Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.

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¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas.
Escena XIII: Incluso los monos se caen de los árboles.

Con total desinterés, Victor observó la comida que reposaba ya fría en el fondo del plato, mas no sintió ningún deseo por terminarla pese a saber necesitaba alimentarse bien debido a la última competencia de la temporada que se aproximaba con lentitud pasmosa, según su honesta opinión. En realidad, sería un total mentiroso si acaso expresara en voz alta que la simple idea no le producía cierta gama de sentimientos encontrados.

Por lo general solía dominar sus propias emociones al grado de parecer ajeno a toda influencia negativa; esto fue algo que debió aprender con el paso del tiempo, evitándose a si mismo crear un total desastre en situaciones de gran estrés. Más aún tratándose de momentos tan vitales como aquellos. No obstante, las razones del por qué se sentía tan inquieto tenían justificación: el Campeonato Mundial iba a celebrarse en Japón. Yoyogi, Tokyo para ser más precisos. Cierto que Kyushu se hallaba a una distancia considerable de la cede oficial, pero existía una ínfima posibilidad de volver a encontrarse con Yuuri ahí. Desde el momento mismo en que Yakov les informó acerca de los pormenores del viaje –por centésima ocasión–, Victor no pudo evitar darle vueltas al asunto durante varios días. Y eso, quisiera o no, se vio reflejado en sus entrenamientos diarios; tanto así que casi le produjo a Yakov dos ataques debido a su notable falta de compromiso para con las dos rutinas que patinaría la próxima edición del circuito, añadido a los juegos Olímpicos.

Y tal como siempre solía ocurrir, Yuri optó por referirle de nuevo que la edad comenzaba a causarle muchos estragos, pero Victor ya se había acostumbrado a escuchar las mordaces opiniones del joven tigre –u hada rusa, apelativo que lograba hacerle rabiar–, cuyo máximo interés recaía en debutar por todo lo alto en la categoría Senior. A decir verdad, Victor le comprendía. Como patinador implicaba todo un reto descomunal la difícil transición entre una división y otra. No iba a tenerlo fácil, eso ni dudarlo. Competiría contra gigantes sobre aquellas pistas mundiales tal como Chris, JJ o él mismo de manera inevitable.

Sin embargo, justo en ese momento tal hecho irrefutable era algo que le tenía muy sin cuidado. Yuri también entrenaba bajo la tutela de Yakov, el cual supo encausarle sin mayor problema, guiándolo a ostentar títulos importantes en al menos tres finales Junior ininterrumpidas. A juicio de Victor, Yuri Plisetsky era, sin lugar a dudas, uno de los chicos más disciplinados y competentes que jamás conoció; nunca se rendía debido al intenso espíritu de lucha que tanto le caracterizaba, instándole a siempre dar lo mejor de si mismo hasta límites insospechados. Algo que ni siquiera el filtro faltante entre su gran boca y cerebro lograba mermar. En cierto sentido Victor lo respetaba aun cuando era tan joven y todavía le quedaba un largo camino por recorrer.

De igual manera, tampoco le preocupaban las casi diecisiete horas que deberían viajar si acaso planeaban llegar con tiempo de sobra al Campeonato Mundial, o si existiría la ínfima posibilidad de ganarse otra medalla, convirtiéndose así en pentacampeón marcando de tal forma los libros de historia del patinaje artístico. Esos eran eventos que ocurrirían sin lugar a duda, estaba bastante seguro de ello. ¿Por qué? Sencillo: Victor amaba competir. Quienes le conocieran lo suficiente sabían que se trataba de un rasgo implícito en su personalidad. Adoraba la fantástica sensación de adrenalina pura recorriéndolo si acaso los otros competidores hacían hasta lo imposible con tal de superarlo en las tablas de puntuación. Le instaban a comportarse dentro del hielo como esa monstruosa leyenda viva cuya reputación le precedía.

Y era sumamente divertido.

