Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.

Resumen: Escenas borradas de los doce capítulos de Yuri On Ice, sometidas a cambios futuros. ¡Gracias por leer y comentar!


¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas
Escena V: Convergencia.

Con un gesto por demás mortificado adornándole las facciones, Yakov le dirigió una mirada a su mejor pupilo como si de pronto le hubiera crecido una cabeza más en el cuello, mientras se preguntaba, otra vez, por qué rayos debía lidiar con esto a sólo pocos días de las Nacionales.

Esa, sin duda, había sido una semana relativamente tranquila: práctica con sus campeones, reuniones con distintos patrocinadores interesados en invertir sustanciosas cantidades en publicidad y, por último aunque no menos importante, ponerse de acuerdo con la Federación para obtener los viáticos necesarios y así viajar a Chelyabinsk[1] sin problemas mayores. Ninguna ocupación fuera de lo común en sus actividades como entrenador, o al menos así fue hasta que Victor decidió solicitar una pequeña reunión con él temprano por la mañana.

Sobraba decir que nada más lo vio entrar presintió algo no andaba bien y, minutos después acabó de confirmarlo pues Victor le soltó aquella barbaridad sin molestarse en pensar, como siempre, si habría consecuencias.

Yakov se consideraba un hombre muy paciente, jamás hubiese conseguido llevar a tantos jóvenes a la cima de no ser así, pero Victor Nikiforov siempre lograba escapar a toda perspectiva. Era un atleta talentoso y disciplinado, sin embargo poseía una costumbre terrible: gustaba de ir contra las figuras de autoridad casi todo el tiempo, cosa que les acarreó algunos problemas al inicio. Yakov le conocía desde su más tierna infancia, habían compartido juntos incontables años de convivencia mutua dentro y fuera del hielo, permitiéndole saber cuándo algo parecía estar molestándole.

Justo como venía notando desde hacía meses atrás.

Durante su última competición Victor se mostró desanimado. Si bien entrenaba con el mismo ímpetu pues así acostumbraba desde muy temprana edad, la brillante chispa que siempre solía caracterizarlo entre todos los demás parecía débil, casi extinta. Y según Yakov era natural. Casi una vida entera en el mundo del patinaje lograba desgastar a cualquiera, por ende había sugerido varias veces le convenía tomarse un año sabático para recomponer energías; más Victor se negó alegándole una y mil veces se sentía bien para seguir en el circuito.

Pero no era cierto y se le notaba a leguas.

¿Lo peor? Yakov sabía bien que existían razones distintas al cansancio involucradas, e, incluso también, cuándo se habían originado: durante el Grand Prix Final anterior. O mejor dicho, en la gala para ser más específicos.

De sólo recordarlo le causaba gran vergüenza e incomodidad. Ese tal Yuuri Katsuki, sin mostrar ningún tipo de reparo gracias a toda la champaña que bebió como si fuese agua, se abalanzó sobre Victor frente a todos los presentes mientras le pedía, ebrio hasta la médula, volverse su entrenador algún día. Y, sin ánimos de exagerar dichos acontecimientos, contra todo pronóstico, Katsuki logró causarle una impresión tan fuerte a Victor, que tuvo la pésima idea de ir a buscarlo al hotel donde se hospedaba con tal de hablar con él. Y Yakov no era ningún estúpido; que prefiriera hacerse de la vista gorda era un asunto muy, muy diferente.

Victor Nikiforov, el tres veces campeón mundial del patinaje artístico, estaba sufriendo un encaprichamiento sin pies ni cabeza por un joven que no le convenía en absoluto.

Pero no lo creía de tal modo porque tuviera prejuicios. Aun cuando en Rusia el comportamiento u preferencias homosexuales eran condenados con gran rigor en muchas partes, en algún punto del camino Yakov debió aprender a tener la mente bien abierta. Él sabía que Victor mostraba flexible afinidad por ambos sexos, aunque se inclinase más hacía la compañía masculina en general, sin embargo, no le molestaba. Victor nunca fue descarado, siempre buscaba mantener un perfil bajo en todo momento volviéndole demasiado selectivo a la hora de elegir pareja, gracias a lo cual eran pocos los noviazgos formales que le conocía. Y lo encontraba lógico. Victor no era cualquier persona, se trataba de una celebridad en el vasto mundo del deporte y cualquiera mataría por ganarse al menos veinte minutos de su valiosa atención.

