—Dai...
Una voz de fondo. No se trataba de una cualquiera.
Una vez más...
El ruido blanco se hacía presente en su mente. Retornando a su cuerpo como un vil demonio hambriento, en busca de un alma desorientada.
—Dai...
¿Pero quién lo llamaba en un tono tan dulce y melifluo? ¿Podría siquiera ponerle un nombre?
No lo necesitaba. Ya poseía uno.
—Dai, mi vida...
Esa persona acariciaba a Shikadai con delicadeza. Conocía cada punto débil de ese muchacho que estaba devastado por tantas intrigas y mentiras a su alrededor.
—¿Quién...? —abrió apenas los ojos y murmuró.
La luz le molestaba al principio. Debía acostumbrarse...
—¡¡Mi vida!! —sintió una suave mano en su mejilla, tan cálida como el sol en un día frío de otoño.
Shikadai trataba de controlar la pesadez de sus párpados, pero le costaba hacerlo.
Sin embargo, quería que su cuerpo respondiera tal como lo deseaba.
—No te preocupes, Dai—su modo de hablar era único. Lo relajaba y despertaba un sentimiento inefable.
Shikadai giró levemente su rostro y se topó con una mirada de orbes aguamarina semejantes a los suyos.
El contorno de los ojos de aquella mujer denotaba la alegría ante el inesperado encuentro. Estaban ligeramente inflamados y con un sutil color rojo que invadía los espacios blanquecinos.
El joven Nara miró a su alrededor y notó que estaban en un lugar completamente desconocido.
Los rayos de sol impactaban en su rostro.
Se sentó y observó con detenimiento.
Ambos estaban junto a un gran árbol y el sitio se asemejaba al jardín de su tío Gaara.
Se podía apreciar una infinidad de flores de diversos colores, los aromas se mezclaban entre sí y penetraba el olfato de sus visitantes.
Los colibríes lo sobrevolaban, aportando la belleza necesaria para una postal de jardinería.
A escasos metros, la mujer que lo llamaba le acariciaba el cabello con ternura y lentitud.
Shikadai sintió un fuerte dolor en su pecho y la angustia estaba a flor de piel, desgarrando sin culpa cada rincón de su delicado cuerpo. Él reconocía esos dedos y sus sutiles movimientos.
El Nara se lanzó a los brazos de la mujer y la abrazó con todas sus fuerzas. Ella besó su frente y comenzó a tararear una vieja canción de cuna,logrando calmar el espíritu del muchacho.
—Mamá... —exclamó entre sollozos—Yo...
—Shhh... —susurró y recorrió el contorno del rostro con su dedo índice— No es momento de que te culpes por nada, Dai.
El moreno no comprendía la situación. Estaba desbordado y las emociones lo habían llevado a un estado completo de ira y locura.
Sin embargo, el calor y la comprensión de Temari lo reconstruía. Necesitaba su presencia.
Ella estaba allí junto a él.
—A veces pienso que debí ser una mejor madre para vos—exclamaba Temari, en un tono diferente al que conocía Shikadai. Ella parecía preocupada y angustiada.
Quizás sea la culpa o la desesperación, pero Shikadai no lograba quedarse en paz si no hacía algo por sus seres queridos.
—Yo soy quién piensa que, a veces, debo actuar con prudencia—Shikadai se culpaba a sí mismo por las ocasiones en las que metió en problemas a Sarada.
Además, temía por la seguridad de Chouchou y Shinki si continuaban ayudándolo.
—Concuerdo en ello, Dai—Temari enredaba sus dedos en el cabello de su hijo—. Sin embargo, no puedo negar que eso lo heredaste de tu padre. Él no tenía miedo a nada y era capaz de entregar su vida con tal de salvarnos... —Shikadai levantó su rostro y miró con ternura a Temari.
Ella se expresaba de Shikamaru con una admiración única. Pese a que solían discutir hasta por una tontería, Temari amaba con intensidad al Nara mayor.
Sus ojos emanaban un brillo inigualable y su aura resplandecía cuando ella hablaba de su marido.
