La hipótesis que manejaba Shikadai era indiscutible.
No existía otro Boruto que el hijo de Naruto Uzumaki y eso lo sabía perfectamente.
Por cuestiones del azar o el destino mismo, se topó con la persona que jamás había imaginado.
Una que no conocía ni había oído hablar.
Los noticieros habían mancillado el nombre de Sarada. La cárcel, su espíritu y voluntad.
Sólo el recuerdo de Boruto la mantenía despierta y de pie,dispuesta a encontrar al culpable.
—¿Vos sos Sarada Uchiha? —la voz del Nara le causaba pánico. Ese tono imperativo le recordaba a las reas que tanto la habían castigado.
—Dai, no seas tan cruel con la chica—la armoniosa voz de una mujer la había calmado.
Recordaba el momento cuando Tsunade había aparecido en el momento justo para salvarla.
—Tsk… —sujetó el periódico y lo enrolló— Es inútil.
La bronca de Shikadai era comprensible hasta cierto punto. Él tenía sus razones, pero Sarada no los conocía.
—¡Sos un descuidado!—la chica golpeó la cabeza del Nara y frunció el ceño —¿No te das cuenta que no se encuentra bien? ¡Qué desconsiderado! —la muchacha cruzó sus brazos y volteó su rostro.
—Iré a tomar aire. Estoy sofocado—hurgaba sus bolsillos.
—Fumar no te beneficiará —espetó.
Shikadai la miró de soslayo y luego rodó los ojos.
—Es mi vida, ¿Ok? A quién debés cuidar es a Shinki, no a mí —exclamó y azotó la puerta.
Sarada no comprendía absolutamente nada.
Sólo no podía dejar de ver el fastidioso comportamiento de aquel hombre que vio apenas abrió los ojos.
Necesitaba huir.
No obstante, su espalda dolía y las quemaduras aún la mortificaban.
—No te preocupes por él. Es un necio y se le pasará pronto—se disculpó la joven.
—No pasa nada—respondió la azabache.
—¡Me alegra verte despierta! —exclamó la chica, sonriendo.
—¿Dónde estoy? —inquirió Sarada, observando detenidamente la sala donde se encontraba.
—Pues, este es el consultorio de Shinki. Él y yo estuvimos atendiéndote mientras estuviste inconsciente—tomó las manos de la Uchiha y agregó: —Por cierto, me llamó Chouchou.
La joven tenía el cabello castaño oscuro. Su tez trigueña y sus ojos ámbar le daban una belleza sin igual. Su amabilidad era lo que primero podían percibir de ella.
—Yo… —Sarada dudaba. El muchacho de antes la había dejado descolocada y temía al pensar lo que sucedería si él comprobara que ella sí era la persona que pensaba.
—No te preocupes por eso. Ya habrá tiempo para que me cuentes tu historia—Chouchou se retiraba lentamente, pero antes añadió: —Cuando lo desees, podrás levantarte. Pero si sentís dolor, es mejor que sigas reposando.
Sus ojos brillaban. La energía emanada de aquella chica era muy cálida.
—Muchas gracias—exclamó Sarada.
Shikadai se encontraba en el patio de la casa.
Tenía su pierna doblada y su pie apoyado en la pared, al mismo nivel que su espalda.
Una mano la tenía en su bolsillo y la otra cargaba el cigarrillo.
Cada calada significaba un motivo de ansiedad por parte del Nara.
—No deberías ser tan severo con la chica— la suave voz de Chouchou se acercó a él.
—No fue mi intención… —exclamó Shikadai mientras observaba el cielo— Sólo que sentía la necesidad de saber si se trataba de ella o no.
—¿Y qué te hace creer eso? —la morena se apoyó en la pared, justo al lado de Shikadai.
—El día que la encontramos desvanecida, ella había nombrado a Boruto—suspiró —. Además, su vestimenta era la misma que utilizan en la cárcel de Konoha. No tengo dudas de ello…
—No tenés dudas ni tampoco certezas, Shikadai—aseguró la Akimichi—. Ella ahora tiene una imagen patética de vos. Además, su vida habrá sido muy dura allí.
Shikadai se mantuvo en silencio. Estaba consciente de que había cometido un error.
—Lo sé. Estoy seguro que fue muy duro cargar con ese destino… —musitó.
Chouchou observaba cómo Shikadai comenzaba a flaquear. Su estado de depresión e impotencia lo había superado rápidamente, pero al remover los recuerdos, esos sentimientos volvieron a aflorar en él.
—No estás solo, Shikadai—exclamó la morena, fijando su mirada en él y regalándole su mejor sonrisa—. Aunque el destino sea cruel con ustedes, tanto Shinki como yo haremos lo que sea para salir adelante.
