—¡Rápido, Nara!—exclamaba el guardia a cargo—No tenés todo el día... —golpeaba los barrotes con la cachiporra.

Shikadai, fastidiado por el ruido que resonaba en sus oídos, se terminó de colocar los zapatos.

Los compañeros de su celda lo miraban con recelo. Aún no podían creer que saliera tan rápido, después que estuviera huyendo de la justicia por tanto tiempo.

—Adiós, espero que se comporten y no molesten a otro infeliz que entre a esta celda—el moreno salió acompañado del oficial.

Escuchaba que los hombres gruñian e insultaban. Pese a que no podían verlo, no volvieron a tratar de molestarlo.

Eso hizo que su estadía en la cárcel fuera más relajada.

El pasillo era angosto y reflejaba poca luz solar.

Pero, en esa ocasión, el astro rey de la mañana lo encandilaba.

Podia oír perfectamente el canto de los pájaros y sentía una ligera brisa que revolvía su cabello suelto.

Shikadai sonreía.

En cierto modo, él era libre.

—A partir de mañana, todos los días a las 8 tenés que venir a firmar la condicional. En cuanto faltes una sola vez, no dudes en que te encontraremos y regresaremos a la pocilga de donde saliste, suertudo—espetó con un deje de rencor.

—De acuerdo. Procurá ser un poco más flexible con los inocentes... —ironizó y el oficial chasqueó la lengua.

Shikadai se adelantó hasta la salida y las rejas de la entrada se abrieron lentamente.

Cuando vio un pequeño espacio para salir, lo hizo.

Al otro lado, se encontraban su primo y su tío Gaara, ambos sonreían.

—Bueno, creo que la élite viene a mí... —bromeaba hasta llegar a su primo.

Le dio un fuerte abrazo y palmeó su espalda.

—Sabía que podía contar con vos... —susurró y Shinki lo abrazó con mucha más fuerza, haciendo que Shikadai tosiera por la falta de aire.

—¡REALMENTE SOS UN LUNÁTICO, DAI! —reprochaba y lo señalaba.

Esta vez, no podía ocultar las pocas lágrimas de emoción que guardaba.

El Nara se percató de ello.

—No pensé que llorarías por mi ausencia, hermano.

—¡¡CALLATE, CHIFLADO!! —Shinki dio media vuelta y secó sus lágrimas.

Gaara reía ante la escena.

Hacía mucho tiempo que no veía a su hijo tan emocionado y se alegraba volver a ver a su sobrino.

—¡Bienvenido, Dai! —extendió sus brazos y el Nara abrazó también a su tío.

La calidez al sentirlo tan cerca le recordaba tanto a su madre, que no podía evitar pensar en ella.

—Realmente estás hecho todo un hombre —revolvía su cabello—. Aún que es extraño verte con el cabello suelto. Te parecés tanto a Shikamaru que no podía imaginarte sin tu coleta.

Shinki volteó y sacó de su bolsillo una coleta para que se lo recogiera.

Shikadai asintió y lo ató.

Suspiró y sonrió.

—A partir de hoy, todo será diferente—el moreno levantó la vista al cielo.

En sus manos estaba la posibilidad de averiguar lo que realmente sucedió con sus padres. Eso lo motivaba.

—Bien, vayamos—Shinki se adelantó para encender el vehículo.

Gaara y Shikadai caminaban a la par.

—Estoy seguro de que tu novia se pondrá muy feliz de verte—acotó el Sabaku No. Miró a su sobrino de soslayo y notó que estaba ruborizado.

—¿No... Novia? —exclamó con nerviosismo.

—¿Acaso Sarada no es tu novia? —el pelirrojo sobaba su mentón mientras observaba la reacción de su sobrino.

Él desvió la mirada.

El que sólo le nombraran a Sarada, despertaba algunos vagos recuerdos de la última vez que se vieron.

