Shikadai estaba contemplando el cielo matutino.
La brisa hacía que su revoltoso cabello danzara al ritmo de su pasar.
Él mantenía los ojos abiertos y su corazón cerrado. Debía enfrentar una de las primeras pruebas para saber la verdad.
Y esa, era Yodo.
—¿Estás listo?— inquirió Shinki, jugando con un pequeño manojo de llaves.
—No era necesario que lo hicieras, primo—se excusó.
—Que alquile un auto, no significa que vaya a ser un gasto excesivo—se encogió de hombros—. Además, esto lo hago por vos y tu felicidad—sonrió.
El moreno resopló. Guardó sus manos en los bolsillos y adelantó el paso.
Al pasar por la casa, Chouchou abrazó a su novio y exclamó:
—Tengan cuidado... —no era burlesco. Por el contrario, ella se mostraba preocupada.
—Estaremos bien—Shinki acarició la mejilla de su amada y le depositó un delicado beso en la frente.
A escasos metros, Sarada observaba la situación. Su corazón latía muy rápido y sus manos temblaban.
—¡¡ME PROMETÍ QUE NO LLORARÍA MÁS Y QUE REGRESARÍA AL LUGAR DONDE ME ARREBATARON TODO!!
Sarada recordaba aquellas palabras.
La profundidad con la que las expresaba y el dolor e impotencia por haberse mantenido oculto por tanto tiempo, le daba las fuerzas que tanto necesitaba.
El Nara contaba los cigarrillos que tenía en la caja y guardaba el encendedor. Él trataba de distraerse con cualquier tontería antes que pensar que vería a Yodo.
—Shikadai... —él alzó la mirada y se encontró con las orbes oscuras de Sarada— No cometas ninguna locura.
El moreno suspiró y posó sus manos en los hombros de la chica.
—Estaré bien—sonrió —. Haré lo posible para que Yodo me diga lo que sabe.
Pero la preocupación de Sarada no era por el peligro que lo esperaba. Sino por otro motivo que desconocía.
Ella deseaba acompañarlo, no quería que volviera a sentirse solo.
Sarada sabía perfectamente lo que era perderse en la soledad, perdiendo la esperanza de sonreír y volver a aferrarse a la libertad.
Ella conoció el horror de haber sido culpada injustamente.
Que la torturaran cada vez que podían. Supo lo que era ser quemada, cortada con armas blancas, golpeada en todo el cuerpo, que la desmotivaran a tal punto que ella olvidara que existía gente que aún la necesitaba.
Sin embargo, al huir de esa horrible prisión, conoció a la tragedia que pasaban otras personas.
Más específicamente, la tragedia de Shikadai, una de la cual estaba relacionada con ella.
—Quiero ir con vos—susurró.
Shikadai la había oído. Abrió sus ojos, sorprendido y no sabía qué hacer o responder.
—Vamos, Dai—exclamó su primo.
Shikadai soltó los hombros de Sarada.
Bajó la mirada y respondió en voz baja, para que sólo ella lo escuchara:
—Este es un asunto personal y debo encargarme solo—cerró sus ojos—. Pero la próxima vez, vendrás conmigo.
La azabache sintió un gran alivio. Sabía que, a pesar del extraño comportamiento del Nara, ella podía contar con su apoyo para salir adelante.
—Cuidate mucho, Dai—Chouchou se mostraba entusiasmada y saludaba con euforia a los hombres.
Cuando los dos subieron al vehículo y se retiraron, Chouchou suspiró y buscó la mirada de Sarada.
—¿Te preocupás mucho por Dai, verdad?
La azabache sabía que la morena no tenía ni un pelo de zonza.
—Sólo... —respiró profundo y miró hacia arriba— Sólo quiero saber qué pasó con Boruto. De inmediato, las lágrimas comenzaron a caer. Su pecho dolía con mucha intensidad, arrugándose como un delicado papel.
—Dai es un tonto, pero un buen partido. Aunque no lo parezca, es muy fuerte.
¿Por qué razón Chouchou diría eso?
—No hay duda de eso.
Sarada no estaba en la misma sintonía que la otra mujer.
Sólo trataba de no borrar el recuerdo que tenía de su novio.
Los momentos vividos eran inolvidables y mucho más lo era ese último día.
Su mano aún sentía la calidez y el amor con el que Boruto le proponía matrimonio.
Cuando creía que todo estaba perdido, allí llegó Shikadai, para demostrarle que no existía el olvido para el amor.
Él le transmitió la misma calidez y eso la reconfortaba.
