A pesar de que me hallaba dentro de la tienda, había mucha luminosidad cuando me desperté por la mañana y la luz del sol me hirió en los ojos. Sudaba la gota gorda, tal y como había predicho Graham, que roncaba suavemente junto a mi oreja y mantenía los brazos enlazados alrededor de mi cuerpo.
Aparté la cabeza de su pecho caliente, casi enfebrecido, y sentí el aguijonazo de la mañana fría en mi mejilla bañada en sudor. Él suspiró en sueños y apretó los brazos en torno a mí de forma inconsciente.
Incapaz de aflojar su abrazo, me retorcí en mi esfuerzo por elevar la cabeza lo suficiente para que mi mirada…
… se encontrase con la de Regina, que me contempló con expresión serena, aunque el dolor en sus ojos era incuestionable.
—¿Se está caliente ahí fuera? —murmuré.
—Sí. Dudo que hoy necesitemos la estufa.
Intenté alcanzar la cremallera, pero no logré liberar los brazos. Me estiré, luchando contra el peso inerte de Graham, que susurró algo pese a estar por completo dormido, y me estrechó aún con más fuerza.
—¿Y si me ayudas? —le pregunté con calma.
Regina sonrió.
—¿Quieres que le aparte los brazos?
—No, gracias. Sólo libérame. Me va a dar un golpe de calor.
Regina abrió la cremallera del saco de dormir con un movimiento brusco y veloz. Graham cayó hacia atrás dándose con la espalda desnuda en el suelo helado de la tienda.
—¡Eh! —se quejó, abriendo los ojos de golpe.
Se retorció y saltó por instinto para apartarse del frío. Al rodar, terminó cayendo sobre mí. Jadeé cuando su peso me dejó sin respiración, pero de pronto dejó de aplastarme. Sentí el impacto cuando Graham salió volando contra uno de los palos de la tienda y ésta se sacudió.
Los gruñidos brotaron desde todas partes a mi alrededor. Regina se agazapaba delante de mí; no podía verle el rostro, pero los rugidos surgían enfurecidos de su pecho. Graham también se había encorvado, con todo el cuerpo sacudido por los estremecimientos, mientras gruñía entre los dientes apretados. Las rocas devolvieron el eco de los feroces sonidos que Seth Clearwater emitía fuera de la tienda.
—¡Estaos quietos! ¡Parad! —grité, incorporándome con torpeza para interponerme entre los dos. El espacio era tan reducido que no necesité estirarme mucho para poner una mano en el pecho de cada uno de ellos. Regina enroscó un brazo alrededor de mi cintura preparada para apartarme del camino de un empujón—. ¡Deteneos ahora mismo! —les avisé.
Graham comenzó a calmarse cuando notó el contacto de mi mano. Disminuyó la frecuencia de sus convulsiones, pero no dejó de exhibir los dientes ni apartó los enfurecidos ojos de Regina. Seth no dejó de proferir su aullido interminable, un violento contrapunto para el repentino silencio que se hizo en la tienda.
—¿Graham? —le pregunté y me mantuve a la espera, hasta que finalmente bajó la mirada y la depositó en mí—. ¿Te has hecho daño?
—¡Claro que no! —masculló.
Me volví hacia Regina, que me miraba con una expresión dura y furiosa.
—Eso no ha estado bien. Deberías disculparte.
Sus ojos se dilataron de disgusto.
—Debes estar de broma. ¡Te estaba aplastando!
—¡Porque lo tiraste al suelo! Ni lo hizo a propósito ni me ha hecho daño.
Regina refunfuñó y puso cara de asco, pero luego, con lentitud, elevó la mirada hacia Graham con ojos claramente hostiles.
—Mis excusas, perro.
—No ha pasado nada —replicó Graham, con un borde afilado y provocador en su voz.
Todavía hacía frío, aunque nada comparable a la helada nocturna. Crucé los brazos sobre el pecho.
—Ven —dijo Regina, tranquila de nuevo. Tomó el anorak del suelo y me lo envolvió alrededor del abrigo.
—Es de Graham —protesté.
—Él tiene un abrigo de pieles —insinuó Regina.
—Si no os importa, yo prefiero el saco de dormir —Graham ignoró a Regina, nos eludió y se metió dentro—. No me apetece levantarme aún. No pasará a la historia por ser la noche en que mejor he dormido, desde luego.
—Fue idea tuya —repuso Regina, impasible.
Graham se acurrucó, con los ojos ya cerrados, y bostezó.
—No he dicho que haya sido una mala noche, sino que he dormido poco. Pensé que Emma no iba a callarse nunca.
Me dio algo de vergüenza, preguntándome qué cosas habría podido decir en sueños. Las perspectivas eran horribles.
—Me alegro de que lo hayas disfrutado tanto —murmuró Regina.
Los ojos grises de Graham parpadearon y se abrieron.
—Entonces, ¿tú no has pasado una buena noche? —preguntó, muy pagado de sí mismo.
—No ha sido la peor noche de mi vida.
