Habían pasado apenas unos días.
Kawaki vagaba por su celda. Se encontraba solo por razones de seguridad.
Su actitud apática se acrecentaba y esto fastidiaba a los compañeros que se encontraban en las celdas contiguas.
—Las muditas son las chicas más deliciosas, ¿Verdad, compañero? —vociferaban los reos que no despegaron la vista del Uzumaki.
Kawaki los miraba de soslayo y resoplaba.
Trataba de tranquilizarse para poder planear su fuga. Sería difícil, dada su situación crítica.
—Ey, muñequita... —gritaban desde el otro lado— No tengo problema en enseñarte a ordeñar... —ironizaba.
Al escuchar las palabras del preso, los demás reían a carcajadas. Todos, excepto Kawaki.
—Esa carita necesita de mi cremita para volver a brillar... —Kawaki se enfocó en aquel que le gritaba esas cosas.
Recordaba su antiguo yo y eso le ayudó a cambiar su expresión.
Esbozó una extraña y aterradora sonrisa, haciendo que todos callaran de inmediato.
—Es increíble el grado de homosexualidad que residen en sus cuerpos—colocó una mano en su rostro y clavó sus uñas—. Probaron tanto entre ustedes, que están aburridos. No les importa cogerse entre hombres mugrientos, gordos y con claros signos de bajeza humana...
Del lado opuesto, los aludidos se aferraron a los barrotes, gruñían y sacudían sin razón.
Kawaki mordió su labio inferior.
—Unos seres tan insignificantes no me intimidarán. Si tuviera que rebajarme a sus peticiones, preferiría beber agua de su inodoro con restos de heces—enarcó una ceja y comenzó a reír con malicia.
Dio media vuelta y fue hasta su cama. Se recostó y tapó sus ojos.
—¡¡YA VERÁS CUANDO ESTEMOS FRENTE A FRENTE, MALDITO IDIOTA!! —espetaban furiosos.
—Esto no quedará así... —susurró y se retorció al sentir punzadas en la sien.
Respiraba con dificultad. Su corazón latía muy rápido.
—Otra vez no... —jadeaba—¡Déjenme en paz! —colocó las manos en su cuero cabelludo y arrancó varios mechones.
Kawaki despertó por unos constantes golpes en los barrotes de su celda. Se asomó para ver de quién se trataba y era uno de los guardias nocturnos, un anciano que bien podría haberse jubilado desde hace mucho.
—Niño, es tu día de suerte... —espetó con un tono altamente sarcástico.
Kawaki se levantó y bostezó. Afortunadamente, los demás estaban durmiendo profundamente, lo cual le indicaba que sería más de mitad de madrugada.
El hombre le abrió la celda y colocó esposas en sus muñecas.
—Caminá en silencio—el Uzumaki seguía los pasos del guardia.
Él llevaba un manojo de llaves en sus manos y abría una a una cada puerta que lo llevaba hasta el punto de inicio.
El hedor emanado de las celdas era insoportable.
La primera vez que lo sintió, creía que moriría con sólo tener su olfato activo.
Sin embargo, con el paso de los días, se fue acostumbrando a él, pero notaba la diferencia al salir del área donde residían los reclusos.
Caminaron por un amplio pasillo, repleto de oficinas viejas que sólo guardaban archivos y éstas estaban cerradas con cadena y candado.
Al final de ella, una gran puerta de vidrio se encontraba iluminada.
Era realmente llamativo al lado de las otras, ya que podían ver claramente los movimientos de las personas que estaban dentro.
El guardia golpeó dos veces la puerta y, ante el permiso otorgado, ambos ingresaron.
En la oficina del director penitenciario, el guardiacárcel le quitó las esposas y fue invitado a sentarse.
—Hoy es tu día de suerte... —manifestó el hombre mientras acomodaba el papeleo. Los rompió y tiró al cesto de basura.
—No comprendo la razón por la que estoy aquí —en vista de que no obtenía ni una pista, Kawaki optó por ir de frente.
—Hemos revisado algunas cosas y, siendo franco, hemos cometido un error al encarcelarte. Por ese motivo, podrás volver a tu hogar... —el director estaba nervioso.
El Uzumaki estaba desconcertado.
Si bien se alegraba saber que podría regresar a su casa, no le terminaba de cerrar la idea del manejo de su excarcelamiento.
