Agotado, con su mente más perturbada y activa que nunca, Shikadai se presentó en UzuNara.
Esquivó a todo el personal posible y avanzó sin titubear hasta la oficina de su padre.
En el camino, Ino se percató de su presencia y lo siguió sin que él lo notara.
Estaba completamente furioso y necesitaba despejar su mente urgente con otros asuntos.
La Yamanaka observó que el moreno tomó el ascensor y supuso que iría a la oficina de Shikamaru.
Bajó la mirada y retrocedió.
El aura oscura que emanaba el Nara podía verse con facilidad.
Ino estaba preocupada, pero presentía que si ella se acercaba a Shikadai, él reaccionaría igual que su padre en épocas de crisis.
uando un asunto rebasaba a Shikamaru, se aislaba en la oficina. Nadie podía verlo ni hablar con él hasta que lo permitiera, ya que su malhumor podía traspasar las paredes del edificio.
Un defecto que bien pudo haber heredado su primogénito, ya que él era la viva imagen de Shikamaru en su juventud.
Ino no se quedaría tranquila, así que procedió a mover una ficha que podría obtener la victoria o derrota en un instante.
Regresó a su puesto de trabajo. Tomó el intercomunicador y llamó a Kakashi.
El peliplata respondió de inmediato.
—Es Shikadai. Necesito que vayas y hables con él. Debe estar en la oficina de Shikamaru... —suspiró y colgó.
Llevó la mano a su frente y rezaba porque no sea una tragedia lo que estuviera por pasar.
Por otro lado, Kakashi se levantó de su incómodo asiento y guardó el trabajo que estaba haciendo dentro del escritorio.
En un cajón apartado de sus tareas, tenía una pequeña cajita que había guardado para una ocasión especial.
Y ese momento lo era.
Antes de irse, llamó a su secretaria y le ordenó que no interrumpieran la reunión que tendrían en la oficina del Nara.
—¿Qué haré con la cita de esta tarde? —inquirió la joven.
Kakashi pensó un instante y sonrió.
—Cancelala. Ya veré cómo solucionarlo —palmeó sutilmente el hombro de la chica y ambos salieron del lugar.
Matsuri se alejó para regresar a su puesto de trabajo y Kakashi camino en la dirección opuesta para encontrarse con Shikadai.
En el bolsillo de su saco guardaba el detalle que llevaba sólo para él, porque sabía que eso sería de gran ayuda.
Mientras caminaba con tranquilidad, reflexionaba acerca de lo que estaba a punto de hacer.
Resoplaba y sacudía su cabello.
¿Qué pensaría Naruto al respecto?
Esa pregunta rondaba su mente y no lo dejaba descansar. Su tiempo libre se veía infestado de suposiciones respecto a cómo podría abordar un secreto que podría cambiar el rumbo de una amistad.
Sin embargo, el tema se le fue de las manos cuando involucró a Kawaki en la empresa.
La inconformidad de los empleados despertaron recelo hacia él y Kawaki demostró que no podía llevar adelante la presidencia de UzuNara sin la ayuda de Shikadai.
No obstante, Kawaki tampoco tenía la intención de trabajar junto al Nara debido a su resentimiento.
Estaba en una encrucijada.
Cuando llegó a la oficina, golpeó sutilmente la puerta. Notó que la luz estaba encendida pero había un silencio ensordecedor.
—Shikadai, soy Kakashi...
No había respuesta de su parte.
El peliplata resopló y decidió entrar sin más.
Al abrir, notó que el Nara estaba en el antiguo asiento de su padre.
Kakashi juraría que él se veía exactamente igual a Shikamaru en sus peores días.
El Hatake cerró la puerta y se ubicó al otro lado del escritorio, sacando la caja que tenía para él.
—Creo que yo debí ser un consejero espiritual y no un empleado en esta empresa. Tu padre solía tener esa actitud arrogante e ignoraba a todo aquel que quisiera interceder en sus pensamientos.
Shikadai no respondía.
—Él me dijo una vez que esto debía traerle si quería calmarlo para poder hablar —abrió la caja y sacó un habano. Lo encendió y dio una gran calada—. Él tenía mal gusto en muchos sentidos, pero cuando de habanos se trataba, él quería lo mejor —acotó Kakashi y notó que Shikadai volteó su rostro.
Tenía sus ojos hinchados y rojos. Kakashi hizo caso omiso a eso y continuó hablando.
