Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.
Resumen: Escenas borradas de los doce capítulos de Yuri On Ice, sometidas a cambios futuros.
¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas
Escena VII: Decisión inapelable.
El viaje desde Detroit a Osaka transcurrió sin mayor dificultad.
En las extensas horas de vuelo, Yuuri prefirió dormir, escuchar música o leer uno de los libros que Phichit había optado por regalarle en su cumpleaños para mantenerse tranquilo y así evitar divagar demasiado sobre temas menos agradables.
Mentiría al decir que no estaba emocionado en cierta medida por volver a su país natal, pero también le ganaban los nervios ante la sola idea pues, justo igual a otros años, los fanáticos del patinaje artístico japoneses esperaban con gran ansia ésa parte de la temporada, porque resultaba mucho más fácil acudir al evento si se realizaba internamente. Muchos de ellos no se podían permitir pagar viajes al extranjero durante una semana y menos aún alojamiento, comidas e incluso transporte.
A esas alturas, Yuuri se imaginaba que habría cada vez mayor fluctuación de gente conforme se acercara la fecha de inicio, sin embargo, también sabía que los espectadores no serían precisamente el problema si mantenían un perfil bajo en las redes sociales; cosa que dudaba. Los fanáticos a veces podían llegar a ser mucho más implacables porque sacaban información de cualquier parte, volviéndolos un monstruo aún más grande que la prensa oficial. Quienes, por cierto, también habían comenzado a armar un revuelo terrible nada más Celestino les hizo saber a la Federación sobre su asistencia. Claro estaba que dicha información acabó filtrándose en internet al poco tiempo, motivo por el cual Yuuri temía se le fueran encima nada más llegasen a tierras niponas.
Tal vez Yuuri no era famoso ni llamaba la atención como Victor lo haría dónde quiera que fuera, pero ahí en Japón las cosas eran bastante distintas. Yuuri estaba representando a su país durante competencias mundiales de importante prestigio, interactuaba también con patinadores cuya reputación les precedía y, al menos debía intentar hacer sentir orgullosos a los que le apoyaban. Pero nada iba del todo bien, haciéndolo quedar en ridículo.
Entonces, una vez aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Kansai[1], los temores del chico Katsuki se volvieron realidad al momento mismo en que una docena de reporteros con cámaras en mano les interceptaron cuando estaban buscando sus equipajes, bombardeándolos con preguntas incómodas, todas ellas haciendo referencia a la participación de Yuuri en el Grand Prix del año anterior. Por supuesto que lograron intimidarlo; hablaban al mismo tiempo conforme le rodeaban buscando sacarle alguna respuesta a las preguntas que hacían unas tras otras sin parar.
—¡Celestino! —pidió ayuda cuando se vio acorralado.
—¡He dicho sin comentarios! —rugió el entrenador en Inglés con la esperanza de hacerse entender, pues todos usaban japonés y no comprendía absolutamente nada—. ¡Fuera de mi camino!
Con fuerza, tomó a Yuuri del brazo disponiéndose a servir como barrera; se veía furioso ante tanta insistencia. El entrenador había visto ya suficientes tipos como aquellos durante años y sabía no eran otra cosa que paparazzi buscando información para los tabloides amarillistas en los cuales trabajaban. ¡Celestino los detestaba! Eran más perjudiciales para Yuuri en aquel momento tan importante, así que no fue ni educado ni mucho menos amable cuando avanzó entre ellos tratando de quitárselos de encima.
Entre flashazos constantes, algunos empujones accidentales y un acoso que casi fue insoportable, a ambos les resultó un verdadero suplicio abandonar las instalaciones del aeropuerto. Celestino ya casi podía ver los encabezados que atacarían su comportamiento fuera de lugar, pero le importaba un bledo; Yuuri era más importante. Minutos después, solo hasta que subieron a la seguridad que un taxi ofrecía pudieron sentirse tranquilos.
—¿Estás bien? —aunque Celestino se veía tenso gracias a la mortificación, trató a Yuuri con toda la calma posible pues ya se daba una idea bastante clara sobre cuán susceptible debía estar su pupilo tras aquel alboroto de mal gusto.
—Sí —le dijo—. Me tomaron por sorpresa, eso es todo.
Con gentileza, Celestino trató de hacerle ver que no importaban los comentarios ajenos pues ningún bien podría hacerle, más Yuuri pareció estar demasiado perdido entre sus turbulentos pensamientos, sin prestarle mucha atención, haciéndolo rendirse tras algunos intentos.
