El malestar entre los empleados de UzuNara era evidente.
Existían dos grupos bien diferenciados. Una grieta que ponía en juego su posición dentro de la empresa.
Por un lado, los que optaron por aceptar a Kawaki como sucesor de la presidencia,quedando demostrado el vínculo sanguíneo que comparte con los Uzumaki.
Por otro lado, un pequeño grupo que creía en la inocencia de Shikadai y daban lo mejor de sí para impedir que Kawaki tomara el poder por completo.
Éste último era encabezado por Ino, quien fue la primera en contradecir a Kakashi en la presentación del nuevo presidente.
Por ese motivo, Kawaki tenía a la Yamanaka bajo un estricto control.
No obstante, ella sabía de qué modo truncar negocios que traerían grandes ganancias a sus bolsillos.
Los meses en las que el muchacho había tomado el puesto de la presidencia no fueron nada fáciles.
Los clientes se rehusaban a tratar con él, ya que lo tildaban de "impostor" u "oportunista".
No tuvo otra alternativa que presentar las pruebas necesarias para constatar que él era un Uzumaki auténtico.
Sus relaciones mejoraron, pero no del modo en la que él previó.
Kakashi era visto con recelo. La confianza hacia él se había roto en el instante en que trajo a Kawaki y dimitió del cargo ejecutivo, retornando a su antiguo puesto.
El peliplata se encontraba tomando café. Chequeaba las facturas que llegaban a sus manos y notaba la falta de Shikadai. Él era capaz de controlar rápidamente los datos arrojados con el stock disponible.
—¿Por qué tuvo que pasar esto? ¿Hice bien, Naruto? —pensaba.
Las palabras de la Yamanaka lo habían dejado pensando.
—Si creés en Shikadai, ¿Por qué lo traicionaste trayendo a ese tipo?
Su argumento era válido. Pero también sabía que Ino tenía razón.
Él había traicionado a Shikamaru…
—Kakashi, en cinco minutos tenemos la conferencia. Preparame los papeles y vamos—exclamó Kawaki, al pasar rápidamente por su oficina.
Kakashi suspiró y tomó la carpeta correspondiente.
Debía afrontar las consecuencias de ahora en adelante ya que, escondido en alguna parte, estaría Shikadai pidiendo explicaciones.
—Lo siento…
Era una conferencia algo problemática para Kawaki, ya que estaba bajo la mirada de un grupo de periodistas y cámarografos.
Kakashi y él se encontraban sentados en un escritorio. Ambos tenían una carpeta y un micrófono.
Al ser un espacio reducido, sólo algunos de los periodistas pudieron sentarse lo más cerca posible.
—Bien— carraspeó Kawaki— Quiero saludar formalmente a todos y presentarme—colocó una mano en su pecho y continuó: —Mi nombre es Kawaki Uzumaki.
Los suspiros y expresiones de sorpresa no se hicieron esperar.
—Soy el primogénito del último presidente de UzuNara, Naruto Uzumaki—tomó su copa de agua y prosiguió. Kakashi observaba los rostros de todos los hombres y mujeres que se encontraban frente a ellos—. En este momento, soy el nuevo presidente de esta empresa ya que, tanto mi padre como su socio y sus respectivas familias, están desaparecidas.
Por ese motivo, llevaré a lo más alto a UzuNara, siendo el único heredero de la misma.
El silencio fue el principal protagonista ante esa reveladora noticia.
—Han sido tiempos difíciles para todos, pero haré lo posible para salir adelante. Los números que me ha dejado el presidente interino fueron devastadores. El desfalco que produjo fue fatal para los empleados que tenían confianza en su familia. Así que—suspiró— mi prioridad ahora es la de lograr reactivar la empresa y devolverle a UzuNara el prestigio que ha perdido.
Kawaki miró de soslayo a Kakashi, ya que sabía que la parte más difícil de la conferencia era la que seguía a continuación.
