pues yo creo, simplemente, que te preocupa el hecho de que si la obligaras a elegir de verdad, no te escogería a ti.

Regina no contestó con rapidez.

—Eso es verdad en parte —admitió al fin—, pero sólo una pequeña parte. Todos tenemos nuestros momentos de duda. Pero lo que de verdad me preocupaba era que ella se hiciera daño intentando escaparse para verte. Después de que acepté que, más o menos, estaba segura contigo, tan segura al menos como ella puede estar, me pareció mejor dejar de llevarla al límite.

Graham suspiró.

—Ya le he dicho a ella todo esto, pero no me cree.

—Lo sé —sonó como si Regina estuviera sonriendo.

—Tú te crees que lo sabes todo —masculló Graham entre dientes.

—Yo no conozco el futuro —dijo Regina, con la voz de repente insegura.

Se hizo una larga pausa.

—¿Qué harías si ella cambiara de idea? —le preguntó Graham.

—Tampoco lo sé.

Graham se rió bajito entre dientes.

—¿Intentarías matarme? —comentó sarcásticamente, como si dudara de la capacidad de Regina para hacerlo.

—No.

—¿Por qué no? —el tono de Graham era todavía de burla.

—¿De verdad crees que buscaría hacerle daño de esa manera?

Graham dudó durante unos momentos y después suspiró.

—Sí, tienes razón. Ya sé que la tienes, pero algunas veces…

—… te resulta una idea fascinante.

Graham apretó la cara contra el saco de dormir para sofocar sus risas.

—Exactamente —admitió al final.

Aquel sueño estaba resultando de lo más esperpéntico. Me pregunté si no sería el viento incesante el que me hacía imaginar todos estos murmullos, salvo que el viento parecía gritar más que susurrar.

—¿Y cómo sería?, me refiero a lo de perderla… —inquirió Graham después de un tranquilo interludio y sin que hubiera ni el más leve rastro de humor en su voz repentinamente ronca—. ¿Cómo fue cuando pensaste que la habías perdido para siempre? ¿Cómo te las… apañaste?

—Es muy difícil para mí hablar de ello —admitió la vampira. El licántropo esperó—. Ha habido dos ocasiones en las que he pensado eso —Regina habló a un ritmo más lento de lo habitual—. Aquella vez en que creí que podía dejarla, fue casi… casi insoportable. Pensé que Emma me olvidaría y que sería como si no me hubiera cruzado con ella jamás. Durante unos seis meses fui capaz de estar lejos sin romper mi promesa de no interferir en su vida. Casi lo conseguí… Luchaba contra la idea, pero sabía que a la larga no vencería; tenía que regresar, aunque sólo fuera para saber cómo estaba. O al menos eso era lo que me decía a mí misma. Y si la encontraba razonablemente feliz… Me gustaría pensar que, en ese caso, habría sido capaz de marcharme otra vez.

»Pero ella no era feliz, así que me habría quedado. Y claro, este es el modo en que me ha convencido para quedarme con ella mañana. Hace un rato tú te estabas preguntando qué era lo que me motivaba… y por qué ella se sentía tan innecesariamente culpable. Me recuerda lo que le hice cuando me marché, lo que le seguiré haciendo si me marcho. Ella se siente fatal por sentirse así, pero lleva razón. Yo nunca podré compensarla por aquello, pero tampoco dejaré de intentarlo, de todos modos.

Graham no respondió durante unos momentos, bien porque estaba escuchando la tormenta o bien porque aún no había asimilado aquellas palabras, no supe el motivo.

—¿Y aquella otra vez, cuando pensaste que había muerto? ¿Qué sentiste? —susurró Graham con cierta rudeza.

—Sí —Regina contestó a esta pregunta de forma distinta—. Posiblemente tú te sentirás igual dentro de poco, ¿no? La manera en que nos percibes a nosotros no te permitirá verla sólo como «Emma» y nada más, pero eso es lo que ella será.

—Eso no es lo que te he preguntado.

La voz de Regina se volvió más rápida y dura.

—No puedo describir cómo me sentí. No tengo palabras.

Los brazos de Graham se ciñeron a mi alrededor.

—Pero tú te fuiste porque no querías que ella se convirtiera en una chupasangres. Deseabas que continuara siendo humana.

