N/A: Hola, al parecer la cuarentena y el teletrabajo están sacando mi parte más creativa y me he atrevido con un Dramione. He leído miles, pero esta es la primera vez que escribo uno, así que, por favor, sed benévolas.

Originalmente está pensado como Oneshot pero a lo mejor si vuelvo a sentir la inspiración, añado algún capítulo.


Despertar


I

Hermione contempló la figura inerte en la cama frente a ella. Su pecho subía y bajaba lentamente al ritmo de su débil respiración. La piel pálida, casi tan perfecta como el mármol, únicamente alterada por la cicatriz que surcaba su torso desde la clavícula a la cadera. Sectumsempra.

Esto es absurdo, pensó la chica, no debería estar aquí. Él me odia. Pero entonces, ¿por qué arriesgó su vida por salvar la tuya? Murmuró una pequeña vocecilla en su interior.

Lo cierto era que la relación entre Hermione Granger y Draco Malfoy después de la guerra seguía siendo tan tortuosa como en sus años escolares. Cuando el Wizengamot lo condenó a un año de trabajos comunitarios en el Ministerio, Draco había sorprendido a toda la comunidad mágica escogiendo el Departamento de Aurores para cumplir su sentencia. Más sorprendente aún había resultado su desempeño como auror, alcanzando en todas las disciplinas marcas únicamente igualadas por el legendario Harry Potter. Poco a poco, Draco había ido ganándose la confianza y el respeto de sus compañeros, la mayoría de los cuales habían sido sus enemigos en Hogwarts e incluso Ron, siempre reticente a mantener con él algún tipo de contacto más allá de los habituales insultos, había terminado simpatizando con él, después de que en una misión particularmente complicada, Draco hubiera desviado una maldición que hubiera sido mortal para el pelirrojo. Así que a nadie le extrañó que una vez superado el año de condena, Draco hubiera decidido permanecer en el departamento, ascendiendo en el escalafón hasta su actual posición como Auror Senior. Cinco años después, Draco prácticamente se había convertido en un miembro más del grupo: todos los viernes iban a beber whiskey de fuego en el Caldero Chorreante, a menudo incluso acompañado de antiguos Slytherins como Blaise Zabinni o Theo Nott, celebraban juntos los cumpleaños en el jardín de la casa de Harry y Ginny y, al menos un domingo al mes, jugaban un partido de quidditch en los terrenos de la Madriguera. En una ocasión, en la cocina de los Weasley, con los ojos vidriosos, Draco se había disculpado por sido un imbécil con todos ellos durante la mayor parte de su vida y por haber luchado en el bando equivocado en la guerra. Molly se había limitado a darle un abrazo que le había contusionado un par de costillas y luego le había servido ración doble de pudding. Draco terminó atrapando la snitch en aquel partido.

El trabajo de Hermione, en el departamento Aplicación de la Ley Mágica estaba estrechamente relacionado con el departamento de aurores, lo que la obligaba con frecuencia a colaborar con Draco para la resolución de casos. En esos momentos, intentaba ignorar el cosquilleo que la invadía cada vez que él hacía alguno de sus comentarios llenos de inteligente sarcasmo, se reía con alguna de las bromas de Harry o explicaba entusiasmado como había logrado detener a algún traficante de pociones en su última misión.

Una vez, Draco había llevado a Daphne Greengrass a una de sus salidas en el Caldero Chorreante presentándola como su novia. Aunque callada, Dapnne había resultado ser dulce y simpática, con unas piernas kilométricas, curvas de infarto y cabellera rubia; sin embargo a juicio de Draco, la chica había demostrado una excesiva prisa por casarse y formar una familia por lo que ambos decidieron que estaban en etapas diferentes de la vida y rompieron amistosamente la relación. Desde entonces, Draco había salido con un amplio número de chicas sangrepura, mestizas e hijas de muggles que tenían un rasgo en común: rubias, morenas o pelirrojas, todas eran despampanantes, de figuras voluptuosas, rostros angelicales y con el encanto de las estrellas del Hollywood antiguo. En Corazón de Bruja se solía especular sobre quién sería la afortunada que lograra enamorar definitivamente al apuesto y acaudalado mago y Hermione tenía clara una cosa: con su pelo indomable, silueta mediocre y túnicas amplias, ella jamás estaría entre las candidatas. Por ese motivo, se comportaba con Draco como una auténtica perra: en las reuniones que compartían, siempre criticaba cualquiera de las ideas propuestas por él – aunque en silencio tuviera que reconocer que solían ser originales, ingeniosas y lo admirara por su inteligencia y creatividad –, también bufaba cuando hacía alguno de sus chistes e intentaba boicotear cualquier plan que se le ocurriera hacer con el grupo. Al principio, Draco lo soportaba con estoicidad pero luego había pasado al contraataque, burlándose de sus peinados o su ropa, poniéndole motes – normalmente sabelotodo o ratón de biblioteca pero jamás, desde la guerra había hecho alusión alguna a su origen o al estatus de su sangre – y con frecuencia aludía a su escasa, por no decir inexistente, vida sentimental.

La verdad era que tras su encaprichamiento adolescente con Viktor Krum y su breve historia con Ronald – que había terminado casi antes de empezar al darse cuenta de que su relación era algo similar al incesto –, Hermione había tenido algunas citas con compañeros del Ministerio, ninguna de las cuales había pasado de unos cuantos besos y algo de sobeteo en la puerta de su portal. Para su mortificación, era incapaz de encontrar a ninguno de ellos suficientemente interesante, ni lo bastante inteligente como para mantener una discusión durante más de diez minutos y cuando se fijaba en sus manos, ninguno tenía los dedos pálidos, hábiles y largos con los Hermione soñaba en secreto. Así que Draco solía divertirse haciendo referencia a lo caliente que pasaría el próximo San Valentín en compañía de Crookshanks o en lo orgullosa que debería estar de todo el dinero que se ahorraba en lencería. Aunque sus amigos solían defenderla de estos ataques, por otro lado la animaban a salir más, a no enfocarse tanto en su trabajo y sus libros y tratar de conocer a más gente.

