La playa no había cambiado en absoluto. Las olas; la brisa fresca y húmeda; las gaviotas que se alejaban lentamente, abandonando la costa hacia un nuevo rumbo; la arena tan cálida como áspera.
Sarada mantenía sus ojos cerrados y sus otros sentidos a pleno esplendor.
Intentaba conectar su alma con la de Boruto, quien aún permanecía allí.
—He vuelto... —susurró—Este será el primer paso hacia la verdad.
Se recostó sobre la arena, observando la calma que regalaba el cielo.
Shikadai revisó todos los archivos que la familia Uzumaki guardaba allí.
Encontró algunas facturas, actas firmadas por Naruto y demás. Pero no era lo suficiente para demostrar su inocencia.
Se agarró la cabeza.
—¿Dónde rayos habrá más?—inspeccionó rápidamente con la mirada y divisó una computadora portátil.
Fue hacia ella y pulsó el botón de encender. Pero no tuvo suerte.
—¡Maldita sea! —comenzó a revisar cajones y muebles para buscar el cargador. Cuando lo encontró, lo conectó inmediatamente y notó que la batería estaba completamente vacía.
Suspiró.
Caminó con cuidado y observó los rincones. Aún guardaba viejas manchas de sangre.
—Me encantaría poder limpiar esto, pero eso significaría que borre muchas pruebas—rascó su nuca—. Aunque, siendo franco, ya estamos contaminando bastante.
Salió de la casa. Necesitaba respirar aire puro.
Al caminar por la playa, divisó a Sarada tirada sobre la arena.
Shikadai se exaltó y corrió hacia ella, preocupado.
—No ahora... —pensó.
Al llegar, se mantuvo quieto. Observó la expresión de Sarada. Respiraba con tranquilidad.
—Con que te dormiste aquí... —se agachó y acomodó el cabello de la chica.
Su rostro delicado, mostraba ternura y serenidad.
Se sentó a su lado y miraba cómo dormía. Shikadai se sentía extraño al hacerlo, pero no pudo evitar comparar situaciones.
—Ella siempre se veía ansiosa. Sin embargo, vos te ves increíblemente apacible—musitó y se recostó con los brazos bajo la nuca—. Me da mucha paz interior—sonrió.
Sarada estaba dormitando. Notó que una brisa cálida se había arrimado y ella, pero sus pesados párpados no le permitieron despertar por completo.
—Gracias... —susurró.
El Nara lo había oído.
—Tenés razón, Boruto aún sigue en este lugar—respondió sin quitar la vista del cielo—. Pero, a pesar de todo, él sigue vivo en tu corazón y no podrás olvidarlo.
Con un deje de nostalgia y con la mayor fuerza de voluntad, Sarada abrió sus ojos y observó al moreno.
—Boruto... —el joven volteó a verla—Él me dijo que debía seguirte.
Shikadai no comprendía lo que Sarada expresaba. A lo mejor, estaría algo dormida.
—Estoy seguro de que llegaremos al final de todo esto—aseguró.
La azabache se levantó y sacudió la arena de su ropa.
—Bien, me toca— caminó lentamente.
Segundos después, se detuvo y volteó hacia el Nara.
—No puedo ir sola... —espetó.
—¿Hum?
—Te necesito, Shikadai—la brisa revolvía su cabello negro, haciéndola ver más bella y radiante que nunca.
Shinki no podía controlar su ira y desconcierto.
Iba de un lado a otro, mascullando cuanta grosería se le cruzaba por la mente.
—¿Dónde te metiste, méndigo idiota? —en sus manos llevaba un papel arrugado.
Apretaba su entrecejo.
—Deberías calmarte, Shinki—Chouchou le acercó una copa con vino.
—¿Cómo creés que voy a calmarme? —sujetó la copa y tomó el contenido de un solo trago—¡Shikadai se llevó a Sarada a la casa de los Uzumaki!
Le dio el papel y la morena lo leyó:
"Sé que les resultará extraño y también sé que les enojará mucho.
Iré con Sarada a la casa de los Uzumaki. Necesitamos pruebas para empezar a buscar la verdad o siempre seremos prófugos."
—Tanto ella como él son prófugos. Es un verdadero idiota—seguía refunfuñando.
Chouchou se acercó a su novio y lo abrazó.
—No te preocupes, él volverá—acarició su cabello—. Y cuando eso suceda... ¡¡ME ENCARGARÉ PERSONALMENTE!!—espetó.