—Te has convertido un hombre excepcional. Realmente estoy muy orgullosa, Dai— ambos lloraban—. De todo corazón, me encantaría que sigas aquí, pero aún no es tiempo.
Shikadai captó de inmediato lo sucedido. Desvió la mirada y suspiró.
Quedaba poco tiempo y necesitaba expresarle lo que pasaba en su corazón.
Se levantó y sacudió su ropa.
Las chicharras destacaban por su canto estridulante; las aves, por su relajante modo de expresarse.
Era un sitio pacífico y libre de preocupaciones. Un lugar al que podría vivir eternamente, sin necesidad de pensar en nada más que la felicidad.
Shikadai adoraba la tierna sonrisa de su madre. Sus lágrimas de felicidad alcanzaban a la rubia.
Realmente la extrañaba.
—Deberías volver, Dai—espetó nuevamente, recordándole a su hijo cuál era su objetivo.
—Antes de eso—respiró profundo, se acercó a su madre y tomó sus manos—, necesito decirte algo más.
Temari ladeó la cabeza y amplió su sonrisa.
La Sabaku No percibió una sensación extraña y profunda en su hijo. Él había cambiado mucho, pero eso se debía a algo meramente positivo.
No cabía ni una duda...
—Estoy enamorado, mamá. No creí que eso podría pasar, pero soy feliz con saber que es correspondido—Temari dejó caer unas cuantas lágrimas más. Shikadai las secó y su madre besó su mejilla.
—Acabás de darme la mejor noticia de todas. Tu padre y yo estamos muy orgullosos del hombre en que te convertiste—Shikadai sollozaba—. Tené presente que ambos estaremos a tu lado y te cuidaremos pase lo que pase...—acomodó los mechones del cabello de su hijo y apoyó su mano en su pecho.
—Gracias... —suspiró con pesadez y secó sus lágrimas— ¿Dónde está papá? No quiero irme sin despedirme de él.
—Fue a buscar algo, pero creo que lo perdió... —rascó su nuca— Supongo que debe ser esa llave que dejó...
Despertó.
Una luz blanca lo encandilaba. Los recuerdos se esfumaban y no quería que así fuera.
—No puedo creerlo, Dai—espetó una voz conocida—. Te dejé solo un momento y acabaste inconsciente por varios minutos.
Reconocía el lugar. Era su casa.
Shinki estaba atendiéndolo. Se encontraba en la cama matrimonial de los Nara.
A su lado, Ino lo observaba con preocupación.
Detrás de ella, el peliplata estaba cruzado de brazos. Tenía múltiples magulladuras y cortes.
—¿Qué me pasó? —musitó.
—Pues, entré la oficina porque escuché gritos y me encontré con que estabas golpeando a Kakashi—la rubia orientó su vista al Hatake y él chasqueó la lengua.
—Estuviste inconsciente por varios minutos. Cuando recuperaste la consciencia, parecías un desquiciado—exclamó su primo—. Creyeron que estabas delirando, pero lo que tuviste fue un pico de estrés, Dai.
El Nara estaba exaltado. Se sentó y buscó en el bolsillo lo que habia sacado del cajón de su madre.
Una vez que lo encontró, lo observó con detenimiento.
Era una simple llave pequeña, podría suponer que pertenecía a algún tipo de candado o algo por el estilo.
Kakashi estaba atónito. Se acercó a Shikadai y lo miró con temor.
El muchacho no comprendía la repentina actitud del peliplata.
—¿De dónde sacaste eso? — inquirió con desesperación. Todos notaban el nerviosismo de Kakashi al preguntar por la llave que poseía Shikadai en su mano.
—Pues... —respiraba agitado. Estaba seguro que su madre lo había mencionado, así que no sería sólo una simple llave— Estaba en el cajón de mi madre.
Kakashi metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una exactamente igual a ella.
La diferencia que podían encontrar entre ellas era que la que tenía Kakashi estaba más deteriorada.
—¿Qué significa eso? —preguntó Ino, acercándose a los dos y tomando ambas llaves, comparándolos y notando que no se trataba de algo ordinario.
