Los empleados de UzuNara aún no salían de su asombro.

Observaron cómo los oficiales llevaban a Shikadai Nara, quien había permanecido prófugo desde hace algunos años.

Él no se mostraba sorprendido ni ofuscado.

Ino grabó en su mente ese pequeño esbozo de sonrisa en el rostro del Nara.

Se aferró a las pruebas que dejó antes de que todo se derrumbara y los siguió.

Un oficial la detuvo. Ino deseaba volver a verlo, preguntarle muchas cosas, pero no era posible.

—Estará en la comisaría del centro. Aún tiene que declarar ante el fiscal que lleva adelante su caso y ver cómo resolverán su situación—explicó el policía.

Ino se mostraba nerviosa.

—¿Lo trasladarán a un penal? —inquirió angustiada.

—Dependerá sólo de su culpabilidad o inocencia.

Ino cerró sus ojos y rezaba porque su situación se resolviera antes de lo previsto.

—Todo saldrá bien... —trataba de convencerse.

Shikadai estaba en una celda bastante extraña.

Una habitación con dimensiones semejantes tanto de ancho como de largo.

Había dos pares de camas superpuestas y, en el extremo derecho, apenas cubierto con una precaria manta, un inodoro.

Shikadai se encontraba en la cama de abajo a la izquierda.

Tenía ambas manos en su nuca y sus ojos semiabiertos.

Los compañeros de celda murmuraban y reían entre sí.

El Nara los miraba de soslayo. Trataba de mantenerse sereno para evitar cualquier conflicto.

—Cuando dijeron que vendría carne fresca, no creí que fuera de primera—exclamó uno de ellos.

El tipo, de contextura grande,altura que sobrepasaba cualquier puerta y un peso considerablemente desmesurado, se acercaba con claras intenciones de provocar al moreno.

Shikadai no se inmutaba. Su mente aún permanecía en su plan maestro.

—Niño, la estadía de los novatos depende de cuán caro pagan su hospedaje—el tipo se agachó y se apoyó justo al lado de la cabeza del Nara.

El hedor que desprendía el aliento del reo, era nauseabundo.

No soportaba que respirara a escasos metros suyo y que no tuviera reparos en mostrar sus dobles intenciones.

—Creo que está un poco desmotivado... —oyó decir a uno de los que se habían quedado atrás.

Shikadai chasqueó la lengua y cerró sus ojos.

En su mente aún permanecía la expresión de asombro en Kawaki.

El moreno era experto en reconocer cada gesto de las personas. Lograba captar rápidamente cuando alguien le mentía y eso incluía a Kawaki.

Él percibió la sorpresa al conocer los datos oficiales.

Eso lo tenía muy motivado y con sed de curiosidad.

—Creo que tendré que ser un poco rudo. Al ver que no colaborás,esto será... —espetaba el hombre.

—Fastidioso y completamente aburrido—respondió Shikadai.

Abrió uno de sus ojos y observó el rostro inquieto de su molesto compañero.

—Ya veremos si será molesto cuando la tengas adent... —inmediatamente, las manos del tipo se dirigieron a la parte inferior del cuerpo del Nara, buscando arrebatarle su ropa.

Bajo la atenta mirada del resto y sin ningún tipo de reparos, el hombre buscaba estrenar al Nara.

Él, ni lento ni perezoso, dejó que el tipo bajara la guardia para poder arremeter contra él.

Logró desabotonar y bajar el cierre de su pantalón, pero no más que eso.

El moreno había pateado con gran fuerza la entrepierna de su acosador, quitándolo temporalmente de su área tranquila.

Cuando éste sobaba su zona dañada, Shikadai le dio un gran puñetazo en el estómago y el gran goliat había caído.

Una vez en el suelo, Shikadai se subió encima de él y apretaba su tráquea tan sólo con sus dedos índice, pulgar y mayor; ejerciendo la presión necesaria para amenazarlo sin lastimar lo innecesariamente.

—Volvés a tocarme y prometo que te las haré pagar de por vida—amenazó en voz baja.

El resto observaba la actitud del moreno.

No entendían cómo el pilar de la celda pudo haber sucumbido ante el novato.

Shikadai los miró fijo, recordando cada uno de los rostros allí presentes.

Todos parecían atemorizados ante la actitud que había tomado Shikadai.

Él se levantó con tranquilidad y acomodó su ropa.

Inmediatamente, un guardia se acercó y notó al tipo en el suelo. Su rostro estaba tan pálido como el del hombre.

Los demás parecían curiosos y Shikadai sólo intentaba descansar.

—Nara... —los demás voltearon a verlo y abrieron sus ojos con gran asombro al escuchar su apellido—La fiscal desea verte.

Con su expresión desinteresada y fastidiosa, el aludido se acercó hasta la puerta de la celda. El oficial le abrió y colocó las esposas en sus muñecas.

Fue guiado por el mismo hasta la oficina donde lo esperaban.

Al abrir la puerta, una mujer de cabello color ceniza, con un corre extrañamente extravagante (mejor dicho, mal cortado) y unos lentes grandes que denotaban el grado de miopía que llevaba la mujer, lo recibió en su asiento.