—Sé que también fumás. No creo que tu padre se molestara si supiera que es por una buena causa —tomó uno y se lo cedió a Shikadai.
Éste lo aceptó y lo encendió.
Al expulsar el humo, Shikadai no levantaba la vista.
Kakashi desvió su mirada y ambos se mantuvieron en silencio.
—Jamás los había probado... —murmuró Shikadai. Kakashi se alegró al oír su voz nuevamente —Es relajante.
El peliplata asintió. Ambos compartían el vicio que tanto disfrutaba Shikamaru y el ambiente se tornó de negro a gris.
No obstante, Kakashi no continuaría callando esa verdad que tanto lo aquejaba.
—En realidad, quiero contarte algo que ni mi sombra sabe. Es momento de abrir la caja de Pandora y quiero que me escuches sin interrumpir un solo momento— Shikadai se alertó ante las palabras de un Kakashi que se mostraba serio—. Estaré dispuesto a cumplir con tu sentencia.
Shikadai dio otra calada y expulsó una gran bocanada.
La oficina estaba llenándose de humo.
—Está bien... —resultaría difícil para el Nara no comentar, pero debía contenerse.
Kakashi se recargó en el asiento y apagó el habano.
Cerró sus ojos y cruzó los brazos.
—Bien—una vez que tuvo ordenada sus ideas y estaba listo para hablar, abrió sus ojos—. Como bien podrás imaginar, conozco a Naruto desde hace muchos años y, por ende, también a tu padre.
Shikadai no podía siquiera oír su nombre. Estaba abatido y trataba de serenarse porque no podía imaginar qué era lo que Kakashi estaba por confesarle.
—Hace algún tiempo, muchos años antes de conocer a Hinata, Naruto mantuvo un noviazgo con una joven. Él estaba realmente muy enamorado y más tonto que de costumbre— al recordar esa época, Kakashi sentía un nudo en la garganta—. De una relación tan bonita, la chica quedó embarazada.
Shikadai comenzaba a entender el punto a donde direccionaba el peliplata. Una verdad que relacionaba a Naruto y Kawaki, un secreto que sólo podría conocer Kakashi.
—Naruto estaba muy emocionado cuando supo que sería padre, pero esto acabó derrumbándose meses después— suspiró Kakashi.
Un punto de inflexión en el cual alguien como el Hatake podría mencionar, ya que ni Naruto ni Shikamaru podrían aseverarlo.
—Esa chica desapareció días antes de dar a luz —apoyó las manos en sus rodillas—. Podrás imaginar la desesperación que tenía ese hombre cuando lo supo.
Si le pasara a Shikadai, no dudaría un instante en buscar por cielo y tierra.
—Hasta que su tortura derivó en una tragedia —suspiró pesadamente—. Le comunicaron que ella y su bebé habían muerto.
Shikadai estaba a punto de llorar. Estaba demasiado susceptible y sensible a ese tipo de relatos.
—Naruto no podía entenderlo y cayó en una fuerte depresión en la que sólo pudo salir gracias a la ayuda de Hinata. No obstante, ella jamás supo el porqué de su tristeza, sólo se limitó a acompañarlo y aconsejarle hasta lograr enamorarlo nuevamente —Kakashi acercó el asiento y apoyó el codo en el escritorio, sosteniendo su cabeza —. Y bueno, tiempo después, nacieron Boruto y Himawari.
Boruto...
Un cabo suelto que aún faltaba completar.
—Naruto me confió sus cuentas y mails para que lo ayudara si pasaba algo, así que seguí sus órdenes al pie de la letra. Pero... —levantó la cabeza— Una vez llegó un correo que me dejó desconcertado. En él decía que Kawaki nunca había muerto, pero su madre sí. Amenazaban a Naruto con sacar a la luz la verdad sobre su primogénito si no pagaba una fuerte suma de dinero mensualmente.
Shikadai sentía que sus nervios empezaban a manifestarse. La manipulación que giraba en torno a Kawaki era inaudito y no lo toleraba.
—No quería que Naruto cayera en esa depresión nuevamente, así que mantuve ese secreto hasta hace muy poco...
—¿ESTÁS DICIÉNDOME QUE...? —exclamó Shikadai, exaltado ante la idea de que Kakashi podría ser un potencial traidor.
—Prometiste que me dejarías terminar la historia, Shikadai—musitó y respiró profundo.
