Durante años, Sarada había guardado aquel mal momento. No tuvo un momento a solas con la tragedia para reflexionar.

Esa noche, al mantener contacto con su aroma y sus objetos, su memoria se vio afectada, tomando su temor para poder confrontar aquel cruel destino.

Su llanto ahogado, su corazón hecho añicos, su soledad...

Todo formaba parte del duelo.

Sin embargo, ahora no estaba sola. Podía contar con una persona que la entendería y la escucharía.

Sarada se había sentado en la cama. Shikadai había encendido una vela pequeña y abrió la cortina, para que no se viera tan oscuro.

El Nara había preparado dos tazas de té.

Cuando se lo dio a Sarada, él se sentó de frente a ella, del lado de los pies de la cama.

Los ojos de la azabache estaban hinchados y su mirada, perturbada.

—Si necesitás endulzarlo, avisame y traigo el azúcar—exclamó Shikadai. Ella dio un sobro y negó con la cabeza.

—Está perfecto... —musitó.

—Me alegra... —esbozó una sonrisa ladina. No podía no sentir preocupación por la chica.

—Perdón por venir así y despertarte.

—Sarada—el moreno tomó aire y desvió la mirada —, estaré aquí para escucharte. Te dije que no estabas sola en esto.

Ella tomó un poco más y suspiró.

—Gracias, Shikadai—sus ojos se posaron sobre el rostro exhausto del Nara.

Sintió culpa por no haberlo dejado descansar, pero también fue algo que no pudo manejar.

Él no dijo nada más. Sólo se limitó a degustar su té y tratar de espabilarse. Sus párpados pesaban, pero no podía dormirse en ese momento.

—Ese día, Boruto me había pedido matrimonio—comenzó diciendo la azabache, captando la atención de Shikadai—. Estaba tan contenta por ello, que no pude evitar contárselo a alguien.

El sólo pensar en la situación, al Nara se le llenaban los ojos de lágrimas.

A lo mejor, él en su lugar, llamaría a su madre.

Sarada llevaba mucho tiempo saliendo con Boruto, tarde o temprano la propuesta llegaría.

—Mis padres estaban felices por mí. Ese día empecé a llorar muchísimo, aunque al principio fue de felicidad—bajó la mirada—. Estaba en la playa, observando la cabaña desde allí—se abrazaba a la taza—. Pero, durante la llamada, oí un tiro—enmudeció. Estuvo algunos segundos así, recordando ciertos detalles que había encajonado.

Shikadai comenzó a imaginar la secuencia. El sitio donde se encontraban era lo suficientemente alejado de la ciudad, lo cual sería imposible que sea por un robo al azar.

—Les dije a ellos lo que estaba sucediendo y corté la llamada—suspiró —. Corrí lo más rápido que pude y cuando llegué—nuevamente comenzó a temblar—.Dejé caer mi celular. El panorama era desolador.

El moreno levantó la vista y se encontró con las orbes oscuras de la chica.

—En el camino, vi pequeñas manchas de sangre. Cuando lo encontré, había dos personas con él—titubeó—. Ambos llevaban pasamontañas. Pero por la contextura física, me di cuenta que eran un hombre y una mujer—resopló—.El hombre lo sujetaba, tirándole los brazos y la cabeza hacia atrás. Él tenía el rostro ensangrentado y aún se mostraba aturdido.

Shikadai apretaba su taza. Ahora tenía una pista, aunque fuera mínima.

—La mujer lo apuntaba con su revólver y reía. Mi cuerpo no respondía. Necesitaba ayudarlo, pero mis piernas parecían pegadas al suelo... —cerró sus ojos—Cuando me vieron, no dudaron un segundo en darle el golpe de gracia. Ese momento es el peor de toda la secuencia. Verlo así, sentirme culpable por no haber hecho algo y...