—¿Esto no debería llevarse a cabo de otro modo? Es decir...
—¡Llevatelo! —ordenó al guardia, quien lo sujetó del brazo y ambos se retiraron de la oficina.
Se dirigieron a la entrada de la prisión. Allí, a escasos metros, lo esperaba una camioneta negra con vidrios polarizados.
En el capot, una mujer formaba globos con su chicle.
Kawaki caminó hacia ella.
—Ahora comprendo las razones de esta extraña manera de sacarme de aquí... —espetó, captando la atención de la mujer.
—Por supuesto. El amo no estaba nada conforme al enterarse de que estabas aquí... —la mujer se subió a la camioneta del lado trasero, mientras que Kawaki lo hizo del lado del acompañante.
Al volante, se encontraba el compañero de Delta, otro de los secuaces de Kawaki.
—Me alegra verlo nuevamente, jefe—espetó el muchacho de cabellera larga y desordenada.
Kawaki lo ignoró y se recargó contra la ventanilla.
El joven arrancó el vehículo y tomó una dirección diferente a la que el Uzumaki conocía.
Éste, al percatarse de ese detalle, volteó a verlo.
—¿A dónde nos dirigimos, Code? —inquirió con autoridad. Delta se recostó a lo largo del asiento trasero y formaba globos con su chicle. Posteriormente, los reventaba y el sonido molestaba a Kawaki.
—El amo ordenó que te lleváramos con él cuando hayamos solucionado su problema, jefe—respondió con tranquilidad.
—Creo que tenía miedo que abrieras tu inútil bocota—expresó la mujer.
Kawaki estaba aun más molesto ante los comentarios de Delta. Jamás le había caído bien, pero su trabajo era magnífico y, por ese motivo, no se atrevía a despedirla.
—¿Acaso creés que me intimida tu presencia, Delta? —preguntó mientras la observaba a través del espejo retrovisor— Estás muy equivocada.
La mujer reía maliciosamente ante la provocación de quién se jactaba de ser su jefe.
Sólo era era capaz de ser franca y sobrevivir a ello.
—Eso me dice que sí sos un buen jefe. Me agrada eso, Kawaki—respondió irónicamente
Code se mantenía al margen de las conversaciones entre Delta y Kawaki. Él prefería ser uno de sus favoritos y jamás lo contradecía.
Sin embargo, Delta no temía si tenía que llevarle la contraria a su jefe. No obstante, ella era fiel a una sola persona y este era su amo.
—Me echaré una siesta hasta que lleguemos—la mujer cerró los ojos y Code se sintió aliviado al oírla.
Kawaki estaba con la mirada perdida en la calle y suspiraba.
—¿Se siente mal? —Code se percató de la extraña actitud adoptada por su jefe.
—No... —respondió con desinterés.
Al llegar, Code y Delta se adelantaron para ingresar.
Aquel lugar era altamente familiar para Kawaki.
Si bien no se trataba de su lujosa mansión, esta cumplía el mismo rol cuando no habitaba la otra.
Cuando Kawaki transitaba el camino hasta el recibidor, recordaba las últimas palabras que el "amo" le había dedicado:
—Volverás a pisar esta casa cuando te hayas convertido en el hombre que he estado preparando...
Con una absoluta crueldad y desprecio, ese hombre supo moldearlo a su imagen y semejanza.
Resoplaba. Realmente no estabas con ánimos de volver a verlo.
Kawaki se detuvo y revisó el cajón de un viejo mueble que aún permanecía en el pasillo.
De allí sacó la reliquia que el "amo" guardó por muchos años.
—Sos demasiado predecible... —murmuró y volvió a cerrarlo.
Caminó algunos metros más y se topó con ese hombre que supo alterar todos sus sentidos.
—Bienvenido Kawaki—exclamó mientras expulsaba una gran bocanada de humo.
En sus manos llevaba un habano y un vaso de whisky.
Detrás de él, Code y Delta miraban a Kawaki y notaban la decepción en sus ojos.
—¿Cuál es tu afán de traerme aquí? ¡¡NO PUEDO PERDER MI TIEMPO!! —estaba realmente alterado.
El hombre hizo un gesto con su mano y, de manera silenciosa, el mayordomo apareció a su lado.
—Boro... —espetó en voz baja.
