La oscuridad de la habitación del Nara le permitiría poder tomar control de la situación, pero algo dentro suyo no marchaba bien.
Shikadai estaba acorralado contra la puerta y su potencial presencia que lo abrumaba.
Ella lo había domado completamente...
Hacía mucho tiempo que no estaba a solas con una mujer y sentía pena por sí mismo.
La torpeza y los nervios lo delataban.
Sarada reía. En su estado de ebriedad, ella lograba desafiarlo y lo tenía a su merced, cumpliendo con su rol de juguete sexual para la bestia que residía en la Uchiha.
Sorprendido por su actitud altiva, se dejó llevar por sus manos ávidas de placer.
Con delicadeza y precisión, Sarada recorrió cada rincón del torso desnudo del Nara.
Él jadeaba al sentir su aliento en su cuello, acompañado de suaves rasguños en su pecho.
Shikadai cerró sus ojos y trató de enfocar su atención en la mujer que estaba frente a él, implorándole que sacíe su hambre.
La Uchiha comenzó a bajar sus besos con la firme intención de llegar al punto de mayor éxtasis del muchacho.
Shikadai previó su jugada y la detuvo cuando estaba en su abdomen.
Levantó su rostro y lo llevó hacia sus labios.
Sujetó su cintura y la guió hasta su lecho, mientras flojaba su brasier debajo de su blusa.
Se alejó de ella y quitó ambas prendas, una después de otra, dejando al descubierto una de las grandes maravillas que ocultaba Sarada.
Sus senos eran medianos. De hecho, a Shikadai les gustaba así, ya que si fueran más grandes, le obstruiría la vista en cuanto al resto del cuerpo.
Cabían perfectamente en sus manos, robándole una infinidad de suspiros a su compañera.
El Nara las masajeó con suavidad y regresó a sus labios para demostrar que él también estaba dispuesto a todo esa noche.
Mordisqueó con sutileza y jadearon en sintonía.
Sarada admirada el torso delgado del azabache y miraba con lujuria al mucha Ho que se encontraba encima suyo.
Shikadai estaba aliviado, pues el alcohol comenzaba a marearlo un poco más y pensaba que podría perder estabilidad.
O, peor aún, que ella perdiera el equilibrio, rompiendo aquel clima candente que se encendía cada vez más.
Sarada buscaba arrebatar las prendas inferiores de Shikadai, sin dejar de besarlo.
En un impulso descontrolado, apretó con ahínco el miembro que, claramente, podía verse erecto bajo su ropa.
Shikadai gimió al sentir sus cálidas manos en su entrepierna.
La presión y la molestia comenzaba a manifestarse. No tenía otra opción.
Se bajó de la cama y comenzó a quitarse el pantalón cuán fiera salvaje.
Sarada actuó del mismo modo, esbozando una expresión lujuriosa que descarrilaba al metódico Nara.
Antes de continuar, buscó rápidamente en su mesa de noche y lo que sacó de allí, lo escondió bajo la almohada.
Sarada comenzó a reír y Shikadai soltó su cabello, mostrándose molesto por la actitud de la Uchiha.
—¿Qué te causa gracia? —inquirió mientras retomaba su lugar.
—Pues... —enarcó una ceja y llevó su mano directamente al miembro del muchacho.
Estremecido y pasmado, Shikadai dejó que Sarada cometiera un acto delictivo con su cuerpo.
Jugueteaba con él, moviéndolo con rapidez en sentido vertical. Una y otra vez, la mano de Sarada ascendía y descendía en el pilar que sólo pedía piedad.
—Sí seguís así... —jadeaba Shikadai, retorciéndose por el placer de sentirla tan cerca.
El muchacho se abalanzó hacia ella, besó su cuello con fiereza, haciendo gemir rápidamente a la muchacha.
Buscó lo que anteriormente había escondido y decidió colocárselo.
—Vaya, creí que tendrías algún tipo de juguete extraño o... —expresaba Sarada.
—Pero es un juguete de carne y sin hueso... —remató el Nara, burlándose de su compañera quien no dejaba de reír.
—Prefiero el plástico... —ella continuaba el juego, buscando que el muchacho retrucara cada bomba que arrojaba.