Para llegar a Kodoma[2] necesitaban subir al monoriel que los llevaría directamente a la ciudad. Celestino, fascinado por la experiencia, decidió arrendar compartimientos privados.
Como creyeron prudente llegar a Japón unos días antes para preparar lo necesario, encontrar habitaciones disponibles en un hotel no resultó ser cosa difícil. Aquella ocasión Yuuri le pidió encarecidamente a Celestino tener privacidad, por tanto ambos dormirían separados. Cuando Yuuri se encontró a solas en la confortable soledad de aquel cuarto de hotel, se recostó sobre la cama disponiéndose a descansar. Estaba exhausto.
De manera oficial el Campeonato Nacional todavía no comenzaba y ya podía sentir el peso del cansancio y estrés acumulado pesándole sobe los hombros. Y era horrorosamente abrumador; si bien muchas personas le apoyaban, aunque Phichit l dijera que arrastraría con sus compatriotas pues era el patinador con mayor experiencia dentro del circuito, Yuuri sospechaba no lograría brindarles una actuación digna. Ellos esperaban demasiado y, aunque habían pasado casi cinco años desde la última vez que regresó a Japón, siempre habría jóvenes promesas dispuestas a dar lo mejor con tal de ganar. Yuuri ya casi había olvidado esa sensación porque no estaba en su mejor forma ni momento, gracias a todos los problemas emocionales y peso que venía arrastrando consigo desde la muerte de Vicchan.
Se sentía inseguro de sus habilidades.
Sobraba decir ésa noche, cuando al fin sucumbió entre los tentadores brazos del cansancio, le resultó imposible conciliar un sueño tranquilo porque tuvo pesadillas recurrentes que lo mantuvieron en duermevela durante horas. En todas ellas el hielo terminaba resquebrajándose y caía en el sin posibilidad alguna de moverse u escapar aun cuando intentaba todo para conseguirlo, después cambiaba y los puestos del podio se tornaban ridículamente inalcanzables, tanto que Yuuri necesitaba escalarlos cual montaña si acaso pretendía llegar a la cima. Incluso también se tornaron algo ridículos cuando tres medallas gigantescas con dientes afilados y garras lo persiguieron hasta hacerlo despertar entre un lío de sábanas y jadeos aterrorizados.
Por supuesto que esto tuvo claras repercusiones en Yuuri, pues era un total desastre sin remedio. Durante el desayuno ni siquiera se atrevió a tocar la comida, despertando el interés de Celestino.
—Come algo, Yuuri —exhortó al verlo remover una vez más el contenido del plato—. Vas a requerir toda la energía posible para cuando debas presentarte —dijo colocándole varios trozos de fruta fresca enfrente, los cuales apenas y disfrutó.
Quizá la peor parte fue cuando se trasladaron a la sede del Campeonato Nacional. Previniendo una escena parecida a la del Aeropuerto, Celestino decidió solicitar los servicios de un transporte privado que les permitiría mayor autonomía o seguridad si las cosas terminaban poniéndose difíciles otra vez. Algunas personas comenzaban a darse cita dentro del estadio pese a ser tan temprano, únicamente para presenciar los entrenamientos públicos previos a la competencia real. Yuuri ya debería estar acostumbrado a las grandes masas, se suponía de debería haber superado ya esa horrible sensación de ser observado por decenas de ojos cuya intención era ver la participación de los patinadores. Pero no. Todos y cada uno de ellos estaba ahí con el firme propósito de juzgarle, de comparar su técnica con otras figuras reconocidas y después hacerlo pedazos.
Bajo tal perspectiva, los jueces evaluadores palidecían en comparación.
¿Acaso conseguiría darles lo que querían? ¿Sería capaz de cubrir todas las expectativas? No, se dijo. Estaba en casa, sí, pero se sentía como un reverendo extraño.
En cierta medida era lindo escuchar su idioma natal tras tanto tiempo lejos comunicándose sólo en Inglés, empero eso también significaba que podía entender absolutamente todo lo que los demás decían respecto a los adversarios que necesitaban derrotar. En contraste con un evento internacional dónde se hablaban una gran diversidad de idiomas, siendo el Inglés la manera universal más recurrente de comunicación, si alguien buscaba hacer saber su opinión negativa respecto a los demás entre compañeros, lo hacían en su lengua materna. Evitaban conflictos innecesarios muchas veces; más ahora, de regreso en casa, Yuuri resultaba ser diez veces más susceptible.
