Se desperezó en la cama y con un movimiento casi felino se separó del cálido cuerpo que dormía junto a él, sin que ella se percatase de nada se reincorporo en la cama hasta quedarse sentado en la orilla de esta misma. Había vuelto a tener una pesadilla, algo que últimamente le ocurría mucho, pero no eran simples pesadillas, eran recuerdos. Recuerdos de su infancia, de cuando su padre le abandonó, dejándolo a él y a su hermana solos, de él viviendo en la casa de los Hotori, donde nunca se sintió bien recibido, de sus años trabajando para Easter bajo el mandato del que decía ser su padrastro. Obviamente todos esos años de oscuridad habían acabado, pero las marcas que dejaron nunca se borrarían de su corazón y no sabía porque a pesar de todos los años de libertad y felicidad que habían pasado desde entonces, últimamente se colaban con mucha facilidad en su mente dormida los recuerdos de aquellos días oscuros.
Sabiendo que me sería imposible volver a dormirme por un rato, primero necesitaba calmarme, decidí ir a la cocina a hacerme un reconfortante chocolate caliente, el dulce siempre me animaba y como todo gato adoraba la leche no importaba cuántos años pasarán.
Antes de salir de la habitación le dí un vistazo a mi esposa asegurándome que siguiese dormida, y sí, la una vez llamada Joker, Hinamori Amu, aunque bueno ya han pasado varios años desde que dejó de ser Hinamori, se encontraba profundamente sumergida en el mundo de los sueños mientras abrazaba la almohada en la que antes yo mismo descansaba. Se le hizo tan tierna, y un pensamiento le pasó irremediablemente por la cabeza, quizás estaba abrazando a la almohada en una búsqueda inconsciente del calor y olor de su amado esposo, es decir yo. La simple idea le hizo sonreír exageradamente, cuando su mujer se despertase le preguntaría, aunque sabía de antemano que la chica solo se iba a sonrojar y negaría con vehemencia todo, haciéndole entender que era todo verdad y que realmente estaba buscándole a él aún dormida. Porque, podéis ovacionarme todos, sé bien que lo merezco, él era quien había conseguido que esa cabezota, infantil y nada honesta chiquilla se enamorara, ¡oh sí! ¡y no había sido un trabajo fácil conseguirlo por si os lo preguntáis! pero viendo todo lo que había conseguido junto a ella, sabía que había valido la pena. Sin embargo, como había conseguido que la orgullosa Hinamori Amu admitiera, de una vez, sus evidentes sentimientos hacia mí era una historia que os contaré otro día.
Porque la historia de hoy es sobre algo diferente.
Salí de la habitación que compartía con mi esposa y camine por el largo pasillo, pasando por las puertas de las que sabía eran la habitaciones de algunos de mis hijos hasta que llegue a las escaleras.
Mi vida había ido bien, después de todo lo que había pasado, en parte pensaba que el karma se lo estaba recompensando, porque en serio su vida iba muy bien. Si me lo preguntan, sin duda podía considerar a mi mujer como mi amuleto de la suerte personal dado la gran suerte que había tenido desde el mismo instante que habían empezado a salir. Y menos mal que la vida les iba bien porque con la gran camada de hijos que tenían no se hubiesen podido mantener de no ser así.
Camine por los fríos pasillos de la casa, quejándome al darme cuenta que me había olvidado de ponerme unos calcetines, aunque no era todo malo, quizás después del chocolate podía subir de vuelta a mi habitación y despertar a mi esposa con, primero unos inocentes juegos de pies y luego con unas menos inocentes caricias que seguro alejaban de mi mente los oscuros demonios que me habían invadido esa noche.
Con una sonrisa felina, me dispuse a realizar mi querida leche chocolateada, en un ritual que tenía casi memorizado de la cantidad de veces que él mismo se la preparaba a sus golosos hijos. Mientras su cuerpo seguía como autómata mi mente empezó a divagar.
