Sarada observaba los pies de Shikadai.
Iban y venían. Su sonido era imperceptible.
Se habían detenido en un punto. La Uchiha se asomó apenas para ver el panorama.
Su corazón latía muy fuerte. No sólo por la adrenalina, sino por contemplar la figura de aquel hombre que acababa de besar.
Él sostenía la alcancía de yeso que había pertenecido a Himawari, la cual se encontraba vacía.
Se trataba de una figura de un pequeño zorro color naranja, con nueve colas y sus grandes ojos rojizos.
Shikadai respiraba rápido. Sus manos temblaban.
Sarada había puesto la computadora debajo de su abdomen y ambos esperaban pacientemente la llegada o, en su defecto, partida del visitante.
Los ruidos se intensificaban. Los pasos comenzaban a escucharse cada vez más cerca.
Shikadai tenía el ceño fruncido, las piernas separadas y elevaba la alcancía. Se había colocado detrás de la puerta, para darle el tiempo suficiente para reaccionar.
El picaporte giró y el rostro del Nara se transformó.
Debía ser preciso o no la contarían.
Al abrirse rápidamente la puerta, Shikadai se avalanzó al hombre, quien tenía una gran contextura física a comparación de Shikadai.
Él golpeó la nuca del tipo, haciendo que éste soltara el arma que traía en sus manos.
Sobó el lugar donde el muchacho le había golpeado y lo miró a Shikadai.
Sarada estaba atónita. Ese era uno de los asesinos de Boruto, uno de los causantes de tanto dolor en su corazón.
El hombre estaba por golpear de un puñetazo al Nara, cuando Sarada sujetó la computadora y gritó:
—¡¡DEJALO!!—atrayendo la atención del visitante, regocijándose de ese rostro que había implorado piedad años atrás.
—Con que sí volviste, pequeña rata—cuando se dirigía hacia la azabache, Shikadai actuó con mayor rapidez, utilizando la culata de su propio revólver en su sien.
El hombre cayó en los pies de la chica. Ella lo observaba con temor.
—¡¡NO TE QUEDES AHÍ, SALGAMOS DE ACÁ!!—ordenó el Nara y ambos corrieron a la salida.
Salieron del lugar y se dirigieron al sitio donde había guardado el auto que Gaara había alquilado.
Sarada subió del lado del acompañante, mientras Shikadai tomó el volante.
Arrancó el vehículo y se marcharon rápidamente de allí.
Sarada observó la camioneta en la que había llegado el hombre y memorizó la patente.
Con las manos temblorosas y el corazón a punto de estallar, Shikadai mordía su labio inferior.
Sarada lo notaba nervioso. Sin embargo, no quiso decir nada porque sabía que podría generar una discusión.
La azabache abrazaba la computadora y miraba por la ventanilla. El aire fresco le alborotaba las ideas.
Suspiró.
¿En qué estaba pensando cuando besó al moreno? ¿Será que sintió miedo de perderlo?
Realmente no sabía el motivo.
Pero lo hecho, hecho estaba.
—Debiste quedarte debajo de la cama—comenzó diciendo Shikadai—, un poco más y ninguno de los dos la contábamos.
Sarada apretó su mandíbula.
—Vos fuiste aún más imprudente, Shikadai—reprochó la Uchiha, dirigiendo su vista al muchacho—¿Qué hubiera pasado si ese tipo te nockeaba? Allí estaríamos perdidos.
El Nara detuvo el auto para aclarar algunos puntos.
—Yo lo tenía controlado, Sarada—fijó su mirada en la de ella—. Por tu intromisión, ese tipo sabrá que seguís con vida—posó sus manos en su rostro—. No, aún peor. Que estás libre y con otro sujeto.
—Pero yo no...
—¡¡Ambos nos expusimos, Sarada!! —frunció el ceño—Yo quería protegerte de esa bestia. ¿Acaso no lo comprendés?
Sarada sentía un nudo en su garganta. Al fin y al cabo, Shikadai tenía razón. Pero ella también.
—Dijiste que juntos saldríamos de esta... —musitó —¡¡Así que dejá de tratarme como una niña o una carga!! —Sarada dejó caer sus lágrimas.
—No sos ninguna de las dos, Sarada—Shikadai desvió su mirada y arrancó nuevamente el auto.
—¿Qué soy entonces, Shikadai?
El moreno se apoyó en el volante y suspiró.
—Lo siento. No puedo responderte eso ahora... —Colocó su pie en el acelerador y trató de enfocarse en el viaje.
Sarada sabía que su pregunta sería complicada de responder.
Shikadai no quería admitirlo ni ilusionar a la Uchiha.
Pero desde que ambos se besaron en esa penosa situación, algo en ellos había despertado.
Llámenle curiosidad, deseo o apego, pero no querían decirlo directamente.