—Bien—el peliplata tomó la palabra—. Sólo tomaremos cuatro preguntas, así que pónganse de acuerdo para ver qué desean sab…
—¿Qué han sabido del paradero de las familias Nara y Uzumaki? ¿Por qué Shikadai Nara está prófugo de la justicia? ¿Cómo fue que usted llegó de repente a esta empresa? ¿No cree que son muchas coincidencias respecto a las desgracias en las familias y su extraña aparición? —una mujer irrumpió las palabras del Hatake, incomodado a sus colegas por la intromisión y por no haberles consultado acerca de las preguntas que haría.
Kawaki cambió su expresión serena y despreocupada, a una de desprecio e incomodidad.
Se acomodó en su asiento y comenzó a reír con malicia.
—¿Podría preguntar su nombre, hermosa? —exclamó con su tono arrogante.
—No es necesario que utilice ese adjetivo hacia mí. Simplemente soy Yodo, una periodista que se interesa en este caso y siento que hay muchas preguntas sin respuestas.
La joven rubia intentaba acorralar a Kawaki. Un ligero sudor frío recorría sien del joven, pero lo simuló bien para que no notaran su nerviosismo.
—Pues—masculló—, supongo que como periodistas, ustedes tendrán más información que yo—juntó sus manos y entrelazó sus dedos—. Lo único que podré responder es que llegué aquí porque me necesitaban. Sólo por eso—se levantó y apagó el micrófono. Le indicó a Kakashi que lo acompañara —. Se terminó el show. Pueden retirarse.
Inconformes, los periodistas fueron saliendo uno a uno, siendo Yodo una de las últimas.
—Andá a mi oficina. Lleva las carpetas—indicó el joven, observando con cierto interés a la rubia que había tomado la palabra en representación de sus colegas.
El peliplata se percató de ello y caminó lentamente para descubrir cuál era su verdadera intención.
—¡Ey, vos! —al notar que la rubia lo ignoraba, se acercó hasta ella y sujetó su muñeca. Ella volteó rápidamente y sintió cómo la mirada de Kawaki la intimidada.
—¡Soltame! —exclamó con fastidio.
—Me pareciste muy valiente al preguntar sin rodeos. Creo que tu belleza va acorde a tu actitud… —la rubia se soltó rápidamente y masajeaba la zona que el muchacho le había apretado.
Yodo se retiró de la empresa con muchas más preguntas que respuestas.
Al reencontrarse con sus compañeros de trabajo, éstos vieron el rostro frustrado de la chica.
—¿Pasó algo, Yodo? —inquirió Araya, su confidente.
Yodo observaba su muñeca. Apretó su mandíbula y exclamó:
—Yo sé que Shikadai es inocente. Estoy segura de ello…
Las lágrimas estaban a punto de salir, pero había recordado dónde se encontraba.
Definitivamente no era el momento ni el lugar.
Por primera vez en mucho tiempo, Shikadai sentía su cuerpo temblar.
Su mirada se oscurecía y el humo lo invadía.
Tosió con fuerza y arrojó de inmediato el cigarrillo al oír las palabras de una Sarada distinta. Esta parecía más determinada y sin un atisbo de tristeza.
—¿Quién sos realmente?
La presencia de la azabache hacía que Shikadai perdiera los estribos. Él, mejor que nadie, podía comprender las palabras que salían de la chica.
Él también sintió esa curiosidad.
—Ya veo… —masculló y se alejó de la presión que sentía al mirar los ojos oscuros de la Uchiha—Boruto jamás te ha hablado de mí—le dio la espalda a la chica y dirigió su mirada al cielo, contemplando la bandada de aves que pasaban por allí—. A lo mejor, mi padre tenía muchas expectativas. No supe defender a la gente que creyó en mí. Los abandoné y eso no me lo perdono.
Sarada notaba que el Nara hablaba en un tono distinto al que acostumbraba. No obstante, continuó escuchando lo que él tenía para decir.
—Boruto y yo éramos la esperanza de UzuNara, los legítimos herederos del imperio que habían levantado nuestros abuelos—suspiró.
La azabache se mostró sorprendida ante las palabras de Shikadai, ya que recordó lo que Boruto le dijo alguna vez:
—Puedo confiar en el hijo del socio de mi papá. Estoy seguro de que podrá hacerlo de maravilla
¿Acaso se trataba de Dai?