Recordaba con mucha claridad el momento que había sido salvado por Amu, cuando unieron el Humpty Lock y la Dumpty Key y se transformaron respectivamente en Amulet Fortune y Seven Seas Treasure. Era uno de esos momentos que se te quedan tan grabados en la mente, que solo cerrando los ojos puedes recordarlo una y otra vez, casi con la misma precisión como cuando los viviste. En ese momento, él había sentido otro huevo aparte del de Yoru dentro de él, en su corazón, y supo casi de inmediato que ese huevo eran los sentimientos de su padre que estaban dentro del violín. Fue en ese mismo momento donde lo pudo perdonar por todo, al comprender de inmediato lo que no había podido en sus años de infante, y de ahí había salido el nombre de su nueva transformación de personalidad, el tesoro de los siete mares, por sus siete tesoros, Amu, Yoru, Ran, Miki, Suu, Dia y su padre.
Quien me iba a decir que años más tarde sus siete tesoros serían prácticamente los mismos, aunque con pequeñas modificaciones.
Su primer tesoro lo encontró cuando se reencontró con su padre y empezó a viajar con él a través de todo el continente Europeo formando parte de una orquesta, su familia se había restaurado, su madre volvía a ser feliz y con los años hasta la cabezota de Utau había conseguido perdonar al hombre que siempre los quiso pero se vio obligado por la situación a dejarlos atrás.
Su segundo tesoro lo consiguió cuando su adorable joker, tartamudeando, roja como cereza y a punto de las lágrimas de la vergüenza, le confesó había ganado la apuesta, la había enamorado, y él, ni corto ni perezoso, como cualquier buen gato posesivo, la reclamo ante todo el mundo como Su tesoro el día que se casaron, no muchos años después de la confesión.
Y luego llegaron los otros cinco tesoros.
Él era un gato, siempre lo fue y siempre lo será, con cambio de personalidad o sin él, y como gato siempre había dado por hecho que tendría una gran camada de gatetes a los que les daría todo el amor que le hubiese gustado recibir en su infancia. Aún así admitía que con cinco se habían pasado.
Su tercer tesoro fue la llegada de su primogénito, Yoru, y como había sido el primero había sido el merecedor del nombre de el primer Shugo Chara que había nacido, el suyo propio. Si bien adoraba a su hijo cómo era, el nombre de Yoru no le pegaba para nada, su hijo no era nada parecido al gato callejero travieso que él mismo y su Chara habían sido. Aunque físicamente si se pareciera a Yoru, había heredado su propio cabello oscuro y los grandes ojos dorados de Amu, su personalidad era algo…aburrida. No me malinterpreten, no cambiaría ni un solo pelo de mi, ya no tan pequeño, hijo, sin embargo no esperaba que saliera tan... responsable. Su hijo nunca faltaba a clase, nunca suspendía un examen, nunca hacía nada indebido, era exageradamente serio y noble, hacia lo que le pedían al momento que se lo pedían y nunca hacía excusas, y él como padre, no sabía de dónde había salido. Además su primogénito tenía un oído musical horrible, no importa cuántas ganas le echase, cada vez que su hijo mayor tocaba un violín sonaba como si estuviesen atropellando a un gato. Aún así lo amaba, porque era su hijo y, uno no puede diseñar las fortalezas y debilidades de sus hijos, solo dejarlos ser y armarles salgan como salgan.
