Shikadai se encontraba en el jardín, contemplando el amanecer en ese bello paisaje que recordaba desde que era pequeño.

La mezcla de aromas agradaba a cualquiera que la visitara y fomentaba la meditación.

Shikadai no necesitaba concentrarse, sólo con observar la naturaleza podía ordenar sus ideas.

Tenía muchos asuntos pendientes, mas no sabía por dónde comenzar.

Tampoco sería bueno acaparar todos los problemas al mismo tiempo, así que tendría que pensar fríamente.

No cabía duda que la búsqueda de su familia y la de los Uzumaki sería prioridad, pero no conocía personas en quién confiar.

A esa altura, no deseaba dejar el caso en manos ajenas sin tener un atisbo de confianza.

Al fin y al cabo, su reputación aún continuaba dañada y era su deber poder reconstruir aquella noble figura que su padre y abuelo supieron erigir.

—¿Un sábado despierto tan temprano? —la tranquilidad con la que le hablaba su tío Gaara era demasiado confortable.

El pelirrojo estaba vistiendo un elegante traje y en sus manos llevaba una pequeña taza de café que humeaba.

Su apariencia era el modelo a seguir por cualquier hombre. Siempre se mostraba apacible y sus palabras eran propias de una persona sabia, con grandes conocimientos del mundo.

—No estaré tranquilo si no comienzo a solucionar los conflictos que me impiden estar tranquilo—respiró profundo y bajó la mirada.

Recordó que a Sarada le había prometido ayudarla con el caso del asesinato de Boruto.

No olvidaba eso, sólo que esa era una prioridad al mismo nivel que el de sus padres, ya que de ello dependía la libertad de la Uchiha.

—Tratalo con calma. Confío en vos... —espetó el Sabaku No, acercándose a su sobrino.

Se ubicó a su lado y acarició una rosa roja.

Shikadai guardó sus manos en los bolsillos y suspiró.

Deseaba fumar y traer consigo uno de los aromas más significativos.

Sin embargo, era demasiado temprano para encender uno y realmente no tenía ganas que su tío le dijera algo al respecto.

—Aún no se lo propusiste, ¿Verdad? —preguntó de repente, dejando confundido a Shikadai.

—¿De qué hablás?—espetó. Frunció el ceño y lo miró fijo.

Gaara dio un sorbo a su infusión y dirigió su vista al Nara.

—¿Por qué aún no le propusiste matrimonio a Sarada? —inquirió sin dudar.

Shikadai se ruborizó de inmediato y comenzó a toser.

Le dio la espalda y comenzó a mover su mano para darse aire.

Gaara rió. Él amaba bromear e incomodar a sus parientes.

Gran parte de la faceta bromista de Shikadai la había heredado de su tío.

—No es que no quisiera—respondió sin verlo de frente.

Shikadai se sentía algo avergonzado. El amor era un tema delicado y reciente para él.

—¿Entonces? —Gaara dio el último sorbo y esperó la respuesta de su sobrino.

Shikadai resopló. Esbozó una sonrisa ladina.

—Si hago eso, tendría mucho más miedo que ahora...

—¿Le temés al matrimonio?

—No es eso. Va más allá de si le pido matrimonio o no... —miró sus manos y formó puños—Ella aún no está completamente tranquila después de lo que pasó en su vida.

Gaara escuchaba atentamente las palabras de Shikadai.

Su sinceridad era dolorosa, ya que podía notarlo en su tono de voz.

—Quiero que Boruto pueda descansar en paz y que sus asesinos paguen por lo que le hicieron—dio media vuelta y se topó con la intensa mirada del Sabaku No.

—Me parece correcto lo que decís, Dai—Gaara podía comprenderlo y acompañarlo.

—Amo a Sarada, pero también tengo miedo por ella... —cerró sus ojos—No sé contra quiénes esté enfrentándome y no quiero que la vuelvan a lastimar.

Gaara posó sus manos en los hombros de Shikadai.

—Realmente me sorprende cuánto has crecido, Dai. Tus palabras demuestran la madurez con la cual tomás las decisiones y eso es lo más importante—Shikadai sentía la esencia de su madre en las palabras de su tío—. Tu vida aún sigue en riesgo y eso lo tenés claro. Por eso, no estás dispuesto a que ella salga herida en esta batalla contra su destino...

Shikadai dejó caer sus lágrimas.

Él necesitaba esas palabras de aliento para encontrar una solución.

—¡Por supuesto que no! Sarada tiene que vivir tranquila y esa paz sólo podré brindársela cuando todo acabe—suspiró.