¿Cómo actuaría ahora? ¿Ella recordaría lo sucedido?

Gaara comenzó a reír. Shikadai lo miró con extrañeza.

—¡Actuás idéntico a Shikamaru cuando le hablaba de Temari! —Gaara tapó su rostro—Él también sentía esos mismos nervios—suspiró —. Los genes Nara son increíbles...

Shikadai subió al asiento trasero, mientras Gaara se ubicaba del lado del acompañante.

Shikadai sentía una pequeña incomodidad.

Gaara volteó a verlo.

—Ella está bien, no te preocupes—sonrió.

Sentía alivio. Realmente deseaba verla y hablar de sus siguientes movimientos.

Lo primero que deseaba era regresar a su hogar. También, a UzuNara.

—¿Están hospedados en tu casa, tío? —inquirió Shikadai.

—Fue lo más acertado. Bajo la protección de mi padre, Sarada estaría a salvo—respondió Shinki mientras doblaba.

—Comprendo—se apoyó contra la puerta y miraba por la ventanilla—¿Hubo alguna noticia de Kawaki?

—Por lo visto, no ha regresado a la empresa, lo cual me llama la atención—acotó Gaara, despertando la curiosidad en Shikadai.

—No lo entiendo. Todo lo lleva a él... —suspiró —Sin embargo, algo no cuadra.

Shinki frenó frente al semáforo.

—Apuesto a que ya estás elaborando un sinfín de hipótesis y planes para ir contra Kawaki—exclamó su primo, mirándolo a través del espejo retrovisor.

—Podría ser—esbozó una sonrisa ladina.

Realmente, era momento de avanzar varios casilleros más, aprovechando el turno perdido por el contrincante.

Yodo abrió sus ojos una vez más.

Notó que estaba en una habitación distinta a la anterior.

También estaba sola. A su alrededor abundaba la oscuridad y la desesperación.

Recordó lo último que había visto: Naruto diciendo que Kawaki estaba en peligro.

¿Pero qué rayos sucedía?

La puerta de la habitación se abrió y alguien ingresó con una pequeña bandeja con comida y una jeringa.

Extrañamente, parecía una mujer. Aunque también estaba meticulosamente cubierta.

—¡Qué bella princesa ha traído el amo! —definitivamente, esa voz chillona era de una mujer —Lástima que se está tardando un poco en venir. Lo siento...

Le ofreció la sopa y Yodo desconfiaba de comer.

Sin embargo, el hambre la debilitaba y mucho más las inyecciones.

—¿Dónde estoy? —Yodo tenía que hacer uso de sus dotes de entrevistadora y tratar de atar cabos.

—¡Estamos en el lujoso escondite del amo! Deberías sentirte afortunada de ser la elegida—se sentó a los pies de la camilla—No cualquiera podría llevar adelante ese privilegio... —susurró y estiró su cuerpo hacia atrás.

—¿Privilegio? ¿Qué es eso que estás diciendo? —Yodo se impacientaba al escuchar las tonterías de su captora.

—El amo dijo una vez que cuando encontrara a la ideal, la haría suya a como diera lugar—la mujer hablaba tanto, que podría asegurar que esas palabras le hacían conocida.

¿Amo? ¿Privilegios? ¿De qué se trataba toda esa puesta en escena?

—¿Por qué Naruto Uzumaki está en este lugar y en ese estado? —Yodo bajó la mirada.

Se sentía impotente y deseaba escapar para avisar a la policía acerca del paradero del presidente de UzuNara.

La mujer se levantó de su sitio y se acercó lentamente a Yodo.

Apegó su rostro al suyo y comenzó a recorrer el cuerpo de la rubia con sus dedos índice y mayor.

—Eso no te incumbe, preciosa—Yodo dio media vuelta y resopló.

La visitante reía a carcajadas. Una que daba escalofríos.

—Son de lo peor... —espetó.