Durante la primera práctica, Celestino se había mostrado muy entusiasta, diciéndole que era el momento idóneo para compensar los errores pasados y así obtener un pase directo al Mundial, no obstante, Yuuri no se mostró tan seguro. Su programa corto y libre fueron diseñados de tal manera que resaltaría lo mejor de las habilidades que fue aprendiendo con el tiempo, mas dudaba poder llevarlo a cabo sin problemas. El asunto no era la resistencia ni mucho menos, Yuuri prefería dejar los saltos importantes dónde menos le restaran puntuación pues tendía a fallarlos con regularidad, siendo así la secuencia de pasos lo que más peso brindaba a sus presentaciones.
Pero ahora no sólo era eso lo que le inquietaba; la música también le causaba cierto grado de conflicto. Celestino solía elegir las melodías con las cuales patinaba, pero esta vez optó por un tango con el cual debería expresar sensualidad y atraer al público. ¿El problema? Yuuri no sabía cómo hacerlo. Desde la primera vez que comenzó a practicar ésa pieza en concreto se sintió terriblemente incómodo y se le notaba a leguas. Durante su formación profesional Celestino creyó buena idea permitirle incursionar entre distintos tipos de bailes; desde Rumba hasta Pole Dance, motivo por el cual debería verlo como cosa sencilla. Empero, de ningún modo fue así. ¡Con un demonio, Yuuri era de todo menos eso! Inclusive hasta un bebé panda seduciría con mayor facilidad a la audiencia.
Phichit lo sermoneaba con regularidad por pensar así, sin embargo lo creía en verdad. Yuuri sólo era un chico promedio de veintitrés años incapaz de hacer creíbles algunos roles dentro o fuera del hielo. De hecho ése solía ser uno de los motivos principales por el cual admiraba tanto a Victor Nikiforov. Si él necesitaba proyectar cualquier sentimiento u emoción al resto del mundo, lograba hacerlo sin mayor dificultad. Victor se hallaba en otro nivel, uno inalcanzable; si al ruso le plantearan la idea de interpretar dos roles totalmente distintos entre sí, lo haría sin dejar a dudas porque seguía ostentándose como campeón mundial.
Yuuri, en cambio, tenía serios problemas en ése tema; por ejemplo, la otra canción que exhibiría era totalmente opuesta. Sí, lo mantenía dentro de su zona regular de confort, no obstante, lo sacaba de balance. Y tampoco ayudaba que los otros patinadores, más frescos y sagaces, demostraran cuan bien se manejaban en la pista haciéndolo sentir amedrentado en verdad. Todos esos chicos y chicas estaban en su mejor forma dispuestos a intentar ganarse un lugar que les permitiera seguir avanzando. Yuuri, por otro lado, creía estar fuera de lugar.
—Necesitas tranquilizarte, muchacho —le dijo Celestino esa tarde antes de ir a atender algunos compromisos, mientras Yuuri descansaba diez minutos tras una larga sesión de entrenamiento—. Lo has estado haciendo perfecto hasta hoy; cuando llegue el momento sólo necesitas disfrutar tu patinaje. Es importante ganar, pero también diviértete.
Bueno, era fácil dar el consejo, más tomarlo ya era otra cosa totalmente distinta.
Tras concluir su día entre pensamientos un tanto nefastos, Yuuri se dispuso a volver al hotel y darse un relajante baño con agua caliente. Su cuerpo comenzaba a protestar luego de tantas horas metido de lleno en intentar pulir las cosas que todavía necesitaban trabajo, además quería descansar lo mejor posible antes de la competencia o seguramente no soportaría la carga emocional subsecuente. Una vez guardó todo dentro del bolso deportivo que cargaba consigo a todas partes, contempló los caniches del protector que envolvía su teléfono celular. Le hubiera gustado tanto regresar a Hasetsu. Disfrutar al menos unos cuantos días Yutopia, degustar la comida cacera de su madre, charlar con Mari o sentarse a oír las anécdotas de su padre aun pese a sabérselas ya de memoria. Habló con ellos al respecto y se disculpó, más lejos de ofenderse lo confortaron alegremente. Yuuri en serio era muy afortunado por tener una familia así. Cuando se dirigía hacia la salida conforme le enviaba un mensaje a Phichit, justo antes de dar vuelta hacia la derecha entre todos los pasillos del área exclusiva de los patinadores, se detuvo en seco al escuchar su nombre ser proferido entre gritos nada discretos.