—Pero ¿entra al menos entre las diez peores? —inquirió Graham con un disfrute perverso.
—Posiblemente.
Graham sonrió y entornó los párpados.
—Ahora bien —continuó Regina—, no figuraría entre las diez mejores si hubiera podido ocupar tu lugar. Sueña con eso.
Los ojos de Graham se abrieron con una mirada hostil. Se sentó rígido y con los hombros tensos.
—¿Sabes qué? Creo que hay demasiada gente aquí dentro.
—No podría estar más de acuerdo.
Propiné un codazo a Regina en las costillas; probablemente iba a costarme un buen cardenal.
—En tal caso, supongo que ya me echaré luego una cabezada —Graham puso mala cara—. De todos modos, debo hablar con Sam.
Se arrodilló y echó mano al deslizador de la cremallera.
Un dolor repentino zigzagueó por mi columna vertebral y se alojó en mi vientre en cuanto me di cuenta de que quizá no volviera a verle. Regresaba con Sam para luchar contra una horda de vampiros neófitos sedientos de sangre.
—Graham, espera.
Estiré el brazo para retenerle, pero mi mano se escurrió por su brazo, y él lo agitó antes de que lograra aferrarlo.
—Graham, por favor, ¿no podrías quedarte?
—No.
La negativa sonó dura y fría. Supe que mi rostro denotaba pena porque él espiró y una media sonrisa endulzó su expresión.
—No te preocupes por mí, Emma. Estaré bien, como siempre —soltó una risa forzada—. Además, ¿crees que voy a dejar que Seth ocupe mi lugar, se quede con toda la diversión y me robe la gloria? ¡Seguro! —bufó.
—Ten cuidado…
Salió de la tienda antes de que pudiera terminar la frase.
—Dame un respiro, Emma —le oí murmurar mientras cerraba la cremallera.
Agucé el oído para percibir el sonido de sus pasos al alejarse, pero no se oía nada. Ni el viento. Sólo escuché el canto matutino de los pájaros en las lejanas montañas. Graham se movía ahora con sigilo.
Me acurruqué en mis ropas de abrigo y me dejé caer contra el hombro de Regina. Nos quedamos quietas un buen rato.
—¿Cuánto nos queda? —pregunté.
—Ruby le ha dicho a Sam que tardarían alrededor de una hora —repuso Regina con voz sombría.
—Quiero que estemos juntas. Pase lo que pase.
—Pase lo que pase —asintió ella, con los ojos fuertemente cerrados.
—Lo sé —comenté—. A mí también me aterroriza.
—Ellos saben cómo apañárselas —me aseguró Regina, haciendo que su voz sonara divertida a propósito—. Me fastidia perderme la diversión, eso es todo.
Otra vez con la diversión. Se me dilataron las ventanillas de la nariz.
Me pasó el brazo por los hombros.
—No te preocupes —me rogó; después, me besó en la frente.
Como si hubiera algo que pudiera impedirlo.
—Vale, vale.
—¿Quieres que te distraiga? —musitó ella mientras deslizaba los dedos helados por mi pómulo.
Sin querer, me estremecí al sentir el roce gélido de sus dedos en la mejilla. Con semejante temperatura, no era momento para caricias tan frías.
—Quizá no sea la mejor ocasión —le repliqué mientras retiraba su mano—. Hay otras formas de distraerme.
—¿Qué te gustaría?
—Podrías contarme cuáles han sido tus diez mejores noches —le sugerí—. Me pica la curiosidad.
Ella se echó a reír.
—Intenta adivinarlas.
Sacudí la cabeza.
—Has vivido demasiadas noches de las que no sé nada, todo un siglo…
—Acotaré la cuestión. Las mejores han ocurrido desde que nos conocemos.
—¿De verdad?
—Sí, sin duda, y por un amplio margen.
Me quedé pensativa un minuto.
—Sólo puedo pensar en las mías —admití.
—Lo más probable es que coincidan —me alentó.
—Bueno, hay que contar con la primera noche, la que te quedaste conmigo.
—Sí, ésa es una de las mías también; aunque claro, tú estuviste inconsciente durante mi parte favorita.
—Llevas razón —recordé—. Aquella noche también estuve hablando.
—Sí —asintió.
Enrojecí mientras me preguntaba otra vez qué es lo que podría haber dicho mientras dormía en los brazos de Graham. No podía recordar qué había estado soñando, o si en verdad había soñado, así que eso no me servía de ayuda.
—¿De qué hablé anoche? —murmuré en voz más baja que antes.
Se encogió de hombros en vez de contestar, y yo hice un gesto de dolor.
—¿Tan malo fue?
—No, no tanto —suspiró ella.
—Por favor, dímelo.
—Principalmente me llamaste, lo mismo que de costumbre.
—Eso no tiene nada de malo —admití con cautela.
—Pero al final, sin embargo, empezaste a murmurar algo sin sentido sobre «Graham, mi Graham» —constaté su dolor incluso en el susurro de su voz—. Tu Graham disfrutó lo suyo con esa parte.