—¡¡DEJÁ DE CULPARTE POR ESO!! —Shikadai actuó por impulso nuevamente. Sarada abrió sus ojos y suspiró. Debía contar lo último que quedaba en su memoria.

El Nara dejó la taza sobre la mesa de noche, fregó sus ojos y soltó su coleta baja.

—Dispararon directamente en su pecho y salieron rápidamente, pero... —pese a que se contenía, no podía dejar pasar la oportunidad de decir las palabras que la dejaron marcada—La mujer dijo: 'Este es el comienzo del fin. Adieu...'

Sarada se mantuvo en silencio.

—Que... —Shikadai mordió sus labios—¿Qué sucedió después?

Sarada suspiró. Apoyó la taza al lado de la del Nara y observó nuevamente su mano izquierda.

—Fui hacia él. Sostuve su cabeza y puse mi mano en su muñeca. El pulso bajaba muy rápido—las lágrimas comenzaban a caer—. Él me dijo que me amaba—sollozaba— y cerró sus ojos. A partir de allí, mis recuerdos son difusos—tapó su rostro y dejó salir su angustia.

Sarada sintió cómo la carga se aligeraba considerablemente. Shikadai no encontraba las palabras adecuadas para consolar a la chica.

—Todo fue una completa tortura—bajó lentamente sus manos—. Vivenciar su muerte fue algo muy doloroso, mucho más que estar en esa asquerosa cárcel.

—Sos... —Shikadai tragó saliva—Sos muy valiente, Sarada.

La chica trataba de enfocar en el rostro de Shikadai. A pesar que no lo veía con claridad debido a su problema de vista, podía percibir sus cálidas palabras como un abrigo en pleno invierno.

—Yo me hubiera muerto en vida si hubiese estado en tu lugar... —cerró sus ojos y se tocaba el pecho— Nada se compara a una pérdida semejante y, además, ser acusada de vil crimen,sin ninguna prueba ni investigación.

A pesar de que Shikadai no era buen consejero, todo lo que salía de él, era un gran consuelo para Sarada.

—Sé que no éramos grandes amigos, ni siquiera lo conocía en profundidad—abrió sus ojos y miró fijo a la chica, quien estaba completamente atenta a él —, pero llegaremos al fondo de esto. Intentaré, al menos, devolverte parte de la dignidad que te robaron...

El corazón de Sarada comenzaba a sentir esperanza. Sabía que Boruto jamás volvería a ella, pero sí su espíritu.

El amor que alguna vez sintió por el joven Uzumaki podría renacer, aunque en otro cuerpo y otro aspecto.

Cuando Shikadai hablaba en serio, sonaba a Boruto. O ella lo veía de ese modo.

¿Podría ser que su señal era esa? ¿O era aún más profunda?

—Así será, Dai...

El moreno de asombró al escuchar la forma más cercana con la que lo nombró.

Finalmente, habían llegado a ser un poco más cercanos.

—Mañana partiremos a la tarde. Estoy seguro de que Shinki debe estar furioso conmigo—rascó su nuca.

Sarada comenzó a reír. Por un instante, olvidó aquella tristeza que la estaba consumiendo.

El sólo imaginar a Shinki o Chouchou enojados con Shikadai, le daba gracia.

El moreno estaba tranquilo. Finalmente, la había hecho sonreír.

Cuando se levantó a llevar las tazas, le dijo a la chica:

—Acostate y dormí. No te sucederá nada malo si estamos en el mismo lugar–cerró la puerta.

Sarada se acomodó y abrazó la almohada.

—Sí que sos increíble, Shikadai—sonrió y secó su rostro húmedo—. Es admirable que tu temple sea de acero. Ojalá pudiera ser como vos... —cerró sus ojos y trató de conciliar el sueño que había perdido.

Al despertar, su cuerpo sentía el reconfortante descanso.

La cama era todo para ella sola.

El día no era favorable, sino que estaba lluvioso y ventoso.

Sarada sentía frío. Buscó entre la poca ropa que había en el armario y encontró un saco negro.

