¿El tiempo o la vida era más cruel? ¿Quizás ambas? ¿O ninguna?

Nadie lo sabía con exactitud.

¿Cuántos meses habían pasado de aquel horrible día?

No se podría saber con certeza.

—Tranquila, amor—espetó el moreno, sobando los brazos de Sarada mientras estaba a punto de tocar timbre.

Ella dirigió su índice hasta él y tocó.

Segundos después, la mujer que abrió se mantuvo estática y emocionada ante la reciente visita.

—Hola mamá... —exclamó con timidez y un creciente fulgor en sus orbes ónix.

Aquella mujer, la madre de Sarada, abrazó con fuerza a su hija. Ambas lloraron tanto que no tenían más lágrimas...

—Perdón por no venir antes... —justificaba la Uchiha.

—Lo vi en la televisión, hija. Ellos te inculparon. Tu papá y yo siempre creímos en vos—aclaró.

Shikadai se encontraba a unos pocos centímetros de aquel maravilloso encuentro.

Suspiró.

La pelirrosa levantó la vista y lo miró con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

Soltó a Sarada y se acercó a él.

—Soy Sakura, la madre de Sarada—la aludida, quien se encontraba a un lado, bajó la mirada y se ruborizó.

Sabía que era el momento para confesarle el verdadero motivo por el cual habían ido a esa casa.

—Shikadai Nara, el prometido de su hija—Sakura se sorprendió ante las palabras de su futuro yerno. Volteó a ver a su hija y ella asintió con vergüenza.

Sakura tomó las manos de ambos y suspiró.

—Los felicito. Realmente tienen que contarnos todo lo que sucedió este tiempo...

—¿Contarles? ¿A quiénes? —Sarada miró con un deje de desconcierto a su madre. Ella guiñó y los invitó a pasar.

Ambos siguieron los pasos de Sakura. Tanto Sarada como Shikadai estaban nerviosos.

No sabrían con lo que se encontrarían.

—¿Quién era, Sakura? —una voz grave se hizo presente y se ubicó frente a ellos.

Estaba obnubilado. Las lágrimas se formaron en aquellos ojos oscuros, los cuales su hija había heredado.

—Sarada...—corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.

Su contextura física abarcaba por completo a la de su hija, hundiéndola en su pecho.

Sarada sollozaba. Sasuke sonreía.

—Los extrañé tanto... —espetaba entre jadeos.

—Nosotros a vos, hijita preciosa—acarició su cabello con ternura.

Sakura se ubicó al lado de Shikadai. Estaba cruzada de brazos.

—Él es un hombre que jamás expresa sus sentimientos. Es bastante vergonzoso... —musitó la pelirrosa en voz baja, como si se tratase de un secreto— Sarada es su punto débil. Podríamos decir que ella es su talón de Aquiles.

Comprendía lo que Sakura estaba diciéndole. Tanto Sarada como él eran hijos únicos. Por lo tanto, eran las luces de los ojos de sus padres.

Shikadai se conmovió a tal punto, que decidió preguntarle a Sakura dónde se encontraba el baño.

Ella lo guió hasta allí y él se encerró.

Se sentó en el inodoro y comenzó a llorar. No era tristeza, ni dolor. Estaba orgulloso de Sarada y de que ella disfrutara de sus padres.

Mientras tanto, Sarada le comunicaba a Sasuke acerca de su compromiso con Shikadai, lo cual no sorprendía al Uchiha mayor.

—Aprovechando que él está en el baño, diré que ese muchacho parece un hombre de palabra. Podría confiar con sólo verlo y eso no me sucede con cualquiera—expresó y desvió la mirada para que su hija no notara el ligero rubor que se manifestaba en sus mejillas.

—Él me ayudó a encontrar la salida, papá. Cuando creí que mi alma había muerto con Boruto, él se encargó de demostrarme que yo aún estaba aquí. Aprendí a vivir y superar el dolor poco a poco.

