Condena.

Esa es la primer palabra que venía a su mente.

La justicia tan injusta…

¡Qué paradoja!

Seguía contando los días de una condena con principio y sin fin.

Las frías y duras palabras del juez, un verdugo con máscara de noble, determinaron su nuevo destino.

—Cadena perpetua a cumplir a partir de este momento…

Recordaba a sus padres que, pese a estar separados, allí estaban. Las lágrimas de su madre, implorando misericordia y la ira de su padre, reprimida en ese mismo momento. Lo detenían para que él no se acercara a ella.

O eso era lo que podía notar.

Sentía que gritaba con desesperación, mientras intentaba zafarse de los policías.

Las esposas lastimaban sus muñecas, pero más lo hacían las acusaciones en su contra.

En ese momento, Boruto había sucumbido en sus brazos, diciéndole con un hilo de voz:

—Te amo, Sarada.

Al recordarlo, las lágrimas volvían a brotar. Ella no tenía fuerzas ni voluntad.

Todo había muerto en ese momento.

Habían pasado dos años de aquella noche.

En su celda, llevaba la cuenta exacta de la cantidad de días.

Lo único que la mantenía viva eran sus últimas palabras.

Sólo anhelaba salir de allí y encontrar al culpable.

Al verdadero culpable de la muerte de Boruto.

—Es hora de almorzar—gritó una de las guardias mientras golpeaba las rejas de las celdas con su cachiporra.

Ese momento era el único en el que podía despejarse.

Ya que era verano, les permitían salir al patio. Después de todo, sus horas laborales matutinas allí tenían su recompensa. El paisaje quedaba cada vez más bonito.

Llevó mi vianda hasta un pequeño árbol y se sentó contra él. Escuchaba el murmullo constante de las reas que circulaban por allí.

Comenzó a comer y a pensar:

—¿Por qué debía sucederme esto?

—¡Ey! —una voz áspera la sacó de sus cavilaciones. Rodó los ojos—¿Qué hacés en mi árbol?

Ese tono de voz que raspaba la mente y la piel, una que ella rogaba no oír en ese instante…

—Pues estaba libre. Lo siento, Tsubaki—dio el último bocado.

Y cuando dijo que era el último, no es porque había acabado, sino que fue brutalmente interrumpida.

—¿Y osás a hablarme con esa altanería? —sus pasos se acercaban a ella cada vez más y la levantó del suelo, sujetando su chaqueta.

El humo de su cigarrillo barato penetraba sus fosas nasales e irritaba aún más su humor.

—Sólo digo lo que creo y nada más— ya no le importaba absolutamente nada.

Todos los días eran iguales. La misma rutina aburrida y dolorosa.

—Perra, ya verás…

La dejó caer y luego la sujetó con fuerza del cabello. Comenzó a arrastrarla por la tierra, llevándola hasta el centro del patio.

Las demás reían o simplemente no se involucraban. El regocijo y la indiferencia era parte de su vida en la cárcel.

Golpeó su cabeza contra el suelo y comenzó a patearle el rostro.

—¡Hacele pagar por su soberbia, Tsubaki! —gritaban las estúpidas de su grupo.

No sentía dolor. Sus patadas eran como un roce de pie sobre su piel.

—¡Mirá tu regalito, novata! —gritaron y observó que varias de ellas se acercaron a ella con sus cigarrillos encendidos en las manos.

Deseaba levantarse y correr, pero anhelaba morir antes de seguir viviendo esa pesadilla.

Apoyaron, aproximadamente, 10 cigarrillos en diferentes partes de su cuerpo.

Dolía. Dolía muchísimo.

Sus lágrimas comenzaron a salir y se mezclaron con la sangre de su rostro.

—¡Aún no acabo! —exclamó Tsubaki ante sus "espectadoras"— Debemos darle el privilegio de sentir el calor de la celda.

¿A qué se refería?

Nuevamente, un cigarrillo se acercaba a su cuerpo. Pero esta vez, fue más allá…

Comenzó a aflojar mi pantalón, buscando deshacerse de él.

—¡Dejame, por favor! —exclamó entre lágrimas.

—¿Acaso oí mal? —colocó su mano detrás de la oreja, burlándose de ella—¿Estás pidiéndome que me detenga?

Las demás comenzaron a reír.

Ese círculo de mujeres sólo la rodeaban como si de una bruja se tratase.

—¿Una asquerosa asesina como vos pidiendo ser salvada? —espetó después de darle otra calada a su cigarrillo.

Dirigió su vista hacia ella. Su odio infinito hacia el mundo era perceptible.

—¡Lo siento, pero me las pagarás! —bajó su ropa, dejando su zona íntima a merced de las demás que deseaban dañarla.

Cuanto más quería resistirse, más golpes recibía. El dolor de su estómago era insoportable. Le faltaba el aire y no veía con claridad,ya que las desgraciadas habían roto sus lentes.

—¡Deténganse todas en este preciso instante! —una voz femenina imponía respeto hacia todas—Se acabó su recreo. ¡Vuelvan cada una a su celda!

Se paró frente a Sarada y mostraba con gran estilo su prominente busto, oculto tras el chaleco negro que identificaba a las miembros de la fuerza de seguridad.

Cerré sus ojos. Ya no podía resistir.

Al despertar, notó que su espalda se sentía cómoda.

Su rostro dolía tanto como ardían sus quemaduras.

—¿Así que despertaste, bella durmiente? —la misma mujer se encontraba de espalda, preparando algo.