—¿Estás seguro de que ella así lo quiere? —su pregunta despertó una gran inquietud en el Nara.

—Pues... —rascó su nuca.

—Ahí tenés la respuesta—Gaara se alejó de él y se dirigió a la casa nuevamente.

Shikadai estaba atónito.

—¿Qué me aconsejás, tío? —gritó y Gaara giró su cabeza para mostrarle una gran sonrisa.

—Sos un Nara después de todo...—Shikadai se apenó por ello—Sorprendé a este hombre y verás el resultado...

Gaara abandonó a Shikadai con sus dudas.

Sabía que Sarada era una persona importante en su vida, pero también creía que sería peligroso que ella se viera envuelta en asuntos con tipos que desconocían.

Él no podía ignorarla y mucho menos descartar su ayuda.

Sarada había ganado su corazón con mucho esfuerzo y tenía que darle sus créditos por ello.

Además, no soportaría el hecho de salir adelante sin Sarada.

Shikadai posó ambas manos en su nuca y miró al cielo.

—¿Cuál es el camino más adecuado, papá?—pensaba mientras divisaba un grupo de aves que volaban rápidamente —Son en estos momentos en los que necesito de tus complicados consejos para retornar a mi camino.

Shikadai resopló y decidió que era momento de comenzar a trabajar en sus asuntos.

No deseaba perder más tiempo...

—Lo pensaré en el camino—susurró.

Shikadai había tomado prestado el auto que Shinki estaba utilizando, por lo que su primer parada fue la residencia Yamanaka.

Hasta el momento, Ino mostró completa lealtad a su padre y eso lo motivaba para poder buscar respuestas a su lado.

Al tocar timbre, una amable anciana lo atendió.

—Disculpe, señora. Estoy buscando a Ino—la mujer lo miraba con recelo—¿Podría avisarle que Shikadai Nara está aquí?

La señora cruzó sus brazos y sonrió inmediatamente.

Chasqueó sus dedos y sacó la llave del bolsillo para abrir la puerta.

—Mi señora esperaba su visita—cuando cerró, lo acompañó hasta el sitio donde estaba la Yamanaka.

La casa era exageradamente ostentosa. Propio de alguien como Ino.

En las paredes se podían apreciar cuadros que costaban más de lo que se imaginaba.

Los adornos, algunos de oro y otros de plata, hacían dudar de sí había llegado a la casa correcta.

Las dimensiones de la sala, Shikadai imaginaba que podría organizar una gran fiesta.

Realmente no podría imaginar cuán difícil sería mantener esa casa reluciente.

—¡Dai! —la rubia corrió hacia el moreno y lo abrazó fuerte—¡Cuánto me alegra verte aquí!

Shikadai respondió al abrazo y cerró sus ojos.

—Te lo agradezco, Ino—espetó.

La rubia lo soltó y tiró de su oreja, desconcertando al Nara.

—¿Y eso por qué fue? —Shikadai se sobaba la zona y se quejaba porque lo había tirado muy fuerte.

—¡Sos un irresponsable! —la rubia cruzó sus brazos y desvió la mirada—¿Te das cuenta de cuánto me preocupé por tu paradero? Encima ese idiota de Kawaki... —refunfuñaba e inflaba sus mejillas.

Shikadai reía.

—Vine porque quería hablar con vos acerca de eso y otros asuntos más— exclamó el Nara.

Ino comprendió que su sobrino del corazón estaba dispuesto a librar una batalla contra Kawaki.

No se lo perdería por nada del mundo, así que estaría dispuesta a ayudarlo.

Estaba aliviada de verlo caminar libremente. Aunque sabía que era condicional, pero no le importaba.

—Necesito que me brindes contactos para comenzar a buscar a mis padres. Supongo que vos o Sai deben saber de alguna agencia de investigación...

—¡Por supuesto! —enarcó una ceja e invitó a Shikadai a que se sentara en el sofá mientras buscaba una tarjeta en su habitación.

—Ya regreso—espetó y dejó a solas al muchacho.

Shikadai, en medio del caos interno, sonrió al encontrar la respuesta adecuada al acertijo de su tío.

Sarada siempre estaba en sus pensamientos.

Incluso cuando estaba concentrado en otros temas...

—Me asombra ver que el viento me trae algo bueno... —ese tono de voz burlón sólo podía ser de alguien que extrañaba.

Shikadai volteó a ver y se encontró con Inojin, su gran amigo.

—Lástima que esta belleza tiene que partir, los vientos nunca dejan de soplar—adquiriendo el mismo nivel de sarcasmo, Shikadai respondió a las palabras del rubio.