En sus manos llevaba una pila de papeles.

El oficial corrió la silla frente a la mujer y Shikadai se ubicó allí. Le quitaron las esposas y él se sobó las muñecas.

El policía se quedó a unos escasos metros, observando la escena.

—Bien, desde hace tiempo esperaba hablar con... —cuando la mujer (de una edad aproximada a la de sus padres) lo miró por primera vez, se quedó atónita.

El Nara se sentía incómodo y algo perturbado después de la mala experiencia en la celda.

—¿Qué es lo que quieren? —respondió con parsimonia.

—Shikamaru... —espetó ella. Inmediatamente, fregó sus ojos y respiró profundo—Gracias a las pruebas reunidas, podremos avanzar en la investigación.

—¿Acaso serás mi abogada o qué? —inquirió con sarcasmo.

—Por supuesto que no. Sólo estoy encargada de la investigación. Conocí a tu padre y a Naruto Uzumaki. Por ese motivo, me asignaron este caso porque sabían que estaría completamente interesada en él.

—¿A mi padre? —que él recordara, jamás la había visto. Además, Shikamaru no solía hablar de mujeres y las que siempre estaban en sus relatos, eran Ino o Hinata.

—Mi nombre es Shiho y estoy a cargo de tu situación actual. La investigación ha avanzado considerablemente, aunque lamento informarte que deberás permanecer unos días o, incluso, semanas aquí.

Shikadai contaba con ello. Sólo pensaba en que todo haya salido como lo había planeado.

—Tengo algo que preguntarte, Shikadai—la mujer estaba seria. Juntó sus manos y apoyó sus codos en el escritorio.

Shikadai resopló y cruzó sus brazos.

—Te escucho...

Shiho cerró sus ojos.

No podía evitar encontrar a Shikamaru en su versión más joven.

No era sólo su aspecto físico, sino sus actitudes.

Esa mirada intimidante y, a la vez, desinteresada, era una mezcla de Temari y Shikamaru en sus momentos más serios.

—¿Por qué decidiste entregarte?

Shikadai esbozó una ligera sonrisa.

En su mente sólo podía evocar las facciones delicadas y risueñas de Sarada.

Las expresiones relajadas de su primo Shinki y las tontas bromas de su novia Chouchou.

Esos últimos años había aprendido a lidiar con sus impulsivos ataques de ira. Trató de tomarse las cosas con calma y avanzar con precisión.

Al conocer a Sarada, recordó que el amor no era sólo sufrimiento. Existía un sentimiento más allá de lo percibido, uno que no podía expresar con palabras.

Ella, finalmente, lo había cautivado.

—Tomé esa decisión porque es lo que haría un hombre seguro de sí mismo—Shiho lo miraba atentamente.

Una vez más, el espíritu de Shikamaru estaba hablándole.

—Lo siento, Shiho. No podría corresponderte jamás... —aquella voz que la había rechazado, regresó para recordarle que debía enfocarse en su trabajo.

—Por mucho tiempo huí de mi destino. Era momento de enfrentarlo como lo que soy, un Nara. Sé que, tarde o temprano, sabré qué sucedió con mis padres y la familia Uzumaki—con sólo nombrarlos, un sentimiento de ira e impotencia vuelve a él.

—Por eso, antes de presentarte en UzuNara, llamaste a la policía. ¿Cierto? —interrogó una vez más. Shikadai estaba siendo más franco de lo que parecía.

—Por supuesto. Había reunido las pruebas necesarias para poder estar en esta pocilga hasta recuperar mi libertad—aseguró.

—Bien. Respecto a tu situación, deberás rendir cuenta acerca de todo lo que estuviste haciendo este tiempo.

—Está bien, pero necesito asegurarme de que esta información sólo quedará en el expediente y ya.

—Así será. No necesito que lo solicites—respondió Shiho.

Era el momento de rendir cuentas.

No podía continuar escondiéndose.

Él tenía una verdadera razón para entregarse y esa era proteger a Sarada.

Kawaki manejó rápidamente hasta su mansión.

Estaba completamente enfurecido por la presencia de Shikadai en la empresa, pero...

¿Qué era lo que lo enojaba aún más?

Ver esos papeles lo habían desorientado.

Él tenía que ser el representante de Naruto y demostrar que su sangre sí era Uzumaki.

Así se lo había confirmado su padre.

Cuando llegó, colocó el seguro a su moto y entró rápidamente al interior de su hogar.

Boro había escuchado ruidos de objetos cayéndose y portazos que se acercaban más a él.

Dejó el adorno de Afrodita que estaba lustrando y se acercó a Kawaki.

—Creo que hoy no se ha levantado de buen humor, señor Kawaki —expresó con su tono cansino.

Kawaki se detuvo frente a su mayordomo y bajó la cabeza.

Su mandíbula comenzó a temblar, al igual que sus manos.

El hombre, de una experiencia inigualable, notó que su pequeño amo estaba devastado.

Jamás lo había visto tan vulnerable y sentía angustia por él.

Era extraño. Él siempre estaba de buen humor y con una actitud altiva que sólo Kawaki podía entender.