Alargué el cuello hacia arriba, estirando los labios hasta alcanzar el borde de su mandíbula. Mantenía la vista clavada en la lona del techo, por lo que no pude verle los ojos.
—Lo siento —cuchicheé—. Ésa es la manera en que le distingo.
—¿Distingues?
—De ese modo, diferencio entre el Graham que me gusta y ese que me pone de un humor de perros —le expliqué.
—Eso tiene sentido —sonó ligeramente aplacada—. Háblame de otra de tus noches favoritas.
—La que volamos de regreso desde Italia —frunció el ceño—. ¿No es una de las tuyas? —le pregunté.
—Sí, lo cierto es que sí, pero me sorprende que figure en tu lista. ¿No tenías la absurda impresión de que yo actuaba impulsada por la culpabilidad y de que iba a salir disparada en cuanto se abrieran las puertas del avión?
—Sí —sonreí—, pero, sin embargo, te quedaste.
Me besó los cabellos.
—Me amas más de lo que merezco.
Me reí ante la imposibilidad de esa idea.
—La siguiente fue la noche posterior a Italia —continué.
—Sí, ésa está en la lista. Estuviste muy divertida.
—¿Divertida? —objeté.
—No tenía ni idea de que tus sueños fueran tan vívidos. Me costó lo indecible convencerte de que estabas despierta.
—Todavía no estoy segura —musité—. Siempre me has parecido más un sueño que una realidad. Dime una de las tuyas, venga. ¿He adivinado tu mejor noche?
—No. La mía fue hace dos días, cuando por fin accediste a casarte conmigo.
Le puse morros.
—¿Ésa no está en tu lista?
Pensé en la manera en que me había besado, la concesión que le había arrancado y cambié de idea.
—Sí, sí que está, pero con reservas. No entiendo por qué es tan importante para ti. Ya me tienes para siempre.
—Dentro de cien años, cuando dispongas de una perspectiva suficiente para apreciar realmente la respuesta, te lo explicaré.
—Te recordaré que me lo cuentes… dentro de cien años.
—¿Estás bien calentita? —me preguntó de forma inopinada.
—Estoy bien —le aseguré—. ¿Por qué?
Un ensordecedor aullido de dolor desgarró el silencio imperante en el exterior antes de que pudiera contestar. El sonido reverberó en la roca desnuda de la montaña y llenó el aire de tal modo que podía sentirse llegar desde cualquier dirección.
El aullido invadió mi mente como un tornado, tan extraño como familiar; extraño porque nunca antes había oído un lamento tan torturado, familiar porque reconocí la voz de modo instantáneo, identifiqué el sonido y comprendí el significado con la misma seguridad que si se hubiera producido en mi interior.
No cambiaba nada el hecho de que Graham no fuera humano cuando aullaba. No necesitaba traducción alguna.
Se hallaba muy cerca y había escuchado todas y cada una de mis palabras, y sentía un dolor agudo, como una agonía.
El aullido se quebró en un peculiar sollozo estrangulado y después se hizo el silencio de nuevo.
Esta vez tampoco fui capaz de escuchar su marcha, pero la sentí: reparé en la ausencia que antes había malinterpretado, noté el vacío que había dejado su partida.
—Parece que a tu estufa se le ha acabado el butano —respondió Regina con serenidad—. Se acabó la tregua —añadió, tan bajo que no podía estar realmente segura de lo que había dicho.
—Graham estaba escuchando —farfullé. No era una pregunta.
—Sí.
—Tú lo sabías.
—Sí.
Miré al vacío, sin ver nada.
—Nunca prometí que sería una pelea limpia —me recordó sin perder la calma—, y merece saber qué hay.
Dejé caer la cabeza entre las manos.
—¿Estás enfadada conmigo? —inquirió.
—No, contigo no —mascullé—. Me horrorizo de mí misma.
—No te atormentes —me suplicó.
—Sí —admití con amargura—. Debo ahorrar energías para atormentar a Graham un poco más, hasta que no deje un recoveco sano.
—Él sabía lo que se traía entre manos.
—¿Y tú crees que eso importa? —La fragilidad de mi voz reflejaba con qué esfuerzo intentaba contener las lágrimas—. ¿Tú crees que a mí me preocupa si es o no juego limpio o si se le ha advertido de forma adecuada? Le he hecho daño, y cada vez que vuelvo al tema se lo sigo haciendo —fui elevando la voz, hasta la histeria—. Soy una persona odiosa.
Ella me estrechó con más fuerza entre sus brazos.
—No, no lo eres.
—¡Sí lo soy! ¿Qué tornillo anda suelto en mi cabeza? —luché contra sus brazos y él me soltó—. Tengo que ir y encontrarle.
—Emma, él ya está a kilómetros de aquí y hace frío.
—No me importa. No me puedo quedar aquí sentada —me quité el anorak de Graham, sacudí los pies dentro de las botas y me arrastré rígidamente hacia la puerta; sentía las piernas entumecidas—. Tengo que… debo ir…
No sabía cómo terminar la frase ni tampoco qué iba a hacer, pero de todos modos abrí la cremallera de la tienda y salí de un salto al exterior, donde lucía una mañana brillante y helada.
