—El informe hecho recientemente, nos revela que este joven tiene un severo trastorno de personalidad— uno de los oficiales le cedió todo la información recopilada a Kotaro Fuuma.
El hombre lo leyó detenidamente e hizo un gesto con la mano para interrumpir el discurso del oficial.
—Trastorno de personalidad. Bipolaridad y ataques de ansiedad... —murmuraba al pasar las hojas. Levantó la vista—¿No cree que ese muchacho necesita atención psiquiátrica urgente?
El hombre, testigo del examen que le habían hecho a Kawaki Uzumaki, resopló ante la idea.
—La justicia es bastante lenta en ese sentido. Todos estamos de acuerdo en que Kawaki necesita ser internado en un hospital psiquiátrico y recibir la mejor atención para tratar sus trastornos—sobó su nuca—. Lo que aún no entiendo es por qué tenía secuestrada a esa chica...
Kotaro lo miró con fastidio. Realmente dudaba de la capacidad de su colega.
—Claramente es un tipo de obsesión que adquirió hacia la chica.
Supongo que Kawaki habrá sido un niño malcriado que supo tener todo lo que quería. Aunque... —resopló—al toparse con Yodo, ella quitó el seguro que mantenía esa locura dormida. Se convirtió en un objeto de deseo y se obsesionó al punto de quitarle la libertad.
Ambos se cruzaron de brazos.
Miraban fijamente el monitor que vigilaba la actitud de Kawaki en una habitación solitaria.
Kotaro frunció el ceño.
—¿Aún no ha confesado? —inquirió y su compañero negó con la cabeza.
El Fuuma, quien se encontraba a cargo de la investigación del caso Uzumaki-Nara, sacó una cajetilla de cigarrillos que guardaba en el bolsillo.
La abrió y sacó uno de ellos. Le ofreció al hombre que estaba a su lado y éste aceptó.
Ambos los encendieron y dieron su primer bocanada como prueba de cuán exhaustos estaban.
—Presiento que hay algo mucho más turbio detrás de todo esto... —musitó.
Las miradas se centraban en la actitud apática de Kawaki.
Los perfiles de los psicópatas que habían pisado la dependencia policial, eran similares a las que presentaba el Uzumaki.
Su mirada mostraba el estado inactivo de su alma, dando fe de cuán perturbado estaba.
—Eso lo comprobaremos luego del interrogatorio—aseguró el oficial—. Pasará la noche en la celda. Luego se determinará si será trasladado o permanecerá allí hasta que sea enjuiciado.
Sarada acababa de darse una larga ducha.
Estaba exhausta y preocupada por Shikadai.
Si bien el muchacho había comido en paz, ella podía percibir que su mente divagaba en otro sitio.
Sabía acerca de los recientes cuerpos encontrados y cómo esa noticia afectaba en su corazón.
Nadie mejor que la Uchiha comprendía la angustia y el duelo que no podía dejar salir por culpa de otras preocupaciones esenciales.
La azabache se colocó los lentes y suspiró.
Colgó la toalla con la que había secado su cabello y salió del baño.
Sentía el aroma a tabaco que provenía del comedor.
Ella se acercó hasta él y notó que estaba apoyado en el ventanal. Tenía la mirada perdida, tal como lo había conocido.
Al escuchar los pasos, Shikadai volteó a verla y sonrió.
—Estaba deliciosa la comida... —musitó y dio otra calada a su cigarrillo.
—Gracias. Aunque era algo simple y rápido de hacer... —Sarada desvió la mirada. Quería acercarse a él, pero temía invadir su privacidad—Algún día... —captó la atención del moreno— Algún día te cocinaré algo mejor elaborado—exclamó con énfasis.
Shikadai arrojó la colilla del cigarrillo y suspiró.
Se acercó a ella y tomó sus manos.
—Habrá tiempo para todo, te lo prometo, amor...
A Sarada le costaba asimilar su nuevo apodo. Ese mismo utilizaba Boruto y escucharlo decir de los labios de Shikadai, la enamoraba aún más.
Su dulzura y su cariño eran claramente visibles.
Ella lo extrañaba demasiado e imaginaba que él se sentía igual.
—Gracias... —cerró sus ojos y bostezó.
Ese día se había levantado más temprano de lo previsto.
Shinki la había llamado para contarle lo sucedido con Shikadai y ella no dudó ni un instante en ir con él.