Shikadai no podía verla a los ojos sin un motivo aparente. Lo ponía nervioso después de que ella lo besara con ese descaro y miedo.
No lo esperaba, pero tampoco lo rechazaba.
Sin embargo, había un asunto más importante para resolver en ese momento.
—Te prometo que después hablaremos de esto... —espetó.
Sarada simplemente se ruborizó. Giró su rostro al otro lado, mientras se dibujaba una pequeña sonrisa.
En UzuNara, los asuntos más importantes comenzaban a recaer en las manos de Kakashi.
Kawaki comenzaba a interesarse en otro tema que lo inquietaba y lo atraía.
El peliplata creyó que lo mejor sería que él mismo se encargará de algunos asuntos, como el chequeo de los contenedores y el recuento de productos.
Además, en una semana vendría un cliente importante de la capital de Iwa, lo cual lo tenía muy nervioso, ya que el 'Uzumaki' se desentendía del trabajo.
Cuando se encontraba en su oficina, Ino fue a visitarlo. No como la gerente que era, sino como una vieja conocida.
Llevó dos tazas de café y se presentó sin previo aviso.
—Ino, no te esperaba... —sonrió Kakashi, mientras escribía en la computadora.
—Pues, aprovechando que no está el intenso de Kawaki, quise pasar para charlar un rato con vos—exclamó y se ubicó frente a él.
Le cedió una de las tazas y ella comenzó dando el primer sorbo.
—Te lo agradezco... —Kakashi hizo lo mismo, abriendo sus ojos ante la delicia que estaba saboreando—¿Cómo has estado?
—Incómoda. Siento que desde que Shikamaru y Naruto no están, todo esto se viene abajo lentamente... –Ino cerró sus ojos y juntó sus manos—Realmente los extraño.
—No creas que a mí no me duele. Hasta ahora siguen sin saber nada y eso me intriga mucho—suspiró.
—¿Por qué lo trajiste? ¿Cuál era esa promesa?—espetó en voz baja.
—Lo siento, Ino. Eso no puedo decírtelo. Era un secreto entre Naruto y yo...
Frustrada por su intento fallido, Ino sólo asintió.
Kakashi sentía una gran presión sobre su espalda. No sólo por la empresa, sino por la vida del Uzumaki que acababa de llegar.
—Esperemos que pronto sepamos qué sucedió con ellos—sentenció y vació su taza.
Ino las juntó y se levantó para regresar. Antes de irse, dijo una última frase:
—Sé que esto no quedará así. Estoy más que segura.
Cuando el viento comenzó a soplar más fuerte y la luz del día bajaba su intensidad, los dos prófugos regresaron al punto de donde no debieron salir.
Al abrir la puerta, Shikadai suspiró y levantó su cabeza para enfrentar lo que les correspondía.
Al escuchar ruidos, la única persona que los recibió fue Chouchou.
Sarada se mostraba aterrorizada y notaba la mirada desafiante del Nara.
Chouchou y él se quedaron unos minutos así, sin decirse ni hacer nada.
La que rompió aquella barrera fue la novia de Shinki, quien se acercó rápidamente al Nara y le propinó dos cachetazos fuertes.
El choque de su palma con las mejillas del moreno, fueron dolorosas ante la mirada de Sarada.
—¡¡¿¿Cómo se te ocurrió irte así??!! ¡¡NO TE DAS UNA IDEA DE LO FURIOSO QUE ESTÁ SHINKI!! —el rostro de la morena se había deformado por completo. Tenía sus brazos cruzados y no dejaba de ver a Shikadai.
—¡Lo siento, pero era un riesgo que debíamos tomar!
—¿¿A costa de sus vidas o su libertad?? —se acercó y le tironeó del lóbulo de la oreja izquierda—¡Sos peor que un chico caprichoso!
Shikadai sobó el área y bufó.
En el instante que estaba por agregar algo más, su primo regresó.
Al verlo nuevamente frente a sus ojos, se lanzó hacia él, sujetándolo de la ropa y arriconándolo.
—¿¿SE PUEDE SABER EN QUÉ MIERDA ESTABAS PENSANDO?? —sus ojos mostraban la ira.
—Fui a buscar pruebas, Shinki. De lo contrario... —se excusó el moreno.
—¿¿DE LO CONTRARIO??—soltó a su primo. Colocó su índice y pulgar sobre su ceño—¿Te das siquiera una idea del peligro que es que ustedes estén allí?—estiraba su mano, señalando la ventana—¡¡ESTÁN PRÓFUGOS DE LA JUSTICIA!! —espetó.
—¡¡LO SÉ!! —finalmente, Shikadai alzó su tono de voz—¡¡PERO NO PUEDO SEGUIR ESPERANDO A QUE EL TIEMPO PASE!!
Chouchou y Sarada observaban a los hombres. La Uchiha estaba encolerizada, pero comprendía la bronca de Shinki y la Akimichi.