Supuse que el viento se habría llevado la nevisca. Era lo más plausible, ya que parecía improbable que se hubiera derretido por efecto del sol naciente que, desde el sudeste, proyectaba sus rayos sobre la nieve que había quedado. El reflejo me zahería, los ojos, poco habituados a una luz tan intensa. El aire tenía un filo cortante, pero estaba totalmente en calma y conforme el astro rey ascendía en el horizonte, con lentitud, se volvía cada vez más acorde con la estación.
Seth Clearwater se hallaba a la sombra de un abeto de copa ancha, con la cabeza entre las patas; se acurrucaba en un área alfombrada por pinaza, donde era casi invisible debido al parecido del color arena de su pelaje y el de las agujas de árbol secas. Le descubrí gracias al reflejo de la nieve en sus ojos abiertos, que me observaban con cierto aire acusatorio.
Me percaté de que Regina caminaba detrás de mí mientras avanzaba a trompicones entre los árboles. No le oía, pero la luz del sol incidía en su piel hasta crear un arco iris cuyo fulgor fluctuaba delante de mí. No hizo ademán de detenerme hasta que me interné varios metros en la zona sombreada del bosque.
Me tomó la muñeca izquierda con su mano. Yo la ignoré e intenté zafarme para quedarme libre.
—No puedes seguirle. Al menos, no hoy. Casi es la hora. Y el que te pierdas no ayudará a nadie, en cualquier caso.
Retorcí la muñeca, tirando inútilmente.
—Lo siento, Emma —susurró—. Lamento haberme comportado de ese modo.
—Tú no has hecho nada. Es culpa mía. He sido yo. Todo lo he hecho mal. Debería haber… cuando él… yo no tendría que… yo… —empecé a sollozar.
—Emma, Emma.
Deslizó sus brazos a mi alrededor y empapé su camiseta con mis lágrimas.
—Yo debería haberle contado… tendría que… haberle dicho… —¿qué?, ¿acaso había alguna manera de hacer bien aquello?—. Él no debería haberlo… sabido de esa forma.
—¿Quieres que intente traerle de vuelta para que puedas hablar con él? Todavía queda un poco de tiempo —susurró Regina, con la voz ahogada por la agonía.
Asentí contra su cuello, sin valor para mirarla a la cara.
—Quédate cerca de la tienda. Volveré pronto.
Sus brazos se desvanecieron, como ella. Se marchó tan rápido que, en el segundo que tardé en levantar la mirada, ya no pude verla. Estaba sola.
Un nuevo sollozo irrumpió en mi pecho. Hoy estaba haciendo daño a todo el mundo. ¿Acaso debía perjudicar a todo aquel que tocara?
No entendía por qué me sentía tan mal. Al fin y al cabo, siempre había sabido que aquello iba a acabar pasando tarde o temprano, pero Graham nunca había tenido una reacción como ésa, jamás se había venido abajo mostrando toda la intensidad de su angustia. El dolor de su aullido seguía hiriéndome en lo más hondo del pecho. Otra pena acompañaba al dolor. Pena por sentir lástima de Graham. Pena también por herir a Regina. Por no ser capaz de dejar marchar a Graham con serenidad, sabiendo que era lo correcto, que no quedaba otra salida.
Era una egoísta, hería a todo el mundo. Torturaba a aquellos a quienes amaba.
Me parecía a Cathy, el personaje de Cumbres borrascosas, sólo que mis opciones eran mucho mejores que las de ella, porque ni uno era tan malvado ni el otro tan débil. Y aquí estaba sentada, llorando por ello, sin hacer nada productivo para llevar las cosas por el buen camino. Exactamente igual que Cathy.
Lo que me hería no debía influir más en mis decisiones. No había de permitirlo. Esta decisión valía de poco, llegaba demasiado tarde, pero a partir de ahora tendría que hacer lo correcto.
Tal vez ya se había terminado todo. Quizás Regina no pudiera traérmelo de nuevo. En tal caso, yo debería aceptarlo y continuar con mi vida. Regina no me volvería a ver nunca derramar otra lágrima por Graham Black. Los sollozos tenían que terminarse. Me enjugué la última lágrima con los dedos, fríos de nuevo.
Ahora bien, si Regina lograba traer a Graham, habría de pedirle que se marchara de mi vida para nunca volver.
¿Por qué me resultaba tan difícil? Era muchísimo más arduo que decir adiós a mis otros amigos, a Belle, a Neal. ¿Por qué me hacía tanto daño? Eso no estaba bien. No debería hacerme sentir tan mal.
Ya tenía lo que quería. No podía tenerles a los dos, porque Graham no se conformaba con ser sólo mi amigo. Ya era hora de que abandonara la idea. ¿Cómo podía ser tan ridículamente avariciosa?