Juntó algunas prendas que había comprado recientemente Gaara para ella y el Sabaku No menor se encargó se llevarla hasta la residencia Nara.
Estaba exhausta y necesitaba recuperar energías para poder estar junto a Shikadai.
—¿Tenés sueño? —inquirió el azabache.
Sarada giró su rostro y asintió.
El Nara la soltó y caminó hasta la primer habitación. Abrió la puerta e hizo un gesto para que se acercara.
Sarada se dirigió hasta el sitio donde Shikadai le había indicado e ingresó.
—Podrás dormir aquí. Comprendo cuán cansada deberás estar así que te cederé el lugar más cómodo— rascó su nuca y suspiró.
—Gracias, Dai—sonrió. Carraspeó y volteó a ver el lecho— ¿Qué harás mientras tanto?
Shikadai respiró profundo y guardó sus manos en los bolsillos.
Dio media vuelta y esbozó una sonrisa ladina.
—Iré a fumar otro cigarrillo afuera—se retiró lentamente y cerró la puerta.
Sarada se sentó en la cama y pensó lo que Shinki le había advertido anteriormente:
—Shikadai está sumido en un estado de ansiedad y estrés que preocupa a quién lo rodea. Estoy seguro de que vos conseguirás estabilizar lo sin necesidad de acudir a la medicación.
Las palabras del Sabaku No eran contundentes.
Estaba preocupado por la salud mental de su primo y eso la orillaba a plantearse lo que realmente podría hacer para mantenerlo sereno.
—Pese a todo, él sigue siendo reservado con algunos asuntos, Shinki—pensó y se recostó.
En la tranquilidad de una noche estrellada, Shikadai gozaba de su último cigarrillo.
Cerró sus ojos y pensó acerca de todo lo que habían logrado encontrar los investigadores en tan poco tiempo.
Tres cuerpos. Un desaparecido y un fallecido que sabía dónde podría encontrarse.
Mejor dicho, quién podría tener su cadáver.
Sin embargo...
¿Es posible que esa persona que aún no encontraban, resultase que estuviera escondido en algún sitio con vida?
Sería realmente problemático imaginarlo, puesto que cualquier opción sería arriesgado para el futuro de los Uzumaki.
—Sé perfectamente que partiste y estás esperando a papá—sacó de su bolsillo ambas llaves y las apretó con fuerza—. Te prometo que resolveré esto y les daré el debido descanso.
De inmediato, las lágrimas comenzaron a humectar su rostro. Su pecho comenzaba a dolerle tanto como en ese instante cuando supo la verdad.
Estaba exhausto y sentía que las fuerzas se desvanecían conforme pasaban los días.
—Prometo que cuidaré a Sarada y seré feliz a su lado—apretó su mandíbula y ahogó los gritos de súplica por la libertad.
Estaba seguro de que estaba a punto de caer en la locura, pero la presencia de Sarada le devolvió su estabilidad.
Observó una vez más las llaves y las guardó en su bolsillo.
Notó una estrella fugaz, cruzando de manera paralela a su cabeza.
Respiró profundo y pidió un deseo. Uno que creía que no sería imposible de cumplir.
—Ellos me enseñaron que si podía comunicarme con ustedes, encontraría mi sendero—secó sus lágrimas —. Eso haré...
Regresó al interior de la casa.
Apagó las luces y fregó sus ojos.
Necesitaba dormir.
Se asomó al cuarto donde dormía Sarada. Estaba en posición fetal, abrazando la almohada.
—Te ves tan serena—susurró y se acercó lentamente a ella.
Se sentó en el borde de la cama y se quitó el calzado.
Se acurrucó a su lado, teniéndola de frente a él.
—Se me hace muy difícil perder los estribos cuando estás a mi lado—musitaba y acomodaba el cabello de Sarada—. Shinki me conoce demasiado bien y supongo que no habrá querido medicarme— suspiró.
Estiró su cuerpo y mantuvo la distancia con la Uchiha. La miraba con ternura y sonreía ante la expresión pacífica de la azabache.
Al parecer, estaba teniendo un sueño tranquilo.
Él lo notaba en su respiración.
—Esta etapa será la más difícil de sobrellevar, ya que daré todo de mí para resolver estos malditos misterios que nos condenaron al exilio—con sus dedos acariciaba las mejillas de la chica—. Gracias por estar a mi lado y amarme así, tan impulsivo y temperamental como soy...
