Kawaki había regresado a su casa con un sabor más que amargo.
Revoleó las llaves de su moto y caminó rápidamente hacia su habitación.
El reciente Uzumaki vivía en una casa ubicada en una residencia lujosa.
Constaba de dos pisos.
En la planta baja, había una gran sala que utilizaba para recibir a clientes, empleados y demás.
En la planta alta, se encontraba su habitación y la de su tutor, el hombre que lo había criado desde que tenía uso de memoria.
Las llaves que había arrojado, fueron levantadas por su mayordomo.
—Señor Kawaki... —espetó en su típico tono tranquilo.
El aludido volteó y mostraba su expresión de ira.
—¿Qué querés, Boro? —Colocó su índice y pulgar en el entrecejo.
—El señor ha regresado... —exclamó con seriedad y le dio un sobre.
El joven lo tomó y miró al hombre. Sus arrugas denotaban que el paso de los años lo habían vuelto un anciano serio e inexpresivo.
Sin embargo, el trato constante con Kawaki, lo había llevado a comprender lo que sucedía a su alrededor, siendo una de las pocas personas en comprenderlo.
—Gracias, Boro—sostuvo el papel un segundo y cambió el rumbo.
El viejo mayordomo lo observaba.
—Buena suerte, Kawaki.
El muchacho se detuvo un instante frente a la habitación.
Temía abrir la puerta y reencontrarse con aquel hombre misterioso.
—No te quedes parado como un tonto, Kawaki—la voz grave que provenía de la habitación, aterrorizaba al muchacho—. Haceme el favor de pasar y sentarte aquí.
Kawaki era un joven arrogante. Con todos se comportaba de forma altanera y no le importaba pisotear cabezas.
Sin embargo, cuando el hombre que lo crió se encontraba frente a él, ese perfil altivo se desmoronaba.
Jigen, ese misterioso hombre que se tomó el tiempo para criarlo como si fuera su hijo, lo transformó en su mejor versión.
Kawaki dio sus primeros pasos y cerró la puerta.
Lo observó detenidamente. Ya no era el mismo de antes...
Se encontraba sentado en su cama, con los ojos vendados y sus manos quemadas.
—¿Qué rayos...? —lo miraba con cierta preocupación.
Si bien, no hacía mucho que lo había visto, ese no era el aspecto con el que esperaba encontrarse.
—Gajes de oficio, Kawaki—el hombre era más perceptivo de lo que parecía.
El muchacho mostraba cierto temor ante el panorama que traía su padrastro. Esas heridas no correspondían a un accidente laboral. Sino, más bien, de un atentado o un asalto.
—¿Qué hiciste? —no necesitó darles vueltas al asunto. A fin de cuentas, ahora tenía más poder que él.
—Hice lo que tenía que hacer. Ya que no eras capaz de sacar la basura como debías... —ironizó.
La jaqueca comenzaba a molestar a Kawaki. Masajeaba su sien y resoplaba.
—¿Qué te tiene de mal humor? —inquirió con tranquilidad.
—Es demasiado. Me cuesta acostumbrarme... —masculló.
Jigen estiró su brazo y lo invitó a sentarse a su lado. El muchacho se acercó lentamente y se ubicó en sus pies, dándole la espalda.
—Vine en cuanto acabé la entrevista que dieron en la televisión—el muchacho tragó saliva—. Esa chica, la periodista, no es bueno que esté en tu asunto...
Esa era la mayor preocupación de Kawaki.
—¿Y creés que no lo sé? —espetó.
En su mano llevaba el sobre que le había dado Boro.
Lo miró con curiosidad, pero no había pistas de su contenido.
—¿Qué es esto? —inquirió.
—El sobre—suspiró y se acomodó en la cama—. Deberás guardarlo muy bien. Ese será tu as bajo la manga.
Pese a que no podía ver las expresiones de su hijastro, percibía su confusión.
—¡No te atrevas a abrirlo si no existe un motivo de peso! —advirtió.
Era un arma valiosa. O, tal vez, un escudo defensivo.
—¿Cómo carajo se te ocurrió sacar a Sarada a la calle? ¿Estás consciente del peligro que la esperaba? —los reclamos no se hicieron esperar.
Shinki, enfurecido con su novia, no dejaba de regañarla al enterarse de lo sucedido.
Ambos se encerraron en su habitación y la discusión se acrecentaba.
La azabache observó el semblante de Shikadai. Él había vuelto aún más callado de lo que solía ser y sentía que algo había sucedido.
Se sentía incómoda.
Había anochecido.
Deseaba irse. Retornar a su vida habitual, pero necesitaba algo.
Sin hacer demasiado ruido, salió al jardín.
La noche estaba más estrellada que de costumbre.
Recordó aquellas palabras de Shikadai.
—Mi padre me dijo que si alguna vez me sentía solo, saliera a ver la luna y las estrellas. Si era capaz de comunicarme con ellas, podría seguir el camino correcto.