Debía desprenderme de ese sentimiento irracional de que Graham pertenecía a mi vida. Él no podía ser para mí, no podía ser «mi» Graham cuando yo me había entregado a otra persona.
Caminé con lentitud hacia el pequeño claro, arrastrando los pies. Cuando llegué al espacio abierto, parpadeando por la claridad de la luz, lancé un rápido vistazo a Seth, que no se había movido de su lecho de agujas de pino, y después miré a lo lejos para evitar sus ojos.
Me daba cuenta de que tenía el pelo enmarañado, retorcido en manojos como las serpientes de Medusa. Intenté pasar los dedos entre los mechones, pero pronto lo dejé. De todos modos, ¿a quién le importaba mi aspecto?
Cogí la cantimplora que colgaba al lado de la puerta de la tienda y la sacudí. Sonó un chapoteo, por lo que desenrosqué la tapa y tomé un sorbo para enjuagarme la boca con el agua helada. Había comida en algún sitio de por allí, pero no tenía hambre suficiente como para ponerme a buscarla. Comencé a pasear nerviosamente de un lado para otro a través del pequeño espacio lleno de luz, sintiendo los ojos de Seth sobre mi persona todo el rato. Como no le miraba, en mi mente seguía viéndole más como un chico que como un lobo gigante. Más parecido al joven Graham.
Quise pedirle a Seth que ladrara o hiciera algún otro signo si Graham regresaba, pero me abstuve. No importaba si volvía o no, de hecho, sería mucho más fácil si no lo hacía. Deseaba que hubiera alguna manera de llamar a Regina.
Seth aulló en ese momento y se incorporó sobre sus patas.
—¿Qué pasa? —le pregunté estúpidamente.
Él me ignoró, correteó hasta la linde del bosque y apuntó hacia el oeste con la nariz. Comenzó a gimotear.
—¿Son los otros, Seth? —inquirí—. ¿En el claro?
Me miró y gañó con debilidad una sola vez; después, giró el hocico de nuevo en dirección oeste. Echó las orejas hacia atrás y volvió a aullar.
¿Por qué era tan idiota? ¿En qué estaba yo pensando cuando envié a Regina lejos de allí? ¿Cómo se suponía que iba yo a saber lo que estaba pasando? No hablaba el idioma de los lobos.
Un sudor frío comenzó a deslizarse por mi columna. ¿Y si se había agotado ya el tiempo? ¿Y si Regina y Graham se habían acercado demasiado a la zona de peligro? ¿Qué pasaría si Regina decidía unirse a la lucha?
Un pánico helado anidó en mi estómago. ¿Y si la inquietud de Seth no tenía nada que ver con el claro y su aullido era una negación? ¿Y si Graham y Regina estaban luchando el uno contra el otro en algún lugar lejano del bosque? No harían una cosa así, ¿verdad?
Me di cuenta, con una repentina y escalofriante certeza, de que eso es lo que ocurriría si cualquiera de los dos pronunciaba las palabras equivocadas. Pensé en el tenso enfrentamiento de la tienda esa mañana y me pregunté si no había subestimado lo cerca que había estado de estallar una lucha real.
No merecía menos si, de algún modo, perdía a los dos.
Mi corazón quedó apresado en el frío.
Antes de que me fuera a desmayar del susto, un gruñido ligero salió del interior del pecho de Seth; después, abandonó la vigilancia y volvió a su lugar de descanso. Eso me calmó, pero me irritó a la vez. ¿Es que no podía escribir un mensaje en el suelo con la pata o algo así?
La agitación de mi caminata me había hecho sudar debajo de todas las capas de ropa que llevaba. Arrojé la chaqueta dentro de la tienda y después volví a abrirme camino hacia el centro del pequeño calvero.
De pronto, Seth saltó sobre sus patas con el pelo de detrás del cuello completamente erizado. Miré alrededor sin ver nada. Iba a acabar tirándole una piña como continuara con ese comportamiento.
Gruñó, un sonido bajo de advertencia, mientras subía con sigilo hasta el extremo occidental. Me dominó otra vez la misma impaciencia.
—Somos nosotros, Seth —gritó Graham desde una cierta distancia.
Intenté explicarme a mí misma por qué mi corazón había metido la quinta en cuanto le escuché. Era sólo miedo a lo que debía hacer, eso era todo. No me iba a permitir a mí misma sentirme aliviada por el simple motivo de que hubiera regresado. Desde luego, aquello hubiera sido muy poco práctico por mi parte.
Regina apareció primero ante mi vista, con el rostro inexpresivo y tranquilo. Cuando salió de las sombras, el sol relumbró sobre su piel como lo había hecho antes en la nieve. Seth acudió a saludarla, mirándola intencionadamente a los ojos. Regina asintió con lentitud y la preocupación le llenó de arrugas la frente.
—Sí, eso es todo lo que necesitamos —murmuró para sus adentros antes de dirigirse al gran lobo—. Supongo que no debería sorprendernos, pero vamos a ir un poco apurados, le va a andar muy cerca. Por favor, dile a Sam que le pida a Ruby que intente concretar aún más el esquema.
