Los días no pasaron en vano. Simplemente, aceleraron un proceso que mantenían en vilo a Araya e Inojin.
Ambos se pusieron de acuerdo para invadir la dependencia policial y presionar para acelerar la búsqueda de Yodo.
Llevaba semanas sin tener noticias, pero la repentina llamada de la rubia dio una pista esencial para poder llevar adelante su rescate.
—¡ESE MALNACIDO! —refunfuñaba Inojin, apretando su mandíbula—¡ME LAS PAGARÁ!
Araya observaba el comportamiento del muchacho. Le parecía extraño que un joven que apenas conocía, se interesara tanto en su amiga.
Suspiró.
Sentía que podría contar con su apoyo y que Yodo se alegraría al verlo allí.
Sin embargo, la reciente noticia del paradero de su amiga en común, los dejó con alto nivel de ansiedad, nerviosismo e impotencia.
Inojin renegaba por el hecho de sentirse inútil para la policía. Aunque se encontraba desempleado, no había dejado de pintar maravillosos retratos.
Él tenía un talento innato, propio de un artista sin igual.
No obstante, ante la desaparición de Yodo, no lograba poder plasmar sus dotes artísticos, alcanzando un punto de inflexión que no lograba comprender.
—Habrá que esperar. Ellos dijeron que la traerían aquí cuando todo acabe... —Araya de dirigió a Inojin y sonrió —Estoy seguro de que se alegrará mucho cuando te vea aquí.
Apenado, Inojin suspiró. En su mente no podía pensar en nada más que el bienestar de Yodo.
Rogaba a todos los santos que ella pudiera encontrarse bien y que no haya sufrido daños por parte de Kawaki.
—Necesito comprobar que esté bien. No soporto la idea de que haya permanecido al lado de ese tipo por tanto tiempo... —formó puños y gruñó.
Araya comprendía su enojo y trataba de mantenerse calmado. Le costaba trabajo, pero era lo mejor.
—Yo también tengo mis cuentas pendientes con ese idiota... —espetó.
Mientras tanto, Yodo se mantenía recostada.
Se hacía la dormida para evitar a Kawaki y trataba de serenarse.
Escuchaba que el Uzumaki usaba su celular, pero no llamaba a nadie, por lo que supuso que estaba enviando mensajes o chequeando datos.
Su estómago dolía tanto, que no podía evitar llorar en silencio.
Estaba angustiada y la situación la sobrepasaba.
De repente, una mano acariciaba su cabello.
No era brusco, de hecho, lo hacía con ternura.
Yodo tenía escalofríos. Temía por su vida.
Kawaki era una persona sumamente inestable, por lo que no podía fiarse de su repentino buen trato.
—Si estoy a tu lado, me aseguro que nadie te haga daño —susurraba.
Desesperada, la rubia se preguntaba el porqué, si ella estaba secuestrada en su casa.
¿Cómo podía pensar eso? Sus palabras contradictorias demostraban el grado de locura que tenía Kawaki.
No obstante, aún permanecía calmado, dándole una oportunidad de soportar sólo un tiempo más.
—No quiero que él te toque. Le dije que eras mía y no pienso ceder ante esa idea—masculló.
¿Él? ¿De qué se trataba esta locura?
Yodo no era un objeto para que él la reclamase como propio.
—Jamás lo permitiré, Yodo. Si no podés estar a mi lado, él tampoco lo hará...
Todos sus comentarios derivaban a una sola idea o, mejor dicho, a una persona en específico: Inojin.
Desde aquel día, cuando ambos se cruzaron, Kawaki advirtió acerca de que podría actuar en consecuencia.
El Uzumaki estaba realmente ofendido ante el rechazo y celoso por la presencia de Inojin en su vida.
¿Pero quién podría siquiera tener alguna relación de tipo amorosa o sexual con un hombre que se comportaba de forma arrogante y altiva?
Además, con tal de obtener lo que deseaba, que fuera capaz de secuestrar y torturar psicológicamente a quién, supuestamente, decía querer.
Kawaki jamás podría pertenecer a la clase de hombre que elegiría Yodo.
—Haré lo posible por cuidarte y lograr que él entienda que estás mejor conmigo—sintió uno de los dedos de Kawaki delimitando sus labios.
Repulsión. Asco. No existía una mejor descripción de lo que la rubia sentía en ese instante.
Soportaba en silencio. Si él descubría que estaba despierta, no sabría prever lo que pasaría.
Su aliento se acercaba a ella. Su piel sentía la cercanía de Kawaki.
No lo toleraba. No quería continuar fingiendo.
Abrió sus ojos y cuando estuvo a punto decir algo, unos hombres sujetaron violentamente a Kawaki.
Colocaron sus brazos hacia atrás y lo arrojaron al suelo, sosteniendo su cabeza contra el piso.
