Advertencia: Este fic ha sido elaborado de un fan para fans sin fines de lucro, todos los personajes de Yuri On Ice le pertenecen a su respectivo creador. Yo únicamente los utilizo con fines de entretenimiento.

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¡Fácil como Pirozhki! La gran final de lágrimas.
Capítulo XVI: Esperanza.

Victor miró a través de la ventana, dándose cuenta que recién comenzaba a caer una ligera nevada; algo normal si tomaba en consideración que climas así eran típicos en aquella época del año. Tras terminar de organizar todos los utensilios que utilizó para prepararse la cena, emitió un largo suspiro resignado. Apenas eran las ocho en punto; todavía no era muy tarde, aunque tampoco demasiado temprano si se apegaba a los estrictos regímenes ligados a su estricta vida cotidiana. El silencio al cual ya debería estar acostumbrado era extrañamente más notorio esa noche. Pasar tiempo así, solo, sin tener nada mejor por hacer comenzaba a fastidiarlo en sobremanera. Sus rutinas ya estaban listas, tenía las maletas hechas para su siguiente viaje a Japón -sitio donde se celebraría el mundial- y ahora solo le restaba esperar. Victor había visitado aquel país antes, pero jamás pudo acudir a demasiados sitios en calidad de turista, debido a los pesados compromisos laborales que debía cumplir casi siempre.

Claro, de vez en cuando tomaba días libres, pero los destinos no se alejaban demasiado de Rusia, ni tampoco podía programarlos acompañado por alguien -excluyendo a Chris- con quien disfrutara pasar tiempo de calidad. Pensando en ello, se dirigió al cuarto de baño dispuesto a tomar una ducha; todavía le dolían algunos músculos tras haberse sometido a los últimos entrenamientos de rigor, para pulir cualquier detalle relacionado con "Sweet dreams" y "Stay close to me".

Tras asegurarse que hubiera suficientes toallas limpias, se miró al espejo.

Todo en él lucía impecable, tal como siempre. Sin embargo, su mirada reflejaba una historia completamente distinta; muchas personas solían decir que les resultaba muy difícil resistirse a sus ojos, porque estos poseían un color parecido al cielo. Aunque también los compraban seguido con el hielo donde tanto amaba patinar. Pero, tras tantos años de carrera ininterrumpida, comenzaba a inclinarse por la segunda opción. Para lograr dar lo mejor de sí mismo año tras año durante las pruebas impuestas por el circuito, Victor necesitó convertirse en un hombre extremadamente disciplinado, constante y comprometido. Su cuerpo era el principal instrumento de trabajo para un deportista; mantenerlo sano, fuerte y en óptimas condiciones implicaba todo. Aun así, a diferencia de cualquier otra disciplina, en el patinaje artístico también le fue preciso aprender a actuar. Entender e interpretar mil facetas distintas, brindándole así suficiente credibilidad a los programas que año tras año fascinaban al público en general y que, a través del tiempo, le llevaron a conseguir tantas victorias consecutivas. No obstante, eso también trajo consigo algunos precios a pagar. Gracias a esto pocas veces permitía a otras personas entrar completamente en su corazón, su vida y su mundo; por ende, convertirse en un solitario sin remedio poco a poco se tornó cada vez más normal, hasta que esconderse tras mil máscaras y facetas resulto ser en extremo sencillo, muchísimo más conveniente. Si evitaba involucrarse demasiado, entonces nadie resultaría lastimado, ¿verdad?

Aunque también fue contraproducente en gran medida.

Tenía veintisiete años, una carrera consolidada y el éxito que cualquiera de sus homólogos desearía obtener alguna vez. Aún así, no había nadie a su lado con quien pudiera compartirlo. Ser el mejor, posicionarse en la cima, convertirse en el adversario a batir; todo aquello, aunque no lo pareciera, volcaba mayor presión emocional y psicológica en cualquier sentido posible. A veces podía resultar ser una auténtica mierda cumplir expectativas ajenas cuando, por evidentes razones, las propias ya poseían estándares demasiado altos. No obstante, Victor amaba competir y consideraba que su travesía por el patinaje artístico terminaría cuando fuese incapaz de sorprender a otros. ¿Qué le quedaría si no lograba eso? Recuerdos, un record impecable y un nombre que, con la llegada de nuevas promesas iba terminar olvidándose. Quien sabía, quizá él mismo acabaría entrenando a alguna estrella emergente; en si, era un negocio bastante lucrativo si se contaba con suficiente reputación dentro del medio. ¿Aquel sería su próximo paso a seguir una vez que terminara? Ni siquiera lo sabía. Por ahora tenía ideado un plan: entrenar a Yuuri. Mas esto también le preocupaba en gran medida. No había logrado obtener noticias relevantes de él tras las nacionales y, por supuesto, aunque intentaba mantenerse informado mediante varias redes sociales tal cual hizo cuando le envió flores, el paradero actual de Yuuri era incierto para Victor.