Deteniéndose en seco, Yuuri se dispuso a escuchar lo que esos desconocidos estaban diciendo. Un ligero vistazo a escondidas le permitió saber eran tres chicos, todos ellos ataviados con las chaquetas características de la Federación Japonesa de Patinaje Artístico. No parecían mayores a diecisiete años, por lo cual debían ser Juniors todavía.
—¡Admítelo! —recalcó uno de ellos con descortesía—. Katsuki es un reverendo desastre; todos nosotros nos dimos cuenta durante su mediocre actuación en el Grand Prix. ¡Sí quedó último!
Alguien más lanzó una exclamación ahogada en señal de reprobación:
—¿Tienes al menos una mínima idea sobre cuán difícil debe haber sido para él enfrentarse a todos esos monstruos en Sochi? ¡Ya me gustaría verte a ti siquiera intentarlo! —lo defendieron—. ¡Katsuki-sempai es increíble! Nos daría una paliza a todos los aquí presentes si se lo propusiera.
—Creo que ahí está precisamente el problema: ni siquiera parece intentarlo —otro más resopló—. ¿Lo viste acaso estos últimos días? ¡Le resulta imposible clavar saltos que hasta nosotros como Juniors podríamos hacer con los benditos ojos cerrados! —se quejó—. En realidad hablas así porque siempre lo has admirado, Minami —Yuuri escuchó con pesar—. Pero inclusive tú necesitas darte cuenta no logrará más en su carrera. ¿Cuántos años tiene? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Dentro de poco ya le resultará imposible seguir compitiendo y, aunque sea una verdadera lástima, jamás logró nada destacable.
—¡No es verdad! —el jovencito llamado Minami siguió reacio a ceder—. ¡Clasificó al Grand Prix! ¡Eso por sí mismo es un hallazgo impresionante!
—Haber —oyó al primero refunfuñar otra vez sin vestigios de paciencia—. Seamos realistas; ¿de qué rayos puede servirle a alguien llegar hasta ahí si al final no consigue ganar una bendita medalla? Lo que en verdad importa no es simplemente obtener el pase a un evento de tal dimensión, sino hacerse con la puntuación requerida para posicionarse entre los tres primeros lugares. Si le ganase alguna vez a Victor Nikiforov, cosa que en verdad yo dudo mucho, entonces quizá pueda cambiar de parecer.
—¡No me interesa! —recalcó Minami con determinación—. ¡Yo siempre voy a mostrarle todo mi apoyo incondicional! ¡Y no cambiaré de opinión al respecto sólo porque ustedes son unos verdaderos cabezas duras!
En ése preciso instante Yuuri se dio cuenta que los tres comenzaban a moverse dispuestos a seguir con su camino y, avergonzado por haber oído a hurtadillas una conversación ajena pese a ser el principal tema de la misma, creyó buena idea esconderse en el oscuro interior de una habitación vacía sin llamar demasiado la atención, quedándose ahí hasta que los tres pasaron de largo aun discutiendo entre sí. Todavía sin asimilar lo sucedido, Yuuri se apoyó contra una pared cercana y cerró los ojos con fuerza luchando contra la pesada sensación de incertidumbre que poco a poco lo arruinaba por dentro; como un veneno.
No era nuevo, él ya lo sabía; tenía pleno conocimiento que casi todos pensaban exactamente igual a esos adolescentes, pero ser testigo desde primera fila respecto al tema dolía muchísimo más. Le destrozaba el orgullo. Y se dijo nunca sería suficiente, no importaba cuán duro trabajara, cuánto se esforzara ni tampoco lo qué debió dejar atrás en pos de alcanzar ése punto determinado de su carrera.
No.
Todos ellos únicamente veían los fracasos, los tropiezos, los obstáculos y recalcaban sin piedad cada falla sin importarles ninguna otra maldita cosa, todo porque así era más fácil, era lo más lógico...lo más sencillo. Entonces la voz inflexible de Yuri Plisetsky comenzó a repetir en su cabeza una y mil veces las mismas palabras hirientes hasta el hartazgo. ¿Tuvo razón al gritarle lo mejor hubiera sido retirarse? Pues sí: ahora lo entendía. Todo el tiempo Yuuri solía pelear contra la corriente agotando hasta la más ínfima gota de su energía, por desgracia, ya comenzaba a rozar los límites de sus propias fuerzas. Y eso era decir demasiado.