Éste rió y se acercó a su amigo. Chocaron puños.

—¿Cómo has estado?

—Supongo que mejor que vos—Shikadai había percibido un detalle en Inojin que sólo él podía ver.

—¿A qué te referís? —el Yamanaka estaba inquieto.

—Jamás tuviste ojeras y me llama la atención—Shikadai arrimó su cuerpo al de su amigo para comprobarlo—¿Qué te tiene así?

Inojin desvió la mirada y resopló.

—No he podido localizar a alguien y creo que está metida en un gran lío. Trabajé por muchas horas junto a un compañero suyo para encontrarla y no tuvimos éxito —respondió en voz baja.

Shikadai notaba la angustia en su amigo.

—¿Así que se trata de una mujer? —sobó su mentón.

—Sí,pero no es cualquier mujer—aseguró.

Shikadai frunció el ceño. Inojin jamás había sido tan misterioso al intentar contarle alguna anécdota suya.

Le resultaba extraña su expresión. Estaba preocupado y asustado.

—Quiero ayudarte, Jin—posó una mano en el hombro del Yamanaka, mostrándole su apoyo.

—Es que... —suspiró —esa mujer es Yodo—el rubio sabía de la relación de la rubia con su mejor amigo.

Por ese motivo, no se había acercado lo suficiente a la chica.

Inojin necesitaba quitarse la duda.

¿Shikadai aún amaba a Yodo?

Si él estaba interesado en la chica, ¿lo consideraría traición?

—Lo siento, Dai. Fue algo que no busqué...

—Jin—suspiró y sonrió—, tanto vos como ella son libres de elegir lo que quieran. Hace mucho terminó nuestra relación y no tengo ningún interés romántico en Yodo—resopló y dio media vuelta—. Me preocupa que ella esté en algún problema por tratar de ayudarme.

Inojin bajó la mirada.

—¿Cuánto tiempo hace que no la contactan? —volteó rápidamente.

—Varios días. Hemos contactado a un detective pero nos dijo que en su casa no hubo ningún tipo de movimiento extraño—cruzó sus brazos—. Entonces debe ser obra de ese tipo...

—No cabe duda de eso—su conversación tuvo que ser interrumpida debido a la presencia de Ino.

Ella traía la tarjeta en su mano.

—Dai,este hombre es quién contrató tu padre hace un tiempo atrás. Si confiaba en él, debe ser que su labor era buena—le cede la tarjeta y se acerca al moreno—. Te pido por favor que te cuides mucho—acarició sus mejillas—. Shikamaru y Temari deben estar muy orgullosos de tu madurez.

Una vez más, alguien le mencionaba lo mismo.

¿Acaso él no era maduro antes? ¿Qué era lo que él mostraba ahora?

—Te lo agradezco, Ino—Shikadai posó sus manos encima de los de la rubia y sonrió.

Ino siempre fue como una segunda madre, ya que en su memoria siempre estaba su familia.

Ino soltó a Shikadai y juntó sus manos.

—Jin, ¿Podrás acompañarme? —guiñó.

—Por supuesto—miró a su madre y ella asintió.

Sabía que, por más que interfiriera, su hijo intentaría ayudar a Shikadai.

Los muchachos saludaron a Ino y se retiraron corriendo.

La rubia cruzó sus brazos y suspiró.

Sólo rogaba que la justicia acompañara a Shikadai y le permitiera regresar a vivir como solía hacerlo.

Yodo despertó una vez más por la visita de ese maldito hombre.

Notó que estaba quitándole la ropa que traía puesta y le colocaba un vestido largo, muy elegante y ostentoso.

Era blanco y de una tela que no solía conseguirse en el país. Yodo lo conocía muy bien, ya que había viajado a otros lugares fuera de Konoha y ese vestido podía ser proveniente de Kumo.

Con delicadeza y paciencia, desenredó el cabello de la joven.

Yodo estaba demasiado sedada y su cuerpo no respondía a ningún estímulo.

Ella sólo se limitaba y observar todo lo que sucedía y trataba de guardar toda imagen en su mente.

Cuando hubo acabado, el hombre se retiró.

La cabeza de la joven daba mil vueltas. Ahora no podía encontrar una posible solución debido a su delicado estado.

Pero...

Nuevamente se abrió la puerta y Yodo por fin vio el rostro de alguien después de tanto tiempo.

—Perdón por este patético procedimiento, my lady—Yodo estaba demasiado sorprendida—. Era necesario para que cumplieras mis deseos.

Sus pasos resonaban en aquella habitación solitaria y fría.

