Shikadai siempre tuvo una duda que daba mil vueltas en su cabeza.

¿Qué era el ruido blanco?

Nunca lo supo exactamente. Le costaba trabajo comprenderlo.

Las definiciones de diccionario nunca eran satisfactorias.

Siempre quería más…

Hasta que hubo una vez que lo experimentó.

Ese día, el de su muerte moral y ética.

Se encontraba desesperado y acorralado.

La policía lo buscaba y no tuvo mejor idea que encerrarse dentro de un contenedor.

El calor lo sofocaba. La respiración era tan densa y agotadora, que no notó el momento en que lo sacaron de allí.

En ese pequeño lapso, antes de perder la conciencia, conoció el ruido blanco. Un sonido ensordecedor que tomaba gran territorio y los latidos de su corazón como música de fondo. Su cuerpo hormigueaba y sus oídos zumbaban.

Ese maldito ruido blanco traía mal augurio.

Y así fue.

Cuando despertó, su silueta estaba allí, anotando algo en una planilla.

Su garganta estaba seca y la sed lo mataba.

—¿Do… dónde estoy? —masculló.

Él se acercó y lo apuntó con una linterna en sus ojos, levantándole los párpados sin permiso.

—Me alegra que estés bien, Shikadai—sonrió.

Había olvidado su rostro completamente.

Su cabello había crecido considerablemente y lo llevaba atado con un rodete.

Era extraño verlo sonreír, ya que de niño siempre fue muy serio y causaba miedo.

—Shinki… —trató de sentarse y aclaró mi voz— ¡Cuánto tiempo sin verte!

Su primo enarcó las cejas y suspiró:

—Pues la última vez que había visto a un pariente cercano, fue hace como 6 años, antes de que me inscribiera en la universidad.

¡Ni siquiera se le había cruzado por la mente!

Solían hablar por WhatsApp en ciertas ocasiones, como cumpleaños o fiestas, pero no como cuando eran pequeños.

Sus ojos mostraban el cansancio que venía arrastrando. Sus manos eran tibias, como su aura.

—¿Qué fue lo que pasó? Me extrañó tu llamado, pero jamás dejaría a mi familia.

Suspiró. Necesitaba hablar urgente con su padre.

—Necesito llamar a mi papá. Cuando logre comunicarme con él, te contaré lo que realmente sucedió.

No había caso. Durante muchas horas, incluso días, había tratado de contactar a sus padres.

Como último recurso, intentó llamar a su socio.

No hubo resultado.

Entonces, allí comprendió lo sucedido.

Shinki había encendido el televisor.

—Tragedia en la empresa UzuNara.

El avión que trasladaba a los presidentes de dicha empresa, desapareció del radar que los ubicaba.

Resulta misterioso que un avión tan sofisticado como el suyo no deje ni un rastro de un aterrizaje de emergencia por alguna falla.

La policía naval busca intensamente alguna pista que pudiera dar con algunos de ellos.

En ese momento, había aparecido ese fastidioso ruido blanco.

Se burlaba de él, jugaba con sus malditos sentimientos.

Los latidos de su corazón eran lentos y golpeaban su pecho con furia.

Shinki intentó hablar con él, pero era imposible que estuviera en sus cabales.

—Es un asqueroso sabotaje, estoy más que seguro…

Shinki lo observaba con detenimiento.

Él lo conocía hasta cierto punto, pero jamás lo había visto enfurecido.

De hecho, ni él mismo conocía esa faceta.

De inmediato, otra noticia hacia eco de su hipótesis, dándole el valor necesario para intentar salir de allí.

—El hijo de Naruto Uzumaki, Boruto Uzumaki, fue hallado sin vida en una cabaña cerca de las playas de Konoha. Su novia, Sarada Uchiha, fue detenida y acusada por ello. Será juzgada en los próximos días.

Alguien buscaba doblegarlo. Habrán podido contra Boruto, pero él no permitiría que eso continuara de ese modo.

Cerró sus puños. Shinki se acercó a él y sujetó sus hombros.

—No estás solo. Yo te ayudaré en todo lo que necesites… —sus ojos no mentían. Su sinceridad era verdadera.

—Gracias—un nudo en su garganta impedía que pudiera continuar hablando.

Se sentía frustrado y le daba mucha impotencia esa situación.

Shikadai estaba seguro de que lograría encontrar las respuestas que necesitaba.

Durante esos dos años, se refugió en la vida caótica y estresante de su primo Shinki.

Él era un médico nómade, no le gustaba estar en un solo sitio.

Tuvo la grata suerte de contar con la ayuda de mi tío Gaara, quién le había comprado algunas departamentos en diversos puntos del país.

No le gustaba la idea de vivir a costa suya, así que Shinki lo entrenó para que sea su asistente y asesor financiero, siempre aconsejándole respecto al destino del dinero ganado.

Se sentía tranquilo por un lado, pero impaciente por el otro.

El tiempo estaba pasando más rápido de lo que creía y aún no tenía manera de regresar a la empresa sin levantar sospechas.

—Conseguiremos las pruebas, Shikadai—intentó tranquilizarlo.

—¿De qué modo? —golpeó la pared de una casa abandonada.

Las calles de Konoha parecían más solitarias que de costumbre.

Sin embargo, ese silencio se había esfumado rápidamente.

Su olfato había detectado un fuerte olor a quemado, lo cual habían comprobado que provenían de los límites de la ciudad.

El denso humo negro cubría el cielo y los gritos se hicieron presentes.

Las sirenas de los patrulleros, ambulancias y vecinos que se asomaban a mirar qué era lo que sucedía, les indicaba que algo grave estaba pasando.