—Aunque fueras alguien más tranquilo, te amaría del mismo modo—susurró la chica. Tenía los ojos entrecerrados.
Sobresaltado, Shikadai se ruborizó.
—¿Hace cuánto que estás despierta? —el muchacho alejó la mano del rostro de la Uchiha.
—Supongo que desde que te acostaste—rió.
—Lo siento. Iré a la otra habitación así podrás descansar... —cuando el Nara amagó con levantarse, Sarada lo sostuvo del brazo.
Él volteó a verla y notó que sus orbes oscuras brillaban más que cualquier otro día.
—Después de todo lo que ha pasado entre nosotros—suspiró —; todo lo que me confesaste... —Sarada se sentó y miró fijamente a Shikadai— ¿Aún pensás irte?
Él estaba desorientado. Quería estar junto a ella.
Deseaba muchas cosas, pero temía ser rechazado...
—Creí que sería lo mejor. Además... —justificaba.
La chica lo atrajo hacia ella y posó sus manos en las mejillas de Shikadai.
Ambos cerraron los ojos y dejaron que el amor mandara en sus actos.
Sus labios se extrañaban. Eso era evidente.
El fervor emanado del interior de Sarada, resonaba inmediatamente en Shikadai.
Él recostó a Sarada sin cortar el beso.
Comenzó a acariciar su cuerpo por encima de la ropa, recordando las curvas peligrosas que lograban hipnotizarlo.
Sarada recorrió la espalda del Nara y acarició con delicadeza su espalda.
Ella conocía su punto débil y no se perdería de aquel rostro sediento de placer.
—Sarada... —jadeó y recordó aquella reacción electrizante que lo estremecía al punto de querer devorar a su compañera.
Ella reía. Esa malicia era fácilmente perceptible.
—¿Acaso estás queriendo abrir las puertas del infierno? —exclamó en un tono juguetón.
—Tengo lagunas mentales cuando intento recordar lo que pasó entre nosotros en San Valentín... —mordió su labio inferior— Así que quiero revivirlo ahora que estoy plenamente lúcida.
Shikadai cerró sus ojos y sonreía. Conocía el lado provocativo de la Uchiha y lo excitaba al punto de querer experimentar cualquier acto sexual.
—Lamento informarte que eso no volverá a suceder —exclamó con seriedad y se acercó al oído de la chica—. Ese día estábamos ebrios y tuvimos sexo del bueno...
Sarada suspiró.
—No obstante, te revelaré mi lado tierno, ya que no tendremos sexo—besó sutilmente sus labios y la miró directamente a los ojos—, sino que haremos el amor, Sarada.
Atónitos, contemplaron la belleza de las orbes de su compañero.
Tanto él como ella esperaban hacerlo y no dudaron.
Shikadai quitó con paciencia cada prenda de la chica, no sin antes dejar sus besos tatuados en su cuerpo.
Las manos del Nara recorrían suavemente cada sitio prohibido, teniendo el permiso completo de Sarada.
Ambos, ya sin ninguna barrera textil, tocaron sus pieles con ternura y respeto.
Los besos los hacían estremecer y las caricias dejaban en claro cuánto se amaban.
Shikadai amaba profundamente a la muchacha que yacía debajo suyo. Ella mostraba cuán ansiosa estaba por complementarse con él.
Jadeaban, sudaban y no paraban de besarse ni acariciarse.
La humedad y la rigidez que presentaban ambos, hicieron que no continuaran proyectando el infinito amor que se tenían, cediendo pura y exclusivamente al salón de la lujuria.
Shikadai decidió ingresar al sitio que lo había enloquecido. Sus temperaturas aumentaban más y más, dando paso al baile inaugural de sus partes íntimas.
Pausada y apasionadamente, Shikadai dejaba su huella en el delgado y delicado cuerpo de la Uchiha, quien se retorcía al sentir su ser que ingresaba para atraerla al pecado.
Las estocadas del moreno adquirían velocidad y mayor fuerza, aumentando la vigorosidad en los gemidos de su compañera de juegos.
Ella se aferraba a las sábanas, trataba de ahogar todo el placer que estaba brindándole el Nara, pero resultaba imposible hacerlo cuando él también se mostraba del mismo modo.
Sarada clavaba sus uñas en la espalda de Shikadai e imploraba que el fuego cesara en su interior. Anhelaba continuar, pero estaba consciente de que era como un cuento de hadas y todo debía culminar tarde o temprano.