Regina repuso despacio.

—Graham, desde el momento en que me di cuenta de que la amaba, supe que había sólo cuatro posibilidades.

»La primera alternativa, la mejor para Emma, habría sido que no sintiera eso tan fuerte que siente por mí, que me hubiera dejado y se hubiera marchado. Yo lo habría aceptado, aunque eso no modificara mis sentimientos. Tú piensas que yo soy como… una piedra viviente, dura y fría. Y es verdad. Somos lo que somos y es muy raro que experimentemos ningún cambio real, pero cuando eso sucede, como cuando Emma entró en mi vida, es un cambio permanente. No hay forma de volver atrás…

»La segunda opción, la que yo escogí al principio, fue quedarme con ella a lo largo de toda su vida humana. A Emma no le convenía malgastar su tiempo con alguien que no podía ser humana como ella, pero era la alternativa que yo podía encarar con mayor facilidad. Sabiendo, por supuesto, que cuando ella muriera, yo también encontraría una forma de morir. Sesenta o setenta años seguramente me parecerían muy pocos años… Pero entonces se demostró lo peligroso que era para ella vivir tan cerca de mi mundo… Parecía que iba mal todo lo que podía ir mal. O bien pendía sobre nosotras… esperando para golpearnos. Me aterrorizaba pensar que ni siquiera tendría esos sesenta años si me quedaba cerca de Emma siendo ella humana.

»Así que escogí la tercera posibilidad, la que, sin duda, se ha convertido en el peor error de mi muy larga vida, como ya sabes: Salir de su vida, esperando que ella se viera forzada a aceptar la primera alternativa. No funcionó y casi nos mata a ambas en el camino.

»¿Qué es lo que me queda, sino la cuarta opción? Es lo que ella quiere, o al menos, lo que cree querer. Estoy intentando retrasarlo, darle tiempo para que encuentre una razón que le haga cambiar de idea, pero Emma es muy… terca. Eso ya lo sabes. Tendré suerte si consigo alargarlo unos cuantos meses más. Tiene pánico a hacerse mayor y su cumpleaños es en septiembre…

—Me gusta la primera alternativa —masculló Graham.

Regina no respondió.

—Ya sabes lo mucho que me cuesta aceptar esto —murmuró Graham lentamente—, pero veo cuánto la amas… a tu manera. No lo puedo negar.

»Teniendo eso en cuenta, no creo que debas abandonar todavía la primera opción. Pienso que hay grandes probabilidades de que ella estuviera bien. Una vez pasado el tiempo, claro. Ya sabes, si no hubiera saltado del acantilado en marzo y si tú hubieras esperado otros seis meses antes de venir a comprobar… Bueno, podrías haberla encontrado razonablemente feliz. Tenía un plan en marcha.

Regina rió entre dientes.

—Quizá hubiera funcionado. Era un plan muy bien pensado.

—Así es —suspiró Graham—, pero… —de repente comenzó a susurrar tan rápido que las palabras se le enredaron unas con otras—, dame un año chupasa…, Regina. Creo que puedo hacerla feliz, de verdad. Es cabezota, nadie lo sabe mejor que yo, pero tiene capacidad de sanar. De hecho, se hubiera curado antes. Y ella podría seguir siendo humana, en compañía de David y Mary Margaret, y maduraría, tendría niños y… sería Emma.

»Tú la quieres tanto como para ver las ventajas de este plan. Ella cree que eres muy altruista, pero ¿lo eres de veras? ¿Puedes llegar a considerar la idea de que yo sea mejor para Emma que tú?

—Ya lo he hecho —contestó Regina serenamente—. En muchos sentidos, tú serías mucho más apropiado para ella que cualquier otro ser humano. Emma necesita alguien a quien cuidar y tú eres lo bastante fuerte para protegerla de sí misma y de cualquiera que intentara hacerle daño. Ya lo has hecho, razón por la que estoy en deuda contigo por el resto de mi vida, es decir, para siempre, sea lo que sea que venga antes.

«Incluso le he preguntado a Ruby si Emma estaría mejor contigo. Es imposible que lo sepa, claro: mi hermana no puede veros; así que Emma, de momento, está segura de su elección.

