Yodo observaba a casa instante su reloj pulsera.
Los minutos parecían eternos. Y más aún, estando frente a Kawaki.
El joven estaba tomando el té de tilo que había preparado.
Ella se sentía nerviosa. Sólo esa infusión lograba que mantuviera la compostura.
—Es una delicia—exclamó en un extraño tono.
Yodo sabía perfectamente las intenciones de los hombres.
Su percepción nunca fallaba.
—Y bien, ¿Cómo quisieras empezar tu entrevista? —inquirió con cierto fastidio, apoyando la taza en la mesa.
Kawaki esbozó una sonrisa ladina.
—Me extraña que una reportera no tenga un listado de preguntas para su futuro objetivo—enarcó una ceja.
—Simplemente no creí que fuera necesario—se excusó la rubia, manteniendo el tono arrogante frente al presidente de UzuNara.
—Creo que es momento de que uses tus habilidades para mostrarme tu talento, preciosa—se arrimó a la rubia y mostró una expresión seductora, mordiendo su labio inferior.
Yodo tragaba saliva. Su abasallante personalidad la intimidada.
No obstante, no podía mostrarse débil ante él o perdería su batalla.
—Bien, pero ninguna de mis preguntas podrá ser omitida. De lo contrario, cancelaré esta entrevista —buscó su celular y lo desbloqueó.
—Bueno, pero si tu novio interrumpe a cada instante, será difícil poder llevarlo a cabo sin distraerte—Kawaki sabía que su juego rendiría algún fruto.
Tarde o temprano, el turno de Yodo sería perdido.
—Él no se entromete en mis asuntos. Y vos tampoco lo harás en los suyos—una respuesta rápida para evadir sus insinuaciones.
Kawaki se acomodó en el sofá, estirando sus brazos en el respaldo y cruzando sus piernas.
—Soy todo oídos, my lady—Yodo comenzaba a molestarse.
Respiró profundo y trató de ordenar sus ideas.
Se planteó la idea de cumplir el papel de Shikadai y preguntarle cosas que serían de su completo interés.
Pero... ¿Por dónde empezaría?
—Araya, no te demores—pensaba.
Habían pasado 15 minutos desde que Kawaki se encontraba en su casa.
No tenía noticias de Araya y tampoco respondía sus mensajes.
Ya comenzaba a preocuparse.
Regresó a su lugar y prendió el grabador sin que el "Uzumaki" lo notara.
—Bueno, antes de cualquier pregunta, me gustaría saber tu nombre, edad, lugar de nacimiento... —comenzó diciendo Yodo.
Lo miró fijo, esperando cualquier respuesta de parte suya.
—Bien. Mi nombre es Kawaki Uzumaki, tengo 30 años y nací en Konoha. Como lo he mencionado, soy hijo de Naruto Uzumaki, presidente de UzuNara. Estoy soltero, pero muy interesado en una joven. Haré todo lo que sea necesario para conquistarla...
Yodo carraspeó e interrumpió.
—Ya que lo has mencionado, ¿Cómo llegaste a UzuNara? Hasta donde sabía todo el mundo, Naruto Uzumaki sólo tenía dos hijos: Himawari y Boruto.
Kawaki comenzó a tensarse. Le molestaba que una mujer lo ignorara.
—Pues, simplemente fue acto del destino. Algún día tenía que ocupar mi lugar en la empresa.
Respecto a sus hijos, no tengo la menor idea de quiénes sean. Jamás los conocí.
Yodo debía ser filosa y acorralarlo con sus preguntas, de lo contrario, no obtendría nada productivo.
—¿Conoció a Shikadai Nara, el hijo del socio de Naruto Uzumaki? —la rubia frunció el ceño. Podía percibir la incomodidad de Kawaki en plena forma.
Él rascaba su cabello con fuerza. Resopló y respondió:
—Ese delincuente fue el causante de la caída de la empresa. Fue muy difícil sacarlo adelante después de ese desfalco.
–¿Qué cree que sucedió con los presidentes y sus familias? Resulta casual su aparición justo después de la tragedia. ¿Se preguntó acerca de ello?
Kawaki hizo sonar los dedos de sus manos y cerró sus ojos.
—Pienso que fue algo que pasó y ya. No sé absolutamente nada acerca de lo sucedido.
—¿Qué pensaría si Shikadai Nara regresara a la empresa, tomando su puesto como presidente de la compañía, siendo usted el único que está ocupándola?
Kawaki tapó su rostro y resopló. Al quitar sus manos, transformó su rostro pacifico en uno extraño y malévolo.
—Él ni siquiera debería aparecer en la empresa. Su único sitio es detrás de las rejas, como el vil gusano que es—tensó su rostro, su vena frontal era claramente visible.
—¿Cómo piensa resolver el misterio Uzumaki - Nara? Naturalmente, debería tener una idea de cómo encontrar sus paraderos.
—Siendo bastante franco, my lady—bajó su tono de voz y volvió a arrimarse a la chica—, me conviene más que sigan desaparecidos.
El sudor frío recorría la frente de la rubia. Comenzaba a darse cuenta del grado de peligrosidad que mostraba Kawaki.