Dándose cuenta que había convertido lo que antes fuera carne con verduras en una masa sin forma, deslizó el plato hasta dejarlo de lado para buscar apoyo adicional contra su mano derecha. Estaba solo en casa tras haberse pasado casi todo el día entrenando, y por una vez le hubiera gustado tener a alguien con quien conversar al respecto. Makkachin al instante notó su repentino cambio anímico, y procedió a acercársele para intentar consolarlo. Victor le acarició bajo las orejas, agradeciéndole en silencio su preocupación y cariño. Por razones así amaba a los caniches; parecían tener alguna especie de sexto sentido que les permitía crear vínculos más allá de lo convencional con sus respectivos dueños. Y agradecía tal detalle en sobremanera, pues siempre lograba hacerlo sentir mejor.

Ya sin apetito, Victor procedió a limpiar la cocina porque debía irse a descansar en cuanto terminara, ya que le era preciso levantarse temprano siguiendo los estrictos regímenes de su rutina. No obstante, mientras lavaba platos ajeno a cualquier otra cosa, le fue casi imposible evitar pensar cuán crédulamente optimista estaba siendo al tener tanta fe de encontrar a Yuuri en el Mundial aunque solo fuera en calidad de espectador. ¿Cómo sería volver a verlo? ¿Yuuri se avergonzaría debido a su comportamiento durante la celebración del banquete? Porque seguro recordaba todo, ¿verdad? ¿Le pediría una cita? De ser así Victor no se negaría, e incluso sería capaz de firmar un contrato ahí mismo comprometiéndose a entrenarlo durante un año completo a manera de prueba.

Sintiéndose justo como un chiquillo ilusionado ante la posibilidad de conocer a su "crush", se dijo a si mismo que necesitaba controlarse.

¡Pero no lograba evitarlo!

Y que últimamente hubiera adoptado la mala costumbre de comportarse igual que un auténtico acosador no ayudaba en gran medida. Durante su continua transición en aquel mundo, Victor necesitó aprender a base de ciertos golpes que el patinaje artístico solía ser un pañuelo; los chismes o noticias relevantes corrían cual pólvora dentro del medio si se sabía dónde buscar, o se conocían a las personas correctas capaces de brindarle la información adecuada. Más fácil todavía con redes sociales a disposición, Instagram en este caso. Sobre todo tratándose de cierto chico tailandés, cuyo gusto por subir imágenes a dicha plataforma era en extremo conveniente debido a la gran distancia que les separaba.

Phichit Chulanont tenía en su cuenta docenas de fotografías en las cuales posaba alegremente junto a Yuuri en distintos lugares; cafeterías, parques, la pista de hielo. Según Mila le dijo –porque Sara Crispino le comentó, pues su hermano Michele lo sabía–, ellos dos mantenían una relación muy estrecha porque llevaban entrenando en Detroit casi la misma cantidad de tiempo. Eran, además, compañeros universitarios y hasta compartían dormitorio. Por lo general, Victor solía ser bueno al emitir juicios sobre los demás y le parecía –tras varias horas de continua observación–, que ellos dos se comportaban torno al otro tal como dos hermanos sumamente unidos lo harían. Empero una cosa era suponer y otra muy distinta lo que la realidad abarcaba. Motivo por el cual, guiado ante su terrible curiosidad siempre activa, se dispuso a investigar discretamente si esta pieza de información era cierta.

Y recurrió a Mila, por supuesto.

En esa ocasión los dos se hallaban en el imponente rink de su base habitual practicando sus respectivos programas justo como siempre solían hacer, cada uno concentrado en lo propio hasta que Victor aprovechó unos minutos fuera, pues Yakov intentaba corregir la postura de Georgi en algunas piruetas y se dispuso a sonsacarle algo de utilidad. Nada más tocar el tema, ella sonrió divertida ante su total falta de discreción y Mila siendo Mila, encogió los hombros asegurándole que ninguno parecía haber confirmado tal hecho todavía. Pero con lo reservado que solía ser Yuuri en tales aspectos, difícil sería hacerle confesar algo tan personal.