Seth asintió bajando la cabeza una vez y yo deseé ser capaz de aullar. Vaya, ahora sí había podido asentir. Volví la cara, enfadada, y me di cuenta de que Graham estaba allí.
Me había dado la espalda, quedando de frente al lugar por el que había llegado. Esperé con cautela a que se diera la vuelta.
Regina apareció a mi lado de repente. Me encaro para mirarme sin que en sus ojos hubiera otra cosa que no fuera la más pura preocupación. Su generosidad era infinita. En esos momentos, me la merecía menos que nunca.
—Emma —susurró Regina—. Ha surgido una pequeña complicación. Me voy a llevar a Seth un poco más allá para intentar solventarla —me dijo con una voz estudiadamente desprovista de preocupación—. No me iré lejos, pero tampoco podré oírte. Ya sé que no quieres público y no me importa que escojas el camino que quieras.
El dolor no irrumpió en su voz hasta el final del todo.
No debía herirla nunca más. Ésa tenía que ser mi misión en la vida. Yo no debía volver a ser el motivo por el que esa mirada asomara a sus ojos. Estaba demasiado aturdida incluso para preguntarle en qué consistía el problema. Bastante era con lo que tenía encima en esos momentos.
—Apresúrate —le susurré.
Me dio un beso suave en los labios antes de desaparecer en el bosque con Seth a su lado.
Graham estaba quieto a la sombra de los árboles, lo cual me impedía ver su expresión con claridad.
—Tengo prisa, Emma —empezó con tono de aburrimiento en la voz—. ¿Por qué no acabas con esto de una vez?
Tragué saliva, con la garganta súbitamente tan seca que no estaba segura de poder articular sonido alguno.
—Limítate a soltarlo, y terminemos de una vez.
Inhalé un gran trago de aire.
—Siento ser tan mala persona —murmuré—. Lamento haber sido tan egoísta. Desearía no haberme encontrado nunca contigo para no herirte como lo he hecho. No lo haré más, te lo prometo. Me mantendré apartada de ti. Me mudaré fuera del estado. No tendrás que volver a verme nunca jamás.
—Eso no se parece en nada a una disculpa —replicó con amargura.
No pude elevar mi voz por encima del sonido de un susurro.
—Dime cómo se hace bien.
—¿Qué pasa si no quiero que te vayas? ¿Qué pasa si quiero que te quedes, seas egoísta o no? ¿Acaso no tengo opinión si lo único que haces es ponérmelo cada vez más difícil?
—Eso no serviría de nada, Graham. Es un error que sigamos viéndonos cuando ambos queremos cosas distintas por completo. La situación no va a mejorar. Seguiré haciéndote daño y odio hacerlo —se me quebró la voz.
Él suspiró.
—Detente. No tienes que decir nada más. Lo comprendo.
Quería decirle cuánto le echaría de menos, pero me mordí la lengua. Eso tampoco ayudaría en nada. Se quedó quieto un momento, con la vista clavada en el suelo, y luché contra la necesidad acuciante de ir a abrazarle para darle consuelo.
Y entonces su cabeza se irguió de manera repentina.
—Bien, tú no eres la única capaz de sacrificarse a sí misma —repuso, con la voz más fuerte—. A ese juego pueden jugar dos.
—¿Qué?
—Yo también me he portado bastante mal y te lo he puesto más difícil de lo necesario. Podía haberme retirado con elegancia al principio…, y también te he hecho daño.
—Ha sido culpa mía.
—No voy a dejar que cargues tú con todas las culpas, Emma, ni con toda la gloria. Sé cómo redimirme.
—¿De qué estás hablando? —inquirí.
Me asustaba el brillo fanático que de pronto había iluminado sus ojos. Alzó la vista al cielo; luego, me sonrió.
—Se cuece por ahí una lucha encarnizada de veras. No sería tan difícil que yo cayera en ella.
Sus palabras penetraron en mi cerebro lentamente, una por una, y no pude respirar. A pesar de todas mis intenciones respecto a sacar a Graham de forma definitiva de mi vida, no me di cuenta hasta ese preciso instante de cuánto tendría que hundir el cuchillo para conseguirlo.
—¡Oh no, Graham! No, no, no, no —grité horrorizada—. No, Graham, no. Por favor, no —empezaron a temblarme las rodillas.
—¿Cuál es la diferencia, Emma? Eso sería lo más conveniente para todos, sencillo, y ni siquiera tendrías que mudarte.
—¡No! —Elevé la voz—. ¡No, Graham! ¡No lo permitiré!
—¿Y cómo me detendrás? —me tentó con acento ligero, sonriendo para quitarle hierro a su tono de voz.
—Graham, te lo suplico. Quédate conmigo —me habría arrodillado de haber sido capaz de moverme.
—¿Durante quince minutos, mientras me pierdo una buena pelea, para que luego me abandones en cuanto pienses que ya estoy a salvo? Debes de estar bromeando.