Conteniéndose apenas, Yuuri comenzó a resbalar hasta el suelo para después abrazarse las piernas en un desesperado intento por encontrar consuelo.
Estaba comenzando a tener una crisis de ansiedad.
Cuando era más joven y solían pasarle cosas así, recordó su hermana Mari era quien lograba brindarle la suficiente tranquilidad fungiendo como cable a tierra, instándolo a superar todos los miedos que lo aquejaban. Pensó en llamarla, pedirle ayuda, empero desechó semejante idea porque necesitaba lidiar con ello por si mismo a cualquier precio, o al menos eso le recomendaron hacer tiempo atrás. No obstante, era tan difícil intentar convencerse que no experimentaba ningún peligro inminente real, y sólo le quedaba hacer uso de las técnicas de respiración aprendidas durante las continuas terapias con su psicóloga en Detroit. Pero no funcionaban tan rápido como a él le hubiera gustado. Así que, tras un lapso impreciso, al notar que todo parecía recobrar la normalidad perdida, Yuuri se preguntó cuánto tiempo estuvo ahí sentado mientras libraba una batalla campal consigo mismo y, sin importarle nada más, volvió a colocarse los patines con manos temblorosas.
A trompicones, se dirigió una vez más hacía la pista. Las gradas y el rink estaban vacíos, únicamente algunos técnicos pasaban esporádicamente comprobando algunas cosas entre ellos mismos, asegurándose no hubiera ninguna falla seria que necesitase reparación inmediata. El filo de las cuchillas escindieron la quietud y Yuuri se posicionó al centro de la gigantesca área congelada, disponiéndose a recrear por centésima ocasión su programa del día siguiente. No había música ahí, por supuesto, sin embargo ejecutó los primeros tres cuartos del mismo casi con furia; sí, todo apuntaba que aquella era una idea muy, muy estúpida. Exigiese así cuando faltaban sólo unas cuantas horas para competir no era lo más inteligente, pero no podía evitarlo. Estaba enojado, triste, frustrado y decepcionado en tantos sentidos que le resultaba difícil pensar con claridad.
Quería desahogarse aun cuando existían tantas otras maneras de hacerlo.
Deslizándose con pericia, el primer salto fue bien; descendió como debería manteniéndose en perfecto equilibro y, tras algunas piruetas Yuuri se dispuso a hacer el segundo, un quad.
"Si le ganara alguna vez a Victor Nikiforov, cosa que en verdad yo dudo mucho, entonces quizá pueda cambiar de parecer."
El recuerdo fue como una puñalada, distrayéndolo de calcular correctamente la trayectoria y velocidad, por lo tanto fue irremediable sufrir una estrepitosa caída contra la dureza del hielo, gracias al mal posicionamiento de su pierna izquierda. Yuuri resopló gracias al severo golpe, la fuerza del impacto enviándole a rodar algunos metros más allá con todo alrededor siendo un total caos. Y cuando registró el dolor Yuuri en verdad temió haberse lesionado. Maldijo entre dientes al intentar levantarse sin éxito; su tobillo punzaba con insistencia obligándole a permanecer sentado sobre la fría superficie. Podría volver a intentar pero le daba miedo caerse y acabar de joder el asunto todavía más. ¡Idiota, idiota: mil veces idiota!
—¡Oye! ¿te encuentras bien? —un hombre ataviado con uniforme color azul gritó al verlo ahí tendido sin moverse—. ¿Necesitas ayuda? —Yuuri respondió avergonzado que sí, ante lo cual en compañía del primer trabajador, otro chico también del servicio técnico se metieron al rink—. ¡No te muevas! —advirtió—. Te llevaremos con el médico de guardia —dijo ayudándole a sostenerse sobre sus propios pies— ¿Necesitas que avise a alguien? ¿Tú entrenador quizá?
A Yuuri no le gustaba en lo más mínimo semejante posibilidad, empero igual terminarían haciéndolo de todos modos, así que les dio el número. Sin tener opción a replicar, fue guiado hasta el consultorio dónde una mujer agradable ya bien entrada en sus cuarenta se dedicó a revisarlo tras realizarle algunas preguntas de rigor. Luego, Yuuri agradeció a los dos técnicos, quienes procedieron a retirarse y proseguir así con sus respectivos trabajos.