»Pero no voy a ser tan estúpida como para cometer el mismo error de la vez anterior, Graham. No voy a intentar obligarla a que escoja de nuevo la primera alternativa. Me quedaré mientras ella me quiera a su lado.

—¿Y si al final decidiera que me quiere a mí? —La desafió Graham—. De acuerdo, es una posibilidad muy remota, te concedo eso.

—La dejaría marchar.

—¿Sin más? ¿Simplemente así?

—En el sentido de que nunca le mostraría lo duro que eso sería para mí, sí, pero me mantendría vigilante. Mira, Graham, también tú podrías dejarla algún día. Como Sam y Emily, tampoco tú tendrías opción. Siempre estaría esperando para sustituirte y me moriría de ganas de que eso sucediera.

Graham resopló por lo bajo.

—Bueno, has sido mucho más sincera de lo que tenía derecho a esperar, Regina. Gracias por permitirme entrar en tu mente.

—Como te he dicho, me siento extrañamente agradecida por tu presencia en su vida esta noche. Es lo menos que podía hacer… ya sabes, Graham, si no fuera por el hecho de que somos enemigos naturales y que pretendes robarme la razón de mi existencia, en realidad, creo que me caerías muy bien.

—Quizá… si no fueras una asquerosa vampira que planea quitarle la vida a la chica que amo… Bueno, no, ni siquiera entonces.

Regina rió entre dientes.

—¿Puedo preguntarte algo? —empezó Regina después de un momento en silencio.

—¿Acaso necesitas preguntar?

—Sólo escucho tus pensamientos. Es sobre una historia que Emma no tenía interés alguno en contarme el otro día. Algo acerca de una tercera esposa…

—¿Qué pasa con eso?

Regina no contestó, escuchando la historia en la mente de Graham. Oí su lento siseo en la oscuridad.

—¿Qué? —inquirió Graham de nuevo.

—Claro. ¡Claro! —A Regina le hervía la sangre—. Hubiera preferido que tus mayores se hubieran callado esa historia para ellos mismos, Graham.

—¿No te gusta ver a las sanguijuelas en el papel de chicos malos? —Se burló Graham—. Ya sabes que lo son. Entonces y ahora.

—Lo cierto es que esa parte me importa un rábano. ¿No adivinas con qué personaje podría sentirse identificada Emma?

A Graham le llevó un minuto caer en la cuenta.

—Oh, oh. Arg. La tercera esposa. Vale, ya veo por dónde vas.

—Por eso quiere estar en el claro. Para hacer lo que pueda, por poco que sea, tal como dijo… —Regina suspiró—. Ése es otro buen motivo para que mañana no me separe de ella. Tiene una gran inventiva cuando desea algo.

—Pues ya sabes, tu hermano de armas le dio esa misma idea tanto como la propia historia.

—Nadie pretendió hacer daño —cuchicheó Regina en un intento de serenar los ánimos.

—¿Y cuánto durará esta pequeña tregua? —Preguntó Graham—. ¿Hasta las primeras luces? ¿O mejor esperamos hasta que termine la lucha?

Hubo una pausa mientras ambos pensaban.

—Cuando amanezca —susurraron a la vez, y después ambos se echaron a reír.

—Que duermas bien, Graham —masculló Regina—. Disfruta del momento.

Se hizo el silencio de nuevo, y la tienda se quedó quieta durante unos cuantos minutos. El viento parecía haber decidido que después de todo, no nos iba a aplastar y se estaba dando por vencido.

Regina gruñó por lo bajo.

—No quería decir eso de forma tan literal.

—Lo siento —cuchicheó Graham—. Podrías dejarme, ya sabes… dejarnos una cierta intimidad.

—¿Quieres que te ayude a dormir, Graham? —le ofreció Regina.

—Podrías intentarlo —le contestó Graham, indiferente—. Sería interesante ver quién saldría peor parado, ¿no?

—No me tientes mucho, lobo. Mi paciencia no es tan grande como para eso.

Graham rió entre dientes.

—Mejor no me muevo ahora, si no te importa.

Regina comenzó a canturrear para sí misma, aunque más alto de lo habitual, intentando ahogar los pensamientos de Graham, supuse. Pero era mi nana lo que tarareaba, y a pesar de la creciente inquietud que este sueño en susurros me había provocado, caí aún más profundo en la inconsciencia…, en otros sueños que tenían más sentido