El hombre, con lágrimas en los ojos, abrazó a Kawaki y esperó a que él también lo hiciera.
Cuando el Uzumaki rodeó a Boro, éste se acercó a su oído y musitó:
—Lo siento mucho, señor—así como acabó su frase, Kawaki sintió un pinchazo en su cuello.
Boro se alejó y dejó caer la jeringa. Sus manos temblaban y su estabilidad emocional se derrumbaba.
Delta comenzó a reír y el mayordomo la miró con desprecio.
—No te comportes como una maleducada, Delta—ordenó el amo.
La mujer cumplió a rajatabla y desvió la mirada ante la vergüenza.
El cuerpo de Kawaki perdía su fuerza y su conciencia comenzaba a manifestar las múltiples voces que lo atocigaba.
Posó sus manos en la cabeza y jadeaba ante la desesperación.
—Buen trabajo, Boro–espetó con seguridad mientras se acercaba a Kawaki— Hoy haremos una fiesta y no quiero verte así, Kawaki.
El Uzumaki cayó al suelo. El "amo" se colocó en cuclillas y levantó la cabeza del muchacho.
—Ustedes tres, pueden retirarse. Yo mismo me ocuparé de él ahora.
Disconforme, Boro se alejó del lugar. Detrás suyo, Code, lamentándose por la escena que acababa de presenciar.
Sin embargo, Delta se quedó un momento más. Ella sentía curiosidad por los planes de su "amo".
—¿Qué es lo que está planeando con él? —inquirió.
El hombre dejó a Kawaki en el suelo y se dirigió hasta la mujer.
Posó las manos en sus hombros y enarcó una ceja.
—Él será la atracción principal de mi fiesta, Delta. Ustedes encárguense de la seguridad.
La mujer resopló y miró una vez más al Uzumaki.
—Esperemos que no siga causando problemas...
Esa madrugada, resultaba extraña para varios.
Por un lado, Yodo, quien estaba bajo protección policial en su hogar, se desvelaba escribiendo la Crónica de UzuNara, un proyecto que estaba planeando publicar con el consentimiento de Shikadai.
Necesitaba canalizar la información que tenía. Además, su mal presentimiento la torturaba.
Sentía pánico por culpa de Kawaki y, también, temía por la seguridad de Shikadai.
—Tranquilizate, Yodo. Él estará bien... —trataba de serenarse.
—¿Yodo? —la voz adormilada de Inojin la sacó de su estado de preocupación—¿Estás bien? —se ubicó detrás de la rubia y espió lo que estaba escribiendo.
—El pecho no ha dejado de molestarme. Estoy segura de que algo malo está por suceder... —el Yamanaka la rodeó con sus brazos y besó con ternura su mejilla derecha.
—Por eso estoy aquí. No quiero que te pase nada—la rubia suspiró y agradeció el gesto adoptado por el rubio—¿Cómo vas con eso? —preguntó, refiriéndose al borrador que estaba formulando.
—Es un gran comienzo. Aunque me gustaría poder tener más información al respecto, ya que aún no se devela algunos secretos—aseguró y miró las orbes celestes de Inojin. Él sonreía.
—¿Saldré en tu novela? —susurró mientras besaba sutilmente su cuello.
Yodo reía. La sensación de tener a Inojin tan cerca de su piel, la estremecía.
—Por supuesto que no, Jin... —espetó con fastidio.
El rubio suspiró e hizo un gesto infantil con sus labios.
—Mala... —jugueteaba.
—Si fuera una novela, por supuesto que te agregaría. Más allá de todo, ahora sos mi pareja y no se puede pasar por alto tal información... —justificó.
Inojin movió apenas la silla donde estaba ubicada Yodo y la puso de frente a él.
Ambos se miraron fijo.
—Me da gusto oírlo de esos delicados labios... —la mirada comprensiva del Yamanaka, conmovió a Yodo.
Se sentía demasiado bien a su lado.
La calidez del rubio le daba la confianza y la fuerza que necesitaba para salir adelante.
Su mala experiencia, dejaría una cicatriz que le haría recordarlo de por vida.
No obstante, la presencia de Inojin le permitía poder orientar su atención en él, recordando cómo amar y aprendiendo a superar sus temores.
—Veo que aún estás con ganas de mí... —expresó en un tono juguetón.