—Sentí mucha rabia al saber que todo lo que me rodeaba se quebró en tan poco tiempo—sus manos formaron puños—. La reputación de mi familia, su paradero… —agachó la cabeza—No puedo seguir así. Soy la única persona que puede encontrar las respuestas.
Sarada sentía un profundo dolor en las palabras de Shikadai.
Pese a que él no la veía directamente a los ojos, ella sentía cómo su corazón se destrozaba al hablar de su pasado.
—¡¡ME PROMETÍ QUE NO LLORARÍA MÁS Y QUE REGRESARÍA AL LUGAR DONDE ME ARREBATARON TODO!! —espetó en voz alta.
—Dai… —se acercó lentamente a él.
—Yo encontraré al asesino de Boruto, porque creo completamente en vos y no quiero que vuelvan a culpar injustamente a nadie más —los ojos de Sarada se llenaron de lágrimas y su pecho sentía una gran presión—. Sé que dejé pasar mucho tiempo, pero lo haré. Encontraré a nuestra familia y te devolveré la libertad, Sarada—dio media vuelta.
Shikadai notó el rostro compungido de Sarada y no pudo evitar que varias lágrimas cayeran.
Odiaba mostrarse débil.
—No me gusta prometer. Pero daré lo mejor de mí —exclamó.
Caminó en dirección a la casa.
Sarada limpió sus lágrimas y murmuró:
—Dai…
Él no había oído esto último y continuó caminando, hasta que unas tibias manos lo detuvieron.
Ambos se mantuvieron callados y quietos. Las manos de Sarada sujetaron con fuerza uno de los brazos del Nara.
Él vivió una sensación extraña, pero acogedora. Las tibias manos de la Uchiha se sentían tal como las palabras de Chouchou en sus momentos más críticos.
—¡¡NO TENÉS QUE CARGAR CON ESTA PENA VOS SOLO!! —exclamó con todas sus fuerzas—¡¡DEJAME ESTAR A TU LADO!!
Las palabras de la Uchiha le daban la seguridad y la contención que él necesitaba.
—Los que nos esperan allí afuera, no nos tendrán compasión—musitó—. Son capaces de lo que sea por el poder…
Ambos agacharon la cabeza.
—¿Estarías dispuesta a sacrificar tu vida a costa de la verdad? —las orbes aguamarina se posaron sobre el rostro de la azabache. Los labios de la chica temblaban.
—Yo…
—Lo que nos espera afuera, no es para cobardes—cerró sus ojos—. Porque eso fui durante estos dos años, un cobarde.
Sarada no podía soportar las hirientes palabras de Shikadai.
Colocó ambas manos en el rostro del moreno y lo miró fijo.
—No me importa absolutamente nada—frunció el ceño —. Cuando Boruto murió, sentí que mi mundo se había derrumbado por completo, pero recordé que aún me esperan mis padres. Ellos deben estar sufriendo mucho por mí.
—¿Estás segura de que…?
—¡Lo haremos juntos! —exclamó con firmeza.
Shikadai se quedó sin palabras. Él sólo sonrió y Sarada bajó las manos al notar que el Nara estaba más tranquilo.
—Si lo pedís así—le dio la espalda para ingresar a la casa—, entonces salgamos juntos a buscar la verdad.
Sarada sintió un gran alivio al escuchar la respuesta del moreno.
—Respecto a tu primer pregunta—rascó su nuca—, te diré la verdad.
Giró nuevamente y guardó sus manos en los bolsillos.
—Shikadai Nara, ese es mi nombre—el viento movía su cabello—. Y a partir de ahora, somos cómplices—guiñó.
En ese instante, Sarada había comprobado que Shikadai era un muchacho impredecible.
Su estado anímico variaba a cada instante. Sin embargo, su determinación era firme.
Sarada no había perdido la esperanza. Y ahora sabía que podría contar con alguien para encontrar las piezas restantes del juego.
—Te lo agradezco, Shikadai…