Y eso le convertía en un blanco fácil.

Todos los implacables rumores mal intencionados que la prensa solía repartir a diestra y siniestra, sólo sabían hablar sobre la terrible costumbre que Victor Nikiforov tenía de actuar como un rompecorazones insufrible. Pero estaban muy alejados de la bendita realidad. Sí, Victor poseía fama, dinero y una reputación envidiable; empero casi siempre estaba solo. Hasta entonces Yakov pocas veces intervino en su vida privada pues no lo creyó necesario, más ahora se vería en la penosa necesidad de hacerlo porque las cosas amenazaban con llegar demasiado lejos. Al parecer, Yuuri Katsuki logró, de un modo extraordinario, remover algo en Victor...cosa que ninguna otra persona consiguió hacer. Y eso despertó sus alarmas. Su pupilo era inteligente, pero también confiado y cualquiera podía sacar provecho fácilmente.

Nada le garantizaba Yuuri sería la gigantesca excepción a la regla. Último en tablas de puntuación, sin talento destacable ni mucho menos potencial y carecía de futuro. Victor tiraría su carrera por el vil drenaje si continuaba empecinado en ir por ése camino y, por su propio bien, no le dejaría hacerlo sólo porque un borracho cualquiera le pidió un imposible.

—¿Serías tan amable de repetirlo una vez más, por favor? —le invitó Yakov, su tono severo daba a entender cuan poca gracia le causaba tan incoherente asunto.

Más el joven de ojos azules le sonrió sin mostrarse amedrentado, antes de contestar con toda la seguridad del mundo:

—Quiero certificarme como entrenador ante la Federación Rusa de Patinaje —dijo con simpleza, como si hablara de preparar un condenado pastel.

Yakov, totalmente en desacuerdo, negó reiteradas veces dejándole saber tal petitoria estaba totalmente fuera de toda discusión civilizada. En serio no quería comenzar a gritarle tan temprano, por lo cual se obligó a tomar aire buscando así aplacar su explosivo temperamento. ¡Este chico acabaría matándolo tarde o temprano!

—¿Hay algún motivo por el cual creíste que esto sería una buena idea, Vitya? —quiso saber apelando a su lado más comprensivo; por desgracia no era muy grande.

—¿Debería? —respondió de vuelta con descarada inocencia. Yakov, en cambio, sintió a su estómago retorcerse debido al enfado.

—Oh, no lo sé; imaginaba que todo esto se debía al patinador japonés con quien parecías tan cómodo durante la gala del Grand Prix —la ceja derecha de Victor sufrió un ligero tic, pero fue todo cuanto demostró antes de recomponerse—. ¿A estas alturas vamos a intentar engañarnos, Victor? Creo que ya hemos aprendido que eso no funciona del todo bien. ¿Cierto?

El otro ruso hizo una mueca; pues sí, tenía razón.

—Aunque no se tratara de él, Yakov —reconoció al fin soltando un pesado suspiro—. Desde hace algún tiempo he pensado sobre ello.

—¿Por qué? —preguntó de vuelta—. ¿Planeas dedicarte a la formación de futuras generaciones una vez decidas retirarte del patinaje? —dijo casi con sarcasmo—. Si es así, lamento informarte quizá no sea el mejor trabajo para ti, Vitya.

Victor frunció el ceño. ¿Que no era el trabajo indicado para él? ¡Ni siquiera le estaba brindando una oportunidad! Ser desestimado de tal modo hería su orgullo en gran medida y, entre más le dijeran no podía hacer algo, entonces más se aferraba hasta conseguirlo. Yakov era casi un padre para él y lo respetaba, sin embargo Victor ya tenía edad suficiente para ser autónomo al menos por una bendita vez en su vida. Si quisiera, Victor hubiese podido armar todo un plan a espaldas del mayor, pero quiso hacer todo bien al expresarle sus intenciones y todo cuanto recibía a cambio era una rotunda negativa. ¡Pues no se daría por vencido tan fácil! ¡No señor!

