Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.
Resumen: Escenas borradas de los doce capítulos de Yuri On Ice, sometidas a cambios futuros.
¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas
Escena III: Phichit Chulanont.
Viajar desde Sochi hasta Detroit fue un verdadero reto.
Cuando finalmente aterrizaron en el aeropuerto internacional de Detroit, Yuuri bien podría decir no le quedaron ánimos suficientes para subir a un avión en mucho, mucho tiempo. Los dos habían llegado hechos trizas por las incontables horas encerrados en aquella cabina presurizada, aun cuando las escalas les permitieron mantenerse cuerdos hasta que finalmente tocaron suelo norteamericano. Pasar por inmigración y aduana, gracias al cielo, fue cuestión sencilla cuando mostraron tenían en absoluto orden todos sus documentos. Ahora sólo les restaba regresar a casa. Una vez abandonaron la terminal "A" por dónde arribaban los vuelos procedentes del extranjero, tras un breve recorrido hasta la salida dónde pidieron los servicios de un taxi, se sumergieron en las profundidades de Manhattan.
Yuuri ni siquiera tuvo ánimos de hacer o decir nada. Era tarde ya, más de medio noche y la gente a esas horas se encontraba en sus respectivos hogares descansando para al día siguiente dar inicio a la rutina, justo como él. Yuuri había tenido mucho tiempo disponible para pensar qué cosa iba a hacer de ahora en adelante, mas le resultó imposible decidir nada concreto.
No se sentía del todo seguro en volver al patinaje; su fiasco del Grand Prix le había dejado los ánimos por el suelo y el autoestima enterrada mucho más al fondo. Si bien Yuuri logró cumplir uno de sus más grandes sueños –patinar en la misma pista que Victor– la otra mitad del mismo jamás lograría volverse realidad. Yuuri no dudada que fuese bueno, en caso contrario bajo ninguna circunstancia hubiese conseguido clasificar a un evento tan prestigioso, sin embargo, su nivel de confianza solía mermar constantemente los arduos meses de trabajo duro que solía invertir cuando alguna competencia importante se aproximaba. Pero era algo que no podía controlar.
Los nervios y la inseguridad en si mismo solían sabotearlo sin consideración ni modales todo el maldito tiempo. Yuuri sonrió con ironía: tres años en terapia y aún le resultaba imposible controlar aquel aspecto tan patético de su personalidad. Vaya ironía. Restándole importancia, se dispuso a verificar el contenido de su teléfono celular dándose cuenta que había recibido incontables publicaciones con gentiles palabras de aliento a través de Twitter y Facebook, emitidos en mayoría por algunos fans. Ellos le apoyaban, diciéndole siempre podría volverlo a intentar. Pero aquel era precisamente el problema: Yuuri no estaba totalmente seguro si realmente querría patinar de nuevo.
Celestino le recomendó aprender de los errores pasados, no obstante, Yuuri no podía simplemente olvidar que hizo el ridículo ante millones de espectadores y gente con influencia dentro del medio. Más aún frente a Victor Nikiforov; su más grande ídolo y ejemplo a seguir. ¿Qué necesitaba para enamorarse una vez más del patinaje artístico? Llevaba preguntándoselo algún tiempo, pero encontrar la respuesta se volvía mucho más complicado cada vez. Respondiéndole a todos estaba muy agradecido por tanto apoyo incondicional, apagó la pantalla táctil dándose cuenta que ya recorrían las inmediaciones del vecindario dónde vivía. El conductor, tras corroborar hacía qué edificio debía dirigirse, no tardó en aparcar frente a un modesto complejo departamental.
—Intenta descansar lo más posible, Yuuri—le dijo su entrenador al bajarse del taxi—. Toma la semana completa y luego hablaremos respecto a qué vamos a hacer para la siguiente competencia, ¿te parece? —le recomendó, a lo cual el japonés asintió con educación—. Bien, entonces nos veremos en unos días.
Sin más, Celestino se marchó.
Arrastrando su equipaje, Yuuri se encaminó al inmueble creyendo que en cualquier momento colapsaría gracias al terrible cansancio que lo aquejaba. Una vez tecleó sin problemas la contraseña de acceso, también verificó la correspondencia; a veces Phichit solía olvidar llevarse los sobres dónde les enviaban algunas facturas correspondientes al mes. Dándose cuenta sólo habían cuatro, uno de ellos le llamó particularmente la atención. Era una carta con su nombre y había sido emitida por la misma universidad dónde cursaba sus estudios. Lleno de curiosidad, rasgó el papel para verificar el interior y las manos comenzaron a temblarle cuando leyó las líneas impresas. Sólo eso le faltaba. Estampando la tapa del contenedor dónde solían depositar la correspondencia sin mucho cuidado, se giró para subir al departamento que compartía con Phichit.
Sin lugar a dudas todo parecía ir de mal en peor. ¿Acaso Dios le castigaba por algo en particular?
—¿Yuuri? —alguien le habló, instándole a detenerse. Ahí, a sólo escaso medio metro, se hallaba Rebeca, su vecina del 14 B. La chica era de su misma edad y estudiaba medicina, los conocía a ambos pues algunas veces pasaban fines de semana jugando basquet ball en un parque cercano—. ¡Sabía eras tú! ¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido tu vuelo?