Yodo deseaba huir y golpear a todo aquel que se interpusiera en su camino.

Pedía a gritos que la rescataran y olvidar que se había metido en un asunto delicado.

Ahora que podía verlo claramente, estaba segura de que era el culpable de todo lo sucedido en UzuNara y el que esconde la situación de Naruto Uzumaki dentro de ese sitio.

Ese lugar estaba plagado de información valiosa para Shikadai, pero...

¿Cómo podría salir de allí?

Su cuerpo estaba débil debido a las drogas que le inyectaban y ahora tenía que sumar un nuevo problema.

—Bueno, sabía que tarde o temprano te tendría sólo para mí.

Con su mano recorrió el contorno del rostro de Yodo. Ella respiraba agitada y el único método defensivo que tenía era llorar.

Sus lágrimas empaparon sus mejillas y el hombre se regocijaba de su angustia.

Con sus dedos bajó hacia su cuello y dibujaba círculos para aprovecharse de la desesperación de la chica.

Arrimó su rostro a la oreja de Yodo y mordió sutilmente su lóbulo.

—Esto será el comienzo, muñeca—susurró con lascivia.

La rubia sentía que todo estaba perdido. No tenía otra alternativa que ceder a él o morir en el intento de escapar.

Aunque la última opción era la más sencilla, no quería que la información acerca de Naruto se perdiera en su tumba.

La noche había llegado y los Sabaku No se habían reunido junto a sus invitados.

La cena hecha por Chouchou y Sarada era deliciosa.

Shikadai no se contuvo al comer la carne asada y Gaara no dejó pasar la ensalada de papa con huevo.

Shinki fue uno de los pocos en ser moderado al comer, ya que siempre predicaba que debía cuidarse.

Cuando todos acabaron, la mayoría se había reunido en la sala para ver una película de terror.

Todos, excepto Sarada.

Shikadai se percató de su ausencia y procedió a buscarla.

Primero fue a las habitaciones y a la cocina, pero no estaba.

Por último, se dirigió al jardín y ella se encontraba contemplando las flores.

El jardín de Gaara hinoptizaba a cualquiera. No podían dejar de admirar su belleza.

—¿Acaso le tenés miedo a los fantasmas? —espetó Shikadai y la azabache volteó a verlo, ruborizada.

—Desde niña le temo a los fantasmas. Es algo que aún no puedo superar... —se abrazó a sí misma—Por eso tengo miedo.

Shikadai desvió la mirada.

Se acercó a la chica lentamente.

—¿Cómo te has sentido en esta casa? —inquirió mientras levantaba los pétalos caídos de una rosa blanca.

Sarada sonrió.

—Gaara es muy amable y cálido. Realmente creo que ellos con una familia muy bonita.

Shikadai sintió el aroma del pétalo y suspiró.

—¿Qué responderías si te propongo que vivas conmigo en mi hogar? Es decir, en la casa donde he vivido en los últimos años, junto a mis padres—no podía verla directamente a los ojos.

Sarada estaba boquiabierta.

Tenía que admitir que estaba muy feliz por lo que acababa de oír.

—No podría volver si no es a tu lado—en sus palabras había un deje de nostalgia.

Shikadai estaba dispuesto a todo por Sarada, pero no deseaba arrastrarla si no quería.

Sarada estaba segura de su respuesta y no dudaría en hacerlo en ese preciso instante.

—Te lo agradezco, Dai—sonrió—. Pero creo que aún no estoy preparada para ello.

Shikadai no esperaba que Sarada lo rechazara.

La miró fijo y notó cómo rompía en llanto.

Él no estaba enojado, pero la curiosidad lo mataba.

—¿Por qué...? —ella corrió a él y lo abrazó.

—Tengo miedo, Dai—hundió su rostro en el pecho del moreno y apretó con fuerza su ropa—. Tengo muchísimo mied...

Shikadai sujetó el rostro de la Uchiha y depositó un tierno beso. Ella sintió lo mismo que esa vez que fueron al albergue.

Esa sensación de temor y aferró, podían compartirlo.

Cuando la soltó, secó sus lágrimas y apoyó su frente contra la suya.

—Yo también tengo mucho miedo y por eso no quiero perderte, Sarada—sin pensarlo, Sarada devolvió aquel beso que Shikadai le había dado.

Ahora podían decir que estaban en un empate.

—Por favor, no podría hacer esto sin vos. Te necesito... —su rostro ruborizado le daba ternura a la chica.

Sin embargo, su respuesta era firme.

—Lo siento mucho, Dai...