—Ya veremos si pensás del mismo modo cuando terminemos con esto... —en el momento que menos pensó, Shikadai se había acomodado entre sus piernas, esbozando una sonrisa traviesas, esperando por otra broma de parte suya.
—Ni te creas superior, tonto—espetó ya sin argumentos.
Sin esperar más, el Nara decidió que era momento de callar a la chica que sólo hablaba para molestarlo.
En un arrebato de placer, ambos estaban unidos.
El cuerpo de la Uchiha estaba en plena ebullición, exitando aún más al Nara al notar que su calor incrementaba que la chica gimiera sólo con sentirlo dentro suyo.
Sujetó las manos de la chica y los llevó a los costados de su cabeza.
Ya no tenía escapatoria.
Las estocadas fueron lentas al principio, para poder disfrutar y contenerse para no acabar de prisa.
Sarada no dejaba de jadear y forcejeaba con Shikadai para poder controlarlo.
—¿Estás segura que preferís los de plástico? —susurró y lamió el lóbulo de su oreja, estremeciendo a la chica.
—Ahora que sé cómo lo hacés, sigo prefiriéndolos—exclamó Sarada en un tono sensual.
Shikadai entrelazó sus dedos con los de ella y arremetió con más fuerza.
Sarada gozaba tanto de esa actitud, que arquea a su espalda y gritaba su nombre en cada estocada.
Siendo un partícipe activo en el juego impuesto por Sarada, Shikadai se aseguró la victoria al notar cómo ella alcanza fácilmente los orgasmos.
Su ego crecía y esto se manifestaba en el vaivén de sus caderas.
La presión que ejercía su miembro y su excitacion estaba en su máximo esplendor. Comprendía que sólo tenía poco tiempo.
Las paredes interiores de Sarada apretaban con fuerza, facilitando que Shikadai pudiera alcanzar su clímax en ese momento.
Ambos jadeaban. Sus cuerpos estaban mareados y algo confundidos.
Pero de lo que estaban seguros, era de que su deseo explotó en ese instante y en ese lugar.
Shikadai se alejó de la chica. Se quitó el condón y lo arrojó en un cesto de basura que estaba bajo el escritorio.
Regresó a la cama y dejó caer su cuerpo junto con el de su compañera.
—Era broma... —espetó en su tono normal y sereno— El tuyo es mejor que los de plástico.
Shikadai sonrió y se acercó nuevamente a la chica para besarla.
—Se nota que estás enamorándote de mí —Shikadai no podía perder a nada. Mucho menos en las bromas.
—¿Por qué lo decís? —respondió Sarada, extrañada por lo que podría decirle.
—Por un momento creí que profanarías mi precioso cuerpo y que me mantendrías secuestrado como esclavo sexual—cambió su tono de voz para parecer más gracioso—¡Diablos, señorita!
Sarada tapó su rostro con la sábana, apenada por lo que él acababa de decir.
—Pero creo que fue un gran comienzo, Sarada—agregó.
Él se acomodó y buscó sus cigarrillos.
Miró nuevamente a Sarada, quien había destapado sus ojos y lo espiaba.
—¿Te molesta si fumo? —Ella negó con la cabeza y él le regaló una sonrisa.
Se paró y se ubicó junto a la ventana.
Abrió apenas el vidrio y suspiró.
Sarada contemplaba el cuerpo de espalda de Shikadai y sonrió al recordar lo que habían hecho minutos antes.
La Uchiha despertó al día siguiente por unas voces que parecían discutir.
Se sentó en la cama y notó que aún permanecía en la habitación de Shikadai.
Buscó su ropa y salió a ver lo que estaba sucediendo.
Su cabeza estaba a punto de estallar. La resaca estaba por derrumbarla tarde o temprano.
Al abrir la puerta de la habitación del Nara, se encontró con Chouchou, que la miraba con la boca abierta y una alegría desmesurada, junto con Shinki que estaba cruzado de brazos y refunfuñando.
La Akimichi se acercó rápidamente a Sarada y tomó sus manos.
—No me digas que ustedes... —susurraba con alegría.
—Chouchou, hay problemas más importantes que eso—espetó el Sabaku No con fastidio.
La morena resopló y regresó hacia donde estaba su novio.
Sarada, confundida y cansada, se acercó hasta ellos.
–¿Sucedió algo? —inquirió dirigiéndose a Shinki.