No obstante, trataba de disimularlo.
—Bien. Aquí culmina esta entrevista—se levantó de su lugar y se dirigió a un mueble cercano, lejos de la vista de Kawaki.
Allí tenía escondido su grabador. Lo apagó y cuando estaba por regresar, él aparece de repente.
—Creo que cumplí con todo. Es momento de que des algún tipo de recompensa—se acercaba a la chica con la firme intención de sostener su cintura y besarla.
Sin embargo, ella fue más astuta y lo esquivó sutilmente.
Los nervios la carcomían.
—Me parece muy desubicada la actitud que estás tomando—espetó con fastidio.
—Vaya, hasta hace un momento me hablabas con distancia. Creo que voy progresando—sonrió.
Yodo cruzó sus brazos y caminaba de lado a lado.
—Podríamos tomar algo juntos. Me gustaría conocerte un poco más... —insinuó.
—No me enredo en mis asuntos laborales, lo siento—respondió.
El timbre sonó y Yodo sintió que su alma volvió a su cuerpo.
—Era hora, Araya—decía para sí misma.
Al abrir la puerta, el panorama cambió rotundamente.
—Bueno, si tu novio llegó, es momento que me retire, querida Yodo—ironizó Kawaki.
Yodo aún no comprendía aquella presencia, pero era de mucha ayuda en ese momento.
—¡Al fin llegaste, amor! —la rubia se lanzó a los brazos del muchacho. Él supo amoldarse perfectamente a la situación.
—Seguime la corriente, por favor— suplicó en su oído.
Kawaki observaba al joven de cabellera rubia que entraba. Su perfume invadía la sala e incomodaba al Uzumaki.
—Un gusto, Jin—estrechó su mano y su saludo fue correspondido por Kawaki.
—Bueno, es momento que te vayas—sugirió Yodo.
—Amor, no seas así de insensible con las visitas—exclamó en un tono dulce y calmado.
Aprovechando la situación, se acercó a la chica y la besó sutilmente. Acarició su cabello y sonrió.
Atónita, Yodo debía continuar el juego o estaría perdida.
—Amor, necesito hablar algunas cosas con vos. Lo siento, Kawaki —esbozó una sonrisa falsa.
Kawaki guardó sus manos en los bolsillos y se dirigió a la salida.
Lo acompañó la rubia, mientras Inojin observaba desde el sofá.
—No me rendiré, Yodo—musitó el muchacho antes de retirarse.
—No quiero verte, Kawaki —cerró rápidamente la puerta y colocó seguro.
Dejó caer su cuerpo contra la puerta y tapó su rostro con sus manos.
Su cuerpo temblaba de miedo.
Inojin se acercó rápidamente y abrazó a la rubia.
—Ya estoy aquí. No pasará nada—Yodo se aferró con fuerza al muchacho.
—Gracias por venir, Inojin—sollozaba.
Sarada y Shikadai procedieron a salir de aquella habitación.
Se abrazaban con fuerza. Ocultaban el bolso lo mejor que podían.
—Tranquila, todo saldrá bien... —espetó el Nara, acariciando sutilmente la cintura de la chica.
Ella sólo se enfocaba en salir juntos. No toleraría que él se entregara para salvarla.
—¡Ey, ustedes dos! —una voz masculina les gritaba algunos metros más atrás.
Sarada observaba la situación. Faltaba muy poco para salir y la puerta, para su suerte, estaba abierta.
—Caminemos tranquilos, sino sospecharán—susurró Shikadai.
Pasaban frente a todas las habitaciones. El silencio reinaba en aquel hotel.
—Sólo un poco más... —pensaba Sarada.
Cuando estaban por salir, una mujer sujetó a Sarada, separándola de Shikadai.
—¡Aww, pero qué hermosa pareja! —ironizó.
La chica sujetaba el bolso y respiraba más rápido de lo habitual.
—¿Qué querés? —espetó con furia. Al querer acercarse a la mujer, Shikadai fue detenido por alguien.
—Ni se te ocurra... —susurró. Recordaba aquella horrible voz.
De hecho, Sarada recordaba perfectamente aquellos rostros.
Se paralizó.
La mujer la sostenía desde atrás.
—¿Saben? Nos dijeron que había ratitas husmeando lo que no deben, pensé que podrían haberlos visto—expresó la mujer en un tono sarcástico.
—Sólo vinimos a coger, ¿Les parece que pudimos haber tenido tiempo para encontrar esas asquerosas ratas?—respondió Shikadai.
Él miraba la expresión de miedo que Sarada tenía. Debía hacer algo y ya.
O estarían en graves problemas.
—Bueno, debo admitir que sos un hombre con el que cogería sin parar por más de dos horas—la mujer mordía su labio inferior y luego lo relamió—. Lástima que esta niña bonita no tuvo las agallas para complacerte, bebé.
La situación se les estaba yendo de las manos.
No obstante, Shikadai no era una persona que perdía una batalla fácilmente.
No sin haber luchado.
—¿Acaso podrías ser capaz de aguantar más de dos horas? Me sorprende que una mujer muestre su hambre sexual ante cualquier hombre—masculló.
