Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.
Resumen: Escenas borradas de los doce capítulos de Yuri On Ice, sometidas a cambios futuros.
¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas
Escena II: Oportunidades perdidas.
Yuuri abrió los ojos con desgana cuando sintió la luz del sol proyectarse directo hacía su rostro aquella mañana.
Removiéndose con incomodidad, las primeras sensaciones que alcanzó a distinguir una vez recuperó un poco de lucidez no fueron nada agradables: tenía un horroroso dolor de cabeza que le taladraba las sienes con saña, y su estómago, cabía destacar, tampoco estaba mucho mejor. Era como si una lavadora industrial le funcionara ahí dentro. ¿Qué rayos había sucedido? Levantándose poco a poco, al fin Yuuri se dio cuenta que estaba sufriendo los efectos de una borrachera de proporciones épicas. Dios bendito, no podía siquiera recordar la última vez que bebió tanto.
El alcohol y él jamás hicieron buena combinación, por eso evitaba en medida de lo posible ingerirlo ya que solía cometer grandes estupideces; justo como su padre. De tal palo, tal astilla, solía decirle Mari, su hermana mayor. Intentando mantenerse en pie, cosa difícil pues le fallaba el equilibrio ya que su sistema motriz no respondía del todo bien, se metió al baño para tomarse algunas aspirinas.
Nunca hacia uso de ningún medicamento en particular, pero la ocasión así lo ameritaba. ¿Cómo alcanzó a llegar sin tropezar aparatosamente con sus propios pies? Fue un completo misterio. Una vez ahí, Yuuri no necesitó buscar demasiado para encontrar las pastillas y, tomándoselas con ayuda de un generoso vaso repleto hasta el tope de agua, se miró al espejo. Yuuri soltó un gemido lastimero; sin duda su aspecto era terrible. Tenía el cabello revuelto en una maraña que le resultaría imposible desenredar, las gafas que siempre llevaba puestas fuera de la pista brillaban por su ausencia y gracias a ello pudo ver las antiestéticas ojeras que adornaban sus ojos e, incluso, también una incipiente barba le oscurecía mejillas y mentón.
Oh sí, lucía exactamente como un ebrio que se la había pasado bomba la noche anterior.
Maldiciendo entre dientes a su total imprudencia, Yuuri se decantó por darse un regaderazo para intentar sacudirse aquella horrible sensación de culpabilidad y, desnudándose -cosa sencilla pues, al parecer, sus pantalones habían desaparecido hacía ya bastantes horas atrás- permitió al agua tibia relajar cada músculo y terminación nerviosa, conforme oraba a cualquier deidad conocida que no hubiera protagonizado ninguna escena vergonzosa durante la fiesta del Grand Prix.
Lo llenaba de gran frustración el no poder recordar absolutamente nada al respecto; sobre su mente caía una densa bruma y a través de ella sólo tenía acceso a borrones difusos de cosas que ignoraba si eran reales o no. Cuando se emborrachaba, Phichit aseguraba sorprendido que se convertía en un Yuuri totalmente distinto; olvidaba la timidez tan característica en su personalidad y se desinhibía por completo.
Y es que sí, todo el tiempo luchaba contra sus propias inseguridades con tanta fuerza que resultaba en extremo agotador. Y el alcohol, en gran medida, lo liberaba.
Tras emitir un gruñido insatisfecho, finalmente Yuuri salió de la ducha. Con apenas una toalla rodeándole las caderas, buscó entre la ropa que había llevado consigo para vestirse con algo sencillo. No le costó mucho elegir unos pantalones deportivos y sudadera a juego. Entonces, mientras se colocaba los zapatos, se dio cuenta con pánico gracias al reloj digital que descansaba sobre el buró era más de medio día.
Apresurándose, Yuuri metió todas sus pertenencias en las maletas importándole poco tener que lidiar con un gran desastre cuando estuviera de regreso en Detroit y, al mismo tiempo, verificaba si su pasaporte, identificación y celular todavía estaban seguros en la mochila que llevaba consigo a todas partes al viajar.