—Con que un incendio, eh—espetó Shinki.

Acomodó su capa blanca y se colocó la capucha.

—Deberíamos ir. A lo mejor, conseguimos clientes—exclamó con avaricia.

Él amaba el dinero. Esa era su debilidad.

Su pasión por la medicina hizo que deseara tanto el dinero como los niños a los dulces.

—Está bien… —respondió el moreno y se tapó el rostro con un barbijo. Ambos tenían la misma capa y eso les facilitaba el acceso a cualquier sitio.

Las calles estaban colapsadas de personas.

Por más que lo intentaran, no les cedían el paso.

—Vayamos por los callejones. Será peligroso pero nos acortará el camino—exclamó Shinki con seguridad.

Su cabeza seguía dando vueltas.

Eson dos años fueron duros.

Necesitaba saber qué había sucedido con ellos.

Nadie los había encontrado ni le daban respuestas de aquello.

¿Qué haría?

—Shikadai… —la voz de su primo lo había bajado de aquel estado de ansiedad al querer soluciones mágicas.

—¿Qué sucede?

—¿Esa chica está desvanecida? —musitó, señalando la figura de una mujer que yacía contra el paredón de un viejo bar.

—Eso parece… —su cuerpo comenzó a moverse sin más.

No lo comprendía.

Una vez más, ese fastidioso ruido blanco se presentaba en sus oídos.

Justo en el instante que observaba a la chica. Su cabello negro cubría su rostro. A su vez, se podían ver moretones y rastros de haber sido golpeada.

Tocó su muñeca para determinar sus pulsaciones. Aunque eran débiles, aún seguía viva.

Estaba muy delgada y pálida. Shikadai suponía que no se alimentaba correctamente.

Corrió un poco su cabello y notó sus labios secos.

—Está deshidratada y exhausta. La llevaremos para ayudarla… —después de trabajar tanto tiempo al lado de Shinki, Shikadai tenía un especial interés por ayudar a los demás.

—Leíste mis pensamientos, Shikadai—exclamó Shinki y emprendieron el camino de vuelta.

La levantó con cuidado. No quería que despertara y se alterara.

Utilizaron el mismo recorrido para volver al departamento. La chica seguía inconsciente.

—¡Shikadai!—exclamó Shinki, alertándole de la presencia policial cerca de ellos.

Se resguardó en la oscuridad y dejaron que dos patrulleros pasaran.

Iban a alta velocidad.

—Si hay tantos policías en la calle, será mejor que nos apuremos—sugirió.

Acomodó a la chica entre sus brazos y agilizaron el paso. Aún les faltaba cinco cuadras para llegar.

—¿Sos vos, mi amor? —, una dulce voz proveniente de la joven, desvió su atención.

—Lo dudo… —el Nara no estaba seguro de haber respondido lo más acertado.

Shinki reía.

Nuevamente, las sirenas se acercaban.

Si los descubrían vagando por las calles, su idea de venganza se iría por la borda…

—Boruto… —espetó la chica.

Sintió un horrible escalofrío.

¿Cabía la posibilidad de que existiera otro Boruto? ¿O era el mismo que había sido asesinado años atrás?

Observó rápidamente a la chica y notó una pista esencial para responder a alguna de las dos preguntas.

Conocía esa ropa. No era un uniforme ordinario.

No obstante, no podía pensar en UzuNara justamente ahora.

Tenían que salvar su pellejo…

La chica lloraba y se aferraba a Shikadai. Su cuerpo temblaba.

—No te preocupes, estarás bien—el moreno no era muy bueno empatiza no con los demás.

El departamento de Shinki era amplio y acogedor.

Constaba de una gran sala, utilizada como recepción de posibles pacientes.

Además, tenía tres habitaciones, una cocina pequeña y un comedor un poco más grande.

El baño era el sitio favorito de Shikadai, ya que allí podía meditar sin la presencia de su primo y su novia.

Shikadai acostó a Sarada en la camilla.

Shinki se dirigió rápidamente a su habitación y buscó a su novia.

—Pobrecita, habrá pasado por mil penurias—la joven acariciaba el rostro de la Uchiha con cariño.

A la mañana siguiente, Sarada comenzó a despertar.

No sentía la presencia de policías buscándola ni de otras mujeres queriendo golpearla.

Sólo oía el dulce canto de una joven.

Intentó levantarse y un fuerte dolor en su espalda impidió que lo hiciera.

—Auch… —colocó su mano en el sitio y acarició lentamente.

—Si movés un solo centímetro de tu cuerpo, estarás acostada por muchos días más—exclamó Shikadai, sin quitar la vista del periódico que tenía en sus manos.

Él se encontraba apoyado en la puerta de la sala que comunicaba con la salida.

—¿Qué es este lugar y quién sos? —musitó Sarada con temor.

No entendía qué hacía el muchacho allí ni porqué dolía tanto su cuerpo.

—Decime algo—cerró con furia el periódico y se acercó a Sarada rápidamente.

Sus ojos, inyectados en ira y frustración, se posaron sobre la débil y triste mirada de la chica.

—¿Vos sos Sarada Uchiha? —inmediatamente, la joven se paralizó.

Ese ruido blanco, un sonido hiriente y ensordecedor para Shikadai, se convirtió en el símbolo de la verdad para Sarada.

La voz del Nara, imponente y algo tosca, le recordaron a la Uchiha cuál era su misión.

Ella no debía flaquear. Era su última oportunidad.

Pero…

¿Qué pensaba hacer Shikadai con esa información?