—No huiré. He cambiado de idea. Buscaremos alguna solución, Graham, siempre hay alguna manera de llegar a un arreglo. ¡No vayas!
—Mientes.
—No. Ya sabes qué mal se me da mentir. Mírame a los ojos. Me quedaré si tú también lo haces.
Su rostro se endureció.
—¿Para ser tu testigo en la boda?
Pasó un momento antes de que yo pudiera articular palabra y aun así la única respuesta que le pude dar fue:
—Por favor.
—Eso es lo que pensaba —repuso, serenando de nuevo su expresión, a pesar del brillo turbulento de sus ojos—. Te quiero, Emma —murmuró.
—Te quiero, Graham —respondí con voz rota.
Él sonrió.
—Eso lo sé mejor que tú.
Se volvió para marcharse.
—Haré cualquier cosa —le grité con voz estrangulada—, lo que quieras, Graham. ¡No vayas!
Él se detuvo y se giró con lentitud.
—No creo que en realidad quieras decir eso.
—Quédate —le supliqué.
Sacudió la cabeza.
—No —se paró momentáneamente, como si estuviera tomando alguna decisión—. Me voy y dejaremos que decida el destino.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con voz ahogada.
—No haré nada con premeditación. Me limitaré a luchar lo mejor posible por mi manada y dejaré que ocurra lo que tenga que ocurrir —se encogió de hombros—. Salvo que tú quieras convencerme de que en verdad quieres que regrese, sin que te hagas la desinteresada.
—¿Cómo?
—Podrías pedírmelo —sugirió.
—Vuelve —murmuré. ¿Cómo podía él dudar de qué era lo que quería?
Sacudió la cabeza y volvió a sonreír.
—No es de eso de lo que estoy hablando.
Me llevó un segundo entender a qué se refería, y durante todo el rato él estuvo mirándome con su expresión suficiente, bien seguro de cuál sería mi reacción. Tan pronto como me di cuenta, sin embargo, solté las palabras sin pararme a contemplar el coste que acarrearían.
—¿Quieres besarme, Graham?
Abrió los ojos a causa de la sorpresa, pero luego los entornó, suspicaz.
—Me tomas el pelo.
—Bésame, Graham. Bésame y luego regresa.
Él vaciló entre las sombras mientras se debatía consigo mismo. Se volvió a medias hacia el oeste, con el torso dándome ligeramente la espalda, aunque sus pies continuaban plantados en el mismo sitio. Todavía mirando hacia lo lejos, dio un paso inseguro en mi dirección, y después otro. Volvió el rostro para mirarme, lleno de dudas.
Le devolví la mirada. No tenía ni idea de cuál era la expresión de mi rostro.
Graham vaciló sobre sus talones y después se tambaleó hacia delante, salvando la distancia que había entre nosotros en tres grandes zancadas.
Sabía que se aprovecharía de la situación. Lo esperaba. Me quedé muy quieta, con los puños cerrados a ambos costados, mientras él tomaba mi cabeza entre sus manos y sus labios se encontraban con los míos con un entusiasmo rayano en la violencia.
Pude sentir su ira conforme su boca descubría mi resistencia pasiva. Movió una mano hacia mi nuca, encerrando mi cabello desde las raíces en un puño retorcido. La otra mano me aferró con rudeza el hombro, sacudiéndome y después arrastrándome hacia su cuerpo. Su mano se deslizó por mi brazo, asiendo mi muñeca y poniendo mi brazo alrededor de su cuello. Lo dejé allí, con la mano todavía encerrada en un puño, insegura de cuan lejos estaba a dispuesta a llegar en mi desesperación por mantenerle vivo. Durante todo este tiempo, sus labios, desconcertantemente suaves y cálidos, intentaban forzar una respuesta en los míos.
Tan pronto como se aseguró de que no dejaría caer el brazo, me liberó la muñeca y buscó el camino hacia mi cintura. Su mano ardiente se asentó en la parte más baja de mi espalda y me aplastó contra su cuerpo, obligándome a arquearme contra él.
Sus labios liberaron los míos durante un momento, pero sabía que ni mucho menos había terminado. Siguió la línea de mi mandíbula con la boca y después exploró toda la extensión de mi cuello. Me soltó el pelo y buscó el otro brazo para colocarlo alrededor de su cuello como había hecho con el primero.
Y entonces sus brazos se cerraron en torno a mi cintura y sus labios encontraron mi oreja.
—Puedes hacerlo mucho mejor, Emma —susurró hoscamente—. Te lo estás tomando con mucha calma.
Me estremecí cuando sentí cómo sus dientes se aferraban al lóbulo de mi oreja.
—Eso está bien —cuchicheó—. Por una vez, suéltate, disfruta lo que sientes.
Sacudí la cabeza de modo mecánico hasta que una de sus manos se deslizó otra vez por mi pelo y me detuvo.
Su voz se tornó acida.
—¿Estás segura de que quieres que regrese o lo que en realidad deseas es que muera?
La ira me inundó como un fuerte calambre después de un golpe duro. Esto ya era demasiado, no estaba jugando limpio.