—No lo soporto más, amor... —exclamó Shikadai, entre jadeos.
—Yo tampoco, Dai—lo besó nuevamente y le otorgó la dicha de los últimos gritos.
Él gemia de un modo tan tentador, que excitaba nuevamente a Sarada. Realmente amaba oírlo de ese modo.
De pronto, el Nara se detuvo. Buscó regular el aliento y secó el sudor de su frente.
Su interior ardía y podía verificar que él se sentía del mismo modo.
El moreno dejó caer su cuerpo. Se ubicó a un costado y susurró: —¿Te quedarás junto a mí, pase lo que pase?
—Siempre, Dai—ambos sonrieron.
No debían decirse nada más. Con sus miradas podían expresarlo todo.
—Te amo, Sarada...
A la mañana siguiente, Sarada despertó relajada.
Notó que Shikadai no se encontraba a su lado y decidió levantarse.
Buscó su ropa interior y divisó una camisa del Nara.
Con una sonrisa pícara dibujada en su delicado rostro, se lo puso y notó que cubría perfectamente su cuerpo.
Salió de la habitación y se dirigió directamente a la cocina.
Shikadai se encontraba preparando café.
Estaba de espaldas y con el torso desnudo.
De manera sigilosa, la Uchiha se arrimó a él y le dejó algunos besos húmedos en el camino de su columna.
Asombrado, Shikadai voltea y abraza a la chica.
—Buen día, amor—le dio un tierno beso y comenzó a reír ante las intenciones de la chica—. Te queda preciosa mi ropa.
Ruborizada, Sarada acomodó su cabello y apoyó su rostro en el pecho del Nara.
—Gracias.
La azabache se apartó de él y le permitió que preparara las infusiones.
—¿Acaso esperabas un segundo round? —bromeó y notó el rostro de una pecadora en la Uchiha.
—Pues...
Intempestivamente, la conversación tuvo que ser postergada debido a que tocaban el timbre.
Ambos se miraron y Shikadai se adelantó para abrir.
Sarada observaba la situación.
Con cierto recelo, el azabache abrió lentamente, dejando a la vista a la persona que estaba esperando para ingresar.
—Hola Dai... —Sarada frunció los labios al ver de quién se trataba.
—Yodo... —espetó sorprendido.
Se hizo a un lado y dejó pasar a la rubia.
Ella observaba la actitud nerviosa de su ex novio y percibía que no era un buen momento para llegar.
—¿Qué...? —carraspeó— Bueno, ¿Cómo estás? Es decir... —rascó su nuca—¿Qué te trae aquí?
Yodo bajó la mirada y sonrió.
—Si estabas ocupado podrías decírmelo, no quiero interrumpir.
Shikadai dio media vuelta y se encontró con Sarada.
Ella no estaba contenta con ver a la ex novia de quien ahora era su pareja, así que no fingiría sus expresiones.
Yodo se percató de lo que sucedía al ver cómo estaban vestidos ambos.
En cierto modo, estaba contenta.
—Sé que no vendrías por algo que no fuera importante. Así que esperame en la sala—se dirigió hacia Sarada—. Iré a vestirme decentemente.
Shikadai tomó la mano de Sarada y la arrastró a la habitación.
Yodo observó la escena y sonrió.
—Realmente cambiaste mucho, Dai—susurró y eligió el sofá más grande para esperar.
En el cuarto, Shikadai se colocaba una remera y contemplaba la belleza de Sarada.
—¿Estás celosa? —inquirió de repente.
Ella se sobresaltó y resopló.
—No.
—Podría pensar que si... —bromeaba.
—No me molestes, Nara—respondió con desinterés y se sentó en la cama.
Shikadai se acercó a ella y la recostó, ubicándose encima suyo.
—¿Acaso los celos no te permiten llamarme Dai como siempre? —exclamó en tono bromista— Estoy seguro de que no vino para conquistar a este bello galán que aún sigue soltero...
—Callate —frunció el ceño y gruñó.
Shikadai le robó un beso y se bajó. Sarada se sentó y refunfuñaba ante la actitud irónica del Nara.
—Quiero que estés presente cuando ella hable. Ahora, vos sos la persona con la que comparto absolutamente todo y eso incluye mis problemas...
Asombrada ante la propuesta, Sarada se acercó al moreno y lo abrazó.
—Lo siento, Dai—el muchacho respondió al abrazo y sintió alivio al percatarse de que Sarada se había tranquilizado.