Shikadai esbozó una sonrisa ladina. Chouchou se había convertido en un gran pilar para contener sus sentimientos negativos.
Ella tenía las palabras justas para calmar su lado oscuro.
—Gracias, de verdad—Shikadai arrojó el cigarrillo y abrazó a la Akimichi.
Ella respondió a él y acarició la zona de la cabeza que había golpeado previamente.
—Perdoname por el golpe. A veces lo necesitás—ambos rieron.
Su llamada equivocada tuvo un motivo. El destino lo llevó a ese hogar olvidado, un lugar al cual se sentía muy agradecido.
Shinki le tendió la mano en el momento más crítico, sin cuestionarlo ni juzgarlo.
Chouchou lo ayudó a tomar las cosas con calma y buscar incesantemente alguna pista.
—Bueno, bueno… —un aplauso cortó el momento emocionante— Si siguen así, me pondré celoso de vos, primo.
Shinki se había unido a la reunión.
Al ver a su novia y a su primo en esa escena, sonrió. Sabía que podría bromear sin que ninguno se enojara.
—Pues, si Shikadai tuviera un mínimo de interés hacia mí, te dejaría—exclamó Chouchou con su típico tono irónico.
Pese a que Shikadai no se enojaba por lo que decía su primo, en cierta forma, se sentía incómodo.
—Yo soy el único tonto que puede soportarte. Además, Shikadai es un niño inmaduro, él no quiere salir con nadie—se acercó a su primo y palmeó su hombro.
—Hum, si—respondió Shikadai, recordando aquella conversación con su madre.
Ambos lo miraron.
—Pues, no he encontrado la mujer que logre cautivarme, así que seguiré soltero—extendió sus manos, mostrando indiferencia.
—Sé que llegará, Dai—sonrió Chouchou—. Y si no llega, yo te la buscaré—guiñó.
—Dejalo en paz, él sabe qué quiere hacer con su vida. No actúes como celestina—bromeaba Shinki.
El moreno reía por las tontería que decían Shinki y Chouchou cuando estaban de buen humor.
—Cuando eso suceda—aclaró —, espero llevarme tan bien como lo hacen ustedes.
La pareja sonrió.
—No te preocupes. Pase lo que pase, el destino lo forjás vos mismo—musitó Shinki, tomando del hombro a su primo.
Esos dos años marcaron un antes y un después en UzuNara.
Luego de la grave acusación que tenía a Shikadai bajo sospecha de la policía, los empleados no sabían que rumbo tomarían de allí en adelante.
El caos y los reclamos eran moneda corriente.
Las ventas, los contenedores y la confianza habían bajado considerablemente, puesto que no había una persona de confianza a cargo.
Quién tomó el mando durante medio año fue el gerente general, encargado de supervisar y ser el nexo entre los presidentes y los empleados.
Kakashi Hatake trabajó al lado de los presidentes Uzumaki y Nara, tanto con los últimos como con los anteriores, siendo un guía esencial para la empresa.
Necesitaban la presencia de un Uzumaki o un Nara, pero…
¿Cómo podrían sostener la situación, dado que los actuales presidentes y sus familiares directos estaban desaparecidos; Boruto Uzumaki había sido asesinado y Shikadai Nara estaba prófugo de la justicia?
Era una situación irreversible.
Medio año después de que el Nara huyera, se convocó a una reunión de último momento, encabezada por el peliplata.
La sala de juntas era un sitio estrecho. Tenía dos grandes ventanales que permitían una adecuada ventilación e iluminación.
La mesa de caoba era lo suficientemente larga para que cupieran las personas asistentes a las reuniones.
En la cabecera, Kakashi Hatake se encontraba tranquilo. Había solicitado que les sirviera café extra fuerte a todos, junto a dos tostadas.
Tenía sus manos juntas y su rostro apoyada en ellas.
Cuando la sala se llenó, éste comenzó a hablar.
—Es de público conocimiento nuestra mala administración.
Los empleados asistieron.
Una muchacha de aproximadamente 22 años ingresó a la sala de juntas. En sus manos traía una pila de carpetas y los repartió uno a uno.
—Gracias, Matsuri—exclamó Kakashi y la muchacha se retiró.
Los hombres y mujeres que conformaban el cuerpo de empleados de UzuNara, ojearon las carpetas y comentaban en voz baja.
—Es preocupante la situación. Debido a los hechos recientes, me vi obligado a tomar una drástica decisión.
Las personas presentes no comprendían la seriedad del peliplata, lo cual les llamaba la atención.
—Al no tener un representante de sangre Uzumaki o Nara, nos vemos perjudicados al momento de negociar con los empresarios. ¿Qué solución planteará para que esta empresa no quiebre? —inquirió uno de los empleados.