Celestino le había dicho que necesitaban dirigirse al aeropuerto a esa hora y él ya iba vergonzosamente atrasado. Importándole poco no haber ingerido alimentos desde la noche anterior -tampoco le apetecía, en realidad-, prácticamente corrió hacía los elevadores creyendo se dejaría ambos pulmones durante el proceso. Las nocivas huellas de la resaca, concluyó. Una vez abajo, Yuuri se dirigió al Lobby encontrándose ahí a Celestino, quien dicho sea de paso, parecía demasiado tranquilo para alguien que quizá pudiese perder un avión.
—Al fin, bello durmiente —saludó Celestino con una sonrisa un tanto nerviosa, algo que no pasó desapercibido por Yuuri—. ¿Qué tal llevas la resaca?
—Bastante bien, supongo —dijo revolviéndose los cabellos. El dolor de cabeza todavía presente, pero era normal—. ¿Sabes dónde están mis anteojos? —quiso saber.
En toda respuesta, Celestino introdujo una mano en su chaqueta disponiéndose a hacerle entrega del armazón azul
—Aquí tienes.
—Oh, gracias a Dios -Yuuri verificó las micas por si tenían algún desperfecto—. Los lentes de contacto siempre terminan causándome irritación y, casi me dio un ataque cuando pensé que debía usarlos durante todo el viaje de regreso.
—Sí, bueno, afortunadamente fui capaz de recuperarlos en algún momento durante la fiesta —contestó él con incomodidad mal disimulada. Entonces toda sospecha que Yuuri pudo haber formulado en su cabeza terminó por confirmarse; de modo que sí se comportó de una forma inapropiada frente a todos los patinadores a quienes tanto respetaba, Victor Nikiforov incluido. ¡Que se lo llevara el demonio!—. Escucha Yuuri, sobre eso...
El chico Katsuki se apartó escondiendo así su rostro enrojecido. Ni siquiera podía mirarlo de frente gracias a la vergüenza.
—Prefiero no saber nada —lo interrumpió. ¿Sería posible que la tierra se abriera en ése justo instante para engullirlo de una buena vez? ¿O sería mucho pedir?—. Por favor...
Celestino frunció el entrecejo. Era verdad que vio a Yuuri cometer grandes imprudencias tras haberse pasado de copas durante la celebración del Grand Prix, incluyendo entre ellas bailar casi toda la noche con Victor, a quien a leguas pudo notársele un gran interés por su pupilo fuera del ámbito profesional, cosa que terminó encendiendo las alarmas de Celestino. Aquel ruso, a lo largo de los años se había forjado una reputación bastante turbia en cuanto a sus relaciones interpersonales respectaba. Todas las revistas del corazón y chismes por igual solían darse grandes festines con cada nuevo escándalo sentimental que rondaba la vida del patinador, cosa que sólo empeoraba porque Victor jamás negaba ni, mucho menos, confirmaba nada en particular.
Y Yuuri... Yuuri era demasiado inocente para su propio bienestar pues todo el tiempo sólo veía lo mejor de las personas. El pobre chico venía de una familia demasiado tradicionalista, vivió protegido hasta una edad adulta y si añadían también su personalidad tan retraída, sin lugar a dudas era una receta infalible para atraer problemas.
Además, en aquel estado de imprudente ebriedad el japonés terminó convirtiéndose en una presa segura a los ojos de alguien como Nikiforov. Pero Celestino, al poseer más experiencia debido a todos esos años de prácticamente vivir y respirar aquel ambiente, había conseguido quitárselo de encima justo a tiempo. Él no sólo debía limitarse a guiar a los aletas bajo su custodia dentro de las pistas o competencias, también fuera se sentía con la gran responsabilidad moral de cuidarlos evitándoles así caer víctimas de posibles malas influencias.