Cuando giró su rostro, se topó con la presencia de Shikadai.

Ella le sonrió y él se acercó para tomar su mano.

—Por eso no queremos perder ni un segundo más—exclamó la Uchiha.

—Señor... —tomó la palabra el Nara— Quizás usted no me conozca pero...

—Antes que nada... —posó sus manos pesadas en los hombros de Shikadai— No me vuelvas a llamar señor—exclamó en un tono intimidante.

Shikadai tragó saliva y trató de disculparse.

Sasuke comenzó a reír, acompañado por su esposa y su hija.

—Lo siento. Tenía que hacer esta broma tarde o temprano... —justificó entre risas.

Shikadai se había asustado. De hecho, esa expresión la conocía perfectamente en Sarada y lo confirmaba a través de su padre.

—Perdón, aún no me acostumbro pero debo hacerlo, Sasuke—suspiró con pesadez. Se sentía relajado—. Quiero pedirle formalmente la mano de su hija. Sé que no es la manera más convencional ni la más...

—Hijo—soltó al Nara y sonrió—, lo que mi niña haya elegido, tendrá mi entera aprobación. Sólo deseo que ella sea feliz y pueda formar una familia— interrumpió Sasuke al notar los nervios en Shikadai.

Shikadai posó sus orbes aguamarina en el rostro del Uchiha.

Aquel sentimiento que trataba de ocultar, lo dejó salir una vez más.

Se lanzó a sus brazos, sorprendiéndolo.

Sarada sonreía.

Sakura se acercó a ellos y los envolvió en un cálido abrazo. La pelirrosa comprendía cuánta falta le hacía sus padres.

—Perdón por el atrevimiento, es que esas palabras me recordaron a mi madre—justificó y secó sus lágrimas.

Sakura acarició las mejillas del Nara y lo miró fijo.

Suspiró.

—Nosotros estaremos para lo que necesiten. Nos da mucha alegría oírte decir eso. Quiere decir que los amás profundamente.

Era cierto. Él los extrañaba y no dejaría de amarlos jamás.

—Así es. Por suerte, la justicia llegó y puedo decir que descansan en paz...

Shikadai respiró profundo y cerró sus ojos.

Antes de volver a su hogar, Shikadai y Sarada decidieron hacer una parada.

Bajaron del vehículo y caminaron tomados de la mano.

El camino no era tan lejano a la entrada, así que no les tomaría mucho tiempo llegar.

Cuando así lo hicieron, el Nara se adelantó.

En ambas lápidas, una al lado de la otra, yacían sus padres.

Shikadai se puso de cuclillas y acarició sus nombres que estaban tallados en el mármol.

—En unas semanas, estaremos formalmente unidos ante la ley—cerró los ojos—. Estoy un poco nervioso, pero sé que no me dejará plantado en el altar—bromeó y Sarada rió—. Me gustaría que me acompañen ese día y nos bendigan con su amor.

Ambos se quedaron en silencio.

Sarada se acercó a Shikadai y se puso de cuclillas.

Sonrió ante las lápidas y miró al Nara. Él asintió, pasó su brazo por encima de los hombros de la chica y besó su mejilla.

—Bueno, es como dijo Dai. Yo fui testigo de su lucha y su dolor. Los dos estuvimos trabajando para encontrar la verdad y, en el camino, nos enamoramos— sus mejillas se ruborizaron. Shikadai sonrió ante el comentario–. Por eso, prometo ante ustedes que lo amaré con todo mi corazón y no volverá a sentir dolor por nada.

Shikadai y Sarada rezaron ante las tumbas y tomaron sus manos.

Se levantaron y se alejaron del lugar.

En el camino, Sarada hablaba con Shikadai y, por un instante, el Nara oyó un susurro.

—Sé feliz, Dai... —una voz meliflua, delicada y cálida.

El moreno se detuvo y volteó. Una suave brisa sopló y removió su cabello.

Sonrió.

—¿Olvidaste algo, Dai? —inquirió la azabache.

