Digimon no me pertenece
Papá no era así
Encontré una vieja grabadora que creía perdida. Su hallazgo no sería importante de no ser porque contiene una entrevista de antaño que colocó un punto rojo en mi memoria, una bandera que, cuando se alza, logra distraerme con su bamboleo.
En esa entrevista hablo con la familia de un hombre que conocí, Hiroki Hida, cuando estuvo de servicio en mi país y murió en este. No comprendo por qué nunca la transcribí, ni cuál fue la razón por la que se me ocurrió hacer tal imprudencia a tan solo pocos días del funeral en Japón, quizá en esos momentos tenía todavía la esperanza de encontrar al perpetrador de Hiroki, lo cual es absurdo, ¿en qué me ayudarían los testimonios de aquella familia dolida? Viendo hacia atrás, es más probable que mis intenciones fueran las de trastocar, la superficie como mínimo, de la vida de mi amigo.
Nunca he conocido a un hombre como él… A excepción de su hijo. Sí, casi lo olvido. Su hijo pequeño conservaba tanto de él que me dio un susto. Iori, si no mal recuerdo.
Esta es la historia de los Hida, de todos ellos, pero tal vez un poco más del pequeño Iori. Mi nombre no importa que lo sepan o no, solo soy el narrador poco habilidoso con el que contarán hoy.
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1
Cuando llegué a Japón, reconocí de inmediato las estructuras que acompañaban a Hiroki como fantasmas; orden. Aunque el suyo iba a acompañado de una filosofía más suave, pero eso lo comprendería hasta que conociera a su padre. A partir de este punto, todos los diálogos que describiré son parte de las grabaciones que colecté, transcritas tan fielmente como fui capaz de echar mano de mi memoria añeja.
—Buenas tardes, señora Hida. Gracias por acceder a esta entrevista.
Asiente, se queda así por mucho tiempo, doblando el cuello y con los ojos profusamente cerrados. El dolor que emana de ella es el mismo que está pegado a toda la casa, a todos los muebles. Fue lo primero que me recibió a la entrada, lo reconocí como un sabueso. Eran cerca de las seis, recuerdo que fui tarde a hacerles la visita aunque había acordado con ellos asistir temprano. Me había quedado en el hotel dudando si hacerlo o mejor irme de una vez.
—¿Podemos empezar? —Su labio inferior tiembla, sabe lo que se avecina. Creo que mi voz también flaquea, porque escucho un ruido dubitativo de mi parte. En ese momento me pregunto qué estoy haciendo.
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2
—¿Cómo era su hijo? En el trabajo y fuera de este.
Chikara apoya la espalda en el asiento murmurando un prolongado «ah», sus ojos apuntan hacia arriba mientras hurga entre las palabras adecuadas para darme.
—Era un adolescente estancado —suelta una carcajada. Llevamos dos horas conversando. Había sido una buena idea cortar la plática con Fumiko y aplazar el resto para el siguiente día—, tenía una habilidad innata para ver todo desde el punto de vista más simplista posible; su madre diría que era un don porque lo heredó de ella. Iori también lo tenía…
De repente se queda sumido en sus pensamientos.
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3
Era mi tercer día irrumpiendo en la residencia Hida y, para mi mala suerte —en aquel momento así lo pensaba de verdad—, Iori fue mi única compañía por una hora entera, la mitad de este tiempo lo aproveché para hacerle algunas preguntas, las únicas. No sabía muy bien cómo lidiar con niños, en especial con los silenciosos.
Preguntaba algo y él se apretaba en su lugar, sus respuestas volviéndose más cortas a cada minuto. Pasó de frases cortas a simples monosílabos. Sus ojos verdes coloreaban franjas de dolor y resentimiento que me aturdían. Distaba mucho de la imagen que Hiroki me había creado de él.