Y aunque Yuuri todavía no tomaba ninguna decisión respecto a qué haría con su carrera profesional, debía advertirle pues los medios de comunicación tan poderosos como las redes sociales le darían la noticia con menos tacto y delicadeza algún día.
—Te comprendo, aun así... —insistió él al recordar cómo literalmente necesitó despegar a Yuuri del campeón ruso, al cual entre sonrojos y una valentía impulsada por el mismo alcohol le pidió, sin pena ni recato, convertirse en su entrenador.
—No, de verdad —Yuuri volvió a negarse—. Si realmente me aprecias un poco, lo mejor será mantenme inmerso en la ignorancia, Celestino.
El hombre emitió un suspiró resignado. Bien, lo intentó, mas Yuuri era igual o mas terco que una mula cuando así se lo proponía. ¡Los jóvenes de hoy en día!
—Como tú quieras —accedió al fin—. Tenemos todavía una hora antes de marcharnos -le dijo consultando su reloj—; como fue una noche bastante agotadora para ti, creí buena idea dejarte descansar un poco mas. ¿Tienes hambre? ¿Quieres pasar al restaurante del hotel antes de irnos? Recuerda que va a ser un vuelo muy largo.
Yuuri le agradeció, sin embargo declinó la oferta.
—Puedo comer algo en el avión; en realidad preferiría que nos marchemos ya -pidió sujetando su maleta casi como si se tratara de una tabla de salvación—. Quiero volver lo más pronto posible a Detroit. .
—Siendo así, pediré un taxi en la recepción —dijo encaminándose al área con la intención de cancelar su estadía y emprender el viaje.
Gracias al cielo Yuuri no tuvo que esperar demasiado para que Celestino preparara todo lo necesario; en sólo veinte minutos llevo a cabo el check out, disponiéndose así a abandonar el hotel cuanto antes. Mientras los dos esperaban, sin pensárselo dos veces Yuuri bloqueó todas las notificaciones donde pudo ser etiquetado -fuera cual fuera la red social- y que hacían referencia al desastre de la gala.
Se conocía lo suficiente y, si por algún motivo se le ocurría ver alguna fotografía que tuviera relación con aquel tema, sólo sentiría lástima de si mismo; ya no quería caer más bajo. Cuando el taxi finalmente llegó, con ayuda del conductor metieron el equipaje dentro del vehículo poniéndose así en marcha. Pese a los intentos de Celestino por hablar con él e intentar hacerlo sentir mejor, Yuuri creyó más productivo mirar a través del vidrio polarizado como los edificios quedaban atrás conforme avanzaban. Y se sintió, en cierto modo, aliviado: al fin regresaría a casa.
Entre tanto, justo en el momento en que el taxi donde Yuuri se dirigía al aeropuerto abandonaba la zona de aparcamiento público del hotel, otro más arribó. Con bastante prisa, un hombre alto y de cabellos plateados bajo del transporte, no sin antes pedirle con educada amabilidad al chofer, aguardara por él por algunos minutos. Importándole muy poco que algunas personas tal vez lo hubieran reconocido, se dirigió cual huracán hacía recepción dónde una mujer de mediana edad cuyo peinado la hacía parecer terriblemente estricta, le recibió sin muchos ánimos.
—Buenas tardes —saludó haciendo uso de su magnífico Inglés—. Disculpe, señorita; estoy buscando a una persona que se hospeda en este hotel.
Ella lo miró sobre unas gafas de montura gruesa, evaluándole con austeridad—. Lamento informarle que por cuestión de seguridad no brindamos información referente a nuestros huéspedes a cualquiera, señor.
—Y la felicito por cumplir tan bien con su trabajo pero, en realidad se trata de un muy buen amigo mío —siguió insistiendo, aferrándose a la mentira—. Mi nombre es Victor Nikiforov —él sonrió con coquetería esperando así obtener lo que había ido a buscar—. Si fuera tan amable de llamarlo para decirle que lo estoy buscando, se lo agradecería infinitamente -entonces agregó—. ¿Sabe? Es nuestro último día aquí, luego cada uno regresara a su respectivo país por lo cual necesito hablar con él cuanto antes, por favor.