—He visto algo semejante hace algún tiempo... —Shinki decidió dar su aporte. Claramente, esos objetos despertaron su interés y, tal vez, su información podría resultar valiosa—Asistí a una boda en Suna. Mis amigos se habían casado y él le dio una llave a su esposa. Aunque, siendo franco, no encontraba el sentido a eso, creo comprender la metáfora ahora que lo veo.
Shikadai estaba atento a las palabras de su primo. Tendría sentido si fuera un regalo de bodas, pero...
¿Por qué Kakashi tenía una de ellas? ¿Acaso estaba relacionado con la búsqueda que estaba haciendo Shikamaru?
Aunque quisiera encontrarle una respuesta lógica, ninguna se ajustaría al motivo por el cual el peliplata llevaba la otra parte.
No podía hipotetizar nada. Si o si necesitaba preguntarle al respecto.
—¿De dónde la sacaste? —Shikadai estaba nervioso. Dirigirle la palabra a Kakashi implicaba recordar la verdad que le había revelado anteriormente y eso lo exasperaba.
Sin embargo, debía mantener la compostura para poder idear su próximo movimiento y tratar de unir los cabos sueltos.
—Sinceramente no lo sé —espetó con fastidio.
Shikadai frunció el ceño y apretó su mandíbula.
Shinki se cruzó de brazos. Él percibía que Kakashi era un misterio. Sus palabras, sus gestos, nada le daba indicios de qué sería verdad o mentira.
Kakashi podía actuar inexpresivo y desinteresado ante sus semejantes. Por ese motivo, pudo mantener el secreto de la existencia de Kawaki por tanto tiempo.
—¿Cómo que no lo sabés? ¡¿ACASO ESTÁS BURLÁNDOTE DE MÍ?! —Shinki apoyó su mano en el hombro de su primo y detuvo su inminente enfado.
Shikadai suspiró y permitió que Kakashi continuara con el relato.
—Siendo sincero, no sé cómo lo obtuvo o quién se encargó de hacérselo llegar, pero esto estaba en poder de Kawaki.
El silencio reinó en la habitación.
Ino bajó la mirada y sentía que podría llorar.
Shinki trataba de controlar a su primo, quien estaba perplejo ante la idea que se había presentado en su mente.
Kakashi observaba a Shikadai. Claramente, la sangre materna dominaba el lado temperamental del Nara.
Sus actos impulsivos nublaban su juicio y, si no tuviera el apoyo moral de su primo o Chouchou, hubiera cometido una serie de locuras de la cual estaría completamente arrepentido.
—Ese día, estaba por entrar a su oficina y escuché una conversación. Él le había ordenado matar a una rata o algo así...
Shinki conocía todas las actitudes de su primo.
Lo miraba de soslayo y percibía una expresión diferente a las que vivenció a lo largo de estos años.
La mirada errática del Nara indicaba que una nueva tormenta se avecinaba y era momento de mantenerse a su lado para contener esa ira que estaba dispuesta a barrer con toda la maldad a su alrededor.
Pese a mostrar una expresión de furia y tristeza, Shikadai trató de volver en sí para tratar el asunto con calma.
Había varios asuntos en el cual debía ocuparse y no podía encolerizarse cada vez que una verdad salía a flote.
—Shinki... —el aludido volteó a verlo—¿Podrás quedarte conmigo aquí? Necesito pensar en muchas cosas y tengo miedo de volver a sentirme mal— fingió.
Desde el punto de vista médico, Shinki no podía ignorar la petición. Pero desde la perspectiva familiar, sabía que Shikadai estaba necesitando una opinión al respecto del plan que estaba ideando.
El Sabaku No suspiró y asintió.
—Por supuesto, Dai— resopló—. Me aseguraré que descanses y no cometas ninguna locura.
Lo que ocurriría en adelante, sólo dependía de las decisiones del Nara.
—Estaré bien... —espetó al percibir la preocupación de Ino— Será un giro que debo dar por mi cuenta.