Y al poco tiempo de que Yoru cumpliera los tres, él obtuvo a su cuarto tesoro, Dia y ¡Oh sí! Ella sí era una hija de su papá. Dia era un gato, un gato doméstico a diferencia de él, pero un gato a fin de cuentas, no sabía cuántos disgustos habían tenido él mismo y su esposa cuándo su hija era más pequeña, había sido una escena recurrida en su casa pasarse horas buscando a su hija, temiendo lo peor, pensando que se había escapado o ¡No sé cualquier cosa! Para después encontrarla en el sitio más insospechado, encima de armarios, dentro de cajones, en la bañera, en el tejado, en casi cualquier sitio, durmiendo una siesta, y no solo dentro de su casa también les había pasado en la calle, en el centro comercial, o cuántas veces la había perdido de vista un segundo en el parque y la había encontrado durmiendo tranquilamente en la rama de un árbol. Y no, su hija no tenía narcolepsia, simplemente dormía un mínimo de 12 horas diarias, más si la dejaban, porque ella misma lo decía, era un gato. Su esposa solía peinar el cabello azul de su niña igual que el mío y el de su hermano, en dos perfectas colectas increíblemente repeinadas, como la propia Chara Dia las llevaba, sin embargo, dadas las siestas esporádicas de su bebé, para el final del día siempre acababa con las coletas completamente despeinadas. Su encantadora princesa era toda una pieza, como él en su adolescencia si lo pensaba bien, faltaba a las clase si no la tenían bien vigilada, no hacía los deberes, no cuidaba de sus hermanos, era traviesa, rompía cosas casi por gusto, y no escuchaba reclamos de nadie, además no hacía nada que ella no quisiese, Dia solo hacia lo que se le antojara hacer y no importa cuántas discusiones eso provocará con su madre, si y sólo con su madre porque a él personalmente le encantaba lo libre que era su hija, para disgusto de su esposa que no paraba de recordarle que era una niña y había que enseñarle normas. Pero no todo era malo en la personalidad de su pequeña, Dia también tenía un oído muy fino y extremadamente bueno para la música. Enseñarle a tocar el violín había sido exageradamente fácil, la pequeña diferenciaba las notas con una extrema facilidad y a diferencia de él no se había limitado a solo aprender violín. Piano, guitarra, flauta, saxofone, ¡Si hasta podía tocar un violonchelo y si eso que eran el doble que ella! Su hija era un genio musical, era su orgullo y su ojito derecho. Además pese al desastre andante que solía ser, no era una niña mala, y eso lo tuvieron muy claro el día que nació el Shugo Chara de su hija, un Chara nacido del deseo de ser una niña buena que hiciese a su mamá feliz, su princesa era adorable en todos los sentidos.
Después llegaron sus tesoros quinto y sexto, que habían venido juntos cuando su primogénito ya tenía siete.
Él y su esposa volvieron a ser padres de las preciosas gemelas Miki y Suu, las únicas de toda su descendencia que habían heredado el cabello rosa de su progenitora pero con unos increíbles ojos azul zafiro dados por mí. Suu era quizás la más parecida al Chara del que cogía su nombre, su bebé era dulce, tierna, soñadora, una gran pastelera e increíblemente despistada y torpe, lo que hacía que él como padre se pusiera exageradamente sobreprotector con ella, ideas de su hija perdiéndose por ahí y luego siguiendo a cualquier extraño solían ponerlo de los nervios cada vez que su pequeña se encontraba fuera de su rango ocular. Por el contrario, Miki era mucho más fuerte, su esposa siempre decía que le recordaba a ella cuando intentaba hacerse la "Cool and Spice" pero lo de su hija era más que simple fachada, era realmente cabezota, orgullosa, y nunca admitía una derrota, y quizás el único parecido que tenía hacia la Chara de la que cogía el nombre es que Miki era la única de TODOS sus hijos que sabía dibujar, lo decía en serio, el resto hacían cosas muy raras, horribles, que bajo ningún concepto podían considerarse arte.
Recordaba con cariño como cuando eran bebés y una se despertaba llorando, luego despertaba a la otra que también se ponía a llorar, y luego todo el escándalo despertaba a Dia, repito mi hija tiene un oído muy fino y no había nada que la pusiera de peor humor que ser despertada. Así que para controlar todo ese caos, él se tenía que pasar madrugadas enteras tocando dulces sonatas en el violín para que sus princesas pudiesen dormir, aunque eso había provocado una especie de efecto perro de pavlov* y ahora cada vez que Suu o Miki oían un violín se quedaban automáticamente dormidas, literal ninguna de las dos había podido escuchar ningún recital completo de su padre sin ser atacadas repentinamente por una ola de sueño que las dejaba fritas hasta el día siguiente. Aún así las quería, eran sus bebés después de todo.
