Este fic participa en el minireto de octubre para "La Copa de las Casas 2017-18 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Negros"

Mi palabra es "pesadilla" y la bruja a la que decidí honrar es Minerva McGonagall.

¡Disfrutad!


Lo primero que notó, fue que su cuerpo estaba inmóvil, flotando en una envolvente oscuridad que la abrazaba con una profunda calidez a la que no estaba acostumbrada.

En ese estado semi-consciente, y con los ojos cerrados, Minerva comenzó a ver.

Vio el miedo en el rostro de su madre al revelar su magia ante su marido; vio a su primer amor, ese muggle a quien había rechazado por miedo a quedar atrapada en un mundo sin magia; se vio a sí misma dando clases a generación tras generación y vio las caras de aquellos que habían dado su vida durante la primera guerra mágica.

Se acordaba de todos y cada uno de ellos.

Su mente voló a una noche de Halloween concreta; la noche en la que había perdido dos estudiantes a quienes guardaba especial estima. Al recordar aquella terrible noche de 1981, vio un par de figuras distorsionadas retorciéndose mientras sus oídos se llenaban de gritos cargados de pura agonía.

Poco a poco, los gritos se fueron sofocando para dar paso a una voz de mujer que pronunció su nombre con tono preocupado. La voz le resultó familiar y, recuperando por fin la consciencia, logró abrir los ojos.

—¡Minerva! ¡Gracias a Merlín que estás bien! Te desmayaste tras la batalla y Poppy nos aconsejó que no usáramos ningún hechizo para despertarte, pero aún así pensé que...

Su vieja amiga Pomona continuaba hablando a toda velocidad, pero McGonagall no escuchó ni una palabra más. A su alrededor, centenares de heridos se amontonaban en la sala, y a falta de camillas libres, se sentaban en el suelo esperando ser atendidos. Sin embargo, lo que quitó el aliento e hizo que se secara la garganta de manera dolorosa fue ver varios bultos del tamaño de cuerpos, colocados en el suelo y cubiertos con sábanas hasta la cabeza.

No quería saber quiénes eran; probablemente no lo soportaría otra vez.

Minerva McGonagall cerró los ojos e inspiró con fuerza antes de volver a abrirlos. Sabía que aunque hubiese despertado, la verdadera pesadilla solo acababa de empezar.