Inojin esbozó una sonrisa lasciva. Cargó a Yodo y corrió hasta la habitación.
Ambos reían.
Sin embargo, en esas cuatro paredes, residía la nueva oportunidad para Yodo de volver a amar.
—Te haré olvidar ese falso matrimonio con todo mi amor... —susurró.
Al día siguiente, Sarada despertó en los brazos de Shikadai.
Él la abrazaba con fuerza y su expresión era bastante diferente a como la recordaba.
Ella sabía lo que sucedía en su mente y trataba de fingir al respecto.
Durante la noche, Shikadai se levantó para atender un extraño llamado.
Sin que él lo notara, ella se asomó para oír la conversación.
Cuando se percató de la situación, sintió pánico.
Por esa razón, decidió pedirle ayuda a Shinki y él se encargaría de llevar adelante la investigación.
—Mi padre y yo lo seguiremos. Lo he notado bastante extraño últimamente y supuse que estaría relacionado con el caso de UzuNara—respondió el Sabaku No por WhatsApp.
Sarada trataría de sacarle información, aunque suponía que sería difícil.
Sarada acariciaba el rostro de Shikadai. Ella estaba apoyada en su pecho y notaba que su respiración comenzaba a alterarse.
—No lo hagan... —murmuraba.
Sarada intentó despertarlo, pero era difícil.
Abrió los ojos de repente, asustando a la Uchiha.
El moreno trataba de regular la respiración.
—Perdón amor... —cerró sus ojos y suspiró.
Sarada se acomodó en la cama y él se sentó. Fregó sus ojos y besó a la Uchiha.
—Me encanta despertar y que seas lo primero que vea...—expresó con una bella sonrisa dibujada en su rostro.
Sarada, sonrojada, besó nuevamente al Nara.
Lo abrazó con mucha fuerza y susurró:
—Por favor, Dai... —suspiró—No quiero volver a sufrir.
Shikadai bajó la vista. Sabía que estaba por cometer una locura, pero necesitaba hacerlo.
—Te haré feliz, amor. No estés triste... —acarició su cabello negro con temor.
Odiaba mentir. Odiaba ocultarle cosas a Sarada, pero sería lo mejor.
Después de un día de películas y muchas actividades recreativas, Shikadai esperó a que Sarada se durmiera profundamente.
El Nara suspiró y buscó el número que tenía guardado.
Luego de que sonara dos veces, el hombre al otro lado respondió:
—Con que ya estás dispuesto a saber todo, ¿Verdad?
Shikadai apretó su mandíbula y chasqueó la lengua.
—Dame la ubicación. Iré en este instante.
—Buen muchacho. Estaré esperándote en la puerta de UzuNara. En cuanto sepa que la policía te siguió, no dudaré en acabar con tu vida...
—No pasará. Estoy dispuesto a saber todo.
El Nara tomó las llaves del auto que aún no le devolvía a Shinki y se dirigió al vehículo.
Lo encendió y manejó a gran velocidad.
Sin que Shikadai lo notara, un automóvil estaba al tanto de lo que pasaba.
Los Sabaku No estaban dispuestos a confirmar las sospechas que rodeaban a Shikadai.
—No seas idiota, Dai—refunfuñaba Shinki mientras manejaba.
—Él no teme a la muerte. Eso es seguro, hijo—respondió Gaara.
Ambos estaban preocupados por Shikadai. Él estaba dispuesto a sacrificarse por la verdad.
Sin embargo, ellos no estaban dispuestos a hacerlo.
Lo que más los sorprendió, fue que el Nara frenó en la empresa de su padre.
Al bajar, notaron cómo un hombre colocó una bolsa negra en su cabeza y lo obligó a entrar a una camioneta.
Él no se resistía. Permitió tal bajeza.
—Estamos en un grave problema, papá—espetó Shinki, estupefacto.
—Él no irá a...
Ambos necesitaban saber cómo proceder.
Shinki sólo pudo mover el volante y tratar de guardar una distancia prudencial para saber el destino de su primo.
Su corazón temía por la seguridad del Nara.
Gaara no podía contener las lágrimas al recordar el final de su hermana.
—Temari, no dejaré que tu hijo abandone a su chica—pensaba—. Deseo verlo casado y feliz, por eso haré todo lo posible para salvarlo...