Ella sabía que, de cierta forma, podía encontrar en Shikadai lo que Boruto supo darle...
Como todo hombre de trabajo, Shikadai llegó con varios minutos de anticipación.
—¿Cómo rayos vas a entrar? —inquirió su primo.
—Me extraña que no hayas visto películas... —bromeaba Shikadai y bajó del vehículo con la capucha puesta— Yo siempre tengo la solución a todo.
La casa de verano de los Nara se encontraba en las afueras de la ciudad.
Un alambrado sutil la separaba de la calle y esta era fácilmente removible para el muchacho.
Ingresaron a los terrenos con rapidez.
Shinki estacionó el vehículo a un costado de la entrada y acomodó su asiento hacia atrás para relajarse.
Shikadai se dirigió hacia una estatua de un ángel que estaba al costado de la casa y corrió hacia la puerta de entrada, logrando ingresar.
—¡Qué mañoso sos, Dai! —reía.
La casa estaba tal como la recordaba.
Los muebles, polvorientos. La sala, con telarañas y olor a humedad.
Comenzó a abrir las ventanas y a limpiar un poco antes que Yodo llegara. Cada rincón era testigo de algún recuerdo.
—¡Shikamaru, no fumes adentro!—gritaba su madre, cuando vio que su padre estaba por encender un cigarrillo.
—¡Cuidado con la araña! —gritaba Shikamaru, tomando por detrás a Temari.
—¿Cuál? ¿A dónde? —exclamaba ella, asustada por lo que su marido decía.
—La que te engaña... —respondía finalmente, huyendo de las represalias que le daría Temari.
Shikadai no podía evitar reír y, al mismo tiempo, llorar por estos gratos recuerdos.
Se acercó a una fotografía familiar. La tomó y limpió el polvo del vidrio. Era del último año que habían vacacionado.
—Siento tanto haberte dicho eso, mamá —espetaba—. Te prometo que buscaré al amor de mi vida y formaré una familia...
En ese momento, volteó al oír un ruido detrás suyo.
Se topó con una mujer de larga cabellera rubia. Sus ojos estaban inundados en tristeza y su rostro temblaba por aguantarse la angustia.
—Yodo... —musitó.
Ella seguía exactamente igual a cómo la recordaba.
—No puedo creerlo... —susurraba Yodo.
Apoyó la cartera en el sofá y corrió hacia Shikadai. Él se mantuvo estático ante la actitud de la chica.
La rubia lo abrazó tan fuerte, que Shikadai comenzó a sentir que le faltaba la respiración.
—Yo... Yodo—carraspeaba.
—Lo siento... —la chica lo soltó de inmediato— Es que deseaba tanto saber de vos, que no pude contenerme.
Shikadai había olvidado los nervios que traía.
Al verla, sólo tenía la imagen de Kawaki y cómo supo enfrentarlo ante las cámaras.
—Me alegra mucho saber que estás bien... —esbozó una sonrisa ladina.
—Gracias, Yodo.
Habían pasado algunos minutos. Shikadai preparó dos tazas de té y se sentaron juntos en el sofá más grande. Ella jugueteaba con sus dedos. Sentía nervios.
—Seguramente estarás preguntándote por qué te cité aquí—espetó el Nara, dando el primer sorbo.
—Supongo que debe ser algo laboral—Yodo quería omitir el plano amoroso. Sabía que no sería ese el motivo.
—Correcto—le insistió a la rubia para que tomara su infusión y ella lo agarró—. Vi la conferencia.
—Entonces sí sabés de ese tal Kawaki—añadió y tomó un sorbo—. Me parece que oculta algo y bastante grave.
—Lo mismo pensé—Shikadai bajó la cabeza —. Estuve trabajando un tiempo junto a mi papá y Naruto, su socio. Hasta donde supe, sus hijos sólo eran Boruto y Himawari. No pensé que aparecería otro y dijera que es un Uzumaki. Me parece muy extraño e ilógico.
Yodo escuchaba atentamente cada palabra de Shikadai. Estaba concentrada en cada frase que el joven decía.
—¿Qué hay de tu situación? —inquirió con seriedad. Si bien ella confiaba en que Shikadai no era culpable, deseaba oírlo de su propia boca.
—Es completamente injusto—sostuvo con fuerza la taza y apretaba su mandíbula.
—¡Tranquilo! —Yodo se levantó y le quitó la taza de la mano— No quise incomodarte, sólo...