Y luego vino su último, pero no por ello menos importante, tesoro. Ran, su último hijo y a pesar de que tuviese el nombre de una Chara femenino, era todo un varoncito. Físicamente era quizás el más parecido a mí, había heredado mi color de pelos y de ojos, mi madre siempre le dice cuando lo ve que es como volver a verme a mí de pequeño, pero ¡Oh, ese niño era el demonio y no se parecía para nada al tranquilo niño que él había sido!
Él ya había tenido cuatro hijos para cuando Ran llegó, y aún así ninguno lo sacaba tanto de sus casillas como el menor de todos. Su hijo era uno de esos niños que parece que le inyectan el azúcar directamente en el brazo, nunca se está quieto, la tranquilidad es una palabra que parece que no existe en su vocabulario, está siempre saltando, corriendo, brincando, jugando, gritando y él entendía, era un niño es lo que los niños hacen, ¡pero si supierais la cantidad de veces que me he herniado porque a mi hijo le hubiese parecido gracioso coger un monopatín y bajar cualquier tipo de pendiente en el! por más peligrosa que pareciese, haciendo que yo tenga que utilizar mi cuerpo como escudo humano para evitar que él se haga daño, una y otra, y otra, y otra vez. Oh sí, de todos sus hijos Ran era el único que conseguía enfadarle y mucho, pareciera que no tuviera percepción alguna de el peligro, además, yo siempre he sido muy tranquilo, la descripción de una tarde perfecta para mí sería estar en casa, leyendo cualquier manga, acurrucado a mi esposa, con mis cinco hijos alrededor tranquilos también leyendo, pero esa imagen nunca sería posible porque seguramente mientras todos estuviesen tranquilos y medio adormilados el menor de ellos aprovecharía para, no sé, hacer paracaidismo desde el tejado utilizando un paraguas y un par de botellas de refresco como propulsor, lo veía capaz, lo veía muy capaz.
Aún así, aún si sus hijos no eran como él había pensado que serían, era increíblemente feliz cada día que pasaba con ellos. Porque a veces la vida no sale según tus planes, pero si le diesen a elegir entre volver a su vida antes de su esposa, donde se pasaba las tardes durmiendo tranquilo con Yoru, el chara, ronroneando en su regazo, o volverse a herniar la espalda por detener una caída de su Pequeño demonio llamado Ran, entonces que se prepare su espalda porque se herniaria todas las veces que fuese necesaria con tal de que su pequeño no sufriese ni un rasguño.
Con una gran sonrisa producto del tonto pensamiento que acaba de surcar mi mente, y con mi humeante taza de chocolate que recién acababa de terminar de preparar, volví a la habitación que compartía con mi mujer, más que preparado para pasar una noche de mimos gatunos antes de que mis otros cinco tesoros se despierten y mi día a día como padre vuelva a comenzar.
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Perro de pavlov: es un experimento que realizó un tal Pavlov, antes de darle de comer a sus perros hacia sonar una campana y luego les daba la comida, al tiempo cada vez que tocaba la campana sus perros empezaban a salivar dando por hecho que les iban a dar comida, así demostró cómo la mente se puede condicionar con estimulos externos.
Me pareció gracioso pensar que Ikuto utilizará tanto lo de tocar el violín para dormir a sus hijos que estos acabarán condicionados a si escuchan un violín hay que dormir xD pero hubiese sido triste hacerlo con todos, así que por eso solo paso con dos.
Siempre he creído que después de todo lo que Ikuto sufrió cuando era niño por la ausencia de su padre, él acabaría siendo un padre excepcional y bueno la idea se me ocurrió cuando leí en no sé dónde que el nombre de Seven Seas Treasure era por sus siete tesoros (dichos antes Amu, Yoru, Ran, Suu, Dia y su padre) creo que la razón por la que los charas de Amu son sus tesoros es porque a fin de cuentas son rasgos de la personalidad de Amu, y si la ama a ella, las tiene que amar a todas ellas xD no se, solo se me hizo tierno pensar que llamasen a sus hijos así por los Loles ~(-_-)~