Mis brazos estaban alrededor de su cuello, así que cogí dos puñados de pelo, ignorando el dolor lacerante de mi mano derecha y luché por soltarme, intentando apartar mi rostro del suyo.
Y Graham me malinterpretó.
Era demasiado fuerte para darse cuenta de que mis manos querían causarle daño, de que intentaba arrancarle el pelo desde la raíz. En vez de ira, creyó percibir pasión. Pensó que al fin le correspondía.
Con un jadeo salvaje, volvió su boca contra la mía, con los dedos clavados frenéticamente en la piel de mi cintura.
El ramalazo de ira desequilibró mi capacidad de autocontrol; su respuesta extática, inesperada, me sobrepasó por completo. Si sólo hubiera sido cuestión de orgullo habría sido capaz de resistirme, pero la profunda vulnerabilidad de su repentina alegría rompió mi determinación, me desarmó. Mi mente se desconectó de mi cuerpo y le devolví el beso. Contra toda razón, mis labios se movieron con los suyos de un modo extraño, confuso, como jamás se habían movido antes, porque no tenía que ser cuidadosa con Graham y desde luego, él no lo estaba siendo conmigo. Mis dedos se afianzaron en su pelo, pero ahora para acercarlo a mi.
Lo sentía por todas partes. La luz incisiva del sol había vuelto mis párpados rojos, y el calor iba bien con el calor. Había ardor por doquier. No podía ver ni sentir nada que no fuera Graham.
La pequeñísima parte de mi cerebro que conservaba la cordura empezó a hacer preguntas.
¿Por qué no detenía aquello? Peor aún, ¿por qué ni siquiera encontraba en mí misma el deseo de detenerlo? ¿Qué significaba el que no quisiera que Graham parara? ¿Por qué mis manos, que colgaban de sus hombros, se deleitaban en lo amplios y fuertes que eran? ¿Por qué no sentía sus manos lo bastante cerca a pesar de que me aplastaban contra su cuerpo?
Las preguntas resultaban estúpidas, porque yo sabía la verdad: había estado mintiéndome a mí misma.
Graham tenía razón. Había tenido razón todo el tiempo. Era más que un amigo para mí. Ése era el motivo porque el que me resultaba tan difícil decirle adiós, porque estaba enamorada de él. También. Le amaba mucho más de lo que debía, pero a pesar de todo, no lo suficiente. Estaba enamorada, pero no tanto como para cambiar las cosas, sólo lo suficiente para hacernos aún más daño. Para hacerle mucho más daño del que ya le había hecho con anterioridad.
No me preocupé por nada más que no fuera su dolor. Yo me merecía cualquier pena que esto me causara. Esperaba además que fuera mucha. Esperaba sufrir de verdad.
En este momento, parecía como si nos hubiéramos convertido en una sola persona. Su dolor siempre había sido y siempre sería el mío y también su alegría ahora era mi alegría. Y sentía esa alegría, pero también que su felicidad era, de algún modo, dolor. Casi tangible, quemaba mi piel como si fuera ácido, una lenta tortura.
Por un larguísimo segundo, que parecía no acabarse nunca, un camino totalmente diferente se extendió ante los párpados de mis ojos colmados de lágrimas. Parecía que estuviera mirando a través del filtro de los pensamientos de Graham, vi con exactitud lo que iba a abandonar, lo que este nuevo descubrimiento no me salvaría de perder. Pude ver a David y Mary Margaret mezclados en un extraño collage con Marco y Sam en La Push. Pude ver el paso de los años y su significado, ya que el tiempo me hacía cambiar. Pude ver al enorme lobo cobrizo que amaba, siempre alzándose protector cuando lo necesitaba. En el más infinitesimal fragmento de ese segundo, vi las cabezas inclinadas de dos niños pequeños, de pelo rubio, huyendo de mí en el bosque que me era tan familiar. Cuando desaparecieron, se llevaron el resto de la visión con ellos.
Y entonces, con absoluta nitidez, sentí cómo se escindía esa pequeña parte de mí a lo largo de una fisura en mi corazón y se desprendía del todo.
Los labios de Graham todavía estaban donde antes habían estado los míos. Abrí los ojos y me estaba mirando, maravillado con cada detalle.
—Tengo que irme —susurró.
—No.
Sonrió, satisfecho por mi respuesta.
—No tardaré mucho —me prometió—, pero una cosa primero…
Se inclinó para besarme de nuevo y ya no había motivo para resistirse. ¿Qué sentido tenía?
Esta vez fue diferente. Sus manos se deslizaron con suavidad por mi rostro y sus labios cálidos fueron suaves, inesperadamente indecisos. Duró poco, y fue dulce, muy dulce.
Sus brazos se cerraron a mi alrededor y me abrazó con seguridad mientras me murmuraba al oído.
—Éste debería haber sido nuestro primer beso. Mejor tarde que nunca.
Contra su pecho, donde él no podía verme, mis lágrimas brotaron y se derramaron por mis mejillas.