—Ya tengo veintiséis años, tanto tú como yo sabemos que pronto deberé anunciar mi retiro, Yakov —le hizo ver—. Necesito un plan de apoyo para cuando ése momento llegue. ¿Es tan difícil de entender?

El aludido simplemente agitó su mano con desdén—. Te quedan al menos tres años de competencia activa, no seas melodramático.

—¿Y después? —insistió—. ¿Qué se supone que haré después?

Entonces Yakov observó a su pupilo bajo una luz muy distinta.

Parecía tan cansado, tan agotado de vivir en el mismo ambiente estresante. La vida útil de un patinador a veces resultaba ser efímera. Victor era una leyenda viva, pero casi estaba pisando el umbral de los treinta y en algún punto su cuerpo ya no soportaría los entrenamientos tan exigentes, menos aún con la lesión de rodilla que había sufrido durante sus épocas iniciales como Senior[2]. A veces, cuando se exigía demasiado, solía quejarse de dolor constante y aunque los médicos aseguraban no corría riesgo de desgaste total, debía extremar precauciones a la larga. Victor, como cualquiera en ése negocio, buscaba abandonar las pistas con dignidad, es decir, ostentando su título como un campeón en toda su gloria.

Y el entrenador meditó sus posibilidades.

Si lo dejaba hacer esto sería igual a blandir un arma de doble filo muy peligrosa. Por un lado le ayudaría muchísimo pues Yuri Plisetsky estaría debutando ése año en la categoría Senior; tener a disposición un coreógrafo del calibre de Victor sería una ventaja gigantesca. Pero existían también contradicciones a tomar en cuenta pues, corría el gran riesgo de que a la primera de cambios Victor abandonara todo para hacer su entera voluntad. Porque así era él: como la marea. Podía permanecer tranquilo sin causar mayor problema y al siguiente provocar una jodida tempestad tomándolos a todos desprevenidos.

Necesitaba pensar muy bien qué haría.

—¿Eres consiente que si decides aplicar a la certificación, vas a estar sometido a grandes cantidades de presión y estrés? —le hizo ver sin tapujos—. Cuando no estés entrenado, deberás tomar los cursos obligatorios que ofrece la Federación y, desde ya te advierto son personas muy serias. No toleran bajo ninguna circunstancia las irresponsabilidades.

—Lo sé —dijo, sintiéndose ganador—. Prometo hacer mi mejor esfuerzo; no voy a decepcionarte.

—Oye, espera un segundo; ¡aún no te he dado mi aprobación! —se quejó Yakov indignado.

—Lo acabas de hacer justo ahora —Victor le dio la espalda disponiéndose a emprender la retirada lo más pronto posible.

Y mientras lo hacía escuchó las iracundas amenazas de Yakov, sobre que no movería ni un dedo para llevar a cabo los trámites necesarios, así como tampoco se haría responsable por cualquier complicación futura pues necesitaba aprender a hacer todo por si mismo de ahora en más. Empero, sin prestarle mucha importancia, Victor abandonó el despacho del hombre mayor. Si, sería un camino largo a recorrer, pero le fascinaban los retos y al final del camino valdría cada segundo invertido.

Tarareando una canción alegre, Victor se dirigió hacia el área de vestidores disponiéndose así a comenzar su entrenamiento diario. Tan sólo necesitaba esperar unos meses más, sólo unos cuantos meses más y entonces buscaría a Yuuri Katsuki importándole poco si debía viajar a Japón, Estados Unidos o el mismo Polo Norte, más que dispuesto a ofrecerle la oportunidad de toda su vida. Y apostaba todas sus medallas que Yuuri aceptaría sin chistar.


[1]Chelyabinsk: Sede oficial del Russian Figure Skating Championship. Esta abarcó las fechas del 22 al 26 de Diciembre del 2016.

[2]En un fic hicieron mención respecto al tema, todo surge del capítulo dónde Victor asegura que Yuuri tiene una gran resistencia y no había sufrido ninguna lesión, cosa que da a entender Victor mismo si ha pasado por algo así en un punto determinado de su carrera. Me gustó la idea y la tomé prestada para estas escenas borradas.

¡Gracias por leer!