El moreno bajó la mirada pero no perdió su bella sonrisa.

—No, amor. Creo que ellos están bien—retomaron el camino de vuelta al vehículo que los llevaría nuevamente a su hogar.

—¿Estás segura de que lo que vas a hacer? —el rubio acariciaba la mejilla de su novia, quien sonreía y asentía.

—Te puedo asegurar que todo saldrá bien. Con esto, podré terminar la crónica.

Araya la llamó y ella se despidió de Inojin.

Corrió hasta su compañero e ingresaron al lugar.

Caminaron por un largo y silencioso pasillo, acompañados por un guardia que los guió hasta el jardín.

—En estos momentos, podrá hablar. Cuando toma su medicación, sólo duerme—aclaró y les señaló el sitio donde se encontraba su último entrevistado.

Ambos agradecieron al guardia y se dirigieron hacia él, quien estaba acompañado por un hombre mayor.

Yodo fue la primera en tomar la palabra.

Se mantuvo a unos metros.

—Hola Kawaki...—espetó con seriedad.

El aludido levantó la vista y sonrió.

—Estaba esperándolos, Yodo—sonrió.

La rubia se sentía extraña. Ese hombre era uno completamente distinto a todas las facetas que había conocido. Estaba tranquilo, sonriente y amable.

—Señor, estaré en su cuarto por si...

—No, Boro—ante la negativa de Kawaki, el mayordomo bajó la mirada—. Quiero que estés a mi lado y que colabores con ella con toda la información que tengas para darle.

La rubia suspiró y tomó asiento. Araya, por su parte, se ubicó detrás suyo para observar el comportamiento del Uzumaki.

Yodo encendió el grabador y buscó el listado de preguntas que le haría.

—Antes que nada, Yodo—la chica levantó la mirada—, quiero disculparme por todo el daño que te hice. Sé que es imperdonable, pero quiero que lo sepas...

—No te preocupes, Kawaki. Yo no soy alguien con potestad para juzgarte. La justicia tomó su parte y decidió que debías permanecer en este instituto psiquiátrico.

El Uzumaki suspiró y miró al cielo.

Las nubes se movían lentamente.

—Tenés razón...—suspiró con pesadez y observó a la rubia.

Cuando hubo acabado de acomodar sus preguntas, procedió a realizar la entrevista.

—Bien. Todo lo que me digas aquí, estará en mi crónica. Eso ya te lo han dicho, ¿Verdad?

—Sí. Estoy de acuerdo con ello...

Kawaki no quitaba la vista de Yodo. En su dedo anular llevaba un anillo, pero no el que él le puso de manera forzosa, sino uno tan bonito como ella.

Sintió alivio. La culpa nunca se borraría de su mente, pero intentó redimir sus pecados y lo continuaría haciendo a lo largo de los años.

Semanas después...

—Ay, mijita... —espetaba Chouchou.

—Parecés mi abuelita expresándote así... —bromeó Sarada.

La Akimichi terminó de acomodar el cabello de su amiga y se colocó frente a ella.

Con lágrimas en los ojos, la abrazó.

—Estás demasiado hermosa... —sollozaba.

—Muñeca, no llores o tu maquillaje se correrá —exclamó Sakura mientras le daba el ramo a su hija.

Ambas estaban felices al verla sonreír. Sarada brillaba más que otros días.

Su corazón palpitaba a máxima velocidad. Sus piernas temblaban y le costaba expresar todo lo que su cuerpo experimentaba.

Sarada sujetó el ramo de rosas rojas que Sakura le había preparado especialmente para ese día.

—Tranquila, mi niña—espetó en tono suave—. Shikadai también ha de estar nervioso... —sacó el celular de su bolsillo y sonrió—Pregunta tu papá si puede entrar a verte—exclamó.

—Sí, mamá. Quisiera hablar a solas con él antes de salir, si es posible—Tanto Chouchou como Sakura asintieron y esbozaron una dulce sonrisa a la azabache.