Podía notar que la esencia impulsiva de la sangre Sabaku No estaba quemando a Shikadai.
Debía actuar con cautela o le cortaría el cuello antes de acabar el relato.
—Está bien, lo siento —espetó con fastidio y cruzó los brazos.
—Mes a mes, desviaba fondos de la empresa a la cuenta que pertenecía a Kawaki. Antes de hacerlo, me aseguré que fuera destinado a que mejorara su calidad de vida y tuviera una educación de excelencia, digna de un Uzumaki —hizo sonar sus dedos y prosiguió: —. De hecho, así fue. Así que pude estar al corriente de Kawaki en lugar de Naruto.
Shikadai estaba tan aturdido, que trataba de respirar profundo cuando escuchaba las palabras del peliplata. Estaba al borde de un colapso mental si no hacía algo al respecto.
—Naruto comenzó a sospechar acerca del desfalco y descubrió mi secreto —los ojos del Hatake se acuaron—. Tuve que confesarle la verdad y Naruto se desesperó de una manera incontrolable. Él no podía verme sin reprocharme al respecto. Por ese motivo, le solicité ayuda a Shikamaru, quien no tuvo mejor idea que planear un viaje en familia.
Shikadai sintió cómo un baldazo de agua helada caía intempestivamente.
En ese instante, recordó que hubo una revuelta en la cual los empleados no comprendían lo sucedido.
Cuando quiso involucrarse, Shikamaru lo detuvo, alegando que era una discusión de Naruto con un empresario.
Jamás pudo haber imaginado que se trataba de una revelación que lo llevaría al borde de la locura.
—Como no podían dejar la empresa sola, le había encargado a Boruto que hiciera, al menos, acto de presencia cuando hubiera una reunión. Estando vos en representación de los Nara y él en la de los Uzumaki, sería sencillo llevar adelante la empresa hasta que Naruto lograra asimilar la noticia y regresara.
Shikadai cerró sus ojos y apretó su mandíbula. Sus manos temblaban y no pudo detener las lágrimas.
—Lo demás no viene al caso porque ya lo sabés... —exclamó con tranquilidad.
El Nara sollozaba, pero su ira era aún más fuerte que el dolor. Ya no soportaba tantas mentiras y secretos en torno a su familia.
—Cuando supimos lo sucedido con ellos, creí que lo mejor sería que Kawaki asumiera su realidad y tomara el lugar que le correspondía como Uzumaki que era. No obstante, creo que fue el error más grande que pude haber cometido...
Shikadai arremetió contra Kakashi, levantándolo de la camisa y aprisionándolo contra el escritorio.
Sus venas sobresalían más de lo normal. Sus ojos están inyectados en sangre e ira descomunal.
Kakashi no se defendió de él y dejó que descargara los sentimientos que desbordaba en él.
—¿¿¡¡ESTÁS ASUMIENDO QUE ESTA MIERDA ES, EN PARTE, CULPA TUYA!!?? —el peliplata asintió y Shikadai le propinó un fuerte golpe en la mandíbula del Hatake.
Él sobaba el lugar donde había sido golpeado y se acercó nuevamente a Shikadai.
—Si esta es tu sentencia y te hace sentir mejor, hacelo —musitó y esperó pacientemente la descarga del Nara en su cuerpo.
No necesitaba que lo incentivaran. Él debía hacerlo.
Shikadai golpeó en el rostro de Kakashi cuantas veces quiso, imaginando los rostros compungidos de las víctimas de su mentira.
Estaba realmente poseído por el dolor y el rencor.
Ya nada podría satisfacerlo más que destrozar el rostro del hombre que llevó a la perdición a los Uzumaki y los Nara.
Odiaba. Odiaba profundamente...
Kakashi sangraba por doquier. No le importaba.
Él pensaba que lo merecía por haber callado tanto tiempo. La culpa dolía más que su cuerpo.
Los puñetazos de Shikadai podrían asemejarse a simples cachetazos a comparación de las pesadillas que lo perseguían a diario.
Él estaba tranquilo y la carga se había aligerado.
Pero el costo fue despertar a la bestia interior del Nara, quien se mantuvo tranquilo por muchos años, dudando e hipotetizando acerca del detonante de la tragedia.
—¡¡YA BASTA, DAI!! —unas manos cálidas lo sostuvieron.