Otro estrechó su mano para ayudarla a levantarse.
Esas personas vestían un extraño traje negro. Ella no lo recordaba en ese instante, pero sabía que los conocía.
Kawaki gritaba desaforadamente e intentaba convencer a Yodo.
—¡NO LO HAGAS, TE MATARÁ! —exclamaba horrorizado.
Yodo lo miró con tristeza. Pese a todo el dolor que le causaba, sentía lástima por Kawaki.
Supuso, en ese momento, que cuando Naruto mencionó que su hijo estaba en peligro, se refería a su estado psicológico.
Él necesitaba ayuda inmediatamente.
—Jamás te perdonaré, Kawaki—espetó y frunció el ceño.
Las personas levantaron a Kawaki y lo trasladaron luego de que rescataran a la chica.
Era la primera vez que Yodo salía de aquella lúgubre y ostentosa habitación. Se sentía extraña y exhausta.
Observaba a su alrededor, mientras un oficial la guiaba hasta la salida.
No tenía adornos de ningún tipo, pero muchas piedras preciosas.
También había cuadros extraños que reflejaban el ocaso de la humanidad. Asesinatos, suicidios y guerras.
Podría asegurar que así se veía la mente de Kawaki: caótica y sin un atisbo de felicidad.
—¡SUÉLTENME! —Yodo escuchaba los forcejeos de Kawaki.
Al salir, la rubia miró al cielo. Se alegraba al sentir los rayos del sol quemando levemente su rostro.
El aire libre de maldad y las nubes brindándole la bienvenida, generaban la esperanza en el corazón de Yodo.
La subieron a una ambulancia y la acostaron en la camilla.
Las enfermeras la revisaban para constatar que no tuviera algún daño físico.
—¿A dónde me llevarán? —inquirió.
—Primeramente, al hospital. Allí recibirás la visita de los oficiales que están a cargo de tu caso y determinarán si quedás bajo su custodia.
Yodo respiró profundo, descargando todo lo malo que había vivido las últimas semanas.
Ni siquiera tenía noción de cuánto tiempo había pasado. Sólo trataba de imaginar cómo se veía el exterior y cómo se sentía caminar bajo la lluvia.
Algo tan simple como eso...
Ella era libre.
Finalmente...
Horas después. Ella no recordaba el momento.
Necesitaba dormir y olvidarse del mal trago.
Fue tan pesado y profundo, que no se contuvo en dejar fluir sus sueños.
Una serie de imágenes pasaron por su inconsciente, sugiriéndole que concluyera su trabajo.
Despertó de repente.
Se percató de la presencia de su mejor amigo.
Él descansaba en una silla ubicada a su lado.
Yodo estaba en una camilla. Supuso que sólo estaba allí para realizarse algunos chequeos rutinarios y le permitirían regresar a su hogar.
Araya estaba cruzado de brazos. Dormía con la cabeza gacha, soltando algunos ronquidos molestos.
La rubia sonrió. Era la primera vez, en mucho tiempo, que despertaba sin la molesta presencia de Kawaki.
Agradecía que su amigo pudiera hacer lo posible por rescatarla y que estuviera al pendiente de su bienestar.
—Gracias por no abandonarme, Araya—exclamó en voz baja.
La puerta de la habitación se abrió y la persona que ingresó se quedó perplejo ante la mirada de la rubia.
Sus orbes se conectaron y ninguno pudo decir lo que su mente gritaba.
Inojin estuvo día y noche trabajando junto con Araya para poder encontrarla. Aportó horas libres para investigar por su cuenta y hallar pistas que lo condujera a Yodo.
Araya fue testigo de su perseverancia y cuán preocupado estaba.
—Bienvenida... —musitó y se acercó a ella rápidamente— Estoy muy feliz de verte, hermosa—sus palabras eran las caricias más tiernas que recibió jamás.
Yodo rompió en llanto. Inojin la abrazó con ternura y añoranza. Acariciaba su cabello y hundía su rostro en la corvatura de su hombro.
Ella seguía igual de bella, aunque su brillo estaba siendo opacado...
—Inojin... —la chica respondió ante el afectuoso gesto y apretó el cuerpo del Yamanaka contra el suyo.
Sollozaba. Jamás se había sentido tan vulnerable y nunca pensó que necesitaría el apoyo emocional de otra persona.
Yodo había superado una gran depresión. No toleraría retornar a ella por culpa del trauma generado por Kawaki.
—¿Te hizo daño ese infeliz? —inquirió en voz baja, tratando de mantener la serenidad.
—No quiero hablar de él ahora... —observó su mano izquierda y se percató de aquel detalle. Cerró sus ojos y prefirió perderse en el delicioso aroma natural del hombre que estaba junto a ella.
Inojin estaba tan contento por verla nuevamente, que no soportaba el secreto que cargó por tanto tiempo.