El hombre respiró profundo y cerró sus ojos.
—Tuve que alquilar otro vehículo. Nos iremos de aquí por precaución—exclamó con seguridad.
—¿Por qué...? —Sarada estaba a punto de volverse loca con las escuetas palabras de Shinki.
—Shikadai irá a UzuNara. Shinki trató de detenerlo pero fue inútil—aclaró Chouchou, preocupada por lo sucedido.
Sarada sintió un dolor en su pecho que no podía describir. Ese mismo lo había vivenciado ese día, cuando Boruto expresó sus últimas palabras.
—No otra vez... —cuando la chica amagó para salir, Shinki la detuvo sosteniéndola del brazo.
—Lo siento, debemos retirarnos. De lo contrario, no podremos ayudarlo cuando nos necesite—espetó angustiado.
Shinki no demostraba sus sentimientos, pero cuando se trataba de Chouchou o Shikadai, ellos lograban tocar su corazón y hacer que él siempre exprese sus sentimientos hacia ellos.
—Aunque ahora me sienta impotente y furioso, él hace todo esto también por vos—exclamó mirándola directamente a los ojos.
Sarada estaba desesperada. Había olvidado cualquier jaqueca...
En su mente sólo podía imaginar a Shikadai metiéndose en problemas cuán niño travieso.
—Por eso es mi deber cuidarte para cuando él regrese con nosotros...
¿Qué sería de Shikadai cuando su juego se le vaya de las manos?
Yodo no podía soportar quedarse encerrada en su casa.
Se había colocado un vestido negro ajustado y cerrado, unos tacones del mismo tono y soltó su cabello rubio.
Trató de no maquillarse demasiado y salió con la sección de clasificados del periódico en mano.
Caminó con elegancia hasta la parada de taxis y tomó el primero que llegó.
Una vez que bajó, sintió una mano grande y fuerte que apretaba un pañuelo contra su boca y nariz.
De pronto, no tuvo suficientes fuerzas para forcejear y terminó desmayándose.
La arrastraron hacia un vehículo y se alejaron del lugar.
Cuando despertó, Yodo notó que estaba maniatada en una cama de un sitio que desconocía.
Además, la mordaza que llevaba impedía que pudiera pedir auxilio, sólo hacía algunos sonidos y esto alertó a su captor.
El hombre ingresó a la habitación y la rubia notó que éste llevaba un pasamontañas y un traje negro.
Sería muy difícil para ella poder identificar alguna característica del tipo si tenía su cuerpo cubierto.
—En breve, su amo estará aquí—espetó y se retiró sin decir más nada.
Sus manos estaban adormecidas. Sus piernas dolían.
Intentara lo que intentara, sería difícil escapar.
Yodo comenzó a llorar y sintió que debía haberse alejado de Shikadai para siempre.
Todo el tiempo que estuvo a su lado, fue sufrimiento para ambos y no debieron haber tenido tal relación.
¿Por qué seguía empeñada entonces?
En UzuNara, la tranquilidad reinaba las oficinas.
En ese preciso instante, Kawaki llevaba adelante la reunión que tuvo que posponer por culpa de la aparición repentina de Yodo.
—En breve leerán el testamento de mi padre. Con ese documento, quedará validada mi presidencia en esta empresa.
El silencio invadía la sala.
—Respecto al asunto de los Nara...—exclamaba mientras buscaba los papeles para continuar.
—No tenés nada que opinar de mi familia, maldito traidor—la puerta fue abierta intempestivamente, dejando sorprendido no sólo a Kawaki, sino a todos los demás.
Con su autoestima completamente elevada y las pruebas que tanto esperaba, Shikadai se presentó ante Kawaki, desafiándolo una vez más.
Ino sonreía al notar el cambio en su sobrino del corazón. El alivio y la esperanza de verlo allí, le daba la fuerza para levantarse y aplaudir su presencia.
—Creo que llegó tu hora, Kawaki... —expresó la Yamanaka y golpeó la mesa.
Dos potenciales enemigos.
La primera aparición de la competencia y el sospechoso de la desaparición de los Uzumaki y los Nara.
No pudieron contra el primogénito. No podrán contra su justicia.
Pese a todo, él será un prófugo en busca de la verdad.