—¿Puedo preguntar el motivo de tu repentina curiosidad? —dijo bastante interesada. Los dos creyeron buena idea moverse hasta otro punto del área, evitando así que oídos ajenos pudieran escuchar—. Te conozco desde hace años y jamás has sido un hombre fácil de leer, pero casi puedo apostar mis patines a que esto va más allá de querer evaluar a la competencia profesionalmente hablando.

—¿Qué te hace creer eso? —Victor intentó hacerse el desentendido al notar la doble intención del comentario.

—No soy tonta —Mila se aseguró de recordarle. Odiaba ser subestimada en ese aspecto—, ciega mucho menos —declaró al agitar su cabeza en reprobación—. Es fácil darse cuenta porque caíste embelesado por Yuuri durante el banquete, casi saliste corriendo a buscarlo al día siguiente y ahora no haces otra cosa que suspirar entre los rincones cual bobo enamorado —enumeró ella usando los dedos de la mano derecha—. Mira, no te culpo; Yuuri es encantador por naturaleza. Pero si quieres mi sincera opinión, dudo que tengas una oportunidad con él.

Victor frunció el ceño tras cruzarse ambos brazos frente al pecho. ¿Ella hablaba en serio? ¡No se lo podía creer!

—¿Qué quieres decir? —exigió saber casi ofendido.

—¿Es en serio? —dijo la chica mostrándose en verdad sorprendida—. Escucha Victor, tú podrás ser el soltero más codiciado del circuito y no me vas a negar que eso te encanta. En términos prácticos, es bien sabido por todos en este deporte que eres inalcanzable —Victor puso los ojos en blanco ante tal acusación—. En cambio, muchas y muchos patinadores consideran a Yuuri Katsuki un excelente partido que vale la pena conquistar —sin poderlo evitar, Mila comenzó a reír ante el gesto de horror del otro—. Bienvenido al mundo de los mortales, Nikiforov.

Tenía sentido. Demasiado sentido para su gusto.

—¡Eso no es divertido! —se quejó cual niño de cinco años que fallaba en una travesura. Mila, resignada, le brindó un suave apretón en el brazo a manera de consuelo.

—¿En verdad tanto te importa? —quiso saber sin malas intenciones. Victor guardó silencio confirmándole lo que ya sospechaba—. Ahora entiendo el motivo por el cual te certificaste como entrenador.

—Todos piensan que me he vuelto loco —resopló indignado.

—¿Y desde cuándo te preocupa lo que los demás piensen acerca de ti? —ella comentó con cierto retintín bromista—. Mira a tu alrededor —abrió los brazos refiriéndose al rink, a ese hielo que tanto amaban—, entregamos nuestra vida entera al patinaje al punto de olvidarnos a nosotros mismos como personas la mayoría del tiempo. Claro, hay gratificación en ello: obtener la gloria en cierto sentido debería ser suficiente.

—Pero no lo es —comprendió el punto a considerar. Sin alguien con quien compartir los logros obtenidos el vacío se triplicaba.

—No —Mila se colocó frente a Victor, evidenciando la diferencia entre estaturas—. Si realmente has decidido a incursionar en este camino, ten en cuenta que también tú puedes resultar lastimado durante el proceso. Desde que te conozco eres alguien capaz de jugar inteligentemente sus cartas, y admiro eso. Sin embargo, a veces la estrategia puede volverse en tu contra lo quieras o no pues es un asunto de dos. ¿Entiendes?

Sí, Victor creía hacerlo en gran medida.