Le iba grande, pero así no pasaba frío.

Fue a la otra habitación para ver si Shikadai aún seguía durmiendo, pero no había nadie.

Fue hasta la sala y lo encontró durmiendo sobre la mesa, con la computadora encendida,pero la pantalla hibernando.

Estaba desabrigado. Regresó a la habitación de los hijos de Naruto y trajo la frazada que estaba en la cama de Boruto.

Lo cubrió con él y acomodó su cabello.

Sarada comenzó a reír después de ver que él se había dormido con la boca abierta y se había babeado.

—Sos terrible.

Era momento de que ella preparara algo para comer.

Cuando se dirigió a la cocina para ver con qué productos contaba, escuchó ruidos en las cercanías.

Esto la alertó y fue hacia el moreno. Lo sacudió lentamente hasta lograr que despertara.

—Shikadai, estamos en problemas... —musitó la chica.

Este abrió rápidamente los ojos y tomó la computadora.

Tomó la muñeca de la chica y corrieron a la habitación de la pareja Uzumaki.

Se escondieron bajo la cama.

Era el sonido de un vehículo que había llegado al lugar.

Al ingresar a la cabaña, el visitante notó que alguien había husmeado el lugar.

—¿Qué significa esto? —la voz masculina había tensado a Sarada.

Shikadai se percató de ello y le susurró.

—¿Él estuvo ese día?

Ella asintió.

Era una oportunidad magnífica. Aunque sería arriesgado.

—Cuidalo como si fuera tu vida—espetó en voz baja, dándole la computadora—. Trataré de reducirlo. Apenas lo haga, corré hacia el auto y llamá a Shinki, pase lo que pase.

Sarada sentía cómo la determinación del Nara se hacía presente.

Ella, atónita, presentía que nasa marchaba bien.

Cuando él estaba por salir de su escondite, ella lo sujetó de la ropa y lo acercó a su rostro.

—No me dejes sola, por favor... —sus lágrimas comenzaban a salirse de control.

—No lo haré. Prometo que volveré... —sonrió.

Sarada lo soltó lentamente. Sabía que el riesgo era grande.

Lo sujetó una vez más, pero no para decirle algo. Sino, para cerciorarse de que, con seguridad, él permanecería a su lado.

Se adueñó de los labios de Shikadai, besándolo con inocencia y añoranza.

Shikadai estaba perplejo.

No lo esperaba. Y mucho menos, en esa situación.

—No temas, Sarada. Te prometí que juntos saldríamos adelante—pensó el Nara.

En UzuNara, las cosas marchaban un poco mejor de las esperadas.

El grupo opositor a Kawaki se había calmado. Mas Ino se mantenía más alerta que nunca.

La rubia sabía que tenía alguien que la seguía y le comunicaba sus movimientos a Kawaki, pero esto no le daba temor.

En la sala de juntas, Kawaki había recibido la visita de su mejor amigo Ao.

Mientras ambos de gustaban una copa de vino blanco, traída por el hombre, notó que su amigo estaba muy pensativo.

—¿Qué te trae así, Kawaki? —inquirió el hombre, observando cómo el 'Uzumaki' pasaba su índice en los bordes de su copa.

—Estuve pensando muy seriamente en algo... —enarcó una ceja.

—Yo diría, en alguien—acotó.

Kawaki comenzó a reír.

—Me conocés tan bien, que jamás podría permitir que fueras mi enemigo—rió.

—Eso jamás... —acabó su copa y esperó a que su amigo terminara de relatar—¿Qué tenés en mente?

—Conocí a una chica y tengo la intención de hacerla mía—cuando acabó su bebida, añadió: —Pase lo que pase, haré que ella esté en mi cama.

Ao lo escuchaba atentamente. Él sabía que Kawaki era persistente cuando se encaprichaba con una mujer.

—Si lo decís, estoy seguro que lo lograrás...