Aquel niño alegre, que cometía locuras en cualquier lado...

El muchacho que trataba son soberbia a todos, excepto a quienes lo rodeaban.

Él lo conocía perfectamente. Pero ese Kawaki, le resultaba completamente desconocido.

Boro se acercó un poco más a él y pasó su brazo por su espalda.

Kawaki apoyó su rostro en el hombro de Boro y dejó que sus lágrimas mojaran el traje negro que vestía su mayordomo.

—Estoy acabado... —murmuró y suspiró.

—Señor, usted podrá salir adelante las veces que quiera—intentaba consolarlo.

—Lo sé, pero siento que mis fuerzas se desvanecen...

Ambos escucharon el sonido de pies arrastrándose por la sala.

Kawaki abrió sus ojos y levantó su rostro.

Del otro lado, la persona que lo miraba con desdén, se sostenía de un bastón elegante que le había regalado él mismo para su cumpleaños.

Esa expresión de desprecio y decepción, era común verla en el rostro de Jigen.

—¿Qué significa esto, Kawaki? —en sus manos llevaba una tablet y la apoyó en uno de los muebles.

Kawaki se alejó de Boro y tomó lo que su padre dejó para él.

La noticia que estaba leyendo, hablaba de cómo Shikadai se había entregado a la justicia, contando con pruebas contundentes para probar su inocencia.

—¡Te he dicho que te ocuparas de esa raza! —Jigen abofeteó a Kawaki, haciendo que éste cayera al suelo.

El joven Uzumaki apoyó sus manos en el suelo.

—¿Por qué me mentiste...? —musitó.

—¿Qué rayos estás diciendo? —inquirió con soberbia.

—¿Por qué rayos me dijiste que Naruto no sabía de mí?

Kawaki levantó su rostro y apuntó directamente al hombre que lo había criado.

Jigen, inexpresivo y con una sonrisa burlona, resopló.

—Él nunca te quiso, Kawaki. ¡Que te quede bien claro!

Las palabras de Jigen eran contundentes.

Nunca podía responder nada ante eso y Kawaki jamás podía contradecirlo por todo lo que Jigen representaba en su vida.

—¡PARA NARUTO, NUNCA EXISTISTE!

¿Pero cuánta verdad habría en ello?

En algún sitio que desconocía, Yodo permanecía completamente dormida.

No sentía la necesidad de abrir sus ojos, ya que todo lo que veía eran imágenes de su antiguo amor, Shikadai.

¿Cuándo fue que todo se derrumbó?

Una y otra vez se preguntaba lo mismo, sin tener respuestas.

Recordaba la última vez que lo vio y escuchó.

Su sentencia la había condenado a la soledad.

—Yodo, no puedo más. Siento que estoy volviéndome loco y no tolero esta clase de cosas...

¿Por qué Shikadai aún permanecía allí?

¿Qué había pasado entre ellos?

La rubia lamentaba haber perdido a una gran persona como Shikadai, quien no hacía más que comprenderla.

Se odiaba por todo, pero...

¿Acaso estaba en plena conciencia de todo el daño que le había causado?

No quería seguir involucrándose en ello. Ahora, el problema era otro y verdaderamente grave.

Al abrir sus ojos, notó que ya no estaba amarrada.

Su cuerpo aún estaba débil pero podía moverse.

Miró a su alrededor. Parecía una sala de un hospital complejo.

Había máquinas desconocidas y una persona cerca suyo.

Estaba completamente entubado y conectado a múltiples cables que salían un gran aparato que se encontraba a unos metros más.

Yodo, con las pocas fuerzas que tenía, se levantó de su cama y caminó con desgano hacia esa persona.

Al estar lo suficientemente cerca, la rubia cayó al suelo de inmediato.

No podía creer lo que sus ojos estaban viendo y eso la tenía completamente desesperada.

Buscó algún tipo de información que le indicara algo más de lo que veía, pero no había nada.

La puerta del lugar se abrió. Una vez más, el hombre que había hablado con ella la primera vez, se presentaba.

Cruzó sus brazos y comenzó a reír.

—¿Qué es tan gracioso? —espetó Yodo con fastidio. Su cuerpo estaba demasiado cansado como para intentar huir o golpear al sujeto.

—Lo siento. Hubo cambios de último momento y te quedarás con él. Espero que no te afecte verlo en esa condición.

—¡¡POR SUPUESTO QUE ME AFECTA!! Ese hombre es alguien que realmente me interesa y me preocupa—exclamó con sinceridad.

—Bueno, será tu responsabilidad si ese hombre muere—agregó y se marchó sin decir nada más.

Yodo rompió en llanto. Volteó a verlo una vez más.

—¿Por qué?

Su imagen volvía a ella una vez más.

Shikadai aún permanecía en su corazón, aunque no del modo que ella creía.

Su trabajo...

Dependía de su fuerza de voluntad para poder salir de su situación.

—Necesito que despiertes y me ayudes. Shikadai nos necesita y ese tipo, Kawaki, nos está atormentando... —Yodo se acercó al hombre y tomó su mano—Necesito que despiertes, Naruto Uzumaki.