Ciertamente las palabras de Mila lo dejaron con más preguntas que respuestas, y tampoco resultaron ser alentadoras. ¿Qué tan ciertas serían? ¿En verdad Yuuri se encontraba tan lejos de su alcance? Bien, Victor jamás hizo muy conscientes a ese par antes de este último Prix, pero en su defensa diría que se debía a su terrible incapacidad de retención tratándose de asuntos irrelevantes. Ahora en cambio, le importaba. Lo hacía y las dudas llegaban cual fuego de metralla hostigándolo sin cesar cada cinco minutos.

Correcto, en el remoto caso de que ambos chicos mantuvieran una relación romántica...¿en serio le quedarían ánimos para entrenar a Yuuri? Adoptar el papel como entrenador implicaba muchísimo tiempo compartido, horas ininterrumpidas de preparación, aprendizaje y conocimiento. Un novio, por obvias razones no encajaría en dicha ecuación; menos aun cuando Victor planeaba convertirse en algo más que un simple guía para Yuuri si acaso las cosas marchaban bien más adelante. Y sería un iluso crédulo si acaso creía que un noviazgo a futuro podría ser alguna clase de opción plausible, sin embargo sentía una curiosidad y fascinación tan grandes por el otro patinador que no descansaría hasta verlas satisfechas. Tanto en el plano profesional, como en el personal. Además, si la oportunidad de llevárselo a la cama se presentaba no iba a desaprovecharla porque tras ver en primera fila cuán sensual Yuuri podía llegar a ser, le resultaría imposible contener sus ganas por seducirlo si el primer encuentro entre ambos marchaba según lo había imaginado desde aquella noche en Sochi semanas atrás.

Frunciendo el ceño, Victor emitió una vez más otro suspiro; los días se tornaban extremadamente largos y todo cuanto quería era tomar su equipaje y emprender el camino hasta Japón. Empero, independientemente de Yuuri, Victor también estaba ansioso por ver a Chris otra vez. Aunque solían mantener contacto regular a través de llamadas o mensajes, no era lo mismo a sentarse y charlar en persona. En si, desde temprana edad Victor siempre fue alguien muy sociable por naturaleza; la gente solía sentirse atraída por él no solo gracias a su impecable apariencia física, si no también debido al encanto que tanto le caracterizaba. Aun así, eran pocos a quienes podía considerar como amigos cercanos.

Pese a ser algunos años menor, Chris supo ganarse su confianza, respeto y admiración ya que el suizo tenía el sentido común más grande que cualquier otra persona que hubiese conocido jamás. Exceptuando a Yakov, por supuesto.

Hablar con Chris le permitió a Victor en repetidas ocasiones aterrizar en la realidad cuando su propia percepción se distorsionaba en gran medida. Y esto se debía a que, pese a mantener una actitud a simple vista despreocupada, Giacometti no dudaba dos veces en ser sincero y hablarle siempre con la verdad, por ello casi auguraba le daría un kilométrico sermón una vez comprendiera los motivos reales de su continua insistencia en cuanto a Yuuri respectaba. Pero Victor necesitaba tomar el riesgo. Sonaría bastante ridículo, sin embargo algo le pedía seguir intentando. Creía estar a punto de abordar algo grande, una experiencia única que marcaría su destino para siempre de mil formas distintas...y quizá, solo quizá así lograría recuperar su amor perdido por el patinaje tal como antes.

Con tal ilusión en mente, Victor terminó con los platos e inmediatamente se dirigió hasta el dormitorio. Antes de irse a descansar generalmente leía algunos libros, mas en esta ocasión prefirió tomar su teléfono celular y conectarse a internet para verificar por enésima vez el Instagram de Phichit. Afortunadamente el chico recién había subido material nuevo minutos atrás, y la foto mostraba a un Yuuri sumamente feliz ataviado con la toga y birrete tan característico de las graduaciones. Bajo la imagen podía leerse "prueba de vestuario en marcha". Victor no pudo evitar que una sonrisa se formara entre sus labios, conforme se colocaba únicamente la parte inferior de su pijama usual.