Yodo estaba resignada a una vida junto a la locura de Kawaki. La obsesión del Uzumaki por ella era evidente.
Todas las noches, Kawaki se acostaba a su lado. Yodo temía por su vida y, por ese motivo, no podía dormir.
Descansaba apenas pero, ante el mínimo movimiento, la rubia despertaba exaltada.
Sin embargo, si debía encontrar algún posible escape, tenía que aliarse con Kawaki y fingir interés en él.
Así lo hizo.
A la mañana siguiente, Yodo se levantó antes que Kawaki.
Agradecía el hecho de que él no la tocara ni se acercara más de lo debido.
Lo miró con recelo. Sentía odio por haber sido secuestrada, pero también tenía lástima por él. En el fondo, sabía que su vida había sido miserable y por eso se desquitaba con el mundo.
Yodo era amable con los demás y compasiva con quien no debía.
No obstante, no olvidaba todo lo que el Uzumaki estaba haciéndole vivir.
Kawaki se comportaba distinto. De hecho, parecía otra persona.
No hablaba con la soberbia habitual y eso le llamaba la atención.
Su mirada siempre estaba perdida en cualquier sitio y su voz parecía quebrada.
Este fue uno de los motivos por el cual Yodo comenzó a sospechar acerca de la inestabilidad mental del muchacho. Era diferente y podía comprobarlo al hablar con él.
Yodo comenzó a observar a su alrededor y encontró el pantalón del Uzumaki.
Se bajó de la cama con cuidado y se dirigió a la prenda que yacía sobre la silla que estaba frente al tocador.
Revisó los bolsillos y no perdía de vista a Kawaki, quien aún dormía profundamente.
En uno de ellos, encontró lo que sería su salvación.
Corrió al baño y le quitó el sonido para evitar que sonara en el momento menos indicado.
Kawaki no tenía el celular con algún tipo de bloqueo, eso le llamó la atención a Yodo.
Sus manos temblaban, su respiración se agitaba.
Pulsó la opción de teclado para marcar un número y llamó de inmediato.
—Por favor... —rogaba a sí misma.
—¿Hola? —la voz le devolvió el alma que había perdido.
—Araya, soy Yodo. Fui secuestrada por Kawaki. No tengo idea de donde estoy... —murmuró rápidamente.
—Esperá, esperá... —escuchaba múltiples voces junto a su compañero— ¿Te hizo algo ese desgraciado?
—No, pero tengo miedo que sí lo haga un día. Por favor... —cerró sus ojos— tratá de localizar este celular.
—Ya lo estamos haciendo. Por suerte estaba con los oficiales que te buscan y...
—Naruto está vivo, Araya—espetó la rubia, dejando sin palabras a su compañero—. Lo vi. Estaba en coma inducido, pero vivo. Por favor, necesito que se lo digas a Shikadai.
—¡Yodo...! —exclamó con desesperación.
—Tengo que colgar. No quiero que Kawaki se de cuenta de esto y pierda la oportunidad... Adiós, Araya—cortó la llamada y respiró agitada.
Dejó caer su cuerpo y se apoyó contra el lavatorio.
Cerró sus ojos y descargó el dolor acumulado por tantos días.
Tapó su boca, ahogando un sinfín de gritos que podrían alertar a su captor.
Necesitaba su libertad...
Sus orbes celestes se habían tornado grises. La oscuridad no se apiadaba de ella y la contaminaba cada vez más.
Debía ser fuerte...
¿Pero cómo?
Estaba sola. Se sentía frágil e insegura.
Su cuerpo podría ser blanco fácil para su venganza, pero por algún motivo, él no se aprovechó de eso.
Yodo tenía que mantener la serenidad y continuarle el estúpido juego a Kawaki.
Seguirle la corriente hasta que su compañero logre localizarla y, de esa manera, poder escapar del tormento.
Yodo estaba dispuesta a todo. De eso no cabía duda...
Antes de salir, borró el registro de llamadas del celular y le encendió el sonido.
Abrió la puerta del baño con cuidado.
Caminó en punta de pies hasta el pantalón de Kawaki y lo guardó nuevamente.