La mujer comenzaba a enfadarse.
Quitó uno de los brazos que sujetaba a Sarada para señalarlo.
—Puedo hacer lo que sea, incluso matar a esta estúpida... —Shikadai sonrió.
—No lo creo... —espetó.
Ambos, en perfecta sincronía, derribaron a sus captores.
Sarada dio un fuerte codazo en el estómago de la mujer. Mientras que Shikadai procedió a dar un cabezazo al rostro del hombre que lo sostenía, rematándolo con un puñetazo en su mandíbula, haciendo que éste cayera rápidamente.
Shikadai tomó la mano de Sarada y corrieron hacia la salida.
Shinki quitó los seguros de las puertas, permitiendo que los muchachos suban más rápido.
El primo de Shikadai tenía prendido el motor antes que ellos salieran, así que les permitió huir más pronto de lo que pensaron.
En el asiento delantero, Shikadai tiró su cabeza contra el asiento. Suspiró y miró de soslayo a Sarada.
—Lo hicimos... —musitó y sonrió.
Sarada bajó la mirada y sonrió también.
—Sí, lo logramos.
Shinki observaba la escena de reojo. Por dentro reía.
Había comprobado lo que, alguna vez, su novia le había dicho.
—Buen trabajo, muchachos—expresó Shinki.
Al llegar a la casa, Chouchou se encontraba allí, dado que su tarea había culminado antes.
Los cuatro se reunieron en la sala.
Shinki prestó su computadora para chequear los datos registrados en el usb.
Shikadai comenzó a abrir una a una las carpetas.
—No puede ser... —espetó. Había un número que, particularmente, le llamó la atención.
—¿Eso qué quiere decir? —inquirió Sarada.
Shikadai la miró fijo.
—Este es el famoso desfalco.
—Entonces, el culpable sería...—respondió la azabache.
—Aún no tenemos las pruebas suficientes—exclamó Shikadai, con resignación.
Shinki resopló.
—¡Pero por culpa de ese idiota, estás en esta situación!
—¡Lo sé, Shinki! Pero si presentara sólo estos números, no serían suficientes para demostrar mi inocencia—sostuvo el Nara.
Chouchou ingresó a la conversación y agravó su voz.
—Shikadai, necesito que veas esto—le dio su celular.
Alli tenía una serie de fotografías que había tomado.
—Seguí a Kawaki. Justo en el momento en que los tipos llegaron al hotel, él se dirigió a ese lugar—aclaró.
—Pareciera que no es nada del otro mundo...
—No dirás lo mismo cuando veas a la persona que abrió la puerta—Shikadai llegó hasta esa imagen y centró su atención en la joven rubia que aparecía allí.
—Yodo... —tapó su boca. Sentía preocupación.
Sarada lo miraba con recelo.
—¿Por qué iría a ver a Yodo? —Shikadai entregó el celular a su dueña.
—Sencillo, Dai—acotó Shinki—. Ella puede tener sólo dos cosas con ese tipo: o algún tipo de relación o está arriesgando la vida por la investigación.
Shikadai sobó su mentón. Cualquiera de las dos opciones serían peligrosas para una mujer como Yodo.
—Tendrás que verla y preguntarle qué pasa con él —aconsejó Shinki.
—Pero ellos son ex novios, sería algo problemático si él le pidiera explicaciones así como así... —argumentó la Akimichi.
—La única manera de sacarle información, es que te acerques a ella con una intención amorosa—acotó Sarada. Su mirada se había tornado rígida e inexpresiva—. Supongo que cualquier mujer, estando enamorada y ese hombre la seduce, haría cualquier cosa por él.
—Pero eso significaría tener que retornar a esa relación que tanto daño me había hecho. No me parece justo...
—¡¡ES LA ÚNICA OPCIÓN, SHIKADAI!! —gritó Sarada.
Chouchou comprendió rápidamente la situación.
—Shinki, necesito que discutamos algo a solas—lo tironeó del brazo y lo arrastró al jardín, dejando a Shikadai y Sarada solos.
El moreno se sentía ofuscado. Sofocado con la idea de seducir a Yodo a cambio de información.
—¿Qué te sucede? Jamás habías hablado de ese modo—inquirió.
—Nada. Sólo quiero que esta pesadilla se acabe y así volver... —cuando se levantó, el Nara sujetó su muñeca.
Ella lo miró de soslayo.
—¿Qué sucede, Sarada?
Ella no podía disimular lo que pasaba por su mente.
—¡Me fastidia pensar que ella sigue enamorada de vos! —masculló.
Shikadai la observaba anonadado.
Comenzó a reír.
—Bueno, en tu lugar, yo también estaría celoso. No toleraría que un hombre se interpusiera entre nosotros así porque sí—exclamó con tranquilidad.
Sarada estaba ruborizada.
—¿Qué rayos estás diciendo?
—Eso mismo. Que creo que hay algo que nos está pasando a los dos. Sólo que no tenemos claro qué es...
Claramente. Ellos no podían declarar qué era lo que sentían realmente. Mas no podían negar que algo maravilloso había nacido desde el momento que hablaron a corazón abierto.