Sujetó su rostro y contempló la expresión desconcertada de la chica.
—No te preocupes por nada, estaré aquí para lo que necesites—secó las lágrimas de la rubia y fue acercándose con timidez.
Yodo temblaba. No podía negar que le atraía Inojin, pero aún estaba algo asustada.
Debía elegir si quería continuar o retroceder.
Inojin apoyó sus labios contra los suyos. Yodo cerró los ojos y respondió al beso.
Su delicadeza y cariño podían notarse en aquel beso que tanto anhelaba.
Ella creía que, tal vez, él sería su tabla de salvación ante Kawaki,pero no. Ella notó que estaba interesada en Inojin y su extraña forma de ser.
Sus palabras eran suaves y acariciaban su piel con mucha sutilidad.
Sus alientos se cruzaban. Sus manos rozaban y aumentaba el calor de sus besos.
—No cuenten dinero delante de los pobres—espetó Araya entre bostezos.
Inojin se alejó de la chica y ella comenzó a reír.
Colocó la mano en sus labios y desvió la mirada.
Araya se levantó y se dirigió hasta su amiga. Tomó su otra mano y la besó.
—¡TONTA, NO TE DAS UNA IDEA DEL MIEDO QUE TUVE! —masculló entre lágrimas.
Yodo comprendía la preocupación de Araya.
Al fin y al cabo, él era como un hermano para ella y podría sentirse del mismo modo si estuviera en su situación.
—Gracias, Araya—sonrió.
El muchacho se lanzó a ella y la abrazó con fuerza.
Inojin cruzó sus brazos y suspiró.
Esto apenas comenzaba...
Shikadai despertó nuevamente en la habitación de sus padres.
Su cuerpo estaba débil y no lograba recordar lo sucedido.
Escuchaba ruidos en la cocina, así que decidió levantarse para reprender a su primo.
Estaba seguro de que había hecho algo para que no actuara solo y eso lo enfurecía demasiado.
Shikadai había descubierto muchas verdades en torno a la desaparición de sus padres. El estrés tomó parte de su mente y cuerpo.
Caminó con cuidado. Resoplaba.
Escuchaba que Shinki lavaba los platos.
El Nara formó puños y resopló.
Trató de apurar el paso y se detuvo en la entrada de la cocina.
—¿QUÉ RAYOS ME HICISTE, MALDITA SEA? —espetó enfurecido.
Para su sorpresa, la persona que estaba en su casa no era su primo.
Apenado por el modo de expresarse, tapó su rostro.
—Lo siento mucho... —dio media vuelta para regresar a la habitación, pero fue detenido inmediatamente.
—Shinki tenía razón en llamarme, Dai—sintió sus tibias manos en su rostro y eso lo ruborizó más de lo que creía.
—¿Por qué estás aquí, Sarada? —bajó su tono de voz y desvió la mirada—Es peligroso...
La Uchiha se acercó a Shikadai y lo miró fijamente.
—¡¡REALMENTE SOS UN IDIOTA, DAI!! —le dio un fuerte cachetazos que dejó atónito al moreno.
Sarada resopló y soltó al muchacho.
—Pero... —sobaba su mejilla—Pero... ¿Por qué...? —desconcertado, observaba la tristeza de Sarada y comprendía lo que estaba sucediéndole.
Él estaría preocupado por su bienestar. La extrañaría y daría todo por estar a su lado.
¿Por qué la apartaba entonces?
—¡PORQUE ESTÁS ACTUANDO COMO UN IDIOTA, DAI! —la azabache le dio la espalda y bajó la cabeza— Shinki me contó lo que sucedió...
Shikadai sentía que la culpa se presentaba para recordarle lo cruel que era la vida.
Por más que quisiera, no podía involucrar a Sarada. Ella aún estaba triste por...
—¡PROMETÍ ESTAR A TU LADO PARA DESCUBRIR LA VERDAD! —giró la cabeza y dejó caer sus lágrimas.
Shikadai sostuvo su mirada en la expresión triste y desesperada de Sarada. Tenía miedo...
Tenía miedo por ella y por lo que estaba sucediendo a su alrededor.
No quería perderla. No podía permitir que nadie la lastimara.
De lo que no se percatara, era que él mismo la dañaba con su indiferencia respecto a incluirla en sus planes. Sarada se sentía excluida de su vida y eso la enfurecía.
¿Qué era ella para él? ¿Qué rol cumpliría en su vida?
Shikadai se acercó a ella y la abrazó como si no existiera un mañana. Cerró sus ojos y ambos rompieron en llanto.
Se extrañaban, eso era un hecho.
—¡IDIOTA! —espetaba la azabache mientras pellizcaba al Nara.
Él reía mientras lloraba. Se sentía como un niño cuando su mamá lo regañaba y, luego, intentaba sacarle una sonrisa.