Volteó a ver al Uzumaki. Él dormía boca abajo y roncaba lo suficientemente fuerte como para no oír cuando ella hablaba por celular.
Suspiró. Estaba un poco más relajada, pero ahora todo dependía de Araya.
—Por favor, no pierdan esta oportunidad—imploraba.
Sarada contemplaba la luna llena que le regalaba la bella noche.
Una suave brisa removía su cabello.
Las estrellas titilaban con fuerza y sentía una gran necesidad de entablar una charla.
Sarada respiró profundo.
—Shikadai está arriesgando su vida por descubrir la verdad. Me siento inútil por no estar a su lado y por haber rechazado su propuesta—su vista se enfocaba en el lucero del alba, la estrella más grande y luminosa —¿Acaso fue lo correcto?
La Uchiha estaba atemorizada por Shikadai. Presentía que, estando solo, podría cometer locuras.
Además, el hecho de que estuviera en la casa de los Nara no terminaba de convencerla.
—Tranquila, amor—Sarada abrió sus ojos, sorprendida ante la voz de la persona que estaba a su lado—. Yo creo en que todo saldrá bien.
Atónita y destrozada ante la presencia, Sarada comenzó a manifestar su congoja. No podía hablar, los espasmos al llorar eran demasiado fuertes.
—No llores, por favor—el muchacho se había puesto a su altura y secó sus lágrimas —. Me pondría muy triste si te dejo en ese estado...
Sarada contempló una vez más aquellas orbes azules. En ellos podía ver el pacífico mar que fue testigo de su relación.
Su sonrisa estaba intacta, resplandeciendo bajo la brillante luz de la luna.
Sarada levantó su mano con timidez, observando cómo temblaba hasta alcanzar la mejilla del joven.
Al tocarlo, sintió la calidez de su amor fluyendo por ella.
—Boruto... —musitó entre sollozos—Boruto...
El rubio la abrazó con ternura y acarició su espalda, conteniendo la tristeza que desbordaba la Uchiha.
—Estoy a tu lado, protegiéndote de todo mal. No quiero verte triste, quiero que seas feliz y me muestres esa sonrisa que me robó miles de suspiros—exclamó y se ruborizó.
Boruto soltó a Sarada y se detuvo a mirarla con amor.
—No quiero que guardes luto eterno, amor. Esto será sólo algo pasajero y quiero que seas feliz— el corazón de la Uchiha palpitaba con mucha más fuerza—. Sé que alguien está haciendo ese trabajo por mí y estoy muy agradecido por eso. Sé que te costará, pero el destino es así con nosotros—espetó con nostalgia.
—Yo tenía miedo, Boruto... —argumentó mientras secaba sus lágrimas— Creí que debía recordarte por siempre. Aún me duele todo esto y me costará trabajo poder salir adelante...
—Comenzaste muy bien, amor—señaló —. No creas que no estuve observando todo lo que sucedió con vos y, aunque me sienta impotente por no poder disfrutarlo, me da gusto que intentes apostar por el amor. No vuelvas a pensar que me traicionás porque yo estoy muerto y no puedo hacerte feliz...
Las filosa palabras de Boruto traían una cruenta realidad.
—Estoy seguro de que Shikadai se encargará de resolver todos los problemas y te hará la mujer más feliz del mundo, tal como pude haberlo hecho yo también... —la mirada aprobatoria de Boruto le generaba la confianza que necesitaba para solucionar sus conflictos internos— No dejes ir a Shikadai. Él te ama y me consta...
Una vez más, Sarada rompió en llanto. Gritaba con todas sus fuerzas.
Odiaba las despedidas y, mucho más, asumir la realidad que envolvía a Boruto.
—Y como sé que vos también, me quedo tranquilo—acarició su mejilla—. Debo volver, amor. Tenía poco tiempo...
—¡Boruto! —exclamó con desesperación— ¡Gracias por todo!
El Uzumaki la abrazó nuevamente y acarició su cabello.
—Sé feliz, amor... —susurró—Estaré cuidándote...