Todos sus compañeros habían asumido la imposibilidad de que Hermione y Draco pudieran llevarse bien y como el chico había demostrado en múltiples ocasiones que había abandonado la ideología supremacista que le había acompañado desde niño y que todos sus perjuicios sobre la pureza de sangre, comprendieron que los sentimientos que tenían el uno hacia el otro eran viscerales, instintivos e irracionales. En otras palabras, que simplemente se odiaban.

Cuando aquella mañana se habían aparecido juntos en un callejón para el reconocimiento e incautación de un alijo ilegal de polvo de doxy – una misión aparentemente sencilla a la que Hermione tenía que acudir en calidad de sus puesto como asistente del fiscal–, aún se encontraban discutiendo sobre a quién le correspondería redactar el informe preceptivo, cuando un rayo lanzado desde detrás de un contenedor derribó a ambos al suelo. Al parecer, el autor del presente chivatazo había querido tenderles una trampa con el objetivo de tener vía libre para descargar más mercancía en un punto alternativo y en ese momento se vieron rodeados por cuatro magos de inquietante aspecto y peores intenciones. No tardaron demasiado en desarmarlos y reducirlos, pero justo cuando Hermione se encargaba de lanzar un incarcerous al último de ellos, uno de los detenidos se las apañó para recuperar su varita y de no haber sido porque Draco se interpuso entre ella y la maldición, hubiera sido ella la que habría terminado en el suelo en medio de un inmenso chardo de sangre. El resto ocurrió muy rápido: un Patronus, Harry y un contingente completo de aurores apareció para finalmente llevarse a los detenidos y Draco había sido enviado a San Mango en estado muy grave.

Una vez allí, los medimagos se las apañaron para estabilizarle pero dada la pérdida de sangre y la necesidad de regenerar varios órganos internos, llevaba más de cinco días en coma. Cuando Hermione acudió la primera vez a visitarlo, sintió que algo la oprimía muy fuerte el pecho. Estaba tendido en la cama, vulnerable con el ceño, normalmente fruncido, en una expresión relajada, pacífica. Tras su breve estancia en Azkaban, Lucius había sido desaparecido por completo de la vida pública – las malas leguas decían que ahogado en alcohol y otras sustancias – y Narcissa se había autoexiliado a Francia. Por lo poco que había dejado traslucir Draco en sus conversaciones, la relación con sus padres era, cuanto menos, tensa, así que no les habían avisado y, en todo caso, Hermione dudaba sinceramente que alguno de ellos hubiera acudido si les hubieran comunicado el estado de su hijo. En eso momento, ese pensamiento la hizo ser consciente de lo solo y desprotegido que se encontraba realmente el chico.

En silencio, se sentó en la silla metálica junto a la cabecera y, con un placer culpable, le retiró un mechón rubio que le cubría los ojos. Era el gesto más íntimo que se había permitido con él en todo aquel tiempo.

Draco sentía frío, mucho frío, miraba a su alrededor y sólo veía oscuridad. Así pasó tiempo, mucho tiempo, era incapaz de distinguir si se trataba de horas o días. A él le parecían siglos. Pensó en el vacío que notaba en su interior. Un vacío que lo agobiaba y que sabía que jamás podría llenar. Era imposible.

Ella era imposible, demasiado perfecta, demasiado inalcanzable. Podría vivir mil años intentando enmendar todos los errores que había cometido, arriesgándose en misiones suicidas, comportándose de manera temeraria tratando de expiar sus crímenes. Pero no sería suficiente. Nada sería suficiente para ser digno de ella, para borrar la mirada suplicante de sus ojos, pidiéndole ayuda mientras era torturada en el suelo de su casa, mientras que él permanecía inmóvil sin hacer absolutamente nada. Draco había tratado de sacársela de la cabeza de mil maneras diferentes, tratándola con desprecio, con indiferencia, mostrándole la parte más oscura y desagradable de sí mismo, follándose a decenas de brujas desconocidas intentando así apartar el pensamiento de cómo se sentiría ella desnuda bajo su cuerpo. Pero no había funcionado. El anhelo que sentía por Hermione Granger seguía siendo exactamente el mismo que hacía que cada vez que la veía tuviera ganas de empotrarla contra la pared y besarla hasta caer inconscientes por falta de aire.

Mientras vagaba por el vacío sintió algo cálido, repentino, que hacía que sus miembros, anteriormente agarrotados y faltos de vida, se pusieran de nuevo en movimiento y caminaran hacia delante. Lejos, un poco más lejos vio una luz que, conforme avanzaba se hacía más grande, más intensa. Draco avanzó y avanzó, hasta que la luz estaba tan cerca y brillaba tanto, que tuvo que cerrar los ojos para evitar que le cegara.

– Granger – su voz sonó ronca, débil. Pero sus ojos grises brillaron de un modo que Hermione fue incapaz de describir. Él miró hacia abajo y vio sus manos unidas sobre la sábana blanca, los dedos entrelazados.

Sonrió y Granger sonrió de vuelta y Draco pudo jurar que aquella sonrisa era lo más bonito que había visto en toda su vida.