Las mujeres de retiraron, dándole el espacio a Sasuke.

Él cerró la puerta con cuidado y caminó hacia su hija.

—Te ves hermosa... —susurró.

—Gracias—Sarada corrió hacia su padre y lo abrazó.

Ambos se aferraron el uno al otro.

El Uchiha trataba de ocultar sus ganas de llorar, aunque Sarada se dio cuenta de ello.

—Un día te dolerá el pecho de tanto ocultar el llanto, papá —exclamó Sarada mientras escuchaba los latidos del corazón de su padre.

Sasuke suspiró y cerró sus ojos un instante.

Tenía razón.

¿Por qué ocultar la felicidad que sentía al llegar el día tan esperado por todos, especialmente para su hija?

—Es que... —carraspeó— Bueno, sólo quiero que seas feliz y que formes una familia con Shikadai.

Sarada se sonrojó.

—Cuando me casé con tu mamá, ella soñaba con tener una hija y que estuviera en su lugar, para que experimente esa enorme alegría que sentía. Supongo que ha de estar demasiado emocionada por ello—rascó su nuca y desvió la mirada.

Sarada esbozó una tierna sonrisa. Jamás había tocado el tema de su boda con su madre y le daba gusto escucharlo hablar de ello.

—No tengas miedo, hija. Tengo toda la fe en ese muchacho y... —suspiró —Sí se atreve a lastimarte, yo mismo iré a cobrárselo.

Hizo sonar sus dedos y rió.

Sarada respiró profundo y fijó su mirada en los ojos del Uchiha mayor. Veía cuán acuosos estaban.

—Gracias, papá.

Al oír que golpeaban la puerta, la conversación tuvo que ser interrumpida.

—Perdón, Sarada—Chouchou se asomó —. Gaara llegó y ya nos espera.

La Uchiha suspiró y bajó la mirada.

—Yo me adelantaré. Dai me dijo que está llegando. Nos vemos allí... —la morena se alejó y Sarada sentía los nervios que se adueñaban de su ser.

Sasuke tomó su mano y la acompañó.

—Estaré a tu lado hasta que Shikadai se convierta oficialmente en tu esposo...

La Uchiha dejó caer algunas lágrimas. Estaba demasiado feliz, pero recién comenzaba a vivenciarlo.

Gracias a que Shinki acercó a Chouchou al registro civil, ella pudo llegar minutos antes que Sarada.

Shikadai se encontraba en el recibidor, esperando la llegada de los testigos.

El salón era un sitio pequeño y algo asfixiante para los protagonistas del evento.

Shikadai caminaba de un lado y otro, acomodándose la corbata y refunfuñando frases inentendibles para los demás.

—Si continuas así, harás un pozo en este lugar y tendré que pagarlo por vos... —exclamó Shinki, algo fastidiado ante la actitud nerviosa de su primo.

Chouchou se acercó hasta el Nara y lo tomó del rostro. Pellizcó sus mejillas y le sonrió.

—Tranquilo, Dai. Ella no te plantará... —bromeó.

Shikadai suspiró.

—¿Y si se arrepiente? —las dudas lo invadían. Respiraba rápido y la racionalidad perdía terreno.

—No creo que ella se haya puesto tan hermosa para abandonarte, ¿No creés? —los murmullos los distrajeron, haciendo que el Nara volteara de inmediato hacia la entrada.

Chouchou se ubicó al lado del moreno y esbozó una sonrisa tan resplandeciente como la de Shikadai.

El corazón del Nara estalló en mil fragmentos al contemplar la belleza de su futura esposa.

Sarada llegaba junto a su padre. Tenía su brazo enlazado con el de él.

Sasuke esbozó una ligera sonrisa a su yerno y dirigió su vista a su hija, indicándole que fuera con el Nara.

Ella comprendió de inmediato y caminó con timidez hacia el moreno. Shikadai, obnubilado ante el brillo emanado por su amada, estrechó su mano para caminar juntos hacia el lugar donde los esperaba el juez.