—Vamos. No quiero hacerle perder tiempo... —tomó su mano y ambos salieron de la habitación.
Yodo agradeció por el café y Sarada se ubicó al lado de Shikadai.
Los tres dieron el primer sorbo y la pareja estaban alertas por lo que la rubia estaba por relatar.
—Durante los últimos días, he estado secuestrada por Kawaki... —comenzó diciendo, alterando a los que estaban oyéndola.
—¿Qué...?— Shikadai formó puños. Sarada acarició sus manos y el Nara respiró profundo para poder continuar oyendo.
—De algún modo, él logró capturarme. Al principio, estuve en un sitio muy extraño. Solitario, lúgubre... —cerró los ojos— El mismo infierno, diría.
Sarada notaba el nerviosismo en las actitudes que adoptaba Yodo. Percibía el terror y la angustia que le generaba recordar ese momento.
—Un día, alguien me llevó a una habitación que compartía con alguien más. Cuando me percaté de él, corrí a averiguar qué sucedía.
Shikadai frunció el ceño.
—¿De quién se trataba?
Respiró profundo y abrió los ojos. Sus manos temblaban y sus piernas se movían involuntariamente.
—Naruto Uzumaki.
El Nara se levantó de inmediato. Sarada estaba perpleja.
El saber que el Uzumaki aún estaba con vida, le generaba esperanza.
—Sin embargo, no confío en ellos. Estoy segura de que lo matarán tarde o temprano... —espetó angustiada.
Yodo era una mujer muy intuitiva y presentía que si Naruto estaba allí, no sería por una buena acción.
Kawaki y sus secuaces planeaban algo. Algo suficientemente turbio como para mantener al Uzumaki en un deplorable estado de salud.
—Cuando logré que él hablara, dijo que Kawaki se encontraba en peligro—acomodó su cabello hacia atrás y continuó: —. No comprendía sus palabras hasta que me encontré durmiendo con Kawaki.
Shikadai no podía creer todo lo que estaba oyendo.
—Esto es un relato suficientemente escueto, pero lo más importante es que quiero que entiendas que Kawaki es una persona realmente peligrosa. No sólo para los demás, sino para sí mismo...
—¿Cómo lograste escapar?
—Tuve la suerte de que encontrara su celular y me comuniqué con mi amigo. La policía me rescató y detuvo a Kawaki—resopló —. Allí viene el problema.
Las orbes de aquellas dos personas que, en el pasado, habían compartido tantos recuerdos, se encontraban nuevamente para intercambiar sensaciones.
Shikadai comprendía la gravedad del asunto al notar la actitud aterrada de Yodo.
—Presiento que esto acabará de la peor manera...
Yodo jamás se equivocaba con sus intuiciones.
Shikadai lo sabía perfectamente.
—Ellos irán por él... —acotó Sarada, integrándose al clima denso que se formó entre Yodo y Shikadai.
Los tres llegaron a la misma conclusión: Kawaki sería liberado tarde o temprano.
En la madrugada, Sarada se encontraba durmiendo en el pecho de Shikadai.
Él no podía conciliar el sueño.
El asunto de Kawaki, Naruto y su padre lo tenía demasiado estresado y necesitaba elaborar un plan para acabar con todo.
Cuando estaba pensando en ello, notó que su celular estaba recibiendo un llamado de un número desconocido.
Se levantó lentamente para evitar despertar a Sarada y salió de la habitación para atender.
—¿Quién sos? —espetó con furia.
—Bueno, bueno. Siento despertarte, pequeño Nara—ironizaba el hombre al otro lado—. Creo que habíamos hecho un trato y me toca cumplir.
—Yo no pacté nada... —respondía. Frunció el ceño y apretó su mandibula.
—Bueno. Supongo que la imagen de tu querido padre en esa caja de cristal te alteró un poco. Prometí mostrarte el verdadero rostro de tu enemigo,Kawaki Uzumaki.
El sólo oír el nombre de su padre, lo exasperaba.
—¿Qué querés?
—Te daré todo lo que buscás. Mañana te enviaré el punto de encuentro. Soy un hombre de palabra...
El cuerpo de Shikadai se volvió frágil. Sin embargo, la determinación se fortalecía con el paso de los días.
Su deseo de proteger y devolver la libertad a Sarada, lo impulsaba a continuar.
—No quiero esperar a mañana. Quiero que me des en este instante todas las indicaciones...
La decisión estaba tomada.