Aunque su descomunal fuerza era incontenible, la voz desesperada de Ino lo regresó de ese lúgubre sitio de desesperanza.
La Yamanaka sostuvo las manos ensangrentadas de Shikadai y observaban cómo Kakashi intentaba levantarse pese a todos los golpes que el Nara le había dado.
Shikadai ya no aguantaba la presión. Su cuerpo estaba débil.
Al notar la situación, perdió el conocimiento, siendo contenido por Ino.
—¡Shikadai!
Encerrada, con signos de haber sido drogada incontables veces; sin fuerza física, pero sí con mucha determinación, Yodo volvió a despertar.
Sentía un aire distinto. Ese no se trataba del mismo sitio en el cual estuvo secuestrada por un tiempo.
Al contrario, era una enorme mansión repleta de lujos y excentricidades.
Ella se encontraba acostada en una cama digna de una princesa. Tan grande como su propia habitación y tan cómoda como si fuera una nube.
Se sentó y notó que su cuerpo no hormigueaba tanto como en otras ocasiones.
Asomó su cabeza y observó que en la habitación había cuadros que podrían costar miles de dólares.
Al levantarse, vio que llevaba puesto un delicado camisón de seda color negro, llegaba hasta sus rodillas y tenía escote en V que resaltaba su busto.
Descalsa, recorrió la habitación y revisó los cajones de cada mueble.
Sólo podía encontrar prendas de mujer, sea vestidos, camisones,remeras y pantalones.
En los demás, joyería de todo tipo.
Se detuvo frente al tocador y allí la esperaba una pequeña valija con maquillaje de todo tipo.
Se sentó y peinó su cabello. Su rostro estaba demacrado. Ojerosa y más pálida que de costumbre, optó por maquillarse para no deprimirse aún más por su aspecto.
Cuando escuchó que alguien estaba por entrar, guardó todo en su sitio y buscó algún objeto con el cual defenderse en caso de un posible ataque.
Sólo pudo tomar la pinza de depilar y la guardó en su escote.
Al abrirse la puerta, el miedo la hacía temblar, pero su rostro demostraba que ella estaba dispuesta a batallar contra todo.
Al notar a la persona que ingresaba, su expresión se tornó aún más dura.
—Buen día, princesa—expresó con ironía mientras trataba de acercarse a la rubia.
—¡No me toques! —se alejó unos pasos y el muchacho se detuvo.
—Yodo, no deberías complicarla tanto. Entiendo tu enojo y creeme que esto es mejor que estar fuera de aquí... —argumentaba.
—¿Secuestrada en este lugar? ¡Jamás podría elegir estar secuestrada y bajo tu mismo techo, Kawaki!
El muchacho resopló y sobó su frente.
—Lo siento, Yodo. Pero desde que llevas ese anillo puesto, no podrás contradecirme—espetó el Uzumaki, señalando su mano izquierda.
Yodo levantó la misma y notó un anillo dorado en su anular.
Se desesperó y gritó al percatarse de cómo estaban jugando con ella.
—¡¡SOS UNA MIERDA, KAWAKI!! —gritó con desesperación y golpeaba el pecho de Kawaki.
Él se mantuvo estático y su rostro se mostraba inexpresivo.
Intentaba persuadirla, pero sabía que sería una verdadera pérdida de tiempo.
—Lo siento, Yodo. Pero ahora estamos casados y tendrás que seguir mis órdenes para mantenerte a salvo en este infierno—acotó con desinterés.
En ese instante, la rubia recordó las palabras de Naruto y miró directamente a los ojos de Kawaki.
Detrás de sus frías palabras, residía un sentimiento que no podía descifrar.
Naruto lo dijo. Él está y en peligro.
¿Por qué la tendría cautiva si era una víctima?
—Si estás calmada, prometo que estarás bien—murmuró.
Aunque Kawaki intentara hacer un papel de héroe, Yodo no podía apartar la impresión que dejó en sus primeros encuentros.
Kawaki ocultaba algo. Eso era evidente.
Sin embargo, las intrigas que rondaban su vida, eran aún más perturbadoras.
¿Qué chance tenía para poder escapar y gritar que su vida estaba a merced de Kawaki Uzumaki? ¿Cómo podría avisarle a la justicia del paradero de Naruto Uzumaki?
Ella se había convertido en una persona clave en el caso y tenía que actuar con cuidado o todo caería intempestivamente.
No tenía otra opción que ceder...