—¡¡ESTAMOS PLENAMENTE CONSCIENTES DE NUESTRA FALTA, PERO NO POR ESO SHIKADAI SERÁ REGAÑADO!! —la azabache no contuvo sus palabras, el Nara volteó a verla—ÉL Y YO NOS PUSIMOS DE ACUERDO PARA ARRIESGARNOS—señaló a Shikadai—. ÉL Y YO PASAMOS POR DESGRACIAS QUE NINGUNO DR USTEDES CONOCE EN CARNE PROPIA, SÓLO SON MEROS TESTIGOS Y CÓMPLICES POR TENERNOS AQUÍ—suspiró—¡¡ESTO SE ACABÓ!!
La chica, resignada ante las palabras que podrían ser usadas en su contra, decidió retirarse de aquella sala caótica.
—Esto no es un problema de Shikadai—añadió, dándole la espalda a todos—. A partir de ahora, también es mío.
Shinki y Chouchou estaban boquiabiertos.
Ella miró directamente a Shikadai con doble intención.
Esa mujer contaba con buena intuición.
—Lo único que diré—se acomodó la ropa—es que necesitaré de su ayuda, ahora más que nunca.
Shinki se alejó de su primo. Notó que Sarada dejó una computadora sobre la camilla.
—¿Qué es eso? —inquirió.
—Tengo un plan, pero necesito de la ayuda de Chouchou y tuya para llevarla a cabo.
—¿De qué se trata? —ambos lo miraban con atención.
El plan estaba poniéndose en marcha.
Horas después, Shikadai decidió tomar aire.
Sabía que Sarada estaría allí y podría contarle a detalle lo mismo que había hablado con Shinki y Chouchou.
Cuando puso un pie en el jardín, observó la mirada perdida de Sarada. Contemplaba las nubes que corrían sin destino. El frío comenzaba a hacerse presente.
—Es momento de que entres o pescarás un resfriado—espetó.
La chica volteó la cabeza y Shikadai notó que estuvo llorando.
El intento fallido de Chouchou para convencerla, no dejó para nada tranquilo al Nara.
Ella había abierto su corazón aquella noche y sabía de todo el dolor que sentía.
—Tranquila. Todo pasará—él se sentó a su lado, también contemplaba las nubes.
—Me gustaría despertar mañana, sabiendo que todo ha acabado. Quiero que él descanse en paz...—musitaba con congoja.
—Él está tranquilo, pese a todo lo que pasó. Debe saber que estás en buenas manos—sonrió.
—No sé qué hacer... —tapó su rostro— Tengo miedo.
Shikadai se ruborizó. En ese momento, recordó el instante en el que Sarada se había mostrado frágil y lo besó,dejándolo anonadado.
—Yo también estoy asustado, Sarada—ella lo miró fijo. Las orbes aguamarina comenzaban a acuarse—. Tengo miedo que te pase algo por mi culpa, por no saber cómo protegerte...
La Uchiha sentía su corazón cálido.
—No es necesario que te pongas así—la azabache captó la atención del Nara—. Me demostraste que sos capaz de lo que sea para protegerme...
Sus miradas se habían conectado.
Ella, notó que él jamás podría reemplazar a Boruto. Pero tampoco era un partido que deseaba perder.
Él, comenzó a dudar de sus propios pensamientos. Quería negarlo, omitir ciertos detalles, pero cuando hablaban en serio, él sentía que nadie mejor que Sarada podría entenderlo.
—Yo... —Shikadai rascó su nuca y desvió la mirada— Dije que no sabría qué eras para mí, si una niña o una carga.
Sarada bajó la mirada. Ella percibía que lo que había hecho, traería consecuencias en su búsqueda de la verdad.
—¿Entonces...?
—Pues... —carraspeó—Sos una mujer que vale muchísimo. Una mujer que ni la justicia, ni el enemigo o enemiga que nos espera, supo valorar. Una mujer con valentía y fuerza de voluntad, capaz de amar con intensidad y salir adelante gracias a eso... —Shikadai suspiró. Fueron demasiadas palabras para describir lo que pensaba de ella.
Sarada rompió en llanto. Sentía un profundo agradecimiento.
—¡Lo siento, no quería hacerte llorar! —extendía sus manos.
—No es de tristeza—secó sus lágrimas y aclaró su voz—. Finalmente, me di cuenta.
Shikadai no comprendía. Él frunció el ceño y observaba lo que la chica estaba diciéndole.
—¡Gracias por hacerme sentir viva! —sonrió.
El moreno contempló una sonrisa tan bella como cautivadora.
Entre todas las mujeres que había conocido, incluyendo a Yodo, nunca vio una muestra tan etérea de afecto.
Él comenzó a darse cuenta de que ella no era una mujer como cualquiera.
Era única y su admiración empezaba a tomar otra forma.