Ingresaron a una oficina pequeña. Había un gran escritorio y, al otro lado, un hombre de avanzada edad tenía un libro frente a él.

Shikadai y Sarada tomaron asiento, mientras Chouchou y Sasuke, sus principales testigos, se ubicaban detrás de los novios.

El juez procedió a expresar los derechos y deberes que gozaban ambos.

Mientras los testigos estaban atentos al discurso del hombre, Shikadai observaba de soslayo a Sarada.

Tomó su mano por debajo del escritorio y ella lo miró con un deje de vergüenza.

Sus miradas cómplices, testigos de penurias y conflictos, estaban apostando a un futuro juntos y felices.

—Bien, señor Shikadai Nara, ¿Acepta contraer matrimonio con la señorita Sarada Uchiha?

—Por supuesto que acepto... —espetó con nerviosismo. Volteó a ver a Sarada y ella sonreía con la mirada hacia el suelo.

Sus mejillas estaban ruborizadas y el Nara notaba cómo respiraba con rapidez.

—Señorita Sarada Uchiha, ¿Acepta contraer matrimonio con el señor Shikadai Nara?

La chica levantó la vista hacia el juez y respiró profundo.

—Sí, acepto—respondió con

seguridad.

Chouchou grababa la secuencia al mismo tiempo que secaba sus lágrimas de emoción.

Sasuke sonreía y el orgullo que sentía la ver tan feliz a su hija, lo llenaba de amor.

Ambos se mostraban más enamorados que nunca. Sus miradas lo denotaba a la perfección.

El juez que oficia a la ceremonia dio apertura al intercambio de anillos.

El Nara sacó del bolsillo de su saco una pequeña cajita azul oscura.

Al abrirla, dos preciosos y brillantes anillos dorados esperaban ser enviados a sus portadores oficiales.

El novio, tomó la mano de Sarada y recitaba las palabras que el juez le guió a través de una hoja.

—Yo, Shikadai Nara, te tomo a ti, Sarada Uchiha, como esposa y prometo serte fiel y cuidar de ti en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida—una vez culminado su voto, la chica continuó con su parte.

—Yo, Sarada Uchiha, te tomo a ti, Shikadai Nara, como esposa y prometo serte fiel y cuidar de ti en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

Ambos portaban sus anillos, símbolo de su reciente unión.

Para culminar la ceremonia, el juez dio sus últimas palabras para oficializar el matrimonio.

—Por el poder que se me ha conferido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia—indicó.

Shikadai y Sarada se levantaron de sus lugares. El Nara tomó el rostro de su flamante esposa y depositó un tierno beso en aquellos labios que tanto amaba.

Chouchou rompió en llanto mientras aplaudía junto con Sasuke.

Los cuatro firmaron el acta y salieron lentamente hacia la salida.

Los testigos se adelantaron.

Los recién casados esperaron unos instantes antes de retirarse.

—Estás muy hermosa, amor... —susurró el moreno, estremeciendo a Sarada.

—Y vos muy guapo. Tu perfume me desconcentraba... —musitó.

Ambos, tomados de las manos, decidieron salir.

Al cruzar el umbral, una lluvia de arroz los recibió, junto a una aglomeración que esperaba felicitarlos por la unión.

Shikadai cubrió sus ojos con una mano, no sólo para que el arroz le afectara la vista, sino porque estaba encandilado.

Cuando pudo acostumbrarse a la luz, detrás del gentío, divisó a una pareja que sonreía y aplaudía con fervor. Sus padres estaban allí, felices por su presencia.

Por otra parte, Sarada saludaba a quienes la felicitaba. En un pestaneo, observó la figura de Boruto, quien extendía su pulgar como señal de aprobación.

—Boruto... —susurró y sonrió—Gracias por venir...

Las pérdidas eran irreparables. El dolor sería muy difícil de superar, pero sus espíritus apoyaban la felicidad.