—¿Por qué estoy aquí? ¿No pudo haberme llevado a mi celda?

La mujer dio media vuelta y llevaba un pequeño vaso en sus manos con un líquido transparente. Se sentó a su lado y le ordenó que lo tomara.

—Estabas desmayada en el patio, con heridas en tu rostro. No podía permitir hacer algo así…

Sostuvo el vaso y tomó lentamente. Su sabor era amargo y asqueroso.

—Este preparado aliviará tus dolencias—sonrió.

Su aspecto amable la reconfortaba. Pese a que siempre mostraba una actitud fría y generaba miedo cuando levantaba su tono de voz, ella era diferente.

—Gracias… —agradeció al borde del llanto.

Durante esos dos años de calvario, nadie se había preocupado siquiera un poco en ella.

—No me lo agradezcas, es mi trabajo—se levantó y comenzó a guardar sus herramientas— ¿Por qué estás aquí? Bueno, si es que puedo saberlo.

Respiró profundo. Las heridas internas aún no sanaban…

—Me acusan de haber asesinado a mi novio—respondí. El nudo en su garganta le impedía usar más palabras para definir su impotencia.

—Pues, a simple vista no parecés eso… —musitó. Dio media vuelta y se detuvo a mirarla—Si fuera así, mi percepción lo hubiera notado…

Nadie, excepto sus padres, podían asegurar que ella era inocente.

Pero esa mujer, que apenas conocía, decía indirectamente que no pudo haber cometido tal crimen.

Consternada y, al mismo tiempo, maravillada por Tsunade, contempló su aspecto.

Su cabello rubio alcanzaba la mitad de su espalda. Tenía un flequillo que cubría su frente hacia los costados, dejando el centro descubierto.

Sus ojos castaños mostraban la sinceridad en sus palabras.

Ella no fingía. Sus ojos no mentían.

—No creí escuchar de alguien más que pensara eso de mí.

La mujer sonrió.

—¿Cómo te llamas?

—Sarada.

—Bien, Sarada. Sólo por esta noche, te permitiré que descanses aquí. Recuperate y podrás regresar a tu celda.

En ese momento, deseaba no curarse más. Había encontrado un sitio cálido en el cual podría dormir.

Finalmente…

Despertó a mitad de madrugada.

Sentía demasiado calor y le faltaba el aire.

Al abrir sus ojos, comenzó a percibir un panorama extraño.

Se levantó con dificultad. El oxígeno cada vez escaseaba más.

Al salir al pasillo, observó lo que realmente estaba sucediendo.

Las presas corrían despavoridas. Tosían y ayudaban a otras.

Las llamas comenzaban a crecer con intensidad y el humo impedía la visión y, mucho más, la respiración.

Siguió a la mayoría que se dirigieron a la entrada. Rompieron la puerta con el hacha de seguridad y las alarmas sonaron de inmediato.

Las guardias salieron una a una para seguirnos.

El próximo obstáculo era el alambrado electrificado.

Se detuvo a ver la locura por huir.

La libertad estaba allí, del otro lado.

Allí notó una mentira más para mantenerlas a raya. Aquello no estaba electrificado, lo cual les daba la oportunidad para escapar.

A partir de ese momento, olvidó las dolencias de su cuerpo. Olvidó la tristeza y congoja.

Simplemente corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Corrió tan deprisa como sus pulmones le permitían respirar.

Corrió, corrió hacia la verdad.

Los patrulleros se hicieron presentes, alertándoles de su presencia gracias a las sirenas.

Se apartó de las demás. Corrió por los callejones más oscuros y lúgubres.

Se asemejaban a la celda…

Cuando sentía pasos cerca, se escondía lo mejor que podía.

Las heridas le dolían tanto…

No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo. Tampoco sabía a qué destino se dirigía.

El alba comenzaba a avanzar.

Su cuerpo ya no respondía.

Cayó de forma intempestiva. Ya no tenía fuerzas para absolutamente nada más.

—Lo siento, Boruto. Hice todo lo que pude, pero…

Sarada había logrado escapar de prisión.

Huyó tan lejos como su cuerpo se lo permitió, lo cual le pasó factura horas después.

—¿Esa chica está desvanecida? —exclamó Shinki, asombrado por lo que veían.

—Eso parece—ambos corrieron para socorrerla.

Su palidez y delgadez era notoria.

—Está deshidratada y exhausta. La llevaremos para ayudarla… —exclamó su compañero.

—Leíste mis pensamientos, Shikadai—sonrió.

El menor de los Nara levantó del suelo a Sarada y la trasladaron cuidadosamente al único lugar donde podía sentirse en libertad.

Sarada, entre dormida, abría los ojos y observaba la figura masculina que la cargaba. Sus manos le daban calidez y protección.

—¿Sos vos, mi amor? —musitó.

Shikadai la miró rápidamente y exclamó:

—Lo dudo…

Las sirenas comenzaron a sonar nuevamente, alertando a los primos para que apuraran el paso.

—Boruto… —murmuró Sarada.

Shikadai la oyó y se sorprendió, pero prefirió fingir que no había escuchado.

—No te preocupes, estarás bien.

Después de tanto tiempo, Sarada percibió la calidez que caracterizaba a Boruto. Pero…

¿Quién era el muchacho que la estaba ayudando y por qué?

Su cuerpo no la ayudaba. Su espíritu estaba muerto en vida.

Sólo debía confiar…