—Bien, muchas gracias —Yuuri respondió sonriéndole con amabilidad, tratando de disimular lo mejor posible su gran frustración.
—¿Te encuentras bien? Luces pálido —el japonés negó—. ¿Seguro? Parece como si se te hubiera bajado el azúcar —ella intentó sacar algo del bolso que llevaba colgado al hombro—. Puedo revisarte si quieres, no me tomará ni dos minutos.
—No es nada, quizá todavía me siento afectado por los cambios de horario tan drásticos —Rebeca sólo asintió no muy convencida, pero le creyó de todas formas.
El chico le caía bien, era agradable y siempre se mostraba atento.
—Siendo así te dejo o llegaré tarde a mi turno en el hospital. Es bueno verte otra vez, espero que Phichit y tú quieran reunirse con unos amigos para tener un juego amistoso —Yuuri le dejó saber estaría encantado, antes de verla desaparecer por la entrada principal.
Suspirando con resignación, finalmente Yuuri se montó en el elevador pues todo cuanto quería ya era irse a dormir durante todo lo que le restara de vida de ser posible. Más sus planes terminaron viéndose frustrados porque nada más puso un pie dentro del departamento, Phichit literalmente se abalanzó sobre él. Gracias al cielo Yuuri alcanzó a reaccionar o si no ambos hubieran terminado por caer sobre la desgastada alfombra en un duro golpe.
—¡Llegaste! —dijo el tailandés mostrándose feliz—. Sabía que lo harían hoy pero no a qué hora. ¿Qué tal el viaje? ¿Tienes hambre? ¿O sed tal vez? ¡Ya sé! Voy a preparar un poco de café para entrar en calor —Yuuri sonrió cariñosamente a la energía del otro chico pese a ser ya tan tarde—. ¿Vienes a la mesa o prefieres ir a tu recamara primero?
La expresión de Yuuri le dijo todo cuanto necesitaba saber.
Una vez sentados en la cama de Yuuri mientras bebían el café recién hecho, Phichit supo al instante que aquella sería una noche muy larga.
Si bien no hacía mucho tiempo que su mejor amigo había llegado directamente al departamento que ambos compartían a sólo escasas cuadras la Universidad Wayne State, Phichit lo sintió como una verdadera eternidad. El reloj marcaba ya las dos, más no le importaba en lo absoluto quedarse despierto algunas horas extras aunque sus clases comenzaran muy temprano esa mañana. Sabía perfectamente que Yuuri necesitaba hablar con alguien, desahogarse, sacar todas aquellas emociones negativas del pecho pues a la larga podrían causarle más mal que bien. Phichit había aprendido durante los últimos años de convivencia mutua que Yuri era en extremo inestable. Se tomaba muy a pecho las críticas u opiniones ajenas, sumergiéndolo así en una gran depresión. Justo como ahora.
De acuerdo, todos a esas alturas sabían que las competencias de talla mundial pocas veces trataban del todo bien a los participantes novatos que lograban alcanzar por primera vez una clasificación, pues ahí había ya muchísima competencia y presión en partes iguales. Los patinadores Senior que llegaban hasta ahí sacrificando sangre, sudor y lágrimas estaban dispuestos a pelear desesperadamente para ganar un glorioso lugar en el podio. No menospreciaba a Yuuri, empero a veces le resultaba un poco difícil creer que su amigo, quien sufría de manera regular grandes problemas de ansiedad y pánico, hubiese conseguido lidiar por si mismo con todas aquellas emociones conflictivas sin sucumbir al miedo.
Así, entre incómodos estira y afloja, Phichit lo escuchó hablarle sobre todas las aparatosas caídas que protagonizó durante su desastroso programa libre, la vergonzosa calificación final y, por ende, su épica humillación frente a millones de personas.
También le contó sobre su incómodo encuentro con Yuri Plisetsky, cómo el adolescente había dicho sin misericordia era un fracaso total y lo mejor sería que optara por dejar el circuito pues no estaba hecho para mediocres. Ahí Phichit necesitó hacer acopio de toda su privilegiada paciencia. ¿Quién rayos le daba permiso a ese mocoso de hablarle así a los demás? Indignado, quiso hacerle ver a Yuuri todas esas horribles cosas no eran otra cosa que viles mentiras, pero el daño ya estaba hecho. Yuuri Katsuki tuvo una caída libre hacía el profundo abismo de la depresión y no existiría poder humano capaz de hacerlo salir.
Fue entonces cuando Phichit se sintió culpable por no lograr hacerse con una puntuación lo bastante alta para llegar al Grand Prix ése año. Se mantuvo al pendiente, justo igual a cualquier otro amante del patinaje, siguiendo en redes sociales las noticias o viendo a través de difusiones en vivo a cada patinador. Y sobraba decir la fanaticada podía ser mucho más cruel que los mismos jueces que valoraban dicha competencia. Todos ellos enaltecían el nombre de Victor Nikiforov por todo lo alto del cielo, mientras a Yuuri lo criticaban sin parar, asegurando nunca lograría obtener algún logro destacable en su carrera deportiva.