El cielo se tornó negro. El ambiente era frío y solitario.
—Sarada, vamos adentro—Chouchou la despertó de aquel conmovedor sueño.
Ella estaba llorando y lo notó al tocarse el rostro.
—¿Estás bien? —inquirió con preocupación.
Sarada tenía los ojos inflamados. El corazón palpitaba con euforia.
—Si...
Al día siguiente...
Shinki acompañó a su primo a la dependencia que se encargaba de la búsqueda de sus padres.
Esa mañana, a primera hora, había recibido un llamado en el cual lo citaba con suma urgencia.
Por ese motivo, Shinki fue junto con él para estar al tanto de las novedades.
Ambos estaban en la oficina y el hombre que llevaba el caso le dejó un sobre de papel madera frente a Shikadai.
—Este es el resultado obtenido hasta anteayer. Necesito que lo leas y así te doy la información detallada del caso—el hombre que se nombraba como el capitán que dirigía al grupo de investigación, observaba a Shikadai.
El Nara tomó dicho sobre y sacó unos cuantos papeles.
—A lo largo de estos días, pudimos observar la inoperancia y corrupción por parte de la justicia encargada de llevar adelante la búsqueda de los Nara-Uzumaki.
El moreno leía detenidamente el informe y, nuevamente, su pecho sentía un profundo dolor que no podía describir.
Las náuseas se hacían presentes y desconcentraban al Nara.
—Es un hecho. También estamos trabajando para realizar las correspondientes autopsias. Hemos encontrado tres cadáveres hasta el momento y la caja negra del avión—Kotaru Fuuma, el encargado del caso Uzumaki-Nara, buscó un cigarrillo entre su ropa y lo encendió.
—¿Han determinado de quienes se trataban? —inquirió en voz baja.
—Aún no. Necesitamos algunos días más, pero no quise pasar por alto esta información y por eso lo llamé de inmediato— Shikadai respiró profundo. Cerró sus ojos y trató de centrarse.
Shinki lo observaba detenidamente mientras escuchaba las palabras de Fuuma.
—En cuanto tengamos los resultados, lo llamaremos nuevamente—el hombre se levantó para dar por finalizada la charla.
Shikadai guardó la información dentro del sobre y se la devolvió.
—Estaré al pendiente—espetó el Nara, caminando en dirección a la salida.
Shinki se despidió y siguió a su primo.
Notó un comportamiento extraño y no dudó en preguntarle lo sucedido.
Shikadai caminaba rápidamente y Shinki corrió para alcanzarlo.
—Ey, ¿Qué sucede? —gritaba.
—Ellos tienen a mi padre. Es un hecho... —aseguró y corrió más rápido.
Shinki trató de alcanzarlo, pero cuando el Nara se transformaba en una fiera, nada podía detenerlo.
—Haré esto por mi cuenta. No quiero que nadie interfiera—expresó y dejó atónito a Shinki.
Ambos estaban en la vereda, observando el tráfico de un día hábil.
—¿A qué te referís? —inquirió el Sabaku No, tratando de recuperar el aliento.
Shikadai le daba la espalda. Trataba de organizar su plan, aunque aún no podía saber cómo lo llevaría a cabo.
—No necesitás saber más que eso, Shinki. Lo siento... —agachó la cabeza.
El joven médico sujetó a su primo y lo puso frente a él. Apretó sus antebrazos y mostró su inconformidad.
—¿Lanzás una bomba de esa manera y escapás como un cobarde? ¡NO DEJARÉ QUE COMETAS MÁS LOCURAS,DAI!
Shinki tenía la razón. Sin su ayuda, podría haber muerto sin saber absolutamente nada.
No obstante, no quería involucrar a nadie más en ese lío, ya que la gente que estaba detrás de eso serían peligrosos y unos potenciales asesinos sin piedad.
—Ellos tienen a mi padre... —murmuró una vez más.
Shinki notó que Shikadai estaba a punto de caer en su pico de estrés. Él estaba ocultándole algo más.
Algo que estaba matando lentamente a Shikadai...