—No desesperes, bonita. El amo vendrá pronto y te dirá todo lo que quieras saber... —se paró una vez más y buscó la jeringa.

Sin que ella se diera cuenta, la mujer inyectó aquel líquido espeso que le generaba sueño, uno muy pesado.

—Adieu, preciosa. Es hora de dormir... —Yodo cerró sus ojos de inmediato.

No podía controlarlo. Estaba a merced de un enemigo que estaba fuera de su alcance.

—Inojin... —fue lo último que dijo antes de caer.

Sería muy complicado de salir. El destino de Yodo estaba en manos desconocidas...

Chouchou apretaba a Shikadai con todas sus fuerzas.

Pellizcó sus mejillas y lloraba desconsoladamente.

—¡¡NO TE DAS UNA IDEA DE CUÁNTO SUFRÍ TU AUSENCIA, IDIOTA!! —golpeaba su pecho mientras Shikadai trataba de consolarla.

—Perdón, me precipité. Ya estoy bien... —espetó con fastidio.

A decir verdad, extrañaba ese ambiente ruidoso que sólo Chouchou podía darle.

—¡NO ME DEJES ABANDONADA NUNCA MÁS, DAI! —expresó y espiaba de reojo la reacción de Shinki.

Éste sólo resoplaba y desviaba la mirada.

—Ya, dejá a Shinki en paz—acarició el cabello de la morena—. Yo también extrañaba verlos...

El cálido ambiente reconfortaba a Shikadai.

Nuevos aires renovaban el espíritu luchador del Nara.

—De todos modos, hay alguien que te extrañó más que todos nosotros—susurró.

Era cierto. Aún no había visto a Sarada.

—Papá, quiero enseñarle la huerta a Chouchou—las miradas cómplices de la pareja le daba un toque especial—¿Nos acompañás?

Gaara no era tonto. Los años le habían enseñado todas las artimañas de conquista y esta era una para que Shikadai tuviera su propio espacio.

—Por supuesto—los tres caminaron al jardín, dejando solo al Nara.

Shikadai volteó y contempló las fotografías de Gaara junto a sus hermanos cuando eran pequeños.

El cabello rubio de Temari siempre lucía reluciente y su sonrisa jamás se borraba.

Realmente la extrañaba.

—¡Bienvenido, Dai! —la armoniosa voz de la Uchiha estremeció al moreno.

Dio media vuelta y se encontró con la chica.

Vestía un delicado vestido negro, suelto a partir de la cintura hacia abajo. Ajustado en el busto y abdomen.

Tenía su cabello húmedo, dando a entender que recién salía de bañarse.

Shikadai, anonadado ante su presencia, corrió hacia la chica y la abrazó.

Hundió su rostro en el hombro de la Uchiha y se embriagó con su delicado aroma.

—Sarada... —la azabache acarició la espalda se Shikadai.

Ambos cerraron sus ojos.

—Te extrañé mucho... —susurró él, sorprendiendo a la azabache.

—Yo... Yo también —sonrió.

Ambos se separaron y se miraron fijo. Él contemplaba la belleza de las orbes oscuras de la chica.

Ella, la preciosa mirada aguamarina que no podía olvidar.

Ambos deseaban lo mismo.

Aunque ninguno pudo decir quién lo hizo primero.

Sólo se vieron envueltos en un beso apasionado que dejaron en claro que todo lo ocurrido no fue sueño.

Shikadai no pensaba en otra persona que no fuera Sarada.

Al igual que ella. Lo imaginaba día y noche, recordando las marcas de su apasionado encuentro.

—Gracias por protegerme... —susurró ella.

—Prometí proteger a la mujer que amo y cumplo con mi palabra, Sarada...

Así era él.

Shikadai podía seguir adelante gracias a Sarada.

—Mamá, finalmente encontré el amor... —pensaba mientras veía su fotografía.

Él no deseaba perder nada más. La protegería a como diera lugar.

Él era un hombre de palabra.