Kakashi suspiró. El asunto que pasaba la empresa no era para nada agradable y su administración no era la ideal a la vista de los clientes exclusivos.
—He guardado este secreto por muchos años. Ahora comprendo por qué aún yo sigo aquí y espero poder tomar la decisión adecuada a la situación.
Las palabras de Kakashi seguían siendo un misterio para los empleados que se mostraban frustrados, ansiosos y con necesidad de una solución inmediata.
—Yo regresaré a mi antiguo cargo—espetó y se levantó de su asiento.
Los demás se mostraban perplejos ante la actitud del Hatake.
—¿Quién se hará cargo de la empresa entonces?—reclamaban.
Kakashi se acercó a la puerta y la abrió.
—Adelante, por favor—exclamó y, acto seguido, ingresó un muchacho de, aproximadamente, 30 años.
Las miradas se colocaron sobre este misterioso hombre, de quien Kakashi aún no decía absolutamente nada.
El hombre se acercó a la mesa y se sentó en el lugar de Kakashi.
—Buenos días—su voz era grave y su aspecto, serio y misterioso—. Entiendo su disconformidad y su actual estado. La empresa está pasando por un momento crítico y es necesario tomar el timón para reorientar los negocios.
El joven se expresaba correctamente y con seguridad. Ninguno de los presentes lo conocía y esto les generaba curiosidad y, al mismo tiempo, desconfianza.
—Estoy aquí para levantar UzuNara y llevarlo más allá de lo alcanzado. Estoy seguro de que si cuento con ustedes, podremos lograrlo…
Los empleados se mantenían en silencio.
Salvo Ino Yamanaka, la gerente de Recursos Humanos.
—¿Y vos quién sos? Kakashi lleva muchos años trabajando al lado de Naruto y Shikamaru. Él es el más capacitado para dirigir la empresa hasta tener noticias de ellos…
El joven dirigió la mirada hacia la rubia que lo cuestionaba.
Se acomodó en su asiento y cruzó sus brazos.
—Lamento no haber aclarado eso apenas llegué—carraspeó y se dirigió directamente a Ino—. Mi nombre es Kawaki y soy el hijo que Naruto Uzumaki mantuvo oculto de su familia durante todo este tiempo.
La madrugada había sorprendido a Shikadai, quién había despertado de repente, después de una horrible pesadilla que tenía como protagonista a sus padres.
Se levantó y fue hasta la cocina para tomar agua.
Sintió curiosidad por la chica y se asomó a la sala para ver si se encontraba bien.
Sentía culpa por haberle levantado la voz y por actuar con prepotencia.
Suspiró.
Notó que Sarada no estaba acostada. Ni en el baño, ni en la cocina.
—No me digas que… –salió al patio y vio que se encontraba allí, en el mismo sitio en el que acostumbraba a estar él.
Se quedó a una distancia prudencial y observó sus movimientos.
Parecía llorar y mirarse su mano izquierda. Luego, dirigió su mirada hacia la luna.
Sus ojos mostraban el desconsuelo por un destino incierto.
Shikadai sintió que su pecho dolía y necesitaba pedirle perdón por ser tan impulsivo.
Sin embargo, decidió quedarse allí, contemplando la soledad de la chica y el dolor desde la distancia.
Él sabía que compartían un destino, pero no quería depender de nadie para llevarla a cabo.
No obstante…
—¿No deberías estar descansando? —cuando quiso entrar en razón, su cuerpo lo llevó hasta ella.
Sarada lo miró con temor y secó rápidamente sus lágrimas.
—Perdón por lo de hoy. No suelo comportarme así—rascó su nuca y decidió contemplar el brillo de la luna llena.
—No… no te preocupes—musitó.
—¿Sabés? -—dulcificó su voz—Aunque nuestros seres queridos no estén aquí físicamente, nos cuidarán y guiarán a través del brillo de las estrellas—espetó. Sarada lo miró atentamente—. El silencio de la medianoche es el mejor para tomar las decisiones correctas—fijó sus orbes aguamarina en los de Sarada y continuó: —Mi padre me dijo que si alguna vez me sentía solo, saliera a ver la luna y las estrellas. Si era capaz de comunicarme con ellas, podría seguir el camino correcto.
Sarada sintió un dolor en su espalda, alertando a Shikadai, quien le tomó su mano.
—Estoy bien.
No obstante, Shikadai necesitaba deshacerse de esa carga.
—¿Podríamos empezar de cero? —la azabache se mostraba confundida—. Soy Dai—estrechó su mano.
—Pues… —respiró profundo— Sí soy Sarada Uchiha.
Las miradas de ambos habían alcanzado su máximo esplendor.
Sarada por recordar a Boruto al tener contacto físico con Shikadai y éste último, por encontrar a la persona ideal para encontrar a los culpables de su cruel destino.