La mujer le dirigió una mirada desconfiada, empero gracias a la sublime actuación de Victor, buscó en el ordenador de todos modos—. ¿Nombre?
—Yuuri Katsuki.
Ella presionó algunas teclas y después enarcó la ceja-. Desafortunadamente no se podrá realizar el contacto, señor Nikiforov.
—¿Por qué no? —quiso saber comenzando a perder la paciencia.
—El joven Katsuki abandonó las instalaciones del hotel junto a su entrenador hace no menos de media hora —explicó—. Iban rumbo al aeropuerto justo en éste instante.
—Maldición.
Corriendo a toda velocidad rumbo a la salida, olvidando por completo sus modales, Victor subió al taxi una vez más pidiéndole al conductor que se dirigiera al aeropuerto lo más rápido posible.
No le llevaban mucho tiempo de ventaja; aún podría alcanzarlos.
Luego de celebrase la fiesta del Grand Prix, a Victor le resultó casi imposible desviar sus pensamientos hacía a otra cosa que no fuera aquel atrevido joven cuyos ojos lo miraron como si él fuera la persona más hermosa del mundo entero. Ser centro de atención de hombres y mujeres era ya, a esas alturas, normal para Victor, empero esa vez resultó ser totalmente distinta. Si bien era cierto que se consideraba un pésimo fisonomista, reconoció de inmediato al chico a quien, apenas horas atrás, le ofreció tomarse una foto conmemorativa y que, contra todo pronóstico, acabó rechazándole sin más. Y desde ahí la curiosidad no le dejó tranquilo. No al menos hasta que, armándose de valor -cosa en extremo sorprendente- lo invitó a bailar luego de verlo mantener una competencia amistosa en la pista contra el mismísimo Yuri Plisetsky.
¡Yuri Plisetsky, por Dios santo! El peor adolescente con problemas de actitud que hubiera conocido jamás.
Sí, de acuerdo, Victor no era ningún estúpido; sabía que el nuevo objeto de su total interés estaba borracho como una cuba cuando le pidió entrenarle. ¿Pero no decían que las personas bebidas hablaban sólo con la verdad? Y puede que Victor mismo hubiese abusado también del alcohol porque, aun cuando por todas partes tal asunto rezumaba locura, consideró seriamente llevarlo a cabo.
A sus escasos veintisiete años Victor Nikiforov, el astro ruso del patinaje y modelo a seguir de incontables novatos a nivel mundial, estaba ya cansado de competir, cansado de presentarse ante los cada vez más exigentes espectadores para intentar sorprenderlos, cosa que le resultaba más y más difícil cada nueva vez. Y entonces, como una revelación ése joven apareció permitiéndole ver en él una oportunidad, un escape seguro e, igualmente, la posibilidad de ayudar a alguien más a cumplir aquellos sueños que Victor mismo ya había alcanzado.
Sin embargo, sus planes parecían empeñados a no salir bien porque, justo a mitad de camino al aeropuerto, se vieron atrapados en un aparatoso embotellamiento de angustiante nivel.
—Perdón... —dijo al conductor tras darse cuenta pasaron diez minutos sin que lograsen avanzar un solo metro—. ¿Podría encontrar alguna manera de apresurarse?
Victor miró por encima del asiento del copiloto, como si con aquel simple gesto repentinamente los automóviles aledaños se harían a un lado permitiéndoles pasar.
—Con todo respeto, señor: ¿Usted cree que si existiera cualquier otra ruta no la hubiera tomado ya? —respondió lo mejor posible—. Nos llevará rato salir de aquí, por lo tanto le recomiendo tener paciencia.