—¡Lo sé, lo sé! No te culpes—respiró profundo para intentar calmarse—. De un momento a otro sucedió esto y tuve que huir como rata por tirante.
—Siempre creí que no eras esa clase de hombre que dice la justicia—Yodo desvió la mirada—. Te conozco muy bien y por eso quiero ayudarte, Shikadai.
El Nara sintió un gran alivio al escuchar a Yodo. Al mirarla, notó que no mentía y eso lo tranquilizaba.
—Hacía mucho que deseaba encontrar a alguien que me ayudara, aparte de los que ya tengo—musitó.
—¿Cómo? ¿Hay más? —Si. Pero preferiría reservarme la información—se paró y estiró su cuerpo.
—Shikadai—captó la atención del moreno y continuó: —Hay una persona que está dispuesta a darme información, pero tendré que hacerlo en un sitio diferente, ya que creo que se siente amenazada o vigilada.
Shikadai frunció el ceño.
¿Quién sería capaz de enfrentarse al nuevo presidente de UzuNara, para brindar datos y así ayudar a un prófugo?
—¿De quién se trata? —inquirió con seriedad.
Yodo urgó en su bolsillo y sacó una tarjeta. Se la dio a Shikadai y éste la leyó con atención.
—Ino... —susurró.
—Ella me dijo que la llamara y así me contaría algunas cosas. Lo haré esta misma noche.
El Nara estaba atónito. Al fin podría plantear una estrategia para comenzar la búsqueda de la verdad.
—Hablá con ella—espetó—. Cuando tengas suficiente confianza, la citaremos en un lugar que luego te diré. Ella será una pieza clave para acercarme al tal Kawaki—exclamó con seguridad y determinación.
—Deberías ir con cuidado, ya que...
—¡NO HAY TIEMPO, YODO! ¡AÚN NO SÉ NADA DE MI FAMILIA Y ESTOY DESESPERADO! —la rubia tomó sus manos y las apretó con fuerza.
—No te precipites. Estaré a tu lado para ayudarte... —sonrió.
—Gracias, Yodo. No sé cómo podría agradecerte este gran favor...
—No me lo preguntes ahora. Aún no he hecho nada. Sólo —lo miró fijo—, dejame recordar este rostro tan tierno.
Shikadai se sintió incómodo ante las demostraciones afectuosas de la rubia. Soltó sus manos y suspiró.
—Lo siento, Yodo. Debo irme...
La joven se detuvo un instante para decir sus últimas palabras, antes de que el Nara se fuera.
Él le daba la espalda.
—Shikadai—giró la cabeza—¿Aún sentís algo por mí? El aludido se mantuvo en silencio.
Debía ordenar sus sentimientos, ya que el amor no era su prioridad. De hecho, nunca lo había sido.
—No puedo responderte eso, Yodo. Lo siento mucho.
Chouchou y Sarada salieron al mercado.
Aprovecharon que los hombres no se encontraban en la casa. Sarada estaba nerviosa, ya que era la primera vez que salía, después de escapar de la cárcel.
Se había puesto un barbijo blanco y caminaba encorvada.
—Así llamarás aún más la atención—susurró Chouchou.
Cuando estaban por ingresar, una moto se había arrimado lo suficiente para que la Uchiha sintiera un empujón y cayera.
—¿¿SOS IDIOTA NATO O ESTUDÍAS PARA ESO?? —gritó la Akimichi, alterada por lo sucedido.
Sarada se levantó, acomodó su ropa y evitó que su barbijo se moviera del lugar.
—Siento mucho el inconveniente... —se excusó el conductor— Por favor, permítanme darles mis sinceras disculpas. Sé que no podré extenderme mucho, pero quisiera que cuenten con mi apoyo si lastimé a la chica—refiriéndose a Sarada—. Les dejo mi número. Debo irme... La morena tomó la tarjeta y continuó sus insultos.
—¿¿QUIÉN TE CREÉS QUE SOS PARA HABLARNOS DE ESE MODO?? —mientras Chouchou continuaba injuriando al hombre, Sarada espió los datos arrojados en ella.
—Chouchou —estiró su ropa para captar su atención.
—¿¿Qué?? —respondió, furiosa con el hombre.
—Mirá lo que dice... —señaló un punto en la tarjeta. La Akimichi echó un vistazo.
—No puede ser... —la morena tapó su boca y ambas se miraron fijo. Lo que pudo haber sido una simple discusión de tránsito, fue un pasaje directo al infierno.
Aquella tarjeta, llevaba escrito el nombre de Kawaki Uzumaki.