Por la noche, la fiesta por la flamante casamiento se dio en un marco bastante excéntrico.

Gaara, quien les había regalado dicha fiesta, se encargó de que tuvieran todo lo necesario para pasarla bien.

Desde fiesta carioca, con bailes coreografeados para las

canciones de moda y juegos exclusivos para los esposos; hasta el típico corte de pastel.

Los invitados, tanto de UzuNara;conocidos de los Uchiha como de los Sabaku No; conformaban un centenar de personas, aproximadamente.

Un gran salón que estaba repleto de globos blancos. En el centro del techo, una bola de boliche que le otorgaba un juego de luces para los invitados.

La barra que servía tragos y diversas bebidas alcohólicas incesantemente, eran las principales atracciones.

En un momento de la noche, Sarada convocó a todas las mujeres solteras.

Si bien no eran muchas, serían la cantidad suficiente para darle emoción al momento.

Entre las que destacaban, se encontraban Chouchou, Yodo y Matsuri, una joven que estaba saliendo con Gaara hacía muy poquito tiempo.

Sarada tomó impulso y a la cuenta de tres, lanzó el ramo hacia atrás.

Al voltear, notó la mirada desconcertada de Shinki.

Chouchou se lanzó hacia él con el ramo en mano y lo besó en diversos puntos de su rostro ruborizado.

Los aplausos se hicieron presentes para la próxima pareja.

La fiesta continuaba con normalidad, pero Sarada sentía la necesidad se tomar aire.

Estaba exhausta y somnolienta. Además, quería retirarse con su flamante marido y festejar de un modo más íntimo.

Con sigilo, caminó hacia el exterior. El aire fresco revolvía su cabello.

Suspiró.

De repente, una mano tapó sus ojos y boca. La arrastraron con rapidez.

Sarada comenzó a temblar.

Le taparon los ojos con una venda y ataron sus manos.

La subieron a un vehículo y éste arrancó.

Sarada comenzó a llorar. Pensó que su pesadilla había acabado...

¿Por qué tenía ese mal presentimiento?

Varios minutos después, el auto frenó y la bajaron del mismo.

Sarada escuchaba con atención el sonido del lugar.

Lo conocía a la perfección.

Desataron sus manos y le quitaron la venda.

La azabache descubrió quién era su secuestrador.

—Perdón por hacerte pasar un mal rato. No quería que lo descubrieras... —espetó con parsimonia.

El sonido del mar calmo expresaba sus sentimientos a la perfección.

Shikadai tomaba de la mano a Sarada y contemplaban la vista.

—Gracias por elegirme, amor. Haré todo lo posible para que seas feliz—musitó y volteó a ver la expresión de la chica.

—Gracias por enseñarme a vivir, Dai—lo abrazó —. Y por hacerme creer en el amor...

Ambos fijaron sus ojos en el otro. Los nervios desaparecieron. Ellos eran libres del odio y del dolor.

Sellaron aquel momento con un fértido beso, contemplando cada rincón de su amado.

Sin ganas de dejar ir el cuerpo del otro, se abrazaban con fuerza.

Jadeaban, sonreían al separarse. Nunca más sufrirían por nadie más.

—¡CORRAMOS, AMOR! —Shikadai sujetó la mano de Sarada y la arrastró con él, corriendo por la orilla del mar.

—¿Qué estamos haciendo, Dai? —inquirió entre risas.

—Huir, amor. Sólo huir de los ebrios y comilones que se quedaron en la fiesta... —argumentó.

—¿Huir?

—Sí, amor ¡¡Porque nosotros siempre seremos prófugos!! —gritó con sus fuerzas.

El mar era testigo de las primeras horas como un matrimonio formal.

Shikadai y Sarada estaban predestinados a conocerse, aunque el modo fuese trágico.

Supieron luchar contra sus inseguridades y la tristeza, dando lugar a la construcción de un nuevo futuro.

Eran libres.

Pero en sus corazones, serían prófugos para siempre.

—Fin.