Shinki comenzó a reír. La conocía demasiado bien y sabía que era capaz de lo que sea.
—No creo que quiera volver...
La noche los había atrapado en aquella cabaña.
Sarada podía sentir que la esencia de quien fue su primer amor aún permanecía allí.
Todo a su alrededor se lo recordaba.
—¿Dónde preferirías dormir? Si no estás preparada para ir a su habitación, no me molestaría ir a ese lugar —acotó Shikadai, esperando una pronta respuesta de la azabache.
—No te preocupes, estaré en la habitación que fue de Boruto—tragó saliva y respiró profundo.
—Bien—Shikadai se levantó y fue en dirección a la habitación de los Uzumaki.
Sarada se quedó unos minutos en la sala, esperando tomar el coraje para ingresar a la habitación de los hijos de los Uzumaki.
Sus piernas temblaban. Su recuerdo resultaba tortuoso al observar cada rincón.
Le costaría mucho pasar la noche en ese sitio.
La Uchiha se levantó y caminó con tranquilidad hacia el cuarto.
Antes de abrir la puerta, oyó que Shikadai la llamaba. Volteó y él se encontraba asomado desde la habitación del matrimonio Uzumaki.
—No te preocupes por nada. Si me necesitás, estaré aquí—Sarada sonrió y el Nara se adentró a la habitación.
La joven Uchiha, armada de valor y decidida a enfrentar todo, abrió la puerta del cuarto y contempló la calidez de Himawari y su hermano.
Sentía cómo se estrujaba su corazón al sentir sus perfumes, sus verdaderos aromas y descubrir las pequeñas cosas que guardaban en ese sitio.
Había fotografías de cuando eran pequeños y juguetes de Himawari.
Una caja musical y una bella alcancía de un zorro anaranjado.
En su armario, las prendas de Boruto permanecían intactas, perfectamente acomodadas y perfumadas.
En una silla, divisó un saco. Ella lo conocía perfectamente.
Ese mismo llevaba ese día, antes de que la tragedia los sorprendiera de la peor forma.
Lo tomó y eligió el lecho donde Boruto descansó alguna vez.
Su almohada aún guardaba su aroma, al igual que su prenda.
Sarada lo abrazó con fuerza y deleitó su sentido del olfato con aquel perfume.
—Te amo, Sarada...
Esas palabras resonaron en su mente. Sentía una profunda angustia.
Intentaba por todos los medios dormir, pero resultaba imposible porque sus ojos sólo deseaban llorar.
Quería eliminar el peso que acarreó por tanto tiempo.
Borrar por completo las cicatrices de una condena que la torturó en aquella horrible cárcel.
Su mente y su espíritu, atormentado por los recuerdos, no permitían que ella pudiera descansar.
Sin embargo, las dulces palabras de quien fue su primer amor, la acompañaban para no perder la cordura.
Esas personas, las mismas que los alejó, acabaron con ella en todos los sentidos posibles.
Ya no había ni un rastro de lo que fue Sarada Uchiha en el pasado.
Ahora era un manojo de tristeza, angustia y bronca. Un sinfín de sentimientos guardados en un pequeño cuerpo que aún intentaba salir adelante...
Sarada necesitaba dormir. Estaba exhausta.
Cerró sus ojos y abrazó con fuerza la almohada.
—No me dejes sola, Boruto... —musitó.
Las pesadillas aún continuaban torturándola. Necesitaba escapar de esas figuras que venían por ella.
Una vez más, Boruto había perecido ante ella.
No sabía qué hacer...
Despertó a los gritos. Su corazón estaba latiendo muchísimo más fuerte que de costumbre.
Se levantó y corrió hacia la habitación del matrimonio Uzumaki.
Se metió en la cama y tapó todo su cuerpo cuán niña pequeña.
Shikadai despertó apenas por el ruido y se sorprendió al ver a la Uchiha casi pegada a él.
Ella temblaba y lloraba desconsoladamente.
—¿Qué pasó? ¿Te sentís bien? —fue lo primero que dijo Shikadai, mientras intentaba abrir más sus ojos.
—No puedo soportarlo más... —exclamó entre sollozos—Necesito contar lo que pasó ese día...
—¿Ese día? —inquirió el Nara, no lograba pensar claramente.
—Sí, el día que mataron a Boruto...