Victor emitió un gemido por demás frustrado. ¿Conque paciencia, no? ¡Y un cuerno! ¿Cómo apelar a su lado más flexible cuando tenía un asunto de suma importancia por atender? ¡Y más aún porque Yuuri Katsuki estaba por tomar un vuelo a Detroit en pocos minutos! Empleado su teléfono celular, Victor verificó los próximos despegues con rumbo a Estados Unidos y, descorazonado, se dio cuenta que el que le importaba partía en cuarenta minutos. Era inútil; jamás llegaría a tiempo.
Y el asunto no mejoró. Aquel pesado embotellamiento parecía haberse extendido al menos tres cuadras más, comenzando a caldear los ánimos entre los automovilistas. Inclusive algunos de ellos ya estaban asomando la cabeza por la ventanilla, dispuestos a proferir algún insulto desagradable. Tras media hora de infructuosa espera, Victor al fin se dio por vencido y no le quedó más remedio que acomodarse contra el asiento mientras se preguntaba por centésima vez cuánto más tardaría en abandonar ése condenado taxi. Había esperado demasiado, reconoció. Debió actuar con mayor anticipación e ignorar los ácidos comentarios que Yuri, prácticamente, acabó escupiéndole al rostro durante el desayuno.
—¡No me lo puedo creer! ¿En verdad consideraste lo que ese asqueroso borracho te dijo anoche? -preguntó con desdén—. Mejor bájate de la nube, anciano. Si realmente estás interesado en jugar a ser entrenador, ¿por qué mierda no hacerlo con alguien que sí valga la pena? Además, nuestros compromisos todavía no terminan y tienes un contrato vigente, ¿recuerdas? Apuesto y no querrás a un montón de abogados tras tu trasero por incumplimiento, ¿verdad? ¡Piensa un poco más, idiota!
Victor y su sentido de responsabilidad sabían que Yuri estaba en lo correcto, sin embargo, por algún motivo idiota se le dificultaba pensar en esos detalles.
—¿Están hablando de Yuuri Katsuki? —quiso saber Mila con interés, ocasionado que Plisetsky soltara un bufido—. Casualmente Sara me dijo ayer que ambos se hospedaban en el mismo hotel -soltó la información a bocajarro—. Con semejante actuación anoche puedo asegurarles todavía no se atreve a poner un pie fuera de la cama.
Victor, en toda respuesta, sólo se levantó disculpándose con sus compañeros por abandonar la mesa dónde habían desayunado, de tal modo descortés. Conocía a Sara Crispino sólo de vista, pocas veces habló con ella, pero sabía bien esas dos eran amigas desde hacía muchos años atrás y la información podía ser considerada confiable.
Y eso fue todo cuánto Victor necesitó para ir a buscar al chico Katsuki. Quería ofrecerle un trato; uno que seguramente no podría rechazar. Sin embargo, por desgracia su oportunidad se había esfumado cual humo entre sus manos, haciéndole sentir una terrible frustración.
En ése momento volvió a la realidad cuando escuchó a su teléfono sonar con desmedida insistencia; un sólo vistazo al número y supo que se trataba de Yakov. Y si apostaba a lo seguro, el entrenador no debía tener los ánimos suficientes para lidiar con sus excentricidades.
—¿Diga?
—¡Vitya! —bingo—. ¿Dónde rayos te metiste? Quito mis ojos de ti un segundo y desapareces, tal como es tu maldita costumbre —le gritó al otro lado de la línea—. Así que no me interesa en lo más mínimo qué rayos haces ni con quién, pero vuelve aquí ahora! ¡Es una orden!
—Bien, lo lamento.
El regreso a Victor le supo amargo en demasía. De ahora en adelante iba a estar sumamente ocupado con el armado de sus rutinas para las próximas competencias, y le resultaría imposible abandonar Rusia por un extenso periodo de tiempo. Además Yakov y su equipo no lo dejarían en paz; su libertad se vería limitada considerablemente.
Haciendo un cálculo mental, llegó a la conclusión que eran sólo unos cuantos meses a lo sumo, luego podría hacer cuánto quisiera.
Y, en honor a la verdad, ya tenía una idea bastante clara al respecto.