Phichit hubiera querido decirles ellos no tenían una mínima idea sobre cuán duro Yuuri trabajaba para ser mejor, para superarse a si mismo, para enfrentar el gran problema emocional con que vivía cada minuto de cada día; sin embargo, sabía que pelear con un montón de gente idiota no era la solución ni por asomo. Yuuri necesitaba todo el amor y comprensión posible, un hombro amigo dónde pudiera encontrar consuelo y, justamente, Phichit sería quien se lo brindara.
Al irse de su país natal, estar lejos de las personas que le importaban apoyarse entre ellos mismos implicaba todo. En una ciudad dónde no conocían a nadie más allá de quienes los preparaban atléticamente hablando, debían brindarse ayuda mutuamente. Así que intentó hacerle ver a Yuuri que podía volver a intentarlo una vez más, prepararse lo necesario para dar lo mejor la siguiente competición, empero sólo recibió negativa tras negativa. Yuuri le dijo su perro había muerto justo el mismo día del Grand Prix y tal acontecimiento causó una gran pena en Phichit, aún pese a conocer al hermoso caniche sólo por medio de fotografías.
Ahora sabía cuál fue el detonante que propició aquel desastre.
—¿Qué harás ahora? —quiso saber, temiendo hacía dónde se dirigía la conversación.
—Todavía no he pensado bien en eso. Me siento tan cansando física y emocionalmente —dijo al recostarse contra el muro cercano a la cama—. ¿Y si lo arruino? Phichit-kun, me aterra el sólo pensar que voy a ser el hazme reír de todos otra vez.
Yuuri era un terco insufrible cuando así se lo proponía. Si algo se le metía en la cabeza entonces nadie lograba hacerlo pensar distinto y, cuando Phichit le preguntó si seguiría entrenando, el rostro ajeno respondió sin necesidad de emplear una sola palabra: no lo sabía. Yuuri no tenía idea sobre si continuaría su carrera o simplemente se daría por vencido.
—¡Pero las nacionales están muy cerca! —informó sin podérselo creer—. Apuesto que para ése entonces todo mejorará. Yuuri, eres una celebridad en Japón, vas a dominar la pista sin esfuerzo: confía en mí.
—No puedo hacerlo.
—Yuuri...
—¡Me avergüenza siquiera plantearme la posibilidad de volver! —Phichit se sorprendió ante tal revelación—. Soy débil y cobarde y no sé si podré soportar ver a las personas que durante toda mi vida han apoyado el hecho que vinera aquí para intentar seguir mi sueño. ¿No lo entiendes, Phichit-kun? ¿Qué les voy a decir? ¿Qué Plisetsky estaba en lo cierto? ¿Qué tuvo razones de sobra para decir soy un fracasado bueno para nada?
El joven de piel morena frunció los labios en un gesto inconforme. No le dejaría seguir incursionando por ése camino.
—Escúchame Yuuri —dejó su taza vacía en un mueble cercano, disponiéndose luego a tomarlo de las manos—. Nunca has sido ni tampoco serás un fracasado, y no tiene por qué importante lo que Yuri Plisetsky diga sobre ti pues no te conoce tan bien como yo lo hago; no sabe que eres un chico increíble con muchísimas virtudes, ¿queda claro? Y aunque ya hemos tocado este tema antes con tu psicóloga, necesitas saber que quienes te apreciamos, bajo ninguna circunstancia nos hemos sentido decepcionados de ti porque siempre has dado lo mejor a todo cuanto haces.
—¿En serio? —Yuuri murmuró bastante inseguro, sin creerle.
—¡Por supuesto que sí! —afirmó sin dudar—. Sea cual sea la decisión que tomes voy a seguir apoyándote. Si deseas volver al hielo entonces juntos vamos a intentar llegar al cuatro continentes y, de ser posible, también competiremos en el campeonato mundial.
Yuuri desvió su rostro hacía otra dirección, sintiéndose como un idiota al recordar la última vez que vio al ruso.
—¿Con Victor Nikiforov ahí? Yo lo dudo mucho —Phichit reprimió el gemido exasperado que pugno por salir de su boca—. Recibí una carta del consejo técnico universitario —le dijo con preocupación, cambiando drásticamente el tema—. Como he estado en competencia durante los últimos meses, debo recuperar las clases perdidas porque si no reúno los créditos suficientes para graduarme, voy a necesitar inscribirme otro año.
Phichit dejó escapar un ahogado "oh"—. ¿Tus padres ya lo saben?
—No —dijo y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Todo estará bien —acortando las distancias, el tailandés lo arrastró en un abrazo rompe huesos para hacerle saber no iba a abandonarlo durante aquel difícil proceso—. Vamos a salir juntos de este bache, ¿de acuerdo? Tú sólo confía en mí.
—Eso espero yo también, Phichit-kun; en verdad que sí.
Sin embargo, ni Yuuri ni Phichit imaginaban que las cosas terminarían de un modo bastante desalentador para ambos al final de esa temporada.