Entonces Yuuri se graduaría de la Universidad pronto.

Interesado, verificó la hora en que la foto fue puesta en redes sociales; si calculaba bien las diferencias de tiempo entre ambas ciudades, el gran evento se llevaría a cabo ese mismo día para ellos. ¿Acaso sería buena idea enviarle algún obsequio a manera de felicitación? ¿Lo tacharía de ser un enfermo si se tomaba tal atrevimiento? Victor comenzó a pensar en ello; por evidentes razones no tenía la dirección del sitio donde Yuuri vivía en Detroit, pero siempre podía ordenar que hicieran entrega del ramillete en el campus ya que ahí se llevaría a cabo la ceremonia. Esa información sería fácil de obtener si verificaba la ubicación en Goole.

¿Por qué no intentar?

Sin perder más tiempo, acomodándose sobre la cama con su portátil sobre las piernas, esperó que encendiera mientras Makkachin trataba de hacerse un lugar a escasos centímetros de distancia, brindándole compañía y calor. Una vez hecho, verificó en línea florerías con página web disponible. Encontró varias opciones que lamentablemente no se le acomodaron debido a que se encontraban en áreas demasiado apartadas, pero fue tarea sencilla verificar entre distintas opciones y dio con un local medianamente cercano. Ahora solo necesitaría elegir cuál tipo de flores serían las más convenientes. ¿Le abrumarían demasiado las rosas rojas? Sí, quizá se pondría nervioso. ¿Girasoles tal vez? ¿Tulipanes? ¿Violetas? Conocía apenas a grueso modo el vasto lenguaje de las flores, y desafortunadamente todas sus opciones revelaban demasiado. Tampoco quería causarle un ataque nervioso al pobre.

¿Entonces qué?

Justo iba a desistir, cuando tras varios minutos de infructuosa búsqueda Victor acabó decidiéndose por un precioso ramillete de gardenias[1]. Esta flor en particular poseía un aroma único que seguramente quedaría impregnado durante días completos en la habitación donde las colocara, gracias a lo cual sería imposible pasarlas inadvertidas. Contento ante la idea, mandó duplicar la cantidad base ofrecida, escribió un pequeño mensaje así como también a quien deseaba le fuesen enviadas junto a una serie de ordenes específicas empleando su siempre útil tarjeta de crédito para cerrar la compra. Inclusive agregó cierta cantidad extra, pidiendo que el mensajero llegara antes al sitio permitiéndole al empleado ubicar a Yuuri nada más fuese llamado al podium.

Existía la inmensa probabilidad de que el japonés se perdiera entre toda la gente que acudiría al sitio, aunque igual quiso hacerlo.

Con el tramite ya finiquitado, Victor colocó la computadora en el pequeño buró adyacente y, atrayendo a Makkachin lo más cerca posible, miró directo al techo. El cansancio comenzaba a hacerle mella tras exigirle a su cuerpo dar lo mejor durante el entrenamiento del día.

—¿En verdad crees que tendremos competencia, Makkachin? —le preguntó a su siempre fiel mascota rememorando las advertencias dadas por Mila, pese a saber era imposible obtener una respuesta—. ¿Sabes? En en verdad pienso que Yuuri va a ponerse muy feliz cuando le diga que tomé la decisión de entrenarlo tal como me lo pidió —Makka bostezó, ya totalmente acostumbrada a esos arranques de entusiasmo tan típicos en él—. Espero que le gusten las flores.

Apagando la luz, Victor cerró los ojos disponiéndose a caer bajo la influencia de Morfeo, esperando soñar con ese futuro prometedor que ya casi tenía al alcance de sus manos.

Y el destino, por supuesto, ya comenzaba a mover sus hilos para que se convirtiera en algo real cuando menos lo imaginara.


[1]Las gardenias simbolizan la pureza y dulzura. También estas flores nos indican que hay un amor u admirador secreto.

¡Mil gracias por leer!