—¿Qué intentaba hacer allá afuera, Katsuki-san? —preguntó ella con genuino interés, al colocarle una venda sobre el tobillo lastimado—. Afortunadamente sólo se trata de una simple torcedura, con descanso y unos cuantos analgésicos estará bien, pero pudo ser muchísimo peor.
—Sólo estaba practicando —Yuuri decía la verdad; o bueno, tal vez sólo parte de ella.
—Eso puedo verlo, no obstante creo que lo mejor será se marche a su hotel por hoy. Es joven aún Katsuki-san, pero no tiente a la suerte —aconsejó.
Yuuri se sintió como un niño pequeño e irresponsable, más prefirió morderse la lengua y aceptar las recomendaciones en pos a las buenas formas. Poco después, Celestino también arribó al pequeño consultorio dividiéndose entre preocuparse o soltar ahí mismo un gran sermón al respecto, aunque igual creyó más prudente hacerlo hasta que salieran de ahí para no tener espectadores indeseados. Dándole las gracias al médico por todas sus atenciones, Celestino le ayudó a trasladarse hasta el automóvil. Afuera, los colores del cielo comenzaban a tornarse oscuros dándole bienvenida a la noche.
—Entiendo que sea difícil —comenzó el entrenador, mirándole—. Pero deberías confiar más en ti mismo, Yuuri. Eres un excelente patinador y tienes un increíble potencial. ¿Por qué te resulta tan difícil de creerlo?
—Lo siento —murmuró el chico sin saber qué más decirle. Le daba vergüenza siquiera mirarlo de frente.
Celestino suspiró—. Me gustaría fueses honesto conmigo, Yuuri: ¿En verdad quieres seguir compitiendo? ¿Has considerado continuar bajo mi tutela? Porque con todo esto me das a entender con mucha claridad no es así.
Con un terrible desasosiego aguijoneándole la nuca, el joven de gafas consideró algunas cosas de importancia. Hubiera preferido hablar con Celestino después del Campeonato Nacional, empero era ya imposible seguir aplazando ésa conversación.
—No —respondió apenas.
—¿Hice algo mal? ¿Te he incomodado de alguna manera? —quiso saber. Yuuri de inmediato se apresuró a asegurarle ninguna de esas cosas eran la causa.
Entonces, en un arranque de sinceridad, comenzó a hablarle sobre sus problemas académicos, la fantástica oferta de Patterson, los exámenes especiales y cómo le ayudarían a graduarse, también le dijo sobre mudarse a Hasetsu durante una temporada larga mientras pensaba algún plan de acción prudente. Añadió de igual modo que necesitaba tiempo, necesitaba espacio y necesitaba, más que cualquier otra cosa, recuperar su amor perdido por aquel deporte cuya influencia terminó cambiándole la vida en incontables formas. Celestino le consoló al asegurarle tomar un descanso no era malo, todos en algún momento buscaban tiempo fuera esperando hallar paz mental, emocional y física.
—Bueno, pues vamos a intentar hacerlo bien esta última vez, ¿te parece? —ofreció Celestino con amabilidad—. Y si alguna vez deseas regresar, ten por seguro que Phichit y yo esperaremos por ti en Tailandia.
Al chico Katsuki le reconfortaron en demasía tales palabras.
—Gracias —Yuuri le sonrió.
Pero lo que ninguno sabía era que Yuuri, al haber tomado esa decisión inapelable traería consigo resultados que, sin apenas imaginárselo, le permitirían llegar muy lejos.
Al fin lo encontré:
[1]El Aeropuerto Internacional de Kansai es el principal aeropuerto, localizado en una isla artificial rectangular construida en la bahía de Osaka, y es utilizado por Osaka y las ciudades circundantes de Nara, Kōbe y Kioto, entre otras.
[2]Sede oficial del 2017 Japan Figure Skating Championships. Se celebró del 21 al 25 de Diciembre.
*Como una pequeña anotación, Yuuri menciona en un capítulo que la prensa y los fans pensaban que había sufrido una lesión cuando participó en el Campeonato Nacional, gracias a lo cual terminó tan mal posicionado. Esto es parte de ello y, en el siguiente capítulo, cuando Victor vea su presentación, habrá comentarios haciendo referencia del tema. ¡Gracias infinitas a quienes se han tomado un minuto para dejar review, en especial a New comencement, por hacerme saber su opinión en cada capítulo sin falta!
¡Saludos!