Sí, se sentía sola. Muy sola.
Suspiró, con la vista puesta en una gran estrella brillante.
—A lo mejor, no será sencillo—se sentó en el pasto y colocó sus manos detrás para sostenerse—,pero haré lo posible.
Sin notarlo, había alguien que la escuchaba con atención.
—Es probable que no lo hayas conocido, pero ese chico tiene muchas agallas—sonrió y colocó una mano en su pecho—. Quisiera ser como él y actuar sin temor a nada. Deseo de todo corazón poder alcanzar la verdad y librarme de este tormento... —bajó la cabeza y dejó caer su mano—Me siento una carga para todos. No sé qué hacer. Estoy vacía y sin ánimo de nada.
Esa angustia que acarreaba, dejó que fluyera.
—Necesito una señal, una señal tuya para saber si debo luchar o rendirme... —cerró sus ojos.
Su cuerpo sintió una correntada cálida, que cubría sus brazos y espalda.
Abrió los ojos y levantó la cabeza.
Sus orbes aguamarina estaban observando la misma estrella.
—No te rindas. No ahora, Sarada—sus palabras fueron el remedio para tal enfermedad. La plegaria que había alzado para alcanzar a Boruto, había logrado responderle.
Ella lo observaba, maravillada y consternada.
Esa mirada perdida y el alma desorientada, se esfumaba por completo al encontrarse con las estrellas.
—Yo también quiero irme. Shinki y Chouchou hicieron mucho por mí—espetó y suspiró. Se sentó junto a Sarada. Ella se abrazaba al abrigo que él le había proporcionado—. Es hora de emprender nuestro propio viaje.
Él la miró, buscando su apoyo. Ella notó algo en él que había ignorado.
Sus orbes, esas mismas que resplandecían bajo la brillante luz de la luna, estaban hipnotizándola.
Él sacó de sus bolsillos una llave y se la mostró a Sarada.
—Que...
—Sarada—Shikadai desvió la mirada. Ella escuchaba con atención—¿Estarías dispuesta a huir conmigo?
Sus palabras, su mirada y su forma de expresarse...
Él estaba dándole el motivo para pelear.
—Pero...
—Si no querés, decimelo y listo—guardó la llave en su bolsillo y miró al cielo una vez más—. Yo me iré.
Sarada no podía contener su dolor. Él era el motivo por el cual estaba dispuesta a entregar su vida. La verdad, era un reto muy difícil para que Sarada se animara a buscarla en soledad.
Shikadai se levantó del suelo y se resignó a escapar solo.
Cuando estaba retirándose, la mano fría de Sarada lo tomó por sorpresa.
Un escalofrío recorrió la espalda del Nara. Volteó a verla. Su expresión había cambiado.
—No permitiré que te lleves todos los créditos, Shikadai—Sarada traía el ceño fruncido y los ojos hinchados por llorar.
El moreno sonrió.
Dio media vuelta y tomó ambas manos de la chica, haciendo que ella se sonrojara.
Las juntó y ubicó las suyas por encima de las de ella.
Las frotó levemente.
—Estás muerta de frío—él transmitía su calidez—. Deberías ser más prudente y cuidar tu salud.
El tono de voz comprensivo y dulce, despertaba en la azabache una extraña sensación.
Una que había experimentado hacía algún tiempo...
El mismo que había vivido con Boruto.
Shikadai soltó las manos de la chica y sólo tomó la muñeca de Sarada. Corrió delante de ella para que lo siguiera.
La Uchiha contemplaba su amplia espalda y su gran brillo.
Su cuerpo se movía por sí mismo. Ella deseaba seguirlo.
Ella no quería perderlo. Anhelaba compartir su dolor y su lucha.
Ella...
Deseaba desde el fondo de su alma que él fuera Boruto.
Pero no que no se había dado cuenta, era que estaba deslumbrada por su espíritu de lucha y por su determinación.
Boruto le había respondido: Ella debía estar al lado de Shikadai.
Sarada sujetó la mano de Shikadai.
—No tengo dudas, Boruto. Él me llevará nuevamente por el camino que estabas llevándome y en el cual me sentí perdida cuando te apartaron de mí...
El retorno hacia el lugar donde comenzó la pesadilla, estaba por ser emprendido.
Finalmente...
Yodo se encontraba en su hogar.
Estaba pensativa y preocupada.
En sus manos tenía la tarjeta que Ino le había dado.
No dudó un segundo más.
Tomó su celular y comenzó a marcar el número. Cuando pulsó 'llamar', sintió cómo la ansiedad estaba ganando terreno.
—¿Hola? —la voz femenina había respondido inmediatamente.
—¿Ino Yamanaka?
—Sí, soy yo.
—Soy Yodo. Quisiera entrevistarte lo más pronto posible.
—Shikadai quiere verte.