Era como si se hubiese esfumado.

¿Y si Yuuri ya no quería patinar? ¿Y si decidió retirarse? Era un riesgo elevado y plausible. Cierto, a Yuuri todavía le quedaban algunos años útiles por aprovechar, pero tampoco podía quedarse en el hielo por siempre. Además, Victor contaba con que aceptaría sin vacilar; jamás llegó a considerar siquiera la posibilidad de sufrir algún rechazo inminente. Resignándose a tener paciencia, intentó convencerse de que en algún momento determinado se presentaría la señal indicada, algo significativo capaz de brindarle seguridad suficiente con la cual comenzar a movilizarse. Por ahora debía centrarse en ganar el mundial. Algo como esto le abriría otra infinita gama de posibilidades, aun cuando tuviera dudas sobre donde se encontraba parado realmente.

Makkachin, quien justo entraba al cuarto de baño le notó inquieto, se sentó a su lado y lo miró detenidamente; tras inclinarse, Victor acarició la cabecita del caniche tratando de hacerle saber que no sucedía nada malo. Su mejor amiga poseía una increíble capacidad receptiva y solía darse cuenta cuando no eran buenos momentos para él.

—¿También te cansaste del encierro voluntario, preciosa? —Makka movió ambas orejas mostrándose interesada—. ¿Qué tal si damos un paseo? ¿Te gustaría? —la caniche salió corriendo apresurada en dirección contraria, después de un minuto regresó llevando consigo una bonita correa color rosa—. Esa es mi chica. Bien, me cambiaré y podremos irnos.

Olvidándose del baño hasta que regresara, Victor se vistió con ropa abrigadora evitando así sufrir demasiado frío mientras estaban fuera. Colocándole a Makkachin un collar del mismo tono que la correa, se prepararon para salir; tras haber asegurado todo, Victor tomó sus llaves, el teléfono y juntos abandonaron el departamento. Afuera el alumbrado público ya iluminaba las calles, no había demasiados autos circulando cerca y si bien Makka solía manejarse bastante bien sin ningún tipo de atadura, prefería llevarla con correa en zonas públicas por mera precaución. En realidad no sería un paseo demasiado extenso, solo irían hasta un pequeño parque ubicado a unas cuantas cuadras de distancia. A semejantes horas y con tal clima sería imposible encontrarse con alguna otra persona, motivo por el cual podría sentarse a ver como su caniche jugaba un rato sin mayor impedimento. Le hacía falta correr.

Al cabo de una pequeña caminata, llegaron hasta su destino. El parque era simple, abierto, con algunos juegos destinados para los niños que vivían por los alrededores y unas cuantas bancas metálicas. Quitándole la correa a Makkachin, la dejó explorar sin restricciones mientras él tomaba asiento. El área estaba helada, sin embargo, la sensación térmica no era tan terrible. Viéndola corretear con especial gusto, Victor sonrió. Amaba a los perros. Siempre fue afín a tenerlos como mascotas; eran excelentes compañeros y amigos, siempre leales, con corazones nobles y llenos de amor incondicional para brindar a manos llenas. Makka ya estaba entrada en años, le había acompañado casi desde su época Junior hasta entonces; pensar en perderla algún día le hacía estremecer. Con un nudo en la garganta, Victor decidió llamarla mediante un silbido; ella se acercó de inmediato, feliz por pasar tiempo así con él tras tantos meses de ausencia regular.

—¿Crees que nos esperé algo emocionante luego del mundial? —lanzó la pregunta al aire pese a saber que no recibiría respuesta alguna—. Será divertido participar antes de mi descanso; luego nos quedaremos en Japón indefinidamente. Vas a gustarle mucho a Yuuri, lo puedo apostar —dijo tras meditarlo un momento—. Él es...divertido, honesto y amable. Te hace sentir vivo; ha pasado mucho tiempo desde que no experimentaba algo así. ¿No es genial? —Makkachin emitió un suave gemido a manera de consuelo, ante lo cual Victor procedió a estrecharla en un cálido abrazo—. Todo saldrá bien, ya lo verás...

Tratando de convencerse de que así sería, Victor contempló el nublado cielo nocturno con aquella idea firmemente arraigada dentro de su mente. Y la nieve, con su fría belleza natural, siguió cayendo.

Porque todavía podía seguir teniendo esperanza. ¿Cierto?


¡Pequeño capítulo de transición! En la siguiente entrega, Yuuri llega a casa luego de cinco años de ausencia. ¡Será genial trabajar con este concepto! Mil gracias por leer y seguir al pendiente de Escenas. ¡Abrazos de oso a todos y excelente inicio de semana!