—Lo siento, amor... —musitó y Sarada abrió sus ojos ante oír sus palabras.
—¿Qué...? —los nervios no le permitían hilbanar las palabras adecuadas— ¿Qué dijiste?
Shikadai respiró profundo y sujetó el rostro de Sarada, colocándolo frente al suyo.
—Haré todo lo posible para que esto acabe pronto— se ruborizó y carraspeó—, porque así podré tomarme la libertad de proponerte que seas mi esposa...
Sarada estaba perpleja. Sus ojos se acuaron aún más rápido y sus labios temblaban.
Posó sus manos en el delicado rostro del Nara y apoyó su cara en el pecho del muchacho.
—Sería el acto más hermoso que reciba de tu parte, Dai—Shikadai la acarició y sonrió.
—Hace poco te propuse que vivieras conmigo en esta casa. Te negaste y, aún así, ahora estás a mi lado. Eso me demuestra que no me equivoqué al elegirte, amor.
Definitivamente, Sarada lo había comprobado.
Nada fue en vano. Ella estaba allí para volver al lado de Shikadai.
—Eso es porque te amo y no quiero estar lejos tuyo— confesó.
Shikadai estaba realmente feliz de volver a tener cerca a Sarada. Ella era el motor de su vida y no permitiría que se alejara.
—Gracias por venir por mi, amor—susurró y se percató del modo en que la llamaba—¡Lo siento! —respiró profundo— ¿Te molesta si te llame así? ¿O preferís que te diga...?
—Es lo más hermoso que pudiste decirme, Dai. Me encantaría que me llames amor— sonrió.
Shikadai tomó las manos de Sarada y no dejaron de mirarse por un buen rato.
El Nara notó la pureza e inocencia en sus ojos. Ella transmitía la paz que él tanto buscaba.
Sarada descubrió que Shikadai era la fortaleza que complementaba su ser. Su pilar de inspiración para continuar viviendo y un nuevo amor.
También, se percató de que el amor se presenta en cualquier ocasión. Ella estaba sola, al igual que él.
Ambos necesitaban el apoyo y contención del otro. Así se conocieron...
—Prepararé algo de comer—espetó la Uchiha.
Shikadai contaba con la bendición de su madre. Ella, desde donde lo observara, estaría feliz.
Sarada había cerrado un ciclo respecto a la culpa para con Boruto. Él le aseguró cuán feliz era si ella estaba al lado de Shikadai. De ese modo, podría gritar cuánto amaba al muchacho.
—Espero que te gusten las verduras hervidas... —las palabras de Sarada fueron interrumpidas al sentir un cálido abrazo por detrás suyo.
El azabache apoyó la cabeza en su hombro y la movía lentamente.
—Todo lo que venga de vos, me gustará...
Era momento de expresar lo que sentían.
Disfrutar de la calma y esperar la tormenta que podría desatarse en cualquier momento...
En otro sitio, alejado de la vista de los oficiales y de la prensa, dos personas estaban al tanto de lo que sucedía.
Una mujer, recostada en el sillón, sostenía un vaso con whisky.
Había tomado demasiado y sus palabras se tornaban incomprensibles para su fiel compañero.
—Qué dijo el amo qué... —expresaba con dificultad.
—Has tomado demasiado, Delta. Comportate—el hombre le quitó el vaso y lo apoyó en la mesa.
Se sentó a sus pies y colocó sus brazos en el respaldo del sillón.
—Que debemos sacar al jefe de la cárcel a como diera lugar. A él no le conviene que esté encerrado—resopló.
—Ese niño tonto... —balbuceaba— Ni que fuera la gran cosa— dejó caer su cabeza hacia atrás mientras se quejaba por la lejanía de la bebida.
—Es el primogénito de Naruto Uzumaki. Es lógico que quiera tenerlo bajo su control. Es como tener la gallina de los huevos de oro—argumentó el hombre.
Se levantó y observó a la mujer.
—¿Cuál es el plan entonces? —inquirió con fastidio.
—Pues... —sobó su mentón— Habrá que sacar al mocoso de la jaula y traerlo con nosotros.
Delta comenzó a reír. Tapó sus ojos con el antebrazo y suspiró.
—¿Qué te pasa?
—Caso contrario, el amo nos dirá adieu a nosotros—reía a carcajadas—. Me gustan los retos interesantes...
Delty no era una mujer fácil de comprender.
Amaba los retos a muerte y, mucho más, si estos eran impuestos por su amo.
—Esperemos que el jefe no abra la boca... —expresó el hombre.
—De ser así, yo misma le daré el golpe de gracia a ese inútil —exclamó Delta, sentándose nuevamente.
El plan estaría en marcha tarde o temprano.
Era cuestión de tiempo que todas las piezas tuvieran el encuentro.