—Es un niño brillante y muy travieso —me espetó orgulloso un día, algo pasado de copas. Estábamos en uno de esos bares oscuros y pequeños, tan comunes en la metrópoli inglesa—, sabe sonreír, ¿crees que le enseño bien?
No sé qué le respondí, si lo hice siquiera, tal vez solo le di una palmadita en la espalda y luego lo subí a un taxi bajo la lluvia, de regreso a su departamento temporal. No importan los detalles, desde luego. Pero ahí sentado frente al niño, no pude hacer otra cosa más que hundirme en el sillón, oprimido por el contraste del recuerdo. Me di cuenta que Iori había cerrado el círculo de la madurez antes de tiempo. El dolor, inmenso como para darle un nombre o la libertad condicional, lo había empujado de un tirón hasta allí. Eso le costaría muchas cosas en el futuro. Tanto peso envuelto en las manos de un niño me puso enfermo.
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2
—Mi hijo… él —mis oídos se alertan. La entrevista con Chikara terminó, pero la grabadora sigue encendida—; ¿cómo murió?
La pregunta me toma desprevenido, la súplica en sus ojos es arrolladora. Chikara también es un hombre fabuloso, de un tipo distinto al de su hijo y su nieto. Es el tronco del que nacieron ellos, y la fuerza que emana en sus vidas se vuelve, ante mis ojos, tan obligatoria como el apellido que traza los lazos de su familia.
—Murió como él quiso hacerlo, protegiendo todo en lo que dejaba puestas sus esperanzas.
El sonido que después invade todo es difícil de describir. Los sollozos de un padre buscando consuelo.
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1
—Fueron muy amables con mi esposo en Inglaterra, quisiera hacerles saber de mi gratitud.
Fumiko se compone a lo largo de la entrevista, no deja de ser taciturna en todo el trayecto, ni deja nunca de lado las lágrimas, pero lleva un fuego interno que le combina a alzar la barbilla entre toda esa ruina que perfila su mirada.
—Me haré cargo de que lo sepan.
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3
Un trueno retumba. Ese día cayó una llovizna improbable, seguro a más de uno tomó por sorpresa, porque el cielo, la mayor parte del día, había permanecido con ese azul congelado que ni las nubes sobrepasan.
—Tu padre fue un héroe, ¿lo sabías? Tenía un honor que ningún…
—Papá no era así —dice sin alterarse, aunque la autoridad de su voz me atrapa desprevenido—, él no era todas esas cosas que dicen. A él le gustaba más que nada jugar conmigo a lo que yo quisiera, enseñarme a usar las líneas del tren para que no me perdiera, cortarme el cabello y reír conmigo, ¡todos ustedes son unos mentirosos! ¡Ustedes no lo extrañan como yo!
Los ojos se le llenan de lágrimas, se desmorona rápido y por primera vez observo al infante que es. Chikara descorre la puerta que tenemos detrás, no lo escuchamos llegar, deja en el piso las bolsas que trae y corre a abrazar a su nieto. Con una sonrisa ladina se disculpa conmigo.
No le tenía que disculpar nada.
Quiero mandar esta grabación de vuelta a sus protagonistas. Iori debe rondar ya los veinte años, no estoy seguro de que sea una buena idea que escuche su voz del pasado, pero Chikara —sé que aún vive— sabrá qué hacer, si entregársela o no al joven hijo de Hiroki; el niño por el que aprendí más de mi amigo que de cualquier otra persona.
Hoy desperté extrañando mucho a mi papá y tenía que volcar todo de alguna forma. Me ha servido un montón y, con esto, tengo la firme idea de que estaré mejor mañana jaja.
Gracias a Angelique, me enteré de que el papá de Hiroki murió estando de servicio en Inglaterra, así el personaje narrador es procedente de este país. Hice que se refiriera a todos sin ningún honorifico como "chan, san, kun", y directamente con sus nombres de pila, ya que la formalidades así son muy de Japón :D
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Cambio y fuera.
